EspiritualidadCarisma/4. Valores de la advocación de María, Divina Pastora y nuestra espiritualidad

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

3. Jesús, el Buen Pastor. Reflexión sobre esta alegoría o imagen
Tema anterior

EspiritualidadCarisma/4. Valores de la advocación de María, Divina Pastora y nuestra espiritualidad
Índice

5. Consagración a María, Divina Pastora
Siguiente tema


4. Valores de la advocación de María, Divina Pastora y nuestra espiritualidad

El modo propio de la vocación calasancia como llamada a ser, es como Cristo y como María, modelo de toda Hija de la Divina Pastora.

La única, la verdadera dicha está en parecerse, en imitar al Autor de la dicha… a solo Jesucristo y después de Jesucristo a su santísima Madre[Notas 1].

El Concilio Vaticano II, Pablo VI y Juan Pablo II, fundados en la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia, nos enseñan que la verdadera devoción a María es cristocéntrica y eclesiológica.
•Cristocéntrica, es decir, tiene como centro a Cristo.
•Eclesiológica, relaciona a María con la Iglesia.
Nuestra espiritualidad se define principalmente por los siguientes rasgos: “Tomar a Cristo por único y perfectísimo modelo en todo y renunciar por Él a todo lo que no sea para honra y gloria del mismo, que tenía por única comida hacer la voluntad de su Padre”[Notas 2]. Y más adelante: “…vivimos nuestra respuesta a la llamada de Dios como miembros de una familia en la Iglesia”[Notas 3].
Pero María no puede ser tratada al margen de Cristo, ni tampoco como un ser intermedio entre Él y su Pueblo. Ella es Madre del Cristo total. María es: Madre de Cristo (Cabeza), y Madre de la Iglesia (los miembros de Cristo); y Ella, como miembro eminente de la Iglesia, es colaboradora de Cristo y de la Iglesia misma. Decimos bien cuando cantamos a María: eres colaboradora en la construcción del Reino de Dios.
Y así, en el primer capítulo de nuestras Constituciones, que hemos citado anteriormente, sigue diciendo entre los rasgos que definen nuestra espiritualidad:

Amar a María, primera colaboradora en la obra de la salvación, sublime ejemplo, el más acabado y en el que se ven reunidos todos los rasgos de la perfección cristiana, bajo cuya protección nuestro P. Fundador pone el Instituto para que, tal fue la Madre tales deben procurar ser sus hijas[Notas 4].

Bien quisiera, mis amadas hijas en Jesucristo, haceros salvar la inmensa distancia a que os encontráis de ese perfectísimo modelo de todas las virtudes[Notas 5].

4.1. Primer valor: María, madre del único Buen Pastor

En la advocación de María, Divina Pastora el pueblo cristiano ha querido expresar su fe en la cooperación de María Madre a la obra de pastoreo de su Hijo, el Buen Pastor. Pero siempre ha sido consciente de que la misión de pastorear a los hombres correspondía y corresponde exclusivamente a Jesucristo, el Buen Pastor; y esto en línea con la Palabra de Dios[Notas 6] y con el Vaticano II que “asegura con toda precisión que el culto de María debe ser cristocéntrico, porque las funciones y los mismos privilegios concedidos a María se refieren siempre y solo a Cristo. Todo viene de Él y todo se dirige a Él y de Él al Padre”[Notas 7].
Nuestras Constituciones nos presentan a María como elegida para ser Madre de Dios y Madre nuestra: “María fue elegida por Dios y a Él se consagró totalmente, era Virgen no sólo en el cuerpo sino también en el espíritu. Su amor virginal la convierte en Madre de todos los hombres y es para nosotras, Hijas de la Divina Pastora, modelo de fidelidad en la entrega”[Notas 8]. Y sigue diciendo. “Toda la vida de María fue un sí incondicional al Padre. Ella cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libre y gozosa”[Notas 9].
Y mientras el pueblo expresaba ésta su fe firme en Jesús, Buen Pastor, descubría también a la luz de la Palabra de Dios que el propio Jesús había contado con María su madre en la función del pastoreo o preocupación espiritual por los hombres, en escenas tan señaladas como la de las Bodas de Caná o la de la Cruz.
En el relato de las bodas de Caná San Juan quiere poner de relieve la figura de Cristo que es el protagonista de toda la escena, aunque no podemos olvidar que quien pone en movimiento todo el mecanismo del milagro es María. Todo el episodio está bajo el signo de María madre en íntima relación con Jesús, su Hijo que, si bien es ella la que se preocupa de los otros, sabe que Jesús es el principal responsable y el que solo puede hacer el milagro. De acuerdo con esta su relación de fe y de absoluta confianza en su Hijo, María indica a Jesús la situación embarazosa de los jóvenes esposos, diciéndole: “No tienen vino”; y a los criados, que los conduce a su Hijo: “Haced lo que Él os diga”[Notas 10].
Los cristianos han visto siempre una cooperación de María en la obra de Jesús a favor de los hombres, representados por los nuevos esposos.
Del mismo modo la escena de María a los pies de la Cruz[Notas 11] está llena de referencias a esa cooperación de María con Jesús Buen Pastor que da vida por las ovejas[Notas 12]. Allí está ella, de pie, entera en su sufrimiento, dándole ánimo, acompañándole en el momento supremo, dando también su vida. Y allí está ella acogiendo como hijos en la persona de Juan a todos los hombres dispersos por el mundo, como ovejas sin pastor: “Junto a la cruz de Jesús, dice Juan, estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María la Magdalena. Jesús dice a su Madre: Ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”[Notas 13].
La Madre nos ha dado al Hijo y Él nos ha dado a su Madre. Quien muere en la Cruz es el Pastor, pero unida a la cruz está María, de pie. Es la Madre del Buen Pastor que muestra, ora, aconseja, permanece al pie de la cruz conduciéndonos al Hijo de Dios como buena Pastora. Ella es nuestra Madre y Modelo. La misión de María es darnos y llevarnos a Jesucristo ¡Este es precisamente su pastoreo!
El Papa Pío XII confirmaba cuanto decimos con estas palabras significativas dirigidas a un grupo de peregrinos genoveses el 21 de abril de 1940: “A Ella (María) que amó a Cristo más que nadie, Jesús confiaba en la persona de Juan, bajo la cruz redentora del mundo, como hijos suyos a todos los hombres, ovejas y corderos de un rebaño reunido y disperso, constituyéndola así Divina Pastora, Madre común y universal de los creyentes”.
También nuestro P. Fundador nos presenta siempre a María unida a la obra redentora de Cristo.

María al alma nos dice: Oye hija, Jesús está pronto a ayudarte con su gracia y a darte tanto mayores alas, cuanto más firmemente te resuelvas a vivir según su corazón, hasta venir a ser una viva y ardentísima llama de caridad. Sobre esto, yo, que soy tu Madre, jamás dejaré de ayudarte, que es grandísimo el interés que me tomo por las almas que sólo aspiran a ser todas de Jesús (…) confía en mí, que soy la Madre de Dios, el refugio de los pecadores, el consuelo de los afligidos, confía en mí, que soy tu Madre poderosa, confía y no temas[Notas 14].

Y luego en boca de Jesús: …Ábreme, ovejita perniquebrada, que, con tanto trabajo he traído sobre mis hombros a este redil que custodia mi Divina Madre[Notas 15].

…que no es pequeña la satisfacción que me proporcionáis con esa prueba de buen corazón que deseo empleéis siempre en servir a Dios y a su Stma. Madre. De otro modo no seríais dignas Hijas de la Divina Pastora que os cobija bajo su manto sagrado[Notas 16].

Efectivamente, María representa el amor materno que coopera con el Buen Pastor en su entrega total por los hombres, cumpliendo así el plan del Padre, que María estuviera asociada a su Hijo en la muerte redentora de Jesús, único Salvador de los hombres, como lo había estado en Belén, en el momento de su venida al mundo.

4.2. Segundo valor: María, vínculo de comunión

La advocación “María, Madre del Buen Pastor” representa para el pueblo cristiano un vínculo extraordinario de comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.

Los pueblos han experimentado y experimentan todavía la misma función histórica de María que ejerció en el Cenáculo[Notas 17], la función de reunir y de hacer comunión. Con la muerte del Pastor, los apóstoles y los discípulos se dispersaron, huyeron despavoridos, como ovejas asustadas. Fue necesaria la muerte redentora de Cristo y, cooperando con ella, la labor de María, la madre del Buen Pastor, para ir recogiéndolas y reuniéndolas de nuevo en el redil.

La vemos allí mismo en el Cenáculo con los primeros discípulos en oración esperando la venida del Espíritu de su Hijo para llevar a cabo la obra más importante del Buen Pastor la unificación del pueblo[Notas 18], esto es, la reunión de todas las ovejas en un solo rebaño y bajo un solo pastor[Notas 19], en una palabra, la Iglesia.

Nos alegra grandemente descubrir en la advocación de “María, Madre del Buen Pastor” esta dimensión de comunión que constituye el punto central y esencial de nuestra vida y de nuestra misión en el mundo de hoy. Fieles, pues, a esta devoción de la Santísima Virgen María, debemos trabajar porque nuestras comunidades sean verdaderas escuelas de comunión.

Nos mantenemos unidas a María, la Madre de Jesús, Ella es también Madre nuestra y mediadora de la comunidad ante su Hijo[Notas 20].

En la comunidad eclesial nuestra vida fraterna es signo de amor, unidad y entrega, que estimula a los demás a hacer realidad en su vida estos valores[Notas 21].

4.3. Tercer valor: María, servidora humilde

El tercer valor de esta advocación lo descubrimos en la figura de María “Pastora” como icono significativo de un modo de ejercer su misión de Madre marcado: por el servicio humilde y desinteresado ausente de dominio y de poder; por la predilección de la oveja débil, descarriada o alejada; por la bondad misericordiosa, siempre cercana y silenciosa; por el acompañamiento familiar en el peregrinar de los hombres hacia el redil de la casa del Padre.

El oficio de pastor, en la cultura rural, se trata de un trabajo sacrificado, sin relieve, humilde, sin pretensiones, en el que el pastor está en contacto con la naturaleza, los pastos a veces escasos y en lugares difíciles; siempre presente en medio del rebaño; preocupado por todas y cada una de las ovejas; realizando su oficio con medios sencillos como puede ser un cayado y buscando siempre lo mejor para las ovejas.

Jesús es modelo de humildad. Y la humildad de Dios en Cristo consiste en haberse encarnado en la humildad de la humana naturaleza, por amor.

Y nuestro P. Fundador nos ha dicho cuál es el marco de nuestra humildad: Jesús y María. Primeramente Jesús y después María, como primera discípula de humildad en la escuela de su Hijo.

En las Constituciones del Fundador[Notas 22], habla de las virtudes fundamentales: humildad, sencillez y caridad, que debe procurar toda Hija de la Divina Pastora y dedica un capítulo[Notas 23] a la humildad, como cimiento y base de la vida espiritual.

La humildad en nuestra espiritualidad ocupa un lugar central junto con la caridad. El camino formativo nos modela en la humildad, pues nos abre a la acción del Padre que, mediante el Espíritu, infunde en nuestros corazones los sentimientos del Hijo. El P. Faustino nos señala todo un camino pedagógico.

La humildad nos conduce a la propia verdad, es decir, a un conocimiento realista y equilibrado de sí. Por eso no sólo nos hace reconocer nuestras debilidades y pecados[Notas 24] sino también nuestros valores y capacidades como dones de Dios; no para ser más, sino para servir mejor.

En esto, también María es nuestra referencia como es Jesús: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Ella era humilde de corazón[Notas 25]. Es nuestro modelo porque su respuesta a Dios como esclava expresa la profunda humildad de su corazón.

La expresión “de corazón” significa también para el P. Faustino “en lo íntimo”, “en lo secreto del propio corazón”, sinónimo de una vida profunda y oculta, sin hacer alardes o ruidos de ningún tipo, según el evangelio[Notas 26].

En nuestro camino hacia la santidad debemos mirarnos en María, Ella se reconoce la humilde sierva del Señor que acepta en todo momento los designios de Dios. Por eso María es considerada maestra de humildad y reina de la humildad[Notas 27]. Nosotras, contemplando a María, Divina Pastora, debemos aprender a ser humildes y sencillas; a acompañar a los niños y jóvenes en su camino de fe; a ser itinerantes.

4.4. Cuarto valor: El sentido misionero de María, Divina Pastora

La advocación de María, Madre del Buen Pastor, nace con un marcado sentido mariano, misionero y popular. Nace como un ‘icono’ del pueblo para llevar a los hombres por medio de la bondad maternal de María al redil de Cristo, el único y Buen Pastor. (No olvidemos que surge entre los franciscanos – capuchinos cuyo servicio apostólico era la predicación, misiones populares, catequesis a gente sencilla especialmente en zonas rurales,…).
No cabe duda que este sentido misionero de la advocación de María, Divina Pastora constituye un valor también para nosotras y para nuestra misión educadora en nuestro tiempo. María sigue siendo hoy lo que decía León XIII en su slogan: “A Jesús por María”. Es un camino seguro para ir y llevar a los niños y jóvenes a Jesús.
La misión está inscrita en el corazón mismo de cada forma de vida consagrada. Por eso, en nuestro Instituto, como Religiosas Calasancias hemos sido llamadas a anunciar la Buena Noticia del Reino entre los niños y jóvenes participando en la misión evangelizadora de la Iglesia según nuestro carisma.
Pero el primer cometido misionero, las personas consagradas lo tenemos hacia nosotras mismas, y lo llevamos a cabo abriendo el propio corazón a la acción del Espíritu de Cristo.
En el documento Vita Consecrata[Notas 28], nos dice “que las personas consagradas serán misioneras ante todo, profundizando continuamente en la conciencia de haber sido llamadas y escogidas por Dios, al cual deben orientar toda su vida y ofrecer todo lo que son y tienen (…) De este modo podrán llegar a ser un signo verdadero de Cristo en el mundo (…) proponiéndose como signo vivo de Dios y elocuente predicación del Evangelio, aunque con frecuencia, de manera silenciosa”.
M. Ángeles, en sus memorias sobre los primeros pasos de la Institución, nos cuenta cómo surgió el acogerse a la advocación de María, Divina Pastora. “Se acudió a Fray Ceferino González para la aprobación como asociación religiosa y qué nombre llevaría. Aquí llegamos y cada una dijo la advocación que le gustaba. El Padre, como más experimentado y para evitar discordias entre nosotras dispuso se hicieran papeletas y cada una pusiese el nombre de devoción y él puso en la suya el de Divina Pastora. Se encomendó mucho al Señor y a la Sma. Virgen y el día de pascua del Espíritu Santo se hizo la votación presidida por el Padre y por más de tres veces salió el nombre de “Divina Pastora” En vista de esto, dijo el Padre que quedaba esa advocación pero en la forma siguiente Hijas de la Divina Pastora, así se diferenciaba de las Religiosas franciscanas que llevan el mismo nombre. Quedamos muy contentas pues nos pareció simpático y a propósito este nombre por tratarse de colegios de niñas”[Notas 29].
Me parece curioso que la elección del nombre de la Congregación se realizara el día de Pentecostés. Momento de la Iglesia naciente; encontrándose María reunida con los Apóstoles en el Cenáculo, éstos temerosos y ella sosteniéndoles y alentándoles para recibir el Espíritu Santo y comenzar la misión.
Ella les anima en sus dudas, les ayuda a vencer los obstáculos… María es guía, luz y aliento de aquellos primeros cristianos. Así lo vivieron también nuestras primeras hermanas.
María, en este camino de fe, es “maestra de vida espiritual, modelo, intercesora y madre. Es nuestra Madre en el orden de la gracia”[Notas 30] Esto nos lleva a vivir la presencia activa y materna de María en todo el proceso de nuestra vocación, de la vida de contemplación, comunión y misión. Es un proceso de abrirse, con María y como ella, a los planes salvíficos de Dios en Cristo y en el Espíritu; un consagrarse a Cristo por manos de María, como medio eficaz para vivir fielmente el compromiso del bautismo.
El P. Faustino nos propone repetidamente que pidamos a María su intercesión para conocer la voluntad de Dios.

Pídele su santo amor por el corazón dulcísimo de su amantísima Madre; arrimaos a esta, como ovejitas dóciles a su llamamiento pídele os cobije bajo su manto sagrado y os alcance especiales luces para conocer la voluntad de Dios y gracias eficaces para cumplirla ahora y siempre[Notas 31].

En nuestras Constituciones se expresa: María, la Virgen fiel, que vivió a la escucha de Dios, concibió y dio al mundo la Palabra de Vida, nos enseña a confiar en el Señor y a hacer todas las cosas con el único fin de agradar a Dios, siempre en su presencia y deseando darle en cada una toda la honra y gloria que se merece[Notas 32].

Notas

  1. Ep 70
  2. C 6
  3. C 7
  4. C 6
  5. BF 52
  6. Cfr. Jn 10
  7. Cfr.LG 67
  8. C 19
  9. C38
  10. Jn 2, 1-12
  11. Jn 19, 25-27
  12. Jn 10,11
  13. Jn 19, 25-27
  14. MSC pág. 20 y 21
  15. Ep 141
  16. Ep 299
  17. Hch 1, 14
  18. Jn 18, 14
  19. Jn 10, 16
  20. C 51
  21. C 52
  22. CF II, pág. 61 y ss
  23. CF cap III
  24. Ep 55, 74, 349
  25. CF 50
  26. Mt 6, 4; 6,18; CF X, 86; RF XXXVIII, 32; XXIII, 94; Ep 201 38 HPF 19; MSC 73
  27. HPF 19; MSC 73
  28. VC 25
  29. Memorias M. Ángeles pág. 7
  30. LG 61
  31. Ep 138
  32. C 75