EspiritualidadCarisma/Mi vocación calasancia

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Mi vocación calasancia

:M. Concepción Melero Sánchez

Mi vocación Calasancia, podría decirse de alguna forma, que ya comenzó desde que era muy pequeña. Mi madre, nos solía contar lo que sufrieron en la Guerra Civil tanto mi familia como las religiosas de Martos. Su casa la ofrecieron a las religiosas cuando éstas estaban en peligro por los arrestos que los milicianos estaban haciendo de sacerdotes, religiosas y toda clase de personas buenas que destacaban de alguna forma por su manera de amar al Señor. Tres Calasancias pasaron por la casa de mi abuela en la que también vivía mi madre. Rezaban y sufrían al lado de ellas y me contaba cómo se juntaban las religiosas para rezar el rosario y recibir los ánimos que juntas se daban en esa situación de tanto dolor y peligro. Así que durante esos años, mi familia, siempre estuvo muy unida a todo el sufrimiento que las Religiosas Calasancias tuvieron que pasar.

Mi vida de niña y joven siempre estuvo cimentada en dos grandes pilares: mi familia y colegio.

Nací y crecí en una familia que tenía una arraigada fe que venía de sus abuelos y padres y que se fortaleció en los años de la Guerra, con el martirio de tres miembros de su familia. También vi en ellos la solidaridad que tenían con los más pobres. ¡Cuántos ejemplos tanto en la familia de mi madre como en la de mi padre! Mi abuela Concha, que fue un alma de Dios, viviendo como una santa, estaba entregada por completo no sólo a llevar a su familia por el camino que conducía al Señor, sino también a todos los pobres de Martos que estaban pasando tanta necesidad en los años de la post-guerra, a los que conocía por su nombre y los ayudaba en todas sus necesidades. Así que me fue muy fácil empezar a amar a Jesús y a nuestra Madre y a verle entre los pobres que iban a mi casa en busca del consejo de mi padre, o de la palabra o caridad de mi abuela y mi madre.

El otro gran “pilar” donde se afianzó mi fe, fue en el Colegio. La Comunidad fue para mí, desde que tuve uso de razón hasta que entré al Noviciado, un referente de mujeres enamoradas de Dios, con una fuerza increíble para entregarse a las alumnas, ¡qué ejemplo más grande en todo...! Siempre alegres, acogedoras, al servicio de todas, muy unidas... No me cansaría de ponerle calificativos a estas grandes religiosas, entre ellas M. Aurora Fernández, mi gran confidente; M. Herminia Rodríguez, M. Elisa Fernández, entre algunas de mis profesoras. Ellas me vieron crecer al calor de su cercanía y de sus exigencias: me hacían estudiar y ser responsable y también sufrían mis inocentes travesuras, dándome algún que otro castigo... pero también esperando que llegara los domingos por la tarde con mis amigas al Manifiesto, a rezar, a sentir la presencia de un Dios que se estaba haciendo muy cercano a mi vida ¡Ah! Y a enseñarle el vestido que íbamos estrenando o a decirle donde íbamos a ir después y ellas…sus consejos, sus risas y bromas… Así que no puedo agradecer con palabras a “mis monjas” aquellos ejemplos de vida entregada que ellas me dieron.

Algunas veces hablamos y nos preguntamos el por qué hay tantas vocaciones marteñas (bueno ahora estamos como en todos sitios, en crisis…) y siempre hemos contestado: “Por la sangre derramada de tantos mártires en este pueblo y en especial de M. Victoria” y yo siempre añadía: y por el gran ejemplo de entrega, amor a Dios y a la Congregación que siempre nos dio la Comunidad de Martos.

Así que con estos dos pilares y después de asentar la cabeza por una buena regañina de M. Aurora, en la que supo sacar todo lo que por dentro yo llevaba en mi corazón me dije a mi misma: “…con lo feliz que yo soy cuando me hablan de Jesús, cuando veo todo lo que me ama… yo también quiero llevarle este mensaje a los niños, quiero decirles con mis palabras y con mi vida lo que yo he visto y oído. Necesito y quiero amar con el mismo amor con que Dios me ama. Quiero ser santa y entrar en la vida religiosa para serlo”.

Estas ideas y sentimientos quedaron dentro y a pesar de pasar una adolescencia en plan presumido y pensando en algún que otro chico, en uno de mis “encuentros” con Jesús, sí que oí con claridad la invitación que me hacía: Sígueme, ven y echa las redes.

Entré al Noviciado y allí fui conociendo la vida y obra de nuestro fundador y cada día veía cómo podía hacer posible todo lo que había soñado. Desde el principio la vida de Faustino, que tanto me gustaba desde pequeña, me fue llegando más a dentro. Recuerdo una frase suya que me dio muchos ánimos para estudiar y ser una buena educadora: Hacer la felicidad humana, esa es la divina misión de la educación y esto me propuse hacer, era lo que Dios me pedía. Tuve que estudiar mucho aunque no me gustaba: reválidas y oposiciones, pero el Carisma Calasancio me lo requería. Enseguida vi que con los niños mi corazón se ensanchaba y se envalentonaba cuando les hablaba del amor a Jesús y a su Madre y que en las clases disfrutaba ayudando a cada alumno en su formación integral y a muchas en su acompañamiento personal.

Las clases siempre me gustaron y a través de ellas y de las actividades extraescolares el Señor desde dentro de mi corazón, me infundía ardor para evangelizar, para dar a conocer el gran Amor del Dios que llevamos dentro. También me atraía mucho la faceta de Faustino de: “estar atento a las necesidades que veía a su alrededor y correr hacia ellas”, por eso fue un apoyo en mi camino las palabras que nos hablan de su vida: De todas es sabido como el P. Faustino al salir de clase iba por las calles de Sanlúcar con los ojos del corazón bien abiertos y vio a las niñas sin clase… También el Señor ha querido abrir mis ojos a necesidades que veía delante de mí en algunos destinos donde he estado: niños del “Portiño”, Pepita, pakistaníes, aquellos grupos de niñas y familias más necesitadas… y que, respaldada por la comunidad he podido asistir y acompañar.

A lo largo de mi vida me ha ayudado a profundizar en mi fe en Dios y en los hermanos y a conocer el Carisma Calasancio:

•Los encuentros diarios con la Palabra en los que vas conociendo más al Jesús que te enamora y al que quieres seguir con todas tus fuerzas, al que le pides perdón por no saber darlo a conocer y al que le das gracias porque cada día te recuerda el “Ven y sígueme” por este camino de entrega y servicio a los niños, a los más débiles.
•Los Ejercicios Espirituales y retiros: ¡Cuántos encuentros con el Señor! Cómo vas adentrándote a través de la contemplación y el silencio en tu vida y descubriendo los planes que el Señor tiene sobre ti. Otras veces la oscuridad se hacía intensa, la aridez y sequedad te invadían, pero ahí estabas… con El y por El y en un abandono confiado, porque ya la vida espiritual te enseña que el Señor nos sorprende muchas veces, unas con la cruz pidiendo ayuda, otras con su misericordia siempre perdonando y otras con su ternura por medio de hermanas y Director Espiritual que con sus gestos te hacían verlo muy cerca.
•La formación permanente durante tantos años. ¡Cómo me ha formado la Congregación…! Una formación especial fue el reciclaje. Tres meses en los que la Teología y los Temas sobre Calasanz y Faustino iluminaban rincones interiores, dándote fuerzas para seguirlos, para conocer más su vida y el Carisma Calasancio.
•Y mis años de juventud y madurez intentando vivir el “conducir y guiar a nuestros alumnos” En la Congregación se me han encomendado actividades en las que con la ayuda y compañía de María, Divina Pastora y recordando a nuestro Fundador que: ve, asiste, discierne, sale al encuentro, acompaña…yo, calasancia urgida por la Iglesia y por el Carisma de mi Congregación siento la llamada de llevar este estilo de vida con los niños y jóvenes y así he podido hacer esta gran misión de “acompañar” a los niños. Con qué entusiasmo y ánimo he preparado a tantas niñas para: el primer encuentro con Jesús en la Eucaristía, en los que vivíamos la alegría de ese encuentro con Él; encuentros con grupos en: Pascuas rurales y Campamentos en los que vivías muy cerca con la gente sencilla y aprendías de ellos, de su fe profunda, a pesar de los pocos medios que tenían para enriquecerla. Allí nos esperaban deseosos de recibir la Palabra y los Sacramentos y en otros casos en los que en plena naturaleza nos contagiábamos del Amor del Creador.

He trabajado durante 48 años en esta misión específica, la educación, la escuela. Esta tarea le ha dado sentido y un gran llenazo a mi vida, he encontrado la forma de servir al Señor en los niños y jóvenes. En las aulas los vas preparando en conocimientos intelectuales y para ser buenos cristianos, que como decía el Beato Faustino: Tenemos que preparar a las niñas para ser buenas madres, buenas esposas y miembros de la sociedad en la que viven. Sí, día tras día he vivido al lado de mis alumnos-as, de todas las edades, desde infantil a secundaria, muchos momentos de su vida y compartiendo un sin fin de experiencias: unas gozosas, viéndolos crecer y progresar, otras dolorosas por problemas personales de los chicos o de su familia, otras con los niños que más le costaba el estudio o tenían un carácter difícil. He disfrutado mucho en las clases y procuraba que ellos también fueran felices. Buscaba métodos para hacerles más asequibles las materias y mantenía un trato cercano con ellos. He aprendido mucho a su lado, son ellos los que me daban fuerzas y alegría para comenzar la jornada con toda la entrega que podía.

Los años en Escuela Hogar: también he tenido la gracia de trabajar en esta misión tan bonita en la que además de ser maestra hacías más el trabajo tan cercano, entrañable y lleno de ternura de una madre, las 24 horas del día. Tanto en las niñas que venían del campo, como las que llegaron de Protección de Menores, veíamos en ellas “a las más pequeñas de entre las pequeñas de los colegios”, unas por su sencillez, limpieza de corazón y sentimientos y en las otras por venir de unas familias rotas y con muchos problemas y lo que necesitaban era acogida y cariño. Fueron unos años muy ricos en experiencias humanas y de entrega total a las niñas, pero…ellas no se dejaban ganar en muestras de agradecimiento. Éramos una verdadera familia unida a la comunidad.

Mi destino en Akurenam. En las Misiones, creo que las Calasancias, nos enriquecemos y qué bien se ve el rostro de Cristo en los niños, en los jóvenes y personas mayores, viven una pobreza tan grande en todos los niveles que la presencia de Jesús se hace tan real… que hace que el corazón se renueve y la entrega a la misión que Él nos ha confiado se haga con una gran fe, esperanza y actitud de servicio.

También a lo largo de una vida no pueden faltar: los encuentros con el dolor:

•personales: interrogantes, nubarrones, caídas, luchas.
•en la familia: muchas enfermedades y bastantes ausencias.
•comunitarios: ¡es tan difícil vivir una vida fraterna…! y, a la vez tan necesaria..., pero tengo que decir como S. Pablo: “No es el bien que quiero hacer lo que hago, sino el mal que no quiero es lo que hago” pero es en ella donde nos santificamos, nos ayudamos y apoyamos, donde se sufre y se goza, donde caemos y nos levantamos, donde nos pedimos perdón y volvemos a comenzar, donde, a veces, la cruz se siente pesada. Y es en todos estos encuentros con el dolor cuando nos agarramos a la frase que nos da un respiro confiado lleno de fe: Dejemos obrar a Dios que para mejor será.

Ahora estoy viviendo otra etapa de mi vida, centrada más en la Comunidad, aunque en todas las anteriores, era en ella y desde ella desde donde ibas enviada a trabajar y a evangelizar; sí, “la tercera edad”, ya abiertamente digo que soy mayor… es una edad de fuertes experiencias de fe y donde el Carisma Calasancio que has vivido durante tantos años, se vive de forma más profunda. Cuenta de una manera muy especial Dios, puedes estar más en una presencia y diálogo constante con Él y con nuestra Madre, Divina Pastora, mientras haces los quehaceres de la casa o ayudas y acompañas a la hermana mayor. Hasta su Palabra parece más nueva, más personal y tienes algún momento más para saborearla. Por otro lado, vives con más unión y generosidad los momentos con la comunidad y recuerdas más frases y vivencias de hermanas mayores, unas que ya no están y otras sí y que siguen a tu lado. Siempre eran y siguen siendo para acercarte a las fuentes de nuestra espiritualidad calasancia: Amor a la Cruz, espíritu de sacrificio y disponibilidad, rezar mucho por las hermanas que están en clase y los alumnos, vivir confiando en el Corazón de Jesús y muchas cosas más de frases del P. Fundador que nos vamos recordando en esta ayuda que, a distancia o de cerca nos damos.

No quiero dejar de dar un GRACIAS muy grande y que sale con todo el amor de que soy capaz:

•A mi Buen Padre Dios por haberse volcado con tanto amor hacia mí, por elegirme como esposa, por la paciencia que tiene conmigo esperando que me levante una y otra vez, por ser mi Buen Pastor y la Roca donde me apoyo.
•Por mi María, Divina Pastora, que me ha ayudado a vivir con Ella el canto del Magníficat “porque en mi el Señor ha hecho grandes cosas”, a la que desde pequeña he consagrado mi vida y es mi mejor modelo y acompañante.
•Por darme unos padres que han sido testigos de fe para mí y por la familia que tengo.
•Por todo lo que me ha dado dentro de la Congregación, por las personas que me acompañaron desde pequeña (P. Antonio y M. Aurora) y por las hermanas que han estado a mi lado siempre y me han ayudado a ser fiel al Señor.
•Por tantos alumnos y alumnas que he tenido, he aprendido mucho de ellos y he recibido más cariño y agradecimiento que el que yo he intentado siempre darles.
•Por tantas personas necesitadas que me he encontrado en el camino y que me han ayudado a ensanchar el corazón y a ver a Jesús encarnado en ellas.

Y por las personas que no he amado como debiera, ellas me han enseñado a ver mi pobreza en mis caídas y a levantarme experimentando el gran regalo del Padre misericordioso que perdona siempre. ¡GRACIAS!

Notas