FeMaestro/II. DIOS PADRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

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III. DIOS CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA
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II. DIOS PADRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Toda la palabra de Dios en el AT no era más que una palabra provisional, dirigida al momento cumbre en el que Dios mismo nos hablará, no ya por los profetas, sino por medio de su propio Hijo (Hb 1, 1)[Notas 1]. En Cristo es Dios mismo, en persona, el que nos muestra cómo es (Jn 14, 8): era necesario que hubiera en la tierra una semejanza total y completa de la divinidad[Notas 2]. Para nosotros, cristianos, Dios toma forma real en un rostro: el de Jesús de Nazaret. Él es la posibilidad de la cercanía de Dios, el “Dios con nosotros”: para que hubiese posibilidad de ver a ese mismo Dios cerca de sí mismo y conocerlo y tratarlo[Notas 3].

1. Dios, uno en Esencia y trino en Personas

Faustino confiesa y formula con toda claridad el Misterio de la Santísima Trinidad: Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo[Notas 4]. Misterio que consiste en que la única esencia divina subsiste en tres personas realmente distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno en Esencia y trino en Personas[Notas 5].

Empecemos pues por persignarnos... ¿Qué significan estas cosas? El de la Trinidad en los tres que restan derechos... Que sin dejar de ser Dios quedó hecho hombre. Una sola naturaleza por los tres dedos en la misma mano. ¿Y las palabras? El Misterio de la Santísima Trinidad. La unidad de Dios por la de naturaleza... Tres personas distintas por las tres cruces[Notas 6].

Utiliza los términos naturaleza y esencia para indicar la unidad divina; y el término persona o hipóstasis[Notas 7] para designar que las personas divinas son distintas entre sí. Distintas en cuanto a su relación de origen: “El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede” (Concilio de Letrán IV): el Hijo es eternamente engendrado por el Padre en su propio seno (cf. Jn 1, 18). Pero cada una de las personas de la Santísima Trinidad es Dios, lo cual quiere decir que son iguales en dignidad y en perfección:

Hay una eterna e increada (semejanza) entre el Padre y el Hijo. Fue escogida María para engendrar en su claustro virginal al que eternamente es engendrado por el Padre en su propio seno, era pues justo que así como por la generación eterna hay sustancialmente en el Hijo todas las perfecciones de la naturaleza divina del Padre, exceptuando las que competen a cada persona por su existencia hipostática, que son incomunicables, así también en la generación temporal la madre tuviese en sí, mediante la generación del Verbo, las mismas perfecciones que éste, excepto aquellas que esencialmente competen al Verbo por la unión de las dos naturalezas divina y humana[Notas 8].

Faustino especifica cómo las misiones divinas son distintas. Aunque toda la economía de la salvación es obra común de las tres personas divinas, ya que éstas no tienen más que una voluntad, una voz, porque no son, sino un sólo Dios[Notas 9], sin embargo, cada persona divina realiza la obra común según su propiedad personal. La creación es obra del Padre, la redención del Hijo y la fuente de nuestra santificación es el Espíritu Santo[Notas 10]. De este modo a través de las misiones del Hijo y del Espíritu santo, Dios Padre realiza su designio amoroso: que todos seamos imagen de Cristo, como Él lo es de su Eterno Padre, gracias al Espíritu de adopción filial (Rm 8, 15)[Notas 11].

Así pues, el misterio de la santísima Trinidad es el misterio central de nuestra fe y de la vida cristiana. El misterio de la vida íntima de Dios que Jesucristo nos dio a conocer. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos[Notas 12].

La revelación de este misterio, acontecida en la plenitud de los tiempos cuando Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, y al Espíritu que nos hace clamar “Abba, Padre” (Ga 4, 4-6) nos ha permitido vislumbrar el ser mismo de Dios como misterio íntimo de comunión, y comprender así la vocación a la que, en Cristo, hemos sido llamados, que consiste en participar de esa misma comunión divina, haciéndola visible, en la historia humana, mediante la unidad de los hermanos:

El plan divino en esta obra de la caridad infinita no se limita a redimir al hombre, sino que se extiende a la unificación del cielo y la tierra. Dios quería fundar el reino del amor, en el cual no hubiese sino paz, caridad, amistad, felicidad, unidad por fin, pero unidad tan perfecta, que los hombres fuesen todos una misma cosa en el vínculo del amor, así como el mismo Padre eterno es una misma cosa en la naturaleza con el Hijo y el Espíritu Santo, no obstante que son tres personas realmente distintas. Dios que es Padre de los hombres y los ama con indecible caridad, y veía que éstos no lo conocían, o lo conocían mal, y que estaban alejados de Él, quería hacer de Él y de los hombres una familia en la cual brillase un amor puro, tierno, cariñoso, feliz, desinteresado que atrajese a todos los hombres a su corazón, para que estos lo llamasen con toda la efusión de su alma -Padre-, así como El los llamaba a todos sin distinción -hijos-[Notas 13].

Faustino lo considera el misterio primordial, porque se refiere al ser mismo de Dios, y central también de la vida cristiana, pues debemos vivir la unidad en la diversidad, imitando así en nuestra vida la comunión que hay en las tres divinas personas[Notas 14]. Es en el bautismo cuando se recibe la participación en la vida y en la comunidad de Dios: el hombre se une de tal modo al Hijo de Dios, que, lleno de su Espíritu, se hace hijo de Dios Padre: todos somos uno, en el dulcísimo Corazón de Jesús: para que todos sean uno, Padre mío, como lo somos nosotros. Así pues, los que vivís en gracia, animaos, que todos sois hijos de Dios, reengendrados por el Espíritu Santo, hermanos de Jesucristo e hijos adoptivos de su divina Madre[Notas 15]. Este es el fin último de toda la economía divina: la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad[Notas 16].

De esta unidad María es verdadero Modelo. Señala Faustino la relación de la Virgen María con las personas de la Trinidad. Por su maternidad divina contrae un parentesco estrechísimo que la vincula de dos modos con la Trinidad Augusta; vínculo de afinidad con el Padre y el Espíritu Santo; vínculo de consanguinidad con el Verbo humanado. Sobresale entre todas las criaturas, ella sola es la única paloma digna del Padre; ella es la única perfecta madre del Hijo; ella es la única escogida esposa del Espíritu Santo. Una est columba mea, perfecta mea, una est electa[Notas 17].

Esta es la misión del Hijo: enseñar a todos a llamarse hermanos, hijos todos de un mismo Padre que está en los cielos[Notas 18]. Al hablar de Padre nos estamos refiriendo a Dios, al Dios revelado por Jesús. La misma palabra Padre del credo no se refiere al hecho de que Dios sea el creador y señor del hombre y del universo, sino al hecho de que ha engendrado a su Hijo unigénito, Jesucristo, el cual como primogénito es hermano de todos sus discípulos[Notas 19]. Podemos invocar a Dios como “Padre” porque Él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único[Notas 20]: somos hijos en él y con él, en él y con él formamos un solo hijo de Dios, un solo hijo de María, porque en él y con él formamos una misma cosa, un sólo compuesto físico, un sólo cuerpo místico. Como hombres todos somos hijos de su amor y sus dolores, hijos adoptivos, hijos de gracia, hijos diferentes y distintos de J.C.[Notas 21]

2. Jesús, imagen de su Eterno Padre

Como hemos visto Faustino advierte que los hombres tenían una idea equivocada de Dios y que estaban alejados de él, por eso envía a su Hijo. En Jesucristo se ha manifestado de una vez para siempre y definitivamente quién es Dios y quién es el hombre. El viene a revelarnos la verdadera imagen de Dios, la auténtica imagen de Dios, su amado Padre[Notas 22]; que lejos de ser terrible y severo, lejano e insensible, austero y justiciero, es un padre benigno, compasivo, amigo cariñoso del hombre, lleno de misericordia y amor, padre de brazos abiertos siempre en busca de sus hijos como Pastor bueno que llega hasta dar su vida por las ovejas.

No nos vamos a extender mucho en este apartado, pues en el desarrollo que haremos más adelante de la vida de Jesús aparece claramente reflejado el Dios de Jesús. Llama la atención que en todos los textos de Faustino referentes a Dios, en ninguno aparezca la invocación de Dios como “Abba”, que es lo típicamente característico de Jesús y transmitida como “ipsissima vox”. Puede ser que sea porque él desarrolla más bien la relación de Dios con nosotros que de Jesús con Dios. Ahí sí ha expresado con fuerza esta unión, afecto y confianza que contiene el apelativo Abba[Notas 23].

2.1. Dios de amor

Jesús vino a convencernos del mucho amor que el Padre nos tiene, a mostrarnos en sus hechos, en sus palabras lo indecible e incomprensible, lo inmenso e infinito que es su amor, pues “Dios es Amor”, Dios de amor (1 Jn 4, 8); vino a derramar y extender como fuego este amor por la tierra, a enseñarnos a ser hermanos y a vivir como hijos amados de un mismo Padre que está en los cielos[Notas 24]. Este es el resumen de la vida y misión de Jesús. Así lo sintetiza Faustino, en una especie de sumario de la vida de Jesús:

Dime, hija, ¿por qué quiso Jesús asistir á las bodas de Caná y convertir el agua en vino? ¿Por qué se apiadaba de los enfermos, de los paralíticos y de los leprosos? ¿Quién le movía á dar oído á los sordos, vista a los ciegos y lengua a los mudos? ¿Quién le obligaba a consolar a los obsesos, librándolos del poder de los demonios? ¡Ah!, hija mía, el Corazón de Jesús es un Corazón tan tierno, que al punto se conmueve en viendo cualquier miseria. Por eso multiplicaba, solícito, los alimentos y saciaba a los hambrientos; miraba a la desgracia y a la aflicción e infundía una santa dulzura en los corazones tristes. Jamás olvides, hija, que Jesús tuvo la altísima misión de manifestar al mundo los excesos de la infinita caridad de un Dios, y la desempeñó perfectamente, amando, socorriendo y dando, por fin, su vida por los hombres[Notas 25].

El amor de Dios es el centro del misterio de Dios manifestado por Jesús. Cada una de sus acciones son obra del amor de Dios, y así lo va interpretando Faustino en los distintos misterios de la vida de Jesús que veremos en la segunda parte (la encarnación, la vida oculta, la vida pública, su pasión, muerte y resurrección): Y yo ¿he considerado alguna vez el exceso del amor de un Dios? ¿De un Dios que se hace hombre por amor de él? ¿De un Dios que, por salvar al hombre del abismo de la muerte eterna, se ofrece voluntariamente a la muerte y a derramar hasta la última gota de su preciosísima sangre? ¿Qué otro exceso de amor puede igualar al amor de un Dios?[Notas 26]

Las expresiones que Faustino emplea para hablar del amor de Dios lo califican al mismo tiempo como amor de padre y amor de afectuosa madre[Notas 27]. Amor paterno que está hecho de ánimo y solicitud, de sustento y protección: ¿qué mal puede venirnos de un Padre que nos ama infinito e infinitamente desea nuestro bien más que nosotros?[Notas 28] A esta confianza en Dios invita Jesús en el Evangelio: “¿acaso si alguno de vosotros su hijo le pide pan le da una piedra?... ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan!” (Mt 7, 9-11): ¡Nos quiere tanto![Notas 29] El amor materno, en cambio, está hecho de acogida y ternura, de afecto entrañable y amabilidad[Notas 30]. Faustino refleja, en la parábola del hijo pródigo, cómo Jesús ha reunido en la figura del Padre los trazos de este Dios que es, a la vez, padre y madre. Incluso el padre de la parábola es más madre que padre: por los mimos que dicho hijo recibió; por la acogida que se le brindó a su vuelta: esos brazos abiertos de Dios son brazos propios de madre, la reacción de la madre es siempre abrir los brazos y acoger al hijo excusándolo. Faustino se fija también en la importancia del vestido, preguntándose: ¿Qué hizo el Padre del hijo pródigo? y se responde que lo que haría una madre: Le pone lo mejor[Notas 31]. Así pues, Jesús nos revela el misterio de Dios como amor acogedor, padre cariñoso[Notas 32], siendo la presencia del mismo Dios entre nosotros, viviendo y actuando en favor nuestro:

Mira tú las llamas de ese amor, que fulguran y arden en el Corazón tan tierno y tan amable de tu Jesús: en aquel Corazón, que es corazón de padre amante, de hermano...; es corazón de padre nada austero, sino suave y benigno con todos; es corazón de amante, sin miramientos a ricos ni a pobres; es corazón de hermano, pero tal, que a todos compadece, a todos consuela, a todos abraza, aun a sus más fieros enemigos, a todos estrecha entre los amorosos brazos de su ardiente caridad[Notas 33].

Realmente no hay quien sea semejante a Jesús en el amor, pues nos amó hasta el extremo. La cruz representa el exceso del amor de un Dios, el trofeo del amor que un Dios profesa al hombre[Notas 34]. “Su amor llegó al exceso, al extremo, cuando le entregó, le identificó con los pequeños en su culpa, y lo abandonó como a un malhechor. Para llevar «hasta el fin» la alianza de su misericordia, el proyecto amoroso de su reino, el Padre le entregó a él «por nosotros», «en vez de nosotros»[Notas 35]. La mayor ternura que se ha podido ver en la tierra se manifiesta en la cruz: suspirando por abrazaros con un amor más tierno que la Madre al hijo, que el esposo a la esposa, que el amigo al amigo, y Jacob a José, y José a Benjamín, y a Tobías su Madre y Jonatán a David[Notas 36].

2.2. Dios humillado

Revelando Jesús el amor de Dios, revela, al mismo tiempo, también su humildad. El Dios de Jesús es un Dios anonadado y abajado, oculto y escondido, crucificado y muerto por amor al hombre. Así pues el amor de Dios es un acto de humildad que se despliega en la vida entera de Jesús, desde la encarnación, hasta la cruz[Notas 37]. La humildad es el camino, la pedagogía elegida por Dios; es la actitud con la que se caracteriza el mismo Jesús[Notas 38]. Faustino contempla toda la obra y la persona de Jesús desde la humildad. He aquí un sumario precioso de la vida de Jesús desde esta clave:

¡Ah!, sí; el mundo era muy soberbio, y por eso vino Jesús a enseñar con la humildad el camino del cielo. ¡Oh!, con cuánta razón dice a las almas redimidas con su preciosa sangre: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.» ¡Con cuánta razón dice que desde su primera entrada en el mundo abatió la soberbia, naciendo en un establo entre viles animales, y sólo cortejado de humildes y simples pastores! Por la humildad quiso vivir vida escondida en el taller de un carpintero, no desdeñándose de emplear sus divinas manos en trabajos humildes; por la humildad, en su vida pública, tuvo por íntimos y familiares unos pobres pescadores de Galilea; por la humildad acudía benigno a los tugurios de los pobres para consolarlos y socorrerlos.
Pero ¿qué quieres que te diga de 1a humildad de un Dios? ¿Por qué, hija, por qué se esconde Jesús cuando las turbas, estupefactas de sus milagros, le proclaman Rey? ¿Por qué no quiso en el Tabor otros testigos de su gloria que tres de sus discípulos, a quienes prohibió decir nada de lo que habían visto? Mas si tanto brilla la humildad del Corazón de Jesús en el desprecio de los vanos honores de la tierra, ¡oh!, ¿cuánto más brilla todavía en las ignominias y oprobios que voluntariamente escogió? Ahora sube, hija, a aquel calvario de dolores y admira la humildad de tu Jesús en la luctuosa tragedia de su Pasión; mira a un pueblo entero espectador de sus humillaciones; mira a tu Jesús hecho el oprobio de las gentes y la abyección de la plebe, como lo dice él mismo: Ego sum vermis, et non homo, opprobrium hominum et abjectio plebis[Notas 39].

Así pues, la humildad de Dios en Cristo consiste en su anonadamiento, en haberse encarnado en la humildad de la humana naturaleza por amor[Notas 40]. Hecho que sobrecoge: pero ¿qué quieres que te diga de 1a humildad de un Dios?[Notas 41].Como dice San Gregorio “la humildad de Dios ha sido la causa de nuestra redención”.

En Jesús aparece el Dios Niño, impotente, indefenso y necesitado[Notas 42]; el Dios que pasa como un desconocido y desapercibido durante treinta años y como uno de tantos se ocupa en el trabajo siendo el mismo Dios[Notas 43]; el Dios solidario y compasivo, que se conmueve ante las miserias humanas y pasa haciendo bien[Notas 44]; el Dios que sufre y padece[Notas 45], el Dios crucificado, dando hasta su misma vida por nuestra salvación[Notas 46]: Dios humillado hasta la muerte y muerte de Cruz[Notas 47].

En las humillaciones de la vida de Jesús, “la revelación proclama no a un Dios de potencia, que resuelve mágicamente los problemas humanos, sino un Dios de impotencia, afirmado en la paradoja de la fe”[Notas 48]. Tendremos que ahondar en este sublime misterio para averiguar qué se nos quiere decir. Faustino define a Dios, como Padre, más por el amor y humildad que por el poder.

2.3. Padre de las misericordias

Faustino, apoyándose en el texto de San Pablo a los corintios, llama al “Padre de nuestro Señor Jesucristo”, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo[Notas 49]. En su vida, con sus hechos, Jesús hace presente la misericordia y el consuelo del Padre, especialmente con los pobres y pecadores, los pequeños y necesitados[Notas 50]: La vara de tu misericordia y el báculo de tu perdón me han llenado de consuelo[Notas 51]. Dios en Jesús se muestra como el comprensivo Samaritano, que en todas nuestras aflicciones nos sale al camino, para ligar nuestras heridas y curar nuestras dolencias[Notas 52].

Ya el Dios del Sinaí, se había revelado como bondad y misericordia (Ex 34, 6), pero este Dios de Jesús sobreabunda en ella de modo incomprensible para el hombre, como se nos muestra en el padre del hijo pródigo: da más de lo que se tenía[Notas 53]; en el pastor que busca porque Dios no quiere perder a ningún hijo suyo[Notas 54]; su amor es mayor que la traición y pecado de los hombres.

Esta benevolencia de Aquel que es padre benigno, Padre compasivo y clemente[Notas 55], hecha misericordia tiene un carácter de ternura, pues la palabra misericordia designa el seno materno, es la inclinación hacia toda miseria humana, hacia el pobre y humilde, para ellos Jesús ensanchará el seno de su misericordia[Notas 56]. Así lo ve Faustino en el Evangelio:

Usasteis de misericordia con la Magdalena, que tuvo la suerte de oír de vuestros labios aquellas palabras consoladoras: «Perdonados te son todos tus pecados»...
Mirasteis con ojos de misericordia a un Pedro que os negó tres veces[Notas 57].
Dispensaste vuestra misericordia al Buen Ladrón... Vivamente conmovido, reconoce que aquel no puede por menos de ser un Dios... ¡Oh!, cuán pronto el Corazón de Jesús, movido a compasión a la voz de un pecador que pidió misericordia, le habló, no para echarle en cara sus innumerables y monstruosas culpas, ni para recordarle el infierno que mil veces había merecido, sino que le respondió con el tiernísimo afecto de un padre, con la palabra clementísima de un Dios: ten por cierto, le dice, que hoy serás conmigo en el Paraíso[Notas 58].

Con razón, Faustino, pone en labios del Dios de Jesús, el Dios que tanto hizo por nosotros, estas palabras[Notas 59]: ¿Pude, acaso, hacer algo más para tu salvación y no lo hice? Y prosigue el texto repasando una a una, todos los bienes que Dios nos ha hecho en su Hijo Jesucristo desde toda la eternidad[Notas 60]:

¿Y cómo has podido atreverte a herir tan cruelmente con ese tenor de vida el amante Corazón de un Dios que tanto hizo por ti? ¿De un Dios que, después de haberte creado a su imagen, para hacerte gozar eternamente de su gloria en el cielo, te ha redimido a costa de toda su preciosa sangre? ¿De un Dios que, después de morir en la cruz, quiso instituir el Santísimo Sacramento para alimentarte con su sacratísima Carne y para que bebieras su preciosísima Sangre? [sic][Notas 61]

Notas

  1. JOSÉ A. SAYÉS: Teología para nuestro tiempo, Madrid 1995, p. 53.
  2. HPF 122.
  3. HPF 119.
  4. RF XVI, 19; Ep 138, 306.
  5. Ep 8; CF XVII, 87.
  6. PE 27; cf. PE 87; HPF 69, 76 (Trinidad Beatísima), 121 (Trinidad Augusta).
  7. HPF 122; MSC 238.
  8. HPF 122; cf. MSC 262; PE 183.
  9. HPF 149.
  10. PE 172.
  11. RF XXI, 22; cf. CF XXII, 60-61; MSC 30 (Rm 8, 29; Col 1, 15); CATIC 257, 258.
  12. CATIC 234.
  13. HPF 118-119.
  14. L. BOFF: La Santísima Trinidad es la mejor Comunidad, Madrid 1988, p. 74: “La trinidad es el modelo de cualquier comunidad: respetando a cada una de las individualidades, surge la comunidad, gracias a la comunión y a la entrega mutua”.
  15. HPF 16-17 (cf. Jn 17, 21-23).
  16. CATIC 260.
  17. HPF 121, 149 (cf. Ct 6, 9).
  18. HPF 119.
  19. E. JIMÉNEZ: El credo símbolo de la Iglesia, Bilbao 1995, p. 34.
  20. CATIC 2780, 2782.
  21. HPF 86. La relación de Jesús con su Padre es distinta de la que tenemos nosotros. De ahí que nunca dice “Padre nuestro” en el sentido de igualarse a los otros hombres. Siempre dice “mi Padre”, “vuestro Padre” o “el Padre” (Jn 20, 17): CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 78.
  22. RF XXI, 22 (Col 1, 15); HPF 15.
  23. Nombra a Dios Padre, generalmente como Eterno Padre o Padre Eterno (Ep 124, 146, 417, 709, 764; RF XXI, 22; XVI, 19; CF XXII, 60; XIII, 94; 116; PE 124, 125, 128, 183, 123; MSC 30, 92-93, 123, 124, 159,180,188-189, 211, 213, 237, 238, 261-263, 279-280; HPF 16, 36, 68, 118-119, 162); también Padre o Padre celestial (Ep 47, 84, 138, 141, 255, 306, 486, 494 ; CF XII, 58; V, 192; PE 172, 147; MSC 8, 20, 43, 44, 92, 93, 131, 213, 220, 221, 238, 239, 261, 262; HPF 15, 16, 28, 36, 86, 95, 121, 122, 147, 186).
  24. HPF 119; cf. HPF 64-65, 102, 186, 192; MSC 108, 131, 170, 203, 218, 252, 255 (cf. Lc 12, 49).
  25. MSC 132-133. Faustino habla también de María como aquella de la cual Dios se sirve para manifestar por medio de ella todas las riquezas de su amor a los hombres (HPF 119).
  26. MSC 139; cf. MSC 17, 131-132, 139, 170, 245, 252, 262, 279; Ep 124.
  27. HPF 118-119; MSC 129, 131. Califica el amor de padre como “fuerte” y el de la madre como “dulce” (HPF 53).
  28. Ep 486; cf. Ep 140-141, 397; MSC 140-141, 227; HPF 135; PE 70.
  29. Ep 759.
  30. PE 98, 138; Ep 13; CF I, 202; TE 18, 18; MSC 100-101, 131, 140-141, 220, 229, 237, 254; HPF 12, 118, 119.
  31. PE 77; cf. PE 98; HPF 66, 104, 135; MSC 61 (cf. Lc 15,11-32), 141 (acoge a la Magdalena).
  32. HPF 135.
  33. MSC 131-132.
  34. HPF 72; MSC 17 (cf. Jn 13, 1).
  35. M. LEGIDO: Misericordia entrañable, Salamanca 1987, p. 365.
  36. HPF 73.
  37. CF 105.
  38. MSC 43, 73, 83, 177; Ep 84, 124 (cf. Mt 11, 29).
  39. MSC 73-75.
  40. CF XIII, 206; MSC 49, 50, 92, 131, 176, 186, 189, 191; HPF 58, 65, 110, 136, 149; PE 27, 153 (cf. Flp 2, 6-8)
  41. MSC 74.
  42. Ep 124, 239, 667; HPF 103, 160, 147, 193; MSC 24, 100, 244; PE 15, 153.
  43. MSC 43, 100, 177, 244.
  44. RF III, 12; BF VIII, 48; MSC 37, 177 (cf. Hch 10, 38).
  45. Es la imagen que aparece en todos los textos de la pasión, como veremos: Venid, venid y veréis a un Dios, sufriendo por ellos los más acerbos dolores. A un Dios reparándolos a todos con los más profundos abatimientos. ¡A un Dios satisfaciendo por ellos según la más rigurosa justicia! ¡A un Dios humillado! ¡A un Dios padeciendo! ¡A un Dios! ¡Ah! a un Dios muerto!!! (HPF 67).
  46. MSC 203; Ep 109.
  47. CF IV, 159; cf. CF XV, 59; Ep 495, 709; PE 159; MSC 37, 93 (cf. Flp 2, 8).
  48. H. VERWEYEN, Dios, en Diccionario de Teología Fundamental, p. 317.
  49. HPF 64 (cf. 2 Co1, 3; Rm 12, 1).
  50. MSC 7, 29, 52, 55, 74, 120-121, 132, 151, 239, 280; Ep 220; HPF 26, 106.
  51. MSC 226.
  52. HPF 148 (cf. Lc 10; Ap 1, 5).
  53. PE 77.
  54. Ep 140, 141; MSC 26-27, 40-41, 44, 140 (cf. Lc 15, 4-7; Mt 18, 12-14).
  55. HPF 32, 95, 105, 119, 132; MSC 132, 220; PE 110; Ep 170.
  56. MSC 75; cf. Ep 112; TE 24 (entrañas de Cristo).
  57. MSC 120-121 (cf. (cf. Lc 7, 48; Lc 22, 61).
  58. MSC 220 (cf. Lc 23, 39s).
  59. Ep 109; cf. MSC 178; PE 177.
  60. MSC 176-177.
  61. MSC 6.