EstudioPsiquicoEspiritual/14 Enfrentamiento con los suyos 1888

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13 El noviciado. Sanlúcar de Barrameda, 1885 – 1889
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15 En Getafe definitivamente. 1888 - 1925
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14 Enfrentamiento con los suyos 1888

14.1. Relaciones nuevas con sus hermanos

El P. Míguez vivió en paz en Sanlúcar desde 1879 a 1884. Aleccionado por la vida misma, trabaja en sus clases con fruición y éxito; seguía profundizando en sus estudios de botánica con fines terapéuticos y meditaba sobre el alcance de su vocación escolapia.

El año 1884 tomó contacto con una naciente asociación que él apellidó “Hijas de la Divina Pastora”. Con este hecho introdujo un nuevo tipo de relaciones con sus hermanos, los escolapios. Es interesante detenernos en esas relaciones, porque nos revelarán una nueva faceta de la personalidad del P. Faustino y un nuevo paso hacia su perfección religiosa.

La relación comunitaria es hoy -y debe haber sido siempre- la máxima prueba de la vida religiosa. Todo suele ir bien en esa relación mientras no haya nada que distinga a un individuo de los demás. La rutina no engendra problemas. Estos comienzan cuando empieza uno a sobresalir o a disentir. El que no tenga una buena preparación interior y un cierto grado de madurez, se resentirá de ese roce, que puede llegar a cotas altas de tirantez. Saber medir el significado de esos enfrentamientos y saber controlarlos es señal de madurez humana y religiosa. El enfrentamiento inmaduro desgasta y llega a “quemar” al individuo.

De conformidad con nuestro propósito, veamos la extensión del enfrentamiento del P. Faustino con sus hermanos y sobre todo la manera como lo manejó.

El P. Anselmo del Álamo, en su biografía, cita los que convivían con el P. Faustino en aquellos días y las relaciones que tenían con él. Eran ocho: el Rector y siete religiosos. Parece ser que dos de ellos -el Rector y el P. Ontiveros- le eran adversos. De otros tres no se sabe nada lo que es señal de que no le eran contrarios, y cuatro le eran francamente favorables: los PP. José Merry, Juan Antonio Herrero, Diego Medarno y Pedro Díaz[Notas 1]. En realidad el único verdaderamente opuesto era el Padre Rector. Su rechazo se debía a la fama del P. Faustino como censor implacable de los superiores y a que el Rector tenía cosas censurables, de las que hablaremos luego[Notas 2]. La oposición del P. Ontiveros procedía de que en Monforte, donde el P. Faustino fue su superior, tuvo que llamarlo al orden. No se puede afirmar, según eso, que todos sus hermanos se oponían a sus proyectos. Pero sí había tensión en la comunidad causada por su actividad.

Las razones que se pueden aducir como ocasión de la tensión fueron varias: su trabajo fuera de casa; su apostolado con mujeres y niñas: el empleo del dinero que recibía como limosna por sus curaciones; la oposición de los médicos y la crítica dura a la conducta del Padre Rector.

El escolapio tiene mucho trabajo en casa con los niños, por la preparación de las tareas escolares, y no suele mirar con buenos ojos los trabajos fuera.

La labor con mujeres y niñas era rara y mal vista entonces como ocupación de un escolapio. San José de Calasanz había escrito en sus Constituciones:

“Se ha de evitar el trato y conversación con mujeres, aunque parezcan piadosas y parientes de alguno de nuestros discípulos. Y cuando alguno de nuestros maestros haya de hablar con alguna mujer, hágalo en público y con pocas palabras”[Notas 3].

Así como San José de Calasanz tuvo que superar una fuerte barrera social para meterse en una escuela de plebeyos en el siglo XVI, también el P. Faustino tuvo que vencer otra -tal vez no tan alta- para meterse a dirigir a unas señoras que regentaban una escuela de niñas. La relación del religioso con las mujeres estaba expuesta entonces a la sospecha, como se ve por las palabras citadas de San José de Calasanz. Aquella sociedad era puritana y en el final del siglo XIX lo seguía siendo. El P. Faustino se exponía a crear sospechas con su gesto. De ahí -hemos dicho- su prudencia en el trato con las novicias, para evitar habladurías.

Otra fuente de murmuraciones era el empleo del dinero que recibía como limosna de las personas que curaba con sus medicinas. El P. Faustino tenía todos los permisos necesarios para usar ese dinero, de suerte que sus actos eran inatacables[Notas 4]. Pero la murmuración se ejerce en la oscuridad y se alimenta de la ignorancia. Además los murmuradores creían que el Padre los estaba defraudando, ya que ese dinero debía -según ellos- ingresar en la caja de la comunidad. Nos lo dice Sor Ángeles en su escrito:

Procuraban los Padres “que no siguiera en nuestra dirección, pues perjudicaba a su colegio no recibir esas limosnas que dedicaba a la obra de las Socias; no percibíamos nosotras ese dinero, pero nos daba cuanto se necesitaba para las clases. De antes y al tener la idea de formar ese Centro, obtuvo los permisos oportunos para poder disponer de las limosnas que por mediación de la medicina y de los enfermos que le visitaban (le venían). Todos los Padres se pusieron en contra de la fundación menos uno que se llamaba P. Pedro Díez”[Notas 5].

14.2. Relaciones nuevas con los médicos

A este malestar de la comunidad -de algunos- se añadió el conflicto con los médicos, cuando éstos se vieron afectados en sus entradas profesionales. La gente empezó a ir al P. Faustino con sus males, porque no les cobraba y porque los remedios que él daba eran eficaces[Notas 6]. Algunos de los curados que eran ricos le daban limosnas y a veces generosas. Nos acaba de decir Sor Ángeles en qué las empleaba. Los médicos acudieron a métodos indignos[Notas 7] y se lamentaron al P. Rector:

“El Padre se dedicaba cada vez con mayor actividad a las medicinas y atendía a muchos enfermos, por lo que los médicos de la población acudieron a dar sus quejas al Padre Rector, que lo era el P. Alejandro Corrales. Él lo puso en conocimiento de la Comunidad, para saber su parecer y transmitirlo a su vez al Padre Provincial. Mientras, estuvo el Padre suspenso, pero iba a vernos y nos contaba sus contrariedades, para que pidiéramos al Señor el arreglo de este delicado asunto. Como estaban en pleno curso, no pudieron hacer nada”[Notas 8].

Tanto los médicos como el P. Alejandro Corrales estaban molestos con el P. Faustino por razones distintas, pero concurrentes en este asunto. El P. Alejandro debió ser advertido, de alguna manera que desconocemos, sobre su conducta nada ejemplar en el pueblo. Así lo declaró el P. Faustino en una carta al General:

“Los que pidieron mi vuelta a Sanlúcar me estimaban muchísimo y se lamentaban de la pública fama de nuestro Superior de la casa de Sanlúcar, que distaba mucho de la de un religioso ejemplar”[Notas 9].

Es seguro, pues, que otra de las razones de su alejamiento de Sanlúcar fue este enfrentamiento con el P. Alejandro Corrales. Y como no podemos ni sospechar que el P. Faustino obraba en esto a la ligera, él mismo lo dice al Padre General que si quiere enterarse de lo que pasó, acuda al Cardenal Ceferino González, al confesor don Antonio Bautista y al Padre Vicario General de España, P. Martra, al que él había comunicado ya el problema.

Sumando todos estos motivos, se ve claro que el P. Faustino vivía una tensión comunitaria que acabaría en su salida de Sanlúcar. Y esto nos da que pensar una vez más: el mundo en que vivimos no tolera ni la virtud, ni la ciencia verdadera. La envidia y el orgullo no perdonan. Asistimos una vez más a las tribulaciones del justo, que provienen precisamente de ser justo; del apóstol, por ser apóstol, y del que supera prejuicios sociales, porque los ha superado. ¡Realmente el camino de la humanidad hacia la libertad es penoso!

No solo era el censor implacable de las irregularidades de su propia comunidad, sino también de la falta de entrega y de los pequeños fallos de las novicias.

Sentía, por ejemplo, un rechazo visceral por cualquier defecto que impedía la marcha normal del trabajo escolar. Para demostrarlo citemos otras palabras de Sor Ángeles:

“Me cuesta mucho tener que decir algunas imperfecciones que se le notaban y nos hacían sufrir mucho, un carácter duro y sostenido en cuanto hacíamos algo que mortificara, que era hijo de la poca experiencia que se tenía de todo… Como todo era nuevo, no sabíamos de quién aconsejarnos y todos nuestros deseos eran hacer lo posible porque nos atendiera, nos corrigiera y tenerlo dispuesto para el porvenir; los que le conocieron sabrán apreciar que es verdad lo que expongo, así como también que tenía temporadas tan hermosas que un padre no extremaría más con sus hijas; llegaba por la tarde y traía su merienda en blanco pañuelo colgado del cíngulo; como niñas lo buscábamos y su palabra ¡quita! se dejaba oír y nos hacía reír bastante. Nos hacía sentar y con una navaja iba él repartiendo las raciones de fruta seca que traía y se pasaba un rato de gozo y contento que duró poco. Mientras estaba enfadado y a fuerza de escribirle venía después de grandes trabajos y disgustos y humillaciones; cuando llegaba, ninguna quería darle la cara más que la primera y ésta llegó a entender que pidiéndole una lección en la pizarra o ensenándole las planas que nos hacía escribir todos los días, se le pasaba y ya estaba otra temporada contento.
Esto no quiere decir que no fuera menos perfecto, que no eran esos nuestros pensamientos, puesto que tenía cosas de santo; pero para mostrar esos cambios de carácter, gallego él y nosotras andaluzas, lo permitía el Señor para que no nos apegáramos demasiado como criaturas jóvenes y solas”[Notas 10].

Esta página es muy reveladora en su ingenuidad. Nos muestra las dos facetas de la personalidad del P. Faustino, que ya hemos notado y que parecerían opuestas: la del hombre duro y exigente casi hasta la rigidez, y a la par la del padre cariñoso y acogedor[Notas 11].

Con los superiores de la Orden no había lugar a estas argucias femeninas que le volvían a su equilibrio emocional. El rechazo de la conducta irregular le duraba años. Téngase presente que los actos que censuraba en el P. Alejandro Corrales ocurrieron por los años de 1885 a 1888, y en el de 1891 aún escribe sobre ellos con dureza implacable. Esta permanencia o resonancia, en su ánimo, de emociones pasadas, lo hacía adusto y lejano y se tornaba difícil el paso de un aspecto a otro de su personalidad. Pero quien se decidía a dar el paso de acercamiento, se encontraba con otra persona… El P. Alejandro no lo dio y el acercamiento no se produjo. El P. Faustino aún no había llegado al grado de madurez necesario para darlo él.

14.3. Salida de Sanlúcar

Terminado el curso de 1888 le comunicó el Rector al P. Faustino la “Obediencia” para el colegio de Getafe. En este paso de su vida se nos muestra éste en otro aspecto de su personalidad religiosa: la sumisión absoluta a la obediencia. En consecuencia, recibió la determinación de los superiores como venida de Dios, no de un enemigo. San José de Calasanz había escrito en sus Constituciones: “Al obedecer no miren a la persona del Superior, sino a Aquel al cual y por el cual obedecen, que es Cristo el Señor”[Notas 12]. Esto lo hacía el P. Faustino con tanta fe que desaparecía de su ánimo toda otra consideración. Sor Ángeles lo dice en su relato con estas palabras: “Siempre refería a Dios todas sus contrariedades”.

La contrariedad de ser alejado de Sanlúcar en el momento en que más le necesitaban aquellas jóvenes novicias, ignorantes e inexpertas, no era una contrariedad ordinaria. Humanamente su partida sería la ruina de su obra. Ya hemos visto arriba que el P. Faustino había llegado al convencimiento de que era Dios quien le había metido en aquella empresa. Y tal vez fue esta convicción la que le comunicó la serenidad y la paz en aquel momento desconcertante.

Para él era evidente, mirando las cosas de tejas para abajo, que su salida no habría ocurrido sin la connivencia del Padre Rector con los médicos de Sanlúcar. Pero no se dejó enredar en este tipo de consideraciones. Si lo hubiese hecho, su existencia habría terminado en la vulgaridad y la ramplonería, porque se habría colocado en una actitud negativa ante la vida. El religioso que en una circunstancia parecida dude de que es Dios el que obra por encima y más allá de la intención humana del superior, se cierra él mismo el camino hacia la santidad. Deja de obrar por la fe y se echa en brazos de la amargura y del resentimiento, colocándose de espaldas al crecimiento y a la maduración psíquico-espiritual. Estamos, pues, en un momento de sumo interés en la vida del P. Faustino. Es preciso que constatemos su reacción ante esta “obediencia” por documentos fidedignos. Se sale triunfante, podremos seguir estudiando su progreso hacia la meta. Si en su nuevo destino, Getafe, le vemos continuar la obra empezada, con renovado entusiasmo, sin murmuraciones ni acusaciones estériles, tendremos otra prueba de su triunfo y podremos esperar más altas cotas de espiritualidad. Habrá dejado expedito el camino hacia la santidad.

Empecemos por oír a Sor Ángeles acerca de la actitud del P. Faustino ante la noticia de su traslado a Getafe:

“Se nos dijo muy en secreto que el Padre se marchaba y por eso era la prisa de dejarnos en una casa que no nos molestaran… Mucho nos preocupó la noticia y nos hacía temer el resultado; la esperanza de que no fuera verdad no la perdíamos y así una de las veces que vino a vernos se lo preguntamos y, como siempre refería a Dios las contrariedades que se nos presentaban, creíamos sería una de tantas; no nos dábamos cuenta de los males que su ausencia traería sobre el colegio, que se puede decir que estaba en sus principios, pues éramos novicias, y una tarde hablando, como siempre, de lo que las Sras. Y niñas decían, dijo que no estaban equivocadas y que su estancia aquí tocaba su fin, porque lo habían destinado a Getafe”[Notas 13].

Por estas palabras constatamos que el P. Faustino recibió la noticia con calma y con dominio de sí mismo. No fue él quien la difundió por la ciudad. La reveló cuando ya todos lo sabían. Y no era insensible ante el hecho. Este es otro aspecto notable: estaba profundamente conmovido, pero se había controlado: “Se puede suponer la impresión que llevamos, todas llorando y él con nosotras”.

No habíamos vuelto a ver llorar al P. Faustino, desde Cuba. Ciertos hechos de su vida nos habían hecho creer que era imposible que un hombre tan adusto, rígido e intransigente pudiera llorar. Pero la corriente emotiva está ahí, profunda; emerge sólo en circunstancias como la que está viviendo. Sigamos oyendo a Sor Ángeles:

“No teníamos consuelo; tres años de novicias, estaba formándonos, no se hacía más que preguntarle, no teníamos pensamiento que no se lo consultase (sic), era nuestro padre y él nos consideraba como a hijas muy amadas en Jesús, por Jesús y para Jesús: estas eran sus fervorosas palabras, cuando nos veía fervorosas y contábamos nuestras fechorías espirituales de mortificaciones con deseos de santificación y aspiraciones de ganar almas para Dios”[Notas 14].

Nos hallamos ante un aspecto inédito de la espiritualidad del P. Faustino: la unión de la piedad escolapia con la afectividad propia de la paternidad-maternidad. Tenía conciencia de su paternidad espiritual sobre aquel grupo y la expresa en fórmulas paternales: “Hijas amadas en Jesús, por Jesús y para Jesús”. Aquí tenemos ya profundidad teológica unida a un afecto paternal. Y tenemos unos incipientes intentos de novatas por acercarse al ideal que les expuso en la plática que siguió a la toma de hábito. En las novicias podía ser esto candorosa aspiración a algo desconocido; en el P. Faustino era aspiración muy pensada y además plenamente consciente. Lo estaba demostrando en serio en aquellas circunstancias.

Esos días fueron duros para el corazón del Padre. No se deja sin dolor lo que se ama. Y el P. Faustino amaba todo aquello. Por eso vamos a volver a verlo llorar, pero desde una perspectiva de la fe, a la que nos entreabre el testimonio de Sor Ángeles:

“Terminados los meses de vacaciones, se decidió por fin la marcha del Padre, a Getafe y entre otros muchos consejos, unión, caridad y amor de unas con otras para trabajar por el Instituto que se formaba, nos dijo que convenía se ausentase para que vieran era obra de Dios. “No apurarse (decía el Padre), confiar que Dios cuidará más que nunca de vosotras”.

Ahí está otra vez la lógica del P. Faustino: si la obra es de Dios, ¡Él la cuidará mejor que yo! Y porque lo creía así, estaba sereno, pero conmovido.

“Esta trama que nos armó el enemigo fue mucho sentimiento y pena grandísima, aumentada por la última Misa que le vimos y el último desayuno que tomó; nos animaba mucho a la lucha y nos consolaba con la protección de la Sma. Virgen que desde el principio bien demostraba el cuidado que tenía de todos nuestros asuntos”.

No podía faltar el recurso a la Santísima Virgen en un hijo de San José de Calasanz, que confió ciegamente en ella en los días aciagos de la ruina de la Orden. Pero mientras tanto la emoción de la despedida aumentaba no sólo en las novicias, sino también –quien lo dijera- en el adusto religioso:

“Qué día y qué mañana pasamos ¡Dios mío! Todo era preguntarle tantas cosas que terminó por no decirnos más; nos bendijo y abrazó hecho un mar de lágrimas todas las presentes” (sic)[Notas 15].

La redacción no es un modelo de dicción, pero la realidad está clara. También lloraba el P. Faustino… El pito del tren sonó y el Padre se perdió hacia el norte de la Península ¡Quedaban solas y él se iba solo! Al cabo de un rato debió creer él mismo que todo había sido un sueño. ¿Él llorando?...

El corazón había sangrado, pero la mente se mantuvo clara. También esto lo quería Dios, no el P. Alejandro Corrales. El P. Faustino seguía hacia arriba, ¡hacia el norte! Acababa de dar un paso en firme hacia la santidad.

Notas

  1. Cfr. Del Álamo, 1, pp 135 – 136. Sor Ángeles, en su “Historia de la Congregación”, dice que “todos se pusieron en contra menos el P. Pedro Díez”. Ese padre era el P. Pedro Díaz. En el cambio de nombre muestra que habla de memoria y mal informada. Pero al nombrarlo expresamente es porque tenía datos concretos –seguramente del mismo P. Faustino- de que ese Padre le era abiertamente favorable. Se trata del que fue después Vicario general de las Escuelas Pías de España, gloria en la Orden. (Véase su biografía en el DENES).Su abierta aprobación de la labor apostólica del P. Faustino es el mejor espaldarazo que podía éste recibir y compensaba con creces la mayor o menor oposición de los demás. El P. Cerdeiriña cuenta en su libro “El P. Faustino Míguez” que éste y el P. Díaz eran dos grandes estudiosos, pero que mientras el P. Faustino prefería madrugar para el estudio, el P. Pedro prefería trasnochar. Por eso el P. Faustino le decía: “Entre los dos podríamos comprometernos a desempeñar el cargo de sereno de la casa, ya que usted se acuesta cuando yo me levanto”. (Cfr. Cerdeiriña, obra citada, p 51).
  2. El P. Alejandro Corrales fue gran predicador y buen ecónomo. No era, pues, un hombre sin cualidades. El P. Faustino le criticó duro en otros aspectos. Véase su biografía en el DENES
  3. Cfr. Constituciones de San José de Calasanz, parte segunda, capítulo IV, números 125-126. Agrega: “Y si alguno de los nuestros tiene que ir a casa de los seglares por enfermedad de algún discípulo…, irá acompañado de un sacerdote anciano y de costumbres ejemplares… y procuren terminar pronto y no beban ni coman allí en modo alguno”.
  4. Cuando tratemos del uso del dinero de las medicinas, conocerá el lector los documentos en que se ve claro que contó con todos los permisos.
  5. Cfr. “Historia de la Congregación”, p 8. Ya sabemos a qué atenernos sobre las afirmaciones poco exactas de Sor Ángeles que escribía de memoria. El paréntesis es nuestro.
  6. Algunas curaciones fueron ruidosas. Sé por referencias que curó el brazo de un niño, a quien le dijeron los médicos que había que cortárselo, y el Siervo de Dios lo curó en una noche con un líquido, y dicen que esa curación fue la causa de que el P. Faustino tuviera que marchar a Getafe. (Cfr. del Álamo, 1 p 136. Testimonio de doña Basilia Argüeso en el proceso de beatificación).
  7. En una ocasión los médicos se negaron a dar el certificado de defunción a una persona a la que había tratado el P. Faustino. Es penoso ver que esos médicos fueron los que tanto alabaron al P. Faustino cuando años atrás hizo el análisis de las aguas públicas de Sanlúcar. Pero entonces no peligraban sus entradas monetarias.
  8. Cfr. “Historia de la Congregación”, p 8.
  9. Cfr. Vilá, p 217, nº 6.
  10. Cfr. Sor Ángeles “Historia de la Congregación”, pp 10-11.
  11. No se debe olvidar que la dureza y rigidez del P. Faustino eran a veces buscadas por él y por eso voluntarias. Era consciente del peligro que corrían ellas, andaluzas emotivas y extrovertidas, su propia fama y la suerte de su obra, dado el puritanismo de la época.
  12. Cfr. Constituciones St. J. Calasanctii, pars secunda, caput II, nº 112.
  13. Cfr. Sor Ángeles: “Historia de la Congregación”, p 14. Seguimos observando la incorrección del lenguaje.
  14. Cfr. Ibidem, p 14.
  15. Las tres últimas citas son de la “Historia de la Congregación”, pp 22 - 23.