EstudioPsiquicoEspiritual/22 La pasión del P. Faustino. 1923 - 1925

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22 La pasión del P. Faustino. 1923 - 1925

22.1 La prueba definitiva

Llegado el año 1923 el P. Faustino, aunque veía muchas cosas en su Congregación que no le satisfacían, estaba en paz: contemplaba su obra reconocida por la santa Iglesia y eso era como el espaldarazo definitivo. Podía estar satisfecho, incluso orgulloso.

El que no estaba satisfecho era Dios. Aquel hombre necesitaba aún la última prueba, antes de ser colocado en las moradas celestes entre los santos.

No decimos que antes no hubiera conseguido grandes triunfos sobre sí mismo y que no hubiera caminado mucho trecho en el camino de la santidad[Notas 1]. ¡Pero era capaz de más! Por eso Dios va a emplear con él la misma pedagogía divina que ha usado con todos los santos: someterle a la prueba de fuego para purificarlo.

En teoría él mismo les había enseñado a sus hijas que la vida es prueba y que el demonio no duerme:

“Nunca olvidéis, Hermanas mías, que nuestros enemigos son muchos… y tan espesos que de verlos, ni un paso daríais…; por eso los oculta y Dios se lo permite, para hacernos cautos, advirtiéndonos primero por S. Pedro que estemos alerta, resistamos fuertes en la fe, armados siempre con el rompelazos de la más profunda humildad”[Notas 2].

Precisamente era en la humildad en lo que Dios quería que avanzara aún más, porque la humildad es la santidad, como él había recordado a sus hijas más de una vez[Notas 3]. Era preciso que el “honor”, la negra honrilla, fuera desarraigada de su alma. Dios le quería, también en esto, modelo de nuestra vida.

Para conseguirlo, Dios se valió de sus mismas hijas, como se valió de algunos escolapios para las últimas pruebas de Calasanz.

Y pues los defectos se purifican con esos mismos defectos, como el diamante se prueba con polvo del mismo diamante, Dios se valió de la soberbia de una de sus hijas, de las más prominentes, para acabar de librarle de los restos de su soberbia pasada[Notas 4].

Cuando menos pensaba, se le vino la prueba como apéndice de otra prueba: la repentina muerte de su queridísima hija la M. Julia Requena, General de la Congregación. Ella precipitó un alud de sucesos, que le habría aplastado corporal y espiritualmente si Dios no hubiera estado con él. Veamos.

22.2. Los sucesos

La muerte de M. Julia tuvo lugar en Sanlúcar, en la madrugada del día 28 de octubre de 1923. Era joven; tenía cincuenta y un años; le faltaban los mejores de la vida para trabajar por el Instituto. Su muerte fue un duro golpe para el P. Faustino, que la amaba por su capacidad de entrega y gran docilidad a sus enseñanzas. Lo más doloroso es que esa muerte no era sino la mensajera de mayores males.

Pasada la amargura del entierro, había que cumplir las Constituciones en el grave punto de la sucesión en la dirección suprema de la Congregación. Debido a errores pasados y ya olvidados[Notas 5], la que debía sucederla “según las Constituciones”[Notas 6], era la M. María Casaus de Jesús, Vicaria General, que era hija ilegítima[Notas 7].

El P. Faustino no lo sabía, porque cuando ella ingresó en la Congregación estaba separado de la dirección de la misma. Parece que fue la M. Concepción Hidalgo la que le comunicó la noticia. Era la Superiora de la casa de Getafe[Notas 8].

Ante tal revelación, el Padre acudió a la M. Ángeles González para cerciorarse. Esta contestó inmediatamente por telegrama, confirmando la noticia, y después escribió una carta con más detalles sobre la misma. Habían intervenido en los trámites los PP. Oliva y Rubio, pero no pudieron arreglar nada porque era hija de doble adulterio[Notas 9].

El P. Faustino, pues, obró y escribió siempre en la convicción de que la M. María era doblemente adulterina, aunque realmente la adúltera fue sólo su madre[Notas 10]. El convencimiento de tal impedimento legal y la posibilidad de que llegara a ser Superiora General en ejercicio era para él una monstruosidad moral y social al mismo tiempo, que cubría de vergüenza a todo el Instituto y a su fundador. Además de ese hecho, ya grave en sí, el P. Faustino tenía muy mal concepto de la M. María como religiosa[Notas 11].

Por consiguiente, se creyó en la obligación de impedir su ascenso a semejante puesto, por dos razones: por la “honra” suya y de la Congregación y porque así lo mandaban las Constituciones y el Derecho[Notas 12].

Y nos encontramos de nuevo con “el honor” del P. Faustino. Ese sentimiento es una de las claves para entender su personalidad. Lo vimos vivísimo en 1891 y nos lo encontramos aún con pujanza notable en 1924[Notas 13].

El respeto a las leyes era otro gran resorte de su psiquismo. También lo sabemos.

En consecuencia, se lanzó a obrar movido por las dos fuerzas de más raigambre en su alma. Así se explica que a sus años hiciera lo que hizo y viviera este de 1924 con una intensidad psíquica casi inconcebible.

Actuó así. Telegrafió a Sanlúcar que “se hiciera el inventario del archivo y se aplazara lo demás”; ordenó que fueran a Getafe las Consejeras y la Superiora de Sanlúcar; y ya todas en Getafe, ser reunió el 3 de noviembre con la M. María Casaus y le expuso el impedimento canónico para ser Vicaria en funciones de General. Ella lo aceptó y en consecuencia escribió al Cardenal Protector de la Congregación que se dignase solicitar a S. Santidad el favor de nombrar personalmente la Superiora General[Notas 14]. Las peticiones al Cardenal Protector se hicieron con el consejo del Nuncio, dato sumamente importante en vista de lo que luego sucederá[Notas 15]. El Cardenal Protector contestó “pronto”. De esta respuesta sólo sabemos –y también es muy importante- que decía esto: “Todo sigue igual; lo presentaré a S. Santidad”[Notas 16].

El P. Faustino, viendo que la solución era urgente por los males que del silencio se seguían, volvió a escribir al Cardenal Protector el día 25 de diciembre. Su carta ponía sobre el tapete el problema conflictivo: si las Constituciones y el canon 504 permitían que una “hija ilegítima” fuera Vicaria General, en funciones de M. General, a la muerte de ésta. Él afirmaba que no y en su carta dice que el Nuncio afirmaba lo mismo”[Notas 17]. Esta afirmación es importante y está probada.

Pero el Nuncio cambió de parecer, y desde el 25 de enero, en su carta al Secretario de la Congregación de Religiosos, interpretó por primera vez, luego lo hará machaconamente, el canon 504 como justificación de su nueva interpretación: La Vicaria “ilegítima” puede ser Vicaria auténtica sin ulterior consideración. Esta interpretación la impondrá al fin a la misma congregación en virtud del éxito de su política de hechos consumados. Ese mismo éxito le sirve de base para afirmar que él es la autoridad legítima en el presente conflicto, que el P. Faustino es un intruso y que las religiosas que siguen a éste son rebeldes, y deben ser castigadas.

Y empezando a obrar en consecuencia, escribe el 25 de enero a la M. María como verdadera Vicaria y le ordena que convoque el Capítulo que debe elegir a la Superiora General. Debería haber escrito al P. Faustino, que le había consultado mediante el P. Gonzalo Etayo el 14 de diciembre anterior. Pero algo movió al Nuncio a dejar de lado al viejo escolapio de Getafe. Desde ese día lo ignoró totalmente y para todo. Nada significó para él que fuera el fundador de la Congregación y el autor de las Constituciones. A partir de esa fecha irrevocablemente vio en él al rival y –casi seguro- al enemigo. Al dirigirse a la M. María, en vez de hacerlo al P. Faustino, se adentraba por un camino que lo llevaría a él a la injusticia y al P. Faustino a la santidad.

22.3. El mes de febrero. Lo que hizo el “nuevo” Consejo.

Dicho mes fue el del enfrentamiento entre el Nuncio y las religiosas fieles al P. Faustino. Uno y otras entraron en la lid con la conciencia de que tenían razón. En ese mes se cumplía el plazo para obrar si no llegaba antes la solución de Roma[Notas 18].

El grupo del P. Faustino sale primero a la palestra, pero el Padre no lo hace mediante documentos “oficiales”, sino insinuando, avisando y aconsejando a las religiosas. Jurídicamente obraba el nuevo Consejo General que él inspiraba convencido de que lo hacía “conforme a las Constituciones y los Cánones”. Sabemos ahora que efectivamente era él quien tenía la interpretación justa de esos documentos, según la cual la M. María era “inhábil” para ejercer la Vicaría por ser “hija ilegítima”, y por ello fue excluida del Consejo.

Compare el lector el Consejo que gobernaba en vida de la M. Julia y el que empezó a gobernar el 10 de febrero:

El primero estaba integrado así: General, M. Julia Requena de Jesús. Consejera primera y Vicaria General, María Casaus de Jesús. Consejeras: Concepción Hidalgo de Jesús, Natividad Vázquez de Jesús, Luisa Villegas de Jesús y Matilde Pujazón de Jesús.

El Consejo inspirado por el P. Faustino era: Vicaria General con funciones de General interina: Concepción Hidalgo de Jesús. Consejeras: María Amada de Jesús, Luisa Villegas de Jesús, Margarita Artime de Jesús y Anunciación Merino de Jesús.

La M. Natividad Vázquez no estaba en España sino en América. El P. Faustino escribió a las religiosas que aceptasen o renunciasen[Notas 19].

Este Consejo empezó a obrar de la siguiente manera. Antes de haberse constituido oficialmente envió a M. amada a Sanlúcar a entrevistarse con la M. María. Su actuación no fue muy acertada, sino violenta y rayana con la falta de caridad. El día o de febrero la M. Amada entregó a la M. María un oficio del Consejo, fechado el día primero, cuando aún no estaba constituido[Notas 20].

Después de haberse constituido, el día 10, fue sustituida la M. María Casaus por la M. Concepción[Notas 21]. Luego dictó sentencia contra la M. María Casaus por desobediencia y por no ser religiosa, debido a que su profesión fue nula por no haber obtenido de Su Santidad la dispensa de su “ilegitimidad”[Notas 22]; y finalmente dirigió un oficio a Su Santidad en solicitud de ratificación de todo lo hecho, principalmente la deposición de la M. María, oficio en el cual da a conocer en qué fundamento jurídico apoya su actos[Notas 23].

Todo esto lo hizo el Consejo en el mes de febrero. En el de marzo comisionó a la M. Pastora Pérez para que explorase la voluntad de la M. María, recluida en Getafe, a fin de comprobar si tenía voluntad de seguir o no en la Congregación[Notas 24], y escribió al Papa suplicándole que dispensara de los votos a la M. María. Este documento es importante porque en él hace una historia de dicha religiosa y porque repite su manera de interpretar las Constituciones y el Derecho según la mente del P. Faustino[Notas 25].

22.4. Lo que hizo el Nuncio

El Nuncio, por su parte, empezó a obrar apoyado en su segunda interpretación de las Constituciones y el Derecho, como hemos dicho. Su primer acto, grave en sus consecuencias y contradictorio en su primera interpretación, fue ordenarle a la M. María que convocara el Capítulo General[Notas 26]

El 11 de febrero, recibe en Madrid a la M. María, después de que ésta había hablado con el Arzobispo de Sevilla y de su encuentro violento con la M. Amada. La M. María fue a esa visita acompañada por la M. Sagrario Martín. El Nuncio pidió a esta última un informe sobre la Madre María. La M. Sagrario fue a Getafe y solicitó al Padre Fundador datos para escribir ese informe, el cual le puso por escrito treinta y cuatro puntos en los que dejó consignado lo que él pensaba de la religiosa que estaba haciendo de Vicaria General[Notas 27].

Esta entrevista del Nuncio con la M. María es importante. Aquél había dado ya -el 25 de enero- un paso comprometedor, mandándole convocar el Capítulo General Extraordinario, aplicando una nueva interpretación de las leyes[Notas 28]. Pero después había recibido de la Congregación de Religiosos el oficio que el P. Faustino había escrito al Cardenal Protector el 25 de diciembre de 1923[Notas 29], en el que decía a éste último que el Nuncio había aconsejado a la M. María que renunciase a ser Vicaria General, en vista de su ilegitimidad. Se encontraba, pues, el Nuncio en situación embarazosa ante su propia contradicción. Entonces él, en la respuesta a la Congregación, para salir del paso, no encontró otro medio que mentir abiertamente.

En efecto, en su oficio del 8 de febrero a la Congregación dice textualmente: “No es exacto que acudieran al Nuncio; yo nada supe del asunto en aquel entonces y por consiguiente tampoco es verdad que el Nuncio aconsejara la renuncia; consultaría quizá con algún oficial y creyeron consultar a la Nunciatura”[Notas 30].

O miente el Nuncio o miente el P. Gonzalo Etayo. Pero es increíble que un hombre como el P. Etayo, a quien nosotros conocimos, confundiera el Nuncio con un oficial[Notas 31]. Su nueva manera de interpretar los documentos: No. Era verdad que el Nuncio había cambiado de manera de interpretar las Constituciones y el Derecho. En ese mismo oficio del 8 de febrero, en el número 2º, expone a la Congregación su nueva manera de interpretar los documentos: “El P. Faustino dice que la M. María de Jesús era inhábil por ser ilegítima. Era inhábil para ser elegida Superiora General (Canon 504 y Constituciones nº 200), pero no lo era para ser Primera Consejera y consiguientemente Vicaria General; porque ni las Constituciones ni el Código la inhabilitaban”.

No la inhabilitaban según su opinión. La interpretación es simplista, porque la M. María no sólo pretendía ser Vicaria General, sino Vicaria General en funciones de General, cosa muy distinta[Notas 32].

Pero tiene prisa en presentar ante la Congregación una fea imagen del P. Faustino, y así añade: “Como vi en todos, incluso en el Padre Fundador, un desconocimiento absoluto del Derecho les advertí que avisaran a la Nunciatura…”. Pero resulta que ese ignorante absoluto del Derecho había escrito las Constituciones, que fueron aprobadas en Roma sin una sola advertencia, por estar “conformes en todo con el Derecho”. Además, estaba demostrando ahora que sí sabía lo que hacía.

Y termina el Nuncio triunfante: “Por todo lo expuesto, soy del sometido parecer que no se hace necesaria la intervención de la Sda. Congregación, si no acontecen nuevos hechos que la reclamen, pues todo marcha por los trámites del Derecho”.

Son estos mismos temas los que vuelve a tratar el Nuncio en una comunicación del 21 de febrero al Cardenal Laurenti, Prefecto de la Citada Congregación[Notas 33]. Era dar vueltas sobre lo mismo, sin añadir nada nuevo. Al final del documento presenta dos soluciones al problema de las Hijas de la Divina Pastora: “que se rijan por las Constituciones aprobadas recientemente por la S. Sede”, o “que se dispense a la M. María de sus ilegítimos natales”.

Pero para interpretar las Constituciones conforme quería el Nuncio, había que hacer desaparecer el canon 504, y legitimar a la M. María que era precisamente lo que había pedido el P. Faustino. Esas dos soluciones no acreditan demasiado al Nuncio como “legista”.

Se ve que la Congregación estudió el caso con detención y decidió parar los pies al engreído Nuncio. Con fecha 20 de marzo le envió un documento que debió herirle en lo vivo. Conviene copiarlo porque hace luz en este problema, deja al P. Faustino en buen lugar y desdice todas las elucubraciones del atrevido y audaz Nuncio:

“Ilmo. y Rmo. Señor:
Esta Sda. Congregación recibió su Comunicado del 14 de febrero pp. Sobre el Instituto de la Divina Pastora. (Esa fecha es la de recepción en Roma. La Congregación se refiere al documento del Nuncio del 8 de febrero). Se estaba para responderle, cuando llegaron sobre el mismo tema los documentos que se le enviaron al mismo tiempo (los que le envió el Consejo creado a invitación del P. Faustino), teniendo presente que la M. María de Jesús ha pedido (lo hizo en noviembre de 1923) que el oficio (de Vicaria) pasase a la segunda Consejera, Sor Concepción, la cual ha hecho ya varios actos (de autoridad) como resulta de (la lectura) de los Documentos.
Se le hace, pues, observar que el Canon 504 quiere que todas las Superioras Mayores deben ser nacidas de legítimo matrimonio. Ahora bien, según el canon 488, 8º, entre los Superiores Mayores están también los Vicarios de los Superiores y de los Provinciales; la cuestión que se debate consiste en saber si la Vicaria que asume interinamente el oficio a la muerte de la General está incluida por el canon 488, 8º, entre los Superiores Mayores. La cuestión es muy debatida y se está estudiando. Por tanto haga conocer a este Dicasterio V.R., con toda solicitud qué piensa que se puede hacer en este caso. Mientras lo espera, téngame por…”[Notas 34].

La Sagrada Congregación se muestra muy cauta en este problema. Afirma que está en estudio, con lo cual reprueba la precipitación del Nuncio en obrar como si la solución por él adoptada fuera la única y la legítima. Tiene la prudencia de pedir al Nuncio que exprese su opinión, y no le pone un plazo determinado para dar su respuesta. El Nuncio se lanzó a obrar a fondo y lo hizo repetidamente, con aparente seguridad[Notas 35]. Tardó el Nuncio en contestar el oficio transcrito. Lo hizo el 29 de abril. Este tiempo no lo empleó en reflexionar sobre la Constituciones o sobre el derecho, que era lo que se le pedía, sino en obrar de modo febril, impositivo, cruel y tiránico. El juicio no es nuestro sino de sus víctimas, como veremos.

22.5. El triunfo de la M. María y la humillación de las hijas fieles

Conviene que ahora sigamos los pasos de la M. María hablando de ella directamente, no en función de otro. Su figura es decisiva en esta crisis, aunque fue instrumentalizada por el Nuncio, apoyándose en sus orgullosas aspiraciones.

La M. María forma parte de la trilogía que amargó la vida del P. Faustino, con Ángeles González León y Antonia García Marín. Esta última fue la autora de su pasión, por si algo le faltaba a la causada por las otras dos. María era una mujer de muchos valores humanos: inteligente, hábil en el manejo de los negocios, creativa y dotada para sobre vivir a sus propias desgracias. Pero era soberbia y difícilmente podía vivir sometida a otra. El P. Faustino la retrata bien en los puntos 5º a 8º de los treinta y cuatro sobre su vida[Notas 36]. No podía tolerar a otra sobre ella. Dice el P. Faustino en ese documento:

“5º. Al resultar elegida (General) la M. Julia, no pudo dicha M. María ocultar su disgusto.
6º. Que al verse nombrada Primera Consejera, mostró singular satisfacción.
7º. Que desde entonces empezó a zaherir a la M. Julia con su innoble fiscalización, patrocinando a toda religiosa que hubiese sido amonestada o corregida por la M. General.
8º. Que esto lo hacía de viva voz y por cartas, varias de las cuales cayeron en manos de la M. General y fueron mostradas a dicha M. María en el Consejo habido en Getafe ante el Fundador”[Notas 37].

Con estos antecedentes se comprende mejor su conducta en cuanto vamos a historiar ahora, a partir del momento de la muerte de la M. Julia.

Al principio, como vimos, se sometió a los consejos del Padre Fundador. Pero se comprende que aprovechase la primera ocasión que se le presentara para conseguir sus altas aspiraciones: llegar a General de la Congregación. Veamos los pasos por los que se fue acercando a esa meta.

El día 25 de enero el P. Faustino la mandó a Sanlúcar a fin de que se ocupara en preparar el viaje de algunas religiosas a América. En eso estaba cuando llegó de Getafe la M. Amada, comisionada por el Consejo para que la vigilara y le ordenara regresar a Getafe[Notas 38].

La M. María se opuso y decidió acudir al Arzobispo de Sevilla. Éste la escuchó el día 9 de febrero y le recomendó que se viera en Madrid con el Nuncio. Salió, en efecto, de Sevilla el 10. El 11, acompañada de la M. Sagrario, visitó al Nuncio y éste la mandó a Getafe con la orden de pedir el oficio que él había dirigido a “la Vicaria General, M. María Casaus” el día 25 de enero. Llegó a Getafe el 12, cuando hacía dos días que se había posesionado el nuevo Consejo General. Mala hora para llegar, porque en aquel momento todo la acusaba en Getafe. El Consejo le comunicó que no era Vicaria, ni siquiera religiosa, y que iban a aplicarle los temidos “Principios de Gobierno” de las Constituciones.

El día 16 escribe al Nuncio dos comunicaciones. Con la primera le envía “el escrito ordenado” (no sabemos sobre qué tema), y le ruega que “tenga caridad con estas sus pobres hijas, que a mi pobre juicio creo que, obteniendo una dispensa de S. Santidad que cubra toda mi vida religiosa, se lograría la paz, después de castigar a las delincuentes[Notas 39]. Suponemos que las delincuentes serían las del nuevo Consejo.

En la segunda comunicación del mismo 16 relata su encuentro con las integrantes del recién constituido Consejo General. Dice que no la creyeron cuando les pidió el oficio que le dirigiera el 25 de enero; que la M. Margarita Artime la había dicho sin rodeos que el Nuncio no tenía autoridad alguna; que le aplicarían a ella los “Principios de Gobierno”; que las cosas estaban arregladas conforme a los Cánones y que “Su Eminencia consultase a los canonistas”[Notas 40].

Es claro que el que hablaba por boca de la M. Margarita era el P. Faustino, el cual, visto que Roma no había contestado, entendió el silencio como aprobación de su interpretación de las Constituciones y del Derecho Canónico.

El Nuncio, en efecto, consultó al “Asesor jurídico de la Nunciatura”, el cual le confirmó que su interpretación era legítima. Los dos, pues, obraban convencidos de la justicia de su causa. Pero la interpretación del P. Faustino era más profunda y resultó vencedora cuando, en marzo, habló la Congregación de Religiosos, como hemos dicho.

Aún escribió la M. María otra comunicación al Nuncio, el 2 de marzo, en la cual le dice que está encerrada e incomunicada. Lo que llena su escrito es la protesta emotiva, quejándose de que hayan publicado su deshonra ante toda la Congregación, y de paso miente, casi segura de que sus mentiras serían acogidas sin dificultad. “Mis padres –dice- vivieron cristianamente y así educaron a sus hijas, que hasta después de su muerte no supieron el secreto; además Dios Ntro. Señor, todo misericordia con el pecador arrepentido, seguramente los perdonó, pues sus hijas los vimos morir recibiendo los sacramentos”[Notas 41].

Las tres comunicaciones al Nuncio son tres sondeos, para ir insinuándose en el ánimo de quien ella ya había intuido desde la primera entrevista el 11 de febrero, que le era favorable, y que en él podía tener un aliado contra el Consejo y contra el P. Faustino. No se equivocó en su intuición femenina. El Nuncio deseaba tomar la iniciativa en aquel negocio, dejando de lado definitivamente al P. Faustino. Las frases de la M. María para indisponer al Nuncio contra ellos son claras: “Sor Margarita Artime de Jesús (su rival más peligrosa, humanamente hablando), entre otras expresiones, dijo que Su Eminencia no tenía autoridad sobre nosotras por estar aprobadas por S. Santidad…, que los cánones lo mandaban y que consultase Su Eminencia con los canonistas”[Notas 42]. Su recurso a los sentimientos y la comprensión, tan femenino, perseguía un fin: ganarse el afecto del Nuncio. Lo consiguió totalmente. Supo sobrenadar en la borrasca.

En este momento cargado de tensión llegó la carta de la M. Ángeles González sobre la ilegitimidad de la M. María. Es notable esta carta, en la cual acusa abiertamente a la M. María y en cambio se justifica en el ingreso de una “hija ilegítima” en la Congregación y de que nada se hubiera hecho para conseguir la dispensa de ese impedimento. Es evidente que M. Ángeles tuvo culpa, pues era la Superiora General. Y la tuvo también en haber dejado a la M. María ocupar puestos de responsabilidad en la Congregación, aunque sobre este punto concreto, dice: “Ya se quiso evitar esto (la complicada situación presente) dejándola sin cargos, pero lo tomaron a mal y para mí fue el sufrimiento”[Notas 43]. Contra esta afirmación escribió la interesada, M. María: “Es significativo que llegara yo a los altos cargos sin protesta de nadie”[Notas 44].

Pero dada la historia de la M. Ángeles desde su destitución, no se puede evitar hacer esta pregunta: ¿Por qué en esta ocasión la M. Ángeles toma partido por el P. Faustino y su Consejo? Seguramente porque la acción del Nuncio y su victoria posterior no eran previsibles entonces cuando el nuevo Consejo obraba por medio de oficios públicos, como dueño de la situación. Cuando el panorama cambió, la M. Ángeles cambió también y se puso al lado de la triunfante M. María[Notas 45].

22.6. El Nuncio obra mediante el Visitador de religiosos, don Emilio Rodríguez

El Nuncio a quien se le había ordenado responder al oficio del 20 de marzo, se decidió por obrar, para ganar tiempo con hechos consumados. Eligió para su intento a un hombre “práctico” y eficaz, don Emilio Rodríguez Quevada, Visitador de religiosas de la diócesis de Madrid[Notas 46].

El 29 de marzo, nueve días después del oficio de la Congregación de Religiosos en que le mandaba esperar, el Visitador, cumpliendo órdenes del Nuncio, se trasladó a Getafe, a visitar a la M. María, encerrada allí por orden del nuevo Consejo. Iba prevenido a favor de ella o -mejor aún- en contra del P. Faustino y del Consejo. Iba a pedirle datos sobre lo que había sucedido y dispuesto a creerla. Porque si hubiera buscado toda la verdad, habría ido después a ver al P. Faustino, testigo de excepción, que vivía a trescientos metros de donde estaba encerrada la M. María. Pero no lo hizo. Por eso dudamos de que buscara la verdad total. Tal vez la falta de sinceridad haya que atribuirla más al mandante que a él. El P. Faustino le hubiera dado la otra cara de los sucesos: habría dicho de la M. María lo que le escribió el 9 de abril –sólo diez días después- a la M. Sagrario Martín, con destino al Nuncio. En ese documento dice que la puso “como hoja de perejil”[Notas 47]. Tal vez la verdad estaba en medio. Pero en vez de esto, don Emilio y el Nuncio dieron total crédito a la M. María, de tal manera que el Nuncio tomó las declaraciones de ella como base de su comunicación del día 20 de junio a la Congregación de Religiosos[Notas 48].

Nada dice el Nuncio en su informe del concepto en que el P. Faustino y el Consejo tenían a la M. María. La objetividad de ésta en tal declaración era casi imposible por estas circunstancias: había sido acosada en Sanlúcar por la M. Amada; se hallaba encerrada en Getafe desde hacía varios días; tenía como contrincante a la M. Margarita Artime[Notas 49], y estaba convencida de que el Visitador se encontraba de su parte.

Es seguro que el Visitador la asesoró en algunas respuestas, en las que usa en lenguaje jurídico y técnico, impropio de una religiosa, aunque tuviera el título de maestra[Notas 50]. Y tanto la M. María como el Nuncio en su oficio, fueron acríticos y fallaron en varias afirmaciones. Veámoslo.

22.6.1. Documento del 29 de abril

El Nuncio cita por tres veces, mutilada, la respuesta del Cardenal Protector. En todo este documento, que fue la primera comunicación del Nuncio a la Congregación después del oficio de ésta en que le advirtió cómo debía entenderse el canon 504, no dice nada sobre esos temas. En efecto, dicho documento se divide en dos partes: en la primera habla únicamente de los sucesos de febrero; y en la segunda, de la intervención del visitador, y dice que éste envió a la M. Concepción una carta que la hizo reflexionar. Pero resulta que los temas que el Nuncio dice que el Visitador trató en esa carta son los mismos que contiene el documento que el Visitador presentó a las MM. Concepción, Amada y Artime para que lo firmasen, en una atmósfera de coacción, miedo y lágrimas. Sobre estos temas habla de nuevo el Nuncio a la Sagrada Congregación en el número 28 del oficio del 20 de junio y repite lo mismo con variantes interesantes que confirman nuestra interpretación. Veamos lo que dice, porque ello nos demuestra la manera de actuar del Nuncio y su Visitador:

“En espera de las disposiciones que quiera tomar esa Sda. Congregación[Notas 51], yo he procurado poner un poco de orden en la marcha de este pobre Instituto. Sobre ello he hablado con el P. Provincial de los Escolapios, el cual prohibió a los Religiosos de la Provincia –comprendido también el P. Faustino Míguez- todo contacto con las Hijas de la Divina Pastora y fue para mí una providencia que el Visitador de Religiosas de la Diócesis de Madrid, quien desde hace tiempo conoce a la Segunda Consejera complicada en todas estas andanzas, se apresuró a escribirle una “carta confidencial” exponiéndole el gran peligro que creaban la Instituto si perseveraban en su conducta pasada de rebelión contra las Constituciones, contra el Cardenal Protector (que el pasado noviembre había escrito a la Vicaria que “todo permanecía sin cambiar”) y el Nuncio Apostólico… Es el caso que aquellas religiosas viéndose descubiertas en sus intrigas, comenzaron a llorar y a pedir perdón y decir que no habían hecho otra cosa que obedecer al Padre Fundador y copiar literalmente los documentos, cuya minuta les daba el Fundador”[Notas 52].

Difícilmente se pueden decir tantas inexactitudes, mentiras y calumnias en tan pocas palabras. El Nuncio Tiene una rara habilidad para presentar las cosas desde su punto de vista, tergiversándolo y ensuciándolo todo. Principalmente la figura del Fundador queda ennegrecida y falseada, al tiempo que la acción del Visitador ennoblecida y falseada. Pero resulta que los temas de “cartica confidencial” (“letterina confidenziale”) son los mismos que contiene el documento que el Visitador presentó a las atemorizadas religiosas para que lo firmaran sin más. Lo veremos abajo[Notas 53].

22.6.2. Documento del 20 de junio

Es el documento del que hemos tomado el párrafo del Nuncio anteriormente transcrito, sobre el cual habría que escribir un libro. El P. Vilá, antes de copiarlo, pone una introducción bien pensada y ceñida a los documentos, de la que copiamos lo que sigue:

“El contenido es de la investigación llevada a cabo por el Visitador de religiosas de la Diócesis de Madrid, D. Emilio Rodríguez Quevada. Interrogó bajo juramento de decir la verdad y mantener el secreto a varias religiosas; a este informe sólo se adjuntan las declaraciones de la M. Concepción, la M. Sagrario y la de la M. María Casaus.
Acá y allá está sembrado de insinuaciones malévolas, para hacer sospechosas a algunas religiosas. Remacha otra vez su personal opinión (sobre la interpretación de las Constituciones y el Derecho Canónico) que es la que ha implantado, metiéndose en lo que no debía.
Este escrito es la minuta o borrador (que se ha encontrado en la Nunciatura de Madrid), digno de un estudio psicológico por las tachaduras y arreglos cada vez que va a exponer cosas inexactas y discutibles, pero que a él interesa presentar con habilidad diplomática, como no hecho por él sino espontáneamente por otros; tal la actuación del Provincial de los escolapios, del Visitador Rodríguez y sobre todo la espontaneidad de las “rebeldes”, para restablecer el antiguo estado de cosas, sin advertir que incurre en contradicciones, no advertibles para los lectores de Roma, en quienes piensa, pero clarísimas al crítico histórico, que cuenta hoy con los documentos auténticos que le desmienten”[Notas 54].

Es difícil hacer un mejor resumen de lo que es todo el documento. Pero se le olvidó a Vilá enumerar entre las personas que salen mal paradas de la pluma del Nuncio, al P. Faustino Míguez, del cual, además de lo que dice en el párrafo citado antes, afirma lo siguiente, con refinada malicia que llega hasta la burla:

“En todo este inexplicable manejo sobresale la figura del P. Fundador. Es este el Rev. P. Faustino Míguez de la Congregación de las Escuelas Pías; un religioso muy observante, un santo –como decía el P. Provincial de las Escuelas Pías- pero un santo “sui generis” (a su modo, especial) Fundó a las Hijas de la Divina Pastora contra la voluntad de los superiores y algo así como para hacer oposición a las Escolapias. Científico (tachadura: tomó la dirección de una), inventó específicos farmacéuticos muy apreciados, que se venden en una farmacia de Getafe, con cuya ganancia fundó colegios y casas de sus Hijas de la Divina Pastora”[Notas 55].

También aquí es maestro el Nuncio en escribir calumnias claras, como la de que el P. Faustino fundó el Instituto contra la voluntad de los superiores, y en mezclarlas con burlas, sarcasmos y sospechosas alabanzas. Todo lo cual nos dice psicológicamente quién es el Nuncio, tanto o más que las tachaduras al escribir, porque si éstas revelan inseguridad y mala conciencia en lo que dice, las mentiras, las burlas y las afirmaciones tendenciosas lo denuncian como mala persona. Miente a sabiendas de que miente. Se declara además como un diplomático maquiavélico, no como un diplomático de la Iglesia. No podemos decir más sobre este documento, monumento a una diplomacia corrompida. La frase es dura, pero cierta. Para comprobarlo, basta leer los números 15 y 16 de este mismo documento, en los que interpreta con intención maliciosa hechos sencillos del P. Faustino y del Consejo. Dice así:

“Nº 15. El 10 de febrero, antes de que la M. María llegase de Sanlúcar, se celebró un Consejo en este colegio y se declaró Vicaria General a la Segunda Asistente. Hecho esto, la nueva Vicaria con su Consejo se trasladó a Sanlúcar, como para alejarse de la Proximidad del Nuncio[Notas 56].
Nº 16. Las súplicas que el nuevo Consejo envió al Santo Padre a fines de febrero y que les devuelvo adjuntas, habrían pretendido sorprender la buena fe de la Santa Sede y colocar la autoridad Apostólica en contra y sobre la autoridad del Nuncio”.

A esto se le llama en todas partes mala fe; en una palabra, “política” sucia.

22.7. Las actuaciones del Visitador con las religiosas del nuevo Consejo.

Ahora que hemos resumido el contenido de los oficios del Nuncio a la Congregación de Religiosos, detengámonos a relatar la actividad investigadora (¿?) del Visitador, don Emilio Rodríguez.

22.7.1. Declaraciones de la M. María, del 29 de marzo

De estas declaraciones ya hemos hablado arriba[Notas 57]. Añadamos ahora que de acuerdo con los datos que poseemos y según se desprende de las mismas, don Emilio no iba a buscar la verdad sino a servir al Nuncio. No olvide el lector que dichas declaraciones fueron tomadas nueve días después de la reprimenda que la Sagrada Congregación había dado al Nuncio, don Federico Tedeschini. Le era preciso a éste evitar otras mayores, consiguiendo una declaración de culpabilidad de las que él llamará “rebeldes” sin haber demostrado ninguna rebeldía. Si el lector va a leerlas, hágalo desde estas premisas:

Supone que todo lo hecho por el P. Faustino es ilegal, aunque la declaración de la Congregación demostraba que no era así; el “investigador” da por buena toda la interpretación de los hechos de la M. María, desde su punto de vista nada más; la inculpación repetida de que el P. Faustino no tenía autoridad alguna –la repite tres veces- carece de fundamento, ya que él aconsejó y dirigió, pero no ordenó nada “oficialmente”. Además psicológicamente esa acusación era una cortina de humo para que la Congregación de religiosos no advirtiera que el Nuncio carecía de tal autoridad, como acababa de decírselo con fecha del 20 de marzo (Véase p. 324). La manera violenta de proceder el Visitador y el Nuncio, posterior a esta declaración, es una grave acusación de las intenciones que ambos tenían al hacerla.

22.7.2. Declaraciones de la M. Sagrario Martín

El eficaz Visitador buscó otras declaraciones, y ahora de las contrarias a la M. María, seguramente para neutralizarlas. Empezó por la M. Sagrario Martín, la religiosa que había acompañado a la M. María, en febrero, en su visita al Nuncio, cuando éste le pidió que le informara sobre la misma M. María. Entonces recibió de la mano del P. Faustino los treinta y cuatro puntos en que éste describió con fuertes pinceladas la conducta y la manera de ser de la M. María. Ahora, en abril, quería saber si persistía en la misma opinión sobre la que él consideraba la legítima Vicaria.

La M. Sagrario se presenta ante el Visitador y con dignidad y sin perplejidades dice que efectivamente lo que entregó al Nuncio fue escrito por el Padre Fundador, pero no de su mano sino mediante el P. Gonzalo Etayo. Se ratifica en que las cosas que declaró sobre la M. María “si bien se contienen en el borrador que le entregó el P. Fundador, ella misma las ha oído, unas a las religiosas de Getafe y otras al Rdo. Padre Fundador, excepto los dos últimos renglones del escrito, referentes a la visita de la M. Casaus al Excmo. Sr. Arzobispo de Sevilla, y a que no había dicho la M. Casaus la verdad, que éstas se las oyó al P. Gonzalo”[Notas 58].

Estas declaraciones no debieron servir mucho al Visitador para sus planes. Por eso llamó a la M. Concepción, quien era nada menos que la Vicaria y Presidenta del Consejo inspirado por el P. Faustino. Veamos la declaración del ella.

22.7.3. Declaración de la M. Concepción Hidalgo

A la M. Concepción Hidalgo le tocó presidir, como ya sabemos, el Consejo que se creó según la interpretación dada a esos textos jurídicos por el P. Faustino. Ella firmó varios oficios ya reseñados, entre otros la deposición de la M. María. Era ella, pues, el símbolo de la oposición al Nuncio, desde que éste se lanzó a poner por obra su propia interpretación de esos textos. Dice el Nuncio que el Visitador la conocía y que le dirigió una “cartica confidencial” para hacerla desistir de su “rebelión”. Ya hemos dicho que todo indica que esa benévola interpretación del Nuncio es un eufemismo para ocultar la realidad de lo que ocurrió, y hemos expresado también en qué fundamos esta opinión[Notas 59].

La entrevista, pues, del Visitador con la M. Concepción no debió ser tan apacible como indica la palabra “cartica confidencial” del Nuncio. Debió ser una escena violenta, dura, impositiva o coactiva. Esto se comprueba leyendo las dos declaraciones que nos han quedado de la M. Concepción. Ambas son lacónicas, secas, sin una sola palabra que indique expansión o efusión afectiva o relación humana alguna. Es impresionante comparar estas dos declaraciones de la M. Concepción[Notas 60] con la larga, efusiva, comunicativa y razonada hasta la charlatanería de la M. María. Los diferentes estilos están denunciando dos ambientes de comunicación entre el Visitador y las dos religiosas totalmente diversas. La primera, de temor, incomunicación, reserva y miedo; la otra, de confianza efusiva.

El P. Vilá dice que entre los dos documentos de la M. Concepción hay diferencia aún en la caligrafía. El terror parece que se iba acentuando, hasta llegar a su clímax el día 29 de ese terrible abril, en que se firmó la autoacusación de las víctimas, entre lágrimas y sollozos, según dice disimuladamente el mismo Nuncio

Veamos el primero de dichos documentos, el de la M. Concepción. Advierta el lector que ésta nada dice contra el P. Faustino, ni contra su propia acusación. Se nota que continúa pensando que al seguir las indicaciones del Padre, no hizo nada malo ni censurable. Todo respondía a la interpretación del Fundador, según el cual el Nuncio no tenía por qué intervenir en ese asunto, ni en enero, ni en abril.

“Declaración de la M. Concepción Hidalgo de Jesús (actual Vicaria desde el Consejo del 10 de febrero).
Declara: 1º La carta-orden del Excmo. Sr. Nuncio dirigida a la Vicaria (que fuera) la recibió, la llevó al colegio de PP. Escolapios de Getafe, acompañada de Sor Margarita Artime, la misma que declara, la abrieron las dos religiosas delante del P. Míguez y éste se la leyó a las religiosas; pero las religiosas no la conservan y acaso la tengan los Padres.
Declara: 2º Que la carta del Sr. Auditor Asesor del 18 de enero, dirigida al Rdo. P. Míguez tampoco la tienen, ni conocen su contenido[Notas 61]. “
Declara: 3º Que el reservado del Emmo. Cardenal Protector ordenando que “todo continuara igual”[Notas 62] se lo leyó el Rdo. P. Míguez[Notas 63] y que ellas no lo tienen.
Declara: 4º Que recibida la orden de incomunicación con los PP. Escolapios, ésta ha sido absoluta[Notas 64].
Declara: 5º Que desde el día 5 de abril dio orden a la M. Casaus[Notas 65] para que pudiera salir a la huerta cuantas veces quisiera. Tal es la declaración de Sor Concepción Hidalgo de Jesús después de haber prestado juramento de decir la verdad y guardar el secreto.
Madrid 10 de abril de 1924. Sor Concepción Hidalgo de Jesús. (Rubricado)”[Notas 66].

Cuatro días después escribió de su puño y letra, la M. Concepción, un oficio al Visitador, cumpliendo órdenes de éste transmitidas por medio de la M. María Casaus para ejecutar lo que en él se dice:

“Cumpliendo sus órdenes el mismo día 12, al entregarme la M. María Casaus de Jesús, sus líneas[Notas 67], inmediatamente, reuní la Comunidad y les dije, “que hasta nueva orden la M. Vicaria era la M. María Casaus de Jesús”. Después a dicha Madre comuniqué que podía ocupar el lugar designado y se excusó de hacerlo alegando estaba muy cansada. Ayer, 13, transmití a todas las casas la misma orden, quedando constituido el Consejo en la forma que estaba a la muerte de la M. General q.s.g.h., y a las Madres que fueron elegidas hasta el 10 de febrero de 1924 quedaron sin pertenecer al Consejo desde el mismo momento que V. lo indicó, residiendo en Getafe, conforme en todo a su mandato.
Es cuanto respetuosamente tiene que exponer a V. su humilde servidora en Cristo, Sor Concepción Hidalgo de Jesús”[Notas 68].

Dice el P. Vilá que “sería interesante el estudio de su firma en este documento, con la del documento anterior”. Evidentemente, la M. Concepción sentiría al firmar, la tragedia que estaban viviendo ella y el Padre Fundador. Para éste y para ella la nueva situación era “la deshonra” de la Congregación ante toda la Iglesia. Y esto se manifestaba en una depresión total. Pero obedeció. También ella tomó el cáliz de su pasión. La amargura era indeciblemente mayor porque el Fundador estaba allí, a trescientos metros de distancia, pero en absoluta incomunicación con ella. Estaba “sola”. Como Jesús en la cruz. La hiel era también amarga. A ella y a las demás del Consejo se las presentará a la Sagrada Congregación de Roma, como ambiciosas, rebeldes, seguidoras de un “santo sui generis”. Y eso para el resto de su vida, porque -como ya veremos- el Visitador se encargará de hacer caer sobre ellas todo el peso de la parcialidad del Nuncio.

El Visitador había dado orden de que las religiosas “rebeldes” se fueran a Getafe, para dejar a Sanlúcar libre para el viejo Consejo, presidido por la M. María. El 11 de abril se entrevistó ésta con el Visitador, el cual le entregó una “orden” para la M. Concepción en el sentido de que entregara a ella –a la M. María- el gobierno. Sor Concepción, como ya hemos visto, cumplió tal mandato.

Pero nosotros debemos preguntarnos: ¿Con qué autoridad hicieron esto el Nuncio y su mandante, el Visitador? No fue con autoridad, sino contra la autoridad de la Congregación de Religiosos. Ya lo sabemos. ¿Cómo fue posible que después esta Congregación nada hiciera contra el Nuncio y su ayudante? Por la astucia con que éstos le presentaron la “confesión de las rebeldes y su declaración de culpabilidad”. ¡Pero la Sagrada Congregación sabía que esa culpa no existía! No habían hecho sino interpretar el Derecho como lo había interpretado ella. De nuevo se nos impone la pregunta: ¿Cómo fue posible esto?

22.8. Los atropellos del Visitador a sus víctimas

Veamos las escenas de esa Pasión. Ocurrieron después que llegaron de Sanlúcar las restantes Madres del Consejo “fiel”. Lo que vamos a narrar ocurrió, pues, con posterioridad al día 14 y antes del 29 de abril de 1924, ya que en esta segunda fecha firmaron su auto-acusación[Notas 69].

El Visitador, una vez que tuvo en sus manos la declaración amañada se la M. María, la de Sor Sagrario y la de Sor Concepción, llamó a las demás componentes del consejo “rebelde” a la Nunciatura, en Madrid, donde ocurrió lo que sigue, narrado por una de las víctimas, la M. Margarita Artime:

“El Sr. Visitador, que era el Sr. Emilio Rodríguez Quevada, me tuvo encerrada durante tres horas en una habitación de las oficinas del Obispado (de la calle de la Pasa) hasta que firmé lo que él quería que firmase; no sé qué; y Mons. Tedeschini (el Nuncio), influido tal vez por el Visitador, me quitó de las manos las Constituciones, diciendo: “No hay Derecho ni Constituciones. El Derecho soy yo”, dándose una palmada en el pecho”[Notas 70].

La misma M. Margarita añade esto sobre el Visitador:

“En todo este tristísimo asunto el Visitador de Madrid, D. Emilio Rodríguez Quevada, se portó con el Rdo. Padre y conmigo especialmente como un verdadero tirano, porque la M. María Casaus me hizo responsable de todo lo ocurrido, obligándome a firmar bajo coacción lo que él quería. No molestaba tanto a las demás; sólo me llamaba a mí y con terribles amenazas me intimidaba sin permitirme hablar. Sólo sé que el Padre sufrió muchísimo con esto. A mí me prohibieron terminantemente ver o escribir al Rdo. Padre”[Notas 71].

Era precisamente a la M. Margarita Artime a la que se deseaba hacer confesar, una vez que la M. Concepción había sido sometida. La M. Margarita había sido la más decidida defensora del Padre Fundador, por su carácter abierto y firme.

La M. María Casaus consideraba a aquélla su rival más peligrosa, sobre la que vertió más calumnias[Notas 72].

Después de lo dicho copiemos la auto-acusación de las “rebeldes”, digna de figurar al lado de tantas auto-confesiones marxistas:

“El Consejo General del pío Instituto de las Hijas de la Divina Pastora, actualmente residente en Getafe, humildemente expone al Excmo. Sr. Nuncio:
1º Seguramente hemos dado motivo para suponernos en abierta rebeldía con la autoridad de V. Excelencia y por tanto de la S. Sede, a juzgar por el desarrollo que han tenido los acontecimientos después de la muerte de la Madre General en este nuestro amado Instituto de Hijas de la Divina Pastora”.

Y ahora una puñalada directa contra el fundador, escrita por el visitador:

“A pesar de ello y sin entrar en explicación de estos hechos, debemos expresar con toda la pena que nos produce el saber el peligro que nosotras y nuestro Pío Instituto hemos corrido de hallarnos en concepto de desobedientes a las órdenes emanadas de V. Excelencia, que no ha sido impulso nuestro ni la marcha de esos sucesos, ni su carácter de discrepancia a las órdenes del dignísimo representante de la Santa Sede: todo ello procede de la dirección inicial de este Pío Instituto desde su fundación; por eso estas religiosas descansaban en esa dirección y sin su consejo no daban ningún paso importante para la vida del Instituto”[Notas 73].

Estas palabras llevan la marca de fábrica. Nacieron en la mente del Nuncio. En estas palabras hay dos cosas: la primera, muy clara, que fueron escritas por el Visitador e impuestas a las débiles religiosas. La segunda una acusación contra el P. Faustino, velada y contradictoria, porque “dirigir y dar consejos” no puede achacarse como pecado al fundador de una Congregación[Notas 74].

Compárese lo que dicen esos párrafos copiados con lo que escribió el Nuncio al Cardenal Laurenti, prefecto de la Congregación de Religiosos, el mismo día que está firmada esta auto-acusación de las “rebeldes” atribuyéndolo a una “información” del Visitador:

“1º Que las religiosas nada habían hecho de su propia iniciativa, sino que todo lo habían hecho por consejo y mandato de los PP. Escolapios, concretándose ellas a firmar lo que los Padres le presentaban y a hacer canto ellos les decían.
2º Que comprendían que la marcha que seguían de rebeldía a la autoridad era indefendible, producía escándalo en el Instituto y labraba una mina y que era su mayor deseo volver al cauce de las Constituciones, conforme le aconsejaba la Nunciatura.
3º Que se arrepentían de todo lo hecho, pedían perdón y se disponían a desandar lo mal andado, restituyendo las cosas en el estado en que se hallaban al recibir las instrucciones del Nuncio”[Notas 75].

Y ahora oigamos al Nuncio comunicar a Roma esto:

“El hecho fue que aquellas religiosas, viéndose descubiertas en sus intrigas, empezaron a llorar y a pedir perdón y a decir que no habían hecho otra cosa que obedecer al fundador y a copiar literalmente los documentos de los que el fundador les daba la Minuta”[Notas 76].

Esta era la manera de ocultar lo que estaba haciendo él, atribuyéndolo al fundador, a quien tenía en aquella hora incomunicado de sus hijas.

Estos hechos, leyéndolos psicológicamente, nos dicen que el Nuncio tenía un miedo obsesivo al P. Faustino. Por eso nunca le vio. ¡Y era el fundador de la congregación! Y razonaba tan bien a sus noventa y dos años de edad, que superó al Nuncio en razonamiento y justamente en el terreno propio de éste, el jurídico. Eso demuestra la increíble inseguridad con que escribió el documento más calumnioso para el fundador, el del 20 de junio, ya estudiado.

Si la Congregación de Religiosos no se hubiera entregado –no sabemos por qué – a la solución fácil de los hechos consumados y hubiera incoado un juicio contra el Nuncio por usurpación de autoridad, sólo por las calumnias, imprecisiones, mentiras e inexactitudes que vertió en ese documento, debería haberlo condenado. Pero se calló y dejó a los inocentes en manos de un audaz con fortuna.

Pero el Nuncio hizo más: decidió silenciar al P. Faustino.

22.9 El aislamiento del P. Faustino

La acción del Nuncio se dirigió también a otro objetivo: aislar al fundador de sus religiosas. Esta conducta raya en lo inhumano. Sólo se trata así a los criminales. El P. Faustino era el fundador de una Congregación benemérita de la Iglesia y de la sociedad, y era un anciano venerable, al que nadie le había demostrado acción alguna reprobable, ni menos digna de su santa vida, a quien, por lo mismo, se debía honor y respeto. En cambio de eso, se le aislaba como a un malhechor.

El Nuncio llamó a su despacho al Padre Provincial de los Escolapios y le ordenó lo que dice este oficio que dirigió a sus súbditos del Colegio de Getafe el 6 de abril de 1924:

“Llamado por el Sr. Nuncio, le comunico a los efectos consiguientes y de aplicación inmediata, que se cumpla en absoluto lo por el Señor Nuncio dispuesto, es a saber:
Que cese toda comunicación de palabra y por escrito de los religiosos de las Escuelas Pías, incluso el Padre Fundador, con las Religiosas de la Divina Pastora, interim no desaparezcan las actuales circunstancias por las que atraviesan las citadas religiosas. Por lo tanto pongo en comunicación del Padre Rector y Comunidad de Getafe que todos cumplan con lo dispuesto”[Notas 77].

El lector ve la prontitud con que obedecieron el Padre Provincial y los religiosos[Notas 78]. No obstante, el día 29 de ese mismo mes de abril el Nuncio comunicó lo siguiente al Cardenal Laurenti, Prefecto de la Congregación de religiosos:

“Conocida la causa principal del disturbio, llamé al P. Provincial de los Escolapios, le conté lo acaecido en Getafe y el manejo injustificado de los PP. Escolapios”[Notas 79].

¿Qué necesidad tenía el Nuncio de añadir esta nueva mentira?

22.10. El nuevo orden del Nuncio

Según dijo en junio el Nuncio[Notas 80], había puesto orden en el Instituto. Veamos qué orden.

En primer lugar manda a la M. María Casaus que convoque el Capítulo General Extraordinario que debe elegir a la sucesora de la M. Julia:

“Rda. M. Vicaria: Devuelto ya el orden al Instituto y con la seguridad de que gracias a Dios no volverán a repetirse los disturbios[Notas 81]… sin perjuicio de dar cumplimiento a lo que en su día disponga la S. Sede[Notas 82], me complazco[Notas 83] en hacerle presente la necesidad de proceder al cumplimiento de las instrucciones que en febrero pp recibió el Instituto de esta Nunciatura”[Notas 84].

Esto lo escribió el Nuncio el día 1 de mayo, y el 15 la nueva Vicaria triunfante dirigió la circular de convocatoria del Capítulo General. Lo hacía sólo tres días después de haber sido repuesta en su autoridad por la amedrentada M. Concepción, como dijimos arriba. En dicha circular dijo triunfalmente:

“Queda por orden superior sin efecto alguno la convocatoria transmitida con fecha 19 de febrero de 1924. Así lo ordenamos y mandamos por las presentes, firmadas y selladas por nuestra Secretaria sustituta. Sor María Casaus”[Notas 85].

Era el orden nuevo. El capítulo se celebró en su día, pero atendiendo a la autoridad que lo convocó, debió ser nulo. La Congregación de religiosos nunca lo validó expresamente. Sólo, si esto sirve para algo, lo dio por bueno, como todo lo hecho ilegítimamente por el Nuncio, en vista de la falsa auto-acusación de las víctimas. Aquí, como en tantas ocasiones en que la miseria humana todo lo ensucia y lo pervierte, la Iglesia suple. Lo humano no llega a más.

Hubo una espera, para que se cumpliera el plazo fijado por las Constituciones entre la convocatoria del capítulo y su celebración. Pero el día 17 de octubre expidió otro oficio, en el que dispuso lo que debía alistarse para el capítulo y cómo debían prepararse espiritualmente[Notas 86] las religiosas para la celebración del mismo[Notas 87].

Por fin, el 15 de noviembre, se realizó el capítulo, cuyo resultado fue el siguiente: General, elegida por unanimidad, la M. Natividad Vázquez de Jesús; Vicaria General, la M. Gemma de Jesús; y Consejeras las MM. María de Jesús, Matilde de Jesús y Soledad de Jesús[Notas 88].

Como es fácil ver, fue un capítulo de compromiso. La M. Natividad había estado en América durante la crisis de la Congregación y no se había mezclado en nada. Era la indicada para no crear reacciones fuertes y además era una hija muy querida del P. Faustino. Pero hasta ahí llegó la concesión del ala triunfante con el apoyo del Nuncio. Las demás eran de la cuerda de la M. María, sobre todo la M. Gemma, cuya historia tendrá que hacerla quien escriba la de la Congregación. Hay un hecho que difícilmente se le puede perdonar: el haber mandado quemar, siendo General del Instituto, a una novicia, un saco con documentos importantísimos para la historia del fundador y de la Congregación. Aún viven muchas religiosas que saben el nombre de quien los quemó (sin culpa, desde luego) y de la que dio la orden. ¡Los que queman documentos tienen miedo de lo que éstos dicen![Notas 89].

22.11. El miedo del Nuncio

Se había terminado la crisis más grave de la historia de la Congregación durante la vida del P. Faustino.

¿Qué pensaría él al oír la noticia? Era la victoria de la M. María Casaus. Para evitar nuevos problemas, las electoras no la eligieron Vicaria. Tal vez fue sugerencia del Nuncio, para concluir de una vez el problema y no tener que airearlo de nuevo ante la Congregación de Religiosos. Su conciencia no estaba tranquila sobre lo que había hecho y no quería remover más el sucio problema. No tuvo que seguir, para asegurarse de que no iba a surgir de sus propias cenizas.

Para lograr esto empezó a obrar antes del capítulo. Su objetivo era impedir que fueran elegidas de nuevo las consejeras fieles al P. Faustino y que desde ese puesto volvieran a remover el problema. Para eso un mes después de su escrito del 20 de junio escribió de nuevo a la Congregación de religiosos, diciéndole:

“Por lo tanto, si la S. Sede lo cree conveniente, entre los castigos que deben ponerse por los disturbios de este Instituto, deben ser privadas de la voz activa y pasiva las cuatro o cinco Hermanas que por ambicionar cargos y honores, han producido tal desorden”[Notas 90].

La Sagrada Congregación, por ausencia del Prefecto, no quiso intervenir de momento[Notas 91]. Pero fue un mal precedente que en su comunicación usara la expresión “religiosas rebeldes”, refiriéndose a las Consejeras depuestas. Eso era ya reconocer la victoria de la política del Nuncio.

Pero éste no las tiene todas consigo e insiste sobre los castigos, aún antes del capítulo. Dice textualmente:

“Me permito recordarle cuanto tuve el honor de comunicar a V. Eminencia Rvdma. la tarde del 6 del presente mes sobre la absoluta necesidad de adoptar algún procedimiento para impedir que el Instituto vaya a parar a las manos de alguna persona indigna. Cualquier posible y eventual indulgencia de ese alto Tribunal sería fatal para la marcha futura de este Instituto”[Notas 92].

Y sobre todo para lo hecho por él irregularmente. Pero el capítulo no eligió a las “culpables”, por sentido común: no más líos. Por ahí el Nuncio pudo respirar tranquilo. Pero los duendes de su conciencia no se aquietaron. Se rumoreaba por Madrid o Getafe, según él o su conciencia, que la Sagrada Congregación no se decidía a apoyar a la Nunciatura, y que las “culpables” estaban “del lado de la verdad y de la justicia y tenían el apoyo de Roma”. Ese rumor volvió a quitarle el sueño y para restarle fuerza escribió el 29 de diciembre otra comunicación, en la que –al responder a la Sagrada Congregación-no emplea razones sino que acude al sentimiento y a la compasión, diciendo que en Roma no se sabe “el dolor que se experimenta cuando, viviendo en el extranjero, se ve por una parte dueño de algunas atribuciones, pero se ve por otra parte sin el apoyo de la Autoridad” (y reclama el apoyo a la Nunciatura), porque ésta - agrega- “aquí es la Autoridad y la Autoridad de la S. Sede y del Papa”[Notas 93].

Por fin le llegó al Nuncio la noticia que debió dejarlo tranquilo. En un oficio del 17 de febrero de 1925 la Congregación de Religiosos le asegura que en Roma nadie apoya a “las rebeldes”; y para demostrarlo, le envía los castigos a que deben someterse esas culpables. Las MM. Concepción, Amada y Margarita son condenadas a la privación de voz activa y pasiva, “a voluntad de la Santa Sede”; y las MM. Luisa Villegas y Anunciación Merino, a la misma pena, pero sólo por tres años.

Para la Congregación del P. Faustino son estos nombres los de cuatro mártires inocentes, asociadas a la pasión del Fundador, como los nombres de los PP. Pedro Casani, Juan García, P. Castilla, Buenaventura Catalucci y Santiago Bandoni estuvieron asociados al cautiverio de Calasanz. Con una diferencia: Calasanz estuvo castigado juntamente con ellos; en cambio, al P. Faustino la Congregación de Religiosos no le impuso externamente ningún castigo. Sufrió, no obstante, como Calasanz, el desprecio, el olvido, las calumnias y reticencias burlonas del Nuncio y, en cierta manera, de la Sagrada Congregación[Notas 94]. Además, el P. Faustino tuvo la pena de no acompañar a sus hijas fieles en el castigo impuesto a su “pecado”. Esto le hubiera sido un consuelo.


22.12. El juicio de Monseñor Guerinoni

Este Monseñor formaba parte del personal de la Nunciatura en Madrid. En agosto, por una ausencia del Nuncio, envió a Roma una comunicación que contiene algo sumamente doloroso para el P. Faustino y que por ese entonces debía ser moneda corriente en la Nunciatura.

Se estaba preparando el Capítulo General y Monseñor Querinoni nos presenta al P. Fundador unido a la parte “no sana” del Instituto. Este documento se produjo en agosto, cuando debían celebrarse los capítulos locales para la elección de las Vocales al Capítulo General, y en él comunica a roma que parece perfilarse la candidatura de la M. Natividad Vázquez para General. La juzga bien: “tiene óptimas dotes” -dice- y agrega que el Visitador le ha dicho que ella pertenece a la “parte sana” del Instituto. La parte “no sana” -continúa- está capitaneada por la M. Margarita Artime, que tiene simpatías entre las monjas por ser muy instruida, “la cual dice abiertamente que todo lo que ha hecho la Nunciatura es anticanónico e inválido” y que “no falta quién se lo cree, entre ellos el Padre Fundador”[Notas 95].

Nosotros diríamos la cosa al revés: La M. Margarita tenía el valor de decir en alta voz lo que ella sabía que pensaba el P. Faustino. Esto confirma lo que hemos dicho, como consecuencia del conocimiento de su vida y de su manera de ser[Notas 96].

A pesar de pensar así, el P. Faustino no hizo nada para hacer llagar a sus hijas sus ideas, ni menos para soliviantarlas contra la Jerarquía. Al revés: les enseñó a someterse, como consta en la hermosa carta a la M. María Amada, que trascribiéremos luego.

Pero este asilamiento a “la parte no sana” de la Congregación es un misterio de salud. Exactamente Cristo fue condenado por blasfemo y fue “el deshecho” de Israel, al llevarlo al patíbulo de la cruz. Esta asimilación del P. Faustino a la parte “no sana” de su Congregación fue la máxima vergüenza de su vida. El P. Faustino había dividido a las religiosas en buenas y malas. Ahora era contado entre “las malas”. Probablemente esto no lo supo nunca. Pero conoció -por las obras- que había sido asimilado a “las rebeldes”, consideradas aquellos días como la parte sarnosa de la Congregación. Fue separado del cuerpo de su Obra por la incomunicación, como perjudicial a la misma y capaz de llevarla a la perdición.

De él dijo el Nuncio dos cosas contradictorias: que siempre había sido el supremo moderador de las Religiosas y que había sido engañado por ellas[Notas 97].

¡Todo se le vino abajo al P. Faustino! ¡Como a Cristo! Y murió en este “olor” de inutilidad y peligrosidad a su misma obra. No le quedó más que la misericordia y la justicia de Dios. Dios lleva a sus elegidos por el camino que llevó a su Hijo.

22.13. ¿El P. Faustino usurpó una autoridad que no tenía en la Congregación?

Queremos terminar este estudio sobre “los hechos” cuya trama hemos procurado presentar al lector, con un examen de las actuaciones del P. Faustino miradas desde el ángulo legal. Durante esas actuaciones ¿se arrogó una autoridad que no tenía dentro de la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora? Aunque ya lo hemos apuntado a lo largo de la exposición precedente, conviene aclararlo expresamente, para conocer cuál fue su manejo del problema.

La cuestión es importante en sí misma y también en vista de que el Nuncio en sus comunicaciones con la Congregación de Religiosos le acusó repetidamente de que había hecho actos de gobierno sin tener autoridad alguna. Veamos si es verdad.

Es evidente que sus hijas le obedecieron y que le miraban como un oráculo en todas aquellas cuestiones legales en que ellas no tenían conocimientos. Pero no es menos cierto que el Padre se limitó a aconsejarlas, a dirigirlas, a iluminarlas y a comunicarles, con el peso de su autoridad de Fundador, sus puntos de vista. Pero esa autoridad no era jurídica sino espiritual, derivada de su paternidad espiritual sobre la Congregación que había fundado y dirigido en sus inicios con autoridad legítima, derivada del mandato de la Iglesia. Recuerde el lector lo que dijimos sobre el cuidado que tuvo para asegurarse de que era la Iglesia la que le había pedido ese servicio[Notas 98]. Esa autoridad se llama “paternidad”, autoridad que jamás puede quitar la Iglesia, una vez que ella ha aprobado un instituto como parte del coro glorioso de las familias religiosas. Cuando ella determina que una congregación es de derecho pontificio, quita al fundador toda la autoridad “jurídica”, pero no la “paternal”. El fundador sigue siendo el intérprete de su propio carisma, porque nació en su alma por obra del Espíritu. Por eso no solo puede sino que debe –mientras viva- seguir velando por su obra, aconsejando, diciendo, declarando y afianzando a las débiles y solucionando dificultades en los momentos graves. No se le puede pedir que observe indiferente los peligros que acechan su obra. Ahora bien, en sus intervenciones reaccionará ante los hechos según su “manera de ser”. Pedirle otra cosa y otro estilo sería antinatural[Notas 99].

Para ver que éstas no son afirmaciones apriorísticas, vamos a copiar la carta que el P. Faustino dirigió a sus religiosas el 10 de febrero de 1924 para explicarles lo que había hecho en las circunstancias que hemos descrito, durante los meses de noviembre y diciembre de 1923 y enero y febrero de 1924. El lector irá poniendo atención a las palabras que emplea el Padre sobre lo que él juzga que deben hacer. No hay una sola palabra que indique un acto de jurisdicción. Fue el Consejo el que realizó esos actos. En la transcripción de dicho texto pondremos con letras en cursiva esas palabras que deben ser estudiadas:

“A todas las Religiosas de la Divina Pastora:
Amadas hijas: Antes de despedirme de vosotras creo que es mi deber justificar mi conducta ante vosotras, para vuestra tranquilidad, explicándoos las gestiones por mí realizadas:
1º. A la muerte de la Madre General (q.e.g.e) telegrafié al Consejo allí reunido que “inventariase lo del Archivo” y aplazase lo demás.
2º. Avisé que viniesen a Getafe tanto las Consejeras como la Superiora de Sanlúcar, en sustitución de M. Natividad, en conformidad con las Santas Constituciones.
3º. En ésta expuse a la M. María de Jesús el impedimento canónico que anulaba su elección de Vicaria General y Consejera y la conveniencia de que escribiera al Emmo. Cardenal Protector que se dignase solicitar de S. S. el favor de nombrar directamente Superiora General, mirando por su buen nombre, por el cual se diferiría el cumplimiento de las santas Constituciones.
4º. Pasaron los tres meses, plazo que el nuevo código fija para cumplir lo que se pide sin contestación de la Santa Sede, urgiendo la resolución por los muchos y serios males que se siguen en esta situación insostenible, en que figura como Vicaria una inhábil, que ni lo es, ni lo puede ser.
5º. Legalmente no es otra la Vicaria General que la M. Concepción de Jesús.
6º. Cumplida la fecha de los tres meses de la defunción de la Madre General y recibido el parte de la fundación de Buenos Aires, se avisó a todas las Consejeras para su aceptación o negativa y para normalizar vuestro estado.
7º. En este intermedio llegó a mis oídos que había marejada en los Colegios y me resolví a escribir en el acto a todas las Superioras para que me dijesen si era verdad y quiénes la promovían; tuve la satisfacción de recibir contestación inmediata de que no había nada de esto, lo cual agradecí mucho por lo que prescriben los “Principios de Gobierno”.
8º. Posteriormente llamé de nuevo a las Consejeras y la M. María no tuvo por bien acudir, sino que ante mi llamamiento dijo que no vendría a no mandárselo el Arzobispo, el Nuncio o el Papa y que no faltaban religiosas que aprobaban su proceder.
9º. Al aprobar S. S. las Constituciones de vuestro Instituto ratificó la ley del nuevo Código de que ninguna que sea ilegítima puede ser Provincial, Vicaria Provincial, Vicaria General ni menos Superiora General, así lo hace como centinela de las Religiones y de la moralidad.
10º. Llamada M. María por el Consejo en virtud de santa Obediencia a Getafe para normalizar definitivamente vuestra situación, en cumplimiento de las santas Constituciones, no acudió al llamamiento sin alegar imposibilidad ni razones de su desobediencia.
11º. Después de todo lo expuesto, comprenderéis, amadas hijas, la honda pena de mi corazón que ya estaba dilacerado por la conducta nada satisfactoria que de tiempo atrás venía observando la M. María: seguramente esas Religiosas que aprueban el proceder de dicha Madre, estaban ignorantes de lo referido, pues en caso contrario por sí mismas quedaban juzgadas.
Vuestro Padre que, como sabéis, no tuvo otro pensamiento que el de buscar con vuestro Instituto la gloria de Dios, ha visto apenado la intrusión absurda y desatentada de quien ninguna superioridad tenía en derecho y, al vislumbrar frustrados sus santos propósitos por dicha causa, concibió la idea, si no se ponía remedio, de añadir al testamento un codicilo legándole todo a la Escuela Pía a favor de los niños pobres, o a los Obispos de la Diócesis en que hay enclavados colegios vuestros, para obras de beneficencia.
Espero que no llegará este caso, porque el Consejo sabe cumplir su deber. Seguid por el camino de la observancia y daréis así gloria a Dios y será feliz vuestro Padre que os bendice públicamente por última vez. Faustino Míguez”[Notas 100].

Ahí están los verbos que usó el P. Faustino. Son la expresión de una voluntad que no quiere en modo alguno que una indigna se instale en el puesto de General, teniendo que obrar como tal. Hay que leer los puntos 31º al 34º de los que escribió para que los presentara la M. Sagrario Martín al Visitador de Religiosas el 19 del mismo mes de febrero de 1924[Notas 101], para comprender su repugnancia a que se consumara este hecho. Lo hacía una vez más por el “honor” de su Congregación, a causa de la indignidad de la M. María, lo hacía conforme a derecho y aconsejado en la autoridad que le daba su “paternidad”. No firmó un solo documento jurídico; eso lo hizo siempre el Consejo[Notas 102].

22.14. ¿Se equivocó el P. Faustino en la interpretación de las Constituciones y del Derecho Canónico?

Otro punto que hay que aclarar de una vez por todas es si el P. Faustino interpretó bien las Constituciones y el Derecho Canónico. Aunque ya lo hemos dicho arriba, vamos ahora a cotejar su interpretación con la del Nuncio, y estas dos con la que, a instancia suya, dio la Congregación de Religiosos.

La Sagrada Congregación dijo el 20 de marzo:

“El canon 504 exige que todas las Superioras Mayores sean hijas de legítimo matrimonio. Ahora bien, según el canon 488, 8º, son Superiores Mayores también los Vicarios de los Generales y de los Provinciales. La cuestión está en saber si la Vicaria que asume interinamente el puesto de la General muerta es o no de los Superiores Mayores de que habla el canon 488, 8º. La cuestión es muy controvertida y está en estudio. Dígnese por tanto V. E., con solicitud hacer llegar a este Dicasterio lo que crea que puede hacerse en este caso. Mientras espero, téngame Su E. Rdma. por devotísimo, Mauro Serafini”[Notas 103].

Y el P. Faustino expresó lo siguiente, a través de las Preces que el Consejo envió a la Santa Sede para pedir dispensa de los votos de la M. María:

“Del cargo de Vicaria General ha sido excluida la M. María Casaus de Jesús a pesar de que figuraba y obraba como Vicaria, porque ni lo era, ni lo podía ser, puesto que el Código Juris Caninici, cc 488, 490 y 504 y nuestras Constituciones nn. 200 y 207 la inhabilitan, por ser fruto de doble adulterio (según ella de un solo adulterio), siendo esto público”[Notas 104].

Y el mismo Padre, en el número 9º de la carta copiada arriba, dijo:

“Al aprobar la S. Sede las Constituciones de vuestro instituto, ratificó la ley del nuevo Código de que ninguna que sea ilegítima puede ser Provincial, Vicaria Provincial, Vicaria General, ni menos Superiora General; así lo hace como centinela de las Religiones (agregado con letra) y de la moralidad”[Notas 105].

Esta opinión del Padre está en todo de acuerdo con la Sagrada Congregación, como puede verse. El Nuncio estuvo al principio conforme con esta interpretación y aconsejó acudir a Roma, como hemos visto. Pero luego, el 25 de enero, se lanzó a obrar en consonancia con una nueva interpretación del canon 504, la cual, siempre repetida por él, era ésta:

“Como quiera que la Sda. Congregación no había puesto manos en el asunto les dije el 24 de enero que cumplieran lo que dicen las Constituciones, o sea: que fallecida la Superiora General, la Primera Consejera debe convocar el Capítulo General Extraordinario (Const. Nº 2089 que, en tanto, sustituya a la Superiora General (Const. Nº 208), que si bien la Superiora General debe ser hija de legítimo matrimonio (Can. 504, Const. Nº 200), no se exige este requisito para ser Primera Consejera y Vicaria General (Const. Nº 205)”[Notas 106].

Las constituciones, en su número 205, dicen esto:

Terminada la elección de la General, se procederá a la de las cuatro Consejeras, Secretaria y Procuradora, con votación especial para cada una. Todas estas Hermanas no deben tener menos de treinta y cinco años de edad y han de ser profesas de votos perpetuos”.

Sobre la legitimidad o ilegitimidad no dice nada, ni en pro ni en contra. Luego ese texto no puede aducirse para resolver nada en el presente problema.

Pero el Nuncio era un hombre decidido y tan práctico como el Visitador. Se lanzó a obrar, porque creyó que ya habían pasado los tres meses que pedían las leyes antes de poder hacerlo. En esto actuó como el P. Faustino, cuando aconsejó al nuevo Consejo que obrara él también. Por lo tanto nunca tuvo base para condenar lo que hizo el Padre, ya que obró él con la misma base. La acusación de que tanto el Padre como las hijas eran rebeldes, cae por su base.

Donde empieza el fallo del Nuncio es en el momento en que llegó el comunicado de la Congregación de Religiosos en que le ordenó que enviara su opinión sobre el caso y que esperara la definición, ya que estaba en estudio. El Nuncio, sin aguardar ulterior definición, se lanzó a la política de los hechos consumados, atropellando al P. Faustino y sus hijas, como hemos visto.

En cambio, el Padre y las religiosas no siguieron en la línea comenzada y se sometieron a su arbitraria e ilegal autoridad. Realmente no tenía autoridad para lo que hizo desde el día 20 de marzo. Vuelva el lector a leer lo que le dijo al Nuncio la Sagrada Congregación. Por eso ésta debería haberle desautorizado, cuando se enteró de lo que había hecho, volviendo por el honor y la razón del P. Faustino y de sus hijas fieles. Esto fue lo que el Nuncio temió en cuanto hizo después, como se evidencia por su miedo a que las que él llamó “rebeldes” pudieran seguir en el Consejo General y denunciar sus actos y atropellos. Por eso su nerviosa y casi obsesiva exigencia de que fueran castigadas precisamente a perder la voz pasiva en las elecciones para el Capítulo General que debía celebrarse.

22.15 Aislamiento, soledad y pasión del P. Faustino

Llegamos al final de la vida del P. Faustino y nos ha parecido conveniente realizar un estudio de su situación espiritual en los últimos episodios de su vida, como culminación gloriosa de su marcha hacia la santidad.

El Nuncio empleó una táctica para neutralizarlo, una vez que se decidió a apoyar a la M. María Casaus. La actitud espiritual del Padre le ayudó en su intento, ya que en un momento dado –momento de una gracia extraordinaria- decidió callar y sufrir, a pesar de que percibía con toda claridad la táctica del Nuncio. A este último período de su vida podemos llamarlo la pasión del p. Faustino. Veamos los pasos que siguió el Nuncio.

22.15.1. El aislamiento

Ya hemos referido el momento en que lo realizó el Nuncio. Fue llevado a cabo mediante un plan bien trazado. En efecto, basta fijarse en las fechas de los acontecimientos relatados, para advertirlo: fue ordenado el día 6 de abril; estaba cumplido el día 8; el interrogatorio de la M. Sagrario se efectuó el día 9; el de la M. Concepción, el día 10, y la auto-acusación de todas, el 29 de abril. Todo bien escalonado, para evitar sospechas.

Con este plan se había evitado que el P. Faustino se enterase de la situación de sus hijas fieles y éstas quedaron abandonadas a sí mismas y a su dolor, humillación y zozobras de conciencia, ya que un ser débil es fácil presa de la introyección del sentimiento de culpa: ¿tendría razón el Nuncio? Esa tortura interna sería peor que las externas.

Pero la situación del P. Faustino no era más halagüeña, desde que su Rector de Getafe, el P. Felipe, le comunicó la orden de no volver al colegio de sus hijas. Su mente, aún despejada a pesar de los años, captó toda la finalidad de la medida. Y no era difícil prever lo que iba a sucederles a ellas y a la Congregación. Ni podía dudar de la audacia del Nuncio, ni de su mala voluntad hacia él. El P. Clemente, el Provincial, hombre muy humano se había negado a sacar de Getafe al venerable viejo, cosa sugerida por el Visitador[Notas 107].

Es seguro que aquél le pondría al tanto de lo que estaba pasando y de su conversación con el Nuncio. Pero nada sabía concretamente de lo intentado para “reducir a la obediencia” a “las rebeldes”. Las medidas concretas fueron posteriores a la orden de aislamiento y el P. Clemente tampoco podía adivinarlas. Roma no había contestado a las Preces en que se le pidió que declarara a la M. María libre de sus votos. Tampoco sabía nada del oficio de la Congregación de Religiosos en que le dio a él la razón frente al Nuncio, ni menos podía sospechar que la ofensiva que se iniciaba con su aislamiento estaba dirigida a salir al paso del peligro que se cernía sobre el Nuncio, en virtud de ese oficio.

Pero el P. Faustino conocía de sobra el corazón humano. Aquel aislamiento presagiaba cosas graves. El aislamiento y el silencio duraron hasta que el Nuncio y el Visitador creyeron tener todos los resortes en su mano, con la auto-acusación de las religiosas. El acto final fue la reposición de la M. María Casaus como Vicaria.

Estos actos públicos de la flamante y triunfante M. María se verificaron en mayo. Así, pues, el aislamiento y el silencio duraron desde el 6 de abril hasta el 18 de mayo, fecha del oficio de la M. María en que convocó el Capítulo General Extraordinario. Pero no hay datos documentales en los que conste cuándo se le levantó al P. Faustino la prohibición de comunicarse con sus hijas. Pudo ser en mayo o durar hasta el Capítulo General Extraordinario, que se celebró el 15 de noviembre. Entonces ya se podía hablar; habían cambiado las circunstancias con la nueva General.

22.15.2. La soledad

Al aislamiento exterior le sigue la soledad interior. El ser humano no está hecho para la soledad; en ella se pierde y se desorienta. La soledad es la olla donde se cuecen los más negros pensamientos. Todas las aprehensiones toman cuerpo y todos los temores se agrandan. Cuando se acepta como prueba de Dios, es el crisol en que se purifican las almas de sus miserias morales. Entonces la soledad es fecunda, creadora, iluminadora. Es la puerta por donde entra la luz de Dios, que se abre paso en el interior del alma. Cuando se hace imposible la sociedad con el hombre, se abre para las almas probadas la sociedad con Dios, infinitamente más rica.

Tenemos una prueba de que el P. Faustino fue de los hombres que aceptó esa prueba como un don de Dios para él en aquellas circunstancias concretas y que ella acentuó su contacto con Dios. Se trata de una carta escrita a la M. Mará Amada de Jesús, una de las Consejeras del Consejo “rebelde” y una de sus hijas más queridas. Es el tiempo en que “ni me has visto, ni te he visto” y en que ella está “sufriendo horrores”.

Alguien debió servir de correo para llevársela o enviársela. Oigámosla con respeto. Se trata de un documento que puede firmar un “santo” y nos introduce en el mundo interior en que vivió aquellos durísimos días de su encierro y aislamiento:

“Hija mía: Como ni me has visto, ni te he visto y sé que estás pasando y sufriendo horrores, según tienes costumbre de decirme muchas veces todo lo que te pasa y ahora estamos lejos; unamos los sentimientos, no sufras nada, todo pasa; quiero que disfrutes de esa paz que Jesús permite que tengas, cuando de verdad te das a Jesús y a María. No te aflijas, ni hagas caso de nada; amar y sufrir; yo hago igual; me voy pronto y me despido de ti, no te apenes, que, cuando el Señor te llame, iré por ti, para llevarte con Jesús y Ntra. Sma. Madre la Divina Pastora; procura aprovecharte bien, para que tu preparación sea agradable a nuestros “dos amores”. Ahora sigue trabajando por las almas que te confíen las Superioras”[Notas 108].

Esta carta es un fogonazo sobre el alma del P. Faustino Míguez en aquella hora. Sabiendo las circunstancias en que la escribió –solo, aislado, perseguido, con negros temores sobre la suerte de la congregación a la que había consagrado lo mejor de su vida, seguro del triunfo de sus enemigos, vilipendiado, calumniado, olvidado, despreciado- concluimos que nos revela un P. Faustino nuevo, radicalmente distinto de todo lo que hemos leído de él o de lo que él mismo nos ha dicho de sí. Sus palabras “amar y sufrir”, escritas en su situación concreta esbozada, revelan que Dios había hecho maravillas en su alma, mediante el sufrimiento y la prueba. Son palabras más propias de un Job que del Faustino que hemos conocido.

Sabemos que él tenía conciencia de que sus émulos carecían de razón; de que era perseguido por la justicia y por la dignidad de la vida religiosa, impidiendo que una “indigna” llegara al puesto de Superiora General. Pero, en contraste fuerte con lo que hemos visto hacer a lo largo de su vida, ahora no arremete contra los injustos, ni rompe lanzas por su honor, ni siquiera por el de su Congregación, sino que, después de haberlas roto por última vez dos meses antes[Notas 109], ahora acepta la voluntad de Dios, apoyado en sus “dos amores” y espera el final con paz. Las luchas pasaron; la paz definitiva empieza a brillar ante sus ojos cansados.

La promesa que hace a la M. Amada, de ir a buscarla cuando le llegue su hora, merece ser pensada despacio. Al leerla, sentimos junto a nosotros el aleteo de lo sobrehumano; la exhortación a aprovecharse bien de la tribulación presente tiene el mismo significado y está a la misma altura. Estamos en el “nunc dimittis” del P. Faustino; en la cumbre desde donde nos es dado contemplar toda su vida de luchas intensas, desde la altura de lo definitivo. Siente uno que esa es la meta que había perseguido con fidelidad y constancia nunca desmentida, durante toda su existencia[Notas 110].

22.16. La pasión

La pasión del P. Faustino empieza en el momento en que, estando aislado de su Congregación, prevé el triunfo de la M. María, a ala que él –desde un punto de vista- considera como el P. Mario de la Congregación[Notas 111].

Entonces empieza a reflexionar sobre la suerte de sus hijas fieles y la suya.

La situación de esas pobres religiosas -Concepción, Amada, Margarita, Luisa y Anunciación- debió ser desgarradora. Con su deposición quedaron desautorizadas ante toda la Congregación y empezaron a ser llamadas “rebeldes”, aunque en su interior sabían que habían sido fieles a la Iglesia y a las Constituciones[Notas 112]. No obstante, en los momentos de soledad y aislamiento, turbadas y desorientadas, llegarían aún a dudar de sus mismos actos. Su apoyo y su seguridad era el Padre, pero éste se hallaba ausente y en iguales condiciones. ¿Se habría equivocado? ¿Serían realmente rebeldes? Nadie que no haya vivido situaciones parecidas puede comprender lo que significa el mecanismo psicológico de la “introyección de la culpabilidad”. Y ese temor sería destructor para sus conciencias. Si al menos hubieran podido ver a su guía unos solos momentos. Por ahí podemos entrever algo de lo que fue el doloroso calvario de aquellas hijas fieles del P. Faustino. Él debía saber algo, porque lo dice en la carta a la M. Amada: “Sé que estás pasando y sufriendo horrores”. La pasión de sus hijas era parte de su propia pasión.

También el P. Faustino dejó de aconsejar nuevos pasos a las Madres del Consejo, a partir del 5 de marzo. A mediados de febrero había escrito los treinta y cuatro puntos contra la M. María Casaus, con el ánimo polémico con que había insinuado al Consejo todas sus actuaciones oficiales. Pero desde entonces sólo conocemos como palabras auténticas del P. Faustino las contenidas en la carta a la M. Amada, que hemos comentado.

Durante este tiempo la mente del P. Faustino tuvo que estar dándole vueltas a los problemas suscitados y a las soluciones pensadas por él y aconsejadas a sus hijas fieles. También en su conciencia tuvo que cebarse la inquietud y aún la duda sobre todo lo ocurrido, principalmente la enorme turbación que se había adueñado del Instituto de la Divina Pastora, la lucha entre la M. María –sostenida por el Nuncio- y el Consejo, respaldado por él.

No tenemos más datos para estudiar sus meditaciones solitarias y abrumadoras que la citada carta a la M. Amada y su auto-acusación final. La primera nos indica un estado de paz en el dolor, que supone una conciencia tranquila apoyada en la certidumbre de haber obrado bien. La segunda nos lo muestra poseído de la certeza contraria, al decir: “he sido la causa de todos los disgustos, que siento en el alma, como lo he conocido hoy en la misa”.

Entre estos testimonios directos de su propia mano hay un mundo de luchas, de incertidumbres, de dudas. A ratos le asaltaría la visión del triunfo de la M. María, apoyada por el Nuncio, y ello llevaría a su alma una inquietud y un temor casi irresistibles. De nuevo el fantasma del deshonor y la infamia sobre él y sobre la Congregación; su repugnancia, casi invencible, a aceptar semejante solución, contraria a todos sus sentimientos y todas sus convicciones.

La religiosa a quien él había comparado con el Fray Elías de San Francisco de Asís o con el P. Mario de San José de Calasanz, encumbrada sobre toda la Congregación, gobernándola como General de la misma. ¿No eran verdaderas acaso las inculpaciones que él mismo había escrito contra esa M. María Casaus? ¿Cuál sería el porvenir de la Congregación en tales manos? Pero, por otra parte, ¿no había sido el mismo Dios, por medio de los Superiores, el que le había obligado a tomar en sus manos la creación de la Congregación? ¿Por qué ahora esta torturante situación?

Pero ahí estaba la realidad: sus hijas fieles acusadas, abrumadas de vergüenza por haberle seguido, deshonradas ante toda la Congregación. ¿Y su fama y su honor? El autor de tanto trastorno, de tanto escándalo ante propios y extraños era él mismo. Su actitud ante el Nuncio se le presentaría como desobediencia o como orgullo desmedido. ¿No estaba enfrentándose a la autoridad de la Santa Sede? ¿Quién podrá medir la hondura y la anchura de este tormento psíquico-espiritual interior, sostenido día a día en el espacio de tiempo que va entre la carta a la M. amada (fecha incierta de abril) y su auto-acusación, hacia el 24 o 25 de octubre? Cinco meses de tortura interior y de zozobra espiritual. Veremos luego cuál fue el fin heroico de este tormento tan prolongado. Dura fue ciertamente la pasión del P. Faustino. Tremendo crisol para purificarle de su pasado orgullo y de su autosuficiencia.

Estas son las pruebas a que Dios ha sometido a sus elegidos, para que se parezcan a su propio Hijo. En medio de ellas han sentido la desgarrante sensación del abandono de Dios, como la sintió Cristo en la cruz cuando exclamó: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Cristo en aquel momento no veía nada del Plan de Dios sobre sí mismo. Si él había cumplido su santísima voluntad siempre ¿por qué ahora le había abandonado? ¿Qué buscaba el Padre con su muerte?

Veamos cómo sufrió esa misma duda desgarrante el alma del P. Faustino durante esa su pasión. Oigámosle en los días en que veía claro que Dios le había ayudado e inspirado al fundar su Congregación:

“Que el Fundador protesta ante Dios no moverle rencor (en sus denuncias de la M. María) sino temor de que quede deshonrado el Pío Instituto que tantos disgustos y sacrificios le ha costado y la vista de tantos castigos y hasta muertes de los perseguidores y enemigos, por temor de los cuales no se atrevió a abandonarlo.
Que desde el día que el Emmo. Cardenal Ceferino González le confió sus facultades, ha visto la mano de Dios, que iba salvando todas las dificultades que surgían y parecían insuperables.
Que cuando el Instituto parecía entrar en el período agónico merced a varias de sus mismas hijas en ocasión en que el Instituto era diocesano, en virtud de las facultades conferidas por el Emmo. Ordinario, el Fundador nombró Superiora a una religiosa que le ayudó a levantar el Instituto al estado en que ha quedado a la muerte de la M. Julia, víctima de sus afanes por la observancia de las Constituciones y de la envidia de algunas más antiguas y sobre todo de la “mano negra” que ya empezó a enseñar las uñas.
Que al reprocharle no habérselas cortado desde entonces, el Fundador responde que a su vez menos son doce años de esperar que se manifestase a cara descubierta ante todo el Instituto, que tres años de vivir el traidor en el Apostolado en compañía de Jesús, que no lo lanzó hasta la noche de la cena”[Notas 113].

¿Qué se ha hecho, ahora solo y combatido por ideas contradictorias, de esta antigua seguridad? El documento que nos demuestra que él tuvo que pasar este mar rojo de su vida es la auto-acusación, que estudiaremos después. En ésta se muestra llegando a la paz que sigue al combate; paz tanto más grande, cuanto más recio y duradero fue el combate.

Vea el lector sintetizados los dos extremos de este terrible combate interior del P. Faustino:

Primer acto: “El Fundador, acatando cuanto S. Santidad disponga, confiesa que más desearía ver borrado el Instituto del número de las congregaciones pontificias, que dejarlo deshonrado a su muerte con tan denigrante baldón”.

Segundo acto: “Que por no entender yo lo que decía a la M. María el Emmo. Cardenal Protector, he sido la causa de todos los disgustos, que siento en el alma”.

En el primer acto se presenta a la M. Mará como la síntesis de todo mal como la muerte de la Congregación. En el segundo aparece el Cardenal Protector dándole la razón a la M. María, y él -el P. Faustino- confesando su mal entendido. Entre estos dos actos colocamos su horrenda pasión y… ¡su purificación!

22.17. El cambio interior del P. Faustino

No es poco lo que acabamos de decir sobre este tema del vuelco interior del P. Faustino durante esta crisis de su vida. Pero creemos que es necesario insistir en esto, porque es la base de la santidad de este siervo de Dios. Nosotros creemos que fue auténtica al llegar a la meta final. Donde se ve con claridad ese vuelco es releyendo sus escritos, publicados durante la crisis.

Ya dijimos que fue el P. Faustino el que redactó, casi seguramente, los oficios a que el nuevo Consejo dio curso y autorizó con su firma[Notas 114].

De estos oficios el más “apasionado” fue la “Sentencia contra la M. María Casaus” de la cual son estas palabras:

“Todo esto sin contar las consecuencias que resulten del juicio abierto a petición del R.P. Fundador y en trámite para averiguar otras cosas, en vista de la inconcebible conducta de las que imitan y apoyan su denigrante proceder, a fin de aplicarles el castigo que, según los “Principios de Gobierno”, corresponda. Así verán todos los miembros del Instituto que está en vigor su lema: “O ser como se debe o no ser” y así debe seguir hasta el fin”[Notas 115].

Pero el documento más encendido en defensa del “honor”, de cuantos escribió el P. Faustino durante la crisis, fue el que redactó a petición de la M. Sagrario contra la M. María. Es aquel en que llama a ésta “el Fray Elías” y “el Padre Mario” de su Congregación; en el que escribió que preferiría que se borrase el nombre del Instituto de las Congregaciones pontificias antes que ver a la M. María en el cargo de General del mismo, y en el que escribió además:

“Que no cabe en cabeza humana defender y pretender sostener en una Corporación religiosa un miembro tan gangrenado, y menos estigmatizarlo poniéndole por montera una hija doblemente y públicamente adulterina”[Notas 116].

Todas estas expresiones son del mes de febrero de 1924. En el espacio que va entre ese mes y el de abril, en que escribió la carta a la M. Amada, hay un abismo. Y entre el mes de abril y el de octubre, en el que redactó de un modo casi ilegible su auto-censura, hay otro abismo aún mayor. Fue el paso del apasionamiento típicamente suyo a la paz del santo que ha aceptado todo el plan de Dios, y de esta paz a otra mayor, en la cual es capaz de admitir que ha sido él “la causa de todos los disgustos”. Y esto es lo nuevo, lo inédito, en el P. Faustino: ¡el salto que va desde febrero a octubre de 1924!

Estos actos finales son la altura desde la cual hay que ver en nueva perspectiva toda su vida anterior. Desde ellos se ve que su empeño nunca desmentido de caminar hacia la santidad, ha conseguido su objetivo. ¡Así se hace un santo! Así se estructura una personalidad desde la fe.

22.18. La auto-acusación

El P. Faustino, durante la celebración de una de sus últimas misas[Notas 117], creyó entender que se había equivocado en un punto importante en la interpretación de la respuesta del Cardenal Protector a un oficio de la M. María. Copiamos enseguida lo que escribió, a lápiz, en un sobre pequeño, e intentaremos luego interpretarlo. Dice así la copia autenticada:

“Por no entender yo lo que decía a la M. María, lo que a su segunda le decía el Emmo. Cardenal Protector, he sido causa de todos los disgustos, que siento en el alma, como lo he conocido hoy en la santa misa. Te pido se lo anuncies al Sr. visitador, para que se me culpe de todo y descargue sobre mí toda la responsabilidad. Que siento no poder escribir mejor. Si lo puedes entender, comunícalo hoy mismo. Faustino Míguez”[Notas 118].

En este escrito dice –y de eso se acusa- que interpretó mal la contestación del Cardenal Protector a la segunda carta que le escribió la M. María Casaus el día 4 de noviembre[Notas 119]. Ese oficio, acompañado de una carta que no se ha conservado, dice así:

“Que habiendo recaído sobre ella, como Primera Consejera y Vicaria General, en virtud de nuestras santas Constituciones, el Cargo de Superiora General por fallecimiento de nuestra inolvidable M. General Sor Julia de Jesús, se cree obligada en conciencia a manifestar a V. S. que está inhabilitada para dicho cargo por el Codex Juris Canonici, can. 504, como no nacida de legítimo matrimonio, impedimento quizá oculto a las religiosas; por lo cual suplica a V. S. se digne transferir su cargo de Primera Consejera a otra religiosa y el cargo de Vicaria General a la Segunda consejera, Sor…, y, en caso de defunción, a la Cuarta, Sor…, según está previsto en nuestras santas Constituciones, ya que la Tercera Consejera, Sor Natividad de Jesús, se halla en ultramar, desempeñando una comisión que le dio la difunta M. General y que no puede interrumpirse sin gravísimo perjuicio, o a quien V. S. juzgue oportuno. Dios guarde…”[Notas 120].

A este oficio respondió “pronto” el Cardenal Protector. No se ha conservado toda la carta, sino la frase esencial de la misma, que dice: “Nada se inmute; comunicaré al Sto. Padre”[Notas 121].

Recordando lo que hemos dicho, el P. Faustino aconsejó que no se inmutara nada en el gobierno de la Congregación sino en febrero. El mismo Nuncio también esperó ese plazo, con mayor o menor precisión. Pero pasado dicho tiempo, los dos obraron, aunque con distinta interpretación del Derecho. Si hubo pecado, lo cometieron por igual los dos rivales. El P. Faustino obró aconsejando la destitución de la M. María e insinuando la creación de un nuevo Consejo. Resultó luego que su modo de interpretar el Derecho fue el que adoptó la Congregación de Religiosos.

Mas como el P. Faustino vio que el Nuncio, actuando conforme a su interpretación del Derecho, no había cambiado nada de lo que había en el momento en que la M. María formuló su segunda consulta al Cardenal Protector, debió llegar a convencerse, durante los largos días y meses de su aislamiento y soledad, de que la interpretación del Nuncio fue lo que aconsejo el Cardenal Protector. Eso tenía su aparente apoyo en la seguridad con que el Nuncio y el Visitador impusieron su propia interpretación. Esa seguridad la tomaría el P. Faustino como señal de que estaban cumpliendo lo ordenado por el Cardenal. Tal vez esa interpretación habría sido luego confirmada por Roma. No hay que olvidar que el Padre estuvo aislado y nada se le dijo de que Roma había dicho lo contrario, dándole la razón a él.

Sobre esta situación personal subjetiva del P. Faustino se entiende mejor el estado interior en que escribió su “auto-acusación”. Durante la misa aceptó su equivocación y decidió manifestarla. Ello suponía la auto-censura. No obstante, dio el paso. Ese paso fue un acto heroico de humildad: era acusarse sin excusa alguna, limpiamente, ante toda su Congregación, ante el Nuncio, ante el Visitador y ante la historia.

Pensando todo lo que había hecho, dicho y escrito el P. Faustino durante la crisis, se queda uno asombrado de que tuviera energía suficiente para dar ese paso. Esto era echarse encima la culpa de todo aquel barullo, que había implicado un tremendo escándalo para las pobres religiosas y le había llevado a enfrentarse nada menos que con el representante en España de la Santa Sede. Ese papel escrito a lápiz, en un sobre pequeño, coloca al P. Faustino entre los héroes del espíritu; pone el sello final a la sinceridad de toda su vida, de todos sus consejos y de toda la dirección espiritual que había impartido a sus religiosas, porque demuestra que él era capaz de confesar como un niño, sin excusas, una equivocación que lo dejaba en ridículo ante sus rivales, incluso ante toda su Congregación y ante la posteridad. Pero nada le detuvo, cuando le pareció ver con claridad, en la Santa Misa, que se había equivocado.

Yo invito al lector a que intente hacer un acto de reflexión sobre sí mismo para comprender esta acción del P. Faustino, y a que procure con absoluta sinceridad tomar conciencia de la dificultad que él mismo ha experimentado cuando se ha visto acorralado y precisado a conversar sus propios errores o pecados.

Todos sabemos, en efecto, que en esos casos surge del fondo de nuestro ser una necesidad imperiosa de tapar nuestra miseria y procurar, como sea, “quedar bien” ante los demás. Es un pudor psíquico, casi invencible, el que nos lleva a “taparnos”, como si de pronto quedáramos desnudos ante los demás. Ese mecanismo psíquico “de defensa” lo llamamos racionalización o excusa. Sin poder remediarlo salen de nuestros labios las consabidas frases: “Es que…”, “yo creía que…”, “yo pensé que…”. Son el velo con que intentamos defendernos y ocultarnos del deshonor, de la vergüenza de vernos descubiertos. Verse culpable y confesar sin “tapujos” la culpa, sólo lo han hecho David ante el profeta Natán y muy pocos hombres en la historia…, fuera de los santos.

22.19. Torcidas interpretaciones de la “auto-acusación”

Los perseguidores de los “justos” no terminan su actuación después de la muerte de sus víctimas. Tienen que seguir mintiendo para justificarse ante la historia. El Evangelio dice que así lo hicieron los asesinos de Jesucristo[Notas 122].

El primer intento de tergiversar la auto-acusación del P. Faustino fue del Visitador. Se conserva un documento escrito por éste; después de la muerte del Padre, con motivo de la petición de Margarita Artime para volver a ingresar en la Congregación. En él se lee este, referente al tema que tratamos:

“En sus últimos días mandó (el P. Faustino) un recado al que suscribe, dándole a entender el “engaño” y revelando gran pena”.

Es claro que no fue eso lo que dijo el Padre. Don Emilio, el Visitador, estaba condenado, por lo visto, a no entender al P. Faustino. Y no sólo fue en este punto. Cambió también el pensamiento del Padre sobre todo el conjunto de su actuación en esta crisis. Veamos:

“El anciano Fundador iba sabiendo con contrariedad las cosas de su Instituto y parece que mucho le había contrariado que se convocara a elecciones son contar con él. (Chocheces propias de su ocaso mental).
Esto me movió a hacerle una visita y manifestarle que mi actuación en las cosas del Instituto no era voluntaria sino impuesta y que quien me había comisionado ni yo pretendíamos sino hacer un bien grande al Instituto, a saber, devolverle la paz por las vías canónicas.
Su amor propio pareció completamente aquietado, pero esto dio lugar a que, ya normalizado por las elecciones el Instituto, no le disgustara del todo la solución dada y a poco, acentuándose sus achaques y acercándose a su fin, trazara con dificultad unos renglones, en los que me manifestaba, en una de sus últimas misas, había visto con claridad que había sido engañado y que me lo comunicaran[Notas 123].

Tampoco dijo eso el P. Faustino en su auto-acusación. ¿Quién le habría engañado? ¿Las monjas? Es absurdo pensarlo. Esta interpretación está hecha en consonancia con su actuación y la del Nuncio.

En cuando a la afirmación de que “su amor propio no pareció completamente aquietado”, quiere decir una vez más que el Visitador no conocía nada del pensamiento ni de la situación interior del P. Faustino. Ya no era hora de entenderle. Otra cosa habría ocurrido si esa visita que le hizo ahora la hubiera hecho al principio de la gestión que le encomendó el Nuncio. Entonces no habríamos tenido que escribir ese capítulo. La causa de la inquietud que el Visitador notó en el santo anciano no se debía a su “amor propio”. Este se hallaba ya totalmente dominado. La causa fue la imprudencia del mismo Visitador al volver a recordarle su violenta e inhumana conducta con sus hijas, y su imprudente frase de que él y el Nuncio lo que había querido era devolver la paz a la Congregación “por vías canónicas”. Eso debió hacer que el P. Faustino saltara de la silla, porque la actuación de aquél no había ido por vías legales sino por las de hechos consumados.

Esa frase en boca del Visitador era un insulto. La relativa tranquilidad del santo varón se debía a que la presencia de la M. Natividad al frente de la Congregación le había infundido alguna esperanza de arreglo.

De nuevo le fue imposible al Visitador entender las reacciones del P. Faustino, y menos pudo entender el heroísmo espiritual que había detrás de su auto-acusación.

Otra torcida interpretación de ese acto del P. Faustino fue la dada por la que fue M. Margarita Artime, quien dijo:

“A mí en particular, por el confesor, me mandó a decir dos o tres veces que dijera que había sido él”[Notas 124].

Lo único que dice la M. Margarita es que él hizo una autoacusación.

La tercera interpretación es la de la M. Gema. Copiémosla:

“Se celebró nuevo Capítulo y, al tomar posesión de sus cargos las elegidas, el Siervo de Dios nos dijo pidiéramos perdón a la Congregación en su nombre por todo lo ocurrido; que él tenía la culpa de todo; nosotras le dijimos que no; pero él insistió en que si hubiera sido enérgico no hubieran pasado las cosas que pasaron”[Notas 125].

Tal vez, porque muchas veces todo se le fue en “truenos”. Pero a pesar de esto, no fue eso lo que él dijo.

Es muy difícil penetrar en el interior de un alma y comprender sus reacciones, sobre todo cuando no se ha tenido la ocasión de acompañarle a lo largo de su vida, en los momentos cruciales de la misma. Eso es lo que hemos intentado nosotros con nuestro estudio.

22.20. La muerte de un santo

La muerte del P. Faustino no tiene nada de espectacular. Es, por el contrario, el deceso natural de un hombre de noventa y cuatro años de edad, que había consumido su vida en el servicio de Dios y del prójimo y que llegó al límite de sus fuerzas corporales.

Él mismo había insinuado en varias ocasiones que su final sería “el de un pajarillo que deja de piar sin que nadie se dé cuenta”. Así fue.

No hubo en su muerte ningún signo de nada extraordinario. Lo extraordinario había ocurrido ya en su vida entera, sobre todo al final, como hemos visto. Ahora él podía decir como San Pablo: “He competido en noble lucha, he corrido hasta la meta, me he mantenido fiel. Ahora ya me aguarda la merecida corona con la que el Señor, justo juez, me premiará el último día; y no sólo a mí, sino también a todos los que anhelan su venida”[Notas 126].

Vivía el Padre en “su” colegio de Getafe desde 1888. Ocupaba la primera habitación próxima a la del Rector, llegando por la escalera principal desde la portería. A esa casa venían con frecuencia sus hijas, desde la de “las Pastoras”, como se las llamaba popularmente en Getafe. Llegaban atravesando aquel parque -gloria del colegio y solaz de los internos y de los religiosos- que todos debían al mismo P. Faustino. Éste las recibía en la enfermería próxima y charlaba un rato con ellas.

El P. Felipe Estévez, Rector de la casa, había designado a dos hermanos, Cirilo Vázquez y el novicio Nicolás Díaz, para que atendieran al P. Faustino. El segundo nos dice:

“Durante cinco meses estuve así exclusivamente a su servicio. En los últimos meses le sacaba a oír misa los domingos a la tribuna que hay en la galería del coro, donde podía estar atendiendo, resguardado del frío y oír la santa misa hacer sus devociones, sin ser molestado y con comodidad y recogimiento. Últimamente dormía yo en la misma habitación del Padre, por indicación del Padre Rector y del Padre Maestro de Novicios, para que le atendiera durante la noche ante cualquier eventualidad que surgiera de improviso”[Notas 127].

A la hora de levantarse la comunidad, el hermano Díaz iba a la oración con sus compañeros al Noviciado, dejando durmiendo y tranquilo al anciano Padre. Después le subía el desayuno y le atendía. A esa hora un sacerdote le llevaba la Eucaristía. Los domingos y días festivos lo conducían a oír la misa en la iglesia, y después el Padre iba despacio, él solo, al desayuno. Así llegó hasta el final.

El mismo hermano Nicolás agrega:

“El día 8 de marzo de 1925, domingo y fiesta de S. Juan de Dios, yo estuve con él hasta la hora de comer la Comunidad (él ya había comido) y como hacía un día estupendo de sol, me dijo que me podía ir a la huerta un rato después de comer. A eso de las tres de la tarde estaban citadas las monjas y las niñas, a quienes recibía en la enfermería, y cuando llegaron las primeras se corrió por el colegio que el P. Faustino estaba muy mal; me avisaron; subí a la habitación, pero ya el P. Rector y el Hermano Cirilo estaban actuando y yo no fui testigo de sus últimos momentos; después le vi en la enfermería amortajado”[Notas 128].

El Hermano Cirilo completa la relación del hermano Nicolás; dice cómo eran sus servicios al P. Faustino durante los últimos meses, parecidos y complementarios de los del hermano Nicolás, y añade:

“Salí (el día 8 de marzo) a dar una vuelta por el parque y en esto vi llegar a las monjas que venían a verle. Sería poco después de las dos de la tarde. Me adelanté, para avisarle, y lo encontré sentado en el sillón, como si estuviera dormido y aún caliente. El calor del cuerpo duró bastante tiempo, y se lo hice constar al médico, cuando vino. Era éste el Dr. Morate. Tenía el Rosario entre las manos y una placidez y serenidad grandes. Yo mismo llamé urgentemente al P. Rector, Felipe Estévez, que le dio los Santos Óleos y la recomendación del alma. Yo creo que hacía poco que había expirado con la máxima placidez. Yo mismo le amortajé y se le puso, si no recuerdo mal, el alba y casulla que tenían preparadas anteriormente sus religiosas”[Notas 129].

Una de estas religiosas dice lo siguiente:

“Al entrar el Hermano a decirle que las Religiosas Pastoras estaban a verle, vio que acababa de expirar. Estaba sentado en la enfermería con el santo Rosario entre los dedos. La muerte le sorprendió rezando (el Santo Rosario). En aquel momento le fueron administrados los Santos Óleos. Había comulgado por la mañana”[Notas 130].

Todos los demás detalles sobran. La muerte no le sorprendió: la estaba esperando hacía muchos años, como consta en sus cartas.

Recordemos una de sus frases típicas y la manifestación de un deseo santo, ya desde el año 1917, y no fue la primera vez que lo había expresado:

“Aunque en todas partes se puede estirar las pata, quisiera no fuese fuera del colegio, por si Dios me concede la gracia de recibir entre mis Hermanos los Santos Sacramentos. Así se lo pido y espero me lo conceda por su sola misericordia”[Notas 131].

Así se lo concedió el Señor. Llegó su amigo y admirador, el Padre Rector, Felipe Estévez, cuando aún su cuerpo estaba con el calor natural; le signó con los Santos Óleos, último servicio de la Iglesia a sus hijos, eco lejano de la primera unción, la del bautismo. Pero él estaba alerta. No olvidemos sus hermanos y sus hijas que al P. Faustino le encontró la muerte rezando el Santo Rosario. El paso, pues, de esta primera vida a la segunda gloriosa, fue lo más suave y feliz que cabe. ¡Que él interceda para que el nuestro sea con la misma serenidad y paz! ¡La de los santos!

Notas

  1. Recuerde el lector, al menos, dos cosas: su incondicional sumisión al juicio de la Iglesia y de sus superiores en el problema del uso del dinero proveniente de la venta de sus “específicos”, y su vida íntima de piedad, visible en su doctrina espiritual, contenida en los documentos estudiados.
  2. Cfr. Vilá, pp. 144 – 147. Se trata del Codicilo Espiritual, ya estudiado.
  3. Recuerde el lector, lo que sobre esa virtud dijimos en el capítulo de su espiritualidad, p. 274.
  4. Sabía el Padre que había soberbias entre sus hijas y conocía sus nombres, aunque no los escribió. “De la consabida no digo nada. Escritos están los principios de gobierno; por una que se sacrifique se salvarán muchas. Ley, ley, ley” (Cfr. Cartas, nº 657.
  5. Esos errores se cometieron al recibirla en la Congregación sin cumplir las leyes de la Iglesia sobre las “hijas ilegítimas” (Cfr. Vilá, pp. 320 y ss., donde se demuestra la ilegitimidad de la M. María Casaus y los disparates que se cometieron en aquel momento. En resumen: no se le dispensó de ese impedimento, por lo cual los votos posteriores fueron nulos).
  6. Las Constituciones de las Hijas de la Divina Pastora, aprobadas por la Santa Sede el 27 de diciembre de 1922, en el número 200 disponen lo siguiente: “La Superiora General debe ser hija de legítimo matrimonio, tener cuarenta años de edad y diez de profesión a contar desde los primeros votos. La Primera Consejera será la Vicaria General de la M. General y la sustituirá en caso de ausencia, enfermedad, muerte, deposición o imposibilidad”.
  7. Para comprensión de lo que iremos diciendo, sepa el lector que María Casaus, en la súplica de admisión a los votos, dice expresamente que es “hija ilegítima” de Francisco Casaus y Victoria Ríos (Cfr. Vilá, p. 321). Mal fundamento para una vida religiosa. Ella era consciente de lo que escribía, porque ya no era una niña: ingresó cuando tenía veintinueve años. Luego, en horas negras, pretenderá excusarse con racionamientos alambicados (Cfr. Ibidem, pp. 358 – 359), insinuados por otro, como veremos.
  8. Según declaraciones de la M. Margarita Artime, la M. Julia Requena lo sabía y eso debió amargar sus últimos días, previendo lo que iba a suceder. (Cfr. Vilá, p. 400, nº 14).
  9. Cfr. Vilá, p. 392, 6. Así lo creyó el P. Faustino (Cfr. Vilá, p.399, 11, a). “(Declara) que la M. María era inhábil cuando la eligieron por ser fruto de doble adulterio”. Y también lo creyó el Consejo inspirado por él: “Que de dicho cargo fue excluida la M. María de Jesús…, por ser fruto de doble adulterio”. (Cfr. Vilá, p. 385, nº 2).
  10. Después de la muerte del P. Faustino, la M. María, en 1934 acudió a Roma y obtuvo una declaración de la Santa Sede en que consta que su padre era soltero cuando tuvo siete hijas con su madre, porque en 1879 contrajo legítimo matrimonio con ella, una vez muerto el anterior esposo de la misma. (Cfr. Vilá, p. 350, g) y h). Por el último decreto de la Santa Sede, las siete hijas de Francisco Casaus y Victoria de los Ríos fueron declaradas “legitimadas por subsiguiente matrimonio” de sus padres.
  11. Cfr. Vilá, pp. 399ss. Se trata de treinta y cuatro puntos redactados por el P. Faustino para que la M. Sagrario Martín se los entregase al Nuncio. Esos puntos son una tremenda requisitoria contra la M. María Casaus, a la que llega a llamar “el Elías de S. Francisco y el P. Mario de S. José de Calasanz” (Punto nº 13).
  12. No olvide el lector que el P. Faustino había escrito las Constituciones y conocía perfectamente el Derecho, como lo demostró.
  13. En 1891, en carta al Padre General, Mauro Ricci, había escrito: “Amo efusivamente a la Escuela Pía, siempre me entregué por ella y con el auxilio de Dios en el futuro, si así lo quiere le sacrificaré mi honor, que amo más que mi vida”. (Cfr. Vilá, p. 218, nº 8). Y en 1924 escribió: “Que el Fundador confiesa, acatando cuanto S. Santidad disponga, que más desearía ver borrado el Instituto del número de Congregaciones pontificias que dejarlo deshonrado a su muerte con tan denigrante baldón”, como sería tener en el puesto supremo a una religiosa doblemente adulterina (Cfr. Vilá, p. 401, nº 29).
  14. Escribió a Roma tres cartas, sobre el problema de la sucesión de la M. Julia. El día 4 de noviembre solicitó que la relevaran del cargo de Vicaria y nombraran a la segunda Consejera, que fue lo que hizo el P. Faustino (Cfr. Vilá, p. 351, a).
  15. Este dato consta en una carta del P. Gonzalo Etayo (Cfr. Vilá, p. 361, 3), que dice: “Según consejo de V. E. en visita hecha por mi humilde persona”.
  16. Cfr. Vilá, p. 355, nº 7. El Nuncio citó varias veces esta respuesta del Cardenal Protector y siempre la mutiló, suprimiendo la segunda parte (Cfr. Vilá, p. 366, d). En este documento lo hace tres vedes, y en el documento de la p. 374, nº 9, una vez.
  17. Cfr. Vilá, p. 323, nº 3. El Nuncio negó que hubiera dicho eso (Cfr. ibídem). Ocho líneas más abajo el P. Vilá rebate esta mentira del Nuncio.
  18. Puede verse en Vilá, pp. 325 -9 y 326 -10 la sucesión de fechas en que ocurrieron los hechos.
  19. Carta del P. Faustino a todas las religiosas (Cfr. Vilá, p. 393).
  20. Si no estaba aún constituido canónicamente, su acción no tenía valor y por lo tanto la desobediencia de la M. María no fue realmente desobediencia. Ni tuvo razón el P. Faustino cuando posteriormente, en algunos documentos, se lo echó en cara como desobediencia. La M. María aduciría este hecho en su defensa, en el escrito del 29 de marzo (Cfr. Vilá, p. 357, 17 y p. 358, 25, 3º).
  21. Cfr. Vilá, p. 382, c). Ese mismo día 10 de febrero escribió el P. Faustino “A todas las religiosas de la Divina Pastora” una carta. La trascribimos cuando relatamos los “actos de gobierno” del consejo.
  22. Cfr. Vilá, p. 383, d).
  23. Cfr. Ibidem, p. 384, g). Estos oficios los inspiró, y es casi seguro que los redactó, el P. Faustino; pero les dio valor jurídico la firma del Consejo.
  24. Cfr. Ibidem, p. 385, h).
  25. Cfr. ibídem, p. 385, i).
  26. Cfr. ibídem, p. 362, 4, a).
  27. Para contrarrestar lo que decía el P. Faustino en ese documento –que luego estudiaremos- mandó el Nuncio al Visitador, don Emilio Rodríguez, la entrevista que tuvo con la M. María, el 29 de marzo, cuando ésta se encontraba en Getafe, antes de acometer la ofensiva contra las religiosas del Consejo creado por indicación del P. Faustino. Véase después, pp. 342 - 343.
  28. Cfr. Vilá, p. 362, 4, a).
  29. Cfr. ibídem, p. 364, nº 3.
  30. Cfr. ibídem, p. 364, nº 3.
  31. No es la única vez que vamos a ver mentir al Nuncio, como lo manifestaremos. El que miente una vez pierde la credibilidad
  32. En la página siguiente veremos cómo entiende la Congregación de Religiosos, con más profundidad, las Constituciones y el Derecho Canónico, en su oficio del 20 de marzo dirigido al Nuncio.
  33. Cfr. Vilá, p. 365, c).
  34. Cfr. Vilá, p. 396,6). La traducción y los paréntesis son nuestros.
  35. La obsesiva repetición en documentos posteriores de que fueran castigadas las “rebeldes” con la privación de la voz pasiva, y el miedo posterior a que la Congregación creyera los rumores verdaderos que corrían por Madrid, indican que nunca obró con una conciencia tranquila.
  36. Cfr. Vilá, p. 399, 11, a).
  37. Cfr. Vilá, p. 360, 6. Véase allí cómo interpreta esto la misma M. María. Lo hace en función de la oposición de la M. Margarita Artime. Su recurso al sigilo sacramental nos revela una treta suya para defenderse inocuamente.
  38. Los incidentes puede verlos el lector en Vilá, p. 326: cómo los interpreta ella (p. 356, nn. 12 y ss.) y cómo los relata el Nuncio (p. 374, nº 12).
  39. Cfr. Vilá, p. 352, d).
  40. Cfr. ibídem, p. 352, e).
  41. Cfr. Vilá, p. 353. La M. Ángeles, en la carta citada, dice: “Su padre murió mal, porque no quiso separarse de la mujer con quien vivía, o sea, la madre de la M. María” (Cfr. ibídem, p. 363).
  42. Cfr. ibídem, p. 353. El paréntesis es nuestro. El razonamiento es válido, pero está colocado en una atmósfera de confrontación. Véanse también Vilá, pp. 358, nº 26, y 360, nº 6 en donde la M. María expone su antipatía hacia la M. Margarita Artime.
  43. Cfr. Vilá, p. 393. El paréntesis es nuestro.
  44. Cfr. ibídem, p. 359, nº 4.
  45. Efectivamente, acabada la crisis y triunfante M. María, dijo la M. Natividad al Visitador: “Ya habrá tenido V. R. una larga entrevista con M. Ángeles y, por tanto, estará enterado perfectamente de la conducta observada por Sor Margarita Artime”. Esto era colocarse al lado de la M. María, en contra de la M. Margarita Artime, a quien echaron de la Congregación. Así pagó su fidelidad al P. Faustino.
  46. En el año 1936, durante la guerra civil española, don Emilio Rodríguez Quevada estuvo conmigo en un sótano de la cárcel de Las Ventas, en Madrid. Me enteré de que él había conocido al P. Faustino y le pregunté algunas cosas, totalmente ignorante del papel que en la vida de éste había desempeñado. Le recuerdo con simpatía: era viejito y yo joven. Me confirmó que eran ciertos algunos que yo había oído sobre el trabajo médico del P. Faustino y que yo consideraba como leyendas. Por ejemplo, aquel caso de un señor que consultó el Padre sobre una enfermedad y a quien éste, por toda medicina, le ordenó romper el botijo de donde bebía agua. La guerra me separó después de don Emilio y me enteré luego de que había sido asesinado. Tenga presente el lector que al decir nosotros lo que va a leer, no estamos haciendo un juicio “moral” sino histórico. El juicio le dejamos a Dios. ¡El martirio lo dignificó ante la historia! ¡Fue un mártir!
  47. Cfr. Vilá, p. 400, nº 12. Poner a uno “como hoja de perejil” significa en España echarle en cara sus defectos, ponerle al sol sus trapos sucios.
  48. Cfr. Vilá, p. 369, donde dice: “El contenido de este (documento) es fruto de la investigación llevada a cabo por el Visitador de Religiosas de Madrid, don Emilio Rodríguez Quevada. Interrogó bajo juramento de decir la verdad y guardar el secreto a varias religiosas; a este informe sólo se adjuntan las declaraciones de la M. Casaus, M. Sagrario y M. Concepción”. Las dos últimas, del Consejo inspirado por el P. Faustino, pero coaccionadas por el Visitador (Cfr. Vilá, p. 403, b) y 404, 12, a). Después las estudiaremos.
  49. Véase lo que de esta religiosa dice la M. María, en Vilá, p. 358, nº 26. Pero fue una religiosa fiel al Fundador.
  50. Cfr. Vilá, p. 358, nn. 25º y 26º. En éste usa la expresión latina “cui prodest” con precisión técnica, lo mismo que el dicho “la prueba corresponde al que afirma”, propia del lenguaje jurídico, que ella ignoraba (nº 2, b).
  51. Sin esperar a que la Congregación de Religiosos tomara disposición alguna, el Nuncio y el Visitador se lanzaron a la política de los hechos consumados.
  52. Cfr. Vilá, p. 377, nº 28. El paréntesis es del Nuncio. La traducción es nuestra.
  53. Pueden leerse en las pp. 337 y 338.
  54. Cfr. Vilá, p. 369. El paréntesis es del texto del P. Vilá.
  55. Cfr. Vilá, pp. 375 – 376, nn 7 y 8.
  56. El comentario que a uno se le ocurre es que cuando el Consejo y el P. Faustino estuvieron cerca, en Getafe, el Nuncio no se molestó nunca en visitarlos y dialogar.
  57. Véase en las pp. 328 - 329.
  58. Cfr. Vilá, p. 403, b) 1º.
  59. Véase antes el estudio sobre el documento del Nuncio del 29 de abril. Véase pp. 329 - 330.
  60. Cfr. Vilá, p. 404, 12, a) y b).
  61. Comentando este párrafo dice el P. Claudio Vilá: “El segundo de estos puntos es novedad para nosotros: en ninguna parte ha quedado rastro de este comunicado del Asesor al P. Faustino” (Cfr. Vilá, p. 332, 5º).
  62. Observe el lector que de nuevo se cita mutilado el texto, conforme lo hizo siempre el Nuncio. Esto parece indicar que este documento no lo redactó la M. Concepción, sino que se lo presentó el Visitador a su firma. El P. Vilá dice que el segundo documento, que copiamos a continuación, sí lo escribió de su puño la M. Concepción; pero de éste sólo habla de la firma.
  63. El hecho de que en este documento se llame al P. Faustino “P. Míguez”, es otro indicio de que no lo escribió la M. Concepción. Esta, como Consejo que presidió, siempre que lo nombraron en sus oficios –cuatro veces- lo llamaron “Padre Fundador”.
  64. De esa incomunicación hablaremos después.
  65. A la M. Casaus, las religiosas siempre la llamaron M. María de Jesús. Otra señal de que el documento no lo escribió la M. Concepción.
  66. Cfr. Vilá, p. 404, 12, a).
  67. . Compruebe el lector cómo la M. Concepción llama a la M. Casaus “M”. María de Jesús”. Nunca dejaba el nombre de pila.
  68. Cfr. Vilá, p. 404, 12, b).
  69. Nos asustamos al comprobar que esta práctica de la auto-acusación coincide en el procedimiento con la táctica internacional del marxismo, practicada sobre todo en la época del stalinismo, por ejemplo, con el Cardenal Mindszenty. Sabemos de muchos casos ocurridos en cárceles de Cuba y en todo el mundo marxista. Otros, que se dicen enemigos del marxismo –como los militares de Argentina- los han imitado.
  70. Cfr. Del Álamo, 1, p. 499.
  71. Cfr. ibídem, 1, pp. 487 y 503. En la primera de éstas dice: “Muchos testimonios orales y escritos que hemos recibido están conformes en que a base de gritos y actos destemplados quiso imponer un ‘miedo servil’ que apabullara a las que podían discrepar de sus providencias o enfoque del problema”.
  72. Cfr. Vilá, p. 354, g) sobre todo 358, nº 26, nota previa; 360, nº 6, y 376, nº 24, donde está el oficio del Nuncio del 20 de junio.
  73. Cfr. ibídem, p. 588, j).
  74. Sobre esto véase lo que decimos después pp. 345 y ss.
  75. Cfr. Vilá, p. 368.
  76. Cfr. ibídem, p. 377, nº 28.
  77. Cfr. Vilá, p. 398, a).
  78. El Padre Rector del colegio de Getafe envió a los dos días un oficio al Provincial en el que le comunicó que la orden se había cumplido exactamente (Cfr. Vilá, p. 398, 10).
  79. Cfr. Vilá, p. 368.
  80. Cfr. ibídem, p. 377, nº 28.
  81. Las pobres “rebeldes”, en efecto, no estaban ya en condiciones de nuevos ensayos. La M. Concepción había sido trasladada a Daimiel; la M. Amada, a Beas de Segura; la M. Margarita Artime, a Belalcázar (Córdoba), y las MM. Luisa y Anunciación quedaron en Getafe, pero sin cargo alguno.
  82. Esto, en aquellas circunstancias, era una hipocresía, pues había obrado ya por sí y ante sí.
  83. Orgulloso podía estar de su obra y de la eficacia de su Visitador.
  84. Cfr. Vilá, p. 368, e). Ni entonces ni ahora tenía autoridad para hacerlo.
  85. Cfr. Ibidem, p. 390, 1).
  86. Da pena leer lo que pide la M. María, no porque sea malo, sino porque ella no podía cumplirlo, dada su historia. ¿Qué dirían las víctimas de sus atropellos?
  87. Cfr. Vilá, p. 390, m).
  88. Cfr. Ibidem, p. 391.
  89. La misma Gemma se traicionó a sí misma en unas declaraciones que hizo en el proceso diocesano del P. Faustino, colocándose en el grupo de las contrarias a él, ya que afirma cuatro veces que ellas engañaron al mismo Padre (Cfr. Del Álamo, 1, pp. 504 y 505, nota 14).
  90. Cfr. Vilá, p. 378, g).
  91. Cfr. Ibidem, p. 396, c).
  92. Cfr. ibídem, p. 378, h). Las indignas eran las religiosas del Consejo fuel al P. Faustino. A ellas temía el Nuncio, por si -inspiradas por el Padre- intentaran aún demostrar sus irregularidades. Las señala por sus nombres: las MM. Concepción, Amada y sobre todo Margarita Artime.
  93. Cfr. Vilá, p. 379, j). Vuelve a esa identificación para forzar el que esas supremas instancias digan que sí a cuanto él hizo y teme que sea descubierto.
  94. La conducta de la Congregación de Religiosos fue incongruente. Tiene la disculpa de que fue prevenida por la acción eficaz del Nuncio, quien le presentó la declaración de auto-acusación de “las culpables”. Pero esa declaración no podía satisfacer a unos jueces que debieron moverse, como lo empezaron a hacer, por la interpretación del Derecho Canónico. ¿Por qué esa justicia no siguió su propio camino y se entregó, sin estudio, al activismo del Nuncio? No respondió, en cambio, directamente, al Padre Fundador. ¿Por qué no siguió su propio criterio, establecido el 20 de marzo, y exigió al Nuncio esperar el “fallo de los peritos y aceptó sin más la auto-acusación? Quien debe condenar, después de un juicio, es el juez, no los presuntos reos. Esta vez hubo condena sin juicio precedente y con la anomalía increíble de que el principal acusado no fue condenado. Además, caso único, los condenados habían obrado de conformidad con los principios defendidos por el tribunal que los condenó.
  95. Cfr. Vilá, p. 405, 13.
  96. La M. Artime fue sancionada, como hemos dicho, con la privación de la voz activa y pasiva “ad nutum S. Sedis” (a juicio de la Santa Sede). Después de muerto el P. Faustino no tuvo el valor y la fe de éste y salió de la Congregación, huyendo de la persecución. Quiso después volver a ingresar, pero se opuso el Visitador, don Emilio Rodríguez. Murió creyéndose siempre una religiosa Hija de la Divina Pastora (Cfr. Del álamo, obra citada, pp. 498 y ss., donde están sus declaraciones. La afirmación consta en “Declaraciones al estudio psíquico-espiritual del P. Anselmo Del Álamo, escritas a mano, que conservamos.
  97. La primera afirmación consta en muchas partes de los documentos reseñados. Véase el oficio del 20 de junio de 1924 (Vilá, p. 373, nn. 18 y 28). La segunda también la dijo más de una vez; y la dejó consignada como resumen de todos sus pensamientos en la nota que puso a la noticia de su muerte (“Positio”, p. 382, b): “Este religioso que había sido engañado por algunas Hijas de la Divina Pastora”.
  98. Vuelva a recordar el lector lo que dijimos en las páginas 103 – 105. Sabiendo esto resulta molesto y aún indignante la ligereza con que el Nuncio afirmó en su comunicación del 20 de junio de 1924, a la Congregación de Religiosos, que el P. Faustino “fundó las Hijas de la Divina Pastora contra la voluntad de los Superiores” (Cfr. Vilá, p. 376). En fuerte contraste con semejante ligereza, imperdonable en un Nuncio, léase lo que dice el P. Faustino en el documento de los treinta y cuatro puntos sobre la M. María, en los nn. 31, 32 y 33 (Cfr. ibídem, p. 402).
  99. Sobre este punto aceptamos y aprobamos cuanto dice el P. Claudio Vilá en la “Positio”, pp. 341 y 344.
  100. Cfr. Vilá, pp. 393 - 395.
  101. Cfr. Vilá, p. 402.
  102. Es cierto que a la primera lectura se tiene la impresión de que el Padre da órdenes. Pero en una segunda se advierte que se trata sólo de avisos, exposiciones, llamadas. No es fácil coger al P. Faustino en un patinazo tan grave como hubiera sido apropiarse de la autoridad que él sabía -el primero- que no tenía. Se lo advirtió él mismo a sus hijas muchas veces en sus cartas. Ni es razonable andar midiendo el alcance de una palabra por ver si se le puede coger en un fallo. En aquellas trágicas circunstancias todos, incluyendo el Nuncio, se movían en un cierto grado por simpatías o antipatías. Pero donde debe buscarse el verdadero fallo es en actos concretos de jurisdicción, expresados en documentos, como los que repetidamente realizó el Nuncio.
  103. Cfr. Vilá, p. 396, b).
  104. Cfr. Ibidem, p. 384, g). El paréntesis es del documento.
  105. Cfr. Ibidem, p. 394, 9º. El paréntesis es del documento.
  106. Cfr. Ibidem, p.363, b). Los paréntesis son del Nuncio.
  107. Cfr. Del Álamo 1, p. 515. El P. Clemente fue Provincial de Castilla por dos veces. En 1934 fue el Provincial que me destinó a mí a Getafe. Por un rasgo muy suyo me acompaño personalmente en el autobús. Luego, en 1936, empezaba la guerra civil, estábamos catorce religiosos de la comunidad de Getafe en la cárcel de Las Ventas y nos enteramos con horror de que el P. Clemente había sido asesinado en Madrid, en la Pradera de San Isidro. Su cadáver apareció con la cabeza destrozada por las balas (Cfr. “Escolapios víctimas de la persecución religiosa en España, 1936 - 1939”, col. II, parte I, Castilla, pp. 127 y ss.
  108. Cfr. Vilá, p. 395.
  109. En los treinta y cuatro puntos que escribió a la M. Sagrario, contra la M. María, el 19 de febrero de 1924
  110. Cfr. Del Álamo, 1, pp.497 -498. Esta carta fue la fortaleza de la M. Amada durante su calvario. Ella confesó: “Como los sábados procuro hacer la Sada. Comunión y me uno mucho a mi Jesús, que me dio el consuelo de la carta de mi Padre. Qué dicha mía. A los pocos días me la aprendí de memoria de tanto rumiarla”.
  111. Cfr. Vilá, p. 400, nn. 13 y 33. El P. Faustino la considera “como el Fr. Elías de S. Francisco o como el P. Mario de San José de Calasanz”. Su juicio sobre ella (la M. María) está en la p. 401, nn. 29 y 30 de Vilá).
  112. Es notable el hecho de que no hay un solo acto oficial del Consejo que ellas formaron después del 5 de marzo, día en que enviaron a Roma la solicitud de liberación de los votos para la M. María Casaus. En realidad no podemos demostrar mediante documentos por qué dejaron de obrar. ¿Sería por la actuación del Visitador, don Emilio Rodríguez? Pero éste no empezó a obrar sino el día 29 de marzo, con la visita a la M. María recluida en Getafe. No sabemos, pues, el motivo, pero el hecho es que no volvieron a gobernar
  113. Cfr. Vilá, p. 402
  114. Véase antes pp. 322 -323. Allí constan los oficios de la referencia.
  115. Cfr. Vilá, p. 383,d).
  116. Cfr. Vilá, p. 401, nº 28.
  117. La última misa debió celebrarla el 24 de octubre de 1924, porque el “Libro de Misas” del Colegio de Getafe dice que ese mes celebró el P. Faustino solamente veinticuatro misas.
  118. Cfr. Vilá, p. 340. Empieza en la tercera línea
  119. Cfr. Ibidem, p. 322. Dice en ella que la segunda carta fue del 4 de noviembre. La cita que Vilá hace de la página donde se contiene este documento, está errada. Dice: infra 4, b). Esa referencia lleva a la p. 363, donde está el oficio del Nuncio al Secretario de la Congregación de Religiosos. Debe, pues, decir: infra 2, a), que envía a la p. 351, donde realmente está el aludido documento.
  120. Cfr. ibídem, 351, a). Este no es el documento que se envió a Roma, sino la minuta del mismo. Se nota porque en el lugar donde deben copiarse los nombres de las Consejeras pone puntos suspensivos.
  121. Cfr. Vilá, pp. 332, 17.
  122. Mat. 28, 11 - 20.
  123. Cfr. Vilá, p. 340. El paréntesis es del Visitador. El venerable anciano no dio señal alguna hasta su muerte de chochez.
  124. Cfr. Vilá, p. 339.
  125. Cfr. ibídem, en la misma página. Nos parece exacto el juicio final que emite el P. Vilá en la “Positio”, pp. 345, 31. Lo mismo decimos del juicio del P. Anselmo Del Álamo, el biógrafo primero del P. Faustino, que transcribe el P. Vilá en esa misma página 345 y en la siguiente.
  126. Carta Segunda a Timoteo, 4, 7-8.
  127. Esta declaración, junto con la que sigue, la hizo el mismo hno. Nicolás Díaz al P. Anselmo Del Álamo (Cfr. Del Álamo, 1, p. 520).
  128. Cfr. Del Álamo, 1, p. 521.
  129. Cfr. Ibidem, p. 522.
  130. Cfr. Ibidem, pp. 522 - 523. El P. Faustino, cuando murió, no estaba sentado “en la enfermería” sino en su habitación, de acuerdo con el testimonio de los HH. Nicolás y Cirilo, anteriormente transcritos. El paréntesis es nuestro.
  131. Cfr. Cartas, nº 691, del 2 de julio de 1917.