EstudioPsiquicoEspiritual/04 El litigante. Madrid San Fernando, 1860 - 1861

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4 El litigante. Madrid: San Fernando, 1860 - 1861

El 3 de marzo de 1860 el P. Faustino se encontraba ya en Madrid, en el Colegio de San Fernando. Iba a estar allí de huésped, de marzo a julio, y luego como miembro de la comunidad durante el curso 1860 - 1861. Mientras estuvo de huésped no intervino en la vida de la comunidad.

4.1. El “desacordado” religioso

En cuanto entró en el engranaje de la comunidad advirtió fallos en aquella estructura. Se entregó al trabajo como él solía hacerlo y con la exactitud de un reloj. Mas pronto advirtieron sus hermanos que aquel joven era un litigante nato, que se enfrentaba sin miramientos contra todo el que ignorase o conculcase la ley. No importaba que el transgresor fuera una autoridad; en esos casos aparecía osado e incluso irreverente. Él, en cambio, en tales casos no se tenía por tal, sino por vindicador de la ley, la cual para él merecía más respeto que todos sus representantes, aunque fueran encumbrados.

Esto parece muy fuerte en un joven de veintinueve años. Pero es lo que dice la historia. No es de extrañar por eso que el primer adjetivo que salió de la pluma de un jerarca para descalificarle fuera el de “desacordado”, esto es, discordante, destemplado.

Ello ocurrió con ocasión de pedir las licencias ministeriales al Arzobispo de Toledo[Notas 1]. Este se las concedió, pero no absolutas sino temporales, lo cual chocó al joven sacerdote, quien creyó que ese hecho era un atentado contra los privilegios religiosos. Y reaccionó de una manera inesperada. El modo de reaccionar le va a pintar de cuerpo entero. Nosotros vamos a empezar a conocerle por uno de los rasgos característicos de su modo de ser: escribió al Cardenal-Arzobispo protestando del hecho. Lo hizo modestamente. El Cardenal comunicó el hecho al Padre Provincial, también con moderación[Notas 2]. A esta carta respondió el mismo P. Faustino y merece la pena que leamos la respuesta. Es un verdadero fogonazo sobre su estilo personal, en el manejo de la ley:

“Excelentísimo Señor: Acabo de recibir y leer su oficio del 21 en contestación al mío del 12 y por de pronto advierto en él cierta vaguedad que obliga a contestar: 1º ¿Por qué dichos privilegios no tienen aplicación en el caso de que se trata? 2º ¿En cuales la tienen? 3º ¿Por qué se ha quebrantado el secreto, poniéndolo en conocimiento de mi Superior? 4º Si se me creía en inteligencia con él ¿por qué se ha formado este juicio temerario? 5º ¿Se han leído todas las comunicaciones y se han pesado bien todas las razones aducidas? Preguntas son éstas que, a mi ver, merecen una respuesta categórica y espero la obtengan; pero no es fácil que mi Superior me convenza de lo que él mismo reprueba.
Dios guarde a Vuestra Eminencia. Madrid 22 de mayo de 1860.
B.E.A. Faustino Míguez de la Encarnación”[Notas 3].

Esta carta debió sorprender al Cardenal tanto como a nosotros. El problema originario se ampliaba en estas líneas. La acusación primera se había multiplicado por cinco. Y era engorroso, por decir lo menos, responder. Lo peor del caso era que esas preguntas descubrían varios fallos del Cardenal o de su secretario…

Este último recibió orden de responder, pero no a ese meticuloso y enterado escolapio, sino al Padre provincial. El Secretario de Cámara y Gobierno, don Pablo Yurre -a quien volveremos a encontrar después- contestó en estos términos autoritarios y desmedidos:

“Su Eminencia el Cardenal Arzobispo, mi Señor, ha leído con alto desagrado y me ha mandado remitir a V. Reverencia la adjunta copia de la comunicación que le ha dirigido el P. Faustino Míguez de la Encarnación…(sic), religioso de ese colegio y en consecuencia, no pudiendo ser buen director de las conciencias de los fieles quien así se produce, ha creído deber declararle y le ha declarado suspenso de sus licencias de confesar y predicar; esperando que, al notificarle V. R. esta determinación de S. Ema., le hará comprender el respeto y consideración que es de guardarse al Cardenal Arzobispo, nuestro digno Prelado, y los sagrados deberes que por su profesión ligan al descordado religioso”[Notas 4].

Es penoso leer esta carta, enfrentándola a la anterior del P. Faustino. Lo primero que se advierte, sin poderlo remediar, es que el “descordado” ahora era el secretario de Su Eminencia: reaccionó con autoritarismo y no respondió a las molestas preguntas del P. Faustino. Ni toca el tema. Y además, pasando sobre toda justicia, sin haber demostrado la culpabilidad ni el descomedimiento del religioso, le impone un castigo. En vez de reconocer el error se impone una sanción al inocente. Esa autoridad se mete así en un callejón sin salida.

El P. Faustino no había injuriado a nadie. Había manejado la ley magistralmente y al verla pisoteada había sacado unas consecuencias inevitables, pero invisibles para el que manejaba la ley arbitrariamente. Este hombre resultaba molesto, irritable, pero inatacable desde la ley.

Y por eso no conocemos el resultado de este lío. No consta en ninguna parte que el P. Faustino quedara sin licencias, ni se le impusiera sanción alguna. La autoridad optó por que se perdiera en el olvido…

Este episodio no ha revelado al P. Faustino. En lo que le queda de vida no desdecirá esta imagen del pleiteante hábil, audaz e invencible en su terreno de la ley. Era un jurisconsulto con sotana; tenía un instinto “legal”, que casi era leguleyo: gozaba manejando leyes como cuchillos. El manejo de las leyes exige formación.

4.2. La voz de la conciencia

Sin haberse zanjado el pleito con el Arzobispo de Toledo, el P. Faustino se vio envuelto en otro con el Rector del Colegio de San Fernando, P. Domingo Sierra. El hecho ocurrió así.

Un padre de la comunidad falta a un deber; se le advierte el fallo y responde que ya no tiene obligación, porque lleva treinta años de servicio. Se calman todos menos el P. Faustino, el cual recuerda que el P. Juan Cayetano Losada, Primer Comisario Apostólico en España, había expedido un decreto en el que dispuso que la jubilación se gozaría sólo después de haber cumplido sesenta años de edad. Le contradicen, pero él se aferra a su parecer: una costumbre no puede prevalecer contra un decreto de los superiores.

En la discusión el Padre Rector le echa en cara al P. Faustino que tampoco él había cumplido con su deber, al negarse a revestirse en las misas cantadas que celebraba la comunidad. Con esto tocó otro asunto que estaba al rojo vivo en aquel memento[Notas 5]. Ofendió mucho al P. Faustino que le acusaran de no cumplir con su deber. En conciencia nunca lo había hecho, porque –según él- aquella carga de las misas cantadas se había impuesto a la comunidad contra las Constituciones y el Capítulo General de 1730. Por lo tanto no eran obligatorias sino impositivas.

Se habían puesto, pues, sobre el tapete dos cuestiones distintas. Primera: ¿a qué edad comienza la jubilación? Segunda: ¿Puede el Rector imponer en conciencia a los religiosos cargas que van contra las Constituciones y un Capítulo General?

El P. Faustino tenía la aptitud de hacer planteamientos que elevaban a principios generales de moral los pleitos corrientes en una comunidad. Por eso vio que lo que sucedía eran problemas de conciencia, no líos frailunos de honra o de comodidad. Eso fue lo que advirtió cuando se puso a escribir para defenderse: “he hablado para dar oídos a la voz de mi conciencia, única que contra mi carácter me obliga a hablar”, dijo[Notas 6].

Estas palabras del Padre son de enorme importancia para conocerlo. No olvide el lector estas palabras del P. Faustino. Quien haya seguido su vida habrá podido verlo siempre fiel a su conciencia. Pudo estar equivocado, pero aún entonces le fue fiel indefectiblemente. ¡Es impensable un P. Faustino obrando en contra de su conciencia!

Sigamos el desarrollo de estos problemas[Notas 7]. Tanto el P. Domingo como el P. Faustino acudieron a los superiores apoyando sus tesis.

Poseemos la carta acusatoria del P. Domingo que nos muestra al P. Faustino incluso descomedido y gritando. No concuerda esto con su manera habitual de obrar, pero las palabras del Padre Rector están ahí y no tenemos pruebas de que no dijera la verdad:

“…el P. Faustino insistía cada vez más desentonado y con desacompasadas voces. Mandé seguir la conferencia que estaba señalada para aquella noche y el P. Faustino siguió hablando e interrumpiendo el acto en términos que, habiéndole mandado callar, no quiso obedecer y no pudo terminarse la conferencia. Le añadí entonces que me turbaba la paz de la comunidad, que faltaba y había faltado a sus deberes; me preguntó en qué. Le dije en no haber querido vestirse en las misas cantadas de carga de comunidad, cuando le había tocado. A esto se enfureció más, levantándose y diciendo que todos fueran testigos”.

Sigue la acusación hablando de un día concreto en que el P. Faustino no fue a revestirse:

“Mandé al monacillo que fuera a avisarle de mi parte; la contestación que trajo fue que el P. Faustino le había dicho que no iba, contestación que dio en presencia de la comunidad y Noviciado”[Notas 8].

La acusación del P. Rector es muy concreta. Imposible que todo fuera invención. Vemos al joven P. Faustino defendiendo con calor excesivo su punto de vista. La desobediencia de que habla el Rector ocurre después de haber defendido, como él lo hacía, que aquella costumbre era una imposición y no obligaba. Para su conciencia no era desobediencia. En todo caso, el lector tiene datos para juzgar. Es interesante comparar esta exposición del P. Domingo con la que el P. Faustino hace en su defensa.

Por desgracia no podemos leerla íntegra; pero lo que conocemos está escrito en un tono comedido, seguro de sí mismo y fuerte, incluso acusatorio, no sólo contra el P. Rector sino contra el P. Comisario Apostólico –al cual acudió-[Notas 9], que repite los puntos de vista del Rector. Oigámosle:

“Aunque no con lo pedido, me alegré de saber las pruebas esenciales en que se apoyó el P. Rector para ratificarse en lo dicho y Su Rma. Para repetírmelo. Estaba y me hallo dispuesto a contestarlas, como espero hacerlo, veremos dónde. Mientras tanto, a fin de declinar mi responsabilidad, creo mi deber resumir e indicarle alguna de las muchas razones que, al justificar mi conducta, patentizan la ilegalidad, injusticia y nulidad de su disposición tan desairosa a su autoridad, anhelante, según creo, de evitarlo a otra inferior (de evitar el desaire al Rector); suplicándole se digne agregarlas a lo que sobre el particular se haya escrito, para que, si en la actualidad tiene prejuzgadas todas las cuestiones, las juzgue, al menos, la posteridad” (para que si usted ya se ha puesto de parte del Rector, la posteridad juzgue su conducta)[Notas 10]

Por este texto nos convencemos de que el P. Faustino había obrado en conciencia, conforme a su convencimiento de que aquella costumbre era una imposición.

Y de nuevo él nos sorprende empleando la misma arma que había esgrimido contra la autoridad de Toledo: el ataque suyo apoyado en razones legales. Ahora ataca al Rector y al Comisario de “ilegalidad, injusticia y nulidad”. Si lo que se decretaba era ilegal e injusto, era también nulo. Aparece aquí otro rasgo de la mentalidad del P. Faustino: la concatenación lógica de sus deducciones, que en este caso eran acusaciones. Y de ahí que era difícil contraatacarle, porque el contra-ataque aparecía sin base.

Pero es imposible leer lo anterior sin advertir en ello una autosuficiencia abultada, aunque de seguro inconsciente[Notas 11]. Hace verdadera gala de sus conocimientos y de su ingenio penetrante, que confunde y desconcierta a los contrarios. Y de nuevo tenemos que decir, cuando se le ha seguido en su razonamiento: ¡pero el caso es que tiene razón! Y lo interesante para entender a este hombre es que sobre ese razonamiento apoyaba su conducta “en conciencia”. Quien no advierta esto no entenderá al P. Faustino. Él pudo pecar contra la moderación, contra el respeto a sus superiores, contra la costumbre de sumisión a los mismos, pero no pecó contra su conciencia. ¡Ah! ¿y pecó de vanidad? He aquí otro problema serio psicológico. Sólo lo consciente es pecado. Pero esa vanidad es una mancha en su manera de proceder y debe suprimirla alguna vez para que le podamos llamar santo. ¡Ningún santo ha sido creído o autosuficiente! Lo consciente en él era su manera de portarse ante toda la comunidad. Y se sentía orgulloso de ella:

“Desafío tanto al P. Rector como a todos los superiores y súbditos a que me aleguen una falta siquiera por la que haya merecido ese dictado ignominioso. Los reto, insisto, a que me indiquen y prueben una discordia que yo haya ocasionado, una envidia que yo haya motivado: alguna revolución por mí tramada; algún disturbio por mí agitado; algún tumulto en que yo haya intervenido; alguna sedición a que yo haya cooperado; alguna sedición por mí urdida”[Notas 12].

Para sacudirse la acusación de desobediencia cita el punto de las Constituciones que prohíbe admitir compromisos “onerosos y contrarios a nuestro Instituto” (según el P. Faustino, las misas cantadas), y concluye:

“¿Cómo se concilia con esta detestable doctrina (que aunque las Reglas manden una cosa el Superior diga lo contrario) lo dispuesto por el Capítulo General de 1730?
Ya que no lo han estudiado, pues así lo indican (demuestran), abran por misericordia un libreo de Derecho, o a lo menos el Larrañaga[Notas 13], una vez que ni larrañaguistas son, y en él leerán aquel axioma: “Aquel puede imponer una obligación que puede dispensarla”.
¿Y qué dirán los tribunales civiles? ¿Qué el Sr. Nuncio, cuando apele a aquellos en recurso de fuerza y hagan sabedor a éste de lo que aquí pasa?”[Notas 14].

De nuevo nos hiere la ostentación de sus conocimientos legales y la acusación de ignorancia de los contrarios. Insistimos en esto porque estamos estudiando las miserias psíquico-espirituales de que deberá despojarse el P. Faustino para que podamos llamarlo santo. Por eso leamos, ya por fin, otras palabras reveladoras, con las que termina su defensa ante el Padre Comisario:

“Dígnese, mientras tanto, S. Paternidad aceptar y pesar bien las razones y no fijarse en las palabras que sujeta a su consideración su más inútil que humilde hijo en C.C.”[Notas 15].

Es curioso: con las últimas palabras reflejó la confusa conciencia que de sí mismo tenía: “más inútil que humilde”. Alguna conciencia tenía de su vanidad. En su exposición no demostró ser inútil, pero tampoco humilde. Debió de escribir estas palabras después de haber releído su informe; quedó complacido de sí mismo y se vio hábil jurisperito y vanidoso[Notas 16].

Un día le hará Dios caer de su caballo, como derribó a Saulo. Pero le costará, porque esta vanidad de los intelectuales es muy sutil y muy peligrosa; es uno de los grandes estorbos para la santidad[Notas 17]. Pero no le valió su altivez: la Congregación Provincial le condenó ante la acusación del Rector, quien dijo en su comunicación al Reverendísimo P. Feliú:

“Carece, pues, de todo fundamento la acusación del P. Faustino… En consecuencia, espera de la rectitud de V. P. Rma. que dictará las providencias oportunas”[Notas 18].

Y efectivamente el P. Feliú dispuso lo siguiente, contra el P. Faustino:

“He venido en determinar que, pues la práctica moderada y prudente de misas cantadas… no se opone a nuestras Reglas e Instituto, ni puede mirarse como gravosa a los individuos, continúe, sin que haya de hacerse alteración en ella”[Notas 19].

Los superiores podían decidir esto, pero en un terreno ajeno a la disputa y sin poder afirmar que la exposición del P. Faustino careciera de todo fundamento. Lo tenía y fuerte[Notas 20]. Él, como prudente, además de altivo, se calló sobre el tema de las misas cantadas. Tal vez advirtió –se hizo plenamente consciente- que si él tenía razón legalmente, la tenía pastoralmente el Padre Comisario Apostólico.

4.3. Captador de valores espirituales

Pero no todo era negativo en la denuncia del P. Faustino. Si retomamos unas palabras suyas citadas anteriormente, podremos ver otras perspectivas en su alma. Las palabras son estas: (He hablado) “para dar oído a la voz de mi conciencia, única que, contra mi carácter, me obliga a hablar”. Si dejamos ahora de lado lo que sobre su carácter insinúan esas palabras[Notas 21], tenemos que advertir que él se movía de ordinario en el terreno de los valores espirituales; en un terreno lejano de los intereses materiales, de los placeres sensibles o de las conveniencias políticas. Era austero y quijotesco. ¡Quién lo dijera! Sus salidas para desfacer entuertos fueron continuas y muchas veces con el resultado que suelen tener los quijotes: volver con todo el cuerpo brumado, como le sucedió al de La Mancha. Le animaba, como al loco de Cervantes, el triunfo de la justicia, de la ley (lo hemos visto), del deber.

Ello nos lleva a ver en él una estructura psíquica caracterizada por estos elementos: una visión espiritualizada de la ley, como norma moral y cauce de la verdad y la justicia; una conciencia delicada, que le forzaba a protestar contra la ilegalidad como una lesión al orden querido por Dios; una oposición visceral a la componenda, la transacción o el acomodo; quería justicia, aunque fuera él mismo el culpable; una visión de que la ley es superior a cualquier dignidad o persona; una visión religiosa de la ley, como expresión de la voluntad de Dios. Esa visión de la ley impidió que los defectos juveniles que hemos detectado en las últimas intervenciones, se perpetuaran y cristalizaran.

Esta visión de la ley no la compartían los que le rodeaban y le veían actuar: la tomaban como una manía leguleya, como instinto de molestar, de armar zancadillas, de poner estorbos. Eso molestaba, sobre todo a los superiores. De ahí las reacciones que hemos observados en todos aquellos a los que se dirigió: el Cardenal de Toledo, el P. Rector de San Fernando, el P. Comisario Apostólico. Todos intentaron quitárselo de encima, como un individuo enredador, arbitrario, molesto, difícil, cuando él buscaba todo lo contrario: impedir abusos, arbitrariedades, corruptelas o desmoralización. No le entendían. Realmente la suerte de los quijotes no es nada fácil. Esta situación se repetirá a lo largo de toda su vida. Por eso nos hemos entretenido en narrar con alguna morosidad lo que le ocurrió en el colegio de San Fernando de Madrid.

4.4. Defensor arrogante de las Constituciones

Vamos a ver otro rasgo de su personalidad: la protesta audaz contra la ilegalidad. Nunca pudo conciliarse con ella. Los documentos en que basamos nuestro estudio fueron dos cartas dirigidas por él al Nuncio, Mons. Lorenzo Barili en febrero de 1861, residiendo aún en San Fernando. En ellas se hace patente la verdad de cuanto acabamos de decir. El joven P. Faustino se lanza a una protesta de mucho mayor alcance que las misas cantadas en San Fernando. Va a protestar contra todo el sistema de gobierno de la Orden en España; esto es, contra todos los que ejercen la autoridad en la Orden, en España. El problema no era inventado por él. Se promovió a la muerte del primer Comisario Apostólico nombrado por el Papa Gregorio XVI, Juan Cayetano Losada. Este duró en el cargo poco tiempo, porque la muerte lo arrebató prematuramente. El Papa Pío IX, discípulo de las Escuelas Pías, le nombró sucesor en la persona del P. Jacinto Feliú, uno de los escolapios más ilustres de aquellos tiempos.

Pero muchos religiosos, entre ellos el P. Faustino, creyeron que el nombramiento había sido promovido por algunos religiosos contra lo que mandaban las Constituciones de la Orden, y que, por lo tanto, su gobierno no era legítimo[Notas 22]. Llegados al año 1861, el P. Faustino retoma aquella queja y acude al Nuncio, Monseñor Barili. Sigue sosteniendo que el gobierno del P. Jacinto Feliú era ilegítimo, como lo había oído él en Cuba (Guanabacoa) y lo sostenían otros religiosos de todas las provincias[Notas 23]. Es evidente que esos religiosos, y por lo tanto el P. Faustino, no tenían razón, pues el nombramiento del P. Feliú lo había hecho el mismo Papa Pío IX en 1846[Notas 24]. Además los días 11 y 12 de febrero del mismo año el Nuncio dirigiría a las Escuelas Pías de España un oficio en que, en nombre del mismo Papa, prorrogaba el gobierno de Provinciales y Rectores hasta que él lo determinase[Notas 25]. Ante tan repetidas intervenciones del Papa en persona, toda la argumentación del P. Faustino cae por el suelo, porque no sólo el modo de las elecciones sino el valor mismo de las Constituciones depende de la voluntad del Papa.

Pero para nuestro estudio de la personalidad del P. Faustino no interesa tanto lo que dijo, como el hecho de que lo dijera y la intención con que lo dijo. El hecho supone una audacia y una presunción casi increíble. Pero de nuevo –sin disculpar esos defectos- nos vemos obligados a decir que ante su mente y su conciencia el objetivo era uno: defender las Constituciones de la Orden mediante el ordenamiento legal de la misma. Esto era para él tan primario que toda otra consideración carecía de valor. Nada le importó el pensar que tenía que enfrentarse al Nuncio y aún al Papa. Como nos va a decir él mismo, su acto no iba contra el Nuncio, ni menos contra el Papa, sino a salvar la Orden del abismo en que estaba hundida: la ilegalidad. El creía que el acto del Papa era nulo. Aunque nos parezca esto increíble, así fue y se lo vamos a oír afirmar sin temblarle la mano. No obraba, pues, en contra de nadie, sino a favor de todos, porque la ilegalidad es la destrucción, según él.

Expongamos su pensamiento resumidamente. Empecemos por la carta del 8 de febrero de 1861. En ella expone así su objetivo:

“Ninguna ocasión tan perentoria para dirigirme a V. Excia. como ésta en que se encuentra hoy todo hijo de S.J. de Calasanz verdaderamente animado de su espíritu y de un sincero deseo de que su voluntad se cumpla y la verdad campee.
Sí, Exmo. Sr., hace tiempo que la Escuela Pía está pasando por una crisis tanto más peligrosa cuanto es más esencial el punto por donde se la ataca… Derruido su antemural, el muro también se caerá… Socavados ya sus antemurales, las Constituciones, tampoco tardarán en venir por tierra sus votos, que son sus muros”.

Le dice al Nuncio que cuenta con su prudencia y su imparcialidad, que son “nuestra mayor garantía”. Y después de recorrer la reciente historia de la Orden, trata de demostrar que la primera intervención del Papa Gregorio XVI, al nombrar al P. Juan Cayetano Losada, había sido legal; pero que la segunda, del Papa Pío IX, al designar al P. Jacinto Feliú, fue ilegal, pues

“Se hollaron los más reconocidos derechos, porque se le pintó como actual al Ilmo. Pontífice el pasado estado de la Península Ibérica”.

Cuenta a continuación los manejos que –según él- hicieron los “antagonistas” del legítimo sucesor del P. Losada y su delegado cuando volvió de Roma:

“… y presentó el diploma fruto manifiesto de las escandalosas obrepción y subrepción: de obrepción por no existir ya las circunstancias que se alegaron como causales, y de subrepción, porque lo impetró a nombre de la Escuela Pía y de su primera autoridad.
Esta es, Exmo. Sr. La historia más fidedigna del origen de nuestro régimen actual y éste es el origen de mil y mil quejas siempre desoídas”.

Esta es su visión del problema, basada en hechos. Pero aquí le falló la rígida argumentación de que va a hacer gala después, porque –si era esto cierto- no debería él haber acudido al P. Jacinto Feliú para que le resolviera su enfrentamiento con el P. Domingo Sierra, ya que era ilegítimo. Así argüirá después él, sosteniendo esta tesis en una carta al P. General, para justificar el no haber admitido el nombramiento de Rector en Monforte[Notas 26]. Pero ahora concluye su argumentación así:

“Sólo el restablecimiento de nuestra Regla y su primitiva observancia podrá obviar tamaña consecución (tales consecuencias) y zanjar semejantes dificultades, sin dejar opción a nuevas divisiones; sólo, en fin, esto evitará que los observantes de sus Reglas pidan, como sucederá de lo contrario, la separación que les conceden los Sagrados Cánones… No soy adivino, ni profeta, Ecmo. Sr., pero esto pasará, de tomar otro partido… Esta es seguramente la voluntad (de S. J. de Calasanz) en el cielo, donde no podrá mirar con indiferencia la próxima ruina de su obra predilecta”[Notas 27] .

A los dos días vuelve el P. Faustino a dirigirse al Nuncio con otra carta. Le dice que espera que haya sacado él sus consecuencias; pero se ratifica en su idea de que después de muerto el P. Losada debería haberle sucedido “su primer Asistente”, conforme lo regulan las Constituciones y lo había sancionado el Papa Gregorio XVI, al afirmar que aquella elección era por una única vez. Y lo dice de un modo que nos demuestra la manera de ser de su mente: estaba moldeada en el método escolástico, y nos lo presenta como el hombre consecuente y lógico en sus ideas: si Gregorio XVI solo actuó para un caso único, esto indica

“que a todas luces nuestras Constituciones quedaban en su vigor para lo futuro.
Por consiguiente muerto el Superior nombrado preventivamente (el P. Juan C. Losada), recibió el derecho que concede al Primer Asistente sucederle interinamente (quiere decir: el Primer Asistente recibió ese derecho); por consiguiente estaba en su deber reasumir las facultades que le competían como Primer Superior de la Religión; por consiguiente estaba en sus atribuciones convocar el capítulo como se lo prescribían las leyes; por consiguiente todos estaban obligados a reconocer y respetar sus órdenes, mientras no fueran contrarias a la ley; por consiguiente podía obligar a que las cumpliesen y castigar a sus infractores; por consiguiente obraron como rebeldes cuantos se negaron a reconocerle y acatar sus disposiciones (se refiere al Primer Asistente del P. J. C. Losada); por consiguiente incurrieron en las penas y censura que contra ellos fulminan los Sagrados Cánones e indican nuestras Constituciones; por consiguiente eran, aún bajo este aspecto, inhábiles para representar a la Escuela Pía, asimilándose gratuitamente su nombre; por consiguiente… ¿Pero a dónde voy, Excmo. Señor, si parece que esta sola piedrecita echa por tierra ese gran simulacro del Rey de Babilonia?[Notas 28]

Esta es su lógica implacable. Y de tal manera creía en ella, que se lanzó a continuación a su máxima audacia.

“Y no se alegue, E. Sr., que su Santidad lo subsanó todo: Su Santidad subsanaría la ilicitud que podía haber, si ésta solo fuera el flaco de nuestro régimen, pues a esto se reduce la fuerza de toda subsanación, aún dado y no consentido, que la hubiera. ¿Mas podría Su Santidad subsanar la nulidad que he vindicado? ¿Podía hacer que lo nulo pasara a válido? ¿Podía, si ha enseñado ningún Santo Padre o canonista que admita subsanación de un acto nulo, nulísimo, como es el de que trato? ¿Puede ser más manifiesta la obrepción o la subrepción, si no corrieron parejas ambas?”.

Otra vez ha llegado el P. Faustino Míguez a un convencimiento subjetivo de “su” verdad. Por eso añade, regodeándose en su propia argumentación:

“Tal es, Excmo. Señor, la consecuencia lógica, la única verdadera, de semejantes premisas, las más verídicas también. Revuélvase la Escritura, regístrese el Derecho, ojéese la Moral, no se deje en paz un Santo Padre siguiera, búsquese un solo testimonio que pueda tranquilizar nuestra conciencia, calmar los ánimos, coadunar los pareceres de los individuos, cortar sus antipatías, evitar tamaños perjuicios…, y no se hallará seguramente.
La mano se me paraliza, E. Sr., resístese la pluma a descifrar más la nulidad en cuestión, me desfallece el espíritu al considerar los males que de aquí dimanan… Mi conciencia grita a voz en cuello porque la verdad se aclare, se restituya a su vigor los derechos más sagrados, vuelvan las cosas a su marcha normal y se ponga en práctica el nihil innovetur, nisi quod traditum est”. (Nada se innove; únicamente lo que guardamos por la tradición)”[Notas 29]

Notas

  1. Madrid entonces era un Vicariato que dependía del Cardenal de Toledo.
  2. Cfr. Vilá, p. 200.
  3. Cfr. Ibídem. p. 201
  4. Cfr. Ibídem. p. 201
  5. Aquellas misas constituían el culto de la Iglesia y eran una carga pesada para los religiosos ocupados en la escuela, sobre todo para los más jóvenes. No se olvide que en cada misa tenían que revestirse tres oficiantes: el Preste, el Diácono y el Subdiácono.
  6. Cfr. Vilá. P. 157, 5. Ambientándonos
  7. El P. Vilá ha expuesto en la “Positio”, p. 158, nº 6, el orden de los acontecimientos y los documentos de que disponemos para su estudio.
  8. Cfr. Vilá, p. 203
  9. El P. Faustino escribió al Padre Comisario, Jacinto Feliú. Este escribió antes de recibir su carta, le volvió a escribir cuando la recibió. El P. Faustino respondió a esta segunda carta. De ésta son las palabras que transcribimos.
  10. Cfr. Vilá p. 206. Los dos paréntesis son nuestros.
  11. Empleamos por primera vez la palabra “inconsciente”. Advierta el lector que la empleamos con toda precisión técnica. Existen motivaciones inconscientes de nuestros actos, y esas motivaciones son “activas”. Ese ha sido uno de los grandes inventos de Freud para beneficio de la humanidad. Concretamente: muchas veces no saben que lo son. Lo “ven” todos los demás, pero ellos no. Se mueven a obrar por un impulso inconsciente. Mas no siempre la inconsciencia es completa. Alguna vez el creído sabe que lo es, allá en el fondo de su ser. Por eso este material semi-inconsciente puede ser llevado a la conciencia. Es un inconsciente concienciable. La tarea de concienciar esta clase de inconsciente es un recurso común en la psicoterapia. El mismo sujeto puede advertir de pronto esa motivación oculta. En este mismo capítulo vemos que el P. Faustino advirtió su vanidad, porque lo dice él mismo. Hay, pues, una zona del alma en que la oscuridad es total; otra en que existe una vaga luz; otra en que brilla la luz
  12. Cfr. Vilá, p. 205.
  13. . Larrañaga era el autor de un libro de Derecho, muy conocido entonces.
  14. Cfr. Vilá, p. 207. Téngase presente que entonces era común que los religiosos acudieran a los tribunales civiles buscando justicia en sus pleitos
  15. Cfr. Vilá, p. 207.
  16. Recuerde el lector lo dicho en la nota 11.
  17. Cfr. I Cor., 2: “Cuando llegué a vuestra ciudad, no llegué anunciándoos el secreto de Dios con ostentación de elocuencia o de saber; con vosotros decidí ignorarlo todo excepto a Jesús el Mesías, y a éste crucificado”. Léase todo el capítulo de esta carta.
  18. Cfr. Vilá, p. 223
  19. Cfr. Vilá, p. 226
  20. Estamos, pues, con el P. Vilá en el juicio que emite sobre este pleito (Cfr. p 159): “El P. Faustino fue en su exposición ciertamente fuerte, pero también justo, preciso, objetivo… Ningún acto fue censurado o calificado por el Superior como infundado, impropio, en cuanto su exposición fue según las normas canónicas. Lo muestra también el hecho de que el Comisario se mostró descontento de lo ocurrido, pero no dirigió ni una sola crítica en cuanto el P. Faustino había afirmado”. El fallo del Comisario fue una componenda para terminar sin herir demasiado a nadie.
  21. Al hablar de su carácter tal vez quería decir que él era retraído, introvertido, propenso a la introspección, y por eso no le gustaba hablar ni meterse en líos, pero que había algo superior a eso que le forzaba a hacerlo. ¿Eran las dos cosas herencia genética o influencia de su formación familiar o social? Conociendo a fondo al P. Faustino, nos inclinamos a opinar que eran dimensiones de su ser heredado: esas propensiones las llevó consigo toda su vida. Pero fueron superadas por algo que no pudo ser heredado: su caridad hacia el prójimo. Por eso, a pesar de su tendencia al aislamiento, se lanzó a la aventura de fundar una congregación de mujeres, lanzándose a una vida agitada, ocupada, exterior en apariencia. Y eso lo forzó a hablar, a emitir juicios de valor y a dirigir…
  22. . Cfr. Rabaza, tomo IV, p 235. Aquellos religiosos se dirigieron al Nuncio, Don Juan Brunelli. Año 1847.
  23. Véase la declaración ante el Visitador de la Casa de Getafe, doctor Pablo de Yurre; después, p 53
  24. Cfr. ibídem, tomo IV, p 227 y posteriormente en 1816. Ibídem, p 245.
  25. Cfr. ibídem, tomo IV, p 245
  26. Cfr. después p. 87.
  27. Este documento no lo trae el P. Vilá en su “Positio super virtutibus”. Lo poseemos mimeografiado
  28. Se refiere a la estatua de Nabucodonosor, pero también al gobierno del P. Feliú. Los paréntesis son nuestros.
  29. Carta del 13 de febrero de 1861 al Nuncio Lorenzo Barili. Tampoco la trae el P. Vilá en la “Positio”. La tenemos mimeografiada