EstudioPsiquicoEspiritual/15 En Getafe definitivamente. 1888 - 1925

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16 La crisis de 1890 - 1891
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15 En Getafe definitivamente. 1888 - 1925

15.1. Etapas de su vida desde su llegada a Getafe

Tenemos definitivamente al P. Faustino en Getafe. Cuando llegó tenía cincuenta y siete años; le quedaban aún treinta y siete de vida.

Este largo período de tiempo lo podemos dividir en otros más breves, atendiendo a algunos sucesos notables que lo jalonaron.

1888 - 1891. Estos años los dedicó el Padre a seguir la formación de las primeras religiosas que había dejado en Sanlúcar. En especial dedicó su atención a la formación de Ángeles González León, que en su pensamiento era la piedra angular del futuro edificio. Tal formación la realizó por cartas.

1890 - 1891. En este año ocurrió en enfrentamiento con el Padre Provincial, Marcelino Ortiz. Este atribuyó al P. Faustino intenciones y proyectos –sobre una posible vuelta a Sanlúcar- que le hirieron profundamente. La reacción fue típicamente suya. Y trajo consecuencias graves: se creyó en el deber de renunciar a la dirección de las religiosas Hijas de la Divina Pastora.

1891 - 1897. Fueron los años oscuros de su retiro en Getafe, alejado absolutamente del gobierno de la Congregación. Pero su espíritu estuvo muy activo, aunque en temas distintos del gobierno y de la medicina: convivió allí con insignes escolapios dos de los cuales bastan por sí mismos para testimoniar la grandeza de aquellos años en la historia de la Provincia de Castilla: los PP. Calixto Soto y Carlos Lasalde. Hay nombres que hacen historia.

1897. Este año volvió a tomar las riendas de la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora y empieza una actividad grande a favor de ella. Pero ya su nombre era conocido más allá de su mundo escolapio. Su actividad terapéutica volvió a ocuparle intensamente a partir de la curación del rey Alfonso XIII y Getafe se vio invadida de enfermos que le buscaban.

1897 - 1907. Prosigue el desarrollo de la Congregación bajo su dirección; pero su actividad terapéutica, fuera de la Orden, que le había hecho popular y universalmente conocido, le atrajo las iras de los médicos. Los primeros años del siglo XX fueron de enfrentamientos duros con los galenos irritados por sus éxitos.

1907. Descubre el P. Faustino la infidelidad de su hija predilecta, Sor Ángeles. Había ésta dilapidado el dinero que él le mandaba para las obras y había abusado de su autoridad de un modo casi tiránico. Al mismo tiempo hizo crisis la vida de la M. Antonia García Marín, a quien tuvo que expulsar de la Congregación. Dos tribulaciones que amargaron su existencia y nos lo vuelven a mostrar en su modo típico de reaccionar.

1907 - 1924. Este período de su vida tuvo los días felices del Generalato de la M. Julia Requena, pero también las molestias y sufrimientos morales de la subsanación de todos los pasos que, con buena conciencia, había dado en el uso del dinero proveniente de la venta de sus “específicos”.

1924 - 1925. El año 1924 se cernió sobre la Congregación la tempestad más recia de toda su historia: la división de sus hijas, lo que él más había temido. Fue la prueba suprema del fundador, el calvario de su vida, el cáliz de la amargura de su alma, ya casi vencida por la edad.

15.2. Primera etapa: 1888 – 1891

El P. Faustino no llegó a Getafe desilusionado o amargado por su expulsión de Sanlúcar. Este hecho supone una virtud probada y un triunfo muy notable. Ver a Dios que obra por encima de las miserias humanas supone la presencia de una fe viva y operante en su vida.

Llegó, pues, con entusiasmo y con fe en la vigencia de su ideal. Lo demuestran las cartas que escribió en estos años y su contenido religioso, que vamos a estudiar.

En este momento inaugura el P. Faustino su apostolado epistolar, en el que emuló a San José de Calasanz. Fue un arduo trabajo que se prolongó toda su vida y al que fue fiel sin desmayos. En esas cartas nos ha dejado parte de su alma, su ideal, su espíritu y también muchos datos para seguir estudiando la evolución de su personalidad.

En este período de su vida se ocupó en las cartas de la formación espiritual de sus hijas, dejadas en Sanlúcar, sobre todo de la formación de Ángeles González León, la base de su instituto según sus pensamientos. Además fue dando cuenta a sus religiosas de la marcha de la composición de las Reglas, las actuales Constituciones. Alentado en su empresa, quiso completarla haciendo una colección de Sentencias Espirituales, como complemento de las Constituciones. A continuación nos ocupamos de estos tres puntos.

15.3. El director espiritual a distancia

15.3.1. Aspecto humano de la dirección

En la congregación no había más que novicias. La que hacía de “Primera” era Sor Ángeles, porque no existía aún la estructura jurídica.

En la formación de Sor Ángeles mediante las cartas empleó el P. Faustino sus mejores cualidades psíquicas: su candor de niño, pues no había en él doblez ni segunda intención; su sana y transparente afectividad, rayana a veces en la ternura; su absoluta confianza en Sor Ángeles, totalidad que denuncia más una cualidad en el que da la confianza que en el que la recibe; su fe y su piedad, naturales en él como la respiración.

En efecto, hay párrafos en sus cartas de este período que son una delicia de apertura, de naturalidad, de candor, de limpieza de afectos y de confianza sin restricciones. Son estas cualidades humanas sobre todo lo que nos interesa de momento. Leamos algunas de esas cartas:

“Juntitos y cada vez más unidos quiero sigamos[Notas 1] en el Sgdo. Corazón de Jesús. Ahora mismo acabo de nuevo de pedirle desde la tribuna[Notas 2]que nos abrase más y más, pero muchísimo más, en su amor[Notas 3].
Mi amada hija Ángeles: ¡Ánimo! Que Dios no te ha puesto ahí para perderte, sino para hacerte más santa, como a mí. Ayudémonos mutuamente con nuestras oraciones y ejemplos. Y a todas lo mismo. Te esperan muchas tribulaciones, como las pasadas. Son el camino recto para llegar a lo que prometes. Gózate en el que te conforta y te confortará más según le vayas siendo más fiel y agradecida”[Notas 4].

La idea central de esas dos cartas es la de que “tenemos que santificarnos juntos”. En la que sigue le pone un ideal muy alto, tal vez demasiado alto, pero conforme con el que siempre ha alimentado él en su alma:

“¡Bien por mi querida hija en el Sdo. Corazón de Jesús! Nada temas con tal buen conductor, que es el Camino, La Verdad y La Vida. ¡Bien! ¡Adelante! Cuanto mayor tu miseria más brillará su poder. Bien oraste. Ten presente que todo viene de tu amadísimo Esposo y que todo debe humillarte más, porque no acabas de ser como Él quiere: más pura que los ángeles; más abrasada en amor que los mismos serafines; tan humilde como Hija de la Divina Pastora”[Notas 5].

Esta confianza del padre entusiasmaba a aquella joven andaluza y la indujo un día a escribir unas frases atrevidas, hijas de su ignorancia religiosa. Inmediatamente le salió al paso el austero gallego:

“Cuidado con la comparación tan disparatada, como la que pusiste entre Dios y… Tienes que besar tres veces el suelo y pedir a Dios perdón de veras, para que te perdone y te acuerdes y después tres Padrenuestros… ¡Blasfema!”[Notas 6].

Debió atemorizarse la discípula. El maestro la tranquilizó poco después:

“Tu falta consiste en decir que me quieres tanto como a Dios, disparate que no quiero dejar sin correctivo, para que no vuelvas a decirlo ni por broma. Te quiero mucho en Dios, pero sólo en Dios y ni la millonésima elevada al infinito que a Dios y Tú debes hacer lo mismo conmigo.
Tranquilízate, que fue un disparate material, como suele decirse. Pero no se le escapa al que sólo os quiere en Dios y muy santas. Os tengo en lo íntimo del corazón y a cualquier movimiento que hacéis fuera de la senda que a Dios os lleva, siento un malestar que no paro hasta que os veo otra vez en la buena senda”[Notas 7].

Preciosa confesión la de su malestar interno al verlas fallar en algo. Le duró toda la vida e inspiró todas sus reacciones fuertes en tales casos.

Magisterio difícil el enseñar a controlar los afectos en una joven, convencida de la santidad de su maestro pero inexperta en el manejo del mundo afectivo. Fue una ayuda el hecho de que estuvieran separados por muchos kilómetros. Así fue imponiéndose el espíritu a las tendencias naturales, muchas veces inconscientes y siempre peligrosas.

El mismo maestro iba adquiriendo cada día mayor aprecio por la hija, que seguía con docilidad sus enseñanzas y secundaba sus proyectos con acierto y competencia. No es, pues, de extrañar que en una carta del año siguiente le dijera con sinceridad:

“¡Hija! ¡Hija! ¡Hija! Una y mil veces ¡Hija! Que Jesús reine siempre en nuestros corazones y nosotros siempre en el suyo. Que así sea, hija mía”[Notas 8].

15.3.2. Aspecto religioso de la dirección espiritual: la oración

Ya hemos visto en las cartas citadas que el P. Faustino tenía muy presente la fe y los actos que ella inspira. Realmente son inseparables los aspectos humanos y sobrenaturales de la vida en el aspecto específicamente religioso en la dirección de Sor Ángeles. En concreto nos fijaremos en la oración y su problemática. Oigamos al maestro:

“Por la pretensión del gozo sensible en la oración pierden los imperfectos la verdadera devoción. La mosca que a la miel se arrima impide su vuelo y el alma que se quiere estar asida al sabor del espíritu, impide su libertad y contemplación. Muy incipiente sería el que faltándole la suavidad y el deleite espiritual, pensase que por eso le faltaba Dios y, cuando la tuviese, se deleitase pensando que por eso tenía a Dios (S. Juan de la Cruz). Yo no desearía otra oración, sino la que me hiciese crecer en virtudes. Si la oración es con grandes tentaciones y sequedades y tribulaciones y esto nos dejase más humildes, esto debemos tener por buena oración. Hacer lo que más agradare a Dios, esta será la mejor oración. Quien no hallase que le enseñe oración, tome al glorioso S. José por maestro y no errará el camino (Sta. Teresa)”[Notas 9].

El P. Faustino pide una oración en la fe pura, sin arrimo del sentido. Así debía ser la suya. Pero para crecer en virtud exige otra condición, también de conformidad con su talante característico: la mortificación y el sufrimiento.

15.3.3. La mortificación y el sufrimiento

La mortificación y el sufrimiento están en la dirección que lleva a la cruz, sin la cual no hay vida sobrenatural cristiana.

La mortificación del P. Faustino está transida de prudencia, sentido práctico y de instinto cristiano. Vale más la mortificación espiritual que la carnal:

“En las mismas Reglas se previene que siempre que alguna necesite tomar algo, lo haga con licencia. Quiero tomes lo que necesites y a la hora que te haga falta, y no sólo lo quiero sino que te lo mando y para mientras yo tenga alguna intervención en eso. Lo mismo digo respecto a las demás, cuando haga falta. El trabajo es mucho y la distancia o tiempo que media entre la comida del día y el desayuno del siguiente muy largo. Prefiero una mortificación interior y sobre todo del amor propio, a esas corporales”[Notas 10].
“No quiero ridiculeces, ni permito de ningún modo llevar las disciplinas a la cintura. Prohibido terminantemente y cuidado: quiero hagáis amable, no repulsiva, la virtud”[Notas 11].

Y no es una sola vez, aunque siempre en forma tajante:

“Te mando terminantemente que te cuides bien. Que comas bien… No te concedo lo que me pides de la lana. Ni una pizca más de lo otro y aún eso, si comes bien, si no, ni eso”[Notas 12].

El sufrimiento que trae consigo la vida es la mortificación que Dios mismo nos proporciona. Aceptarla incondicionalmente es ponerse en el camino de la perfección:

“Jesús reine en nuestros corazones. Más vale estar cargada junto al fuerte, que aliviada junto al flaco. Cuando estás cargada de aflicciones, estás junto a Dios que es tu fortaleza y está siempre con los atribulados. Cuando estás aliviada, estás junto a ti, que eres la misma flaqueza; que la virtud y fortaleza en los trabajos crecen y se confirman.
La flor más delicada, más presto se marchita y pierde su color; guárdate por lo tanto de caminar con espíritu de sabor… La sabrosa, dulce y durable fruta, en la tierra seca y fría se coge; y los años que más largos y más fuertes son los fríos y temporales, más abundantes y sazonados son sus frutos. Con los inviernos crudos se retrasa la vegetación y no se hielan después las flores, que dan buen fruto a su tiempo”[Notas 13].

Esto se llama someterse a la disciplina de Dios.

15.3.4. Confrontación carne-espíritu

Una auténtica dirección espiritual no puede prescindir de la trágica división que desgarra a todo ser humano: “La carne lucha contra el espíritu y el espíritu contra la carne, porque son contrarios entre sí” (Gál. 5, 17). Un componente paulino de “la carne” es la tendencia a la lujuria; el otro es orgullo (Gál. 5, 19-24). El P. Faustino tocó el tema de la tendencia a la lujuria, en su dirección, porque era realista y sincero. Pero no podemos esperar de él -que escribía en el siglo XIX- una actitud positiva hacia el sexo. El mundo en que vivía era un mundo puritano, que no hablaba del sexo, porque no sabía hablar de él, con lo que hacía más difícil su control y su integración a la persona[Notas 14]. Por eso la actitud suya hacia el sexo fue de rechazo: recurre a los consabidos tópicos que se venían repitiendo desde siglos, y que eran inevitables en su cultura. Pero hemos de reconocer su sinceridad al tratar estos temas:

“Dile al que te combate: Siempre te he aborrecido; pero ahora te detesto, espíritu inmundo, por el asco que me das; te renuncio para siempre con todas tus inmundicias y me consagro para siempre en cuerpo y alma a Jesucristo. Cuanto más me persigas, más te he de perseguir impidiendo con la gracia de mi Dios y con todas las fuerzas de mi alma arrastrar a tus cloacas a las almas que el Señor me ha confiado. Y repite muchas veces al Señor: Señor, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme”[Notas 15].

Era entonces creencia que la pulsión sexual era un castigo a la soberbia. Se ignoraba el proceso hormonal que la alimenta y la sostiene.

“Como tienes que levantar muy alto el edificio de tu virtud, es preciso que sean muy profundos y muy anchos los cimientos de tu humildad… ¿Qué sabrías, si no fueses tentada, como dice el Señor? ¿Cómo podrías conocer, compadecerte y socorrer las miserias de las otras? Pasando por esas y otras pruebas que te esperan es como aprenderás a no escandalizarte de lo que verás en otras y las tratarás mejor y con más caridad.
Constancia; no me digas que ya no puedes más. Lo puedes todo en Aquél que te conforta. El demonio ladra como n perro rabioso; pero no puede morder por estar atado, a no ser que tú te acerques. Dios está complaciéndose en tu corazón, cuando así resistes, como dijo estaba en el de Sta. Catalina y muy complacido, cuando se hallaba igualmente combatida y le llamaba desconsolada, creyéndole ausente.
¿Quieres ser más que esa santa? ¿No recuerdas los cinco años que luchó Sta. María Magdalena de Pazzis con iguales tentaciones y cuánto sintió después que se le quitasen? ¿Qué pasaba al apóstol S. Pablo? ¿Cuánto pidió al Señor que le quitara esa tentación que no le dejaba ni de noche ni de día, ni en medio de su tarea apostólica? ¿Y qué le respondió el Señor? No, Pablo; te basta mi gracia. No, hija, no, te digo yo; esa tribulación te librará de la soberbia y, por consiguiente, de una caída segura.
Humildad, humildad, más humildad, más agradecimiento al Señor, que te quiere muy santa y por lo tanto muy humilde, muy resignada a la voluntad de Dios”[Notas 16].

Insiste aún el P. Faustino en el tema sexual en las cartas del 26 de febrero y 5 de marzo de ese año, 1889. Insiste particularmente en el tema de comunicar al director o al confesor las tentaciones, entrando así, sin advertirlo, en un tema altamente psicológico de efectos sedantes: la comunicación disminuye la tensión y el miedo al sexo, que aumentan el potencial de la pulsión. De ahí los éxitos de los psicólogos en su tratamiento y la lucha muy difícil desde el solo terreno espiritual, ya que se trata de una realidad somato-psíquica, aunque naturalmente influenciada por el espíritu. Conseguirá el éxito total el terapeuta que sea a la vez fisiólogo, psicólogo y teólogo, o mejor, director espiritual, que debe ser todo eso. Esa es nuestra experiencia, larga y ampliamente confirmada.

15.3.5. La represión y su consecuencia, los escrúpulos

Otro tema con el que tenía que encontrarse necesariamente el P. Faustino en la dirección espiritual de mujeres era el de los escrúpulos. Lo aborda en sus cartas, pero con medios tan poco eficaces como el control del sexo. En este problema la psicología ha aportado soluciones definitivas. El que no conozca que los escrúpulos son una consecuencia de la presión y del sentimiento de culpa y el que ignore los medios para terminar con esas enfermedades psíquicas, no podrá tener éxito en su lucha contra los escrúpulos.

Veamos lo que dice el P. Faustino, repitiendo lo que entonces decían todos los que tocaban el tema:

“Las cuentas de conciencia, lo mismo que las confesiones: cortas, muy cortas, que se acostumbres a no ser pesadas o, como dicen las Reglas, a no hacerse fastidiosas por pesadas. La que no se dé por satisfecha, que se quede con hambre, en castigo de su amor propio, a que casi siempre se debe esa pesadez. Que haya humildad, docilidad, obediencia y desaparecerán esos escrúpulos a falta de franqueza. Soy atroz, perro aprendí a serlo a fuerza de desengaños”.

La consecuencia de la inutilidad de los métodos empleados eran los desengaños; pero el fallo se atribuía a la terquedad o a la soberbia de los pacientes. Así se llegaba a verdaderas atrocidades psíquicas en el tratamiento. Para sacarlo de un infierno, se les metía en otro, tal vez peor: la desesperación, y por ahí la ruptura con Dios, a quien atribuían sus sufrimientos. Decía el P. Faustino; con los peritos de entonces:

“No quiero gazmoñerías de ningún género: al pan, pan y al vino, vino. “Me gusta esto y esto”. “Pues haz esto y esto”, y santas Pascuas. ¿Qué replican? Una senda penitencia por la primera vez y no volverán a otra”[Notas 17].

Esta terapia suponía que los escrupulosos eran personas psíquicamente normales, lo que no es verdad. Su enfermedad es psíquica y tiene su raíz en la presión y el sentimiento de culpa. Mientras no desaparezcan esas raíces, no se curará la enfermedad. Lo específico del P. Faustino como director espiritual lo expresó en esta frase: “Ser santa a puño cerrado”.

15.3.6. La esencia de la santidad

El P. Faustino tenía un justo concepto de la esencia de la santidad: “El puro amor de Dios”. No era posible que fallara en esto. Dice así:

“Respecto a la castigada: la hizo, que la pague. Que todas estén en la inteligencia de que no se pasa nada a nadie. La que no quiera que la reprendan en público, que no falte. Bien triste y desconsolador es el que haya que apelar a estos medios y no lo hagan sólo por puro amor de Dios las que se han comprometido a su exclusivo servicio y como esposas suyas. Mala esposa es la que sólo sirve a su esposo por el palo”[Notas 18].

Era preciso subrayar esto, porque el P. Faustino da con frecuencia la sensación con su lenguaje de que no piensa así. Usa frases en que aparece en primer plano la amenaza o el castigo. Pero lo que acabamos de leer nos pone en contacto con su verdadero pensamiento, no siempre visible. Tal vez se deba su tendencia al castigo a su mentalidad de que el amor debe manifestarse en las obras. De ahí también que acentúe frecuentemente que la santidad consiste en el cumplimiento de la Regla o de la Ley. ¿Qué duda nos puede quedar de que su mentalidad era fuertemente legalista? Lo hemos visto y lo seguiremos viendo en sus obras y en sus problemas. Veamos lo que dice en una carta sobre este punto:

“La mayor perfección consiste en observar todas las Reglas (S. Agustín). La religiosa que observa escrupulosamente las Reglas, no anda sino vuela hacia la perfección sin alas ni plumas (Sta. Teresa). Piensa que sólo viviste el día en que renunciaste a tu voluntad y no quebrantaste Regla alguna (S. Euquerio). Di con la Esposa de los Cantares: Mi amado es todo para mí y yo soy toda de mi amado. ¡Oh, qué trueque tan ventajoso para nosotras, dar a Dios nuestro amor por recibir el suyo! (Sta. Teresa). Pero si no diéramos a Dios todo nuestro afecto, tampoco Él nos dará el tesoro de su amor”[Notas 19].

Los dos ejes, pues, de su pensamiento sobre la santidad son “el amor” y “el cumplimiento de la Regla”. Si ésta se cumple por amor, su pensamiento es verdadero.

Veamos ahora qué entiende el P. Faustino por ser santo “a puño cerrado”. Esta fórmula, como todas las suyas y las nuestras, son la expresión de su manera de ser, de su personalidad. Esta la expresó él muchas veces en la fórmula “ser o no ser”, que en su boca equivalía a “Ser como se debe, o no ser”. La había exigido a sus hermanos, los escolapios, y se la exige ahora a sus hijas, las Calasancias. Se diría que fracasó con los primeros, pero intentaba realizarla con las hijas.

“No se ha de tener por más antigua ni por primera a la que tenga más edad, ni lleve más tiempo de hábito, sino a la que se porte mejor y más trabaje a gloria y honra de Dios y bien de la Corporación. La que peor se porte, aunque sea la más vieja y antigua, ha de ocupar el último puesto, para que esté más cerca de la puerta, por donde debe salir pronto.
Tu alma ante todo, después de Dios. Es tu deber; a cumplirlo. O ser como se debe, o no ser; es la primera regla de gobierno. Así está escrito y debe cumplirse. La que respingue, que vaya a otra parte con la música, y pronto, pronto. O ser como se debe ser, o no ser; o ser como se debe, o no ser. Que lo sepan todas, ¡todas!”[Notas 20].

De nuevo tenemos a la vista el concepto del P. Faustino sobre el deber. Es un valor absoluto que merece sumisión absoluta. Ahí fundaba él la obediencia ciega. Ese era el pensamiento que nos dejó en esta frase: “La que no quiera ser santa a puño cerrado, que se vaya”[Notas 21]. Si esto era así -y todo parece que lo era- debía ser difícil seguir al P. Faustino. Pero, por otra parte, sospechamos que eso era sólo cuando “pensaba”; esto es, cuando vivía su mundo ideal. Pero cuando una pobre religiosa se le acercaba y le abría su corazón y le exponía sus problemas, se convertía en otro ser: aparecía la madre, del padre, capaz de llorar con el que llora. Nuestro P. Faustino cuando teorizaba, era así, tanto hablando de los individuos, como de la Congregación. Oigamos:

“¿No ves adelanto? ¿En qué consiste la virtud? En estar con Cristo en la Cruz. ¿No lo estás? Pues eso es adelantar. En la cruz siempre y de la cruz al cielo”[Notas 22].

Sí, eso es cierto en el mundo del ideal. ¿Pero cómo no comprender al que no es capaz de tal vida? Oigamos al P. Faustino hablando de la vida de la Congregación. Las palabras que vamos a citar parecen el comentario a la frase de san Agustín: “Perezca uno antes que la Unidad”:

“Y esto no sólo grava la conciencia de la Superiora sino también la de cualquiera de las demás religiosas que algo sepan u observen y no lo digan a la superiora, y si ésta no cumpliere con lo que acabo de ordenar y no lo manifestasen con la negligencia de la Superiora al Director, para que éste provea en los dos extremos. Y añado que de si de alguna religiosa se supiere que tampoco cumple lo anteriormente prescrito, será considerada como un miembro también podrido.
Sírvate de gobierno de hoy para siempre… y sepan todas las venideras que el primer Director así lo manda… mientras la Congregación exista…”[Notas 23].

Toda la carta se reduciría a esta frase, también suya: “No quiero notas discordantes”. Difícil empresa, tratándose de seres humanos, hombres o mujeres.

15.4. El escritor de las Constituciones

Otro punto decisivo para la naciente Congregación es la composición de las Reglas o Constituciones.

El P. Faustino reconoce en una carta que su salida de Sanlúcar y su estancia en Getafe habían sido providenciales para poder dedicarse con paz a escribir las Constituciones:

“Sed muy buenas, santas, que Dios no ha de faltaros. Llevaréis coscorrones, pero será para otro mayor bien. Mayor que el del año pasado…, y ya veis que si así no hubiera sido, no tendríais las Reglas todavía, ni Dios sabe cuándo, dada la mudanza del Sr. Arzobispo. No hay mal que por bien no venga y solo Dios sabe lo que más nos conviene”[Notas 24].

En efecto, el clima de paz relativa de 1888 a 1890 favoreció la meditación, reflexión y concentración que requiere una tarea de tanta responsabilidad. Manejando el epistolario del P. Faustino, se le ve avanzar en su trabajo con lentitud, posesionado del papel de fundador y completando la parte meramente legal con la búsqueda y ordenación de un conjunto de máximas tomadas de las Escrituras y de los Santos Padres, que fueron como el comentario de las Constituciones y llevaron a las religiosas a su profundización.

Vayamos repasando, pues, el epistolario para acompañarle en su ardua tarea, a la que se entregó con entusiasmo y concentración.

En noviembre de 1888 nos dice el método que usó para la composición del código fundamental: la consulta y las sugerencias de las mismas religiosas, lo que constituye un ejemplo raro de democracia, como ahora diríamos. Es un aspecto digno de notarse, en quien frecuentemente aparece con ribetes de dictador. Oigamos:

“De todo cuanto me habéis sugerido sobre las Reglas, ni palabra se refiere a la enseñanza, y quiero que digáis algo, que yo no lo he de poner todo.
También quiero digan si han de abrazar más puntos que el de la enseñanza, que bien sabéis comprenden más las Bases. Tienes que mandarme una carta firmada por todas y con fecha del 1º de enero pasado, pidiéndome os haga el favor de poneros por escrito los consejos y reglas que os estoy dando de palabra, a fin de que no se os olviden y podáis tenerlos a mano, para recordarlos a cada paso, a fin de mejor seguirlos”[Notas 25].

Estas palabras contienen exactamente el origen de las Reglas de la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora. Son la transcripción por escrito de la formación que les hizo de palabra durante los primeros años de su existencia. No cabe un origen más auténtico y llano. Contiene el alma del P. Faustino, expuesta en sus sencillas pláticas, cuando se sentaban en su derredor a oírle como un oráculo. Eso lo recogieron después entre todos los actores de aquellas charlas familiares, para recordarlo y vivirlo.

En febrero de 1889 habla ya de copiarlas para someterlas a la aprobación eclesiástica:

“Apenas estén concluidas las instrucciones que te mando, y no Reglas como tú las llamas y no pueden serlo hasta que no sean aprobadas por su Eminencia; habrá que hacer dos copias muy bien escritas para mandarlas a Sevilla, precedidas por una solicitud, firmada por vosotras y a vuestro nombre, pidiéndole al Sr. Cardenal su aprobación, si así lo estima conveniente”[Notas 26].

En otra ocasión escribe:

“Ahí va esa nueva receta, para que la leáis y releáis, penséis y repenséis, rumiéis y volváis a rumiar y… después… me digáis lo que os parezca con ingenuidad. A tiempo se está de añadir, quitar, modificar y hacer, en fin, lo que más convenga. Os confieso que es lo que más me ha costado. Parece que todos los diablos del infierno querían estorbarme lo escribiera. Apenas ponía una palabra sin tener que limpiar la pluma y ni por esas. Decidme si habéis recibido los otros tres medios pliegos. Es tarea que regalo al más pintado.
He querido darme prisa, para que veáis la idea que se ha formado de vuestro Instituto vuestro primer Director, que es viejo y cree que os durará poco. Por supuesto que todo eso no es más que un croquis desordenado e incompleto, que es preciso completar, ordenar, refundir, corregir, etc., etc. Y por eso, si algún apunte tomáis, o copia, que sea en pliegos o medios pliegos sueltos, que podrán ordenarse después como deban estar. Tal vez tengáis que enviarme esos; yo no recordaré. Para dentro de un año debe estar corriente, porque hará los cinco de la instalación. Dios sabe quién lo verá”[Notas 27].

No nos dice qué parte de las Reglas redactó en esas condiciones. Una lástima. Él, al menos, considera que escribió algo digno de meditación, hasta en el detalle –cuyo significado exacto no conocemos- de las dificultades materiales que tuvo al escribirlo. Él le da gran importancia. Un mes después completa su pensamiento:

“Os dije, al mandaros las Reglas, que modificaseis lo que quisieseis, como cosa vuestra, no mía. Ya dije desde el principio que no quise obrar a lo fariseo. Modificad lo que queráis y después enviadme una carta, firmada por todas las que os halléis con ánimo de cumplirlas y obligándoos así a hacerlo.
Y que esa carta no venta de cualquier modo, que tiene que verla el Cardenal y la junta que nombra para la revisión de las Reglas, si ha de aprobarlas, lo mismo que la que me mandasteis pidiéndome que os las escribiera. Que no venga con tinta encarnada, que no sirve para cosas oficiales.
Si alguna cosa falta en las Reglas, añadidla; si sobra, quitadla; si…, cortad…, sajad…, que después no se podrá”[Notas 28].

Está clara la voluntad del Fundador en que las Reglas sean obra conjunta suya y de las que las han de cumplir. No quiso imponerles una carga insoportable, que luego no pudieran llevar, máxime que después él sería inexorable; porque, según escribió, después mandará “la ley, la ley, la ley, y no paso por otra cosa”.

Una vez hecho su trabajo, ahora pide ejemplares. Mejor, pide “los originales de la Regla”:

“No te olvides de mandarme los originales de la Regla según las vayas escribiendo y aún una copia de las Bases, que yo no tengo y necesito. Bien puede escribirlas cualquiera de las otras. Sobre todo necesito lo que se llama Bases: los cuatro o cinco párrafos que tienen antes de los medios, etc.”[Notas 29].

Mientras él escribía esto, venía por correo lo que había copiado. Por eso en la primera carta posterior le dice:

“Recibí las Reglas; pero ¿las copiaste todas? Yo te dije “según las fueses copiando” o las que ya tuvieras copiadas, y me lo mandas todo. Las he entregado para que me las viesen; que yo no me fío de mí mismo; es cosa muy delicada. Veremos lo que me resulta”[Notas 30].

Mientras eran aprobadas las Reglas recordaba a todas las religiosas que el compromiso era cumplirlas, para que no hubiera necesidad de aplicarles las sanciones que prescriben:

“Me alegro de que C (una religiosa) haya salido bien y se reconozca antes que lleguen a regir las Reglas en esa parte, que serán inexorables. Y las otras dos que vean lo que hacen y cómo vuelven por su honor y pronto. Ni aún escribirles quiero, porque no se me vaya la lengua”[Notas 31].

Y llegó el día de entregarlas al Cardenal-Arzobispo de Sevilla para la aprobación. El 2 de junio escribe a Sor Ángeles contando, alegre, el hecho:

“Cierto que yo mandé las Reglas a Sevilla… El Sr. Provisor, a quien se las remití, las presentó al punto al Cardenal, que nombró en el acto una comisión que las revisase e informase, diciendo que aún tardarán por ser voluminosas. Añadióme dicho señor que estaría a la mira y me enteraría de todo. Nada me ha escrito y me extraña. Yo se las mandé el 7 del próximo pasado y entonces fue cuando te encargué pidiéseis por mi intención.
Aquí se las di a revisar a dos, uno que fue mucho tiempo y otro que aún es Maestro de Novicios y les gustaron muchísimo, añadiendo que si llegáis a cumplirlas como están os iríais con zapatos y todo al cielo. Dios lo haga y me llevéis con vosotras, siquiera por lo muchísimo que me costáis. Con tal que seáis santas a proporción, lo doy por bien empleado.
No quiero que leas ni dejes de leer las Reglas hasta que te avise. Por lo tanto, como si no las hubieses recibido. Mortifícate y pide a Dios que todo se arregle como más convenga a su honra y gloria. Dios puede hacer que aún de las piedras salgan Directores que se interesen mucho por vosotras y hagan más sin comparación de lo que yo estoy haciendo e hice, que todo es nada, si vosotras fueseis santas”[Notas 32].

Se había dado un paso importante en la vida de la Congregación. El día 4 de junio escribe jubiloso, hablando de la amplia aprobación que habían merecido las Reglas:

“Hay que hacer cuatro modificaciones muy accidentales y son:
1ª. Que la oración de la noche se tenga antes o después de la costura o estudio.
2ª. Que se varíen unas palabras del primer artículo de los Principios Generales.
3ª. Que sólo haya ejercicios espirituales una vez al año.
4ª. Que en los ejercicios de las niñas, en vez de pláticas, la Directora, a falta del Director, dé los puntos del ejercicio siguiente. Nada más han corregido. Pero, como puedes suponer, esto me hace escribir mucho y no tengo tiempo”[Notas 33].

15.5. Catador de esencias. Las Sentencias Espirituales

Qué verdad es que la paz es madre fecunda de las artes y de la reflexión creadora. En este corto período de 1888 a 1891, se propuso el P. Faustino una tarea de mucho empeño y de largo alcance: reunir un cuerpo de Sentencias Espirituales, que fueran como un comentario a las Constituciones. Esas sentencias no se concibieron sin relación con ellas, sino como formando un cuerpo de doctrina. La concepción fue original. No era fácil acometerla con alguna probabilidad de éxito. Pero el P. Faustino se sabía valorar intelectualmente. No se arredró ante la idea y sin más se la comunicó a su “muy amada en el Señor, Ángeles”. Después amplió la idea –que le gustó- a la formación de las niñas. Esas sentencias serían copiadas de la Biblia, los Santos Padres, los autores espirituales, y otras las inventaría él Se sentía capaz.

Veamos lo que dice a Sor Ángeles, referente a su pensamiento. Empieza tratando el tema de una copia de las Constituciones y sigue así:

“4º. Yo quisiera, sin embargo, que te esperaras un poco, a ver si yo podía irte mandando algunas sentencias y consejos que deseara poneros después de cada capítulo.
5º. Mi objeto, al añadir esas sentencias y consejos, es facilitaros medios de poder hacer mejor vuestras pláticas y apoyarlas siempre en palabras de la Escritura y en la doctrina de los Santos y Padres de la Iglesia, que dan mayor autoridad.
6º. No vayas a figurarte que ese ramillete que, Dios mediante, pienso hacer, cuesta poco; tengo que andar como la abeja, libando las Sagradas Escrituras y los Stos. Padres, para entresacar la quinta esencia de las flores que más hagan a mi propósito y común aprovechamiento.
7º. También deseo enviarte unas “prescripciones generales” que me harán sudar un poco antes de pergeñarlas.
8º. Deseara mandar igualmente unas “Promesas” que, a mi juicio, debéis hacer después de los Ejercicios y renovar los días de Retiro, pero esto pide lo que no tengo: mucha virtud y ciencia, para compilar en pocas palabras lo más alto de la virtud verdadera.
9º. Cuando, Dios mediante, haya preparado estas y otras cosas que aún faltan, a mi juicio, ya te mandaré el orden y distribución de los capítulos; que no puedo hacerlo todo a un tiempo, por más fácil que tal vez te parezca ¡Hay que pensarlo tanto! ¡Es todo de tanta trascendencia!
10º. Créeme, hija mía, que si yo, en conciencia, pudiera desentenderme de todo esto, a buen seguro que no sería el hijo de mi madre el que consignase siquiera una palabra ¡Hay tantos cabos que atar! ¡Dios me lo tome en cuenta de mis pecados!”[Notas 34].

Tenemos al P. Faustino en funciones de Fundador y P. Espiritual. Es un momento interesante de su vida. Siente toda la responsabilidad que ello supone. De nuevo desearía echarse atrás, pero la conciencia de que fue Dios quien le eligió, le sostiene. Y eso le llena la cabeza de proyectos e ilusiones: era la inspiración. Leamos como ejemplo una carta a Sor Ángeles en la que se lanza a sintetizar ideas espirituales en frases concisas y bien cortadas:

“Pipiola: No seas golosa, que son más sanos los dulces secos que los bizcochos borrachos.
Para los amantes de Dios lo amargo es dulce y lo dulce amargo. No hay cosa más a propósito para producir el amor de Dios que el madero de la santa Cruz.
Cuánto mejor es estar con Cristo en la cruz que mirándole de lejos.
Tanto valemos cuanto Dios nos estima.
Dios estima a proporción de lo que se le ama; y no es mala señal el que sientas que se te ha escondido.
Mejor es el humilde que sigue a Dios que el que hace milagros.
Los ángeles sólo nos envidian en que podamos sufrir por Cristo.
La tentación mientras nos desagrada es materia de virtud, aunque nos moleste toda la vida.
¿De qué tiene que entristecerse una religiosa sierva del que será para siempre su alegría?
Cuanto más lejos crees a Jesús, más cerca lo tienes. Gloríate en su cruz.
La que busca consuelo en la oración y cuanto hace, pretende convertir el maná en carne.
Un alma justa está más unida con Dios cuando padece abandonada y desamparada, que cuando goza consuelos y consolaciones sensibles.
Las sequedades son el crisol en que se refina perfectamente el oro puro de la caridad.
La que besa igualmente la mano de Dios lo mismo cuando da que cuando quita, ha llegado a gran perfección.
Las rosas secas tienen más olor y fragancia que las frescas.
El asado no es menos sabroso que el guisado.
Los estómagos fuertes se mantienen mejor con viandas sólidas que con líquidos y ligeros.
El amor de Dios no consiste en consuelos ni ternezas; de lo contrario Jesucristo no amaría al Eterno Padre al confesarse triste hasta la muerte y al clamar: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Santa Catalina de Sena prefirió la corona de espinas a la de piedras preciosas.
Más vale una chuleta sin salsa, que una salsa sin chuleta; y una perdiz sin naranja, que una naranja sin perdiz”[Notas 35].

Juzgue el lector de la pericia del P. Faustino en el difícil arte de escribir sentencias. Los temas que trata giran al derredor de la “doctrina de la Cruz”. Algunas llevan el sello inconfundible de aquél en el lenguaje mismo que emplea. Después emprendió la tarea de escribir sentencias para las niñas en ejercicios; las denominó “Alfileres”[Notas 36]; esto es, adornos del alma. En sus cartas hay, por lo menos, dos listas de estos alfileres[Notas 37]. En la número 221, del 5 de marzo de 1891, se sintió poeta, no excelente, por cierto. Versificador fácil, no más. Termina estos empeños de escritor de sentencias en dicho mes de marzo. Ya para entonces estaba metido en una disputa estridente con el P. Provincial, Marcelino Ortiz.

15.6. El P. Faustino, ¿rígido o amable?

Conviene que el lector tenga datos para que pueda resolver este dilema que plantea el mismo P. Faustino con sus palabras. Según mi parecer, lo plantea más con las palabras que con los actos. Y esto ya es diciente. Pero como sus palabras son duras y a veces hirientes, vamos a traer a la consideración del lector otras palabras suya que nos dan a conocer la otra faceta de su personalidad. Además estas palabras que vamos a leer son de esta misma época de su vida: de los años que van de 1888 a 1890. Los seres humanos no son simples ni unifacéticos, y para conocerlos es preciso no olvidar ninguna de estas facetas.

Interesa que quede en claro que el P. Faustino era así: contradictorio en la confrontación tirano-padre, para juzgarle como educador, y más precisamente, como educador de sus hijas. ¿Las quería llevar a la santidad a punta de lanza o por el camino del amor? ¿Con la Regla interpretada con rigor o con la suave fuerza de la convicción y el convencimiento? Veamos más datos que nos orienten en el juicio.

“Di a Rosalía que no le escribí, porque yo llegué con mis consejos hasta donde pude; que Dios no quiere privar a sus criaturas de su libertad y del mérito de usar bien de ella. Que la elección es suya, para que lo sea el mérito, no sólo de ser o no ser religiosa, sino de una u otra religión… En una palabra, que haga los Ejercicios y me diga lo que resuelve, y que, si quiere, se quede ya en ésa, segura de que tiene que luchar mucho con el demonio, por lo que ella se ha resistido a Dios; pero que triunfará y será santa, que para eso le dio Dios ese corazón de ángel y la llama a ser cofundadora de esa Institución que vio nacer… En fin, que desde hoy queda abierta la correspondencia de corazón a corazón; por tanto, que escriba sin firma o nombre, no sea que se pierda; que ponga una cruz con dos patas duplicadas”[Notas 38].

Con Rosalía ha llegado a esa relación de corazón a corazón. El clima es distinto del que se contempla desde la Regla sin esa relación. Precisamente ese mismo día, 19 de marzo de 1889, escribió otra carta en la que no existía esa empatía dicha:

“No revoco lo dicho respecto al nº 5; declino en ti y en todas vosotras la responsabilidad de no aplicarle inmediatamente lo mandado. Por mi parte solo le doy un mes de plazo para que lo mire bien y se enmiende. Si así no lo hiciere, lo dicho, dicho; toda manzana podrida fuera al punto; no quiero, mientras yo sea vuestro Director y responsable de eso ninguna nota discordante, y que lo sepan todas”[Notas 39].

Volvamos a encontrar al Padre:

“Bien concedido el permiso a las Hermanas, que las pobrecitas de mi alma lo necesitan, para tomar aliento. Abrázamelas todas en mi nombre, como yo os abrazo y beso a todas en el Sacratísimo Corazón de Jesús; y a ti, que lo haga Concha por mí; que Ceferina podría estrujarse y no quiero te hagan más daño del que os desea a todas, todas, vuestro abuelo que quiere ver de un día para otro mayor santidad y que todas tiréis de este pobre viejo, para que también suba con vosotras a cantar las eternas alabanzas del Cordero inmaculado y que me procuréis llevar igualmente a todas las almas que podáis”[Notas 40].

Ahora la corazonada envuelve a toda una comunidad. El afecto lo hace profundamente humano.

Dejando otras frases dispersas por sus cartas, vamos a transcribir una que es la clave para dar vigencia plena a la faceta cordial del P. Faustino. El mismo se describe en las dos facetas: la del cumplidor exacto de la Regla y la del hombre movido por el afecto el amor sobrenatural a sus hijas:

“Me gusta que se mire por la estricta observancia de las Reglas y lo alabo, si se hace con la prudencia y caridad que aún las advertencias y reconvenciones más amargas; pero repruebo con toda mi alma el celo indiscreto y todas aquellas advertencias que en vez de llevar el convencimiento al alma y afianzar por él la observancia, inquieta los espíritus y acibara la vida religiosa.
Ninguno más fuerte que Jesús, nuestro amantísimo Salvador; nadie más celoso por la honra y gloria de su Eterno Padre y sólo una vez, no obstante, se mostró airado con los que profanaban su templo. Por lo demás siempre dulcísimo, siempre amable… mandándonos siempre que aprendamos de Él a ser mansos y humildes de corazón, si querremos conseguir la paz de nuestras almas.
Si el mismo Apóstol dice de las Escrituras que la letra mata y el espíritu vivifica, ¿cuánto mejor podemos decirlo de las Reglas? Espíritu, hijas, Espíritu; corazón y recto fin e intención en todo, es lo que habéis de procurar, en todo…
¿No habéis leído los once discursos de S. Alfonso para la preparación de la Navidad? ¡Cuánto y cómo nos enseña todo un Dios Niño! Pues S. Juan nos dice que todo lo que está escrito, lo está para nuestra utilidad e instrucción; para que aprendamos esas amorosísimas lecciones de todo un Dios hecho hombre sólo por nuestro amor.
Por el Santo Niño os ruego que nunca me obliguéis a que os explique las palabras de Jesucristo a sus discípulos, cuando le pidieron que bajase fuego del cielo contra las ciudades que no querían oírlos: “No sabéis de qué espíritu sois”.
¿Quién os sacó del mundo? El amor. ¿Quién os ha de conservar? El amor. ¿Quién os ha de prosperar en todo, todo? El amor y solo el Amor Divino.
Si ese no arde, si no abrasa a vuestro peco, si no os enardece y mueve para todo, si no ha de ser el resorte y motor al mismo tiempo de todas vuestras acciones, pensamientos y palabras…, romped esos hábitos y volveos al mundo… si no queréis haceros doblemente culpables por doblemente ingratas… Léelo ante todas las profesas”[Notas 41].

Notas

  1. El P. Faustino no fue un modelo de dicción “castellana”. Por ejemplo, casi siempre suprimía la conjunción “que” en frases como ésta: “quiero que me digas”. Él escribía “Quiero me digas”. Esa supresión es propia del lenguaje hablado, pero en el escrito, sobre todo si es casi continua, hiere el oído. Por ejemplo, en el párrafo que hemos copiado: “cada vez más unidos quiero sigamos”.
  2. En el colegio de Getafe existe una tribuna en el corredor que va de comunidad al coro de la iglesia. Esa tribuna da encima del Sagrario. Se ve el uso que el P. Faustino hacía de la misma.
  3. Cfr. carta nº 11, sin fecha, de 1888. Desde ahora citaremos las cartas por el libro “Cartas del P. Faustino”, edición del Pío Instituto Calasancio de Jijas de la Divina Pastora, Madrid, 1985.
  4. Cfr. ibídem, nº 20, del 11 de noviembre de 1889.
  5. Cfr. ibídem, nº 27, del 1 de enero de 1889.
  6. Cfr. Carta nº 13, 7º, del 11 de noviembre de 1888.
  7. Cfr. ibídem, nº 15, del 15 de noviembre de 1888.
  8. Cfr. Carta nº 103, de 1889, sin fecha. En la carta nº 37 dice también: “¿Cuándo me has cogido en mentira? ¿No te llamo hija en todas mis cartas? ¿Crees que te lo llamaría, si no te tuviera por tal? Hija y muy hija y tanto más cuanto mejor me seas”. En la nº 60 dice: “Ojalá sigas oyendo la voz de Dios, que es el que así te ha hablado y quiere para Esposa queridísima, no para una temporada sino para toda la eternidad. Dichosa tú, si fueses fiel como debes y prefirieses ya la muerte a faltarle en nada”.
  9. Cfr. carta nº 40, del 12 de febrero de 1889.
  10. Cfr. carta nº 82, del 16 de mayo de 1889.
  11. Cfr. carta nº 55, del 26 de mayo de 1889.
  12. Cfr. carta nº 47, del 13 de mayo de 1889.
  13. Cfr. carta nº 42, del 19 de febrero de 1889
  14. Cfr. López, Salvador: “Psicología y vida consagrada”, Ediciones Paulinas, tercera edición, Bogotá, 1977.
  15. Cfr. carta nº 43, del 19 de febrero de 1889.
  16. Cfr. carta nº 43, del 21 de febrero de 1889.
  17. Cfr. carta nº 87, del 30 de mayo de 1889.
  18. Cfr. carta nº 99, sin fecha, de 1889. Puede leerse la carta nº 67, para comprender el pensamiento y el sentimiento del P. Faustino sobre el “amor” y la vida religiosa.
  19. Cfr. carta nº 119, sin fecha, de 1889.
  20. Cfr. carta nº 78, del 1 de mayo de 1889.
  21. Cfr. carta nº 79, del 2 de mayo de 1889.
  22. Cfr. carta nº 55, del 26 de marzo de 1889.
  23. Cfr. carta nº 68, del 2 de abril de 1889. Es esta una de las cartas claves para comprender su mentalidad, expresión de su personalidad.
  24. Cfr. carta nº 100, del 7 de septiembre de 1889.
  25. Cfr. carta nº 15, del 15 de noviembre de 1888.
  26. Cfr. carta nº 40, del 12 de febrero de 1889.
  27. Cfr. carta nº 41, del mes de febrero de 1889, sin fecha.
  28. Carta nº 48, del 14 de marzo de 1889.
  29. Carta nº 53, del 21 de marzo de 1889. Véase lo que dijimos sobre las Bases en las pp. 101 - 102.
  30. Cfr. carta nº 52, del 20 de marzo de 1889.
  31. Cfr. carta nº 84, del 21 de mayo de 1889.
  32. Cfr. Carta nº 89, del 2 de junio de 1889. Los dos padres de que habla el P. Faustino son probablemente, según el P. Anselmo, los PP. Calixto Soto y Carlos Lasalde.
  33. Cfr. carta nº 90, del 4 de junio de 1889.
  34. Cfr. carta nº 35, del 22 de enero de 1889.
  35. Cfr. carta nº 146, del 1 de abril de 1890.
  36. Parece ser que se llamaban así algunos adornos femeninos. Lo dice él en dos cartas. En la nº 143 habla de un joven que afirma ser feliz de casado, con una joven pobre, de quien dice: “Lejos de malgastar nada, hasta con lo que mensualmente le doy para alfileres, como suele decirse, va formando un capital”.
  37. Cfr. cartas números 220 del 3 de marzo de 1891 y 221 del 5 del mismo mes y año.
  38. Cfr. carta nº 50. Merece la pena leerla toda.
  39. Cfr. carta nº 51, del 19 de marzo de 1889.
  40. Cfr. carta nº 27, del 1 de enero de 1889.
  41. Cfr. carta n1 124, del 5 de enero de 1889. Los subrayados son nuestros.