EstudioPsiquicoEspiritual/02 Infancia y juventud. 1831 - 1856

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2.1. Datos biográficos de referencia

Nació el 24 de marzo de 1831 en Xamirás de Acebedo, provincia de Orense, en España. Sus padres fueron Benito Míguez y María González, quienes tuvieron cuatro hijos, nacidos en este orden: María del Carmen, Antonio, José y Manuel (Faustino).

Efectuó los estudios elementales en el pueblo natal y el bachillerato en la Preceptoría de “Los Milagros”, célebre santuario mariano cercano a su pueblo, desde 1845 a 1849. Ingresó al Noviciado de las Escuelas Pías en el Colegio de San Fernando, de Madrid, en el año 1850.

Hizo la profesión de votos temporales en 1851, cambiando el nombre de Manuel por el de Faustino. En ese mismo año empezó los estudios de filosofía y teología en dicho colegio y los terminó en 1855. Profesó solemnemente el 6 de enero de 1853 y se ordenó sacerdote el día 8 de marzo de 1856, empezando su ministerio educativo escolapio en el mismo colegio, donde permaneció el resto del año escolar.

2.2. Primeros indicios de sus vivencias psíquicas

Disponemos de pocos datos para orientarnos en el estudio psicológico del joven Faustino. Pero los que tenemos son ya un indicio valioso que nos pondrá en la pista de lo que completarán otros posteriores.

La educación familiar es fundamental para toda la vida. De los primeros datos que poseemos, deducimos que fue afectiva y acogedora, como para crear en su corazón el auténtico amor a sus padres y hermanos. Posteriormente aparece muy definido el amor a la madre, el cual dejó en él una huella visible, sobre todo en la segunda parte de su vida, como educador de niñas y fundador de una familia religiosa femenina.

La educación religiosa debió ser profunda y muy sincera, aunque sencilla y casi primitiva. La religiosidad fue una dimensión esencial en el P. Faustino desde que tenemos datos de su vida. Esa fe elemental fue después ilustrada por los estudios filosóficos y teológicos.

Los primeros documentos que poseemos para fundamentar estas afirmaciones son de los años en que ya era religioso de las Escuelas Pías. El primero es la “renuncia de bienes”, hecha antes de la profesión solemne. Se trata de un acta notarial y por lo tanto de un texto rutinario oficial. No obstante, es imposible que el Faustino que conocemos se limitara, al hacer su profesión, a repetir rutinariamente las palabras que tienen que ver con la pobreza, por ejemplo: “El compareciente… renuncia cuantos derechos, bienes y acciones le puedan corresponder sin reservación alguna[Notas 1]. Si el alma sintonizaba con las palabras, tenemos un “pobre” según el Evangelio. La lectura de las cartas que copiamos en seguida son un indicio de que realmente las palabras y los sentimientos iban de acuerdo en la vida del joven Faustino. Se entrevé la radicalidad en la frase que aparece en la renuncia aludida: “Renuncia para siempre jamás”. La frase merece ser del P. Faustino Míguez Sch.P.

Pero leamos ya cosas más personales. Poseemos una carta de 1853, cuando era estudiante en Madrid. Literariamente es una carta alambicada en demasía, en la cual se ha perdido la espontaneidad sencilla del campesino, sin haber alcanzado aún un estilo propio. Podría indicar más bien cierta presunción de originalidad. Téngase presente, al leerla, que en ese año ocurrieron en España repetidos excesos revolucionarios durante el llamado “bienio progresista” del general Espartero, que conmovieron al joven clérigo estudiante. Escribe, pues, a su hermano Antonio:

“Paso hoy, aunque trémulo, la pluma por este papel… Trémulo, sí hermano mío, por lo adversas que cada día se van poniendo las cosas… Se ausentan, se expatrían, los que tienen que perder… Sólo quedan los de armas tomar, los émulos de la Moral, del Templo, del Altar, de la Religión; te lo diré de una vez, de Dios. Sólo el malo se divierte, ríe, sarcasmotea (sic) triunfa, es exaltado… Esto me hace titubear, arrebata mi imaginación, me da malísimos ratos, me consume”[Notas 2].

Notable texto. A través de sus palabras se nota su turbación interior por los excesos del populacho, que él interpretad como el eco de aquellas palabras del salmista: “¿Por qué se amotinan las naciones?”[Notas 3]. Para él aquellos atropellos de las turbas eran el bramido de los enemigos de Dios.

Se nota también que el joven se siente implicado en la suerte de la Patria. La marea revolucionaria, en efecto, iría aumentando en España y llegará a azotarle a él el rostro con peligro de su vida.

En esta misma carta le anuncia a su hermano que ha recibido ya las Ordenes Menores y por el momento declara sinceramente que aprecia y confía totalmente en sus superiores. La vida religiosa es aún para él un remanso de paz:

“Descanso confiado en mis prudentísimos y nunca bien ponderados Superiores, cuyas primaturísimas preocupaciones disipan todo revés aparente”

Dejémosle en su confianza, mientras no se encrespen las olas de la vida. Y resumamos sus vivencias psíquicas. La afectividad es normal; su emotividad, profunda, hasta el punto de quitarle la paz y hacerle sufrir, aunque en sus expresiones no está ausente alguna hinchazón retórica. Mas ya aparecen sus reacciones emocionales, que serán su cruz después toda la vida y constituirán la raíz misma de sus luchas, hasta que las someta al Espíritu. No le será fácil, porque el torrente emotivo es fuerte, aunque soterrado y profundo.

Sobre sus sentimientos religiosos, poseemos una hermosa y significativa carta escrita el año 1857, uno después de su ordenación sacerdotal y el mismo en que fue destinado a Cuba por la Obediencia. Leámosla sin más:

El ardiente amor que les profeso, encendido deseo que tengo de verlos, si no en esta vida, en la patria celestial, me mueven a recordarles que ya estamos pisando de continuo los umbrales de la muerte, que no dista mucho de nosotros, procuremos arreglar nuestra vida como desearíamos haberlo hecho en aquella hora decisiva, para así obtener la perseverancia final, que al Señor pido nos conceda a todos. No desechen, les ruego, tan buena inspiración, pues de despreciarla o acogerla con todas veras pende nuestra salvación o reprobación eterna. No intento ni siquiera ser profeta; pero mucho nos pesará no haberlo hecho así. Amados padres míos: no puedo menos de sentir con ustedes el gozo en que rebosarán sus corazones por ver a dos hijos suyos ministros del Altísimo y rodeados de otros dos, que abundan, según supongo, en buenos sentimientos, señales de predestinación; perro de nada nos servirán estos goces temporales su preceden a estos ayes y lamentos, consecuencia del abuso de los tesoros de la divina gracia en esta vida.
Yo me creería el más feliz de los nacidos si supiera que algún día me había de ver con ustedes en la celestial morada; al par que me reputaría el infeliz de los mortales si previese que había de faltar alguno de nosotros a aquel completo gozo de la eternidad: los amo mucho y por eso no puedo menos de desengañarlo. ¡Óiganme, por María Santísima![Notas 4]

He ahí una muestra de la religiosidad de aquel tiempo y también del arraigo que la fe y sus contenidos habían conseguido en el alma del novel sacerdote Faustino Míguez. No es ciertamente algo extraordinario, pero es significativo precisamente por eso. Se limita a manifestar a los suyos -ocasión para alejar toda sospecha de fingimiento- uno de los contenidos de la fe: llegar a la vida eterna, meta de todo creyente. ¡Nada más, pero nada menos! Aparece aquí lo que podríamos llamar su racionalidad consecuente. Si creemos, obremos en consecuencia.

En resumen: los primeros documentos auténticos que poseemos de esta fase de su vida nos muestran a un joven religioso decidido y consecuente; capaz de emociones profundas pero sin manifestaciones aparatosas; como el agua que corre por hondas capas de la tierra. Es seriamente religioso, con una vida que quiere estar en relación auténtica con la fe. Su adhesión a las verdades religiosas es sincera y capaz de conmoverle. Todo indica que la fe forma parte de su vida.

Notas

  1. Cfr. Vilá, p. 12
  2. Cfr. Ibídem. P. 15b. En la Positio de Vilá no está completa la carta
  3. Salmo 1
  4. Cfr. Vilá. P. 15. Carta del 17 de marzo de 1857