FeMaestro/I. ESPÍRITU SANTO QUE NOS SANTIFICÓ

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

TERCERA PARTE: ESPÍRITU SANTIFICADOR
Tema anterior

FeMaestro/I. ESPÍRITU SANTO QUE NOS SANTIFICÓ
Índice

II. LA IGLESIA
Siguiente tema


I. ESPÍRITU SANTO QUE NOS SANTIFICÓ

1. La persona del Espíritu Santo

Con la locución “Espíritu Santo”, Faustino confiesa su fe en la tercera persona de la Santísima Trinidad[Notas 1], que es una misma cosa con el Hijo y el Padre pero que tiene su personalidad distinta y su manera propia de revelarse[Notas 2].

¿Quién es para Faustino la persona del Espíritu Santo? Es principio de vida que vivifica todo (Jn 6, 63):

Si el mismo Apóstol dice de las Escrituras: Que la letra mata y el Espíritu vivifica, cuánto mejor podemos decirlo de las Reglas? Espíritu, hijas mías, espíritu; corazón y recto fin e intención en todo es lo que me habéis de procurar en todo[Notas 3].

El Espíritu Santo es Amor, el amor de Dios en persona. Aunque las tres divinas personas actúan indivisiblemente en el mundo, al Espíritu Santo se le atribuye el Amor. Como Persona-Amor[Notas 4] abrasa e inflama[Notas 5] en su fuego de amor divino, como ocurrió el día de Pentecostés:

Haced, Dios mío, que descienda sobre nosotras, si no visiblemente, como sobre los Apóstoles y discípulos, vuestro Divino Espíritu; al menos invisiblemente para que nos inflame en su divino amor, y nos llene de sus dones, y nos haga salir de estos Ejercicios fortalecidas con su gracia, llenas de su espíritu y resueltas a trabajar siempre, como aquéllos, en vuestra honra y gloria y en la salvación propia y ajena[Notas 6].

Apreciamos que Faustino utiliza el simbolismo del fuego para referirse a esa energía del Espíritu. Como el fuego transforma en sí todo lo que toca, así el Espíritu transforma en vida divina lo que se somete a su poder[Notas 7]. De este Espíritu dirá Jesús: Fuego he venido a poner en los corazones y qué he de querer sino que arda?[Notas 8]. “De una manera especial se hace presente el Espíritu allí donde los hombres se despojan de su egoísmo, se reúnen en la caridad, se perdonan y disculpan, se hacen el bien y se ayudan, sin esperar contrapartida, ni mucho menos exigirla. El hombre se encuentra a sí mismo y avanza en perfección no entregándose a los impulsos del egoísmo, sino dando, ofreciendo y compartiendo. Donde hay caridad se anticipa ya algo de la plenitud y transfiguración definitiva del mundo”[Notas 9].

El Espíritu es, en definitiva, fuente de todo don que viene de Dios[Notas 10]. Es decir, vemos al Espíritu como Dios en cuanto que se manifiesta en el hombre y en el universo para dar y conservar la vida. No es sólo don sino “dador de vida”. Es Dios dándose. No es algo sino Alguien.

De este modo aparece claro el carácter divino del Espíritu. Hace alusión Faustino a la herejía de los los Griegos Cismáticos que negaron la divinidad del Espíritu Santo[Notas 11]. De este modo el Concilio I de Constantinopla (381) definió su divinidad: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida que procede del Padre. A quién adoramos y glorificamos juntamente con el Padre y el Hijo. El habló a través de los profetas” (DS 150). Uno de los argumentos de los santos padres para defender la divinidad del Espíritu Santo era recordar que tiene que ser Dios aquel que nos diviniza. Así deduce Gregorio Nacianceno: “Si el Espíritu Santo no debe ser adorado, ¿cómo puede divinizarme en el bautismo?”[Notas 12].

2. La presencia del Espíritu Santo en la Historia de la Salvación

El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra salvación y hasta su consumación[Notas 13]. Está presente en toda la historia de salvación. Desde la primera creación, en su condición de Espíritu creador: “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gn 1, 2); el Espíritu es ese aliento o soplo divino que dio origen al ser, cuando Dios insufló al barro (Gn 2, 7) y a la vida de toda criatura: su soplo la creación:

La luz se esparce en la extensión de los aires, y la naturaleza toda recibe un soplo de vida que la sustenta y la nutre[Notas 14].

El Espíritu es llamado “dedo de la diestra del Padre”. Él es el dedo omnipotente y eficiente por el que se hizo la creación[Notas 15]. Es también las manos del alfarero que formaron al hombre. Como señala San Ireneo, “es con sus propias manos [es decir, el Hijo y el Espíritu Santo] como Dios lo hizo... y El dibujó sobre la carne moldeada su propia forma, de modo que incluso lo que fuese visible llevase la forma divina”[Notas 16].

El Espíritu está presente también en los momentos fuertes de la historia de la salvación. El desciende a veces a la tierra y suscita profetas, los “hombres del espíritu” (Os 9, 7). El Espíritu es, en fin, el don mesiánico por excelencia, que descansará en el Mesías y será otorgado con efusión a toda su descendencia. Faustino hace mención a esta profecía de Isaías y su relación con María:

Saldrá un tallo de la raíz de Jesé, nos dice Isaías, y este tallo producirá una flor, y el espíritu del Señor descansará sobre ella, siendo el perfume que despide en torno suyo tan grato, tan aromático, tan excelente que supera a los más gratos perfumes... Esta flor tan delicada, y sobre la cual mora el Espíritu de Dios es Jesucristo, y el tallo que produce esta flor la planta escogida, que desarrolla con su savia el germen de ese botón precioso es María. En vano se querrá tener el perfume sin la flor, así como es imposible tener la flor sin la planta; por eso San Buenaventura continuando las palabras de Isaías antes citadas, dice: Los que aspiráis a la gracia del Espíritu Santo, buscad la flor en la planta, porque por esta llegamos nosotros a la flor, y por la flor al espíritu de la divinidad con que ella ha embalsamado la tierra[Notas 17].

En la vida de Cristo, todas sus obras estuvieron acompañadas siempre por la acción del Espíritu. Concebido en el seno de María por el Espíritu Santo (Lc 1, 35)[Notas 18]; se posa sobre El en el bautismo (Jn 1, 10); está sobre él en la predicación (Lc 4, 16-21), en su lucha contra los demonios (Mt 4, 1; 12, 28; Lc 11, 20); en su entrega a la cruz (Hb 9, 14); y en su resurrección (Rm 1, 4; 8, 11).

Jesús prometió que enviaría el Espíritu Santo. El día de Pentecostés, la pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina (Hch 2, 1ss). Pentecostés supone una nueva presencia de Cristo, permanente, comunitaria y plena para la Iglesia. Faustino subraya el impulso del Espíritu en Pentecostés como promoción del trabajo apostólico de la primitiva Iglesia: contribuir por todos los medios posibles a la salvación de tantas y tantas almas, no de otro modo que los Apóstoles y discípulos de J.C. salieron del Cenáculo[Notas 19].

3. La acción del Espíritu en la vida creyente

En el bautismo recibimos el Espíritu prometido. Jesús nos salvó por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo (cf. Tt 3, 5). Este Espíritu lo recibe todo el mundo: A cada uno da el Señor su espíritu[Notas 20]. Faustino subraya la función del Espíritu como aquella que nos reengendra y nos entronca en Cristo, en la vida divina. De este modo relaciona al Espíritu con el bautismo regenerador, como dice San Ireneo, “El bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo”. El Espíritu Santo es el que obra el nuevo nacimiento del cristiano, Él es el fundamento de la nueva creación: Así pues, los que vivís en gracia, animaos, que todos sois hijos de Dios, reengendrados por el Espíritu Santo, hermanos de Jesucristo[Notas 21]. La misión del Espíritu consiste en devolvernos a Dios, hacernos “capaces de Dios”, darnos deseos constantes de ver a Dios. Para esto fuimos creados y redimidos: para la comunión con Dios. La vida del hombre consiste en la posesión de Dios[Notas 22], esto lo hace posible el Espíritu.

Así pues, el cristiano ha de vivir según el Espíritu y amar la vida del espíritu[Notas 23]. “Cuando en el lenguaje cristiano se habla de la «vida espiritual» del hombre, no se entiende simplemente una vida superior, en contraposición a lo corporal o biológica, sino, precisamente, la «vida en el Espíritu»”[Notas 24]. El Espíritu “mora” y “habita” en el cristiano; éste debe considerarse como templo del Espíritu Santo[Notas 25]. Esto supone renuncia a la carne y dejarse conducir por la ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús y nos libera de la servidumbre de la carne, del pecado y de la ley (cf. Rm 8, 2):

Hay en él dos leyes, una del espíritu y otra de la carne; ésta pide lo que aquel niega, y éste demanda lo que aquella rehúsa. La carne milita en un partido y el espíritu en otro, y ambos siempre en lucha y en una guerra tal, que hacia exclamar al Apóstol: ¡Qué hombre tan infeliz soy yo! Voy a hacer el bien y, casi no puedo; pretendo huir del mal y no sé cómo. ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?[Notas 26]

La obra santificadora del Espíritu corona y condensa la obra del Padre y del Hijo. Veamos ahora qué manifestaciones de esta acción del Espíritu subraya Faustino. Él nos habla de inspiraciones y de luz divina[Notas 27], este es el modo en que ordinariamente se ejerce y se manifiesta la acción continua del Espíritu Santo en la obra de la santificación:

En no menospreciar precepto, regla, consejo, propósito, ni inspiración alguna que mire á su aprovechamiento espiritual, si no quiere apartar de sí á Dios y quedar á merced de sus enemigos en y fuera de la oración[Notas 28].

Las inspiraciones son esas gracias actuales o auxilios pasajeros que elevan la acción del hombre al orden sobrenatural y sanan las flaquezas e insuficiencias de la naturaleza para moverse en ese orden. En los escritos de Faustino aparecen algunas de las formas que toman estas inspiraciones: luz e impulso, claridad y fortaleza[Notas 29]. También le da el nombre de ilustraciones:

Y no empleó la Religión con nosotros todas las riquezas espirituales para instruiros, ílustraros, anímaros, fortaleceros, levantaros, sosteneros, con ejemplos, Sacramentos, oración, morti-ficación, retiro, apartamiento, trabajo, enfermedades. Qué más puede hacer por nosotros? Mil gracias, inspiraciones, Sacramentos, templo, todo, todo[Notas 30].

Es muy frecuente en su epistolario la petición de luz al Señor y también la misma recomendación a los demás: Pide al Señor que te ilumine para conocer su voluntad y te dé su gracia para cumplirla[Notas 31]. De este modo el Espíritu es aquel que dicta lo que hay que hacer[Notas 32]. Efectivamente con esa luz del Espíritu se ve e interpreta la voluntad de Dios en la situación; y con las “mociones” se sigue fielmente. Aunque no especifica de qué persona de la Santísima Trinidad se trata se le pueden aplicar al Espíritu los siguientes apelativos: Divina Antorcha que guía y Dador de luces[Notas 33]. El Espíritu actúa también como dando fuerzas y ánimo, fortalecida con su gracia, se puede emprender cualquier empresa y la propia santificación[Notas 34].

El Espíritu actúa por lo que nos dice en la Escritura: tenga por dicho para sí lo que acaba de oír del Espíritu Santo, por boca del Profeta, y procure con todo ahínco[Notas 35]. Al Espíritu Santo se le conoce en las Escrituras que Él ha inspirado[Notas 36].

Para distinguir el Espíritu de Dios del que no lo es se necesita discernimiento de espíritus: No des crédito a cualquier espíritu sin probar si es de Dios[Notas 37]. El fruto del Espíritu en nosotros es una vida espiritual intensa[Notas 38], principalmente en la caridad, que produce consuelo[Notas 39]y paz del corazón[Notas 40], una alegría inexplicable[Notas 41], un gozo indecible[Notas 42] y gran fervor[Notas 43].

Así pues, esta es la voluntad de Dios: nuestra santificación[Notas 44], pero el hombre ha de colaborar dando una respuesta a esta acción del Espíritu que santifica transformándolo en Cristo y elevándolo a la condición de hijo:

Con temor y con temblor hemos de trabajar en nuestra santificación. Temor y desconfianza de nosotros y firme confianza en Dios que nunca falta a los que de corazón le sirven, como amantísimos hijos suyos[Notas 45].

La respuesta al Espíritu del Señor debe ser la docilidad y obediencia, como actitud espiritual que permite al Espíritu realizar su obra en nosotros. Muchas son las recomendaciones de Faustino en este sentido y pone como prototipo de este talante espiritual a Samuel:

Aquí estamos obedientes como Samuel; hablad a vuestras siervas que prontas están a obedeceros en cuanto les ordenéis; y si no lo estamos, haced que lo estemos y que jamás nos apartemos de la senda que nos tracéis; ¡que la conozcamos, Dios mío, y, conocida, la sigamos para siempre! Hablad, que prontas estamos a cumplir dóciles cuanto nos ordenéis[Notas 46].


Pido también al Señor que las haga dóciles a sus inspiraciones[Notas 47].

Como sin la inspiración y ayuda del Espíritu nada bueno podemos hacer, hemos de pedir su Espíritu[Notas 48] e invocar su asistencia y auxilio en todas las obras que vayamos a realizar[Notas 49].

Notas

  1. RF XVI, 19; CF XVII, 87; Ep 8, 138, 306; PE 27, 87, 172; HPF 122, 149.
  2. HPF 118; PE 172.
  3. Ep 124 (cf. 2 Co 3, 6).
  4. Ep 250, 124.
  5. CF IV, 77; cf. CF XV, 69; VI, 74; Ep 20, 47, 54, 60, 63, 74, 144, 199, 215, 221, 489, 502, 693; MSC 51, 21.
  6. Ep 67; cf. Ep 143; PE 153.
  7. Ep 10, 185, 238.
  8. MSC 235; cf. MSC 218; Ep 54, 759; HPF 102, 119, 192 (cf. Lc 12, 49). El fuego tiene su correspondencia en la llama que produce en la persona invadida por el Espíritu (MSC 20, 218; Ep 67, etc.). Otro simbolismo del Espíritu que encontramos en Faustino es el del agua viva (PE 165). CATIC 696, 1127.
  9. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 243.
  10. Ep 67, 452, 760, 764; MSC 109, 110; HPF 13, 124.
  11. HPF 76.
  12. J. A. SAYÉS: o.c., p. 148.
  13. CATIC 686.
  14. HPF 54; cf. HPF 34, 79, 131.
  15. HPF 43, 131.
  16. Ep 144; HPF 49, 119; CATIC 704.
  17. HPF 147 (cf. Is 11, 1s).
  18. María por ser Madre del Hijo de Dios desde ese primer instante de su concepción fue enriquecida no sólo con la gracia santificante sino con todas las demás, tanto teológicas como morales, los dones del Espíritu Santo se aposentaron en su alma (HPF 124, 13); ella es la única escogida esposa del Espíritu Santo (HPF 121).
  19. Ep 143; cf. Ep 67 (cf. Hch 2, 14.19); CATIC 731.
  20. Ep 82.
  21. HPF 16-17; cf. HPF 151.
  22. PE 66; HPF 74. Repite con frecuencia cómo el hombre fue creado para Dios: Te crió para sí (Ep 63, 135, 143, 170, 220, 649; CF II, 210).
  23. MSC 63, 230; HPF 21; PE 195.
  24. COMITÉ PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000: El Espíritu del Señor, Madrid 1997, p. 119
  25. CF 110; NHN 20 (cf. 1 Co 6, 19).
  26. PE 131 (cf. Rm 7, 14-24); HPF 198 (cf. 1 P 2, 11).
  27. Ep 54, 107, 108, 143, 526, 595, 706; PE 139 (inspiraciones de la gracia), 177, 165; MSC 60, 82, 91, 176.
  28. CF XI, 58.
  29. Fortalecer, confortar, y animar son acciones frecuentes del Espíritu Santo que Faustino expresa de forma continua, sobre todo en su epistolario (Ep 20, 28, 42, 43, 67, 139, 222, 227, 255, 501, 536, 663, 705; PE 97, 175; HPF 129).
  30. PE 177.
  31. Ep 137; cf. Ep 17, 19, 54, 59, 137, 138, 250, 254, 330, 331, 348, 503, 663, 664, 677, 741; PE 175.
  32. CF X, 86.
  33. HPF 74; Ep 349, 250; PE 176, 181.
  34. Ep 28, 42, 43, 67, 139, 222, 255, 536, 705.
  35. CF 66, 91; Ep 14, 63, 107, 108, 255, 399, 497; PE 171; HPF 105, 146, 147; MSC 172.
  36. CATIC 688.
  37. Ep 227.
  38. PE 195.
  39. RF 2; Ep 220, MSC 63, 239.
  40. CF III, 58; Ep 452, 495, 501, 596; MSC 239; HPF 159.
  41. MSC 239; cf. MSC 63; CF VII, 106; VII, 160; Ep 141, 394, 452.
  42. MSC 239; cf. MSC 63, 110, 272; RF XXII, 23; Ep 141, 146, 239; TE 16 (Inefables delicias con que el Señor inunda a las almas, en que reina y vive, abrasándolas en su amor).
  43. MSC 68; cf. Ep 239, 677.
  44. MSC 28; cf. MSC 21-22; Ep 20, 43, 45, 50, 61, 107, 122, 138, 174, 219, 226, 239, 467, 759; PE 159.
  45. Ep 495 (cf. Flp 2, 12).
  46. Ep 67.
  47. Ep 54; cf. Ep 50, 57, 58, 87, 109, 134, 138, 139, 141, 625; RF 3; IV, 13; CF 53; IV, 148; I, 152; IV, 192.
  48. Cuando el pecador pide humildemente el Espíritu del Señor, Dios realiza una acción análoga a la creación de la nada y por su Espíritu da la vida del alma creando en él un corazón puro: Cread en mi un corazón limpio y renovad en mí un espíritu recto (Ep 227; cf. HPF 193; MSC 80, 99; cf. Sal 50, 12; CATIC 298).
  49. CF LIII, 41; CF II, 99; CF VII, 128; CF VII, 149 VII.