EstudioPsiquicoEspiritual/05 El Reformador Getafe, 1861 – 1868

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EstudioPsiquicoEspiritual/05 El Reformador Getafe, 1861 – 1868
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5 El Reformador Getafe, 1861 – 1868

El 4 de septiembre de 1861 se firmó la obediencia del P. Faustino para el Colegio de Getafe. Allí permaneció siete años.

El hecho más importante de su estancia en Getafe esta primera vez fue, sin duda, la Visita Apostólica de las Escuelas de España, ordenada por el Papa Pío IX el 11 de diciembre de 1861. Esta visita tenía como objetivo normalizar la relación de la Escuela Pía de España con el resto de la Orden. Ese era el deseo del Papa Pío IX, discípulo de las Escuelas Pías, y eso realizo siete años después nombrando General de toda la Orden al P. José Calasanz Casanova (1868).

La orden de la visita conmovió al P. Faustino, porque era darle la razón en su intervención ante el Nuncio Lorenzo Barili. Se preparó concienzudamente para que esa visita tan pedida y tan deseada surtiera todos los efectos que él esperaba y tanto había ansiado. Para conseguirlo, escribió una carta al Visitador, que era el Arzobispo de Toledo, Fray Cirilo Alameda y Brea. Este último comisionó al doctor Pablo de Yurre, Canónigo de la catedral primada, para que realizara la visita al colegio de las Escuelas Pías de Getafe. El canónigo Yurre era el Secretario de Cámara y Gobierno que le había tildado de religioso “desacordado”. Ahora verá que no lo era. Se presentó en Getafe el 12 de agosto de 1862 y ese mismo día firmó el P. Faustino su carta al Visitador.

5.1. El observador acucioso de la vida religiosa y de sus fallos

Poseemos esa carta del P. Faustino al Visitador. Es un documento precioso para conocer otro aspecto de su personalidad: observador exacto y pormenorizado de la vida religiosa. Y no solamente observador sino también implacable crítico desde su escala de valores. Ese documento nos demuestra que no solo era celoso defensor de las Constituciones, sino un verdadero “reformador” de la vida religiosa.

Empieza con una proclamación exaltada de su voluntad de hablar por encima de cualquier inconveniente que de sus palabras le pudiera sobrevenir. Ya le habían venido por ello “notables agravios”, como dirá al final de dicha carta. Ésta empieza así:

“Seguro de que los hombres todos, por más que alcen su grito al cielo, serán capaces de arrebatarme el premio prometido a cuantos, sobreponiéndose a las circunstancias del momento, dicen la verdad sin máscara, y de que no vine a la Religión para labrar mi dicha eterna con miramientos mal entendidos, ni siguiendo el lema favorito de ¡Vivamos! que con tanto énfasis pronuncian otros, tomé la pluma… para probar a S. E. Ilma. El Sr. Nuncio Apco. la ilegitimidad de nuestro gobierno, como hacía tiempo lo venía deseando”.

Estas palabras no tienen desperdicio. Ha pasado un año desde aquella “quijotada” y la recuerda con exaltación, porque dijo la verdad sin máscaras. Ese era también el objetivo del Caballero de la Triste Figura: defender la verdad y la justicia. Ahora quiere completar aquella salida con esta segunda, denunciando las causas de la relajación de la vida religiosa, a que había llevado el anterior estado de cosas.

Su descripción de los abusos que él lamentaba y de las causas de los mismos, indica un observador acucioso y profundo de la vida comunitaria religiosa. Nada se le escapa y nada queda sin condena. Su punto de referencia son las Constituciones, como corresponde a hombres consecuentes con sus promesas. Él así lo hace. Las causas de la relajación las sintetiza en cuatro, que tienen relación con la que él denunció antes, la ilegitimidad del gobierno.

La primera es la falta de idoneidad de los superiores. Ciertamente que hace de esa idoneidad algo tan ideal, que resulta imposible en la práctica encontrar para superiores sujetos perfectos. Esto nos declara otra peculiaridad de su psicología: la tendencia a idealizar, a no estar nunca conforme con la baja realidad que tocamos todos los días. Esto será para él, toda la vida, origen de disgustos, de choques y, en consecuencia, de su tendencia a aislarse de esa realidad en su mundo interior más elevado.

La segunda sigue en la tónica de la primera y consiste en el favoritismo de los superiores. Han llegado a ese vicio por la facultad que tiene de elegir sus colaboradores, ya que ellos mismos habían sido elegidos por los Superiores Mayores sin los requisitos que prescribían las Constituciones. Esos colaboradores se convierten así en favoritos que “hacen y deshacen a su capricho”, y para no perder el favor de sus electores se convierten en aduladores, que no pueden ver con buenos ojos a los religiosos honestos, responsables y laboriosos, a los cuales tratan de alejar, lanzándoles al ostracismo. Él llama “parásitos a estos favoritos engreídos, carentes de ideas propias y enemigos de quienes las tienen. Así se llega “a mirar como inútiles los estudios privados, a conformarse con una pobre medianía” y a despreciar a los que tienen “una chispa de ingenio”. Eso entraña sin remedio la división de la Comunidad, de la Provincia y de la Orden.

La tercera es la existencia del peculio. Esta era una corruptela grave. Fue el mayor atentado contra la pobreza religiosa y estuvo en vigor durante todo el siglo XIX y parte del XX. Lo terminó el Visitador de la Orden, Fray Hermenegildo Paseto, en el año 1927[Notas 1]. En virtud de esa corruptela los religiosos que predicaban podían quedarse con el emolumento recibido, aunque –para disimular el abuso- ese dinero debía guardarlo el superior. Ese abuso es estigmatizado rudamente por el P. Faustino, quien dijo que es “una infracción continua del voto de pobreza, por más que se diga” y nuestra deshonra ante los seglares. Esa corruptela lanza al religioso en busca de regalos y gratificaciones, nos aleja de los pobres; se buscan los puestos que ofrecen ocasión de conseguir dinero, se rompe definitivamente la unión y la caridad.

La cuarta, en fin, es la facilidad de que los religiosos “ricos” por el peculio salgan de casa a vacaciones, a paseos y al visiteo a familias acomodadas. Fue otra peste de la vida escolapia. Sus efectos fueron deletéreos.

El juicio que de todos estos abusos emite el P. Faustino le hace acreedor a gratitud de toda la Orden y nos lo presenta como un religioso íntegro, consecuente con su profesión, insobornable en sus ideales y urgido por su conciencia a vivir una vida que fuera seriamente camino de la santidad. Esto es lo que significa la profesión religiosa y este era el ideal que ardía en el alma del P. Faustino en el período que estudiamos, de 1861 a 1868. Oigámosle proclamar sus ideales calasancios:

“Tales son, en mi pobre juicio, las causas que nos han extraviado de nuestro objetivo y estoy seguro que sólo su corrección enérgica, sostenida por Superiores legítimos que en todo vayan delante con su ejemplo, nos volverá al camino del verdadero progreso de toda Congregación Religiosa, a la estrecha observancia de las Reglas por más que les amarguen a muchos”.

Y después de haber puesto el dedo en la llaga termina con una justificación de su denuncia: no está solo en su ansia de reforma; tiene con él un amplio sector de la Orden en España; sienten el mismo anhelo religiosos de las tres provincias que entonces había en España: Aragón, Cataluña y Castilla. Su carta al Visitador la concluía así:

“Y debo añadir en conciencia, porque estoy seguro que pocos podrán hablar de este modo, que no son exclusivas de este o el otro colegio, ni la Provincia de Castilla solamente, sino que, y acaso en mayor escala, se extienden también a las otras tres, lo mismo a las casas que tenemos en las Antillas, que fueron mi atalaya para descubrir y saber lo dicho y mucho más y de donde me han escrito algunos de mis hermanos en el Señor y antiguos compañeros, que esperaban con las mayores ansias la visita y que habían sabido con superior disgusto de parte del P. comisario Apostólico que no llegaría a dichos colegios, pidiendo en consecuencia tuviese a bien de manifestar así a V. Emma. Y suplicarle de antemano se dignase acoger benigno, cuando le envíen su adhesión a los sentimientos que llevo expuestos y que aseguran ser también suyos.
Así espera su más humilde Capellán de la innata bondad de S. Escuelas Pías de Getafe, agosto 12 de 1862.
Besa respetuoso el anillo de V. Excia., Faustino Míguez de la Encarnación”[Notas 2].

Esta visión de toda la Orden en España es del máximo interés, no sólo para la historia de la misma, sino para el conocimiento del P. Faustino. En estas palabras lo vemos identificado con la vida de la Orden y con el ideal de San José de Calasanz. Y se nos aparece como un líder dentro de la misma: ha hablado con muchos sobre estos problemas graves, pero es él quien se lanza con audacia a proponerlos, pase lo que pase. Aquí se nos presenta como “el caballero del ideal”. Pero al lado de este gesto noble leemos una frase no tan alta con que él se presenta como líder y portaestandarte: “estoy seguro de que pocos podrán hablar de esta manera”. Podemos perdonársela, al menos de momento, en espera de que supere también esta vanidad. Y no olvidemos que han sido muchísimos los “jóvenes” que han ardido en estos deseos de santidad, pero muy pocos los que han muerto manteniéndolos en alto con igual tesón. Esperemos el futuro de este joven sacerdote.

5.2. La visita a la casa de Getafe

El día 12 de agosto, como hemos dicho, llegó a Getafe el canónigo doctor Pablo de Yurre para realizar la visita a la comunidad. Después de los ritos oficiales en semejantes casos, procedió a oír a los religiosos. El primero en presentarse, por ser el más joven, fue el P. Faustino. Imposible que el Canónigo – Visitador no recordara la carta “atrevida” de aquel religioso. Pero al término de la entrevista y sobre todo al terminar luego la lectura de la carta al Cardenal, cambiaría radicalmente de opinión sobre él. No era un díscolo sino un religioso insobornable y digno de respeto. Copiemos el resumen del informe que rindió el P. Faustino:

“El P. Faustino, de treinta años de edad y once de religión, prometió decir verdad y preguntado al tenor del interrogatorio que antecede, dijo que en general se observaba la Regla y Constituciones de la Orden, dedicándose con esmero a la enseñanza, notándose únicamente alguna frecuencia en la salida de los religiosos. Que en cuanto a la celebración de capítulos y elección de los superiores en los mismos (recuérdese que este era el fallo por él más denunciado en sus reclamaciones) había diversidad de pareceres, opinando el declarante con la generalidad por la celebración de aquellos, lo “cual le había proporcionado notables agravios por parte de los Superiores e igualmente a algunos otros que más francamente se habían adherido a su mismo parecer en ese punto. Que en las casas de La Habana es aún mayor la división por esta misma causa, si bien hay en ellas muy buena observancia religiosa. Que la asistencia a la Comunidad es cumplida en todas las necesidades y el gobierno de los Superiores laudable, fuera de alguna parcialidad por la causa referida. Que para mejor expresar sus ideas y sentimientos en cuanto al estado actual de la Escuela Pía, historia de las variaciones de su gobierno, motivos de la Visita Apostólica y medios de restituir a la Congregación todo el esplendor, perfección y prosperidad, presentaba una instancia dirigida al Sr. Visitador Apostólico y copias de otras que había dirigido al mismo en estos Reinos, las que se unirán a estas diligencias para los efectos oportunos. Que es cuanto puede decir en verdad en descargo de su conciencia. Y leída que fue por él esta declaración se ratificó de su contenido y la firmó y rubricó”[Notas 3].

La lectura de este texto aclara y confirma cuanto hemos dicho sobre los documentos anteriormente transcritos y sobre sus nobles intenciones en todo este largo proceso de normalización de la vida de la Orden. Nos lo presenta como autor de Historia Escolapia y celoso guardador de sus esencias mejores. La Orden debe recordarlo con gratitud.

5.3. La vida espiritual

Le acabamos de oír afirmar que lo que él había intentado en todas sus cartas reclamatorias a los Superiores era buscar “el esplendor, la perfección y la prosperidad de la Escuela Pía, y no sólo en el orden legal sino sobre todo en el orden sobrenatural, como claramente significó al principio de su carta al señor Visitador:

“No vine a la Religión para labrar mi dicha eterna con miramientos mal entendidos, ni siguiendo el lema favorito de ¡Vivamos! Que con tanto énfasis pronuncian otros”.

Es un programa de vida: salvarse, apoyándose en la radicalidad intrínseca al ideal evangélico. De momento sentimos que esto no era palabrería. No era cualquier cosa enfrentarse con tesis tan atrevidas a los supremos jerarcas de la Orden y aún de la Iglesia. Para mantenerlo en el futuro necesitará algo más que su juvenil entusiasmo. Esperemos.

Conservamos del tiempo de su vida en Getafe un documento que certifica su devoción mariana y su compasión por las almas que expían sus faltas en el Purgatorio. No podemos darle demasiado valor personal, desde el momento que es una devoción común; eso le resta algo de autenticidad. Pero no se la quita en absoluto. Sabiendo además quién era en aquel momento de su vida –como se ha manifestado en los últimos documentos que hemos estudiado- podemos suponer que el P. Faustino lo vivió con una sinceridad suficiente para darle un valor real, como expresión sincera de lo que sentía. Copiémoslo:

“Para mayor honra y gloria de Dios. Uno en esencia y Trino en Personas, para alguna imitación de mi dulce Redentor Jesucristo y para muestra de mi filial esclavitud a la Madre de Misericordia, María Santísima, Madre amorosa de todas las almas del Purgatorio: Yo, el P. Faustino Míguez de la Encarnación, pretendo ser redentor de aquellas pobres almas encarceladas por deudas de pena a la Divina Justicia y por falta de obras satisfactorias: Y en aquel modo que puedo lícitamente y sin pecado alguno, libre y espontáneamente, hago voto de redimir aquella alma o almas que quiere o quisiera la misma V. Madre, renunciando yo y haciendo donación de mis obras satisfactorias propias o participadas, tanto en vida como sin obligación a pecado.
Y en caso de no tener yo bastantes obras satisfactorias para pagar las deudas de aquella alma o almas escogidas por la misma Madre de Misericordia y para satisfacer las mías por mis pecados, que detesto de todo corazón con firme propósito de nunca más pecar, me obligo y quiero pagar en la cárcel del Purgatorio con penas todo lo que me faltare de obras satisfactorias.
Y lo declaro y confirmo, citando por testigos a todos los vivientes en las tres Iglesias, triunfante, penitente y militante.
En Getafe a 8 de febrero de 1866. Faustino Míguez de la Encarnación”[Notas 4].

Todos los demás sucesos de los siete años de vida en Getafe no tienen particular significado para conocer sus íntimos sentimientos. Ni debe desorientarnos demasiado un informe del Superior al Provincial, que dice así: “Conducta arbitraria y nada fácil”. Sabemos ya que su manera de enfrentarse a los abusos era tenida como arbitraria de seguro como nada fácil. Pero en eso hemos basado nosotros nuestro juicio, tan diferente del que emitió el superior con esas palabras. Realmente el P. Faustino, con su conducta recta, tirando a rígida en el exterior, no era nada fácil… para los superiores.

Notas

  1. San Pompilio vivió en el siglo XVIII y en su tiempo existía también el peculio. Él usó del dinero que conseguía por sus predicaciones de un modo ejemplar, totalmente de acuerdo con la pobreza. Cf. López Ruiz, Salvador: “San Pompilio María Pirrotti” pp 465 – 472.
  2. Cfr. Vilá, pp 58, 59. Lo pone incompleto. Lo poseemos completo mimeografiado.
  3. Cfr. Vilá, p 57. El paréntesis es nuestro.
  4. Cfr. Vilá, p 61