EstudioPsiquicoEspiritual/20 Expulsión de la Madre Antonia García. 1907

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EstudioPsiquicoEspiritual/20 Expulsión de la Madre Antonia García. 1907
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21 Período de 1907 a 1923
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20 Expulsión de la Madre Antonia García. 1907

20. 1. Incompatibilidad con el Padre

El tormento espiritual que supuso la caída -pecado y deposición- de la M. Ángeles, se aumentó con el fin desastroso de la M. Antonia García Marín.

Los datos que poseemos nos dicen que entre los dos –padre e hija- había incompatibilidad; se repelían. Por eso, cuando el P. Faustino estuvo separado de la dirección de la Congregación, la M. Antonia brilló sin obstáculo[Notas 1].

Lo que nos llama la atención es que el P. Faustino, una vez restablecido en su puesto de Director en 1897, no impidiera que Sor Antonia ocupase puestos de relevancia. Por ejemplo, nada más aprobadas las Reglas, se hicieron los votos perpetuos y ella fue admitida a los mismos, a pesar de cuanto había dicho contra ella el Fundador. Y no sólo eso. Con dicho suceso hubo que organizar el gobierno de la Congregación y Sor Antonia fue elegida Secretaria General, cargo para el que fue reelegida en 1900[Notas 2]. En las elecciones de 1906 fue elegida compromisaria y con su voto resultó nombrada General la M. Ángeles. Después fue elegida por el P. Faustino Maestra de Novicias, residiendo en Sanlúcar, en la casa denominada El Picacho.

No conocemos ninguna protesta del P. Faustino contra la designación de la M. Antonia para esos puestos de responsabilidad; antes bien; fue él quien la eligió para el delicado cargo de Maestra de Novicias. ¿Cómo se explica esta contradicción en su manera de proceder? En vez de preguntarnos esto, debemos admitirlo como una de sus contradicciones. Veamos ahora los acontecimientos que llevaron a la M. Antonia a su ruina como religiosa.

20.2. Es destinada a Getafe en 1907

El P. Faustino concibió el proyecto de llevar a Getafe a las Novicias[Notas 3], juntamente con su Maestra. Llegadas a ese pueblo, nombró también Superiora a la M. Antonia, aunque había sido enviada a Getafe castigada. A pesar de ser la Superiora, empezó a mostrar una conducta inexplicable en una persona psíquicamente sana, dados los puestos que había ocupado. Como se encontró allí con la M. Ángeles, depuesta de su cargo y amargada, se unieron las dos, como hemos visto antes, aunque cada una según su peculiar manera de ser. Oigamos al Padre describir su estado de ánimo y su conducta:

“A las religiosas de Sanlúcar, 6-X-1907. Mis amadas Hijas en J.C. que nos ha llamado a trabajar para su gloria, bien de las almas y salvación de las nuestras.
Sor Antonia como hiena en jaula, mordiendo el hierro. Le sabe mal que no haya visiteo. No lo consentiré ni aquí ni en parte alguna. ¡Ojo! Sor Ángeles tan formal y ocupada con las clases de las jóvenes postulantes y siguiendo la marcha ordenada que marca la Regla. Creo, está mejor. Hoy de retiro. Sor Antonia no baja ni yo quiero suban las Novicias. Suspira por El Picacho…; si Sor Antonia siguiese así, pronto la depondré. Ya le dije el otro día que la que es de hecho (Superiora) lo será de derecho. No quiero lleve siguiera el nombre de Sup. No presidiendo la Comunidad y haciendo vida común. Ya te lo escribirá Sor Julia. Que conmigo no se juega. Octubre 6-907. Reviejo”[Notas 4].

La pintura de la M. Antonia es gráfica: estaba descentrada. Nos da una explicación de su actitud rebelde. Lo que es notable en esta carta son las frases en que el Padre se arroga la autoridad de deponerla: “pronto la depondré”. Él ya no tenía autoridad legal alguna sobre la Congregación desde la aprobación de las Reglas, en 1897. Las elecciones y destituciones correspondían a las superioras, conforme a las mismas normas[Notas 5]. Se trata aquí, una vez más, del ejercicio de la autoridad que tenía como Fundador en casos graves de la vida de la Congregación. Sigamos oyendo al Padre en carta del 8 de octubre de 1907, dirigida a la M. Julia Requena, en la que repite la misma amenaza: “Si Sor Antonia no cambia…, la depongo”:

“Celebro llegaseis bien y fueseis así recibidas. Aquí tirandito. De Sor Antonia ya sabrás por ella misma que te ha escrito y de que no quise enterarme. Supongo lo que te dirá. Está como hiena en jaula, mordiendo el hierro. Suspira por volver al Picacho. Le dije: “nones y renones”. No ha vuelto a bajar; ya le dije que la que es Superiora de hecho lo será de derecho. Yo no quiero aquí un Superiora que no hace vida común ni presida la Comunidad. He prohibido que suban las Novicias a su habitación. No quería respetar la distribución de horas que dejaste. Mandé que no hiciesen caso y que sor Ángeles cuide las Novicias, además de darles clases, como lo está haciendo y siguiendo la vida común… Si Sor Antonia no cambia, en esta misma semana, la depongo, para que no se crea con derecho a mandar y poder escribir a ceca y meca, que para eso no está mala. Preveía la infeliz que aquí no puede andar de visiteo y de aquí su disgusto. Sepan todas, todas, que no quiero visiteos y aquí de ningún modo ni por nada ni para nada. Tengo un gran disgusto y es que no sé si el Sr. Obispo dará licencias para el Noviciado. Fui a verle y me contestó: que ya lo pensaría; que le presentase la solicitud. No se la he querido presentar hasta que me vea con la Reina Madre para que la apoye. Ya pedí una audiencia al efecto a dicha Señora. Veremos cuándo puedo verla. Por aquí conoceréis cuánto tengo que sufrir. Octubre 8-907. El abuelo”[Notas 6].

Notemos en esta carta, además de lo dicho, la mala disposición del Obispo ante el traslado del Noviciado, problema que va a empeorar con la denuncia de la M. Antonia, de que vamos a hablar.

Y ahora nos va a decir el P. Faustino cómo su corazón –que le aconsejaba obrar contra lo que le decía la razón- le había llevado a perdonar a la M. Antonia por sus pasadas faltas, lo cual le había traído los actuales serios problemas. Leamos su carta a la M. Julia Requena, del 14 de octubre de 1907:

“Te devuelvo la de Sor Antonia. No me extraña cuanto dice. La conozco demasiado. ¡Ojalá no tuviera tantos motivos para conocerla! Si varias veces que la quise expulsar lo hubiera hecho, no me arrepentiría tan tarde. No irá a Sanlúcar ni a parte alguna. Si quiere a su casa, que vaya, pero sin hábito y para no volver, al menos mientras yo viva. Se figura que solo vino a la Congregación para gozarla –bastante la ha gozado-. Todo cuanto tiene se le quitaría si la dejasen salir por todas partes de visiteo, como en Sanlúcar. La estorban las rejas, que se aguante. No las franqueará mientras yo viva, si no fuese de una vez para siempre. Ni palabra quiero contestar a la suya, sólo le diré que su franqueza debe traducirse por descaro y cínica desvergüenza que no tolero ni por nada ni por nadie. Confirmo todo lo dicho en mi última del doce y no revoco ni rectifico una palabra, salga el sol por Antequera o salga por donde quiera. Casi estoy seguro que el genio y soberbia que la hizo campar por sus respetos, la pondrá muy pronto en el arroyo: al tiempo; que no cae bien el humilde hábito de Hijas de la Divina Pastora en persona de tal calaña. Tú, hija, harás lo que gustes; yo he tomado mi resolución irrevocable. Te bendice en Jesús y a todas, El Viejo”[Notas 7].

Es estremecedora la visión de “el arroyo” para una religiosa, pero dice que ya ha tomado su “resolución irrevocable”, aunque deja a Sor Julia que obre con la libertad que le conceden las Reglas.

En realidad, la libertad de Sor Julia era meramente “legal”, pues psicológicamente estaba condicionada por la voluntad del Padre, intérprete autorizado de la Regla.

20.3. El Obispo ordena una visita oficial a la Casa de Getafe

De pronto se encrespan las olas. Sor Antonia era mujer expedita y ágil; estaba acostumbrada a obrar y a tomar determinaciones. Por algo había ocupado puestos de responsabilidad. En este momento se lanzó a una acción ante la Jerarquía eclesiástica que significaba una acusación de la conducta del Fundador. Obraba en defensa propia, para evitar lo que presentía que se le venía encima.

Sor Antonia escribió al Obispo hacia el 15 de octubre de ese fatídico año de 1907. No poseemos su demanda, aunque la leyó el P. Faustino, por lo que éste dice en la carta que en seguida copiamos. Como aquélla iba dirigida al Obispo de Madrid, le dio curso. El día 16 se empezaron a ver las consecuencias de esta acción audaz de Sor Antonia. Leamos lo que nos dice el P. Faustino en dicha carta, dirigida a la M. Julia Requena el 17 del citado mes:

“Amada Hija en J.C., Julia de Jesús: Recibí la tuya del 16/c con las adjuntas que te entregué. Sor Consuelo la recibió con la igualdad de ánimo que todo. Sor Antonia nada manifestó hasta ahora; la tenía tragada, pero dudo deje de indigestársela. Su último acto ha sido digno de ella y tal vez de funestas consecuencias.
Escribió una carta al Sr. Obispo de Madrid, la letra parecía suya y sólo firmaba Superiora, pidiendo una visita urgentísima a esta Casa… El 16 del corriente se presentó muy de mañana el Visitador Eclesiástico, diciendo tenía que visitar a las Religiosas. Víctor le dijo tenía orden mía de no pasar recado sin mi permiso, y añadió iría a buscarme y le dijo fuese. Acudí al punto, entro por la iglesia y preguntó quién era la Superiora; le contesté: Sor Consuelo. Que vayan viniendo por orden a la capilla… ¿Qué ha pasado o pasa aquí?, dijo a Sor Consuelo. Le enseñó la carta dicha. ¿Dónde está la Superiora General? ¿Dónde la anterior? ¿Y la Superiora local es usted? Después dijo que la que quisiese fuese al confesionario. Sólo fue por Sor Antonia. Después estuvimos un poco en una clase y se marchó en el tranvía de las 10 horas 50 minutos. Las consecuencias pueden ser funestísimas para lograr el permiso del Noviciado. Esta desgraciada quiere serlo hasta el fin y sólo goza con hacer mal. Esto no puede quedar impune, pero dejaremos pasar algún tiempo parra aplicarle lo que merece. Conste, sin embargo, que es una deuda contraída y que debe pagarse a todo trance… Amada hija: aquí llegaba cuando recibí un oficio del Obispo en estos términos (adjunto copia)[Notas 8]. Ya ves si por el mismo contenido del oficio sobre las enfermas y que vuelva cada una a la casa de donde proceden, es o no de la consabida. Ni ella ni la otra pueden ni deben volver a su procedencia; piense lo que más convenga. Las postulantes y Novicias sí que tienen que volver. Sor Ángeles puede sustituir a una súbdita ahí o en Aspe. A Sor Antonia veremos de empujarla al arroyo de donde ha sido recogida… Figúrate como estará, El Viejo”[Notas 9].

El Obispo obró con rapidez. La fecha de su comunicación es la misma de la carta del P. Faustino a la M. Julia, 17 de octubre, pero el Visitador se apresuró más, porque se presentó en Getafe el día 16. Creyendo lo que nos dice el Padre, la visita fue apresurada y en ella no debió de ser mucha la luz que consiguió para ver en el fondo de aquel problema. Es difícil la misión de los visitadores en momentos de tensión pasional, como era aquél.

Pero la carta del P. Faustino nos plantea un problema serio: en ella le dice a la Superiora General que Sor Antonia será castigada por haber acudido al Obispo. Ahora bien, recurrir al Ordinario es un derecho de todo religioso, máxime siendo entonces la Congregación de derecho diocesano. De nuevo se plantea un conflicto entre el derecho y la conciencia. Parece estar claro en la carta del P. Faustino que lo que él quiere castigar en Sor Antonia es la mala intención de acabar con el Noviciado en Getafe y de sustraerse a la obediencia del Fundador. Era un acto de loca defensa, sin atender a las consecuencias “funestas” -palabras del Padre- de su acción Obró contra la fama de éste, contra el espíritu de obediencia y buscando su falsa libertad de acción. Esto es lo que condena el Padre y esto es lo que quiere castigar y realmente castigó con la expulsión. La expulsión, como veremos, la decretó en última instancia el Arzobispo de Sevilla, con lo cual dio la razón al P. Faustino[Notas 10]. En otro terreno distinto del legal, el Padre se mueve en la misma línea de acción en que ya le hemos visto moverse en otros momentos: la falta debe ser sancionada para ejemplo y para reparación del daño moral causado por la misma.

Legalmente el P. Faustino obró siempre en forma impecable. Se sometió en seguida a lo ordenado por el Obispo. Veamos lo que dijo a éste en comunicación del 22 de octubre de 1907:

“Dios bendito. Con esta misma fecha, 22 de octubre, martes de la semana señalada, como plazo perentorio para la ejecución de lo dispuesto por V.E.I. en su comunicación del 17 del corriente, tengo la satisfacción de manifestarle que queda cumplida en todos sus extremos. Dios guarde a V.E.I. muchos años. Getafe, fecha ut supra. B.E.A. de V.E.I. Faustino Míguez”[Notas 11].

Pero volvamos a la carta del 17, en la que escribió el P. Faustino una de las frases más duras que salieron de su pluma, como catarsis de su tensión interior en aquellos momentos de sufrimiento: “A Sor Antonia veremos de empujarla al arroyo de donde ha sido recogida”.

Ahí está con toda su crudeza. No sabe uno por dónde agarrar esta frase para hacerla aceptable. Sería mejor que la juzgase el lector con todos los elementos de juicio que ya posee.

Creemos que es en el psiquismo del P. Faustino donde hay que buscar la explicación auténtica. Y ya le hemos visto muchas veces cargado de visiones, abstractas e idealistas, en las que él veía los valores espirituales. Todo lo que se apartaba de esos valores, y en la medida en que se apartaba, era para él “el arroyo”, la perdición, las tinieblas.

No estamos hablando a priori. En la carta que vamos a copiar a continuación, dirigida el 17 de octubre de 1907 a la M. María Casaus de los Ríos, el P. Faustino se sumerge de nuevo en este mundo conceptual y genérico que le subyugaba. Y puesto en él, lanzaba los rayos de “la justicia divina” contra todo el que se apartaba de esa línea de acción lógica, insoslayable, consecuente y eterna que él seguía y deseaba ver seguir a sus hijas. Esa visión, por otra parte, estaba conforme con la que era común en el ambiente religioso del siglo XIX. Veámosla:

“Se me cae la cara de vergüenza. Guardaos bien de contraer más deudas; por mi parte no abonaré ninguna más. Las que ésta contrajeron ni tuvieron ni tienen vergüenza, ni la conocen y menos conciencia. Ayer tuvimos una visita eclesiástica provocada por una hijastra de la Congregación. Desgraciada ahora y para siempre. Dios os bendiga como en su nombre os bendice El Abuelo. Escarmentad en cabeza ajena y no olvidéis que la espada de la justicia divina está pendiente sobre los infieles a su Profesión”[Notas 12].

A la luz de estos principios, sostenidos por él durante toda la vida, hay que leer la frase “escandalosa” copiada antes. Empujar “al arroyo” es expulsar de la vida religiosa a una “hijastra”, a una renegada. El juicio está emitido desde la altura del mundo ideal sin concesión alguna a la realidad conflictiva interna en que se revolvía interiormente Sor Antonia. Esta tragedia era ignorada por el P. Faustino. Los conocimientos psicológicos de entonces no permitían detectarla. Por eso para juzgar esa frase dura no tenemos más que dos datos: su celo por el Instituto, que es un elemento psíquico consciente y por lo mismo laudable, y la tragedia íntima de Sor Antonia, que el Padre desconocía. Se hallaba por ello en un callejón sin salida; optó por lo que le señalaba su celo y su maneta de reaccionar en casos similares. La frase “escandalosa” es lo de menos, aunque hiera nuestra sensibilidad. Cuando, por orden del Obispo de Madrid, las religiosas que estaban en Getafe y superaban el número permitido por él, tuvieron que salir, la M. Antonia quedó allí de momento, en observación del médico. Este le dio permiso para volver a Andalucía. Pero como consecuencia del viaje enfermó y fue recogida por las Hermanas de la Cruz. Le obtuvo ese favor la M. Julia Requena, con miras de entregarla a la familia. Oigamos lo que entre tanto le decía el P. Faustino a la M. Julia:

“Lo de Sor Antonia convendría se hiciese lo que indicó el Sr. Arzobispo; mandarla otra vez aquí, y si no quisiese venir, como no querrá, que tú con tu consejo pidieses la dispensa de los votos etc., que ella seguramente no lo pide sino que quiere seguir gozando y arruinando a la Congregación”Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida;

las referencias sin nombre deben tener contenido.

La M. Julia le contestó seguramente con dificultades para cumplir con la orden de vuelta a Getafe, y el Padre le dice de nuevo:

“Amada Hija en J.C., Julia de Jesús. Quieres que te conteste pronto y lo hago. La Parricida debe ser expulsada, cuanto antes, considerando los sobrados motivos que hay para ello y por su negativa a estar donde la mandan, tomando vosotras de acuerdo con el Sr. Arzobispo y suplicándole se digne informar y tramitar la petición a Roma para la dispensa de los votos simples perpetuos, según se indica al final del Art. 9º de los Principios de gobierno. El retrato que de ella se haga debe ser de cuerpo entero, manifestando su carácter insufrible y su indignísima conducta, perjudicialísima a la observancia religiosa que se hace imposible donde ella se encuentra. Lo que ha sido en ésa ya lo sabéis y lo que hozo en ésta tampoco lo ignoráis; pero agrava su criminal conducta el haberlo hecho cuando más enferma se fingía durante la Misa y oración, tan de mañana, la cual sólo se levantaba cuando quería, abriendo puertas que cuestan tanto trabajo a las sanas, la que fungía no poder moverse (y de acuerdo con Sor Ángeles, que lo supo y no lo manifestó como mandan las Reglas, consta de sus cartas). Apuntes para cuando llegue su turno y para escribir su historia. Tan descocada e indecente se mostró Sor Antonia con el Médico, pidiéndole certificado, que conservo, de su enfermedad y necesidad de irse a su país para curarse, que ya no quiso verla por cuarta vez… El Viejo”[Notas 13].

Esta carta y la que sigue son importantes porque nos dice el Padre que está en contacto con el Arzobispo de Sevilla en todo lo relativo a la expulsión de la M. Antonia, y porque nos descubre la connivencia en que habían estado en Getafe la M. Ángeles y la M. Antonia. Leamos la segunda, dirigida al Sr. Arzobispo el 9 de noviembre de 1907:

“Permita V.E.I. a un afligido Viejo expresarle el más profundo agradecimiento por la benévola y paternal acogida que se dignó dispensar a las verdaderas y atribuladas Hijas de la Divina Pastora en las tristísimas circunstancias creadas por dos hijastras. Cuya permanencia en la Congregación es incompatible con la vida y prosperidad de la misma.
Sofocando las más humildes súplicas y reiteradas protestas de las que deseaban la honra de su Congregación, sólo se preocupaban de gozarla, hasta que ellas mismas se desenmascararon y fueron llamadas al orden, según prescriben sus Reglas y era de justicia; mas avezadas a lo contrario, trabaron amistad a lo Herodes y Pilatos y fraguaron la ruina de la Congregación a beneficio de su amor propio. Dejo a la recta ilustración y prudencia de V.E.I. la iniciativa de la única medida que convenga tomar con dichas parricidas que ni han cesado ni cesarán de atentar contra la vida de su Madre. Soy de V.E.I. el más inútil humilde de S.Q.B.E.P.A. de V.E.I., F.M.”[Notas 14].

Por su parte, la M. Julia dio a la Curia los datos necesarios para tramitar la expulsión[Notas 15].

A partir de este momento no podemos seguir copiando todos los documentos que existen sobre la expulsión de la M. Antonia. Son muchos y no añaden sino detalles tristes de esta lamentable tragedia. No escribimos la historia de ella sino del P. Faustino. No obstante, ponemos en esta nota[Notas 16] la referencia de esos documentos para el que desee leerlos. Únicamente citamos otra carta del Padre a la Madre Julia y la comunicación de ésta a la Congregación sobre la expulsión de la infeliz M. Antonia. Leamos al Padre:

“Escribí al Sr. Arzobispo, dándole las gracias y poniendo en su lugar merecido a las consabidas.
Me alegro fuese por Antonia su familia y creo pueden darse por bien empleados los disgustos a cambio de su salida. Muy bien me parecen sus informes, si bastasen; si no siempre la verdad, que quien así se portó no tiene derecho a más. Y también Sor Ángeles puede ver lo que hace, que ya tiene el pie en el estribo… Como ya dije, escribí o lo hablé con el Presidente del Senado, General Azcárraga, para que lo hiciese al Obispo de Madrid sobre lo del Noviciado. Lo hizo; me contestó que el Sr. Obispo le dijo que no podía, quería, porque la Sta. Sede lo prohibía. No hay tal cosa. Lo que prohibió fue admitir fundaciones de nuevas Congregaciones, sin permiso de la Santa Sede. Esta no es nueva, lleva 22 años… No sé si me llamará la Reina Madre; si lo hiciese lo haré y le contaré todo; pero no insistiré, por no proporcionarle un disgusto por la negativa… El Abuelo”[Notas 17].

Copiamos, para terminar, la comunicación de la M. Julia a las diversas comunidades de la Congregación en que se refiere al hecho e intenta hacer que las religiosas escarmienten en cabeza ajena:

“En cumplimiento de los deberes que nuestras Constituciones nos imponen, declinación de la responsabilidad que nos exigen, con el maduro consejo de nuestros Superiores y previos los requisitos indispensables al efecto, el Consejo General, por faltas más dignas de lamentar que de referir, se ha visto en la tristísima precisión de expulsar de nuestro amado Instituto a la que en él se conoció por largo tiempo como Sor Antonia de Jesús.
Dolorosísimo nos fue el sacrificio y honda pena nos causa el participarlo a nuestras amadas Hijas, que prevemos habrán de sentirlo también a par del alma; pero recordarán los Principios de Gobierno de nuestras Constituciones y se harán cargo de que no se habría de preferir al cuerpo el miembro que atentaba contra su vida.
Nuestras Constituciones así lo mandan sin distinción de personas y no se han escrito para que sean letras muertas, sino para que se cumplan, como lo prometimos todas y estamos obligadas a hacerlo y las Superioras con mayor responsabilidad, si por negligencia o consideraciones mal tenidas dejan prescribir a la inobservancia.
Esto nos debe recordar la advertencia de S. Pablo: “El que está en pie (en gracia) vea no caiga” (en pecado) y más nosotras que somos tan tiernas en la virtud e ignoramos si somos hijas de amor o de odio.
Por esto, penetradas de nuestra fragilidad, debemos asirnos fuertemente de la mano que el Señor nos ha tendido al llamarnos a este estado. Negarnos a nosotras mismas y confiar en solo Él y así caminaremos hacia el término que nos propusimos al ser llamados y a donde sólo llegan las escogidas.
Humillémonos mucho ante nuestro pasado tan mal aprovechado y temblemos ante el porvenir que ignoramos y de seguro será el eco de nuestra vida.
Por nuestra parte estamos en las manos de Dios y dispuesta a mirar su obra cueste lo que costare y al efecto le pedimos de todo corazón su asistencia y gracia y por sus misericordiosísimas entrañas suplicamos a nuestras amadas Hijas nos ahorren el disgusto de tratar como Juez a las que amamos como Madre.
Sanlúcar, 23 de diciembre de 1907. Sor Julia de Jesús, Superiora General”[Notas 18].

La pérdida de un hijo, aunque sea rebelde, hiere siempre el alma de un padre. La del P. Faustino fue purificada por esta partida, por más que nos hayan extrañado sus frases cortantes, expresión de su manera de ser más que de su mala voluntad hacia la culpable.

Nos queda solamente afirmar que el P. Faustino aconsejó la expulsión de la M. Antonia, no la ejecutó por sí. Esto para los que lean el documento de la Curia de Sevilla, que hemos citado[Notas 19], en el que se acusa al P. Faustino de haber sido él quien la expulsó. Es extraño este documento después de haber leído los que la M. Julia y el Padre escribieron a la misma Curia para contar con los debidos permisos en todo aquel proceso.

20.4. Martirio del P. Faustino

El estudio de estos dos capítulos lo hemos hecho buscando conocer al P. Faustino de acuerdo con nuestro objetivo. No es que no sintamos la tragedia de estas dos mujeres, que estuvieron tan cercanas al Padre. Pero el foco de nuestra atención en este libro es el P. Faustino Míguez. Estudiar a fondo a estas dos religiosas podría muy bien ser empresa de otros, en un estudio monográfico.

El de 1907 fue un año psicológica y espiritualmente muy duro para el P. Faustino. Dada su avanzada edad, setenta y seis años, debió haber sido fatal.

Los hechos que le atormentaron desde agosto a diciembre de ese año fueron tales que parecían ocurridos para amargarle la existencia de un modo directo por atacar los principios que él más había venerado y cultivado durante toda su vida. Por ello en esos meses vivió un verdadero martirio. Hagamos un breve recuento de los mismos.

La caída de la M. Ángeles suponía el fracaso de la dirección espiritual de la mujer que él había creído ser un regalo de Dios para servir de fundamento a toda su obra. Sólo la experiencia de algo parecido podría dar a entender lo que esto significó para un anciano septuagenario. Añádase a este fracaso el que tuvo para hacer entrar a la M. Antonia García por las vías de la perfección religiosa. A ello le dedicó mucho tiempo inútilmente. La conducta rebelde de esta religiosa fue otro puñal para su corazón de padre, que en especial le hirió por ser una ataque a la ley y a las normas de las Reglas, tan caras para él.

Otro motivo de dolor y aún de desconcierto debió ser la confabulación de las dos para herirle en su honor de hombre que cumplía y hacía cumplir las Reglas. Este honor quedó por los suelos ante el Obispo de Madrid, con quien no pudo justificarse después de la denuncia de M. Antonia. Al ataque de su honor y al de su Congregación era particularmente sensible, como lo sabemos desde su enfrentamiento con el P. Marcelino Ortiz. También se vino abajo su honor como hombre pundonoroso en los negocios, otro punto débil de su estructura psíquica. Ya sabemos a qué excesos de perturbación somato-psíquica le llevó esta pérdida de su fama.

La conducta de aquellas dos mujeres hizo que su lema “o ser como se debe, o no ser”, pareciera más una burla que un principio de acción. De nada le valieron los intentos que hizo para justificarse ante los jerarcas de la Iglesia: las curias de Madrid y de Sevilla[Notas 20]. Sufrió su fama de hombre veraz, como consecuencia de las calumnias de la M. Antonia[Notas 21].

Todo esto fue un ataque directo a su escala de valores, la que había sustentado con tesón y constancia tanto en su vida de escolapio como en la de Fundador y Director de una nueva Congregación.

Ante estos hechos se le plantea al psicólogo un interrogante acucioso. ¿En qué se apoyó este anciano para encontrar valor y poder superar el embate de estas contrariedades? Es necesario prestar la debida atención a este interrogante. Recuerde el lector que hubo momentos en que el Padre creyó “perder la vida”: “ya llevo dos noches sin dormir; ayer lo pasé casi todo en cama; esto me mata… de vergüenza”[Notas 22]. ¿Cuál fue la fuente de la que sacó fuerzas? Es preciso dar con ella, porque este aspecto de su vida es el contrapeso y la otra cara de su personalidad, frente a la mala imagen que nos da su duro y –al parecer- inhumano lenguaje. Para nosotros no existe otra fuente de energía en su vida sino la profunda vida sobrenatural y su unión con Dios, esto es, con Cristo sufriente. Eso es lo que veremos en el capítulo dedicado a estudiar la espiritualidad del P. Faustino y la que quiso infundir a sus hijas[Notas 23].

De momento solo citaremos una frase de él, escrita poco después de haberse apaciguado la tormenta promovida por las MM. Ángeles y Antonia, en enero de 1908, frase que es un maravilloso resumen de su tragedia y de su fe en Dios:

“Me dices que no sufra… ¿Qué? ¿Me voy a desesperar? Ya lo estoy de mí mismo y muy confiado en Dios”[Notas 24].

¡Este ya es el lenguaje de los santos!

Notas

  1. Cfr. Álamo, 1, p. 217, y Vilá, pp. 250 – 252. La M. Antonia tuvo también diferencias con la M. Ángeles, pero estuvieron relacionados en su caída, sobre todo cuando les tocó vivir en Getafe. Ya lo hemos estudiado. Los datos que de la M. Antonia tenemos parecen indicar que padecía alguna perturbación psíquica.
  2. Cfr. Vilá, p. 254, nota 40, en la que hay datos sobre la M. Antonia.
  3. Cfr. cartas nn. 340 y 343.
  4. Cfr. carta n. 338 y Vilá, p. 305. El libro “Cartas” pone esta carta con diferente principio y diferente fecha. Pero ya dijimos que la fecha que le asigna no es la verdadera. Por eso citamos a Vilá.
  5. La única explicación de estas palabras sería la que dijimos al tratar de la deposición de la M. Ángeles. Vimos allí que el P. Faustino anuncia esa sanción como cosa suya, pero la determinación legal se la encomendó a las superioras.
  6. Cfr. Vilá, p. 306. En “Cartas” figura con el número 337 y le pone una fecha que no es. Seguimos la de la “Positio” de Vilá.
  7. Cfr.Vilá p. 306. En las Cartas la n.350
  8. Obispado Madrid Alcalá, 7-X-1907. Enterados de que en la Csa-Colegio de las Hijas de la Divina Pastora fundada por V.R. en esa villa, hay mayor número de religiosas que el que tuvimos a bien permitirle y algunas novicias para las cuales no se le concedió a V.R. la licencia necesaria, esperamos que en toda la semana tanto las religiosas que hay excedentes como las novicias, sean restituidas a las casas de donde procedían; previniéndole de que, de no hacerlo así Nos veremos en la precisión de cerrar la citada Casa-Colegio. Dios g.a V.R.m.a. Madrid, 17 de octubre de 1907 (al margen).Adivirtiéndole que si entre las que hayan de marcharse hubiere alguna enferma, no lo haga sin el consejo del médico (Cfr. Vilá, p.310,3,a)
  9. Vilá, p. 307. Carta nº 351.
  10. . Puede verse en Vilá, p. 307, que el censor de los escritos del Siervo de Dios en Roma juzgó este hecho en conformidad con lo que hemos dicho.
  11. Cfr. “Positio”, p. 308.
  12. Cfr. carta nº 345. El libro “Cartas” pone ésta sin fecha; pero es evidente que la fecha fue el 17 de octubre, ya que contiene estas palabras: “Ayer tuvimos una visita eclesiástica…”. Esa visita fue el 16 de dicho mes de 1907, fecha que pone Vilá, p. 308.
  13. Cfr. carta nº 356, del 6 de noviembre de 1907.
  14. Cfr. Vilá, pp. 309 – 310.
  15. Esta comunicación puede leerse en Vilá, p. 212, 3,a).
  16. El Consejo General decide la expulsión (Vilá, p. 297). La M. Julia acude al Arzobispo pidiendo consejo sobre lo que debe hacer (Vilá, p. 313, b). La M. Antonia pide permiso a la Curia para estar unos días con su familia (Vilá, pp 315 - 316). El Padre escribe a la M. Julia en la creencia de que la familia de la M. Julia la había recogido. (La copiamos en el texto). La M. Julia vuelve a escribir a la Curia, en vista de que la familia de la M. Antonia no fue a recogerla (Vilá, p. 313, c). Vuelve la M. Julia a escribir a la Curia (Vilá, p. 314, d). La M. Antonia escribe al Arzobispo y recusa el decreto del Consejo General (Vilá, p.316, b). La M. Antonia escribe al Obispo de Madrid, el cual escribió al Arzobispo de Sevilla pidiendo informes. Este le responde (Vilá, p. 312, 5). La M. Julia escribe a las Comunidades de la Congregación (la citamos en el texto). La que fue M. Antonia escribe aún desde su casa a la Congregación de Obispos y Regulares. Esta escribe al Arzobispo de Sevilla, el cual le contesta diciendo que la M. Antonia ha muerto (Vilá, p. 298, 8, y nota 23).
  17. Cfr. Vilá, p. 310, n). Carta 359. Vilá la data el 23 de noviembre de 1907 y en las “Cartas” tiene la fecha del 13 del mismo mes, fecha que tiene en el original.
  18. Cfr. Vilá, p. 315. E).
  19. Cfr. Vilá, p. 298.
  20. A pesar de que en éstas se le apreciaba, recuerde el lector la acusación que figura en la respuesta del Arzobispo al Cardenal Prefecto de la Congregación de Obispos y Regulares (Cfr. Vilá, p. 298).
  21. Estas mentiras fueron particularmente insensatas en su escrito al Arzobispo de Sevilla el 19 de diciembre de 1907. Puede hallarlo el lector en Vilá, pp. 316 – 317. A esas calumnias se debió indudablemente la acusación que le hizo el Arzobispo ante el Prefecto de la Congregación, de la que hablamos en la nota anterior.
  22. Cfr. carta nº 342.
  23. Cfr. sobre todo los capítulos “Creado el Instituto de Hijas de la Divina Pastora”, “La mente del P. Faustino sobre la formación de las Hijas de la Divina Pastora” y “Espiritualidad del P. Faustino en el período de 1907 a 1923” (I y II).
  24. Cfr. carta nº 365, del 17 de enero de 1908.