EstudioPsiquicoEspiritual/19 Descubre el desfalco de la M. Ángeles. 1907

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18 El P. Faustino vuelve a dirigir a sus hijas.1897 – 1906
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EstudioPsiquicoEspiritual/19 Descubre el desfalco de la M. Ángeles. 1907
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19 Descubre el desfalco de la M. Ángeles. 1907

19.1. Descubre el desfalco de la M. Ángeles

Llegamos a uno de los momentos más dolorosos de la vida del P. Faustino.

Un día -no sabemos cuál- descubrió la corrupción económica de su hija predilecta, la M. Ángeles León. Se rasgó el velo que le había impedido verla, a pesar de tantos indicios que él mismo había constatado. Y tuvo que comprobar que esa infidelidad pecuniaria la había arrastrado a otras infidelidades.

¡Por fin pudo atar tantos cabos sueltos como la conducta de la M. Ángeles le presentó durante varios años! Y se decidió a la acción sin contemplaciones. El 17 de agosto de 1907 escribió a la M. Concepción Hidalgo esta durísima carta:

“Reserva absoluta bajo la más estrecha responsabilidad.
Sor Concepción de Jesús:
A grandes males, remedios radicales. Sor Julia te remitirá el acta de deposición de Sor Ángeles. Si quieres firmarla sin protestas, bien… Si con protestas, fúndalas en razones bien expuestas, para no salir complicada con la depuesta.
También debes firmar los oficios.
Basta de paños mojados y de respetos humanos. O sea la Congregación como debe o no sea. Es decir, o todas a la calle.
Ni una transigencia más. Aquella a quien pese el hábito, que se vaya en cueros a la calle.
Faustino Míguez”[Notas 1].

Debió ser muy duro para su corazón escribir esta carta. Pero le vemos cumplir con decisión uno de los principios de gobierno: ¡Caiga quien caiga! Tiene frases particularmente duras: “… ¡que se vaya en cueros a la calle!”. Y como a pesar de todo, allá en el hondón de su ser era padre, algo se le estaba rompiendo por dentro al P. Faustino. El terrible desengaño que supone esta carta debió ser uno de los pasos más dolorosos de su vida y una de las purificaciones más hondas de su alma[Notas 2]. Le debió sumir durante días -que se repetirían por largo tiempo después- en una noche oscura y cruel. Supone pasar de una situación de confianza plena en su hija predilecta a una situación de desconfianza y de rechazo. Que medite esto quien haya pasado por experiencias semejantes y quien sea, como él, profundo y largo en sus cariños y afectos.

Debió dolerle comprobar que en alguna manera habían estado complicados con ella los sacerdotes P. Oliva y P. Suárez[Notas 3].

¿Y cómo soportó esta prueba? Saberlo nos proporciona la medida de su virtud. La vida gasta a los débiles, pero fortalece a los robustos. A lo largo de la vida hemos visto innumerables seres humanos “quemados” por los sucesos adversos y los desengaños. Pero hemos visto algunos pocos elevarse sobre sus dolores y contratiempos y seguir su camino, renovados e incluso entusiastas.

¿Quemó esta prueba al P. Faustino? La historia nos dirá que no sólo no se quemó sino que volvió a trabajar con ilusión y encontró otras almas en quienes confiar y con quienes comunicar sus ideales. ¿Dónde encontró la fuente de semejante energía? También nos lo irá diciendo él mismo con absoluta claridad: en el ideal de luchar por la gloria de Dios y el bien del prójimo: “El amor de Cristo nos estimula”.

Pero es preciso advertir al lector que no se deje impresionar por las frases duras y aceradas, incluso crueles, al zaherir la conducta de las dos religiosas que le produjeron esta herida. La prueba, que le está purificando espiritualmente, no le ha cambiado su manera de ser. Aparece él mismo, aunque interiormente es otro. La corteza dura oculta, como la nuez, un fruto sabroso, al ser capaz –como tantas veces hemos advertido- de atender a los valores altísimos que defendía y hacia los que empujaba a sus hijas. También sabrá Dios ir ablandando lentamente la dureza externa, hasta convertirlo en fruto maduro para la vida eterna. Así comprenderemos mejor lo difícil que es alcanzar la santidad por la vida ascética.

En cuanto al lenguaje que el lector va a encontrar en las cartas del P. Faustino en esta ocasión, debe tener presente el tormento interior en que lo empleó. El papel de la M. Ángeles en su obra había sido central; al verla fallar, debió pensar que su obra se venía abajo[Notas 4]. De ahí la tensión interior en que vive, la cual se expresa en la forma autoritaria que se nota en la carta transcrita y en otros en la forma autoritaria que se nota en la carta transcrita y en otros documentos que leeremos. Pero no se trataba del ejercicio “legal” de la autoridad, sino de la influencia moral de su paternidad espiritual, que le implicaba irremediablemente en la vida de la Congregación. Un maestro en el manejo de las leyes, como él era, no se dejó coger los dedos en este punto, a pesar de las acusaciones que formularon contra él Sor Antonia García[Notas 5] y el propio Arzobispo de Sevilla[Notas 6].

Leamos ahora sus palabras en esa dura ocasión. El primer comentario a su reacción violenta del 17 de agosto lo encontramos en una carta a la M. Julia Requena, que dice así:

“Amada hija en el Señor, Julia: Mucho me alegró lo de Chipiona, pero bien pronto me agrió esa satisfacción lo de Sanlúcar. No podían buscar ni hacer nada que hiriese más profundamente mi amor propio, que siempre lo he tenido en no querer deber nada a nadie y precisamente fuese una de las cosas que más recomendé: no se contrajese ninguna deuda. Trata, hija, de vender el pinar y de ver si puedes borrar esa ignominia que pesa, como plomo, sobre la Congregación. ¿A cuánto asciende todo? Ya llevo dos noches sin dormir; ayer lo pasé, casi todo, en cama. Eso me mata… de vergüenza. Aún no he podido ver al Sr. Obispo. Tan pronto lo vea y si da tiempo pondré un parte, diciendo solamente: conseguido, vengan, lo consabido, Viejo”[Notas 7].

Vemos, pues, que el pecado de la M. Ángeles fue el mal uso del dinero. Y no le atormentaba al P. Faustino el peligro de tener que ir a la cárcel por insolvente, sino la vergüenza de ser deudor. Aunque nosotros no lo entendamos, tenemos que reconocer que para él lo que está afirmando era la muerte. Tres días más tarde insiste en el mismo tema; en una carta a la misma M. Julia Requena:

“He estado en Madrid a ver al Sr. Obispo, que decían los periódicos que había regresado de Mondariz, y no era cierto; que está en Lourdes y no vendrá a lo menos hasta el 25. Lo que puedes hacer es traer las Novicias y aspirantes y si puedes la licencia para darles el hábito, y Dios dirá… Que traigan los libritos y objetos de estudios para no tener que gastar tanto. Lo mismo las ropas de cama… Quiero que me mandes una nota exacta de lo que se debe, para ver de pagarlo, si es posible, antes que salgan de ahí.
También antes que salgas debéis tener Consejo General para incapacitar para siempre y privar de voz activa y pasiva a la causante de tanta deshonra. Ya mandaré el acta redactada y la razón por qué no se ha complicado al Consejo y demás que debían haber denunciado tales abusos y aplicado los Principios de Gobierno.
Quiero que todas sepan que están obligadas a cumplir o hacer cumplir de arriba abajo y de abajo a arriba: Ser como se debe o no ser… Fíjate también cómo anda lo de las Misas. No quiero quede un cabo suelto, y caiga la que caiga. D. M., mandaré una carta para todas, recordándoles sus deberes y de lo que se hace responsable la que no cumpla, pese a quien pese…
Ya puedes suponer cuán poco gusto tendré para nada. ¡Trabajar tanto para que el diablo se lo llevase! ¡No hay castigo suficiente! No puedo más; escribe pronto para ver si puedo borrar esta nota de malas pagadoras, y ¡que después falte alguno mientras yo viva!”[Notas 8].

El problema del permiso del Obispo de Madrid para la instalación en Getafe, de las religiosas y novicias, se le convirtió al Padre en otro motivo de sufrimiento. No pudo conseguirlo sino muy tarde, aún presionando al Obispo con grandes recomendaciones.

Sus ideas sobre la deshonra de mal pagador, su rigor legal y su exigencia de que la transgresión de la ley debe sancionarse con el castigo, siguen inmutables. Continuemos oyéndole dar vueltas a las ideas que le atormentan en aquella hora.

Sigue aclarándonos más que el pecado de la M. Ángeles le había causado una deshonra monetaria. Y de nuevo se retrata a sí mismo con frases tajantes: “caiga la que caiga”, “pese a quien pese”. Por encima de todas las personas estaba para él el valor trascendente de la ley. De ahí el castigo como consecuencia “necesaria” en su mentalidad: “No hay castigo suficiente”. Y sigue insistiendo en la vergüenza del desfalco y la deuda consiguiente:

“Destinataria desconocida:
A todo trance quiero saber cuánto sube la deuda total. O pagas todo o levantas el campo y que se apoderen de todo. ¡Qué responsabilidad tenéis cuantas ahí habéis estado y no habéis avisado! ¿Constan en los libros las cantidades que yo entregué? ¿Y las de las medicinas que ahí y en Sevilla vendía la criminal? Repito, quiero saber todas, todas las deudas, para ver si pueden pagar o no y tomar una resolución… Haré lo que dices de Consuelo. Del P. Anselmo tuvo carta Sr. Ángeles. Antes la leí, opina como nosotros que es preciso lo desee y sepa lo que ha hecho. Que no la ha hablado todavía y que aún tiene la ropa empaquetada…
No me has dicho nada de la entrevista con el Vicario y quiero me lo digas o cuando vengas… Esta noche pasada a las 11 tuve que tomar medicinas para echar sangre y poder vivir, si no me muero de vergüenza. Ando mal, creo que eso acaba conmigo. En cambio la… regalándose lo que puede… Te bendice, El Mártir sin corona”[Notas 9].

Tenemos en esta carta la muestra de lo que es una enfermedad psicosomática: la vergüenza llegó a alterar el ritmo vital de su organismo, después de haberle trastornado el ritmo psíquico. Contribuyó a este trastorno psicosomático el sufrimiento de ver caer en el fango a su querida hija espiritual. Esa entrevista con el Vicario, de que habla el P. Faustino, nos indica que él sabía lo que tenía que hacer en el aspecto legal: los pasos que debían darse para la deposición y castigo de la culpable. Se confirma esto en la carta de 19 de septiembre de 1907, en la que la última palabra sobre la deposición se la deja al Consejo General, del cual él se siente sólo un consejero, aunque autorizado:

“Amada hija Julia, en J. Cristo: Ayer te mandé certificado un resguardo de 4.500 pts. Para que las cobres en casa del Sr. D. José Florido y pagues cuanto se deba… Te adjunto este croquis del Acta que debéis levantar en Consejo General, para que quites o añadas lo que no esté conforme con la realidad, que yo no quiero aumentar, ni disminuir. ¡Que se vea lo que se hace con el leño verde, para que teman los secos! No he podido ser más eficaz. El Mártir sin corona”[Notas 10].

Conforme lo dice el P. Faustino, el acta de deposición de la M. Ángeles León la escribió él, aunque no podemos estar seguros de que el Consejo General haya cambiado alguna expresión. Leamos ese acta como testimonio de esta tragedia moral:

“A todas las religiosas Pastoras, 23-IX-1907: Mis amadas hijas en J.C. que nos ha llamado a trabajar para su gloria, bien de las almas y salvación de las nuestras.
Terminada la Visita que después de tomar posesión de mi nuevo cargo, me ordenó Ntro. Fundador girase a las Casas para enterarme de su estado moral y económico y poderle hacer una relación verídica de ambos; toda la satisfacción que tuve al ver el excelente espíritu que observan y buena administración de las Casas de Monóvar y de Chipiona, se me aguó al llegar a la de Sanlúcar, cuya presión de espíritu y mala administración saltaba a los ojos. Bien a mi pesar, por el disgusto que preveía, hube de ponerlo todo en conocimiento de nuestro Padre Fundador, que dice no se podía figurar tan vergonzosos abusos de quien viste un hábito religioso y menos ejerciendo la autoridad superior de la Congregación, cuya honra debía procurar más que la suya propia y con cinismo sin igual rebajó ambas hasta la ignominia.
Lleno de amargura nuestro Fundador al verse herido en la fibra más sensible de su decoro, que siempre le ha llevado a no deber un céntimo a nadie y ofendido de que se hiciese todo lo contrario de lo que tantísimo encargó y precisamente por la que mayor empeño y obligación tenía de así hacerlo y obligar a que lo hiciesen, me ha mandado reunir el Consejo General y proceder al examen de los libros de cuentas de este Colegio de Sanlúcar y si no estuviesen en la forma que nuestras Reglas prescriben, se apliquen los Principios de Gobierno a la culpable y sin miramiento alguno, so pena de hacernos cómplices y como padrón de ignominia entre las Hijas de la Divina Pastora.
En cumplimiento de lo ordenado por el referido Padre, nos reunimos en el día de la fecha en este Colegio de Hijas de la Divina Pastora de Sanlúcar de Barrameda y empezando el examen por el libro de entradas notamos: 1º Que desde un principio no figuran varias cantidades que sabemos de cierto han ingresado; 2º Que tampoco constan algunas que Ntro. Fundador mandó para Misas que debían aplicarse en este Colegio; y 3º Que hay meses que no consta nada apuntado de cuanto ha ingresado.
Pasando luego al libro de débitos, observamos: 1º Notamos que desde 1904 nada se halla anotado. 2º Que hay deudas desde 1903. 3º Que ni aún se ha pagado la Contribución desde febrero del año corriente, dando lugar al enorme recargo de la misma. 4º Que aún de Misas que el Padre Fundador mandaba al Colegio, se están debiendo muchos meses… Aparte de otras mil cosas que después de las otras ni mentarse deben, por graves que sean, como entre otras el haber dispuesto del dote que trajo alguna postulante.
Por todo lo cual y prescindiendo del tiránico proceder de no dejar durante su malhadado generalato, de que por desgracia tan tarde se la ha depuesto, que sus súbditas pudieran enterar de todo al referido Fundador.
Vienen así a declarar y por la presente declaran a Sor Ángeles de Jesús privada por siempre de voz activa y pasiva e incapacitada para ejercer todo cargo honorífico y administrativo en nuestra Congregación y que debe ocupar para siempre el último puesto entre las Profesas, sin que por nadie ni por ningún concepto puedan levantársele estos castigos, que por la autoridad que abusivamente ejercía, esquivó por tanto tiempo.
Y puesto todo en conocimiento de nuestro Padre Fundador, se dignó aprobarlo y ordenó se comunique a todas las Profesas, para que sepan que las Reglas obligan a todas, tanto a las que mandan como a las que obedecen, y que deben aplicarse y se aplicarán lo mismo a las que quebrantan que a las que, sabiéndolo, no procuren poner remedio según está mandado.
Sanlúcar, septiembre 23-907. Aprobado todo lo acordado. Faustino Míguez”[Notas 11].

Después de leer este documento no es posible dudar de quién fue la culpable y cuál fue su pecado: “cuya presión de espíritu y mala administración saltaba a los ojos”. La presión de espíritu se explica mejor después, cuando habla “del tiránico proceder de no dejar durante su malhadado generalato… que sus súbditas pudieran enterar de todo al referido Fundador”. El pecado de desfalco económico está demasiado explicado de mil maneras en del documento y en las cartas del Padre[Notas 12].

Con la sola lectura de esta acta se advierte que la responsabilidad “legal” está tomada por el Consejo. Pero consta con la misma claridad que el P. Faustino empleó la autoridad moral orientadora de la vida de la Congregación, que fue dada por la misma Iglesia el día en que el Arzobispo de Sevilla le reconoció como Fundador, al aprobar las Reglas.

Leamos ahora el comunicado oficial con que el Consejo General hizo saber a la Curia de Sevilla la deposición de la M. Ángeles:

“El día 27 de diciembre de 1907 (evidente error: debe decir de 1906) fue elegida Superiora General de nuestra Congregación la M. Ángeles de Jesús y según el Cap. IV, artículo IV, de nuestras Constituciones, por razones concluyentes, para la más estricta observancia de nuestras Reglas, se ha encargado del Gobierno de nuestra Congregación la Primera Moderadora General, Sor Julia de Jesús. Lo que participamos a V. S. para los fines consiguientes. Dado en nuestra casa de Getafe a 27 de agosto de 1907. Sor Concepción de Jesús, 2ª Moderadora General. Expedido en Sanlúcar de Barrameda. Ilmo. Sr. Vicario Capitular”[Notas 13].

Esta acta fue la terminación “oficial” de una tragedia espiritual de la Congregación y del P. Faustino. Ya hemos dicho algo de cómo le afectó a él. Pero será difícil poder decir en qué medida afectó a la Congregación. Es verdad que poco a poco se fue reponiendo de este trauma; y es verdad también que la M. Ángeles perseveró en la Congregación. Pero no es menos cierto que ella estuvo presente en muchas situaciones ambiguas y dañinas que vivió la Congregación y de que hablan los documentos[Notas 14].

El trauma que vivió la M. Ángeles no fue inferior al que vivió el Fundador. El paso del primer puesto –no sólo en la vida de la Congregación, sino en el aprecio y afecto del Fundador –al puesto de proscrita, destituida y humillada en un acta oficial ante toda la Congregación, supone una herida tan honda en el psiquismo de una mujer, que difícilmente puede ser asumido y sublimado, en el sentido cristiano de esta palabra. Los hechos posteriores, y sólo los hechos, demostrarán si este milagro se realizó.

Lo que también necesitaría un estudio es saber cómo, bajo la dirección personal del P. Faustino, pudo llegar a una sima tan honda de abuso y traición a una amistad tan generosa y tan espiritual como la que conocemos por las cartas del Padre. Desde luego es cierto que su caída fue progresiva, como ya lo hemos visto.

19.2. La M. Ángeles en Getafe

La depuesta M. Ángeles fue trasladada a Getafe. Tal vez lo quiso el P. Faustino, para tenerla más cerca y poder observarla mejor. Pero allí se encontró con la M. Antonia García, también trasladada por castigo desde Sanlúcar de Barrameda. El P. Faustino debió hacer advertido que estando las don castigadas se unirían contra él en un movimiento psicológico inevitable. La situación interior de la M. Ángeles se tornó más difícil por vivir en un lugar extraño, sin la compañía de las que la habían acolitado en sus infidelidades y por el enfrentamiento con su propia conciencia. No contaba con ningún consejero amigo que la atendiera y la sostuviera. ¿Cómo extrañar que se entendiera con la M. Antonia? Oigamos al Padre asegurarlo:

“La que sólo se levantaba cuando quería, abriendo puertas que cuestan trabajo a las sanas, la que fingía no poder moverse (y de acuerdo con Sor Ángeles, que lo supo y no lo manifestó, como mandan las Reglas, consta de sus cartas…). Apuntes para cuando llegue su turno, para escribir su historia”[Notas 15].

Por si esto es poco claro, tenemos otras palabras del Padre que lo confirman. Dice de las dos, las MM. Ángeles y Antonia:

“Sofocando las más humildes súplicas y reiteradas protestas de las que deseaban la honra de la Congregación, sólo se preocupaban de gozarla, hasta que ellas mismas se desenmascararon y fueron llamadas al orden, según prescriben sus Reglas y era de justicia; más avezadas a lo contrario, trabaron amistad a lo Herodes y Pilatos y fraguaron la ruina de la Congregación a beneficio de su amor propio”[Notas 16].

La única salida auténtica de su pecado habría sido para la M. Ángeles pedir perdón a Dios con una sincera penitencia, y al P. Faustino, quien se la hubiera concedido si hubiera visto una confesión humilde y sincera[Notas 17].

Durante el tiempo que estuvo en Getafe –el mes de septiembre y parte de octubre de 1907- adoptó ante el Padre una actitud menos beligerante que la M. Antonia: seguía la marcha externa de la Comunidad. Por esto el Padre le permitió encargarse de las novicias y darles clase a las postulantes[Notas 18]. Su actitud externa fue más política que la de la M. Antonia: “Sigue la marcha ordenada que marca la Regla”[Notas 19]. Pero lo dicho arriba nos demuestra que fue solo eso, “pose” exterior de conveniencia.

Se ha conservado una carta de la M. Ángeles al P. Oliva o al P. Suárez (no se sabe), escrita ya en Monóvar, a donde fue desde Getafe, que nos describe su estado interior destrozado, como no podía ser de otra manera, por semejantes acontecimientos. Tiene esta carta detalles positivos de su actitud interior ante Dios. Leámosla:

“Muy amado Padre en Jesús y mío: Qué sorpresa tan grande va a recibir cuando vea le escribo desde Monóvar.
Recuerde que le decía en una mía que la M. Antonia había hecho una cosa, pues bien, esa cosa era escribirle al Prelado de Madrid, para que mandara un Visitador, que envió enseguida. Puede comprender cuál habrá sido la sorpresa de todas y más del Padre que nada esperaba.
Hubo un exploro general y en conciencia todas tuvimos que decir lo que ocurría. Se puso las manos en la cabeza asombrado de ver todo lo que estaba pasando. Además dijo que iba a enterarse de Sevilla, si tenían permiso para el traslado del noviciado a Getafe y para lo que han hecho conmigo, pues del Sr. Obispo no lo tenía. Esto fue el miércoles de la semana pasada y el sábado vino una comunicación, donde manda el Sr. Obispo que a mayor brevedad se levante el Noviciado y vuelva a Sanlúcar.
El disgusto y escándalo ha sido tremendo. De seguida fue llamada la M. Julia y ésta determinó que viniese una hija suya, Padre mío, a esta casa de Monóvar. Salí ayer 22 y, como pasaba por Madrid y tenía tiempo fui a hacer una visita y me encontré con el Visitador que me detuvo y preguntó si se había hecho lo ordenado; le contesté que sí, pues yo era la primera que salía para ésta. No puede figurarse lo interesado que está por mi asunto y lo mucho que se ha explicado el Sr. Obispo, tanto que por su consejo ha escrito al Vicario Capitular, y veremos lo que resulta.
¡Qué escándalo, P. mío! Hoy llegarán a ésa las Novicias, menos la Hna. Purificación, que le han puesto un velo negro y es la que me ha acompañado, pues está aquí destinada, después de la orden de que todas las Novicias a Sanlúcar.
Mi llegada aquí ha sido atroz; figúrese Sor Araceli y Teresa al verme abrazadas a mí, yo que poco me faltaba, no tenía ojos para llorar, me estoy venciendo y por las humillaciones que estoy pasando.
Cada día doy más gracias a Dios que mi Padre de mi alma me ha enseñado a sufrir con tranquilidad y paciencia. Sus buenos consejos y reprensiones hoy me sirven, pues yo misma no me conozco.
He recibido la suya del 17 y no puedo expresarle cuánto me consuelan, pues estoy en una cárcel; siempre espero la visita de un amigo y cuando veo su letra. ¡Ay Padre mío! Que mi corazón se desahoga, que mi corazón se ensancha, mi P., sí, mi Padre de mi alma no olvida a esta su desgraciada hija, pero afortunada si, como espero, me sirve esto de satisfacción por mis pecados. P. mío, déjeme que le diga una vez más que le quiero con toda mi alma y que le viviré siempre agradecida.
Creo que como quien no quiere la cosa, entere al señor Vicario de lo ocurrido pues debe estar en antecedente por si le piden informe de mí de Sevilla, como si lo supiera de otra persona, no de mí.
Veremos si a ésta me contesta pronto y debe hacerlo si algo sabe, poniendo dos sobres, como ahora, pero el de fuera dirigido al Administrador de Correros, para que no le cueste el sello. La M. Natividad, Ana y Teresa me dan sus recuerdos y su hija le pide oraciones con creces y que no le olvida y B.S.M.S.A.D.J. Estoy dando clase a las niñas con Sor Araceli”[Notas 20].

Esta carta es un caos de sentimientos positivos y negativos. Tiene de positivo la afirmación de que el sufrimiento le ha enseñado y que espera que le sirva de expiación de sus pecados. Pero se le ve enredada en buscar apoyos externos con procedimientos torcidos: se apoya en quien la acolitó con sus desmanes para que le haga más suave la caída y le ponga de su parte a ciertos jerarcas. Nos dice que le había escrito ocultamente antes y que estaba al tanto de los planes de la M. Antonia. Repetimos que no era ese el camino de la salvación, sino el de la confesión sincera de sus extravíos, sin defensa alguna. Eso ha hecho siempre el que está sinceramente arrepentido y quiere emprender el camino de la regeneración.

El disgusto y escándalo tremendo de que habla la M. Ángeles lo había buscado ella en connivencia con la M. Antonia. Además miente cuando dice que “hubo un exploro general y en conciencia todas tuvimos que decir lo que ocurría”. El P. Faustino dice: “Después dijo que la que quisiese fuese al confesionario; sólo fue Sor Antonia”[Notas 21].

Difícilmente podemos creer que el encuentro en Madrid con el Visitador fuera casual, como lo describe. Es mucho más probable que fuera ella a encontrarse con él y a comentar los sucesos desde su punto de vista. Así lo interpreta también el P. Faustino, como le hemos oído. El interés que mostraba por el “asunto” acusa a los dos interlocutores: a ella, por llevar el agua a su molino; y al Visitador, sobre todo, por oírla a ella, sin haber consultado despacio con el Fundador, investigando las causas que éste tuvo para tomar medida tan radical. Todo fue hecho en tres días: del 15 sería la carta de Sor Antonia, el 16 se presentó el Visitador, el 17 escribió el Obispo la orden de que volviera el Noviciado a Sanlúcar, y ese último día lo recibió el P. Faustino con una orden tajante. Se involucraban en ella dos problemas distintos: la presencia de las novicias en Getafe y la destitución de la M. Ángeles, quien hablaba de los dos conjuntamente. Esta confusión de problemas tan distintos favorecía a la M. Ángeles y descalificaba al P. Faustino. En efecto, el Obispo y el Visitador, mal impresionados por el traslado, sin permiso, de las novicias, eran inducidos a creer que el P. Faustino había obrado con igual ligereza en la deposición de la M. Ángeles, y en efecto, el Visitador se puso del lado de la presunta “víctima”.

Es bastante llamativo que el Prelado y el Visitador dieran total fe a la M. Antonia en sus denuncias y no llamaran al Padre Faustino para declarar el problema. Como acabamos de decir, debió inclinarlos a favor de la M. Antonia la imprudencia del P. Faustino en llevar las novicias a Getafe sin contar con los permisos escritos.

La connivencia o complicidad de los PP. Oliva y Suárez con la M. Ángeles –en una medida que no se conoce- se deduce de que ésta acudiera a uno de ellos mediante carta anteriormente transcrita y además por las declaraciones del mismo P. Faustino[Notas 22].

Comprendemos el dolor de la M. Ángeles y su nada envidiable situación. No podemos ignorar tampoco la irrefrenable tendencia del ser humano a justificarse –uno de los más fuertes mecanismos de defensa- y a buscar apoyo en la tribulación. Triste cosa fue que acudió a buscar esos consuelos en quienes no podía hallar sino nuevos estímulos en su mal camino, en lugar de quien la ayudase a encontrar el único camino de la salvación: la penitencia humilde[Notas 23].

Notas

  1. Cfr. Carta nº 339, del 17 de agosto de 1907.
  2. Léase la carta nº1 354, sin fecha, pero escrita después de la destitución de la M. Ángeles. “Veo que no es la voluntad de Dios que crezca esta Congregación. Cúmplase su voluntad. Yo no quiero ir contra ella. Cerraré esto y a vivir y prepararse para morir. ¡Cuántos sacrificios perdidos! o ¡martirios sin corona!”.
  3. “Me llama la atención el encuentro de Sor Ángeles con el Visitador (el que había nombrado el Obispo de Madrid, ante la denuncia de la M. Antonia García). Tal vez fuese a buscarlo. Andará el P. Oliva y Suárez de por medio”. Cfr. Carta nº 354 y Álamo, 1,pp. 408, nota 12, y 406, nota 11.
  4. Recuerde el lector la nota 2 anterior.
  5. Instancia al Arzobispo de Sevilla, del 12 de diciembre de 1907. (Cfr. Vilá, p. 316, b).
  6. Respuesta del Arzobispo de Sevilla a la congregación de los Obispos y Regulares. (Cfr. Vilá, p. 298, nota 23).
  7. Cfr. Carta nº 342, del 9 de septiembre de 1907.
  8. Cfr. Carta nº 343, del 12 de septiembre de 1907.
  9. Cfr. Carta nº 344, del 15 de septiembre de 1907.
  10. Cfr. Carta nº 348, del 19 de septiembre de 1907.
  11. Cfr. Vilá, p. 304, e) Las Constituciones de la Congregación mandan lo siguiente: “La primera que de la General sepa de cierto alguna cosa grave, personal o gubernativa, estará en el deber de participarla con la mayor reserva a las otras dos (Moderadoras Generales), so pena de hacerse responsable ante Dios y ante la misma Congregación de las consecuencias que puedan sobrevenirle y de que se le apliquen los Principios de Gobierno” (artículo IV del capítulo IV de las Constituciones, 2ª parte, artículo II). Las Moderadoras procedieron, pues, conforme a derecho. Sus pasos están en las mismas Constituciones. (Cfr. Vilá, p. 294).
  12. El P. Vilá no interpreta así el pecado de la M. Ángeles. No deja de ser raro lo que dice en la p. 294, como si no existirá este documento definitivo. “Debió, pues, negarse la M. Ángeles de Jesús a corregir algún mal paso que estaba dando, sea cosa personal, sea cosa de gobierno”. Los malos pasos que dio están claros en la carta de la M. Julia.
  13. Cfr. Vilá, p. 294. El paréntesis es nuestro. El Gobierno de la Archidiócesis de Sevilla dio por válida esta declaración, pues no la objetó, aunque el Obispo de Madrid le preguntó sobre ella. (Cfr. Carta de la M. Ángeles al P. Oliva, que transcribimos después. La misma M. Ángeles la aceptó, pues nunca protestó contra ella. Otra cosa distinta es que el P. Faustino impusiera claramente su autoridad sobre la Congregación. Pero obró legalmente y con evidente motivación moral ante los hechos comprobados.
  14. En la carta nº 360 del 16 de noviembre de 1907 dice el P. Faustino: “Quiero que esté enterado (el Arzobispo de Sevilla) para prevenir los manejos ocultos de Sor Ángeles y confidente o agente”. Veremos otros documentos que afirman lo mismo
  15. Cfr. Carta nº 356. A la luz de estas palabras del Padre, se explica lo que quiso predecir.
  16. Cfr. Carta del P. Faustino al Arzobispo de Sevilla, del 9 de noviembre de 1907. (Cfr. Vilá, pp. 309 – 310). Las une también el Padre en otra carta: “Ni ella (Antonia) ni la otra (Ángeles) pueden volver a su procedencia” (Sanlúcar). Cfr.Carta nº 351.
  17. Consta que después pidió perdón, recordando el ejemplo de Dimas: “Le dije que le perdonaba, como Cristo a éste…, a quien hasta le ofreció el premio del Paraíso; pero no le bajó de la cruz… A buen entendedor”. (Carta nº 386, del 2 de abril de 1908).
  18. Cfr. Cartas nn. 337 y 338. Advertimos que estas cartas no son de junio de 1907, como se dice en “Cartas”, sino de octubre, como dice Vilá en las pp. 305 – 306, ya que hablan de sucesos que ocurrieron después de la deposición de la M. Ángeles, que fue en agosto de 1907.
  19. Cfr. Carta nº 338.
  20. Cfr. Vilá, pp. 301 - 302.
  21. Cfr. Carta nº 351.
  22. Cfr. Cartas nn. 354 y 360. En la primera dice: “Me llama la atención el encuentro de Sor Ángeles con el Visitador. Tal vez fuese a buscarlo. Andarán el P. Oliva y Suárez de por medio. Visita al Vicario (de Sevilla) y refiérele lo que hay” (paréntesis nuestro). En la segunda carta citada, dice: “Te remito copia de lo que escribí al Arzobispo (de Sevilla). Quiero que esté enterado para prevenir los manejos ocultos de Sor Ángeles y confidente o agente”. (Paréntesis nuestro) Se ve que mientras en Madrid daban más crédito a las denuncias de la M. Antonia, en Sevilla escuchaban con preferencia al P. Faustino
  23. Quien ha seguido la triste historia de la M. Ángeles en su caída, desea saber qué rumbo siguió después, al menos durante la vida del P. Faustino. No es mucho lo que se puede decir a este respecto. Únicamente disponemos de las cartas del Padre para satisfacer esta explicable curiosidad. Los datos sobre la M. Ángeles se hallan en esas cartas mezclados con otros sucesos del momento en que ella se exhibió y no es fácil valorar el significado de las palabras del Padre. Teniendo en cuenta estos datos, resulta como conclusión que el P. Faustino no le restituyó su confianza y que dijo de ella frases duras, que indican que incluso pensaba que habría sido mejor haberla expulsado de la Congregación. Citamos algunas cartas, para que el curioso pueda comprobar por sí mismo el fundamento de lo que hemos dicho. Con el tiempo alguien debe emprender un estudio monográfico sobre este punto. Lo merece el tema, ya que la M. Ángeles es figura destacada en la historia de la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora. Ahora escribimos un estudio sobre el P. Faustino. Veamos las citas: 1. 1908. Carta nº 377. “Tampoco estoy porque la famosa salga de ahí, que, a mi vez, no cabe ni cabrá en parte alguna, que no sea el arroyo. Le escuece el trabajo después de acostumbrada a no hacer más que por su bienestar”. En abril de ese mismo año vuelve a decir: “También me escribió Sor Ángeles en igual sentido y, como era día de S. Dimas, le dije le perdonaba como Cristo a éste… a quien hasta le ofreció el Paraíso; pero no le bajó de la cruz… A buen entendedor…”. 2. 1909. Carta nº 458. “He tenido carta de Sor Ángeles pidiendo permiso para venir a consultarme para primeros de mes. Respuesta: Nones. ¿Cuándo cerraría la puerta que no quise abrir a otras? (Quiere decir: Negándome, he cerrado la puerta, que no he querido abrir a otras. Se refiere al permiso de viajar). 3. 1912. Carta nº 592. “Nada me extraña lo de Sor Ángeles. Dios castiga sin palo ni piedra. Mucho te resta que ver; yo, ya poco me resta; bastante he visto…” Añade en una posdata: “A Sor A. cárgale bien la mano y dile que ya ni escribirla quiero por su conducta. No justifico y condeno a nadie; pero hay ciertas heridas que no se cicatrizan. Sor M. (¿Sor María Casaus?) quiere humillar la soberbia de Sor A. (Ángeles) con otra soberbia superior, si puede ser. De ahí las consecuencias. Me confirmé cuando traté de reconciliarlas. Dios las juzgará a todas… Yo no soy quién al efecto… Pero oí bastante. (Paréntesis nuestros). Si esa M. corresponde a María Casaus, como es probable, este texto las retrata a las dos. Fueron las dos religiosas que más hicieron sufrir al Fundador. 4. 1919. Carta nº 714. En una carta de este año hace alusión a la M. Ángeles. Se ve en ella que a pesar de los años transcurridos, no ha cambiado el concepto que tenía de la misma. Refiriéndose a posibles fundaciones, dice: “No sé qué decir de lo de Ciudad Real. Ni me huele bien lo de Madrid: las famosas Teresa, M. Ángeles y compañía”. 5. 1921. Carta 755. Última alusión a M. Ángeles en el epistolario. No la señala por su nombre, pero algunas circunstancias no parece que puedan aplicarse a ninguna otra religiosa de la Congregación en aquel momento. “A. H. en Ch., Sor Natividad de Jesús. Gracias y con franqueza. La primera solución, si no perjudicase a la Corporación por la pendiente aprobación definitiva de las Constituciones, era, y al fin tendrá que ser, la ignominiosa expulsión de la verdadera y única culpable, ya que ni el hábito, ni el estado, ni el pudor, ni los Principios de Gobierno bastan a contenerla. La segunda pudiera ser el cambio de lugar, pero sería muy perjudicial al Colegio, cuyo peso lleva y del que es su alma, y sobre todo sería un precedente para la inocente poco favorable”. ¿Qué otra religiosa existía en la Congregación con tanta significación ante Roma, sino la cofundadora de la misma? ¿Cuál otra había cometido faltas tan graves que merecieran la expulsión con semejantes connotaciones como ser “la verdadera y única culpable”, a la que nada pudo contener? Téngase presente además que la M. Ángeles era entonces la superiora de Daimiel, provincia de Ciudad Real, y como maestra, tenía cualidades para llevar el peso del colegio y ser el alma del mismo. En su conducta con la M. Ángeles tuvo el P. Faustino otra contradicción: ha dicho de ella cuanto precede y no obstante permitió que fuera Superiora en las casas de Monóvar, Aspe, Daimiel, Beas de Segura y Martos. Seguramente para aprovechar sus cualidades humanas, dada la penuria de personal en la Congregación. Esto se apoya en el último párrafo citado antes de la carta nº 755. Después de muerto el Padre, fue rehabilitada por el Capítulo General de 1931. En 1941 fue elegida Primera Consejera de la General y Vicaria General. Murió en 1947 De todo este final tendrá que ocuparse la historia de la Congregación que se haga con sentido crítico. Ello no es nuestro cometido en este momento. La primera vez que aparece “oficialmente” el nombre de M. Ángeles después de muerto el Padre, es en la comunicación de la Rma. M. Natividad al Visitador, Sr. Rodríguez Quevada del 10-1-1926 (Cfr. Vilá, p. 392). Pero debe fijarse la atención en las Madres que formaban el “nuevo” Consejo: eran las triunfantes con la M. María Casaus (Cfr. Vilá, p. 391, o).