EstudioPsiquicoEspiritual/03 1857 - 1860

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3 1857 - 1860

El año 1857 fue destinado el P. Faustino a Cuba. Ese tiempo era de gran tensión entre España y los Estados unidos. Estos apetecían la isla y sólo la guerra de secesión impidió que se apoderaran de ella durante los años en que estuvo allí el P. Faustino. Lo hicieron el año 1890.

El P. Faustino ejerció el magisterio escolapio en Guanabacoa, en la Normal que él y sus hermanos hicieron famosa en la isla. Salió de nuevo para la patria el 12 de febrero de 1860. Estuvo allí desde el 3 de noviembre de 1857.

3.1. Más datos sobre la faceta afectivo-emotiva del Padre

El conocimiento de este aspecto psicológico de su personalidad nos lo va a completar él mismo en una carta que escribió a su hermano José. Leámosla, dividida en párrafos, para poder comentarla más fácilmente:

“Mi inolvidable hermano: por la tuya me has tocado una tecla que me arranca involuntariamente estas cortas letras que me cuestan un sacrificio. Sírvante, pues, de última memoria de éste que nunca olvida ni a los que de él no se acuerdan”.

La tecla de que habla es el amor filial, de que trata abajo. El dato “que nunca olvida” es interesante psicológicamente. En efecto, el recuerdo duradero es propio de los emotivos profundos. Por muchos datos confirmaremos que el P. Faustino era así.

Después habla de una enfermedad que él creía mortal, porque las enfermedades tropicales atemorizaban entonces justamente, ya que no se las podía combatir con eficacia. Ellas causaron la muerte del hermano Pedro Díaz, su compañero de expedición.

“Según dictamen médico, estoy atacado del hígado, efecto de los continuos esfuerzos que por necesidad he de hacerme en tantas explicaciones como de continuo exige mi profesión y precisamente de las más difíciles; así pues, pronto seré víctima y muy gustoso, como soldado que quiere morir al pie del cañón”.

Para el estudio que estamos haciendo poco importa el saber si esta infección es la que contrajo por haber ingerido agua contaminada por unas hojas de tabaco en maceración, como se dice. Él la interpreta como consecuencia de sus esfuerzos de profesor. Ciertamente él se entregara a ese trabajo con verdadera pasión; pero es poco probable que la dolencia se pudiera deber a ese trabajo. Lo verdaderamente interesante es su actitud ante del hecho que él creía fatal. Sus palabras son un fogonazo que ilumina su horizonte psíquico en aquel momento: está dispuesto a morir en el cumplimiento de su deber. Es un acto de temple heroico y juvenil a la vez. Estamos ante un testimonio de primera mano sobre comprensión del sentido de la vida y de la muerte. De esta comprensión no se puede excluir el elemento religioso bien asimilado. Los compromisos que entrañan tanto la profesión como la ordenación sacerdotal están presentes en su alma. No se arrepiente. Una vez más muestra que es consecuente con sus decisiones importantes.

Por otra parte, es interesante oírle afirmar que sus explicaciones eran “de las más difíciles”. Quiere decir, al afirmar esto, que las materias que él explicaba -la física y la química- eran de las más difíciles. Y las explicaba él, que era el miembro más joven de la comunidad. Es imposible no ver en esa afirmación una muestra de la vanidad juvenil, a la par que de conocimiento de su propio valer intelectual. No estará de más fijarnos en esta actitud de un joven religioso que será un sabio y que se propuso, al mismo tiempo, con toda seriedad llegar a la santidad. No será la única vez que le veamos en este peligro de vanagloria. Desde los años de sus estudios este joven sabía que él era inteligente más que lo ordinario. Si esa conciencia del propio valer le hace un “creído” podría encontrar en su “intelectualismo” una seria dificultad para alcanzarla.

Sigamos leyendo su carta:

“De la vista ya hace tiempo que también me encuentro mal: me hallo en el caso de usar espejuelos de colores; tengo en juego nada menos que tres pares. ¿Qué te parece? Basta de lástimas”.

Las últimas palabras también son esclarecedoras. De pronto, según va escribiendo, advierte que su carta se ha convertido en un recuento de debilidades, y reacciona: “Basta de lástimas”. Nos aparece ahí el hombre recio, austero, entregado; el ejemplar de un estoicismo, mezclado con el espíritu de sacrificio cristiano. ¿Se debía a su natural o a su educación? Sea cual sea el origen, ahí está patente y diciente. ¿Lo desmentirá su vida?

Vamos a leer ahora la parte más interesante de la carta. Ella nos va a decir de nuevo, sin género de duda, que el P. Faustino era un hombre afectivo; en cierta manera aparece sensiblero. El porvenir nos dirá si lo que vamos a leer era un rasgo de su personalidad o muestra de su juventud: cercanía espacial a las ternuras maternales. Estas se le hicieron presentes en la lejanía de la isla del Caribe, donde trabajaba. Ello le llenó el alma de ternura hacia la madre ausente, pensando que no volvería a verla. El momento era propicio a la expansión afectiva:

“A lo que me dices del régimen y desempeño, etc., ‘fiat voluntas tua’ (hágase tu voluntad); lo que de todo nos ha de venir ya lo tengo yo acá. Lo que sí me indica eso es que ya no reina entre vosotros esa fraternal armonía que tanto se nos recomienda, y mejor, que se nos exige como cristianos; que ya nuestra anciana madre habrá tenido que lamentar por ello la muerte de nuestro inolvidable padre; que no me habéis hecho ese favor que tan entrañablemente os he pedido, que no le hicierais sentir la viudez, ya de suyo triste; que… ya no me permiten más las lágrimas: soy hijo suyo y sé cuánto debo amarla; estoy ausente y no puedo hacerlo o manifestarlo con mi asistencia; tengo hermanos y con idénticos deberes y me hacen levantar los ojos al cielo y pedir a Dios tenga por obra mis intenciones. Con eso me hacéis aproximarme por momentos al fin de mis días. Siempre ha sido cierto que el amor no reconoce distancias y nunca lo he experimentado como ahora. En fin, con la ayuda de Dios espero cumplir con encomendarla y encomendarme a Dios y a la Sma. Virgen, que es la madre y la protectora de los desamparados y afligidos, que de todo media entrambos; aunque yo de nada necesito y, mejor, de todo me sobra, porque se sirve por Dios y no por… Aquel pongo por testigo de mi buena voluntad, que intento consignaros en estas letras, para que nunca se me tenga por hijastro”.

Toda esta carta está transida de amor filial en alto grado. El afecto crece a medida que escribe, hasta llegar a las lágrimas. Nos parece increíble ver llorar al P. Faustino. Pero el lector hará bien en no olvidarlo, cuando siga leyendo. Si encuentra rasgos de dureza, y aún de rudeza, es seguro que habrá que buscar en otras motivaciones la causa de las mismas. Y de momento no olvidemos que la distancia y la añoranza contribuyeron a aumentar la afectividad. Declara paladinamente que jamás había sentido tanta. Sigamos leyendo la carta:

“Ya te he indicado, hermano mío, el sentimiento que me acompaña a la vida eterna: éste y el no haber servido más a Dios serán los que me abreviarán mis cortos días, porque el vivir con tamaño sentimiento es morir continuamente.
Así es el mundo: el amor a la que me dio el ser… y los que antes me juraban solo amor no me quieren amar ahora a quien yo tanto amo. “Sit nomen Domini benedictum” (sea bendito el nombre del Señor).
He hecho cuanto he podido por no veros sumergidos acaso en la mayor miseria y lo he logrado; esperaba tuviesen mis padres una feliz vejez y no creo poder lograrlo; por mis pecados sin duda sucede todo esto; ¡castigad, pues, Señor, castigad al culpable y no perezca el inocente! Y si no y de todos modos hágase, Dios mío, vuestra divina voluntad”.

Interesa advertir, al leer lo anterior, la corriente de convicción religiosa que subyace en toda la carta y aflora en los momentos más fuertes. El sentimiento de no haber servido a la madre y a Dios aparecen juntos y como suprema motivación de su situación emotiva; también aflora en el hecho de atribuirse a sí propio la culpa de todo. Y no infravaloremos la hermosa imagen de ese pañuelo “empapado en lágrimas de que habla ahora el joven P. Míguez:

“Dirás a mi madre que solo me acompañarán a la otra vida los sentimientos anteriores y el deseo de no poderle mandar el pañuelo que he empapado en lágrimas mientras he escrito este último adiós. ¡Adiós, adiós, madre mía! Y vosotros, hermanos míos, perdonadme lo mucho que os he ofendido, porque no os ofenderé más”[Notas 1].

Esta carta no sólo nos habla del mundo afectivo del P. Faustino cuando estaba en Cuba, sino que una gran luz sobre lo que fue su educación familiar en este aspecto. Podemos afirmar en consecuencia que debió a su madre todo el fondo afectivo-emotivo que revelará a lo largo de su existencia, que tanto la enriqueció y, a la vez, tanto la martirizó. Sólo el hombre sensible y afectivo se conmueve ante los hechos y se deja implicar en los mismos. Por ahí tiene acceso a la posibilidad de hacer de la vida una vivencia de fe. ¿No es por esa senda por la que se camina hacia la santidad?

Hemos querido copiar toda la carta, porque será preciso recordarla en el futuro. Muchas veces estaremos tentados de creer que no es de ese P. Faustino que vamos a conocer luego. Pero ahí queda transcrita para desmentirnos si llegáramos a creerlo. Este hombre racional, fuertemente lógico e implacable en su lógica, era en el fondo más que medianamente afectivo y emotivo. Sin este segundo aspecto no podría entenderse en su totalidad ni su alma ni muchas cosas de su existencia.

3.2. Otra faceta de su personalidad

El P. Faustino fue un intelectual. Tenía talento y estudió mucho. Llegó a ser un sabio. Otros tienen fama en el mundo con menos méritos.

Además de inteligencia tuvo intuición; la poseyó principalmente en lo que se refiere al diagnóstico de enfermedades. Y estuvo en perfecta unidad y armonía con su inteligencia. Intuyó con éxito clamoroso, pero no lo fio todo a la intuición: estudió y experimentó con base en postulados de la ciencia. Ciencia y experiencia fueron en él de la mano. Fue insuperable profesor de química y botánica y además incansable observador de la naturaleza, sobre todo de las plantas.

Parece que esa inclinación se le manifestó en Cuba. Más concretamente, en Guanabacoa; allí se intoxicó con agua en la que tenía en maceración unas hojas de tabaco para sus experiencias. Solicitó permiso a su superior para auto-medicinarse y sanó rápidamente. No sabemos detalles sobre el caso. Hubiera sido muy interesante conocer en qué ocasión surgió en él la chispa que le hizo consciente de su poder de diagnóstico intuitivo, y de cómo probó fortuna y halló la confirmación de su intuición. Nada sabemos, pero conviene anotar el hecho.

3.3. Los Escolapios en Cuba

La presencia de los escolapios en Cuba se debió al interés político del gobierno español –la isla era aún una colonia de España- y al interés apostólico del santo Arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Antonio María Claret[Notas 2].

Que el gobierno se fijara en los escolapios para la educación del pueblo de Cuba, era consecuencia de la fama que gozaban como pedagogos en la Península. Aquellos escolapios, surgidos de entre la ruina de la Orden, causada por las revoluciones de 1820 y 1833, intentaban recuperar el tiempo perdido y marcharon a Cuba, donde realizaron una obra notable y permanente[Notas 3]. Los que fueron a Cuba en 1857 pertenecían a todas las provincias de España. A partir de 1871 fueron solo catalanes, ya que la isla se incorporó a la provincia de Cataluña. La obra de los PP. Catalanes en Cuba ha sido de la más alta calidad y de un destacado influjo en su historia[Notas 4].

Es indudable que los tres años que vivió el P. Faustino fuera de España dejaron huella en su espíritu. El ponerse en contacto con religiosos de las diversas provincias le dio una visión global de lo que ocurría en la Orden en toda España, ya que los primeros religiosos que fueron a Cuba eran de las provincias de Aragón, Cataluña, Castilla y Valencia. Veremos que siguió sus relaciones con estos escolapios de Cuba, cuando volvió a la Península. Esta visión de toda España le ayudó a mirar a toda la Orden: con el horizonte terrestre se extendió el espiritual y el intelectual. El P. Faustino no fue un religioso provinciano sino universal en su amplitud de miras. Por algo llamó él después a Cuba “su atalaya” para observar todo el panorama de la Escuela Pía española[Notas 5].

3.4. Sale de Cuba: última carta a sus familiares

Se repuso de la infección que había padecido. Y lo que es curioso a la par que notable: él fue su propio médico. En su mente bullía una idea: en las plantas está la salud. Probó y tuvo éxito. Esa idea apenas nacía en su mente. Esperemos y la veremos crecer. Oigamos por última vez su voz desde las Antillas:

“Voy a salir de ésta porque no me conviene el clima; ya debe llegar pronto el día; no es cosa mía, ni yo sabía nada; más cuidan de mi salud los Superiores que yo mismo. No deja de causar trastornos mi marcha, pues se ven recargadísimos los Padres y (no hay) ni uno siquiera que haya estudiado las asignaturas que yo enseño, nada menos que a hombres que hayan sido ya maestros de pueblo y ahora lo serán de superior categoría; no obstante conviene a mi salud y se pospone todo miramiento a cualquier circunstancia y necesidad, si se quiere”[Notas 6]

En esta carta nos interesa resaltar dos cosas: su confianza en los superiores y el aire de suficiencia con que dice a sus familiares que él, el más joven, enseña ciencias que ninguno otro ha estudiado. Satisfacción juvenil con ribetes de vanidad, inevitable en su caso.

Ese joven Faustino que abandona Cuba es una promesa para la Orden y para la Iglesia, como todo joven. Por ahora nada más. Posee una gran riqueza afectivo-emotiva y una inteligencia abierta e inquieta ante la creación de Dios. En el mundo de la botánica ha descubierto algo que le fascina. Si esto es importante, lo es más el comprobar que era un religioso de una fe operante, como vimos en la carta a su hermano José. Ella era como la atmósfera que respiraba; su recurso a ella era tan natural como la respiración.

Notas

  1. Cfr. Vilá, pp 33-34. Los paréntesis en que se traduce el latín son nuestros; hemos cambiado algo la puntuación, sin modificar el sentido, buscando una mejor comprensión
  2. Cfr. Rabaza, tomo IV, pp.30-31 y Bau-2, p. 123. Sobre las fundaciones de Escolapios en América Cfr.: Analecta Calasanctiana nº 55.
  3. Cfr. Este fenómeno se repitió en los años cuarenta de este siglo, como consecuencia de los escolapios sacrificados por la revolución de 1936. Los asesinados fueron doscientos cuatro en toda España. Después hubo tal abundancia de vocaciones que los escolapios pudieron extenderse por todas las naciones de América, el Japón y parte de África.
  4. Cuando en 1959 triunfó en Cuba la revolución castrista, había allí un grupo de colegios de brillante historia. El más famoso era sin duda el de Guanabacoa, a cuya fundación contribuyó el P. Faustino. El de Camaguey se fundó un año después (1858), estando el P. Faustino aun en Cuba. En 1904 se abrió el de la Habana. Todos nos los arrebató la revolución castrista. Cfr. Bau,2,p.218 y Rabaza, tomo IV, cap. I
  5. Véase después la carta que le escribió el P. Faustino al Visitador Apostólico, cuando vivía en Getafe, p.52
  6. Cfr. Vilá, 34c.