EstudioPsiquicoEspiritual/10 Rasgos de su personalidad en la primera fase de su vida

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

09 Gobernante eficaz, pero polémico. Monforte de Lemos, 1875 – 1879
Tema anterior

EstudioPsiquicoEspiritual/10 Rasgos de su personalidad en la primera fase de su vida
Índice

11 Nuevo horizonte en su vida. Sanlúcar de Barrameda, 1879 -1884
Siguiente tema


10 Rasgos de su personalidad en la primera fase de su vida

Aunque el lector ya habrá captado los rasgos salientes de la personalidad del P. Faustino a medida que iba leyendo nuestra exposición, queremos ahora resumirlos brevemente, al terminar la narración de la primera parte de su vida.

Interesa tenerlos presentes mientras se va desenvolviendo su existencia posterior, porque el protagonista es el mismo. En toda vida humana, en efecto, existe continuidad en la estructura fundamental de la personalidad. Esa continuidad no es invariabilidad, porque –si así fuera- sería imposible la evolución psíquica hacia la madurez en el terreno humano y hacia la santidad en el sobrenatural. La continuidad –o unidad pisco-somática- es la expresión externa del misterio de la identidad del alma humana desde la cuna hasta la muerte. A pesar de ser idéntica el alma, el hombre puede crecer en humanidad y en santidad.

10.1. Rasgos psicológicos de su personalidad

El P. Faustino es un hombre de una emotividad y una sensibilidad introvertida: posee una fuerte corriente emotiva, pero subterránea y controlada. Es profundo, reflexivo; tiene madera de investigador exhaustivo, pero también de un insatisfecho o de un resentido en potencia. Posee una rigidez y aún dureza exterior, compensada por una amabilidad y suavidad interior capaz de aflorar abundante, si se sabe llegar a ella.

Ese potencial psíquico hace de él un hombre de empuje, emprendedor, constante en el trabajo, ordenado. Esos rasgos hicieron de él un superior eficaz en el gobierno. Dedicado al estudio, se convierte en un investigador y un experimentador concienzudo.

Su inteligencia es aguda. El P. Faustino se plantea problemas intelectuales sobre el mundo y los misterios de la vida; los estudia y los intenta resolver a fondo. El que le absorbió y ocupó más acuciosamente fue el de hallar en las plantas remedios eficaces a las dolencias humanas. Su aguda inteligencia le llevó a inventar cincuenta medicinas.

Esa inteligencia, formada en el escolasticismo, era lógica y deductiva. Una vez sentado un principio o puesta una premisa, iba hasta sus últimas consecuencias. Si la premisa era verdadera, llegaba a conclusiones inatacables. Si era falsa, le llevaba a un callejón sin salida.

Su inteligencia amaba y buscaba la verdad con verdadera pasión. Pero su convencimiento de que era inteligente le hizo creer más de una vez que “su verdad” era La Verdad. Esa confusión le hace a veces poco flexible y comprensivo y apegado a su opinión en sus enfrentamientos. Pero subjetivamente su postura era fidelidad a la verdad.

A pesar de esta imperfección poseía el don de captar los valores trascendentales más allá de las realidades inmediatas sensibles. Por eso, aún en los pleitos en que se ventilaban pequeños problemas domésticos, veía él planteamientos generales jurídicos y espirituales.

El valor más defendido por él fue “la ley”, como expresión de un orden que manifiesta la voluntad de Dios. Por eso creía que los hombres se dignifican (y aún se santifican) cumpliéndola, y se envilecen transgrediéndola. Rechazaba a los transgresores, calificándolos de “criminales”, posición peligrosa que era causa de enfrentamientos y le llevaba al aislamiento.

Tenía madera de jurista: dominaba el Derecho, tanto eclesiástico como civil. Por eso –dado su intelectualismo corría el peligro de ser “leguleyo”. Pero la conciencia informada por la fe y el culto a los valores transcendentales -la verdad, la justicia, el deber- le libraron de ese peligro.

Para el P. Faustino el superior religioso era un servidor y ejecutor de la ley -las Constituciones- ahora sí expresión de la voluntad divina; y ese servicio a la ley debía ser puro, no egoísta. Por eso el superior no puede servir sus intereses o comodidades, valiéndose de la ley. La ley era la reina, el superior el servidor. Por eso ante un superior que él suponía transgresor de la ley, no contenía su celo y le hablaba con increíble libertad y aún con dureza.

Fue por eso un ejemplar no común en aquel tiempo de la relación superior-súbdito. En el siglo XX el súbdito era con demasiada frecuencia un simple ejecutor material de la voluntad del superior. La posición del P. Faustino se acerca en algunos aspectos a la que es común ahora, después del Vaticano II: fue sobre todo crítica. Los dictados de la conciencia tenían un gran valor para el P. Faustino. Eran la voz de Dios y los seguía a costa de cualquier cosa. La fidelidad a la conciencia era para él la fidelidad a Dios. En este punto llegó muy alto en la ejemplaridad.

Era un soñador, un quijote, un idealista: luchaba por elevar la realidad, impregnada de intereses y egoísmos mezquinos, a la altura del espíritu. Le ofendían imperfecciones de los hermanos con quienes convivía. Al tratar de que le siguieran, lo hacía con impaciencia, a veces con brusquedad; esto creaba por reacción una actitud contraria. Con ello se exponía al peligro de dividir la comunidad. No acepta la imperfección, urgido por el ansia de perfección y por fidelidad a su vocación. Es un profeta pero corre el peligro de caer en la soledad y aún en la amargura, al no aceptar la baja realidad concreta que lo rodea.

Lleva en su alma la inquietud del reformador; busca otros religiosos que anhelen como él la fidelidad a la Regla; no halla el modo de concretar esos anhelos y corre el peligro de perderse en una protesta estéril.

Al mismo tiempo que un soñador idealista es un hombre práctico, un ejecutivo eficaz: otra antinomia de su rica personalidad, que -lejos de dañarle- le mantuvo abierto a la evolución de la vida y al progreso de las ideas.

10.2. Aspiración a la santidad

Hemos hablado ya de su actitud ante Dios: oye su voz en la conciencia y ve en la ley la expresión de voluntad. Su actitud ante esos valores es de completa aceptación.

La motivación religiosa es la más operante en su vida. Vive su fe y trata de ser consecuente con ella. Vive el sacerdocio y el carisma calasancio con gran fidelidad. Frecuenta los sacramentos de la Iglesia con piedad sincera.

Fue un gran admirador y devoto de San José de Calasanz y de la Santísima Virgen, Reina de las Escuelas Pías. Por salvar a la Orden del abismo de la ilegalidad, rompió muchas lanzas y se expuso a las reacciones molestas de los que él llamaba superiores ilegítimos.

Su actividad se ejerció en el surco abierto por San José de Calasanz; fue un gran pedagogo, además de gran profesor. Vivió aquella afirmación suya: “como escolapio soy del pueblo y para el pueblo”. Defendió la autonomía y libertad de la educación privada, frente al poder invasor del Estado.

Es un religioso que realiza muchos esfuerzos para conseguir la perfección de su vida, conforme a su profesión; es un serio aspirante a la santidad. Con más o menos acierto y con no pocos tropiezos, se le vio siempre, insatisfecho de sus logros, perseguir la meta anhelada: el amor de Dios, hecho servicio al prójimo.

10.3. Ambigüedad

De lo dicho se deduce una conclusión clara: hasta ahora la vida del P. Faustino es ambigua. Existe en él una mezcla de valores y de anti-valores que pueden evolucionar hacia el bien o hacia el mal.

Se ve en su vida una tendencia constante hacia la perfección y la santidad: pero no ha comprendido aún que el santo intenta santificarse a sí mismo primero que convertir a los demás y que a los hombres no se les puede empujar hacia la santidad con críticas y acusaciones de ilegalidad.

Existe en él un inconsciente o semi-inconsciente subjetivismo, alimentado por un intelectualismo, hijo, a su vez, de su aguda inteligencia. La santidad no se conquista con la inteligencia, sino con el afecto y el amor. Le falta trabajar mucho en su propio conocimiento y dominio. Tendrá que ser menos creído y más comprensivo con los demás. Hay aún mucha escoria en su conducta, que –por otra parte- se va mostrando como nada común y muy inquieta, en el buen sentido de esta palabra. Aspira y no se adocena. Busca adecuar su vida a su ideal, pero no es aún el Espíritu el que inspira totalmente todos sus actos.

Notas