EstudioPsiquicoEspiritual/01 Introducción

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EstudioPsiquicoEspiritual/01 Introducción
Índice

02 Infancia y juventud. 1831 - 1856
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1 Introducción

Intentamos escribir una biografía del P. Faustino Míguez, pero con dos objetivos precisos; conocer los acontecimientos de su vida con base en documentos verídicos, sacados de documentos auténticos y sobre ellos realizar un estudio psíquico-espiritual de su personalidad. Sin una base crítica ese estudio no tendría valor alguno.

Ese estudio psíquico- espiritual es, efectivamente, el principal de los dos objetivos. Somos conscientes de que en la realización corremos peligros. No obstante lo vamos a intentar, porque en estos momentos todos los calasancios estamos interesados en conocer con base segura si nuestro hermano merece los honores de la Beatificación, ya que ha sido incoado el proceso para alcanzar esa meta. Para nuestra vida calasancia es más interesante conocer los rasgos de su personalidad religiosa que amontonar datos sobre su actividad externa. La santidad es el valor más alto para nuestro género de vida, ya que ella es el objetivo de nuestra existencia.

Para cualquiera que se acerque a este escolapio extraordinario del siglo XIX y primer cuarto del XX, la personalidad del P. Faustino, y por lo tanto su santidad, tiene caracteres bien definidos.

Esa santidad podría llamarse corriente, la que intentamos conseguir todos los religiosos, sin hechos extraordinarios llamativos. No los excluimos, pero difícilmente alguno de ellos tiene todos los caracteres del milagro, sin que queramos olvidar una intervención de Dios. El P. Faustino no tuvo la aureola de taumaturgo. Sí la tuvo de un santo varón, muy metido en las cosas de Dios. Eso basta para ser santo.

Estos santos a quienes, sin pretensiones de exactitud teológica, podríamos llamar “ascéticos”, para diferenciarlos de otros famosos por sus experiencias “místicas”, nos resultan más atrayentes, porque están más cerca de nosotros. Se nos antojan más asequibles y más imitables. Tal vez en esa apreciación entra nuestra falta de experiencia en el terreno de la santidad. De todos modos es de enorme eficacia formativa ver a estos santos levantarse después de llorar sus miserias humanas y seguir siempre incansables hacia la meta. Al final de sus vidas nos asombran por sus logros: ¡fueron triunfadores heroicos sobre sus propias miserias humanas!

Contra esta clase de santidad tenemos dos prejuicios: el primero, que los hagiógrafos nos han hecho creer que la santidad consiste en lo maravilloso, en los milagros; el segundo, creer que los santos nacen santos.

La vida del P. Faustino es muy apropiada para acabar con esos dos prejuicios. No fue un taumaturgo y le vamos a ver caer en miserias humanas, una y otra vez, en su juventud y aún en su edad madura. Pero llegó a la meta, como también lo vamos a ver. Antes tuvo que luchar mucho contra un enemigo muy difícil: él mismo. Es el mismo enemigo al que nos enfrentamos todos los días tú y yo, querido lector.

Escribimos sobre un religioso en vías de canonización y somos conscientes de que corremos un peligro: tener miedo a los jueces de Roma que van a opinar sobre su vida, si referimos sus limitaciones, a veces muy visibles. Pero nosotros creemos que la santidad se ha de buscar, de ordinario, al final de la vida, a condición de que encontremos a lo largo de toda ella un interés claro y unos esfuerzos constantes para alcanzarla. No nos asustemos de vernos obligados a exclamar muchas veces ante sus fallos: ¡este hombre no aprende! Eso mismo será aleccionador, estimulante, si también podemos exclamar al final: ¡por fin! Y entonces en ese hombre os podremos ver nosotros mismos y exclamar esperanzados: ¡merece la pena!, ¡adelante!

La personalidad humana y la santidad son dos cimas de una misma montaña; dos imponentes edificios que se construyen con los mismos ladrillos. Si en la construcción de la personalidad pretendemos usar materiales que no sirven para la santidad, la experiencia futura nos dirá que no eran legítimos; tampoco sirvieron para lograrla. En vez de personalidad tendríamos un ingente cúmulo de energía psíquica al servicio de instintos ancestrales, lo cual no es la personalidad. Stalin y Hitler fueron huracanes psicológicos, pero no fueron nunca verdaderas personas humanas, sino monstruos.

El P. Faustino contaba con una energía psíquica muy notable. Era un gran hombre, pero no todo gran hombre es santo. Los grandes hombres tienen en su vida muchos momentos ambiguos; se encuentran de pronto con una encrucijada; pueden resultar santos o tiranos. ¿Cómo resolvió el P. Faustino su ambigüedad?

Todo gran hombre es polifacético. Además puede ser contradictorio. Tener grandes virtudes y a la par grandes vicios. Puede ser a la vez duro y tierno, inflexible y paternal. El lector dirá, a medida que lea, en qué grado fue nuestro héroe una u otra de esas dos cosas.

Y cuando nos encontremos con un P. Faustino ambiguo por su energía psíquica aún informe, el lector deberá hacerse esta pregunta: ¿qué fue lo que impidió que el P. Faustino fuera un tirano o un déspota? Tenía energía psíquica para haberlo sido. Además tenía a veces una visión unilateral, defecto general de los varones recios, aún no santos. Por eso tendrá que preguntarse: los hombres con los que se enfrentó en sus luchas dialécticas ¿eran enemigos o seres a quienes esa su reciedumbre, mal controlada, obligó, en cierta manera, a serlo?

El lector irá respondiendo a este u otros interrogantes que le saldrán al paso, mientras sigue las huellas del P. Faustino, porque es verdad que sostuvo muchas lides jurídico-dialécticas, para las que estaba magníficamente dotado por la naturaleza, que pudo habérselas ahorrado. Pero, por otra parte, podrá comprobar que nunca se gozó en su victoria, ni en la ruina de sus adversarios.

Y de nuevo surgirá la pregunta: ¿por qué no se ensañó con los vencidos, conforme exige el instinto humano agresivo? Siguiendo con atención el relato tendrá que confesar que existía en él “algo” que le contenía y que ese algo era su fe. Constatará que en el fondo ese pleiteante nato nunca vio un enemigo en sus contendores.

Con esto no estamos proponiendo un tema psíquico-espiritual de gran alcance: el influjo de la gracia divina, de la acción del Espíritu Santo, en la conducta humana. Ese influjo, si existe, tiene aspectos psicológicos, porque influye en el comportamiento; se convierte en una energía con la que hay que contar en el terreno psíquico. Sus efectos serán mensurables psicológicamente, contra lo que tradicionalmente se ha creído.

Esa influencia psíquica de la acción de la gracia puede provenir de la iluminación de la inteligencia por la palabra divina o del impulso que recibe la voluntad por esa misma acción del Espíritu. En los dos casos repercutirá en la conducta, porque no obra lo mismo un hombre iluminado que uno ciego, un hombre decidido que uno abúlico. En todo caso la acción del Espíritu abre al hombre horizontes nuevos, suprasensibles y suprainteligibles, que ensanchan su perspectiva y perfeccionan su ser humano.

Cualquier psicólogo sabe la influencia que del fin ejerce sobre la voluntad. El fin, en efecto, es un foco de atracción y de energía centrípeta. Las energías psíquicas, convocadas a la tarea de alcanzarlo, unifican al hombre y participan en la construcción de la unidad total: la personalidad. No existen personalidades comparables a la de los hombres y mujeres que de veras persiguen el fin más alto que existe en el horizonte de la vida humanad: la unión con Dios por la caridad, la santidad.

Los efectos de la acción del Espíritu, lejos ciertamente de la observación del “científico”, son particularmente visibles en la vida de los santos. Se perciben por una maduración, un ablandamiento, de la rudeza originaria del hombre, la que heredamos de los ancestros biológicos, los antropoides, cuyos modelos de conducta son en algunos aspectos demasiado reconocibles, en la conducta “primitiva” de muchos seres humanos.

Esto es muy visible a lo largo y ancho de la vida de este recio varón que fue el P. Faustino Míguez: inteligencia profunda –un verdadero sabio-, carácter rectilíneo, ejemplar notable de ese talante del hombre ibérico que se expresa con la frase de “ser o no ser”. En él esto llegó casi a la obsesión y fue el origen de serios desengaños y de frustraciones profundas, al enfrentarse con la debilidad e inconsecuencia del pobre ser humano. Esa su energía vital, esa riqueza psíquica impresionante, la dulcificó hasta la ternura y el sacrificio de sí mismo por efecto de su fe viva y consecuente. Consigo mismo ignoró concesiones; pero fracasó cuando quiso exigir la misma conducta en los demás. Tuvo que reconocer con dolor que se le quedaban atrás irremediablemente. Esa fue su cruz más pesada. Al fin de su larga existencia de noventa y cuatro años se hizo más patente esta distancia entre él y su séquito: fue el caos, pero a la vez fue la ocasión de mostrar su santidad. Y en esa soledad del incomprendido se sumergió en Dios. Nos queda su ejemplo. Fue una lucha sin tregua ni descanso por conseguir llevar consigo a un conjunto de mujeres para que fueran dignas compañeras de ruta hacia la santidad. Pero el rebaño se le dividió y fracasó en su anhelo, como fracasaron tantos fundadores. Mas si unas se le quedaron atrás, otras recogieron su heroico gesto, que sigue como una luz, estimulándolas y guiándolas. Lo heroico nunca muere.

Si nuestro objetivo es conocer la personalidad del P. Faustino, será necesario que expongamos cuál va a ser nuestro método para conseguirlo.

Desde luego renunciamos a la pretensión de conocer su carácter. Lo único que conseguiríamos con ello sería conocer ciertas maneras estereotipadas de reaccionar ante los estímulos exteriores; reacciones siempre idénticas, maneras de conducta, que mostrarían su incapacidad de cambiar, de avanzar en la construcción de su personalidad. El “carácter” en efecto, es un sello, un molde –eso significa la palabra- un modo siempre idéntico de reaccionar, una conducta impuesta por los estímulos exteriores, la herencia genética, los bloqueos que produjo la mala educación familiar, social, escolar, los prejuicios sociales y doctrinales, sean éticos, filosóficos o religiosos. En principio el ser humano que no es capaz de cambiar el carácter debe renunciar a la personalidad y a la santidad. Sería un cadáver ambulante.

Vemos que el P. Faustino no fue así. Le costó romper el molde del carácter, pero lo fue ablandando lentamente a lo largo de su vida. De lo contrario, sobraría escribirla.

En lugar de estudiar el carácter de una persona, merece la pena estudiar no su personalidad, sino el proceso por el cual la fue formando y asentando. En efecto, la personalidad no es un concepto estático, sino evolutivo; se construye por actos que rompen el carácter; actos por los que se superan los instintos animales que residen en nuestro organismo, la maneras estereotipadas de obrar, que obedecen a lo que solemos llamar vicios, a las tendencias de la carne, según la expresión de San Pablo. Esas tendencias son las herencias que nos asemejan a los animales en la manera siempre idéntica de reaccionar ante los estímulos o las que tienen su origen en “el yo”: egoísmo, tendencia a dominar, a figurar, a gozar corporalmente, a vengarse, a exigir, a… Sólo al precio de romper la esclavitud que conllevan, se establece la personalidad, entidad psíquica por la que el hombre se va convirtiendo cada vez más en un ser espiritual, ya que el espíritu es lo que especifica al hombre, mejor, a la persona.

Si esto es así, es claro que la santidad está en la misma línea de crecimiento que la personalidad. Y las dos se encuentran en la línea de acción que se conforma en el Evangelio. En efecto, la afirmación de Cristo “Yo soy la Verdad”, no sólo tiene contenido religioso, sino también psicológico. Su palabra no sólo es salud sobrenatural sino también psíquica, intelectual y volitiva. Toda nuestra experiencia terapéutica nos lo ha confirmado. El camino hacia la Verdad no es más que uno, aunque se pueda llegar a esa meta por vías diversas: la genética, la psíquica, la filosófica o la teológica.

Entonces nuestro método de estudio se reducirá a ir observando la conducta del P. Faustino con base, principalmente, en los documentos o hechos comprobados de su vida, y notando sus avances o retrocesos en los temas arriba indicados como punto de referencia. No será difícil comprobar que a los avances contribuyó su fe, su compromiso apostólico, su dedicación al prójimo, su amor a Cristo.

Estudiar esto es de importancia suma para nuestro intento, porque la contraposición muerte-vida constituye la trama de la existencia humana y está inscrita en la perspectiva paulina: “no pongo por obra lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco” (Rom. 7,15); “querer el bien está en mí, pero el hacerlo no” (Ibídem, 18 b). San Pablo habla aquí de fuerzas psicoespirituales complejas. El P. Faustino las vivió intensamente y fue maltratado por ellas. Llegar a la santidad es poder hacer todo lo que se quiere en el servicio de Dios. Es el famoso “servir a Dios en todo”, “dejarlo todo por Dios”, de Santa Teresa (Cfr. Vida 24, 7-10). Eso es imposible a la naturaleza humana abandonada a sus fuerzas. De ahí la necesidad de la ayuda de Dios por la acción del Espíritu, que tan hondamente han sentido los santos. De ahí el grito de libertad de todos, siguiendo a San Pablo, cuando se vieron libres: “¡desgraciado de mí!, ¿quién me librará de este ser mío, instrumento de muerte? Pero cuántas gracias le doy a Dios por Jesús, Mesías, Señor nuestro” (Rom. 7, 24-25).

Sabemos que este método de estudio no es común. Pero siguiéndole podremos ver el despliegue de fuerzas psíquicas puestas al servicio del crecimiento sobrenatural, que movieron a nuestro héroe a lo largo de su vida.

Y veremos, de paso, que la santidad añade algo a la personalidad, aunque las dos, como hemos dicho, están en la misma línea de avance. La santidad empuja hacia adelante a la personalidad. Le añade a ésta nuevo esplendor, porque le agrega un crecimiento en el ser. ¿Qué científico, político, filántropo o técnico ha sido hombre como un Francisco de Asís o un José de Calasanz?

Aspiramos a colocar al P. Faustino Míguez en la línea de crecimiento de la personalidad santificada.

Notas