EstudioPsiquicoEspiritual/16 La crisis de 1890 - 1891

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

15 En Getafe definitivamente. 1888 - 1925
Tema anterior

EstudioPsiquicoEspiritual/16 La crisis de 1890 - 1891
Índice

17 Aislamiento voluntario. 1891 – 1897
Siguiente tema


16 La crisis de 1890 - 1891

Hemos visto que el período de la vida del P. Faustino desde 1888 fue uno de los más tranquilos y fecundos. Estamos en el cénit de su existencia, cerca de los sesenta años de edad. Él celebra esa proximidad al año sesenta, empezando a llamarse El Viejo o El abuelo.

A estos años, en que había profundizado su conciencia de fundador y de Padre, van a seguir dos de profunda conmoción psíquica y espiritual. También ellos serán fecundos y creadores, pero en otro sentido, mediante el sufrimiento.

Antes de describir esta crisis, digamos algo de los viajes que realizó en este período a Sanlúcar, para fortalecer y animar a sus hijas.

16.1. Viajes a Sanlúcar en el período 1889 - 1890

Durante él acudió a Sanlúcar una vez al año, durante las vacaciones, a solicitud de sus hijas, que lo anhelaban porque lo necesitaban. Su presencia y sus orientaciones eran indispensables.

Viajó en junio de 1889. Ese año no encontró inconveniente, porque estaba en muy buenas relaciones con los superiores de la Orden. En efecto, en una carta de ese mes lo dice a Sor Ángeles:

“Estuve con el Provincial y con el General (se trataba del Vicario General de España, P. Manuel Pérez), que se me presentaron como nunca. El Padre Rector no digamos”[Notas 1].

Llegó a Sanlúcar el día 17 del citado junio. Presidió los exámenes de las niñas y revisó, como era natural, toda la vida de las novicias. Para éstas fueron días de íntima satisfacción.

Viajó de nuevo en 1890. Pero este viaje no fue tan fácil como el anterior. Las relaciones con los superiores eran otras, porque, siendo año de capítulos y de elecciones, las personas habían cambiado. Por eso escribía el Padre a Sor Ángeles:

“A los señores de Argüeso (diles) que ni aún sé si iré, que lo dudo… Caso de ir, será tarde…El Provincial anterior no quiere dar ninguna licencia, y el nuevo Dios sabe cuándo tomará posesión”[Notas 2].

El nuevo Provincial era el P. Marcelino Ortiz. Su elección no le presagiaba nada bueno. Le conocía bien, porque había sido su compañero de estudios.

16.2. Primera profesión de votos simples de las Hijas de la Divina Pastora

El Padre pudo estar en Sanlúcar todo el verano, porque las religiosas, que aún eran novicias desde 1885, deseaban hacer la profesión. Sería la primera de la naciente Congregación. El hecho era, pues, de trascendencia. Sor Ángeles nos ha conservado algunos recuerdos del acto:

“Cuando teníamos cinco años de novicias, preguntamos si podíamos hacer la primera profesión y al decirnos que sí, se lo pedimos al Padre, que mandó la petición al Cardenal de Sevilla y envió un Visitador para visitarnos y ver cómo seguíamos.
Estábamos en perfecta unión y quedó complacido al ver nuestros trabajos y el número de niñas que teníamos. Se llamaba D. Santiago González, que nos quería y compadecía al vernos tan solas. Concedió la profesión a las cinco primeras. Nosotras, muy contentas, se lo comunicamos al Padre y ese pidió permiso a sus superiores y, como estábamos en vacaciones, vino unos días. Todo arreglado, se decidió se hiciese este acto en una iglesia, porque la capilla resultaba pequeña. Se habló a la Abadesa de Regina, que era la hermana del Sr. Arcipreste, y nos dejó con amplitud para prepararla. Pero coincidió que iba a celebrarse el 2 de agosto, que cumplían los cinco años. El Padre invitó al acto a las autoridades y para predicar en la función a un famoso Padre escolapio, Francisco Campaña, y para cantar al P. Carmelo Godinach de Jerez. El día 2, todo preparado, se celebró la fiesta, acudiendo al acto numeroso personal de las niñas con sus padres, todo el clero y el Alcalde. Desde allí vinieron todos al colegio, donde fueron obsequiados.
Como los PP. Escolapios estaban muy disgustados por la mala impresión que había en el pueblo, por haber trabajado a que se marchase el Padre a Getafe, los invitamos al acto y fueron el Padre Rector y el P. Eduardo Camallonga, admirados de ver cómo había subido el colegio en tan poco tiempo, efecto del mucho trabajo que tenían y a las esfuerzos y buena voluntad de las religiosas, que no se dormían en el desempeño de sus obligaciones”[Notas 3].

Había nacido una nueva Congregación en la Iglesia y había nacido asistida por la Escuela Pía, más allá de

toda miseria humana: estaba el Fundador, estaba en el gran predicador, P. Jiménez Campaña, y estaba en la comunidad de Sanlúcar, aunque con restricciones. Estaba sobre todo en el empuje con que nacía aquella obra, reflejo del carisma educativo del P. Faustino.

Éste, terminado el acto, se volvió a Getafe. Pero su presencia en Sanlúcar hizo renacer en muchos, tanto de Sanlúcar como de Sevilla, la nostalgia de poseer la riqueza de la personalidad del P. Faustino. Esto será el origen de la crisis que pasamos a estudiar.

16.3. Origen de la crisis

Como hemos visto, el Cardenal-Arzobispo de Sevilla nombró Visitador de las calasancias al Presbítero Magdalena, que siempre había mirado con buenos ojos al P. Faustino y su obra. Y no era él solo. La presencia del Padre y el triunfo de aquel pequeño número de religiosas reavivó el deseo de muchas personas influyentes de Sanlúcar y de Sevilla de que el Padre volviera a su colegio y a dirigir de cerca a las religiosas. No conocemos con nombres propios a los que iniciaron aquel movimiento “pro retorno del P. Faustino”[Notas 4].

El Padre, vuelto a Getafe, siguió, sin sospechar nada, con el mismo género de vida que había llevado antes de su viaje a Sanlúcar: escribir cartas a un ritmo abrumador, en especial a Sor Ángeles, que él tenía al tanto de la marcha del colegio y de la vida de las religiosas. Atendía también, por cartas, a la formación de las jóvenes que ingresaban al Postulantado y hacía propaganda de la Congregación, con entusiasmo de joven y con miras muy altas. En una carta le decía a Sor Ángeles:

“Si yo hubiera tenido en cuenta lo que tú dices que para ti “son ahora los trabajos”, nada hubiera hecho, porque yo no tuve más que disgustos, trabajos y, en fin, persecuciones…, que Dios y solo Él sabe”[Notas 5].

No es fácil ver en estas palabras una alusión a su salida de Sanlúcar. Pero el pensamiento sobre el presente y el porvenir de las recién profesas no le abandonaba. Por eso en octubre escribió a Sor Ángeles sobre el problema de los capellanes y sus atribuciones, y de pronto dejó caer esta sugerencia,

“Si el Sr. Obispo quisiera cambiar de Director, que os nombre al P. Oliva”[Notas 6].

Esto, aunque no había sido sino un inciso en la carta, alarmó a Sor Ángeles. Y contestando a ésta escribió el P. Faustino:

“Me llama la atención que tanto te sorprenda lo que te digo de nombrar Director al P. Oliva, caso que el señor Obispo quiera variar. ¿No recuerdas que os dije que antes de pedir o autorizar la petición de Roma, para que aprueben una Congregación suelen variar al Director y Confesor, a ver cómo se conforman las Religiosas y cómo obedecen y sobrellevan las pruebas? Pues nada más fácil que el día menos pensado os encontréis con eso. Y llegado que sea ese día, ya no puedo daros ningún consejo, ni escribiros para nada. ¿Dime ahora si es mejor prevenirte a que luego te lamentes? Ese fue mi objeto; tómalo por donde quieras”[Notas 7].

Aún no sospechaba el P. Faustino la tormenta que se avecinaba. Faltaban sólo unos días para que estallara. Veamos.

16.4. La carta bomba

El nuevo Provincial, M.R.P. Marcelino Ortiz, había recibido varias peticiones para que permitiera la vuelta del P. Faustino a Sanlúcar. Lo mismo que el Padre Vicario General y el Padre Rector. Sabemos que el origen de estas peticiones no fue el Padre, aunque ignoremos los nombres. El Padre Provincial “malició” que era el mismo P. Faustino el inspirador de tales solicitudes y –sin ulterior averiguación- escribió a éste una carta que hizo época en su vida. Fue como una bomba que estalló entre sus manos sin previo aviso ni sospecha alguna. Esa carta le causó la herida más honda que hasta entonces había recibido. Dios mide el momento de las pruebas, cuando decide probar a un hombre. Para el P. Faustino había llegado ese momento. Leamos la carta y luego veremos la conmoción psíquica que le produjo.

“Real Colegio de Escuelas Pías de S. Antonio Abad. Madrid, 10 de noviembre de 1890.
Muy estimado P. Faustino:
1)Ayer oí leer una carta de Sevilla, que produjo en mi ánimo indignación y lástima a la vez y de ella quizás sea S. Reverencia instrumento o quizás tenga toda la culpa, creando a los Superiores un grandísimo disgusto y conflicto. De una u otra manera su honra de buen religioso le obliga a protestar e insistir con los recomendadores a que desistan de tales recomendaciones.
2)Allá en el mes de agosto vinieron deferentes cartas al Rmo. P. Vicario General, alguna a mí y otra al P. Rector de este colegio de personas influyentes, para que V. R. fuera trasladado o al colegio de Sanlúcar o al de Sevilla.
3)Este modo indirecto de obligar al Superior, quitándole la libertad de disponer de sus súbditos como crea conveniente en el Señor y privando al súbdito del mérito de la obediencia, me desagradó en sumo grado, porque es contrario a nuestras leyes.
4)Supongo a V.R. enterado de todo, porque no se concibe tal movimiento de influencias sin que llegara a su conocimiento. Yo no creí conveniente el trasladar a V.R. a ninguno de los dos colegios por lo que diré luego y a todos los recomendantes di una atenta negativa, dejando a S.R. en muy buen lugar.
5)Como las cosas parece que se han enredado algún tanto, voy a hablarle con toda claridad, como sabe que acostumbro. El religioso que busca recomendaciones o no las rechaza quiere hacer su voluntad y va directamente contra el voto de obediencia: en esto creo que estamos conformes. Siempre he tenido a V.R. por un buen religioso y tenaz en el trabajo. El celo por la salvación de las almas inspiró a S.R. la creación de una Asociación de mujeres, cuya organización desconozco. Esto fue en Sanlúcar. No soy opuesto a que se trabaje por todos los medios posibles en bien de las almas, pero nosotros los religiosos Escolapios no podemos perder de vista el fin principal de nuestro Instituto y todo cuanto se haga ha de subordinarse a este fin esencial de nuestro ser. Lo que un Escolapio haga, prescindiendo de los deberes de tal Escolapio, no puede ser acepto a los ojos de Dios: es una ilusión, es un engaño del demonio, que se vale de un medio, para conducirlo a la perdición. Pues bien: apenas fundada dicha Asociación (supongo sería con la autorización de los Superiores) V.R. vivía más para ella que para la Escuela Pía. Pasaba casi todo el día, el tiempo posible, en la casa de las asociadas, escatimando los minutos al colegio, lo que dio qué decir dentro y fuera: aflojaron o disminuyeron los bríos que siempre desplegó V.R. en sus clases, hasta el punto de haber tenido quejas formales de los exámenes, probando todo que lo único que lo único que le preocupaba era lo de las Hermanas o como se titulen. Prescindo de las quejas llegadas por haberse instituido V. R. en curandero.
6)Enterado de esto, llegaron las cartas recomendaticias, que fueron muchas y fuertes. Yo comprendí (o malicié, si quiere V.R.) que todo era movido por V.R. mismo. Porque ellos ¿qué interés podían tener en que V.R. se halle en este o en aquel colegio?
7)Vi y veo el peligro que hay en que vuelva V.R. a Sanlúcar y por eso no accedí ni accederé a su traslado a dicho colegio ni a ninguno, pidiéndolo seglares, muy dignos en verdad, pero que no saben ni están obligados a saber nuestras leyes, que prohíben valerse de recomendaciones.
8)Por conclusión: Ahora que V.R. está enterado de que el Sr. Rector de la Universidad de Sevilla, el Sr. Deán, el Sr. Arzobispo, el Sr. Mochales, el Sr. Sánchez Toca, que yo sepa, tratan de conseguir el traslado de V.R. desde Getafe, donde le puso y tiene la obediencia, a otro, es ocasión de pedirles, como buen religioso, que desistan de tales recomendaciones. Así lo espero de su religiosidad.
Su Hermano en J.C., Marcelino Ortiz de la Natividad”[Notas 8].

Ha sido necesario transcribir entera esta carta, aunque larga, porque de su contenido depende la reacción psíquica del P. Faustino. Sin conocer la espada, no sería posible comprender la profundidad de la herida que causó.

Al leer el P. Faustino estas palabras, inundó su alma una ola de sorpresa, primero, y de indignación y rechaza después. Su ánimo se puso tenso. Cuando esto ocurría, todas las energías de su alma se polarizaban en una dirección: devolver el injusto ataque de una manera victoriosa[Notas 9].

Pero antes de estudiar la reacción del P. Faustino, estudiemos someramente la carta del P. Marcelino Ortiz.

16.5. La carta del P. Marcelino

La hemos dividido en números para facilitar su estudio y las citas.

Una lectura poco atenta de la carta nos da un mal concepto de su autor: está mal redactada, es desordenada en los temas y temeraria en las acusaciones; patentiza un celo indiscreto y atolondrado, que se dejó cegar y le hizo caer en contradicciones.

Lo más grave es que está toda ella fundada en una suposición falsa. Eso la invalida en todas sus partes. Es una imprudencia, indigna de un Superior Mayor, lanzar acusaciones graves contra un religioso ejemplar, basadas en una suposición falsa. Esto nos lleva a pensar que la carta era la expresión de una vieja antipatía con el inculpado, y que el inculpador aprovechó la ocasión, cogida por los pelos, para resarcirse de antiguas querellas[Notas 10].

Otro fallo imperdonable del P. Marcelino es el haber ignorado toda la espiritualidad del P. Faustino; estudiada por nosotros en el capítulo anterior. Ignoraba también todo lo relativo a la fundación de las religiosas. ¿Qué sabía entonces del P. Faustino? ¿Cómo pudo lanzarse a semejantes acusaciones?[Notas 11]

Por eso es difícil evitar el juicio condenatorio del mismo P. Faustino, aunque dicho en su estilo, de una manera dura y gráfica: “Con razón afirman todos los que la leen y entienden nuestra lengua (escribía al Padre General, italiano) que la carta del P. Marcelino es un costal de basura”[Notas 12].

Precisando más su estudio, decimos que el nº 1 supone falsamente que el P. Faustino conocía y alentaba el movimiento de simpatía hacia su persona, nacido en Sanlúcar con motivo de su última visita. Nos dice además que escribió la carta indignado y con sentimiento de lástima hacia el P. Faustino, lo que indica que no sólo había juzgado al súbdito, sino que ya lo había condenado.

Nº 2. En él comunica al súbdito el cuerpo del delito que le imputa. Debía haber empezado por ahí, añadiendo lo que luego dice en los números 6 y 8.

Nº 3. Le acusa de que está violentando a los superiores a que hagan su voluntad, siempre desde una falsa suposición.

Nº 4. Le acusa de instigador del movimiento, porque no puede suponer que los recomendantes hubieran pedido su traslado sin su consentimiento. Lo mismo vuelve a decir en el nº 6.

Nº 5. Le dirige todo un sermón, totalmente superfluo, ya que no había cometido la culpa que le atribuía. Le acusa de seis culpas, que el P. Faustino le exigirá después que demuestre[Notas 13].

Nº 6. Le dice que había comprendido que todo estaba movido por el mismo P. Faustino.

Nº 7. Le anuncia que no consentirá que vuelva a Sanlúcar.

Nº 8. Le dice por fin quienes habían pedido su vuelta a Sanlúcar.

Todos estos fallos del P. Marcelino los aprovechará el P. Faustino para fustigarle a su placer en los escritos en que hizo su defensa, como cuando le acusa de haber “recogido las habladurías del arroyo”. Veamos el camino seguido en la defensa.

16.6. Recurso al Padre Vicario General

Lo primero que hizo el P. Faustino fue recurrir al P. Manuel Pérez, Vicario General. Esta carta se ha perdido, pero el mismo P. Faustino nos ha dado un resumen de la misma en la que dirigió al Padre General, de Roma, el día 5 de enero de 1891. Es interesante citarla aquí:

“Son las acusaciones que contra mí se lanzan en esta carta tan graves por lo que en ella se contiene y tan gravísimas por la persona que a mí las dirige, que creo un deber de conciencia ponerlo en conocimiento de V. P., a quien no puedo suponer le sea indiferente el que uno de sus súbditos, siquiera sea el más indigno, viva con la tranquilidad hija de sus acciones o con la inquietud o desasosiego consiguientes a las calumnias que contra él se lanzan.
Cuál sea un estricto derecho el camino que yo debiera emprender, por fortuna o por desgracia, lo conozco perfectamente, y conste que, aun indignado y hondamente herido por la carta transcrita no quiero dar paso alguno ante tribunales que depuran la verdad, sin antes consultar a V. Rma., que ambas cosas hago con la presente.
Quedo esperando su contestación con la impaciencia que puede suponer V. Rma., al ver que una autoridad de la Corporación se ha dedicado a la tarea, en mi concepto poco envidiable, de recoger del medio del arroyo inculpaciones no disculpables ni en mis mayores enemigos, si es que los tengo”[Notas 14].

Aparece aquí claro que la carta del Padre Provincial fue tomada como una herida personal. La velada amenaza del recurso a los tribunales de justicia laicos[Notas 15]no creemos que pueda interpretarse como una amenaza para intimidar, sino más bien que debe hacerse a la luz de los puntos 7, 8 y 9 de la carta al General de Roma, del 8 de febrero de 1891[Notas 16], como una muestra de buena voluntad de composición y arreglo, siempre con las condiciones que ponía el P. Faustino: la reparación de su honra.

Observe el lector que el P. Faustino no se centra en el estudio de sus propias reacciones ante el ataque, que habría sido el único camino para llegar a controlarlas. Se coloca únicamente ante las injurias recibidas y ante su derecho a la defensa. Esta falsa posición estuvo a punto de perderlo. Por ello debemos confesar con tristeza que aún no estaba el P. Faustino preparado para afrontar esta prueba; estaba desenfocado. El mundo de las relaciones interpersonales no se controla sino desde el propio dominio. Esto es verdad sobre todo si intentamos alcanzar la perfección humana y la santidad. El P. Faustino no advirtió esto o tal vez lo intuyó al fin.

Siguiendo su itinerario de quejas y de petición de justicia, nos encontramos con una carta al P. Ricci, General de Roma, del 5 de enero de 1891[Notas 17], que también nos interesa leerla porque expone otras ideas necesarias para comprender al P. Faustino en esta ocasión importante de su vida y aclarar su posición completa ante el ataque del P. Marcelino y ante su avance hacia la santidad o su retroceso. Veamos:

“Rmo. P. General de las Escuelas Pías. Roma Reverendísimo: El día 16 de diciembre pasado mandé a S. Paternidad una carta en los siguientes términos:
Reverendísimo:
Le resultará a S. Paternidad extraño y nuevo que un hijo desconocido le escriba esta carta. Pero se enterará con el tiempo que lo que busca es una cosa muy distinta que una cuestión personal. Para conseguir esto después, tomo ahora ocasión de un problema que ha surgido entre un servidor y los PP. Provincial y Vicario General. Y deseo saber cuanto antes si está S. Paternidad dispuesto a resolverlo, si lo someto a su autoridad. Soy el primero en tratar el problema con atrevimiento, pero pronto habrá algún otro que seguirá mi ejemplo. Pero estoy dispuesto a toda solución, siempre que sea justa. Manda S. Paternidad y será obedecido. Su humilde hijo en Cristo”.
Supongo que esa carta copiada se perdió ya que no tuve contestación. Por eso, antes de recurrir a los tribunales seglares, se la vuelvo a mandar a su Paternidad, para que resuelva lo que esté conforme con el derecho.
Su humildísimo hijo en Cristo Jesús, Faustino Míguez”.

Al principio de la carta el P. Faustino le dice al General que lo que él busca al escribirle esta carta no es un problema personal, aunque éste existe y es grave. Le dice que después sabrá lo que intenta, porque no es el único que piensa acudir a él con esa cuestión, oculta ahora.

Tratándose de un lío con los superiores y visto que éstos no le hacen justicia, todo nos lleva a pensar que lo que el P. Faustino intenta otra vez es resolver el problema de la legitimidad de la autoridad de los superiores de España. Nos lo insinúa también el hecho de que en la carta al mismo Padre General, del 8 de febrero de 1891, número 7, vuelve a plantear ese problema de una manera cruda y casi en los mismos términos con que lo expuso en 1862, estando en Getafe[Notas 18]y en 1868 estando en Celanova[Notas 19]. Por eso le pregunta si estaba dispuesto a tomar en sus manos el caso de las injurias del P. Marcelino Ortiz. Según sus palabras, el caso presente es sólo el medio para conseguir aquello: “Se enterará con el tiempo que lo que busca es cosa muy distinta de una cuestión personal. Para conseguir esto tomo ahora ocasión de un problema personal”. Este problema le ha vuelto a renovar sus antiguas dudas y su intento de encontrar el auténtico camino.

Esto nos adentra de nuevo en las profundidades del alma del P. Faustino y explica –aunque no justifique- su tensión con los superiores y su fuerte reacción ante sus atropellos.

16.7. La respuesta del P. Manuel Pérez, Vicario General de España

En vista de que el P. Manuel Pérez no resuelve su problema, le vuelve a escribir, diciéndole que si no le hace justicia, piensa recurrir más arriba. A esta carta respondió el P. Manuel con la siguiente, que centra acertadamente el problema y le da la solución precisa:

“Pax Christe. Colegio de Escuelas pías de Barcelona. 10 de diciembre de 1890.
Muy estimado Padre Faustino Míguez: en el asunto en cuestión no hay motivo y por consiguiente lugar a apelación alguna, pues el P. Provincial ni siquiera un “Padre nuestro” le ha impuesto a S. Reverencia, aun cuando Ntro. Santo Padre nos dice: “Cumplan todos cualquier penitencia que se le imponga, aunque se le haya impuesto por un hecho no culpable”. En esta ocasión de puro amor propio la solución es obvia, natural, facilísima para un religioso que hace profesión de humildad, para un sacerdote que por su carácter está aún más obligado a ella, a imitación del gran sacerdote, Ntro. Señor J. C., para un director de almas, que, enseñando a las mismas la humildad con sus palabras, debe ir delante con su ejemplo. Quede tranquilo después de las explicaciones respetuosas y atentas del propio proceder dadas al Provincial. Dé con esto por terminada la presente cuestión y no escriba más sobre ella. Su afmo. Hermano en J. C., Manuel de la Madre de Dios”[Notas 20].

Estamos totalmente con el P. Manuel Pérez. La solución hubiera sido facilísima si el ofendido hubiese advertido que la solución era por arriba, por lo alto: aprovechando la ocasión para controlarse, perdonar y olvidar. También habría sido una solución, mejor que el pleitear, pensar que no ofende el que quiere sino el que puede. La carta del P. Marcelino Ortiz demostraba que él no podía herir. Mas esto tampoco es la verdadera solución. ¡Esta se halla únicamente en Cristo y en su perspectiva!

En vez de esto el P. Faustino se empecina e insiste en su punto de vista y cree que la solución del P. Manuel Pérez está amañada con miras políticas: defender al Padre Provincial. Por eso volvió a escribir al mismo Vicario General, entablando un juicio criminal contra el Padre Provincial, Marcelino Ortiz. Lo hizo con las siguientes palabras:

“Rmo. P. Vicario General de las Escuelas Pías en España.
Prohibiéndome los Sagrados cánones renunciar a mi honra gravísimamente ajada por el M.R.P. Marcelino Ortiz de la Natividad en carta que me dirigió el día 10 de noviembre próximo pasado y que transcribí a S. Rma. el día 12 del mismo mes en consulta y apelación que no se ha dignado aceptar, entablo demanda criminal ante V. Rma. contra dicho Padre y pido en justicia pruebe todas las acusaciones que en la referida carta lanza contra mí, para que, de ser ciertas, se me aplique el tanto de pena que merezca, y a que desde luego me someto gustoso, y de lo contrario, recaigan sobre el mencionado P. Marcelino las penas que contra el que calumnia e injuria imponen nuestras Constituciones y la Constitución de S. Pío V de 25 de marzo de 1566, que no hacen distinción de personas. Esperando se dignará acusarme recibo de esta demanda para los fines consiguientes, es de V. Rma. inútil hijo en J.C., Faustino Míguez de la Encarnación”[Notas 21].

Es acomodaticia la interpretación que da el P. Faustino de los “sagrados cánones” en relación con su honra. Lo que los cánones pueden hacer es admitir el derecho a defenderse, pero no pueden obligar a defenderse, si uno quiere renunciar a ese derecho.

En vista del silencio del Padre Vicario a esta demanda de acuerdo con su propósito de no intervenir más, el P. Faustino acudió al General, pidiéndole que obligara al P. Marcelino Ortiz a demostrar sus acusaciones. Enumera seis, ya enunciadas antes, y añade que si éste que son verdaderas, él pagará gustoso la pena que le imponga. Termina intentando otra causa criminal contra el Padre Vicario, Manuel Pérez, por no haberle escuchado. El P. Faustino llegaba hasta el fin en sus actos, siguiendo las exigencias intrínsecas a su posición primera.

16.8. Última carta al Padre General, del 8 de febrero de 1891

El P. General se puso en la misma línea del P. Manuel Pérez: la de encontrar la solución lejos del derecho y de la ley, en la caridad fraterna. Y por fin el P. Faustino accede. Leamos su respuesta al General, P. Mauro Ricci:

“1. Sea como dice, Rmo. Padre; muchas gracias (por la respuesta). Pero séame permitido terminar con unas pocas palabras un asunto que requeriría muchos folios. Lo que usted llama “observaciones” sería mejor llamarlas ofensas e injurias graves y lo que afirma servir para mi utilidad y la de la Orden, afirmaría yo servir más bien para la perdición de entrambos, si usted conociera las cartas que le escribí al P. Marcelino, respondiendo a tres del mismo.
2. ¿Es observancia manchar de limo a un viejo sexagenario que no se mete en nada, que siempre está en casa y cumple constantemente con su oficio? ¿Es utilidad de la Orden o de los religiosos maltratar a los súbditos y crear conflictos a la Comunidad con un modo inconsiderado y sumamente rústico de obrar? ¿Se conserva la Comunidad cuando se miente abiertamente y se piensa con los pies afirmando que fui yo quien buscó las recomendaciones, siendo así que son ellos los que me buscan? ¿Se puede llamar utilidad el asegurar con falsedad e imprudencia que yo trabajaba menos en las clases, cuando en 35 años académicos sólo me suspendieron tres alumnos en una materia de las muchas que expliqué, menos que el mismo P. Marcelino y el P. Vicario en una sola de las materias que explicaron y eso todos los años? ¿Hay justicia en quejarse de que tuve dos alumnos suspensos cuando en el mismo curso los demás profesores tuvieron 34 y el año siguiente el que me sustituyó tuvo 28 en las mismas materias que yo expliqué? Este último no obró con más flojera, porque sin género de duda jamás sudo trabajando. ¿Sabe lo que dice al afirmar que yo vivía más para la nueva Institución que para el Colegio, confesando a continuación que yo sólo pasaba en aquella casa el tiempo prefijado? ¿Dónde está, pues, el pecado y la injusticia? Con razón afirman todos los que la leen y entienden nuestra lengua que la carta del P. Marcelino es un costal de basura.
3. Siendo las cosas así, ¿acaso faltan las causas? ¿Es lícito, pues, calumniar e injuriar? Hágase, por tanto, desaparecer los Mandamientos del Decálogo, nuestros Cánones penitenciales, la Constitución de Pío V y todas las obras morales y jurídicas.
¿Es acaso cosa censurable el haber cumplido yo con mi deber constantemente durante cuarenta años y haberme portado de tal modo que por ello merecí el favor y benevolencia de muchos hombres notables, célebres por sus cargos eclesiásticos y civiles y el habérseme ofrecido hasta la dignidad episcopal y pingües colocaciones, que pocos habrían desechado, las que yo pospuse siempre a mi hábito?
4. Añade usted que los Superiores ¡usaron de su derecho! Ciertamente, pero para la destrucción y para el escándalo de los súbditos principalmente, y en modo alguno para edificación y provecho de los mismos. Por eso los buenos religiosos que conocieron los actos descabellados del P. Marcelino y su obstinación en no reparar el honor ultrajado, los reprobaron ofendidos, habiendo sido uno de los Asistentes quien los reprobó más de una vez.
Pero no reivindico de las calumnias e injurias únicamente mi honor, sino también el de la Institución que fundé y dirigí contra mi voluntad, llamado por el Emmo. Cardenal Ceferino González y obligado por mis Superiores, a los que3 rogué que no me permitieran aceptar, porque ya preveía las envidias que me habían de venir de mis Hermanos. Lo hice también en defensa del honor de las asociaciones de la Escuela Pía y de personas notables que tanto me aprecian, cuyo Presidente fui, pues la deshonra de la cabeza deshonra también al cuerpo; la del hijo deshonra a la madre; la del hombre apreciado, a los que le aprecian. ¿No es así, Reverendísimo Padre?
5. He aquí un nuevo motivo para los que me persuadían a no desistir del pleito o de la acción judicial empezado a favor del honor de las personas arriba indicadas y de mi propio honor; estas personas llevaban muy a mal que abandonara lo empezado y dejara sin terminar y sin haber alcanzado el objetivo que perseguíamos. ¿Pues qué me importa a mí que puedan pedir o no mi traslado, llevando yo una vida muy placentera y tranquila, mucho más que hace cuarenta años, en esta Comunidad observante? Pero según parece, hasta esto me envidian y se han conjurado para quitármelo; pero inútilmente, porque Dios está en todas partes. ¿Es este el modo de poner dificultades a aquellos que sin ser rogados, atendiendo a su utilidad y tal vez a la nuestra, insisten en pedir mi traslado?
6. He dicho que atendiendo tal vez a nuestra utilidad, porque nos estiman en alto grado y se lamentan de la (mala) fama pública de nuestro Superior de Sanlúcar, la cual dista mucho de la de un buen religioso, al cual a pesar de todo los Superiores defienden con un empeño ciego y echan de menos (los que nos aprecian) que no haya algún sacerdote anciano que al menos con su ejemplo le obligue a cumplir con su deber. Si duda de lo que digo, consulte al Emmo. Cardenal González, Arzobispo dimitido de Sevilla, y a su sucesor; pregunte también al Arcipreste de Sanlúcar, D. Francisco Rubio y Contreras, fundador y patrono de nuestro colegio, y al Confesor. D. Antonio Bautista, al cual insultó el referido Superior en la Calle más concurrida, porque él (D. Antonio) había rogado a las madres de algunas niñas que solicitasen su acceso a sus casas[Notas 22]. Interrogué por fin al Rmo. P. Juan Martra, el cual me respondió, al denunciarle yo cosas muy graves: “Ya sé estas cosas y otras cosas; pero te ordeno por obediencia callarlas, porque estas cosas perjudican mucho mi mala salud”. Le ruego que pregunte y hallará muchísimas más cosas, tanto más dignas de lamentarse cuanto que son amparadas temerariamente por los Superiores.
7. Ni dudo que juzgarían en contra mía las Congregaciones Romanas y a favor de los Superiores, según suelen hacerlo y lo hicieron en la subsanación subrepticia (si es que se puede subsanar la nulidad de nuestros Capítulos Provincial y General del año 1869. Dígame, si no: ¿Es válida una elección hecha con voto dudoso, más aún, nulo? Y a pesar de todo, así fueron hechas las elecciones del Provincial y de los Vocales en el Capítulo de las dos Castillas en el año antes nombrado. Así se hizo la elección del Vicario General y así se han hecho todas las elecciones posteriores hasta ahora; la renovación de nuestro sistema de gobierno se hizo con una subsanación de esta clase… Por todo lo cual yo renuncié al Rectorado, y nombrado de nuevo Rector, renuncié otra vez, aún con la promesa del Provincialato próximo; y renunciaré mil veces por deber de conciencia cuanto me ofrezcan ni oiría las confesiones, sino fuera porque tengo licencias anteriores.
8. En vista de lo cual no acudiría a las Congregaciones Romanas sino a la Rota Española, donde tendría una victoria segura, la cual dejaré para cuando padezca una nueva e injusta agresión, pues amo ampliamente a la Escuela Pía; siempre me entregué por ella y en el futuro me sacrificaré, con el favor de Dios, y sacrificaré mi honor, que amo más que a mi vida, si así lo cree (S. Paternidad) oportuno.
Dije que obtendría la victoria por la completa semejanza de mi pleito (con el P. Marcelino) con el llevado por el Canónigo Manterola contra el Cardenal Payá, al cual de nada le sirvió tan alta dignidad, porque cuando se oyen las partes aparece lo que es justo y se da a cada uno lo que le corresponde. ¿Se ha hecho esto en el pleito promovido por mí? ¿Se formó un tribunal para juzgar? ¿Dónde está el estudio de la causa y la sentencia?
9. Pero si a pesar de todo me exhorta a que desista de lo empezado, lo haré con mucho placer, para darle gusto, no por evitar un mayor daño. ¿Qué daño se me puede infligir mayor que el que me han infligido mis Superiores? ¿Qué vale más que el honor, que ellos me han arrebatado? ¿Por quién se promoverían las disensiones domésticas sino por el que hubiera dado el motivo? ¿Quién es el que a conciencia promueve las disensiones en una casa, sino el que inconscientemente y con enorme justicidad es la causa de las mismas con sus obras? Callo muchas cosas, que lamentaría (Su Paternidad) si las conociese. Pero dispense y adiós.
Getafe 8 de febrero de 1891. Su humildísimo hijo en Cristo, Faustino Míguez de la Encarnación”[Notas 23].

Asombrosa carta de un viejo de sesenta años. En ella palpita el alma entera del P. Faustino con sus amores, sus virtudes y sus defectos. No es fácil discernir lo positivo de lo negativo. Intentemos estudiar su psiquismo, partiendo de los datos que ella nos proporciona. Ensayemos medir, en cuanto es posible, sus avances hacia la meta suprema que llamamos santidad.

Empieza la carta aceptando el consejo del P. General. Dato importante para juzgar la totalidad del asunto. Su dureza no es empecinamiento ni terquedad. Es ardor por la justicia, y ahora nos va a dar otra justificación -según él- de su actitud: anhelo de defender la honra de la Congregación y de sus amigos (nº 4).

En el nº 2 nos da algunos datos asombrosos de su actividad docente y de sus éxitos.

En la segunda parte del nº 3 nos descubre otro aspecto de sus éxitos: ¡llegaron hasta ofrecerle una mitra!

En el nº 4 aparece como defensor de la honra de los suyos. No es necesario negarlo y es un mérito evidente. No podía dejar a los suyos en la estacada, según afirma en el nº 5.

En el nº 6 descubre datos sobre la conducta indigna del Rector de Sanlúcar y por fin descalifica al ex Vicario General, P. Martra.

En los nn 7 y 8 arremete contra las Congregaciones romanas y nuestros Capítulos Generales de España, sobre todo del año 1869.

Y llegamos al final del escrito, el nº 9. Todo el escrito es un paréntesis entre la sencilla expresión con que empieza la carta: “Sea como dice, Rmo. Padre” y este nº 9: “Pero si a pesar de todo me exhorta a que desista de lo empezado, lo haré con mucho placer, para darle gusto, no por evitar un mayor daño”. (Aquí se le enciende de nuevo el fuego interior y añade): “Callo muchas cosas, que lamentaría (Su Paternidad) si las conociese. Pero dispense y adiós”.

Estas palabras son importantes para juzgar la actuación del P. Faustino en este momento de su vida. También lo son para juzgar si avanza o retrocede en el camino de la santidad. Ante el pedido del Rmo. Padre General, deja la lucha, sin disimular sus ganas de proseguirla, pues, si la deja no es por evitar ulteriores inconvenientes. No la abandona como vencido, pues ningún superior le ha condenado o le ha demostrado que no tenía razón, si bien es verdad que uno, con acierto, le ha dicho que habría sido mejor no haberla empezado.

Durante la pelea de su ardor llegó a parecer obsesión de luchar. Pero al final lo domina ante la petición del General.

No obstante, dejar el combate no significa haber conseguido apagar el fuego. Hay personas a quienes les resulta difícil liquidar una emoción, la cual se prolonga en el tiempo. A otros les es más fácil. Ciertos psicólogos han llamado “secundarios” a los primeros; y a los segundos, “primarios”. El P. Faustino fue secundario, según eso. Volveremos a verlo de nuevo emocionado hasta con peligro de renovar el incendio. Mas ese hecho no es indicio de retroceso en la virtud. ¿Cuáles son los hombres virtuosos, los primarios o los secundarios? Virtud significa valor. Juzgue el lector quién necesita más valor para controlarse, si el primario o el secundario. Por ahí podrá juzgar al P. Faustino, envuelto en olas de pasión persistentes, levantadas por la carta del P. Marcelino.

De momento lo dejamos abierto a la reflexión y a la paz. Esperemos que ésta vuelva a su espíritu profundamente alterado.

Echemos ahora una mirada al conjunto de la conducta del Padre en esta crisis que estudiamos.

16.9. Reacción del P. Faustino

La reacción del P. Faustino[Notas 24] a la carta del P. Marcelino fue violenta y duradera. Fue extraordinaria, incluso consideraba dentro de su manera ordinaria de reaccionar. Le hirió en lo que más amaba y por eso le hirió profundamente. Contribuyó también a reforzar ese efecto, lo sorpresivo e inesperado del ataque.

Empecemos por decir que los juicios que vamos a emitir los hacemos desde el punto de vista de nuestro estudio: el de comprobar si avanza o no hacia la santidad. Si el punto de vista fuera exclusivamente humano, el juicio sería diferente y más benévolo. Hablando humanamente, el P. Faustino tenía razón sobrada para reaccionar como lo hizo.

Pero desde nuestro punto de vista, tenemos que decir que su reacción fue desproporcionada. Contribuyó a ello el hecho de que la carta del P. Marcelino le hirió en lo que él tanto amaba, la sinceridad de su proyecto de santificación, y de que fue herido por sorpresa. Él ni esperaba ni sospechaba que pudieran atacarle por ese lado.

Pero providencialmente fue bien elegido el blanco del ataque: el de su orgullo de “buen religioso”, el de su honor de hombre íntegro y sincero, y de fundador de una congregación religiosa. Debemos afirmar que reaccionó primeramente a la herida de su propio honor, y secundariamente a la ofensa al honor de sus religiosos y de sus amigos[Notas 25].

Cuestionar su conciencia de escolapio de avanzada, de hombre sin hipocresía, recto y claro en su vida, y de religioso que buscaba sobre todo la perfección religiosa y la gloria de Dios, era ponerle banderillas de fuego. Para haber reaccionado positivamente en línea con la verdad absoluta, necesitaba ser santo. Hubiera supuesto una visión de su alma con la luz misma de Dios, propia de una gracia mística. No tenía aún esa visión de su interior. No podía ver que muchas veces, mientras creemos buscar el honor de Dios y el bien de las almas, estamos buscando secretamente nuestro propio honor[Notas 26].

Es verdad que las expresiones que salieron de su pluma en esta ocasión fueron extremadamente duras y en la carta final al Rmo. P. Mauro Ricci, irreverentes para los Superiores y para las Congregaciones Romanas. Pero si consideramos cómo terminó todo, sometiéndose al consejo del General, tenemos que reconocer que toda la tormenta levantada fue una tormenta seca: mucho trueno sin granizo. No fue ésta la única ocasión en que le sucedió esto. Muchas de las cartas en que truena contra alguna de sus hijas “discordante” terminaron en lo mismo[Notas 27].

Por eso creemos que esta tormenta levantada por el P. Faustino después del ataque del Padre Provincial, fue de esta naturaleza. Lo cual no es quitarle responsabilidad, ni afirmar que no hubiera sido mucho más hermoso que no hubiera habido truenos. Pero la santidad requiere experiencias traumáticas que sirven de escarmiento y de aprendizaje. Sólo entonces nos es dado exclamar: ¡Oh feliz culpa!

16.10. Juicio final

No es fácil emitir un juicio final. Ni esto le compete exclusivamente al escritor. También el lector tiene derecho a decir su palabra, pues leyendo los documentos transcritos tiene los elementos de juicio. Son los mismos que usa el escritor.

A pesar de ellos podemos concluir con estas palabras: existe ya un juicio dado por el Vicario General de España, P. Manuel Pérez[Notas 28]. “En esta ocasión de puro amor propio -dijo- la solución es obvia, facilísima, para un religioso que hace profesión de humildad, y para un sacerdote, que por su carácter está aún más obligado a ella, a imitación del Gran Sacerdote, Ntro. Señor Jesucristo…”

Ciertamente la solución habría sido facilísima para un santo o para un hombre calmado, no así para uno cuya alma era un huracán de pasiones cuando se le atacaba injustamente.

El juicio del P. Manuel Pérez, aunque certero en parte, es parcial. Por eso hemos de completarlo. Pero, al intentarlo, corremos el peligro de aparecer como apologistas del enjuiciado. A pesar de este peligro, creemos que no somos aprioristas, si recordamos estos hechos, que también son datos objetivos; primero, su forma de ser apasionada; y después, las realidades positivas de su vida en aquel momento. La vivencia de sus ideales[Notas 29] y la existencia en su alma de ciertos principios de vida religiosa que eran barreras que él había puesto libremente a sus arrebatos emocionales: la obediencia a los Superiores y el amor a la Orden[Notas 30].

Existe otro dato valorable en este sentido. El sufrimiento que le produjo esta crisis al tener que dominar el huracán de sus emociones. Esto no se hace sin sufrimiento. Y el sentimiento forma y enseña[Notas 31]. No es posible dejar de reconocer que el P. Faustino, a pesar de todo, logró controlar el huracán, sometiéndose al final.

16.11. Consecuencia de la crisis: la renuncia a la dirección de las Religiosas

La carta al Rmo. Padre General, Mauro Ricci, del 8 de febrero de 1891, fue el momento en que aceptó callar oficialmente ante los superiores de la Orden.

Pero en su ánimo existía aún un tumulto difícil de apaciguar del todo. En medio de las meditaciones y oraciones de los meses que siguieron llegó a una conclusión casi inevitable: el Padre Provincial no veía con gusto que estuviera al frente de aquellas religiosas de Sanlúcar. Desde que le llegó a la mente este pensamiento hasta que se decidió a poner por obra la renuncia que exigía, debió vivir horas muy amargas. Tenemos una carta del mes de abril de 1891 en la que hay unas frases que nos dicen que esto fue una realidad. Nos muestran la veta de amargura que había en el fondo de su alma y que en estas circunstancias había aflorado a la superficie. Dicen así:

“No creo ver en lo que S.S. manda que cada religiosa tenga un confesor extraordinario y (otro) ordinario, sino todas uno mismo ordinario y otro extraordinario, y más libertad para consultar con más frecuencia. Yo así lo entiendo; la que obre de otro modo y desmoralice la Corporación, su alma, su calma, con su pan se lo coma. Y no diré más sobre eso, porque sería indicar que eso nació muerto o está ya desmoralizado. Y si así es ya o ha de ser en adelante…, que se hunda todo cuanto antes. Esto es lo que siempre he pedido al Señor todos los días en la Misa: si no ha de ser para honra y gloria suya y bien de las almas, lo disipe todo como humo en el aire”[Notas 32].

Ahí está su ideal, mezclado ahora con un claro pesimismo circunstancial. Empieza a preparar a las religiosas para que un día no lejano se enteren de lo que ya había hecho: renunciar a la dirección de la Congregación; les dice lo siguiente el 18 del propio mes:

“Aunque yo fuese (a Sanlúcar) no me había de examinar por vosotras ni por las niñas, y por eso ninguna falta hago. Recuerda lo de ‘murió nuestro Padre S. Francisco y maldita la falta que nos hizo’ y repetidlo todas ya respecto a mí, que hago menos falta que S. Francisco, por lo mismo que nada soy y nada valgo”[Notas 33].

Aquellas pobres religiosas no entendieron lo que les decía con tanta claridad, porque nada sabían, ni siguiera podían suponer. Ignoraban toda la trama de los acontecimientos que nosotros hemos expuesto. Por fin decidió revelar el secreto que nublaba su alma. Les va a decir que ha renunciado, más aún no les dijo la fecha en que lo había hecho. Nosotros vamos a leer su carta del 4 de julio, fecha de la primera revelación clara de su renuncia y en ella lo vamos a ver envuelto aún en la oscuridad de su lucha interna. Los nubarrones siguen sobre su horizonte, porque las emociones no se han calmado todavía:

“Con muchísimo retraso he recibido, leído y releído el último párrafo de las efemérides del 11 al 23 del pasado, y por más que vuelvo a leerlo, no se me alcanza la significación de ciertas frases y ese empeño en que un pobre y viejo como yo emprenda un viaje tan caro y no exento de molestias.
Seguro de que no había de concedérseme permiso al efecto y conociéndome un poco, no quise proporcionar al que pudiera darlo el placer de negármelo, ni poner en el caso de tener, tal vez, que decirle que me lo otorgaría si no fuese para honra y gloria de Dios y bien de las almas. Esto aparte de que tendría que trabajar más en los dos meses que estuviese en ésa que en nueve de curso con mis clases.
Pero no es el trabajo, ni la negativa que tenía segura, ni el mismo fango que, según costumbre, pudiera sacudir sobre mí el que está cubierto de él desde los pies hasta la cabeza, si está por ahí. No, nada de eso me arredraría de ir a dar una vuelta y hacer por eso lo que pudiese, sino el temor de que se renueven las calumnias de antaño, culpándome de ir a ésa solo para proporcionar disgustos y conflictos a mis superiores con las altas recomendaciones que mendigo, haciéndoles violencia para que me devuelvan a ésa, donde no conviene mi presencia.
No por educación, ni por principios, he creído nunca decente el dejar de corresponder agradecido a las dignísimas personas que, sin merecerlo y dondequiera que he estado, me han honrado y honran con su amistad, ni tengo yo la culpa de esas atenciones y deferencias que, Dios se lo pague, me dispensan, no quepan en el menguado ánimo de ciertas personas siempre pesarosas de la estima y bien ajeno.
Y como merced a la no muy santa y discreta influencia de dicha persona los Superiores que solo transmiten los oráculos, como los ídolos, de los que hablan dentro; en fuerza de palparlos con sin igual falsía, contra mí no hay más arma ilícita que la razón, ni especialista alguno que pueda curar a los primeros la afección oftálmica que les impide ver la verdad por más que se les faciliten todos los medios al efecto, sin duda para no tener que corregir. No he encontrado otro recurso para evitar los dardos envenenados de aquella lengua infernal, que jamás respeta sagrado ni profano, que poner tierra por medio y renunciar al cargo, cuyo honor deseo y no el trabajo, abrigando sin embargo la convicción de que ni así perdonará su lengua al Director ni a las dirigidas.
Me hubiera guardado de manifestar lo dicho, si no se desprendiese del referido párrafo que ya mi Superior lo ha hecho y te lo han comunicado; me reservo mucho más para cuando me pongas al corriente de todo lo que te han dicho.
Que, si mi Superior jerárquico no tuvo reparo en exteriorizar lo que sus leyes le prohíben bajo severas penas, ni en llevar el agua a su molino, yo estoy en el deber de decir la verdad y confirmarla con documentos auténticos e irreprochables, para mirar por el decoro de las dignísimas personas que por mí se han interesado; volver por vuestro honor que se ha tratado de manchar, embadurnando el mío de repugnante porquería y devolver ésta a su procedencia, para que cada uno ocupe el puesto que le corresponde y por su constante proceder ha merecido”[Notas 34].

La crítica sigue aún acerada y cortante. La sombra del Rector de Sanlúcar, P. Alejandro Corrales, sigue proyectada sobre el papel, lo mismo que la desconfianza en el Provincial, su Superior jerárquico. La carta es una catarsis de su mundo interior traumatizado y sangrante. Toda esta andanada contra los émulos la lanzó cuando se convenció, por carta de la M. Ángeles, de que el secreto había sido roto por el Provincial mismo. Es entonces y sólo entonces cuando el P. Faustino declara su determinación de separarse de la dirección de sus hijas, y lo hace con solas tres palabras: “renunciar al cargo”. Se había considerado obligado a hacerlo por la incomprensión de los dos superiores, el de Sanlúcar y el de la Provincia, P. Marcelino Ortiz. No es inútil observar que a pesar de que habían ya transcurrido seis meses desde el envío de su carta al General, el silbido del huracán sigue oyéndose y aún tendremos que leer expresiones muy gráficas de esa realidad psíquica. Las va a escribir en la carta del 8 de julio de 1891, en la que por fin les dice a las religiosas la fecha exacta en que había renunciado al cargo de Director:

“Disgustos no faltan en lo referente al tema que nos ocupa, como podrá haber observado en la mía del 4; que no tengo porqué repetirlo.
Tampoco yo sé si es el demonio quien ha movido la lengua que más en el corazón pudo herirme. Lo que sí te aseguro es que ni cien víboras pudieran hacerme tanto daño en todo y para todo, hasta el punto de mirarlo todo con asco.
Yo ya no puedo dar licencia para renovar los votos ni para nada. Mientras el Sr. Arzobispo no provea otra cosa, procura tú asumir las facultades que el Reglamente te concede. Que yo ya no soy nada para vosotras desde el 9 del pasado, en que viendo no es la voluntad de mis Superiores que siga al frente de eso, mandé mi renuncia al Sr. Arzobispo por conducto del mismo P. Provincial, que fue a llevársela en persona, como ya lo habrás sabido, y a disculparse sin duda para con aquel, a su modo por supuesto…
Me darían una gran satisfacción si todas quemaseis hasta la última letra mía que tengáis en ésa y no sea oficial. Tuve intención de mandároslo antes de hacer la renuncia y se me pasó; ahora solamente os lo suplica vuestro ex Director que se encomienda a vuestras oraciones y os pide perdón de todas sus faltas y escándalos que os haya dado”[Notas 35].

Psicológicamente no deja de tener sentido el hecho de que el suceso más grave de toda su vida hasta el momento, la renuncia a dirigir su obra por excelencia, lo trate en la carta de un modo accidental, ya que en ella son otros asuntos los que ocupan la mayor parte de la misma.

Es notable la última súplica que les hace en la carta: que destruyan todo cuanto conserven de él. ¡Ya no puede mandárselo! Esa súplica es otro fogonazo sobre su vida psíquica. El P. Faustino tiene rasgos de estoico o de austero anacoreta. Después de haberle visto sumergido en un mar de emociones y pasiones, se nos aparece ahora como insensible a las mismas. Aquella súplica hecha a mujeres, y a mujeres andaluzas en su mayoría, es de una rigidez que nos asusta, y nos resulta difícil conectarla con la otra faceta de su personalidad. Pero ahí está para testimonio de una realidad psíquica suya y para hacernos ver lo difícil que es entender una personalidad tan compleja como la del P. Faustino. Acaba de hacer una catarsis con sus hijas, a las que les ha abierto el alma. La imagen de la víbora mordiendo el corazón es digna de las pinceladas de un genio de la pintura. Se va a quedar solo: ¿a quién descubrirá su mundo interno desde ahora?

Pero nos queda la última carta suya a sus hijas antes del silencio. La escribió aún, porque lo exigía la situación incómoda en que vivía mientras no supo si el Arzobispo de Sevilla había aceptado su renuncia. Fue escrita al día siguiente de la anterior y para confirmación de que él, sobre todo, era un padre. Se la arrancó la queja de sus Hijas de que las abandonaba:

“He recibido hoy, 9 de julio, la Efemérides del día 24 ppº al 5/c inclusive. Comprendo cuánto me quieres decir. Yo no os abandono. Me habéis costado mucho, para que os olvide. Pero es preciso imitar a la caña, cuando pasa el huracán. Si el Sr. Arzobispo nombra otro, ya no podré hacer ni deciros, que ninguna cosa debe ser gobernada por dos cabezas y, como espero que será uno mucho más capaz que yo, quedaré dando gracias al Señor, porque todo ha de ser para su mayor gloria, por más que el infierno brame y hagan coro con él algunos.
Y si quieres que te diga la verdad, deseo saberlo, porque mientras no sepa que han nombrado a otros, ni me avisen, no sé si se admite o no la dimisión y es una situación ambigua y perjudicial y poco agradable; como ya sucedió cuando mandé desde ésa al Sr. Cardenal por conducto del Sr. Provisor Magdalena, y no me la admitió, antes amplió y generalizó las facultades, según oficio y carta que obran en mi poder y creo vista alguna vez…
Creo que el Sr. Arzobispo nombrará al Sr. Vicario o al P. Oliva y de todos modos ganaréis el 100/1, con tal que acepte cualquiera de los dos. Lo que os encargo es que no les deis disgusto alguno… Puedes abrir, si quieres, la adjunta, y enviarla después bajo otros sobre al P. Oliva.
Parece que el Provincial y el Vicario General tienen especial empeño en hacer creer que yo no voy porque no quiero. ¿Pero cómo podría ir yo desde el 15 pasado, no habiendo examinado hasta el 29? ¿Cómo voy a pedir un permiso que no me han de dar o lo han de interpretar como medio para ir a buscar empeños que me vuelvan (sic)? ¿No recuerdas lo que te contesté cuando me dijiste el empeño del Instituto de Sevilla? Pues fue lo que más les indignó contra mí y más les picó, como ya me lo temía. Puedes decirle al Sr. Manuel Bedmar las razones por las que no voy. ¡Qué grande sería mi satisfacción en hacerle una visita!”[Notas 36].

Hagamos constar la afirmación de que el P. Faustino no podía abandonar a sus hijas. Tenemos suficientes testimonios en sus cartas –y nosotros hemos aducido algunos en el capítulo anterior- para saber que las amaba con verdadera paternidad espiritual. ¡No se olvida lo que se ama!

Ello da la medida del hecho casi increíble: desde esta carta no se conoce otra a las Religiosas Calasancias de la Divina Pastora hasta el o de septiembre de 1897. ¡Seis años de total incomunicación entre el Padre y las hijas! Ni se enteró por terceras personas de cómo seguían. Él había escrito que la Iglesia cambiaba de Directores para probar a los nuevos Institutos. Él admitía esa prueba. Sabemos además que había renunciado porque le constaba que no era voluntad de los superiores que siguiera en la dirección de su obra. Y él, consecuente como nadie, confió a Dios el cuidado de la misma, pensando de seguro que era otra manera de saber ciertamente si era obra de Dios o no. Si sobrevivía, estaría cierto de que lo era.

Y oró todos los días, porque era cierto –nunca mintió el P. Faustino- que “yo no os abandono (porque) me habéis costado mucho”.

Notas

  1. Cfr. Carta nº 94, del 14 de junio de 1889. El paréntesis es nuestro
  2. Cfr. Carta nº 106, del 5 de junio de 1890.
  3. Cfr. M. Ángeles, pp 16 y 17. A Sor Ángeles le falló la memoria: Fr Ceferino González había renunciado desde el año anterior, 1889. También hemos corregido la puntuación deficiente, lo mismo que la redacción, como el lector habrá observado.
  4. Pudo ser D. Santiago o alguno de los que el Padre Provincial nombro después en la fatídica carta que comentaremos: el Rector de la Universidad de Sevilla, el Arzobispo, el Deán, el señor Mochales, el señor Suárez Toca, etc.
  5. Cfr. Carta nº 195, sin fecha. En varias cartas de 1890 habla el P. Faustino de “Las efemérides”, que era una especie de “diario” que le enviaba Sor Ángeles, con lo que aquél estaba al día, pero que le exigía un trabajo abrumador, para llevar cuenta de todos los acontecimientos de aquella casa lejana.
  6. Cfr. Carta nº 179, del 17 de octubre de 1890.
  7. Cfr. Carta 180, del 24 de octubre de 1890.
  8. . Cfr. Vilá, p 213. Tomada de la carta que el P. Faustino escribió el 5 de enero de 1891 al General de la Orden, Rmo. P. Mauro Ricci
  9. El P. Faustino dijo al Padre General: “No acudiría a las Congregaciones romanas, sino a la Rota española, donde obtendría una victoria segura”. Cfr. Vilá, p 218, 8
  10. Tanto el P. Anselmo del Álamo como el P. Vilá en la “Positio” afirman que el P. Marcelino, inferior en dotes al P. Faustino, fue víctima de una envidia hacia su condiscípulo, mejor dotado. El mismo P. Faustino lo atribuyó a la envidia, cuando dijo: “Es que debo vindicar a la Institución religiosa que fundé y dirigí contra mi voluntad, reclamado por los Superiores…, porque preveía cuánto había de suscitar contra mí la envidia de los Hermanos” (Cfr. Vilá, p 217, nº 4).
  11. El lector puede ver también la opinión del P. Bau, 1, pp 265-266, citado por Vilá, p 171, y por Álamo, pp 269-297.
  12. Cfr. Carta del P. General, en Vilá p 217, 4.
  13. Cfr. Vilá, pp 215 – 216. Son éstas las seis culpas: 1ª. Que había pedido recomendaciones. 2ª. Que había proporcionado disgustos a los superiores. 3ª. Que había aflojado en el cumplimiento del deber. 4ª. Que los superiores habían tenido quejas de él. 5ª.Que su conducta dentro y fuera de casa, había dado ocasión a murmuraciones; y 6ª. Que sabía lo que estaban haciendo los que pedían su traslado a Sanlúcar. Véase el juicio de Vilá, pp 173 – 174.
  14. Cfr. Vilá, p 214, nn 3 - 5.
  15. En el tiempo en que escribía el P. Faustino no era raro este recurso de los religiosos a los tribunales laicos. El P. Faustino, en otras ocasiones, hace alusión a esta costumbre.
  16. Véase después en Vilá, pp 216 - 218.
  17. El P. Vilá, en la “Positio”, trae dos cartas del P. Faustino al General, de la misma fecha: una en la letra h) y la otra en la i). Ahora hablamos de la citada en la letra h), p 212.
  18. Véase antes, p 49.
  19. Véase antes, p 57.
  20. Cfr. Vilá, pp 214-215.
  21. Cfr. Vilá p 215
  22. Esta última frase es dudosa para nosotros. El texto latino dice: “…confesarium, D. Antonio Bautista, cui insultavit praedictus Superior in frecuentiori via, eo quo dille jusserat matribus quarundem puellarum ut rogarent huius adtum in domos suas”.
  23. Cfr. Vilá, “Positio”, pp 216 – 218. La traducción del latín es nuestra.
  24. Es interesante que el lector tenga ante los ojos las fechas de las cartas de que vamos a hablar. Vilá las expone en orden riguroso en la p 172.
  25. El P. Bau, en la “Biografía del P. Faustino Míguez: “La reacción del Padre fue la de no sentirse herido en su persona privada pero sí en su carácter de Director de una Institución Religiosa por él fundada”. (Cfr. Bau, 1 pp 166 – 167. Es verdad que se sintió herido por eso, pero también personalmente, como se evidencia leyendo sus palabras en más de una vez (véase el nº 3 de su carta al P. Ricci)” y éstas: “Tampoco sé si es el demonio quien ha movido la lengua que más en el corazón pudo herirme. Lo que sí te aseguro es que ni cien víboras pudieron hacerme tanto daño en todo y para todo, hasta el punto de mirarlo todo con asco”. (Cfr. Carta nº 241 del 8 de julio de 1891).
  26. . Esto es doctrina común entre los tratadistas de la vida sobrenatural. Los psicólogos modernos hablan de esto mismo cuando lo hacen de las motivaciones inconscientes. No es, pues, ningún recurso evasivo afirmar que el P. Faustino corría el peligro de estar buscando su propia gloria inconscientemente. En estos casos Dios se vale de las pruebas para hacernos descubrir esas motivaciones inconscientes y hacernos entrar en el verdadero camino de la santidad. Creemos que eso le ocurrió al P. Faustino en esta y en otras ocasiones.
  27. No debemos olvidar nunca, al juzgar el P. Faustino, que debajo del hombre adusto y justiciero, había una madre clemente. Lo hemos visto a lo largo del estudio.
  28. El P. Manuel Pérez fue uno de los Escolapios más ilustres del siglo XIX. Fue compañero del P. Faustino en el colegio de Sanlúcar. Por eso le conocía bien y su juicio tiene más valor. Escribió un libro de los que más ha alimentado la piedad escolapia, titulado “La Corona Calasancia”, historia de la espiritualidad de la Orden encarnada en la vida de sus héroes. Fue Vicario General de España desde 1884 a 1894, precisamente durante la crisis que hemos estudiado.
  29. Lo demuestra cuanto hemos dicho en el capítulo anterior.
  30. Juzgue el lector lo que era la obediencia del P. Faustino por este pasaje de una de sus cartas, en que cuenta un episodio ocurrido poco después de su salida de Sanlúcar: “El médico me vio, desde el principio y a las primeras de cambio me dijo: ‘A Sanlúcar otra vez; yo le daré un certificado de que así lo necesita, o iré yo en persona, si usted quiere, a su Superior’. ‘Ni lo uno ni lo otro, gracias’. Ni pedí salir, ni pediré volver, aunque supiera que me moría hoy mismo. Este ha sido siempre mi sistema y no lo cambio a lo último de la vida. Tengo que morir aquí o en otra parte. Lo mismo me da. Ya procurarán enterrarme”. (Cfr. Carta nº 76 del 23 de abril de 1889). El rasgo que estudiamos de respeto al Rmo. Padre General es otro dato de obediencia.
  31. Este aspecto de la crisis lo vamos a ver manifestado por el mismo P. Faustino en lo que nos queda por decir en este capítulo.
  32. Cfr. Carta nº 230, del 8 de abril de 1891.
  33. Cfr. Carta nº 238, del 18 de junio de1891.
  34. Cfr. Carta nº 240, del 4 de julio de 1891. El subrayado es nuestro.
  35. Cfr. Carta nº 241, del 6 de julio de 1891.
  36. Cfr. Carta nº 242, del día 9 de julio de 1891.