FeMaestro/III. DIOS CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA

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II. DIOS PADRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
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SEGUNDA PARTE: HIJO REDENTOR
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III. DIOS CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA

Faustino profesa un amor especial al Dios Creador y a su obra creadora tanto en la naturaleza, como en el hombre. Cuidando de ambos como Escolapio, como Fundador de una institución dedicada a niñas pobres y como científico y terapeuta, alabó y dio gloria a su Autor[Notas 1]. Más aún, le ayudaron a su santificación, pues pasó por pruebas muy dolorosas, tanto por parte de los médicos y farmacéuticos, como de sus hermanos escolapios y de las mismas religiosas.

Un aspecto muy destacado de Faustino fue su afición, desde la más temprana edad, a la naturaleza que le convertirá con el pasar de los años, enriquecido por sus estudios científicos, en un verdadero experto en las propiedades curativas de las plantas, llegando a realizar actividades terapéuticas en favor de la humanidad doliente con específicos elaborados por él mismo[Notas 2]. Tenía la firme fe y convicción, según un testimonio, que el Creador había puesto “en la naturaleza los medios suficientes para curar toda clase de enfermedades, precisamente en las plantas; que la ciencia está en conocer esta virtud de las plantas y saberla aplicar en cada caso”[Notas 3].

Pasemos a analizar cómo expresa Faustino su fe en el Dios Creador del cielo y de la tierra, que ha dado el ser a todas las cosas, las cuida y las conserva, pues es el Ser universal del que se derivan todos los seres, el hacedor de todas las cosas[Notas 4].

1. Dios Creador

1.1. La creación obra de Dios

Con la confesión de fe en el Dios Creador, la fe quiere dar respuesta al interrogante fundamental del hombre y de la humanidad: ¿Por qué y para qué existe todo? ¿Por qué y para qué existe el hombre? La creación es el primero de los actos de la revelación de Dios, el fundamento de todos sus designios salvíficos que culminan en Cristo. Se llama Misterios del “comienzo”, a la creación, caída y promesa de salvación[Notas 5]. Faustino atestigua cómo el hombre siempre ha pretendido conocer el secreto de la vida, sondear los abismos, registrar las concavidades de los cielos, medir las infinitas fuerzas del Criador y Soberano[Notas 6].

Con el texto bíblico del Génesis, Faustino se remonta al principio del mundo[Notas 7]. Así es como comienza la Biblia, el Dios Creador explicándonos sus altos designios de la creación como obras de su robusto brazo[Notas 8]. “En el principio existía el Verbo... y el Verbo era Dios... Todo fue hecho por él y sin él nada ha sido hecho” (Jn 1, 1-3). Esto nos dice San Juan en el prólogo de su evangelio, que Dios creó todo por el Verbo eterno: Dijo el Verbo y su palabra fue eficaz para crear todas las cosas[Notas 9]. Jesús es el centro de la creación. Esta convicción estaría ya en el primer capítulo del Génesis cuando afirma que Dios lo ha creado todo con su palabra: la eficacia de su palabra fija los fundamentos de la tierra[Notas 10]. La palabra en el NT es Jesucristo y él es el que nos transmite el sentido de la creación.

1.2. El mundo cuenta la gloria de Dios

Al ser la creación obra de Dios, el mundo es una manifestación de la gloria de Dios. Faustino recoge con frecuencia ese canto y alabanza al Criador que tanto aparece en los salmos. Este canto a la creación es un cántico de alabanza a la sabiduría de su hacedor, a su poder y grandeza[Notas 11]. “Los cielos cantan la gloria de Dios” (Sal 19): Ese mundo cuenta la gloria de Dios y todas las partes de que se compone contestan a coro[Notas 12]:

«Escucha a la tierra y repite sus ecos, levanta tus ojos al cielo e imita su canto». Cuyas palabras me recordaron las del Salmista, cuando, no sabiendo cómo engrandecer al Señor, introduce a los cielos cantando su gloria y al firmamento anunciando el prodigio de su obras[Notas 13].

Es una verdad fundamental de la Escritura y la Tradición que el mundo ha sido creado para gloria de Dios. Y su gloria consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros “hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1, 5-6). El fin último de la creación es que Dios sea “todo en todas las cosas” (1Co15, 28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad[Notas 14]. Este fin, como hemos visto en la introducción de esta parte, es lo que procuró Faustino siempre y lo refleja en sentencias recogidas en el epistolario: Dios sobre todo, Dios venga en todo y sea todo por Dios y para su mayor honra y gloria[Notas 15]. Su vida fue un vivir en Dios, un vivir con Dios, un vivir de Dios, un vivir para Dios[Notas 16]: Todo en Dios, de Dios y por Dios y para honra y gloria suya[Notas 17].

1.3. El misterio de la creación

En el principio quiso Dios poner de manifiesto su sabiduría y a la par su omnipotencia. Los eternos decretos escondidos en el seno de la divinidad tienen su cumplimiento, y el que por los siglos sin fin tuviera su virtud reconcentrado en sí mismo, la hace salir fuera de sí, la comunica a otros seres que participen de sus perfecciones y disfruten de su felicidad. Una sola indicación de su querer es suficiente para sacar del caos multitud de seres que no existían, y la eficacia de su palabra fija los fundamentos de la tierra; las bóvedas celestes aparecen tachonadas de mil y mil astros luminosos que continuamente cantan sus alabanzas; la luz se esparce en la extensión de los aires, y la naturaleza toda recibe un soplo de vida que la sustenta y la nutre; la omnipotencia de su dedo fija límites a la extensión del océano y sus olas encrespadas se estrellan contra un muro de frágil arena; todo el mundo sensible aparece a nuestra vista como un conjunto perfecto y dirigido por la más profunda sabiduría[Notas 18].

En este texto, extraído de uno de sus sermones, se concentra gran parte de la visión cristiana sobre la creación y de su misterio.

Primeramente ha señalado cómo la creación es obra de la sabiduría y del amor de Dios. No hay duda de esto: ¿Dudarás de la infinita caridad de tu Dios, mientras todo lo creado te predica su inmenso poder, y su infinita sabiduría, y su inmenso amor al hombre?[Notas 19]. Así cuando nos preguntamos por qué Dios crea el mundo, la respuesta desde la fe no es otra que por amor. ¡Poder infinito del infinito amor de Dios[Notas 20]. Faustino habla de la creación como un salir Dios de sí mismo. Expresa una vez más al Dios en relación[Notas 21], en comunicación de amor, porque qué es amar sino “dar el amante al amado lo que tiene y puede”, como decía San Ignacio de Loyola. Así le hace partícipes de su ser y de su felicidad. Este es el sentido de la creación, como se nos dice en el libro de la Sabiduría “amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces; pues, si algo odiases, no lo hubieras creado” (Sab 11, 23). Dios empieza por amar. Lo primero no es el acto creador, sino que antes de ser creados, antes de la constitución del mundo, dice San Pablo, hemos sido predestinados, Dios ya nos ha amado. La creación es colocar la vida de Dios fuera de Dios[Notas 22]. Dios crea, pues, para exteriorizar su amor de Padre. De este modo la creación está marcada por la paternidad de Dios. Está hecha para entregar como una herencia a un hijo. Pero también deja claro Faustino la libertad de Dios en la creación, Dios no necesita de nosotros[Notas 23]; la creación responde a su voluntad libre y amorosa: Dios en la creación expresa su voluntad[Notas 24] y realiza su designio.

La segunda afirmación que se extrae del texto es que Dios crea “de la nada”: su omnipotencia sacara de la nada[Notas 25]. Esta acción creadora es expresión de su omnipotencia, no hay una materia preexistente. Faustino presenta ese estado de caos previo a la creación, de que habla el relato del Génesis[Notas 26]. También lo expresa como un pasar del no ser al ser[Notas 27]. Luego prosigue con la narración de la creación llena de belleza, armonía, perfección y orden según las leyes del Creador[Notas 28]. Esta es la doctrina de la Iglesia apoyada en los textos bíblicos (cf. 2 Mac 7, 28; Rm 4, 17). Significa esta expresión que Dios es el principio del mundo, y que éste depende de él absolutamente[Notas 29]. De ahí los nombres que da a Dios Creador: Artífice[Notas 30], Hacedor[Notas 31], Autor[Notas 32], Dueño y Amo del mundo[Notas 33], Soberano, Rey de todo lo creado[Notas 34].

Ya hemos visto cómo Dios es un Dios Providente, que mantiene, conserva y hace prosperar su obra[Notas 35]. Faustino concibe la creación como algo que sigue realizándose en la actualidad; así la conservación del mundo es un acto de la creación, y también lo es la perfección humana; a esta última, él la llama creación continuada, realizada a través de la educación[Notas 36].

2. Acción creadora de Dios

2.1. El Cielo y la Tierra

Faustino menciona la profesión de fe de los Apóstoles al llamar a Dios Creador del cielo y de la tierra[Notas 37], es decir, de toda la realidad creada, de todo lo que existe. En otra redacción del Credo, la Iglesia lo llama: “todo lo visible y lo invisible”. Quiere decir, lo material y lo espiritual. La “tierra” es el mundo de los hombres, también la materia de la que Dios hace brotar plantas y animales[Notas 38]. El “cielo” tiene distintos significados: puede designar el firmamento, el lugar propio de Dios, la gloria y el lugar de los ángeles (el cielo está donde está Dios).

Dios en la creación expresa su voluntad por decretos, un fíat salido de su boca es suficiente para que del caos salga la luz, para que se dividan las aguas, para que la tierra haga salir de su seno las plantas y los animales, para que el firmamento aparezca tachonado de multitud de puntos brillantes... y un mandato suyo es suficiente para que las especies se perpetúen[Notas 39].

La Iglesia afirma la existencia de los ángeles, seres espirituales, servidores y mensajeros de Dios. Posee Faustino numerosos textos referentes a los ángeles. Hace continuas aplicaciones tanto de cara a la educación[Notas 40], como a la vida religiosa[Notas 41]. Por su misma vocación escolapia, educador de niños, Faustino profesa especial devoción a los ángeles, sobre todo al Ángel Custodio. La misión del educador es conducirse como el ángel custodio de sus alumnas, personificando, como lo hacen los ángeles, la protección y solicitud de Dios; y estimando su valor por el cuidado que de ellas tiene Dios, al darle un Príncipe de su Corte por tutor y cuidador que la asista y gobierne durante su vida[Notas 42]. El mismo Jesús dijo de los niños: “sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre” (Mt 18, 10)[Notas 43].

No hay sólo protectores, pastores que guardan al hombre, sino también enemigos, “espíritus malos”[Notas 44]. Entre ellos está uno a quien se le llama demonio, Satanás o diablo. Su función es seducir, tentar..., oponerse a la acción de Dios. En el Evangelio se los menciona con frecuencia. Jesús arroja a estos demonios y triunfa del Maligno. En tiempos de Faustino eran muy comunes las alusiones al enemigo, o bien, a los tres enemigos del alma: La corona supone victoria, la victoria sigue a la batalla, ésta es lance de guerra y la guerra contienda entre enemigos. Estos son: el mundo, el demonio y la carne[Notas 45]. En las Prescripciones Generales da normas concretas que permita a las religiosas librarse de estos peligros[Notas 46]. Presenta al demonio acechando, trabajando, tentando, seduciendo con idolillos[Notas 47] y recomienda a través del apóstol Pedro vivir alerta y responderle con la más profunda humildad[Notas 48] y confianza en Dios[Notas 49].

2.2. El hombre, obra de su mano e imagen de su gloria

Faustino, como tantos otros a lo largo de la historia, asombrado ante la grandeza de Dios a la vez que sobrecogido por su actividad bienhechora y viendo la respuesta que el mismo hombre le ha dado, se pregunta: ¿qué es el hombre?[Notas 50] Probablemente esta pregunta, surgida en la soledad de sus largas horas de estudio y meditación, le llevaría a la experiencia de sí mismo: “En el hielo de la soledad es cuando el hombre, implacablemente, se siente como problema, se hace cuestión de sí mismo, y como la cuestión se dirige y hace entrar en juego a lo más recóndito de sí, el hombre llega a cobrar experiencia de sí mismo”[Notas 51].

Muchas de sus reflexiones sobre el hombre están enmarcadas en su labor docente y en sus orientaciones pedagógicas. En ellas deja plasmadas el gran amor que el educador debe tener a las criaturas de Dios. Si el educador no creyera en el niño ¿cómo podría realizar su misión de forjar hombres? Faustino poseía un alto concepto del hombre, que se expresa en su gran valoración de la dignidad del niño:

El niño, que encierra en sus pocos años el porvenir de la familia y la sociedad entera, representa al género humano que renace, a la patria que se perpetúa y a la flor de la humanidad que se renueva. A sus ojos [de la Escuela Pía] el niño es todo el linaje humano, es toda la Humanidad, es todo el hombre con derecho a los cuidados de todas las Autoridades y a la acción y beneficio de todos los poderes, así divinos como humanos. Para él fueron instituidos los príncipes y los sacerdotes, los pobres y los maestros; para él el magistrado y la familia, la sociedad y la iglesia; y la disciplina y la moral, y la enseñanza y las letras y las ciencias y las artes y la Religión y los cuidados de la Providencia, todos los premios del trabajo y todos los galardones de la virtud son del niño y para el niño; porque él lo es de Dios y para Dios, de cuyo poder es hijo y obra de su mano e imagen de su gloria[Notas 52].

En su libro Nociones de Historia Natural deja patente esta valoración antropológica al describir la creación del hombre, sus cualidades y las funciones de cada uno de sus órganos[Notas 53].

a) Noble criatura

¿Qué es el hombre? La primera respuesta que da Faustino, basándose en la Escritura, es que el hombre es una noble criatura creada por Dios[Notas 54]; puesto en la existencia por Dios, libre y amorosamente:

Él nos sacó de la nada. Formó nuestro cuerpo. Crio nuestra alma. Constituyónos sobre todas las criaturas. Solo inferiores a los ángeles. Si nos reclama lo que nos dio ¿qué nos quedaría?: Si una estatua, si la Concepción de Rafael se atribuyesen... ¿qué diría el pintor? [sic][Notas 55].

Así pone Faustino en labios de Dios estas palabras: amándote desde toda la eternidad, te creé en el tiempo[Notas 56]; todos somos hijos de su amor[Notas 57]. Por eso cada hombre es querido por Dios de una manera única y enteramente personal. Proviene de un singular pensamiento creador de Dios y es la respuesta, hecha persona, a una llamada personal de Dios: tu Criador te llamó. Aquí se basa la razón más profunda de la dignidad del hombre como persona dotada de un alma espiritual. Para realizar esta llamada creadora Dios se sirve de nuestros padres[Notas 58].

Esta nobleza y dignidad del hombre se refleja en el tratamiento especial que Dios le da en la creación, creándolo superior a todas las criaturas terrenas, rey de la creación, en definitiva, centro de la creación[Notas 59]. Veamos cómo lo expresa Faustino en el siguiente texto, donde no sólo nos habla de la dignidad del hombre creado por Dios, sino también del amor que Dios le profesa:

Complacíase el hacedor supremo considerando todas las cosas que creara su omnipotencia, hallándolas muy buenas según expresión de la Escritura, y complacíase más aún al considerar al hombre imagen y semejanza suya, constituido rey de la creación, señor del Universo y dueño y árbitro absoluto de todos los seres que le poblaran. Complacíase, repito, considerando al hombre llamado una y mil veces el objeto de las complacencias de Dios, la criatura predilecta que saliera de sus manos; porque, si todas las criaturas eran muy buenas, la bondad del hombre excedía a todas: las primeras estaban dotadas de una bondad puramente natural, conforme a su destino, y el hombre a causa de su mismo destino tiene dos bondades, una natural y otra sobrenatural; la primera lo constituye rey de la creación, y la segunda lo hace hijo muy amado de Dios; la primera se le concede según su naturaleza, y la segunda es un efecto especial y privativo de la gracia; la bondad natural coloca al hombre en el lugar que le corresponde entre todos los seres del mundo visible, y la gracia perfeccionando a la naturaleza eleva al hombre a una categoría infinitamente superior, lo coloca en un estado de felicidad indescriptible, haciéndolo la criatura más dichosa del mundo, y dándole una semejanza grande con los habitantes del cielo; es el objeto en quien Dios ha fijado su amor, lo adopta por hijo, y lo declara heredero de su reino y participante de su felicidad inmensa. Tal es el estado en que Dios creara al hombre. Mas este estado tuvo muy poca duración[Notas 60].

Así pues, el hombre es criatura. Aquí reside su grandeza, al estar referido a Dios y su pequeñez, al estar referido a sí mismo; su éxito de autorrealización o su perdición por no hacerse bien. “Como criatura, el hombre no es un ser acabado, estático y delimitado, sino libre, independiente y dejado a sus propias manos. Lo que el hombre ha recibido del Creador es su ser dueño de sí mismo; lo que debe es el poder deberse a sí mismo lo que es... El fundamento que tiene el hombre fuera de sí es poder ser autor de sí mismo”[Notas 61].

b) Imagen y semejanza de Dios

Faustino condensa los dos relatos del Génesis sobre la creación del hombre para decirnos que el hombre es imagen de Dios[Notas 62] y obra de sus manos. El Dios que hace al hombre, nos explica Faustino, es un Dios alfarero que lo forma con sus propias manos, amasándolo y modelándolo como arcilla y le infunde el aliento de vida[Notas 63]. Así explica la creación del hombre:

Esta es la razón porque contemplando el Señor desde la elevación de su solio toda la naturaleza y hallándola muy buena, según la frase del Escritor sagrado, dice: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Para crear todos los demás seres basta un fíat y al punto los vemos aparecer, pero en la creación del hombre se nos presenta el Señor como un artífice o usando la expresión del Apóstol, como un alfarero que prepara, bate y amasa la sustancia de que ha de formar su artefacto; no la forma simultáneamente sino que va por partes, como para manifestar que es la obra de sus manos, en una palabra que es el complemento de su creación. ¿Cuál será la belleza y perfección que sacaría el hombre de las manos del Celestial artífice? Si en lo humano observamos que todas las obras presentan su mayor perfección, y ostentan mejor sus bellezas al salir de las manos del artífice ¿se verificará esto menos en las obras de Dios? Creado el hombre con cuantas perfecciones puede tener su naturaleza debido a una copia y semejanza de la divinidad. Su entendimiento claro conoce la verdad y comprende el bien, su voluntad, aunque ciega no se aparta del camino de la rectitud porque sigue fielmente las prescripciones de la inteligencia, sus pasiones todas subordinadas a la razón lo constituyen en un estado de felicidad y ventura que lo hacen dichoso en la tierra; toda la naturaleza le presta homenaje reconociéndolo rey de la creación. Tal es la vida del hombre mientras conserva la justicia original con que fuera creado, más todo ser limitado y finito lleva en sí mismo un germen de imperfección y de maldad, y si en algún ser se patentiza esto, en el hombre más que en ningún otro[Notas 64].

De modo admirable distingue Faustino la creación del hombre de los demás seres vivos. Es el hombre, la criatura única capaz de conocer a su autor, la criatura más amada de Dios[Notas 65]. Un signo de esta distinción es también el plural que aparece en la Biblia por primera vez: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.

Que el hombre es imagen y semejanza de Dios quiere decir que el hombre ha sido creado mirando a Dios, tomando como modelo el ser mismo de Dios y que, en consecuencia, el hombre sólo encuentra su «mismidad», su verdadero ser en Dios, es más, su vida consiste en la posesión de Dios[Notas 66]; por tanto, es un ser profundamente relacionado con Dios. Afirma Faustino rotundamente que el hombre sin Dios es nada[Notas 67]. Se deduce también cuál es el altísimo fin para el que fue criado y su destino. Y ¿para qué fin os creó? Se pregunta, Faustino, y responde: Para que le améis y sirváis aquí con todo vuestro corazón, con toda vuestra alma, con toda vuestra voluntad y con todas vuestras fuerzas[Notas 68]. El hombre no es fin de sí mismo, yo no soy mi fin; el que lo formó puso en su fondo la necesidad de Dios y sólo él puede llenar el corazón, hacernos felices, pues lo hizo a su medida. Así pues, la “medida” del hombre no es el mundo, sino Dios mismo. Faustino pone el ejemplo de San Agustín y de Salomón. El primero después de gozar de todo lo de la tierra, comprobó que el corazón del hombre siempre pide más, más, y desengañado confesó: sólo para Vos lo creasteis y sólo Vos podéis llenarlo (Fecisti nos Deus ad te), no soy feliz hasta que descanse en Ti[Notas 69]. El segundo, nos lo explica de este modo:

...Salomón por haberle pedido la sabiduría le concedió todas las demás cosas. Si después fue desgraciado y pudo decir que nada del mundo le había satisfecho con haber agotado la copa de cuanto en el mundo puede gozarse, y que todo es vanidad de vanidades, fue porque se apartó del único que puede hacer feliz al hombre; del único que puede llenar su corazón, fue porque buscó su dicha en los goces de esta vida, y la única, la verdadera dicha está en parecerse, está en seguir, está en imitar al Autor de la dicha, al Esposo de las almas que le aman, a sólo Jesucristo y después de Jesucristo a su Santísima Madre al pie de la Cruz que es la escala para subir al cielo y la llave con que hemos de abrir sus puertas[Notas 70].

Este texto introduce un aspecto importante, pues sólo en Jesucristo se nos descubre plenamente el misterio del hombre; él es la verdadera imagen de Dios, el segundo Adán[Notas 71]. Adán, que definía para el Antiguo Testamento la idea de hombre y, por ende la de imagen de Dios, no era sino «figura» del que había de venir (Rm 5, 14)[Notas 72]. “En el Nuevo Testamento, el lenguaje sobre la imagen de Dios se convierte de antropológico en cristológico: Cristo es a la vez, la verdadera Imagen de Dios y la cumbre del ser humano”[Notas 73]. El no sólo nos revela a Dios sino también al hombre. El destino del hombre no es ya ser imagen de Dios, sino imagen de Cristo. Podemos decir que nuestro verdad más profunda y nuestra misma vocación es ser como Jesús; ahí se encuentra nuestra verdadera dicha y nuestra salvación, que consiste en parecerse y ser, en lo posible, una imagen de Cristo, y de Aquella criatura que más se le asemejó en la tierra, María, ejemplo acabado en el que se ven reunidos todos los rasgos de la perfección cristiana[Notas 74]. Toda la existencia cristiana apunta a esto: que incorporados a J.C., seamos una misma cosa con él[Notas 75], y así “reproducir”, y “transformarnos” en imagen de Jesucristo (Rm 8, 29; 2 Co 3, 18). “La imagen de Dios en el hombre no es, por tanto, un magnitud estática, dada de una vez por todas; es más bien una realidad dinámica, cuya acuñación paulatina va teniendo lugar en la relación interpersonal del cristiano con Cristo”[Notas 76]. Este dinamismo de crecimiento que hay en el hombre, así como su realidad frágil y limitada, es lo que expresa Faustino a través de las imágenes antropológicas que utiliza: el tronco que hay que labrar, con la ayuda de los demás, hasta sacar la más acabada imagen de Jesucristo; las piedras preciosas, joyas o diamantes que hay que tallar en su mismo polvo; el barro que el alfarero modela[Notas 77]; el estuche de barro que guarda una joya de inapreciable valor[Notas 78].

Del ser imagen de Dios se derivan varias consecuencias. La primera el respeto a la dignidad de los demás. El hombre no es un ser solitario sino social. Como imagen de Dios que es hay que respetarlo y amarlo, sea como sea; ésta es la voluntad de su hacedor: Que esta hermana es digna o indigna, afable o descortés ... es hechura de Dios, hija redimida, llamada, destinada ... que Dios quiere ser amado en ella[Notas 79]. La segunda, el cuidado y dominio del mundo: Al principio del mundo confió Dios al primer hombre el dar nombre a todas las cosas[Notas 80]. La tercera, la valoración de la propia dignidad, es decir, el deber de la autoestima.

c) Cuerpo y alma

Faustino nos habla del hombre como ser corporal y espiritual, soplo divino que Dios insufló al barro: (Gn 2, 7)[Notas 81]. Suele mencionar a la vez cuerpo y alma[Notas 82], entendiéndolo, no como una dualidad sino como formando una unidad profunda que se complementa: el cuerpo revela, refleja el alma y realiza su misterio[Notas 83]. Tanto el alma como el cuerpo indican a toda la persona, pero bajo un determinado aspecto. Sin embargo, esto no quita para considerar el alma superior al cuerpo[Notas 84]. Éste participa de la dignidad de ser imagen de Dios, pero el hombre es, sobre todo, imagen de Dios por el alma espiritual e inmortal que ha sido directamente creada por Dios, no pudiendo provenir de los padres:

¿Y Yo? ¿Dónde estabais hace un siglo...? Quién se acordaba entonces de nosotros y hoy de los que vendrán dentro de 100 años? Con todo tenéis un cuerpo con sus sentidos... ¿os los disteis vosotros, vuestros padres? No, pueden decir con la madre de los Macabeos: Yo no os di el alma, el espíritu y la vida. Non ego spiritum et anímam donavi vobís et vitam. Sed enim mundi Creator. Y si vuestros padres os la hubiesen dado ¿de quién la habrían recibido? ¡Ah! qui fuit Adan, qui fuit Dei[Notas 85].
Al crear Dios al hombre le dio un alma que vive para siempre et factus est homo in animan viventem[Notas 86].

El alma la da Dios y la elige por morada suya. Faustino compara la belleza del alma y de corazón con un jardín en el que Dios se recrea, mora, y riega con sus gracias y enriquece con sus dones[Notas 87]. De aquí se deduce que el hombre es propiedad de Dios:

¿Cómo se explicaría el ser moral del hombre?, si no fuese propiedad de Dios, no tuviese deberes para con El, ni móviles que le obligasen a cumplirlos. El hombre es propiedad de Dios que dijo a Job: ¿dónde estabas cuando yo echaba los fundamentos del mundo?[Notas 88]

Más aún, el valor infinito del alma deriva del precio a que ha sido comprada, rescatada: la sangre de todo un Dios. Así pues la cruz de Jesús representa el precio y el valor de nuestras almas. Esto es tan incomprensible que solo la fe puede hacernos comprender lo infinito en coste de la criatura a lo infinito por esencia del Creador, que así justifica las delicias que encuentra en morar entre las telas del corazón humano. Por eso exclama: ¡Tanto vale un alma![Notas 89]

En este valor de la persona estriba nuevamente su dignidad y la necesidad de amar, respetar y hacer por ella cuanto se pueda[Notas 90]; especialmente a través de la educación, como veremos a continuación.

2.3. La educación como creación continuada

Faustino, como escolapio y fundador de una institución dedicada a la enseñanza, concibe la educación como medio de colaboración con el Creador, la creación continuada[Notas 91]. Así afirma que a través de la educación se forma al hombre tal como Dios le ha criado, J.C., redimido y la marcha providencial del mundo perfeccionado; al hombre de su siglo y de su país en la verdadera acepción de estas dos palabras; al ser educado, al hombre del Evangelio, al verdadero cristiano. Y, en ese mismo discurso, describe todas las facultades y cualidades de que se compone el hombre: formar gratuitamente por esa educación general y especial a esa noble criatura, dotada de inteligencia, de razón y de una voluntad libre hecha para el bien; a formar al hombre inteligente, al hombre honrado, al hombre con sus facultades generales y sus cualidades individuales tal como la sociedad y la Religión lo exigen; al hombre ante todo inteligencia poderosa y pura en un cuerpo vigoroso y sano; al hombre de razón, de juicio y de gusto, al hombre de corazón y de carácter; al hombre de imaginación arreglada y fácil y clara elocución, de voluntad firme y recta; al hombre de fe ilustrada y conciencia firme[Notas 92].

Este texto pertenece a un famoso discurso suyo, pronunciado con motivo de la inauguración del colegio de Celanova, en todo él expresa ese alto concepto que tenía del niño, y lo noble y grande que es la tarea educativa, pues coopera con la acción creadora de Dios al perfeccionar y conducir al niño hacia su alto destino. He aquí un canto al hombre, imagen de Dios, y a la sublime misión educativa[Notas 93]:

Mientras haya una imagen de Dios en el mundo será grande y providencial será sagrada y divina la Misión de la Escuela Pía. Mientras haya en la tierra un hijo del hombre inspirado por ese soplo divino que le hizo el Rey de la Creación y la imagen inmortal del Dios viviente, deberá ser educado en el conocimiento y amor de sus altos destinos y restablecido al efecto en la integridad, en la fuerza, en la plenitud y en el poder de sus incomparables facultades. En tanto que haya un hombre que por la ciencia y el amor de lo visible e invisible pueda ser el centro de la creación y el contemplador de los cielos será bello enseñarle por qué esfuerzo, por qué estudios y por qué elevación intelectual, moral y religiosa, debe sobreponerse a cuanto Dios someta a sus miradas.
Por último, en tanto que haya en la tierra una imagen del Altísimo será bello, será digno enseñarle a elevarse por la noble alianza del saber con la virtud y de las letras con la sabiduría, de la ciencia con la fe y de las artes con la Religión hasta el poder supremo de ese genio que lo mismo se remonta a los cielos que desciende a los abismos, juzga a los siglos pasados que se engolfa en las profundidades insondables de los futuros, reputa baladí la belleza de lo temporal y vuela a unirse con Dios en los esplendores de la eternidad»[Notas 94].

2.4. María, Obra maestra del Creador

No podemos dejar de hablar de María en este apartado de la Creación cuando el P. Faustino le da un realce especial en sus escritos. Es la criatura más bella que saliera de las manos del Creador; su Obra maestra[Notas 95]. Dicho con frase de S. Pedro Damiano: cuando esta obra salió por primera vez de las manos del Supremo Artífice, no era inferior sino al que la creó[Notas 96].

María, porque había de ser la Madre de su Hijo y Madre de todos los hombres, la colmó de dones el Creador para que en su maternal providencia lo extendiera desde su corazón hasta la superficie del universo[Notas 97]. Ella posee, como señala S. Lorenzo Justiniano, una dignidad suma, por la cual María es tanto más superior a todo lo creado cuanto más se acerca al Creador[Notas 98].

De modo casi poético, señala Faustino, la estrecha relación de María, por ser madre del Hijo de Dios, con el mismo Creador:

Cuyos pechos nutrieron al Creador de lo creado, cuyos brazos estrecharon al que no pueden contener los mundos y cuyo corazón es el volcán de los amores[Notas 99].
Porque la madre terrena da a luz para la tierra y María para el Cielo; aquella para el cuerpo y ésta para el espíritu; la primera para el tiempo, y la segunda para la eternidad; la una a la criatura, y la otra al Creador[Notas 100].

3. La respuesta del hombre al proyecto de Dios

El Plan divino de formar con los hombres una gran familia, como analizábamos anteriormente[Notas 101], empezó a realizarse con la creación del hogar para los hijos. Pero desde el principio la respuesta del hombre a este proyecto ha sido negativa. Sin embargo, en la Biblia se nos dice que Dios hizo bien todas las cosas: Complacíase el hacedor supremo considerando todas las cosas que creara su omnipotencia, hallándolas muy buenas según expresión de la Escritura[Notas 102]. “Hizo muchas cosas que le salieron mal a aquel Alfarero que nunca acabó de aprender su oficio”; así explican algunos el problema del mal en el mundo, culpando a Dios[Notas 103]. Pero en el libro del Génesis se nos dice que el mal ha venido al mundo como consecuencia de un pecado cometido en los orígenes. Dios quiere la felicidad del hombre, y esto se refleja en el estado de felicidad y ventura indescriptible de que gozaba en el paraíso, mientras conserva la justicia original[Notas 104]. Faustino expresa en un relato la caída del hombre y la promesa de salvación que Dios le hace por María:

Salió Eva por el paraíso a distancia entre la frondosidad de las plantas, y sola, separada de su esposo, fue asaltada por el enemigo y le robó la joya preciosa de la inocencia, y dejó su alma herida de muerte, y viéndose desgraciada, quiere envolver en la desgracia a su marido y lo consigue; y he aquí ya a los dos reyes de la creación salteados al principio de su jornada, despojados de todas sus riquezas y heridos mortalmente en su alma. Pero Dios, que en sus eternos decretos tenía resuelta ya la reparación del hombre prevaricador, sale en su busca, lo llama y oyen la voz de Dios que se dirigía a ellos, y cuando avergonzados quieren esconderse y huir de su presencia, los detiene y antes de fulminar contra ellos la sentencia de reprobación y de muerte, a que se habían hecho acreedores con su desobediencia, quiso descubrirles un arcano de su sabiduría y de su misericordia, manifestándoles que en su descendencia habría una mujer que magullaría con su planta la cabeza de la serpiente y por su conducto y con su concurso recibirían el remedio para sí y para todos sus descendientes, de suerte que si nuestros primeros padres obtuvieron el perdón y todos nosotros obtenemos la reparación de las pérdidas ocasionadas por la falta de nuestra primera madre, se lo debemos a María[Notas 105].

El relato de la caída utiliza un lenguaje hecho de imágenes, para referirse a un acontecimiento primordial, un hecho que había tenido lugar al comienzo de la historia del hombre. La Revelación nos muestra que toda la historia humana está marcada por este pecado, llamado pecado original, libremente cometido por nuestros primeros padres: Los desventurados mortales todos al entrar en el camino que conduce a la vida, caen en las redes tendidas por el demonio en el paraíso a nuestros primeros padres, que en su caída arrastraron a toda su descendencia y sólo con los méritos de Jesucristo logran desenredarse de ese lazo[Notas 106].

¿En qué consiste el pecado original? En una desobediencia del único precepto que Dios le impuso[Notas 107]:

La debilidad lo arrastra y la ley de los miembros se hace superior a la ley del espíritu; enorgullecido con ese estado y elevándose sobre sí mismo, cual ligero polvo, se olvida del precepto de Dios, lo mira con indiferencia, atiende más a su comodidad que al deber y he aquí la caída; no contento con la desobediencia primera, quebranta a cada paso los divinos preceptos, desoyendo la voz de Dios que continuamente lo llama a sí, y despreciando los estímulos de la conciencia que en todo tiempo y lugar le están purgando. Para no sentir estos estímulos y pasar desapercibidos los avisos continuos de la Providencia se aparta completamente de Dios dando rienda suelta a sus pasiones, y el que poco antes dijera lleno de vanidad: ¡non serviam, no serviré; para emanciparse del yugo suave de su creador, se esclaviza por su gusto a las pasiones más vergonzosas, practica las acciones más bajas y rinde homenaje a tantos señores duros e implacables cuantas son las pasiones que lo dominan[Notas 108].
El pecado establece una completa separación entre Dios y el hombre, es un acto de insubordinación que la criatura comete contra el Creador. Dios ordena con todo el lleno de su autoridad y oyen una voz que contesta non serviam, no obedeceré: y ¿quién es el osado que se atreve a levantar su frente orgulloso contra todo un Dios?, el hombre[Notas 109].

En este texto se refleja cómo el primer hombre quiso ser para sí mismo la fuente absoluta de la normativa, la medida de todas las cosas; quiso decidir él solo lo que era el bien y el mal (Gn 3, 5), en vez de recibirlo filialmente de Dios en la obediencia y el agradecimiento. En una palabra, quiso sobrepasar su condición de criatura. Así el primer pecado es una insubordinación y separación, una ruptura de los límites en los que Dios había creado al hombre[Notas 110].

Las consecuencias que trajo este pecado fueron muchas: qué de mal atrajo sobre su pobre descendencia[Notas 111]. Así dirá San Pablo: “Por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte” (Rm 5, 12). Adán perdió la gracia para sí y para su descendencia; además la naturaleza humana quedó debilitada, inclinada al pecado, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte:

Eva dando oídos a la serpiente contra lo que Dios ordenara, nos trajo la muerte y vos creyendo las promesas de Dios y su palabra nos habéis dado la vida[Notas 112].
Peca el hombre en el paraíso y la cólera divina irritada lo maldice y fulmina contra él y su descendencia un terrible anatema; arrojado del paraíso pierde su felicidad y se ve precisado a comer el pan de su trabajo en la amargura y en la desgracia[Notas 113].

Por la unidad del género humano todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo. La transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente: ninguno entra en el mundo sin someterse a la ley original, excepto María[Notas 114]. Las consecuencias del pecado original hacen de la vida del hombre un combate, una lucha constante:

El hombre es concebido en pecado, nace pecador y vive inclinado al mal. Hay en él dos leyes, una del espíritu y otra de la carne; ésta pide lo que aquel niega, y éste demanda lo que aquella rehúsa. La carne milita en un partido y el espíritu en otro, y ambos siempre en lucha y en una guerra tal, que hacia exclamar al Apóstol: ¡Qué hombre tan infeliz soy yo! Voy a hacer el bien y, casi no puedo; pretendo huir del mal y no sé cómo. ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? Todos nos hallamos en esta situación tan peligrosa: todos subimos a la virtud jadeando y con mucha dificultad; y todos nos bajamos al pecado con suma propensión; a todos nos atormenta, como a San Pablo, él ángel de Satanás[Notas 115].

Pero el pecado no tiene la última palabra en la Revelación. Toda la Biblia subraya la voluntad salvífica de Dios, su amor más fuerte que el pecado. Así, al mismo tiempo que el hombre peca en el Paraíso decreta su reparación[Notas 116]. Dios, en su designio sobre el hombre, repara su obra donde se estropeó: el hombre falló en la obediencia, y por la obediencia de Cristo tiene lugar su reparación:

¿No fue la desobediencia la funesta causa de que se cerrasen al hombre las puertas del cielo? Y para que de nuevo se le abriesen, ¿no fue preciso que un Dios viniese a ser víctima de obediencia y de obsequio? Por eso Jesús, Unigénito del Padre, quiso bajarse a tomar la forma de siervo; quiso, en la humildad de la humana naturaleza, ofrecer sacrificio de obediencia a la divina Majestad, tan gravemente ultrajada por la desobediencia del primer hombre[Notas 117].

Por ello, afirma Faustino, nunca tiene el hombre motivos para alejarse y rebelarse contra un Dios que tanto hizo y está haciendo por nosotros:

¿Qué motivos tiene el hombre para rebelarse contra Dios?, yo os lo diré. El haber recibido de Dios su existencia y todo cuanto tiene, el ser sustentado por su mano próvida, el verse colmado a toda hora y a todo instante de multitud de beneficios que derrama sobre él a manos llenas y lo que es más, el haber sido lavado y purificado con la sangre de su Hijo, que tomó carne y se inmoló con el único objeto de redimir al hombre, ¿y sin que obste nada de esto se rebela contra su Dios? ¡Ingrato, una y mil veces ingrato, tu delito es la ingratitud más horrorosa![Notas 118]

De este modo canta la Iglesia: de nada nos aprovecharía haber sido creados, si no hubiéramos sido redimidos[Notas 119].

Notas

  1. Así lo señala él mismo en el prólogo de su libro sobre el análisis de las aguas de Sanlúcar: por cuya gloria lo empecé (F. MÍGUEZ: Análisis de las aguas públicas de Sanlúcar de Barrameda, Sevilla 1872, p. 45).
  2. Ep 437.
  3. PSV 408.
  4. HPF 46; cf. HPF 27, 136; NHN 7-8 (Dios creó todas las cosas), 59.
  5. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 95; CATIC 280, 289.
  6. HPF 75.
  7. HPF 146; cf. HPF 130 (cf. Gn 1,1).
  8. HPF 43, 131.
  9. HPF 149.
  10. HPF 131; cf. HPF 149 (cf. Gn 1).
  11. HPF 13, 43, 99, 146.
  12. HPF 131; cf. HPF 149 (el firmamento aparezca tachonado de multitud de puntos brillantes, un cántico de alabanza a la sabiduría de su hacedor); Ep 394 (Bien...Bien suba todo a Dios, que de Él es y a Él se le debe).
  13. HPF 108.
  14. Cf. CATIC 293, 294.
  15. Cf. Supra, notas 28-30.
  16. Cf. Supra, nota 56.
  17. Ep 387; PE 188; NHN 21, 24, 26, 34.
  18. HPF 130-131.
  19. MSC 131; NHN 7 (La Naturaleza nos enseña la sabiduría y providencia de Dios), 22, 24; NFT 74, 80, 82.
  20. Ep 739; cf. Ep 64; HPF 123.
  21. HPF 27 (relaciones con su autor... unir al hombre con su Creador); PE 146, 190, 739.
  22. Cf. JOSEP VIVES: Creer el Credo, Santander 1986, pp. 46-47.
  23. Ep 170.
  24. HPF 149.
  25. HPF 146; PE 12.
  26. HPF 43, 131, 149 (cf. Gn 1, 2).
  27. HPF 131, 149.
  28. PE 120; HPF 43, 131, 132, 136, 176; NHN 26.
  29. HPF 27, 136; Ep 390; NHN 36.
  30. HPF 124, 131.
  31. HPF 37, 59, 99, 133, 136, 149; NFT 80.
  32. Ep 70; HPF 27, 93, 136; NHN 22; NFT 74.
  33. Ep 596; CF VI, 65.
  34. PE 190.
  35. Ep 124.
  36. HPF 54; TE 18.
  37. HPF 46.
  38. Ep 390: De Dios es la tierra y toda su extensión.
  39. HPF 149 (cf. Gn 1, 1-24; 2, 19).
  40. HPF 48-49 (Poblar la tierra de ciudadanos probos e ilustrados y el cielo de ángeles humanos...; es la divina misión de las Escuelas Pías); PSV 538 (“El Educador pule esos ángeles para el cielo”).
  41. CF I, 110 (imitación de los ángeles); PE 127 (Seríamos como ángeles en la tierra); Ep 27 (Vive como un Serafín abrasada en amor de Dios, ángeles que están ante el trono de Dios; cf. Is 6, 2)...
  42. CF XII, 196; TE 18.
  43. Esa es la síntesis que ha de hacer el educador cristiano: El ángel sin dejar de ver, amar y gozar de Dios, ni un instante descuida la misión que le confirió en favor de su pupila; tal debe ser la conducta de su profesora (TE 18, 17; cf. HPF 48-50).
  44. PE 71: El pecado de los ángeles.
  45. Ep 255.
  46. CF 55ss; cf. RF 5; CF I, 61.
  47. Ep 14, 28, 44, 45, 108-109, 136, 139, 140, 190, 227, 250, 255, 559, 662, 678; TE 16, 24-25; PE 133.
  48. TE 24 (cf. 1 P 5, 8).
  49. Ep 42: El demonio no puede más de lo que Dios le permite para nuestro bien.
  50. MSC 26; cf. MSC 90, 49-50 (Y ¿quién soy? ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, para que le ames?); cf. Sal 8.
  51. M. BUBER: ¿Qué es el hombre?, México 1981, p. 24.
  52. HPF 49, 119; Ep 144.
  53. NHN 20 (En el hombre todo anuncia su señorío; su aire de majestad y lo augusto de su faz; lo firme de su paso y el además de mando; lo erguido de su cabeza y animado de su fisonomía; ese continuo flechar de su mirada al cielo y su hollar con desdén la tierra, semejan tomar carrera para abandonar ésta y llegar más pronto á su anhelada patria. En sus ojos refléjase la armonía de sus pensamientos ó la tempestad de sus pasiones; en su rostro píntase las impresiones recibidas por su órganos, y sus labios expresan las impresiones que le causan: es la perfecta ejecución de un plan sapientísimo en que nada hay imperfecto, disforme o inútil; ningún órgano daña a otro ó se halla mal colocado; antes bien, todo cambio de número o disposición, le haría imperfecto), 22, 25; NFT 108.
  54. HPF 54; PE 109.
  55. PE 12.
  56. MSC 176. Dios es Criador del hombre (HPF 54, 75; CF VII, 118; Ep 170; MSC 91; PE 11, 182).
  57. HPF 86.
  58. Ep 170; cf. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 120-121.
  59. HPF 54; NHN 20.
  60. HPF 76; cf. HPF 133-134.
  61. J.I. GONZALEZ FAUS: Proyecto de hermano, Santander 1987, p. 68; Ep 143; HPF 20-22; 54.
  62. HPF 49, 54-55 ( imagen inmortal del Dios viviente), 131, 133; Ep 221, 739; MSC 6, 180; PE 196 (fotografía de Dios por su vida virtuosa).
  63. HPF 76: El hombre que, según Isaías, es un poco del polvo o ceniza (cf. Job 10, 8; Is 64, 7; Jr 18, 6).
  64. HPF 131 (cf. Gn 1, 26-27; 2, 7; Rm 9, 20-21).
  65. HPF 132, 136; NHN: A solo el hombre parece que miró su Autor en la cración.
  66. PE 66.
  67. PE 13.
  68. Ep 136; cf. PE 11-16, 45, 109, 182, 188, 193; HPF 27, 54, 133; MSC 168.
  69. PE 15; cf. PE 13; Ep 67, 143, 489; TE 23 (Corazón que Dios formó para sí).
  70. Ep 70; cf. PE 13, 133; HPF 74.
  71. HPF 149: El Hijo de Dios va a encarnarse, va a unirse con estrecho vínculo a la naturaleza humana, y Dios pudiera obrar ocultando completamente tan gran misterio, y hacer el segundo Adán de la mujer, como había formado la mujer del primer Adán.
  72. J.L. RUIZ DE LA PEÑA: Imagen de Dios, Santander 1988, p. 78.
  73. J.I. GONZÁLEZ FAUS: Proyecto..., p. 88.
  74. RF XXI, 22; XXIII, 23; BF 49; CF XIII, 58; I, 64; Ep 140, 143; TE 20; MSC 29, 44; PE 29.
  75. HPF 86; PE 23-24.
  76. L. RUIZ DE LA PEÑA: Imagen..., p. 79.
  77. CF VIII, 57; I, 147; TE 23; Ep 47, 139, 146, 222, 489, 497, 503; PE 100; HPF 50-51.
  78. TE 23 (cf. 2 Co 4, 7).
  79. PE 146 (cf. Gn 2, 19-20); CF II, 203; TE 18.
  80. HPF 146; MSC 175: Todas las cosas las pusiste bajo sus pies (cf. Sal 8, 7).
  81. HPF 54.
  82. Ep 43, 44, 50, 56, 107, 109, 136, 199 (Que mientras descansan nuestros cuerpos, se abrasen en vuestro amor nuestros corazones y os alaben sin cesar nuestras almas), etc; NHN 23.
  83. Ep 143, 109 (convertir vuestros cuerpos en sus templos y vuestras almas en su trono), 471; CF 51; PE 12, 13, 67, 71, 146; HPF 49; NHN 21 (¿Y qué se trasluce en su fisonomía? -La imagen de su alma); PSV 578 (Pues si a ejemplo de mi Divino Maestro debo mirar por la salud del alma, también estoy en la obligación de atender, según mis fuerzas a la del cuerpo).
  84. Ep 50: Vale más su alma que su cuerpo.
  85. PE 14 (cf. 2 Mac 7,22); cf. PE 175: inmortalidad del alma.
  86. HPF 134 (cf. Gn 2, 7); NFT 22 (señala cómo algunos niegan la existencia del alma).
  87. Ep 136, 192. Faustino distingue a veces, alma, espíritu y corazón, no indica esto falta de unidad sino diferentes dimensiones de la persona. Como se ve en la siguiente carta: vuestro cuerpo con todos sus sentidos, vuestro corazón con todos sus afectos, vuestra alma con todas sus potencias (Ep 140, 56).
  88. PE 13 (cf. Job 38, 4); Ep 140: ¿A quién pertenece el fruto del árbol? -a su dueño, me diréis. ¿Y de quién sois vosotras? De Dios en cuerpo y alma, añadiréis.
  89. Ep 50, 109, 141, 739, 764; PE 15-16; HPF 70-72, 103; MSC 6, 48, 50, 53, 73, 122, 176 (cf. 1Co 6, 20; 7, 23; 1 P 1, 18s).
  90. CF XIII, 196; CF II, 203; Ep 185, 688; TE 18.
  91. HPF 49: Reflejo el más admirable de la acción, de la bondad y de la sabiduría divina, la Escuela Pía acepta el fondo y la materia de la primera creación del niño, y se encarga de formarle e imprimirle al propio tiempo la bondad y la dignidad, la cultura y la grandeza, inspirándole por decirlo así, la vida y la fuerza, la gracia y la inteligencia.
  92. HPF 54.
  93. RF II, 12; BF V, 47; CF III, 211; NHN 21.
  94. HPF 54-55.
  95. HPF 111, 129.
  96. HPF 123-124. Nos relata así la creación de María: Envolviendo con su aliento aquel espíritu recién creado lo infundió en el cuerpo por Ana concebido y comenzó a ser para nosotros la creatura que precediera a todas en la cuenta del Eterno (HPF 34).
  97. HPF 85, 123: No se contentó el Verbo con preservar a su Madre del pecado original, sino que la adornó con más dones y gracias que a los ángeles, a quienes Dios dio la gracia por partes, y a María se la dio en toda su plenitud.
  98. HPF 121.
  99. HPF 111.
  100. HPF 85.
  101. HPF 118-119 (cf. Supra, nota 259, Pág 25).
  102. HPF 131, 133 (cf. Gn 1, 4.10.12.18.21.31).
  103. F. NIETZSCHE: Más allá del bien y del mal, p. 260.
  104. HPF 118, 131, 134, 132 (Dios que se complacía en conversar con él); PE 120 (Estado de inocencia. Dios creó al hombre en la “santidad y en la justicia”, es decir, en la comunión con él, en su amistad y familiaridad).
  105. HPF 148; cf. HPF 33-34, 99-100, 119-120, 127-128, 131-133; PE 71, 124 (cf. Gn 3, 1-15).
  106. HPF 122; CATIC 390.
  107. PE 124; cf. PE 71; CF XII, 161: Ya sabemos que la desobediencia es una contravención de lo mandado, y obediencia sin ejecución. La desobediencia comenzó en el cielo [pecado de los ángeles], continuó en el paraíso y sigue en la tierra; porque todo pecado es una contravención a la ley o voluntad de Dios. A ella vinculó Dios, por así decirlo, la justicia original en el paraíso y por ella bajó del cielo el Hijo de Dios (cf. Rm 5, 19).
  108. HPF 134.
  109. HPF 136; cf. HPF 131-135; MSC 92 (La desobediencia del primer hombre).
  110. Cf. F. COLOMER: o.c., p. 55.
  111. PE 71; HPF 127 (perdieron para sí y su miserable linaje, el encumbrado trono que Dios les preparara. ¿Quién será capaz de restablecer la dignidad perdida a los infelices arrojados del paraíso?), 132, 137.
  112. HPF 103.
  113. HPF 132; cf. HPF 168, 174, 190, 194-195; PE 120 (cf. Gn 3, 17-24).
  114. HPF 121.
  115. PE 131 (cf. Sal 50; Rm 7, 14s; 2Co12, 7); TE 24; CATIC 404, 409.
  116. HPF 132.
  117. MSC 92 (cf. Rm 5, 19).
  118. MSC 178; cf. Ep 109; PE 177; HPF 136-137.
  119. HPF 149.