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I. ESPÍRITU SANTO QUE NOS SANTIFICÓ
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FeMaestro/II. LA IGLESIA
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III. LOS SACRAMENTOS
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II. LA IGLESIA

Todos los santos han amado profundamente a la Iglesia y han puestos sus vidas al servicio de ella. En el caso que nos ocupa no podemos decir lo contrario. Faustino se sintió siempre miembro de la Iglesia, a la que consideraba su Madre[Notas 1]. Profesó un gran respeto y estima a sus autoridades, como señala el P. Olea Montes, testigo en el proceso de beatificación: “Tenía gran estima de las disposiciones emanadas de las autoridades eclesiásticas y civiles”[Notas 2]. Muestra de ello fue su obediencia al aceptar ser Director de la Asociación de las Hijas de la Divina Pastora, bien a pesar suyo, por habérselo pedido el Cardenal de Sevilla, Fray Ceferino González[Notas 3]. De cara a la Congregación siempre contó con los debidos permisos y autorización eclesiástica. Esto no quita para que, ante determinadas circunstancias que le tocó vivir, hiciera uso de su derecho a recurso contra lo que él consideraba ilegalidad o injusticia.

Del mismo modo que hemos analizado su fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, trataremos su fe en la Iglesia. Ya que, como dice el Catecismo de la Iglesia, “creer que la Iglesia es «Santa» y «Católica», y que es «Una» y «Apostólica» es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa, y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia”[Notas 4].

1. El Misterio de la Iglesia

La Iglesia es un misterio que sólo se puede comprender desde la perspectiva de la fe. Este misterio de la Iglesia, Faustino, lo ve reflejado en esta frase de Jesucristo: Mi reino no es de este mundo[Notas 5]. Ésta indica que el fundamento de la Iglesia no está en este mundo sino en el designio de Dios Padre y en la obra salvadora de Jesucristo en el Espíritu Santo, que consiste en realizar el reino de Dios en la tierra. Estas palabras, según Faustino, constituyen el más precioso ornamento de la Iglesia, la más firme garantía de su estabilidad e independencia[Notas 6]. De este modo la realidad de la Iglesia es única y compleja. Por una parte, es Iglesia visible, terrestre, que, para cumplir su misión, necesita leyes y estructuras jurídicas; pero, por otra parte, es una realidad espiritual, es decir, llena del Espíritu de Cristo y en ella se hace presente el misterio salvador de Dios, que vino definitivamente al mundo en Jesucristo, permaneciendo presente en la historia de una manera concreta[Notas 7]:

El Reino de Jesucristo nada tiene de común con los imperios del mundo...[Notas 8]
La Iglesia es un reino, un pueblo, una familia, si os place, que se distingue de los demás reinos, pueblos y familias en el fin particular de su institución y en el modo de llenar ese fin. Las familias, los pueblos y naciones tienden como a su principal objeto a conseguir la felicidad exterior y temporal de cuantos les pertenecen respectivamente; al paso que la Iglesia, como dijo muy bien S. Optato de Milevi, tiene por fin inmediato la felicidad interior y espiritual de todos sus hijos: He aquí ya desvanecido cual humo en especioso argumento y explicado el sentido que deben tomarse las palabras de Jesucristo cuando nos asegura que su reino no es de este mundo; es decir, que prescinde de las cosas de este mundo, y no atiende a la felicidad exterior y pasajera que ocasionan; sus miras son más elevadas y la sociedad que establece está fundada en la abnegación y desprecio de las cosas terrenas. Sin embargo, toda vez que sus miembros se hallan en este mundo, y que en él y no en otra parte han de merecer la felicidad, que es su fin[Notas 9].

Para expresar este misterio de la Iglesia se han utilizado a lo largo de la historia distintos nombres e imágenes. Las principales imágenes son las que se encuentran en la Sagrada Escritura, como son la de pueblo de Dios[Notas 10] y Cuerpo de Cristo[Notas 11]. En torno a ellas se agrupan otras imágenes, como señala el Concilio, “tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la construcción, incluso de la familia y del matrimonio”[Notas 12]. Cada una de ellas se centran en un aspecto particular y todas se complementan entre sí[Notas 13]. Faustino recoge las siguientes:

• La Iglesia es el Rebaño de Jesucristo, guiado por pastores que son los sacerdotes, obispos y el Papa, Pastor Universal[Notas 14]. La Iglesia es también el redil de su Madre[Notas 15], pues ella es la que lo custodia, cuida, fomenta la unión, abre caminos y hacer volver a quien se desvía[Notas 16]. Jesús es la única “puerta” del redil (Jn 10, 1-10).

• La Iglesia es la Viña del Señor, plantada por el “labrador” del cielo (Mt 21, 33.43). La verdadera vid es Cristo que da vida y fecundidad a los sarmientos, es decir, a todos los que permanecemos en él por medio de la Iglesia y que nada podemos hacer sin Cristo[Notas 17]. En esta viña hemos de cooperar todos como coapóstoles, unidos a Obispos y sacerdotes[Notas 18].

• La Iglesia es “construcción de Dios” (1 Co 3, 9). Los apóstoles construyen la Iglesia sobre el fundamento de Cristo (cf. 1 Co 3, 11), piedra angular (Mt 21, 42), que le da solidez y cohesión. A esta construcción Faustino le da estos nombres: Casa del Señor[Notas 19] en la que habita su familia, que son todos los miembros de la Iglesia, presididos por el padre de familia, que es el Papa[Notas 20]. La llama también Tabernáculo de Sen o ciudad donde Dios habita[Notas 21].

• Con imágenes relacionadas con el mar, llama a la Iglesia la Barquilla de Pedro[Notas 22]. En el trasfondo de esta imagen está la concepción de que no hay salvación para el que vive fuera de la Iglesia Católica. De este modo el mar es el mundo y la Iglesia la nave o barca de salvación:

Dirigid, pues, una mirada sobre tantas jóvenes como bogan por el borrascoso mar de este mundo, en la única barca de salvación, en el seno mismo de la Iglesia católica[Notas 23].

• Otras imágenes: la Iglesia como la Celestial Jerusalén, nuestra Madre común[Notas 24], esposa del Cordero[Notas 25].

1.1. La Iglesia animada por el Espíritu Santo

La profesión de fe en la Iglesia aparece después de la profesión de fe en el Espíritu Santo, para indicar que la Iglesia es la primera obra del Espíritu, y es en ella donde hallamos nuestra felicidad y salvación.

La iglesia, como Cuerpo místico de Cristo, está animada de su espíritu mismo[Notas 26]. El Espíritu es el alma de la Iglesia y la asiste y vivifica: “De tal manera, vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo, que su operación pudo ser comparada por los Santos Padres con el oficio que realiza el principio de la vida, o el alma en el cuerpo humano”[Notas 27]. Por eso decimos que la Iglesia está guiada en todo por la inspiración divina[Notas 28] y es el Espíritu el que dirige la misión y el gobierno de la Iglesia.

Pero “la relación entre el Espíritu Santo y la Iglesia, como la del Espíritu y Cristo, no es de tipo externo o de sola «asistencia» de la Iglesia, sino una relación esencial tal que constituye a la Iglesia. Ella, en cuanto Cuerpo de Cristo, es decir, los muchos que llegan a ser un solo cuerpo, es obra del Espíritu Santo: es, en efecto, el misterio de la unidad entre el «uno» (Cristo) y los «muchos» (los creyentes sus miembros), y esta unidad es la Iglesia; así pues, la obra del Espíritu es edificar la Iglesia en la unidad. La Iglesia es misterio de comunión en la fuerza del Espíritu de comunión”[Notas 29].

Así pues, el Espíritu Santo es el agente principal de la Iglesia, congrega en la comunión con Cristo y el Padre, santifica y asiste en la misión[Notas 30].

1.2. La Iglesia fundada por Jesucristo

Jesucristo quiso que su misión salvadora continuara en la Iglesia hasta la consumación de los siglos[Notas 31]. Para esto instituyó la Iglesia (Mt 16, 18). Jesucristo es pues el Fundador de la Iglesia[Notas 32]. Faustino relata detenidamente, según veremos más adelante, cómo sucedió esta institución por boca del mismo Jesús: oigamos al autor de la Iglesia y él nos dirá cómo la ha establecido y en quién ha depositado su autoridad y su poder[Notas 33].

El establecimiento de la Iglesia se inició desde el mismo anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios hecha por Jesucristo. “Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo «presente ya en misterio»”[Notas 34]. El texto anterior se refiere a la estructura que Jesús dio a la Iglesia. Escogió a los Apóstoles, los Doce, como fundamento del nuevo pueblo de Dios y a ellos, les trasmite y hace partícipes de la misión y autoridad que él mismo recibiera de su padre: Data est mihi omnis potestas in caelo et in terra. Euntes ergo, docete omnes gentes[Notas 35]. Destaca la elección de Pedro y su papel principalísimo en la Iglesia.

A través de estos hechos de la vida de Jesús se va fraguando la Iglesia. Pero si estos momentos del ministerio de Cristo contienen una referencia a la Iglesia, con razón podemos afirmar que su muerte y resurrección constituyen el punto álgido de la misma. La muerte de Cristo fue el acto irrevocable de su entrega al Padre por la salvación de los hombres: Conviene que muera un hombre para que se salve todo un pueblo[Notas 36]. Faustino nos presenta a Jesús antes de morir en la cruz recomendando a la Iglesia:

Demuestra su amor ardentísimo; porque recomendando su espíritu al Padre Eterno, quiere recomendar su Cuerpo místico[Notas 37].


La fundación de la Iglesia se completa con la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés para que asistiera a los Apóstoles en la misión de extender el Evangelio por todo el mundo[Notas 38]. La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo, cuando Cristo vuelva glorioso. Hasta ese día prosigue su peregrinación hacia el Señor[Notas 39].

1.3. La misión evangélica de la Iglesia

Jesús ha fundado su Iglesia para seguir estando presente entre los hombres de modo visible y operante. Su misión evangélica se funda en un mandato de Jesús y en la promesa de su presencia[Notas 40]:

Mandó á sus Apóstoles predicar á todas las gentes la palabra de vida eterna: Marchad por todo el mundo y predicad mi Evangelio y mi doctrina a todas las gentes...: He aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos[Notas 41].

Esta misión es confirmada en Pentecostés; así los Apóstoles y discípulos de J.C. salieron del Cenáculo, llenos de su espíritu y con vivísimos deseos de contribuir por todos los medios posibles a la salvación de tantas y tantas almas[Notas 42]. Desde esta perspectiva se entiende la Iglesia, en continuidad con el misterio salvador de Dios a la humanidad. Esta realidad puede expresarse bajo los conceptos de Iglesia-sacramento o de símbolo de unidad con Dios y del hombre o de otros similares pero, en cualquier caso, la Iglesia se inserta en el plano de la fe y se explica desde la actividad amorosa de Dios, la acción redentora de Cristo y la animación indefectible del Espíritu Santo[Notas 43]:

La palabra de Jesucristo ha fundado en este mundo un poder que no es de este mundo, superior a todas las potestades terrenas, como emanado inmediatamente de Dios, de él solo depende y de él recibirá la misión de enseñar a todas las naciones, de regir a todos los pueblos, en una palabra de realizar el reino de Dios en la tierra. El cumplimiento de esta misión tropezará con obstáculos, lo expondrá a terribles ataques que acaso lo conmuevan, más nunca podrán derribarlo, las fuerzas todas del infierno y del mundo reunidas no prevalecerán contra él...

De este modo, la Iglesia, apoyada en su misión divina y defendido con la asistencia constante de su fundador emprende con denuedo la obra que se le confiara[Notas 44]. La Iglesia sigue siendo en todos los tiempos y para todas las épocas “sacramento universal de salvación”[Notas 45]. Todos los hombres son llamados a la fe cristiana. Pues sólo hay un Mediador de la salvación, Jesucristo (cf. Hch 4, 12; 1 Tm 2, 5). Únicamente el que cree en El y es bautizado en su nombre puede alcanzar la salvación (cf. Mc 16, 16; Jn 3, 5)[Notas 46]. Esta realidad la expresa Faustino a través de una fórmula tradicional: no hay salvación para el que vive fuera de la Iglesia Católica, pues ella es la verdadera arca fuera de la cual no hay salvación, la única barca de salvación[Notas 47].

Esta frase, en la interpretación autorizada que ha dado el Concilio Vaticano II, significa que la salvación sólo es posible en y por Jesucristo y que a Cristo se le encuentra en la Iglesia; ésta es sacramento universal de salvación, instrumento de la íntima unión de Dios y los hombres: a todos los estrechan con un vínculo común y de todos hacen una sola familia, porque dominando las conciencias, dirigen sin obstáculo los corazones encaminándolos sin violencia al centro de toda unidad, y al conocimiento de la verdad por excelencia, Cristo Señor nuestro[Notas 48].

Así pues la Iglesia, por su misma esencia es misionera: “La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre”[Notas 49]. Todos los miembros de la Iglesia están llamados a esta misión. Bellamente expresa Faustino la misión del cristiano, aunque él se esté refiriendo específicamente al sacerdote, con las palabras del profeta Isaías actualizadas en el Evangelio: “Yo, Yahveh, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas” (Is 42,6-7):

El Sacerdote no debe contentarse con ser la sal de la tierra, que mediante sus buenas obras libre a los demás de la corrupción, sino que también debe servir de luz que disipe la oscuridad y las tinieblas, combatiendo a los ministros del error y difundiendo por todas partes la claridad de la sana doctrina como dice Isaías: Ecce dedi te in lumen gentium ut sis salus mea usque ad extremun terrae[Notas 50].

1.4. La Iglesia Cuerpo místico de Cristo

Esta imagen, tomada de San Pablo, nos revela el misterio de la Iglesia como comunión. “Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituyó místicamente en su cuerpo”[Notas 51]. Así lo entiende Faustino:

Formamos con J. una misma cosa, un mismo todo, un mismo cuerpo, un solo hijo; somos miembros de forma distinta, sí, y diverso destino, pero de la misma naturaleza, de la misma esencia, de la misma sustancia... en él y con él formamos una misma cosa, un sólo compuesto físico, un sólo cuerpo místico [sic].
Ánimo; que todos los que estamos unidos con J.C., somos hijos de Dios y de María; somos hijos en él y con él, en él y con él formamos un solo hijo de Dios, un solo hijo de María, porque en él y con él formamos una misma cosa, un sólo compuesto físico, un sólo cuerpo místico[Notas 52].

La Iglesia es como un solo cuerpo con muchos miembros, todos estrechamente unidos a Cristo por el mismo Bautismo:

Pero en calidad de verdaderos cristianos, de verdaderos discípulos de J.C., incorporados a J.C., y hecho una misma cosa con J.C., no formando más que un mismo cuerpo con J.C., tampoco formamos más que un solo hijo con Jesús, una misma cosa con Jesús[Notas 53].

Faustino lo explica también como un misterio de inalterable armonía que hay que imitar, todos los miembros de este cuerpo se necesitan entre sí, han de ayudarse mutuamente y condolerse:

Que os miréis y os portéis todas como miembros del mismo cuerpo y desempeñe cada una el papel que le corresponde en inalterable armonía con las demás...que copien en su conducta la de cada parte de su propio cuerpo que nunca molesta a su vecina, jamás usurpen su oficio ni aspire a suplantarla. Si una sufre todas se (compadecen) conduelen y cooperen a su alivio. Imitad esa armonía, ayudaos mutuamente; amaos mucho en Cristo[Notas 54].

“Cristo es la Cabeza del cuerpo de la Iglesia” (Col 1, 18), es decir, Él es quien la dirige y llena de vida. La Iglesia vive de la gracia y el amor que le tiene el Señor. Por ello, Jesucristo establece la Iglesia dotándola de aquellas perfecciones y cualidades, que la faciliten el cumplimiento de sus deberes y asistiéndola constantemente[Notas 55].

1.5. La Iglesia, comunión de los santos

Llamamos a la Iglesia “comunión de los santos” porque todos sus miembros, al formar con Jesucristo un sólo cuerpo místico[Notas 56], viven unidos entre sí en comunión de vida con Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo. Este es el primer fruto de la presencia del Espíritu en la Iglesia.

Por esta comunión participamos, en primer lugar, de los bienes que Cristo nos mereció y que nos comunica por los sacramentos. Participamos también de los dones, bienes y gracias que cada uno hemos recibido de Dios, por este motivo pedimos que los santos intercedan por nosotros: Le acompaño en el sentimiento y en la satisfacción de tener un Santo menos en la tierra y un Abogado más en el cielo[Notas 57]. Faustino también aconseja unir siempre nuestra intención con la de los justos de la tierra y santos del cielo en todas las alabanzas que dan a Dios[Notas 58].

Esta comunión supera las distancias de lugar y de tiempo; así entramos en comunión con todos los creyentes del mundo entero. Confesamos también en la profesión de fe que la comunión de los santos supera los límites de la muerte, une la Iglesia peregrina con la Iglesia triunfante y encomendamos a los difuntos a la misericordia de Dios[Notas 59].

De este modo Faustino, cuando hizo su Voto de Ánimas, puso por testigos a las tres Iglesias: Y lo declaro y confirmo citando por testigos a todos los vivientes en las tres Iglesias, triunfante, penitente y militante[Notas 60].

2. Propiedades de la Iglesia

Las perfecciones y cualidades[Notas 61] de la Iglesia dadas por Jesucristo constituyen las notas características de la Iglesia. “Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica”[Notas 62]. Estos cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí, indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión[Notas 63]. La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades.

2.1. La Iglesia es una

La Iglesia es una[Notas 64]. Esta unidad de la Iglesia no hay que confundirla ni cifrarla en lo que no es, “la unidad auténtica es la que Cristo confió a su Iglesia, la que se halla revelada en la Sagrada Escritura, la que mezcla la libertad con la unión, el pluralismo con la hermandad, las iglesias con la Iglesia, los muchos con los unos, a Cristo con el hombre; ni nada más ni nada menos. «La unidad es identidad fundamental y diversidad auténtica»”[Notas 65]. Este es el gran pensamiento de su Autor y la tarea de la misma Iglesia:

Las costumbres, los intereses terrestres, y el espíritu de localidad separan a los hombres, los dividen, y aún los ponen en contradicción, por ser cosas temporales y limitadas, por los lugares y los tiempos, sólo la religión los une formando una sola familia, les hace ver que han tenido el mismo principio, y que aspiran al mismo fin; a manera de la savia vital se infiltra en el corazón de las masas y difunde en todos los miembros de la sociedad una cierta e inexplicable simpatía moral, una mancomunidad de existencia superior a la existencia física, que hace que todas las voluntades se unan, se confundan, se amen. Este gran pensamiento se realiza con el establecimiento de la Iglesia[Notas 66].
La religión, pues, que sea la verdadera, la que proceda de Dios, la que deba unir al hombre con su Creador, debe ser extensiva a la humanidad entera, por doquiera debe ser la misma en el fondo, en sus dogmas, en sus principios, en sus preceptos y en su moral[Notas 67].
A todos los estrechan con un vínculo común y de todos hacen una sola familia, porque dominando las conciencias, dirigen sin obstáculo los corazones encaminándolos sin violencia al centro de toda unidad, y al conocimiento de la verdad por excelencia, Cristo Señor nuestro[Notas 68].

Así pues que la Iglesia es una significa que tiene un solo Señor, confiesa una sola fe, nace de un solo bautismo, forma un solo cuerpo cuya cabeza es el mismo Cristo y es vivificada por un solo Espíritu. Esta unidad se mantiene por unos vínculos de unidad. El principal de ellos es la caridad, que es el vínculo de la perfección[Notas 69], pero existen también otros vínculos visibles de comunión como son la profesión de una misma fe, la celebración de los sacramentos y la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios[Notas 70]. Faustino resalta la unidad con el Papa y en consecuencia, con los Obispos[Notas 71].

2.2. La Iglesia es santa

“La fe confiesa que la Iglesia... no puede dejar de ser santa”[Notas 72], sin embargo, vemos que existe el pecado en la Iglesia. Quiere esto decir que hay que descubrir en ella una dimensión más profunda. Desde la perspectiva de la fe, la santidad de la Iglesia forma parte de su esencia más íntima. Y esto porque Dios, causa primera de la Iglesia, es Santo por antonomasia (cf. Is 6, 3); elige y crea un pueblo santo (cf. Ex 19, 6; 1 P 2, 9). Y Jesucristo ‘el Santo de Dios’ (Mc 1, 24), se entregó por la Iglesia, para hacerla ‘santa e inmaculada’ (Ef 5, 27):

Demuestra su amor ardentísimo; porque recomendando su espíritu al Padre Eterno, quiere recomendar su Cuerpo místico, la Iglesia, á fin de que, animada ésta de su espíritu mismo, viviese pura e inmaculada la vida del amor y de la caridad[Notas 73].

La Iglesia como ciudad santa[Notas 74] y Templo del Espíritu Santo, es también santa (cf. 1 Co 3, 17). La santidad consiste en vivir la misma vida divina por medio de la gracia santificante que recibimos en el bautismo y que hemos de vivir por medio de las virtudes, especialmente, la caridad y por la ayuda de los sacramentos:

Apenas un ser viviente abre sus ojos a la luz del tiempo, ya le pertenece; santifica el principio de su existencia, tiende a santificarle por todo el tiempo de su vida y le recoge el postrer aliento en su eterna emigración, exhalado también con el prisma de la santidad[Notas 75].

Esto nos exige emprender una nueva vida como conviene a los seguidores de Cristo[Notas 76]. A esta santidad de vida estamos todos llamados: esta es la voluntad de Dios y todos tienen la misma obligación y posibilidad de serlo:

¿Sois cristianas? ¿Y para qué? Oídlo del mismo S. Pablo... para que fueseis santas...[Notas 77]
Porque todas tienen obligación de ser santas y todas pueden serlo, gracias a Dios, ya por los buenos sentimientos y prendas que el Señor les ha dado para eso y sólo para eso, ya por los medios que les facilita con esa educación religiosa[Notas 78].
¡Y todos nos hayamos propuesto ser santos y pongamos en práctica los medios que el Señor nos ha granjeado al efecto![Notas 79]

Esta llamada a la santidad es como un estribillo constante en sus cartas y pláticas, así como también la necesidad de colaborar en la santificación de los demás: Ser coapóstoles suyos en la santificación de las almas que tanto le costaron[Notas 80].

La Iglesia que por su unión a Cristo está santificada, también ha sido hecha santificadora. Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan en conseguir “la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios”[Notas 81].

Pero la Iglesia aunque es santa está compuesta de pecadores, por eso ella misma ha de vivir en una conversión continua y recordar a todos esta necesidad de crecer en santidad. Por eso dirá Faustino que no puede exigirse la santidad inmediata pero sí que diariamente caminemos hacia ella[Notas 82], aplicando todos los medios que podamos para crecer diariamente[Notas 83].

Esta Iglesia santa siempre ha reconocido a personas que han vivido esta santidad de modo radical: son los santos canonizados. Al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores[Notas 84].

En la vida espiritual de Faustino ocupan un íntimo espacio los santos: los admira, se esfuerza en irles a la zaga, los propone como modelos imitables. En sus escritos podemos encontrar una pequeña “hagiografía”, llena de riqueza y variedad[Notas 85]. El deseó vivamente darle a Dios la misma honra y gloria que les dieron, dan y darán eternamente su Stmo. Hijo y todos los Santos[Notas 86]. Explica pedagógicamente por qué se ponen los cristianos el nombre de un santo[Notas 87]. Del siguiente modo nos habla de la vida de los justos:

La memoria del justo se renueva diariamente colmada de bendiciones, pasa de generación en generación y se trasmite como de mano en mano, de padres a hijos y la obscuridad de los tiempos a pesar de la eficacia de su influjo destructor es impotente para ofuscaría, cuanto menos destruirla. Dios y los hombres encuentran su singular placer, una satisfacción grande en que la vida del justo no pase desapercibida, y en que sus hechos aparezcan llenos de esplendor y de gloria: su heroísmo y su piedad no se encuentran grabados en acero, ni esculpidos en bronce, pero se hallan estampados en los corazones, y ora la gratitud por los beneficios recibidos, ora la admiración por lo grandioso de las hazañas ponen sobre la vida de los santos un sello indeleble, sello que la hace atravesar ilesa generaciones sin cuento, sin que las más espinosas circunstancias sean capaces de disminuir la veneración santa, el acatamiento reverente con que los pueblos las recuerdan.
Muy de otra suerte se verifica en la vida del justo; mientras mora entre sus semejantes podrá, si se quiere por algún tiempo, ser objeto de desprecio y de escarnio; podrá ser blanco de la persecución más encarnizada; pero Dios se pone de su parte, y toma por su cuenta engrandecerlo y elevarlo; y por una extraña mudanza hace que el mismo, que era tenido en poco y despreciado de todos, llegue a ser objeto de veneración y de respeto. Dios le ama y hace que los hombres le amen también y de aquí el que su memoria se conserva llena de bendiciones, coronada de esplendor y de gloria como dice el Sabio: Dilectus Deo et hominibus cujus memoria in benedictione est[Notas 88].

Faustino, disfruta ya la suerte de los santos[Notas 89], y es reconocido por la Iglesia como tal. Durante su vida tuvo fama de santo pero, como no podía ser de otra manera, él quiso vivir en el más absoluto anonimato y desechó toda publicidad[Notas 90]. En este sentido, tiene una carta muy curiosa, llamando la atención a una religiosa de aquel tiempo: ¿te has convertido en papisa para así canonizarme?[Notas 91].

Dentro de la santidad de la Iglesia sobresale y destaca María, a quien la gracia de Dios colmó totalmente:

S. Bernardo y otros aseguran que a todos los demás Santos la gracia les cayó gota a gota, pero a María vino como una lluvia instantánea, o como un caudaloso río...
¡Tantos portentos que son el asombro de los mismos incrédulos! ¡Tanto ejército de mártires! ¡Tanto número de vírgenes!, y con todo María es superior a todos y cada uno, y desde su primer instante tenía ella más santidad que todos los santos juntos en su consumación. Pues, desde ese primer instante fue enriquecida no sólo con la gracia santificante sino con todas las demás, tanto teológicas como morales, los dones del Espíritu Santo se aposentaron en su alma[Notas 92].

2.3. La Iglesia es católica

Ante todo, la Iglesia es “católica” porque Cristo está presente en su Iglesia (fue San Ignacio de Antioquía el primero en usar esta palabra: “Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica”) y porque en ella subsiste la plenitud de los medios de salvación. “Católica” significa, en este sentido, íntegro, indeficiente.

La Iglesia es “católica”, en el sentido de universal. La universalidad es un carácter esencial de la Iglesia. Esto significa que no está limitada por el tiempo y el espacio, ni reducida a unos pueblos o culturas a que pertenece sino que abarca a todos los hombres y es enviada a todos los pueblos, pues es esencialmente misionera[Notas 93]. Faustino resalta esta universalidad afirmando que la Iglesia debe ser extensiva a la humanidad entera:

La Iglesia no es nacional, no reconoce límites si se halla por consiguiente circunscrita a un estado o reino particular. Esto es una consecuencia del objeto de su institución; ella debe establecer y manifestar las relaciones de la humanidad con Dios, esto es entre aquel Ser universal del que se derivan todos los seres, y los hombres creados por Dios, dotados todos de la misma naturaleza, destinados al mismo fin y por consiguiente las mismas relaciones con su autor. La religión, pues, que sea la verdadera, la que proceda de Dios, la que deba unir al hombre con su Creador, debe ser extensiva a la humanidad entera[Notas 94].

La catolicidad de la Iglesia nos exige a todos un sentido católico[Notas 95], que supone apertura a todos y acogida de todos, sin replegarse en un horizonte cerrado y estrecho de la propia cultura o país. Supone también la unidad con la jerarquía de la Iglesia:

No os dejéis vosotros seducir por esas falsas promesas de libertad y de emancipación, y ya que lleváis el nombre de católicos, haced que ese nombre sea una realidad, estad firmemente unidos a la cátedra de Pedro[Notas 96].

La Iglesia católica se realiza manifestándose en las Iglesias particulares, confiadas a la autoridad de los obispos. La Iglesia particular es verdaderamente Iglesia si vive en comunión de fe y caridad con la Iglesia universal.

2.4. La Iglesia es Apostólica

Como los apóstoles fueron enviados por Jesús, de la misma manera la Iglesia es enviada en su nombre al mundo entero: Marchad por todo el mundo y predicad mi Evangelio y mi doctrina a todas las gentes...[Notas 97].

Así pues la Iglesia es apostólica porque arranca y se fundamenta sobre los doce apóstoles que Jesús eligió y envió por todo el mundo (Ef 2, 20; Hch 21, 14); y que ahora están también presentes en sus sucesores, el Papa y los obispos. Esta comunión apostólica goza de la promesa del Señor: Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia:

Y el apóstol viene cumpliendo sin interrupción este precepto del divino Maestro por espacio de diez y nueve siglos, pues aunque materialmente murió, persevera no obstante y vive en sus sucesores en quienes y por quienes apacienta y dirige todo el rebaño, como afirma S. León el Grande y con él todos los Padres de la Iglesia, de suerte que Pedro vive en todos los Obispos de Roma y a cada uno de ellos en particular son dichas las palabras de Jesucristo: cuanto atares sobre la tierra será atado en el cielo[Notas 98].

Sobre estas palabras de Jesús se ha fundado la Iglesia, de él solo depende y de él recibirá la misión de enseñar a todas las naciones, de regir a todos los pueblos, en una palabra de realizar el reino de Dios en la tierra[Notas 99]. Responsabilidad de la Iglesia, especialmente del Magisterio de la Iglesia, es transmitir las sanas doctrinas, y conservar intacto el depósito que se le confiara, como fiel administrador de los misterios de Dios:

El Sacerdote no debe condescender nunca con la más pequeña variación en la doctrina, según el Apóstol, debe huir siempre las vanas cuestiones y toda novedad, como fiel administrador debe conservar intacto el depósito que se le confiara, y si quiere que su trabajo persevere, aparte sus ovejas de los pastores inficionados sin consideración a la autoridad y cualidad de las personas, y sin dejarse dominar nunca por temor vano llevando con una mano el ejemplo y la práctica de todas las virtudes, empuñe valerosamente con la otra la espada de la revelación y de la sana doctrina para defender su obra de los asaltos del hombre enemigo: Una manu sua faciebat opus, et altera tenebat gladium[Notas 100].

3. La Iglesia Nuevo Pueblo de Dios, jerárquicamente organizado

Así habló Moisés a Israel "Dios te eligió de entre los pueblos de la tierra para que seas su porción elegida"[Notas 101]. La Iglesia se entiende a sí misma en conexión con el pueblo de Israel, a través del cual, Dios fue preparando y prefigurando a la Iglesia. Esta como nuevo pueblo de Dios comprende a todos los pueblos y razas. Así pues, La Iglesia es un pueblo[Notas 102].

“Este pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo”[Notas 103] y unido a Cristo ejerce sus funciones de profeta, sacerdote y rey. Todos los miembros del pueblo tienen la misma dignidad, participan de estas funciones de Cristo y están llamados a la santidad, pero cada uno la ejerce de un modo diferente, desde los diversos ministerios, servicios y carismas que hay en la Iglesia.

Faustino desarrolla mucho más el ministerio jerárquico que la misión de los laicos. Y dentro del primero abunda en elogios de la dignidad del sacerdote católico. Como hemos visto, expresa claramente cómo la tradición apostólica perdura en la sucesión apostólica[Notas 104]. “En esta Iglesia de Cristo, como sucesor de Pedro, a quien Cristo confió apacentar a sus ovejas y corderos, el Romano Pontífice goza, por institución divina, de potestad suprema, plena, inmediata y universal para el cuidado de las almas. Más también los obispos, puestos por el Espíritu Santo, son sucesores de los apóstoles como pastores de las almas, y, juntamente con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, han sido enviados para perpetuar la obra de Cristo”[Notas 105].

Los Obispos y los sacerdotes son los pastores que Cristo instituyó; cada uno de ellos es guía y pastor del rebaño de J.C., depositario del poder de Dios, administrador de los tesoros celestiales[Notas 106]:

Pastor cuya autoridad no sólo se extiende a los fieles todos do quiera que se hallen, sino también a los pastores mismos de los diferentes rebaños parciales, según la expresión del mismo Jesucristo, dirigiéndose también a S. Pedro: Pasce agnos meos, pasce oves meas[Notas 107].

El Papa tiene un ministerio propio en la Iglesia. El Señor encomendó una función especial a Pedro como columna y fundamento de la Iglesia[Notas 108] y ésta permanece siempre viva en todos los Obispos de Roma, sus sucesores:

Dirigiéndose el Salvador a S. Pedro y manifestándole las persecuciones de que había de ser blanco y el empeño grande que Satanás tenía de apoderarse de su persona, concluye: más yo he rogado por ti, para que tu fe no falte, y convertido alguna vez, confirmes a tus hermanos. Jesucristo ruega por S. Pedro en particular, olvida a los demás discípulos, porque S. Pedro y no otro ha de confirmar en la fe a sus hermanos; pero donde más clara y terminante revela Jesucristo, quién es el escogido para servir de piedra fundamental en la Iglesia, y en quién deposita la autoridad suprema representada con el símbolo de las llaves del reino de los cielos, es en el cap. 16 de S. Mateo: Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella; y te daré las llaves del reino de los cielos y cuanto atares sobre la tierra, será atado en el cielo, y cuanto desataras sobre la tierra será desatado en el cielo. ¿Puede darse de una manera más clara y terminante la elección de S. Pedro como jefe y pastor universal de la Iglesia? [sic][Notas 109].

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, el Pontífice Romano[Notas 110] detenta la máxima autoridad de la Iglesia como Pastor universal[Notas 111] y Cabeza visible de la Iglesia[Notas 112], es considerado el Vicario de Cristo en la tierra[Notas 113] y su ministerio consiste en mantener la unidad y regir los destinos de la Iglesia[Notas 114].

Faustino tiene un sermón todo él dedicado a fijar el verdadero sentido de la autoridad de la Iglesia. Este no es otro que el “poder de atar y desatar” concedido por Jesús a Pedro. “Este significa la autoridad para absolver pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia”[Notas 115]. La Iglesia tiene un poder legislativo[Notas 116] para establecer leyes y preceptos; todos sin excepción estamos obligados a someternos a sus disposiciones, a obedecer sus preceptos[Notas 117].

Como decíamos antes, Faustino exalta el ministerio sacerdotal, fruto de la gran estima y valoración que de él tenía:

Porque, quién es más poderoso que el Religioso, que el sacerdote?, a cuyo imperio se abrían y cerraban las puertas del cielo, se ataban y desataban las almas del lazo de sus culpas, y bajaba a la disposición de su voluntad desde el seno del Eterno Padre su Hijo soberano?... Y fuera enriquecido con singulares dones y llamado a la suerte de los santos, y a dispensar y participar de los tesoros divinos, y a ser el amigo, el privado, el Ministro de Dios![Notas 118]

Dentro del pueblo de Dios están los laicos, que son “todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde”[Notas 119].

La visión que Faustino da de los laicos, se encuentra muy marcada por la mentalidad de su época. En algunos momentos expresa un sentido negativo por su relación con el mundo[Notas 120]; pero no cabe duda de que fue un hombre que valoró profundamente la misión del laico, especialmente de la mujer[Notas 121], en la construcción de una nueva sociedad, como se aprecia en el siguiente texto: hacerlas buenas cristianas, buenas hijas, buenas esposas, buenas madres y miembros útiles de la sociedad de que deben formar un día la parte más interesante[Notas 122]. Los laicos deben vivir también su vocación a la santidad:

Obligación tenemos todos de ser santos, porque ésta es la voluntad de Dios que así nos lo manda, y vosotras también debéis serlo, aunque estéis en medio del mundo[Notas 123].

De entre todos los miembros del Pueblo de Dios, tanto ministros de la Iglesia como laicos, el Espíritu Santo invita a algunos para que profesen, de un modo oficial y público, los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Estos cristianos, sacerdotes o seglares, dan testimonio, ante toda la Iglesia, de su especial consagración a Dios. Los llamamos religiosos[Notas 124]. Faustino, como fundador y director espiritual posee una gran doctrina sobre la vida religiosa. Escogemos una de las definiciones que él da:

Toda gracia implica una obligación, a muchas gracias corresponden muchas y grandes obligaciones. La gracia de la vocación pide una perfección mayor y una santidad más excelente que todas las de los seglares. Nuestro estado consistes en el sacrificio absoluto que a Dios hicimos de nosotros y de todas las cosas. De las cosas por la pobreza, del cuerpo y sentidos por la castidad, de la voluntad por la obediencia[Notas 125].

Notas

  1. Ep 420.
  2. Summ. P. 55; par 961; Ep 679: Si tuvieseis la alta honra de que asista a la profesión, bésale en mi nombre su pastoral anillo, ponme de nuevo a sus órdenes en cuanto de mí penda y dale las más expresivas gracias por la parte que me corresponde en vuestra honra.
  3. PSV 476.
  4. CATIC 750.
  5. HPF 25, 94 (cf. Jn 18, 36).
  6. HPF 25, 28.
  7. Cf. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 296.
  8. HPF 94; cf. HPF 92.
  9. HPF 26-27.
  10. PE 165, 181; HPF 26, 105.
  11. MSC 262; HPF 86.
  12. LG 9.
  13. CATIC 753-757.
  14. PE 183; HPF 23, 24, 26, 29, 45, 94, 151.
  15. PE 110; TE 19.
  16. Ep 102, 141, 404.
  17. HPF 177, 190 (cf. Jn 15, 5).
  18. Ep 45, 557, 558, 754.
  19. HPF 26, 27, 94 (cf. 1 Tm 3, 15).
  20. HPF 26, 28, 44, 118.
  21. HPF 80, 86, 93 (cf. Gn 9, 27).
  22. HPF 26, 93.
  23. Ep 67; PE 119. La figura de la Iglesia como nave que Faustino emplea pertenece a la tradición catequética de la Iglesia, concretamente a San Clemente: “Todo el cuerpo de la Iglesia se parece a una gran nave” (HPF 45, 80).
  24. Ep 420; HPF 29, 45, 105, 145 (cf. Ga 4, 26; Ap 12, 17).
  25. HPF 90 (cf. Ap 19, 7; 21, 2.9; 22, 17).
  26. MSC 262.
  27. LG 7.
  28. HPF 105.
  29. COMITÉ PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000: o.c., p. 71.
  30. HPF 28.
  31. MSC 150 (cf. Mt 28, 18-20).
  32. HPF 28, 30.
  33. HPF 29-30; PE 183 (cf. Lc 22, 32; Mt 16, 18-19; Jn 21, 15-16).
  34. CATIC 763; LG 3.
  35. HPF 26 (cf. Mt 28, 18-19).
  36. MSC 270 (cf. Jn 18, 14); J.J. HERNÁNDEZ ALONSO: La Nueva Creación, Salamanca 1976, p.109.
  37. MSC 262 (cf. Lc 23, 46).
  38. Ep 67, 143.
  39. HPF 44, 198 (cf. 2 Co 5); LG 48.
  40. TE 18.
  41. MSC 143, 150; cf. HPF 28 (cf. Mt 28, 18-20).
  42. Ep 67; cf. Ep 143 (cf. Hch 2, 1-36).
  43. J.J. HERNÁNDEZ ALONSO: o.c., p.486.
  44. HPF 28 (cf. Mt 16, 18).
  45. LG 48.
  46. Por la fe y el bautismo entramos a formar parte de la Iglesia (PE 75).
  47. Ep 67; HPF 29; PE 109.
  48. HPF 92; cf. HPF 26, 27, 28, 53 (graba en el corazón de sus hijos ese misterio de amor), 86.
  49. AG 2.
  50. HPF 92; cf. MSC 145 (cf. Mt 5, 13-14). En otro discurso nos habla de esta misión en términos de misericordia, compasión y consuelo (HPF 22-24).
  51. LG 7.
  52. HPF 86; cf. MSC 262 (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 4-5).
  53. HPF 86-87.
  54. TE 26. En este texto, como en otros, se aplica esta imagen a la comunidad religiosa (CF XV, 69; VIII, 142; Ep 43, 643).
  55. HPF 27-28.
  56. HPF 86; MSC 262.
  57. Ep 552.
  58. Ep 153.
  59. Una práctica muy habitual de Faustino era el ofrecimiento de la Eucaristía por los demás (CF V, 96; Ep 67, 153, 448).
  60. Ep 8.
  61. HPF 27, 28.
  62. LG 8.
  63. Cf. DS 2888.
  64. HPF 86.
  65. J.J. HERNÁNDEZ ALONSO: o.c., p.273.
  66. HPF 28.
  67. HPF 27.
  68. HPF 92.
  69. CF I, 72 (cf. Col 3, 14); Ep 489: Unidas en un mismo Espíritu; PE 106, 147.
  70. Cf. CATIC 815.
  71. HPF 30.
  72. LG 39.
  73. MSC 262 (cf. Lc 23, 46); cf. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 302.
  74. HPF 93.
  75. HPF 23.
  76. HPF 106 (cf. Rm 6, 4).
  77. PE 23 (cf. 1 Co 1,2; Ef 1, 4).
  78. Ep 30.
  79. Ep 380; cf. Ep 138 etc.
  80. Ep 45; cf. Ep 246, 548, 557, 558; PE 183 etc.
  81. Cf. CATIC 824; SC 10.
  82. Ep 140.
  83. Ep 327.
  84. Cf. LG 40; 48-51.
  85. No ponemos las citas, pues sería muchas, simplemente escogemos algunos más nombrados, advirtiendo que él distingue bien entre Padres de la Iglesia y santos (CF 53; Ep 35): Ignacio de Antioquía, Tertuliano, Cipriano, Atanasio, Crisóstomo, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Benito, Anselmo, Bernardo, Francisco, Tomás de Aquino, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Gertrudis, Catalina de Siena, Gema, Magdalena de Pazzi, Escolástica...
  86. Ep 764; cf. Ep 153.
  87. PE 20: Por tres razones: 1. Porque nos protejan. 2. Para que les paguemos con nuestra devoción su patrocinio. 3. Para que imitemos sus virtudes...
  88. HPF 95-96 (cf. Eclo 45, 1).
  89. PE 183; Ep 139.
  90. He aquí una frase suya transmitida por un testigo del proceso de beatificación: “Quiero vivir oculto para morir ignorado”.
  91. Ep 394.
  92. HPF 124.
  93. HPF 27; cf. HPF 28; MSC 143, 150 (cf. Mt 28, 18-20).
  94. HPF 27.
  95. HPF 75.
  96. HPF 29.
  97. MSC 143 (cf. Mt 28, 18-20).
  98. HPF 30 (cf. Mt 16, 18-19).
  99. HPF 28.
  100. HPF 94 (cf. 1 Tm 1, 10; 2 Tm 1, 13-14; 1 Co 4, 1-2; Hb 13, 7-9); cf. HPF 93 (cf. 2 Tm 4, 2); PE 19-20, 139.
  101. PE 109; cf. PE 19, 49, 105 (cf. Dt 7, 6).
  102. HPF 26; cf. HPF 44, 105.
  103. LG 9.
  104. HPF 25-30.
  105. CD 2.
  106. HPF 45; cf. HPF 23, 24, 26, 94; Ep 679.
  107. HPF 30.
  108. HPF 124; cf. HPF 29; MSC 269 (Príncipe de los Apóstoles).
  109. HPF 29-30; cf. PE 183 (cf. Lc 22, 32; Mt 16, 18-19; Jn 21, 15-16).
  110. HPF 151.
  111. HPF 23, 26, 29; También llama al Papa Padre (HPF 26, 29).
  112. HPF 24, 42, 47; Ep 760.
  113. TE 15-16; cf. HPF 144.
  114. HPF 94.
  115. HPF 25-30; CATIC 553.
  116. HPF 26.
  117. HPF 29; cf. HPF 65, 105; Ep 51, 72, 112, 133, 140; RF LVIII, 43; CF II, 114; XIII, 196; XXII, 208.
  118. PE 183 (cf. 2 Co 6, 4). Llama al sacerdote ministro de Jesucristo, ministro del Evangelio (HPF 92); Ministro del Altísimo (Ep 3); Rival de su poder (HPF 43). También expresa Faustino la gran influencia que tiene en la sociedad el sacerdocio católico (HPF 14, 22-23, 45, 91, 92, 94; PE 181, 183).
  119. LG 31.
  120. PE 160, 164, 176. Aunque también dice que pueden dar ejemplo a los mismos religiosos (PE 155, 178).
  121. CF III, 211: Dignas del alto destino que tal vez les espera, de alma de la familia y decoro de la sociedad, de la que han de formar la parte más interesante.
  122. CF XIII, 196; cf. PE 194.
  123. Ep 138.
  124. Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Esta es nuestra fe, p. 191; cf. PE 165: Vosotras (religiosas) estáis entre el pueblo de Dios, si no libres de tentaciones, lejos de las ocasiones.
  125. PE 176.