FeMaestro/III. DIOS HECHO HOMBRE, SÓLO POR NUESTRO AMOR :

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II. TODA LA VIDA DE CRISTO ES UN MISTERIO DE AMOR
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FeMaestro/III. DIOS HECHO HOMBRE, SÓLO POR NUESTRO AMOR :
Índice

IV. MISTERIOS DE LA INFANCIA DE JESÚS
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III. DIOS HECHO HOMBRE, SÓLO POR NUESTRO AMOR :

MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

Faustino confiesa el Credo Niceno-Constantinopolitano: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Llevaba tan dentro este misterio que al hacer su profesión religiosa se cambió el nombre: “Manuel desea correr este camino desde la contemplación del misterio de la Encarnación, que le habla del amor y humildad del Dios-Hombre, y estima el más admirable de todos. Es, quizás, lo que quiere expresar al cambiar su nombre por el de «Faustino de la Encarnación», que según la etimología significa «Feliz acontecimiento de la Encarnación»”[Notas 1]. Faustino quiere ser desde ahora, con su vida y sus obras, icono del amor de Dios, un pregonero y servidor suyo. De distintas maneras recoge este gran misterio pero todas tienen en común la presencia singular de María.

Veamos una especie de relato de la Encarnación, de este acto de soberanía de Dios, que es la obra más grande:

Llega un tiempo en que el poder de Dios queda en suspenso, ante la obra más grande de su omnipotencia, más perfecta de su sabiduría y más acabada de su amor, se detiene. El Hijo de Dios va a encarnarse, va a unirse con estrecho vínculo a la naturaleza humana, y Dios pudiera obrar ocultando completamente tan gran misterio, y hacer el segundo Adán de la mujer, como había formado la mujer del primer Adán. Más no, la soberanía de Dios se detiene, consulta a su criatura, responde a sus dificultades y espera su consentimiento. En este misterioso consejo en que es admitida María a deliberar con las tres personas divinas, éstas no tienen más que una voluntad, una voz, porque no son, sino un sólo Dios, y la voluntad de María balancea por sí solo a la Stma. Trinidad, y tiene como suspensos a los cielos y a la tierra esperando su decisión. Porque la creación del Verbo es obra más grande que la creación de mil mundos y de resultados más positivos que el pasar del no ser al ser, pues como justamente canta la Iglesia, de nada nos aprovecharía haber sido creados, si no hubiéramos sido redimidos[Notas 2].

1. Bajó del Cielo

Así es, amados míos, la primera empresa y la más gloriosa del Redentor fue ésta: conducido en alas de su amor a los hombres bajaba desde la elevación de los cielos a desposarse con la naturaleza humana, a la que amaba con un amor infinito desde que la creó; por su bondad inefable quiso unirse para siempre con ella con lazos eternos e indisolubles, y al mismo tiempo que había decretado su bajada del cielo, decretó también la existencia de su madre, de la cual no quiso jamás separarse, aunque podía por sí solo obrar la redención y rehabilitación del hombre[Notas 3].

Estamos ante el gran misterio de amor[Notas 4], ante el cual se sobrecoge el alma humana: El plan concebido en la mente divina para salvar al hombre es tan lleno de amor, que no es posible estudiarlo sin que el alma quede aprisionada en la red verdaderamente inmensa de caridad que Dios al realizarlo, tendía sobre la tierra[Notas 5]. La Encarnación significa que Dios ha escogido manifestarse no sólo como causa de todo, ni como poder, sino como amor, misericordia y solidaridad. Lo que Jesús encarnado viene a instaurar es el plan divino, el designio originario de Dios al crear el mundo y al crear al hombre: vivir la relación filial con Dios como relación fraterna entre los hombres.

A esto está reducido el plan divino, como nos lo descubre el mismo Jesucristo, porque él bajó del cielo para derramar y extender por la tierra la llama del amor, el fuego de la caridad, que abrasando los corazones los enseñase a todos a llamarse hermanos, hijos todos de un mismo Padre que está en los cielos[Notas 6].

Faustino recoge lo más específico y nuclear del misterio cristiano de la Encarnación, donde se expresa la actitud fundamental de Dios frente a nosotros: Dios es Padre que tiene un Hijo, que envía su Hijo a los hombres para hacerse hermano suyo, a fin de que también ellos sean hijos en el Hijo:

Ánimo; que todos los que estamos unidos con J.C., somos hijos de Dios y de María; somos hijos en él y con él, en él y con él formamos un solo hijo de Dios, un solo hijo de María, porque en él y con él formamos una misma cosa, un sólo compuesto físico, un sólo cuerpo místico. Como hombres todos somos hijos de su amor y sus dolores, hijos adoptivos, hijos de gracia, hijos diferentes y distintos de J.C.[Notas 7]

Mediante este desposorio con la naturaleza humana Dios lleva a término su intención de comunión, elimina todas las distancias, Dios recorriendo el camino hacia nosotros. En definitiva, Dios sin dejar de ser Dios quedó hecho hombre, es pues, Dios y hombre verdadero[Notas 8].

2. Por nosotros los hombres y por nuestra salvación

2.1. Tomó carne y se inmoló con el único objeto de redimir al hombre

Este es el sentido fundamental de la Encarnación: Por nosotros los hombres y por nuestra salvación. El Verbo se hizo carne y se inmoló con el único objeto de redimir al hombre[Notas 9]. “Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10)[Notas 10]:

¿No fue la desobediencia la funesta causa de que se cerrasen al hombre las puertas del cielo? Y para que de nuevo se le abriesen, ¿no fue preciso que un Dios viniese á ser víctima de obediencia y de obsequio? Por eso Jesús, Unigénito del Padre, quiso bajarse á tomar la forma de siervo; quiso, en la humildad de la humana naturaleza, ofrecer sacrificio de obediencia á la divina Majestad, tan gravemente ultrajada por la desobediencia del primer hombre. Y él mismo siendo Hijo de Dios aprendió sufriendo a obedecer[Notas 11].
Movido Este de la infinita caridad de su Corazón ternísimo por salvar á nosotros de la muerte eterna, “se ofreció voluntariamente a la Justicia divina”. Y el Padre Eterno aceptó la oferta de buen grado... “¡No perdonó a su propio Hijo!”[Notas 12].

Jesús se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: entre Dios y el hombre se ha restablecido nueva alianza de paz y de amor[Notas 13]. Abunda en los escritos de Faustino el tema soteriológico. La obra redentora, más que el cristológico, el ser de Jesús. Jesús es para nosotros nuestro Salvador[Notas 14] y Redentor[Notas 15]. Con él da comienzo la hora de la redención[Notas 16].

Para hablar de la salvación que nos trae Jesucristo, Faustino, utiliza diferentes analogías predominando la explicación clásica de la salvación como redención, como rescate. Este tema lo desarrollaremos al hablar de la muerte de Jesús, pues fue en el sacrificio de la cruz donde Jesús nos redimió.

2.2. Manifestar al mundo el amor de Dios

La confesión en Jesús como Hijo de Dios, quiere decir que en él se ha manifestado de una vez para siempre quién es Dios: Dios es desde toda la eternidad amor. Jesús es llamado también el Hijo amado[Notas 17]. El Hijo que es amado por el Padre lo da conocer a los hombres. Por eso la Encarnación sólo se entiende y explica desde el amor: amor que os movió á encarnaros por mi amor[Notas 18]. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9). Este es pues uno de los sentidos más profundos de la Encarnación: Él se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: “Tanto amó Dios al mundo...” (Jn 3, 16). En esto consistió su altísima Misión: manifestar al mundo los excesos de la infinita caridad de un Dios[Notas 19]. El cumplimiento de esta misión fue tan sublime y desconcertante a lo humano que mueve a exclamar: ¡Oh misterio inescrutable del amor de un Dios![Notas 20]:

Pero ¡cuánto más espléndida se manifiesta la caridad de tu Dios en la Encarnación de su Verbo, que por ti se anonadó exinanivit semetipsum! ¡Ah!, si, se anonadó, exinanivit, porque Dios es infinita caridad[Notas 21].

A esto está reducido el plan divino, como lo descubre el mismo Jesucristo. Él es el fuego que vino a inflamar, a derramar y extender por la tierra la llama del amor, a encender en el corazón del hombre la poderosa llama del amor de Dios y todo su deseo se cifró en ver arder esta llama en todos los corazones: Fuego he venido a poner en los corazones y qué he de querer sino que ardan[Notas 22].

2.3. Vino a enseñar el camino de la vida

Sólo Él es el camino derecho del cielo; Él el verdadero modelo de todas las virtudes; Él el único medio por donde se llega seguro á la vida eterna: por eso dice de si mismo: yo soy el Camino, la Verdad y la Vida[Notas 23].
Vino Jesús á enseñar con la humildad el camino del cielo. ¡Oh!, con cuánta razón dice á las almas redimidas con su preciosa sangre: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»[Notas 24].

El Verbo se encarnó para ser nuestro «modelo de santidad» y en toda su vida se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15, 5; Flp 2, 5)[Notas 25]. Faustino recoge ampliamente este aspecto, fundamentándolo con textos evangélicos, y nos presenta a Jesús bajo las siguientes imágenes: Modelo[Notas 26], Maestro[Notas 27], Tipo[Notas 28], Escuela, Libro[Notas 29], Buen Conductor[Notas 30]:

Vino á la tierra para ser el tipo, el maestro de todas las virtudes, el reformador de las costumbres maltrechas y corrompidas. Persuádete, hija, que si deseas tu santificación, Jesús ha de ser tu modelo, sus ejemplos la norma de tus acciones y las virtudes de su Corazón la escuela de tu perfección[Notas 31].

El maestro Faustino tuvo siempre especial preferencia por esta imagen de Cristo que enseña e invita a aprender de él. Con el evangelista Lucas nos dice que Jesús recorría las aldeas y ciudades de Judea y Galilea para atraer a Sí... con los atractivos de su palabra divina, palabras de vida eterna[Notas 32] .

Hace mención de las dos dimensiones de la misión de Jesús que aparecen en el libro de los Hechos: “Jesús hizo y enseñó” (Hch 1, 1). Esta autenticidad y coherencia de la vida de Jesús, que primero vivió y luego enseñó, le caló muy dentro y es algo que a menudo recomienda: conformar la vida con la doctrina[Notas 33]. Por otra parte, de cara a la tarea educativa y de gobierno lo considera fundamental al depender de ella el que llegue o no a los demás el mensaje:

Obró como enseña[Notas 34].
Jesucristo modelo de prelado comenzó a hacer y a enseñar. Es chica la lengua y larga la mano para que sean cortas tus pláticas y grandes tus obras[Notas 35].
Jesús llenó la tierra de amor porque en su corazón ardía el fuego de amor divino, ya que los carbones se encienden con otro encendido en medio[Notas 36].

El que hiciere y enseñare será grande en el Reino de los Cielos[Notas 37]

La Iglesia no reduce la enseñanza de Jesús a determinados momentos, sino que considera que toda su vida es una enseñanza: “sus silencios, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación del sacrificio total en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación”[Notas 38]. De este modo, Faustino, presenta los distintos hechos de la vida de Jesús o sus palabras como una escuela donde hemos de acudir a aprender la sublime lección[Notas 39]. Todas las enseñanzas recogidas en los evangelios son para nuestra utilidad e instrucción:

Pues San Juan nos dice que todo lo que está escrito, lo está para nuestra utilidad e instrucción, para que aprendamos esas amorosísimas lecciones de todo un Dios hecho hombre, sólo por nuestro amor[Notas 40].

2.4. Participación de la naturaleza de Jesús

A fin de que la permuta de cuanto él tenía, por todo lo que teníamos nosotros, fuese más completa: nos transmitió también con él sus derechos de hijo, que parecían incomunicables, haciéndonos en él y con él, hijos de un mismo padre y de una misma madre que es María[Notas 41].

El Verbo se encarnó para hacernos partícipes de la naturaleza divina (2 P 1, 4)[Notas 42]. Esta participación es nuestra vocación recibida como don de Dios. Es el plan divino que nos descubre el mismo Jesucristo: constituir de Dios y de los hombres una gran familia, donde no hubiese más que un padre y muchos hijos. Se trata de un gran misterio: ¡La menor pequeñez -el hombre- compartiendo con la mayor grandeza! -Dios-, ante el cual la imaginación se pierde y la inteligencia se abisma entre esos extremos[Notas 43].

En el principio quiso Dios poner de manifiesto su sabiduría y a la par su omnipotencia. Los eternos decretos escondidos en el seno de la divinidad tienen su cumplimiento, y el que por los siglos sin fin tuviera su virtud reconcentrado en sí mismo, la hace salir fuera de sí, la comunica a otros seres que participen de sus perfecciones y disfruten de su felicidad[Notas 44].
María reconoce en nosotros los efectos de la Redención del dulcísimo Jesús, los vestigios de la sangre de J., la comunicación inefable de la gracia de J., y hasta la participación misma de la naturaleza de Jesús, al mismo hijo de su alma[Notas 45].

3. La Encarnación del Verbo en las purísimas entrañas de María

Con Faustino hemos ido viendo quién es el que se encarna, el Hijo de Dios y cuál es su sentido profundo. Ahora con él veremos también cómo se encarnó el Verbo: “por obra del Espíritu Santo en el seno de María, la Virgen”:

Los títulos son tanto más nobles, cuanto más sublime es la acción que nos recuerdan; ninguno empero como la Encarnación del Verbo en las purísimas entrañas de María; luego este título es el más honorífico para María y beneficioso para nosotros[Notas 46].


¡Bendita sea la inmensidad en el seno de una Virgen![Notas 47]
Descubrió su seno y nos dio la luz indeficiente[Notas 48].
El Hijo de Dios va a unirse a la naturaleza humana en su seno virginal[Notas 49].

3.1. La cooperación de María en la Obra de la Salvación

El Evangelio atestigua que María es Madre de Jesús. El Señor la eligió por Madre del Hijo[Notas 50]. La Iglesia la reconoce como Madre de Dios y Madre nuestra. Al profundizar en nuestra fe cristiana vemos que dentro del proyecto salvador de Dios aparece la Madre. Llama la atención cómo Faustino resalta el protagonismo de María en la Historia de la Salvación (de igual manera hace un paralelismo entre la misión de María y la de la religiosa educadora; tal es su valoración de la mujer)[Notas 51].

Cuando nos paramos un poco en la escena de la anunciación no podemos menos que admirarnos: el mismo Dios consulta a su criatura[Notas 52] y le pide su cooperación: “El Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre”[Notas 53].

Y apenas pronuncia el fíat mihi secundum verbum tuum, resuena en los cielos un cántico de alegría y los ángeles adoran a su Reina y Señora y el Hijo de Dios baja a unirse a la naturaleza humana en su seno virginal, y le tributa un homenaje de respeto y sumisión filial, como el mejor hijo a la mejor de las madres, ¿puede darse un acto de soberanía más grande que aquel que hace que toda la Stma. Trinidad esté pendiente en sus decretos de labio de una criatura?, pues ese acto lo verificó María al suspenderse ante el mensaje del Arcángel enviado por Dios, y al prestar su consentimiento al misterio de la Encarnación y la Redención del mundo expresado por aquel fíat, tan grande, tan poderoso, tan eficaz, que digo, más grande, más poderoso, más eficaz que el fíat pronunciado por Dios en la creación. Con razón clama Santo Tomás al considerar este prodigio: María est miraculorum compendium, et summa ipsa miraculorum. María es el sumario de los milagros, y ella misma es el supremo milagro, y esa grandeza se manifiesta en su poder. Dixit Verbum et omnia facta sunt; dixit María et Verbum caro factum est. Dijo el Verbo y su palabra fue eficaz para crear todas las cosas; dijo María y por su palabra el Verbo se hizo carne. Y he aquí por qué al buscar Dios a Adán y a Eva pecadores en el paraíso, los buscó por María, porque en ella, en su consentimiento, en su palabra estribaba la redención del linaje humano[Notas 54].

Acogiendo el anuncio del ángel -señala Juan Pablo II-, María se convertiría en la “madre del Señor”, el misterio de la encarnación se ha realizado en el momento en el cual María ha pronunciado su fíat[Notas 55]. Fue su poderoso fíat el que trajo a su seno al Hijo del Altísimo; al Redentor del mundo[Notas 56]; más aún, fue su humildad la que la hizo Madre del deseado de las naciones como nos dice la misma en su cántico: Quia respexit humilitatem ancillae suae, ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes generationes[Notas 57].

La Ancilla Dei con su fíat voluntas tua pertenece constitutivamente al conjunto de la Historia de la Salvación[Notas 58]: María cooperó a nuestra salvación, es más ella fue dotada de tantos privilegios sólo por haber sido destinada a la obra de la redención del mundo[Notas 59]. Esta función de María en el Misterio de la Salvación es para algunos teólogos una cuestión dogmática equiparable a la Maternidad divina o a la Inmaculada. Su papel en la Obra de la Salvación es superior al que tenemos los demás hombres. Esta cooperación de María se puede decir que es la razón de ser de la mariología: se deja ver en el plan divino de la redención del hombre, la Virgen María, pues Dios tenía determinado manifestar por medio de ella todas las riquezas de su amor a los hombres[Notas 60].

El camino para nuestra divinización, como para la humanización del Verbo, pasa por María: “con su fíat ha decidido desde el punto de vista humano, la realización del misterio divino”[Notas 61]. Esto no significa que la figura de María oscurezca la figura de Cristo. Todo lo que tiene María es por participación de Cristo[Notas 62]. Lo que hay en María no añade nada a Cristo: Cristo y María no son una realidad mayor que Cristo solo. Entonces nos podemos preguntar: si María ni quita ni añade nada a Cristo, ¿por qué tenemos que “pasar” por María? Por respeto a lo real. Dios ha querido que fuese así. De aquí se deduce la necesidad de entender bien el lema “a Cristo por María”. En la Mariología del tiempo de Faustino se acentuaba demasiado este aspecto:

Saldrá un tallo de la raíz de Jesé, nos dice Isaías, y este tallo producirá una flor, y el espíritu del Señor descansará sobre ella, siendo el perfume que despide en torno suyo tan grato, tan aromático, tan excelente que supera a los más gratos perfumes. Esta flor tan delicada, y sobre la cual mora el Espíritu de Dios es Jesucristo, y el tallo que produce esta flor la planta escogida, que desarrolla con su savia el germen de ese botón precioso es María. En vano se querrá tener el perfume sin la flor, así como es imposible tener la flor sin la planta; por eso San Buenaventura continuando las palabras de Isaías antes citadas, dice: Los que aspiráis a la gracia del Espíritu Santo, buscad la flor en la planta, porque por esta llegamos nosotros a la flor, y por la flor al espíritu de la divinidad con que ella ha embalsamado la tierra y ésta es la razón que hacía decir al Nacianceno: «que es imposible hallar a Jesús, si no lo buscamos por María» y por consecuencia, añado yo, es imposible participar del aroma de las virtudes de Jesús, es imposible que sus gracias y sus méritos se nos comuniquen, si no los recibimos por María, porque es imposible que tengamos la flor, si prescindimos de la planta, que produce de sí misma esa flor; y somos tan desgraciados y miserables, y necesitamos tanto de los méritos del Redentor, que sin ellos nuestras dolencias se multiplican, nuestros males se agravan; ¿y cómo encontraremos remedio que sane nuestras heridas?[Notas 63]

Este texto que tiene una gran belleza hemos de entenderlo desde la sensibilidad de hoy. La vida cristiana parte de Cristo; en Él se encuentra a María, a la Iglesia y al mundo y vive con Él en comunión con el Padre bajo la guía y docilidad al Espíritu. El misterio de Cristo lo abarca todo, incluida María, la cual se convierte a su vez en camino para alcanzar no ya la unión con Cristo, que existía anteriormente, sino su profundización y un arraigo mayor[Notas 64].

De este modo la anunciación a María inaugura “la plenitud de los tiempos” (Ga 4, 4), es decir, el cumplimiento de las promesas: Al sonar la hora de la redención humana, se concretó a su seno virginal[Notas 65]. Este cumplimiento neotestamentario de la promesa del A.T. lo resume María en el Magníficat: verificándose en María que cuanto más se humillaba, tanto era más ensalzada y engrandecida por aquel que llenaba toda su existencia, porque el motivo de su humildad era el agradecimiento y especialmente el amor al que hizo en ella grandes cosas, derribando a los poderosos de la cumbre de su elevación y elevando a los humildes a la participación de sus dones[Notas 66]. María sabe que sólo a Dios le corresponde honor y gloria, bendición y acción de gracias. Y así, anuncia una transformación de todos los valores terrenos (Lc 1, 52-53). María anticipa al mismo tiempo la Buena Nueva del Nuevo Testamento, en particular las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, que hablan en favor de los pobres, los humildes, los afligidos y los perseguidos[Notas 67].

María es la predestinada en los consejos del Altísimo, para que sin dejar de ser virgen, conciba y de a luz al Reparador de la estirpe humana[Notas 68]. La misión de María fue “preparada” por la misión de algunas mujeres. Ella está incluida en la larga historia de las grandes figuras femeninas del A.T.[Notas 69]; y también se ve en algunos pasajes de la Escritura el anuncio de María. La primera de todas es Eva. A pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15). Frente a Eva María es la mujer fiel que ha salvado toda la descendencia de Adán infiel, y con un solo acto de abnegación y de fe ha reparado el daño ocasionado por la primera mujer con su incredulidad. Eva dando oídos a la serpiente contra lo que Dios ordenara, nos trajo la muerte y María creyendo las promesas de Dios y su palabra nos ha dado la vida[Notas 70]. Pero hay otros tipos y figuras veterotestamentaria de María:

María es más fuerte que Débora, más sabia que Sara, más piadosa que Séfora y más valerosa que Judit[Notas 71].
¿Quién soy yo para mentar siquiera los elogios que el mismo tributa a esa flor que habría de brotar al Hijo de sus complacencias, cuya aparición en la tierra preparó con una serie de maravillas extraordinarias y de prodigios estupendos, cuya victoria anunció en el paraíso para esperanza del hombre y confusión del infierno, figuró en el área salvadera de Enoc y en la alianza de Abrahán, en la escala de Jacob y en la zarza de Moisés, y en el vellocino de Gedeón, y en la vara de Jesé y en la cítara de David; y cuyas alabanzas simbolizó en las virtudes y hazañas, en las glorias y vicisitudes, en el poder y grandeza, o en la sencillez y oscuridad de la prudente Abigail y de la esforzado Judit, de la intrépida Jael y de la valiente Débora y de la laboriosa Ruth, y de la dulce cuanto simpática Ester?[Notas 72]
María es aquel monte cuyas raíces, según Isaías, empiezan en los vértices de las más gigantescas montañas; es aquella ciudad cuyos cimientos están afirmados en los collados eternos, según David; y esta mística Sión es tan agradable a los ojos de la Divinidad, que según se expresa el mismo Profeta Rey, ama Dios su entrada más que el interior de los Tabernáculos de Jacob: Diligit dominus portas Sion, super omnia tabernacula Jacob, De aquí nacen los elogios que de esta Virgen privilegiada hacen los Padres de la Iglesia[Notas 73].

3.2. Mujer privilegiada

El Espíritu Santo nos dice, que el nombre de esa criatura privilegiada es María: et nomen Virginis María. María es sí el nombre que encierra más grandeza y más sublimidad de cuantos nombres sean los mortales sobre la tierra. María es el nombre de que podemos decir con el Apóstol, que le dio un nombre sobre todo nombre, pues aunque San Pablo se refiere al nombre Jesús, el nombre de Jesús carecería de sentido si no conociéramos antes el nombre de María; son dos nombres inseparables y que mutuamente se explican el uno por el otro[Notas 74].

¿Quién es María? La Iglesia ha definido de forma solemne quién es María para los creyentes, proclamando cuatro dogmas marianos. Los dos primeros fueron los de la Maternidad Divina y Virginidad, ambos inseparables y muy relacionados con la fe en Cristo. Los otros dos son más recientes, se fundamentan en la dignidad y en el significado de la Virgen Madre de Dios y consideran la figura moral de María. Así podemos distinguir: Maternidad Divina (431); Virginidad de María (649); Inmaculada Concepción (1854); Asunción de la Virgen María (1950).

El P. Faustino sólo alude a los tres primeros. Utiliza para hablar de ellos el lenguaje de privilegio, prerrogativa, singularidad, superioridad de María respecto a nosotros[Notas 75]. No obstante, también hay que decir que cuando presenta a María como Modelo de toda Hija de la Divina Pastora, insiste mucho más en su cercanía a nosotros que en sus privilegios[Notas 76]. En su libro “Mes del Sagrado Corazón” dibuja a María en esta línea como “discípula de su Hijo” que aprende de Jesús el modo de adelantar en el camino de la perfección[Notas 77]. Se puede decir que en la Iglesia hay actualmente una nueva forma de acercarse a la figura de María. Se trata de una nueva sensibilidad y nuevo lenguaje. No se quiere “alejar” a María insistiendo en sus privilegios, sino más bien “acercarla” a nuestra situación vital, porque ella se nos presenta como la que mejor ha sabido recorrer el mismo camino y responder a Dios con las mismas actitudes que se nos piden a nosotros. De este modo se la considera como la primera cristiana, la mejor discípula de Cristo, como hermana nuestra, virgen creyente, mujer abierta a los demás, esposa del carpintero, virgen experta en dolor... Se alaba de ella ante todo su fe, su disponibilidad para con Dios, su escucha de la Palabra, su actitud de oración y alabanza, su sentido de solidaridad para con los demás, su participación activa en la comunidad, su fortaleza ante las dificultades, la generosidad en el cumplimiento de su misión.

Este nuevo lenguaje y figura de María se debe en gran parte a la vuelta al Evangelio. En el Evangelio es donde se nos dibuja la imagen más atrayente, recia y actual de la Madre del Señor.[Notas 78] Cuando se habla de María como “privilegiada”, esto que significa la singularidad de su relación con Dios puede ser falsamente entendido como exención de las condiciones comunes de vida.

Veamos cómo Faustino expresa la fe de la Iglesia en María Inmaculada, Virgen y Madre: Ser Virgen y Madre de Dios es el privilegio exclusivo, la prerrogativa más alta, y la fuente divina de la cual se derivan los otros dones y privilegios. Esto no obstante en la Concepción Inmaculada se deja ver un amor especialísimo de Dios, que no se divisa en la maternidad[Notas 79].

a) Llena de gracia

¡Qué sentencia tan admirable!, ¡qué misterios tan sublimes se encierran en ella! Descubre Dios a la serpiente, que habrá una mujer a quien no ha tocado su veneno, cuya mano sacará a su propio linaje de la miseria y cuya planta estrellará el orgullo de ese enemigo. Esta es María que en el primer momento de su concepción oyó de los labios del divino Asuero: No temas que esa ley de maldición y exterminio no se ha dictado para ti sino para todos los demás.
Non enim pro te, sed pro omnibus haec lex constituta est, y por eso María desde el primer momento de su concepción pudo decir con más razón que el Salmista: Cadent in reticulo ejus peccatores, singulariter sum ego donec transeam. Los descendientes de Abrahán vienen a la vida envueltos en las redes del pecado, yo sola he pasado sin caer en ellas, experimentando en esta singular prerrogativa el amor extremado de Dios para con la que había de ser madre[Notas 80].

Faustino aplica a María el texto de Pablo: se le dio un nombre sobre todo nombre (Flp 2, 9). A este nombre le pone como “apellidos”: llena de gracia y bendita entre todas las mujeres[Notas 81]. La concepción inmaculada de María consistió en ser preservada del pecado original, sin mancha desde el primer instante de su concepción[Notas 82], enriquecida no sólo con la gracia santificante sino con todas las demás, tanto teológicas como morales, los dones del Espíritu Santo se aposentaron en su alma, le dio la gracia en toda su plenitud[Notas 83]. Este privilegio es expresión del amor de Dios, de un amor especialísimo[Notas 84] y en atención de los méritos de Jesucristo. Ella es la única perfecta madre del Hijo. Todos tuvieron en su concepción el pecado; sola María no tuvo mancha alguna, María sola fue libre. Porque había de ser semejante al Hijo:

Porque era necesario que hubiera en la tierra una semejanza total y completa de la divinidad; así como hay una eterna e increada entre el Padre y el Hijo. Fue escogida María para engendrar en su claustro virginal al que eternamente es engendrado por el Padre en su propio seno, era pues justo que así como por la generación eterna hay sustancialmente en el Hijo todas las perfecciones de la naturaleza divina del Padre, exceptuando las que competen a cada persona por su existencia hipostática, que son incomunicables, así también en la generación temporal la madre tuviese en sí, mediante la generación del Verbo, las mismas perfecciones que éste, excepto aquellas que esencialmente competen al Verbo por la unión de las dos naturalezas divina y humana. ¿Fue siempre santo el Hijo? santa debía ser siempre la madre; ¿siempre inocente el Hijo? siempre inocente la madre; ¿siempre inmaculado el Hijo? inmaculado siempre la madre; ¿apartado siempre el Hijo de los pecadores y elevado más que los cielos?, siempre muy apartada la madre, del pecado y elevada más que todos los cielos. Y podría ser esto así, si por un momento hubiese reinado el pecado en su alma santísima? ¡Ah no! pues solo esto bastaba para hacer desemejantes a la madre y al Hijo; pero no lo permitió Dios continúa S. Agustín, porque así como el Hijo tiene en el cielo un Padre inmortal, tiene en la tierra una madre, pero una madre incorrupto y sin mancha[Notas 85].

Con María se inaugura el nuevo plan de salvación: al ser concebida María pasaba la noche de la Ley escrita y empezaba a alborear el día de la Ley de gracia, recogiendo en sí cuanto había de más precioso en la antigua, y cuanto habría de sobrehumano en la nueva[Notas 86].

Para señalar cómo María es también redimida por Cristo, Faustino, hace referencia al texto bíblico de Sansón y su madre: Siendo pues Sansón una de las figuras de Jesucristo, según todos los Padres y Doctores, figuras de que está lleno el Antiguo Testamento y en las cuales Dios fue delineando la vida de su Hijo ¿por qué no diremos nosotros, que así como la primera hazaña del fuerte Sansón, fue librar a su madre de las garras del fiero león, lo fue también en Jesús el preservar a la suya, para que no cayera en las redes del monstruo infernal?[Notas 87]. Considera Faustino que es expresión de verdadera fe cristiana el reconocimiento de este privilegio mariano:

El que tiene verdadera fe cristiana al considerar ese privilegio de la que es su Madre no puede menos de entonar himnos de gloria y de alabanza diciéndola en el amor de su entusiasmo: Dios te salve, Paloma inmaculada, escogida amiga, querida del Altísimo, hija, madre, esposa del Señor. Dios te salve, esperanza mía, mi gloria, mi consuelo, mi refugio. Tú has sido como la estrella que miraron fijamente todas las generaciones, que en largo período de cuarenta siglos han caminado por este valle de lágrimas, suspirando siempre por el día de tu aparición; así por tanto que pasaste de la nada a la existencia consiguiendo en el primer instante de tu ser la victoria más completa sobre nuestro enemigo, te saludo llena de gracia, inmune de toda mancha, amiga de Dios, y victoriosa del infierno, y te prometo amarte como a principio de mi dicha en la tierra y consumación de esa misma felicidad en el cielo[Notas 88].

b) Virgen y Madre de Dios

No se puede negar que Dios manifestó en todo tiempo una predilección especial hacia María, formando de Ella su primogénita entre todas las criaturas. Ella es entre todas aquel vaso santo donde con larga mano derramaría sus tesoros. Ella es la dotada de los privilegios más raros y admirables: y sólo por haber sido destinada a la obra de la redención del mundo, por ser madre del Redentor, fue elevada como nos enseña Sto. Tomás, hasta los límites de la divinidad; y colocada en ellos, despide tantos rayos de luz, que se hace inaccesible aún a los más gigantescos entendimientos de los santos Doctores de la Iglesia. Sería ciertamente una temeridad el derogar algo a esta prerrogativa de María, para darlo a las otras, pues entre los favores que Dios la concedió, éste es, dice S. Bernardo, el que la distingue de todas las demás criaturas, no habiendo tenido semejante en las que le precedieron, ni pudiéndole haber ya en las que se sucedan. Ser Virgen y Madre de Dios es el privilegio exclusivo, la prerrogativa más alta, y la fuente divina de la cual se derivan los otros dones y privilegios[Notas 89].

De este texto podemos concluir que todos los privilegios de María giran alrededor de su maternidad divina. María es Madre de Jesús, Madre del Hijo[Notas 90] y por ello Madre de Dios. Son muy abundantes los textos en que menciona Faustino este misterio. La llama madre de Dios[Notas 91], su amantísima Madre o santísima Madre[Notas 92], y divina Madre[Notas 93]. ¿Qué significa esta frecuencia de textos sobre la maternidad de María? Sencillamente que María es algo muy hondo y presente en su vida, algo así como su compañera de viaje[Notas 94].

Faustino expresa y comprende correctamente este dogma proclamado en el concilio de Éfeso:

Todo el valor de la maternidad divina se reduce a que María contrae un parentesco estrechísimo que la vincula de dos modos con la Trinidad Augusta; vínculo de afinidad con el Padre y el Espíritu Santo; vínculo de consanguinidad con el Verbo humanado, al cual puede decir, estrechándolo contra su pecho: Este es hueso de mis huesos, y carne de mi carne[Notas 95].

Por lo tanto, María no da a luz a Dios en cuanto a Dios, no es la madre de la Santísima Trinidad. Que María es Madre de Dios significa que es Madre de Jesucristo según su humanidad, ella le suministró la carne y la sangre a Dios para hacerse Hombre. Pero como la humanidad de Jesús se halla especialmente unida a su persona, que es divina, y como no se es madre de naturalezas sino de personas, la Iglesia confiesa que María es madre de Dios. Al confesar esto, lo que en última instancia se confiesa es la verdad de la encarnación[Notas 96].

Esta maternidad de María es un auténtico ministerio: Porque doquier se encuentra un ministerio difícil, ha colocado Dios un amor generoso para hacerlo aceptable; qué ministerio, empero, más difícil que el de Madre de Dios y de los hombres. ¿Qué amor por consiguiente más generoso que el de María, predestinada como estaba a tamaños sacrificios?[Notas 97]

Por eso la maternidad de María no es sólo física sino que se trata de un auténtico servicio a la humanidad, en ella hemos sido encontrados por Dios: Y he aquí por qué al buscar Dios a Adán y a Eva pecadores en el paraíso, los buscó por María, porque en ella, en su consentimiento, en su palabra estribaba la redención del linaje humano[Notas 98]. Este ministerio, pues, puede calificarse de pastoral, ya que Dios en María nos pastorea, nos busca para conducirnos por la sendas de la vida[Notas 99].

En la maternidad de María Faustino también incluye su fe. Pues antes de recibir a Jesús en su seno, lo había aceptado y recibido en la fe. Así más feliz fue María (San Agustín) por ser cristiana que por ser Madre de Dios [Sic]. Y pone en sus labios esta confesión en el hijo de sus entrañas y Dios de su alma[Notas 100]:

María tuvo más fe y creyó con más firmeza que todos los hombres y todos los ángeles, porque cuando veía a su hijo pobre y despreciado de todos en el establo de Belén, lo creía el Creador del mundo; lo veía perseguido por el rey Herodes y a despecho de sus sentidos lo admiraba Rey de Reyes; lo vio nacer y lo creyó eterno; lo vio pobre y necesitado y lo creyó Señor del Universo y proveedor universal de todos los seres; en humildad veía omnipotencia, y en su silencio descubrirá la sabiduría su mi infinita. Su llanto le revelaba, que el sólo formaba la alegría del paraíso y la bienaventuranza de los justos, y en su muerte ignominiosa lo adoraba como a su Dios[Notas 101].

María es la Virgen destinada a ser madre de Dios[Notas 102]. Quiere decir que la virginidad de María se halla íntimamente relacionada con el hecho de que ella es la Madre de Dios. Su maternidad virginal, el ser Madre y Virgen, entra dentro de los designios de Dios: Fue escogida María para engendrar en su claustro virginal al que eternamente es engendrado por el Padre en su propio seno[Notas 103]. El nacimiento virginal expresa claramente que Jesús, como Hijo de Dios, tiene su origen única y exclusivamente en el Padre que está en los cielos; es, pues, signo de la verdadera filiación divina de Jesús[Notas 104]:

María es la predestinada en los consejos del Altísimo, para que sin dejar de ser virgen, conciba y dé a luz al Reparador de la estirpe proscrita[Notas 105].

El dogma de la Iglesia no habla únicamente de la concepción virginal de Cristo: el V Concilio Ecuménico (II de Constantinopla) en el año 533 amplió esta confesión con el dogma de la virginidad perpetua de María. Este dogma afirma que María fue Virgen no sólo antes del parto, sino también en el parto y después del parto. Faustino recoge el dogma en su amplitud llamando a María la Virgen siempre[Notas 106].

La virginidad de María es también por semejanza con su hijo:

Él era virgen y yo la Madre virgen, porta-estandarte de todos los vírgenes y Reina de la virginidad[Notas 107].
El purísimo Hijo Virgen de la Purísima Madre Virgen[Notas 108].

Faustino apoyándose en el tratado de San Ambrosio sobre la virginidad, presenta la virginidad de María como envolviendo y penetrando todo su ser y actuar: María era virgen, no solamente en el cuerpo, sino también en el espíritu. Y a continuación describe los rasgos de esta virginidad. No se trata tanto de una concepción dualista de la persona cuanto de una opción o consagración a Dios en totalidad[Notas 109].

3.3. Madre nuestra

Ecce mater tua: He aquí a tu Madre (S. Juan 19, v. 26). Madre es el título que halló más propio el Redentor del mundo en su partida para designarnos el legado más excelente que imaginarse puede, el remedio en nuestros males y en nuestras aficiones el consuelo, el socorro en nuestras necesidades y en nuestros peligros la asistencia, un apoyo en nuestras empresas y en nuestras flaquezas un auxilio, un estímulo en nuestra pereza y en nuestras disensiones una mediadora; Madre, en fin, es la denominación con que, llevado el dulcísimo Jesús de su generosa caridad y movido de su liberalidad sin límites, nos hace donación del objeto de mayor valía, más alto mérito y sobremanera amado, y a trueque de que nuestra redención fuese, bajo todos los aspectos, abundante, para hacer más íntima y perfecta nuestra unión con Dios; a fin de que la permuta de cuanto él tenía, por todo lo que teníamos nosotros, fuese más completa: nos transmitió también con él sus derechos de hijo, que parecían incomunicables, haciéndonos en él y con él, hijos de un mismo padre y de una misma madre que es María[Notas 110].

Si hay algún aspecto de la teología en el que el P. Faustino se extiende y se esmera y que lleva más dentro de su corazón, ése es la mariología. Como dijimos antes es uno de sus dos amores: Jesús y María[Notas 111]. María ha estado presente siempre en su vida y en muchas de sus cartas no falta tampoco el nombrarla y relacionarla con la situación que estuviera tratando. Esto se explica porque Faustino considera a María, en comunión con la doctrina de la Iglesia, no sólo como Madre de Dios sino también como Madre nuestra[Notas 112].

María es “Madre de la Iglesia”, de todos y cada uno de los que estamos unidos a Cristo por el bautismo. Al pie de la Cruz Jesús nos la dio en la persona del discípulo amado, que nos representaba a todos[Notas 113]. En el texto que sigue y en muchos otros sermones sobre María, Faustino explica bellamente esta maternidad de María respecto a la Iglesia, prueba de amor, tanto de Jesús a la humanidad, pues nos dio por madre a su misma Madre[Notas 114], como también de María[Notas 115]:

Dios que podía mandar que invocásemos y reconociésemos a María como la reina y Señora del mundo, quiso tocar las fibras del corazón humano en lo más delicado y armonioso que tiene, en el amor maternal, y así manda a su madre que lo sea de los hombres y a éstos que se porten con ella como hijos Ecce filium tuum, ecce mater tua. Y desde este momento comienza a cumplir los deberes que la maternidad le impone. Jesús muere, quedando sus discípulos, dispersos unos, consternados otros y desanimados todos; pero en su lugar queda su madre para que lo sea de los apóstoles. Y en efecto ella recoge a los dispersos, consuela a los afligidos, fortalece a los débiles, instruyéndolos, animándolos. Pedro llora inconsolable por haber negado a su Maestro y apenas se atreve a levantar los ojos por la pusilanimidad. María lo llama como Madre y lo exhorta a la confianza del perdón. Titubean los apóstoles en la fe de la resurrección y María los instruye en las escrituras y los confirma en la verdad. Perseguidos, encarcelados y azotados, María los fortifica, los consuela, los dirige para que la fe se extienda de entre los gentiles y se conviertan los judíos; y estos oficios que desempeña en la Iglesia naciente, no son del momento, sino que se perpetúan en la Iglesia y continuarán hasta la consumación de los siglos[Notas 116].

María creyendo el anuncio del ángel concibió al Salvador y nos trajo la salvación a todo el género humano -con razón Pablo VI la llamó Madre de Cristo y Madre de la Iglesia[Notas 117].

María como Madre nuestra no tiene otra misión que la de llevarnos a Jesucristo, su Hijo: Por las inefables virtudes de la Santísima Virgen, vino Jesús a los hombres y por ellas van los hombres a Jesús[Notas 118]. En efecto, como Madre de Jesucristo María es la puerta de la salvación para todos los que pertenecen a Él. Es Madre de los miembros del Cuerpo de Cristo, cuya cabeza es Jesucristo[Notas 119]. Esto significa que existe un lazo estrecho entre María y la humanidad; ella cuida con amor y maternal protección de todos sus hijos; y los hombres todos, se acogen a su protección, conservando siempre en el fondo de su corazón un resto de amor que le hace volverse de tiempo en tiempo a ella como verdadera patria del corazón humano[Notas 120]. Por eso es invocada en la Iglesia bajo distintos títulos:

Los fieles la invocan constantemente, llamándola, Consoladora de los afligidos, Refugio de los cristianos, Salud de los enfermos, Puerta del cielo y Madre admirable. Pues Ella socorre al indigente, enjuga las lágrimas del huérfano y de la viuda, aleja los azotes del cielo, apacigua las tempestades, derrota a los enemigos, acompaña al peregrino, guía al navegante; llama con amor a la doncella, atrae cariñosa al niño, anima al anciano, y dice a los monarcas que pongan sus cetros y coronas bajo su protección y estarán salvos; a los pontífices que le confíen sus ovejas y no las arrebatará el lobo, a los padres y madres que acudan a ella con sus hijos y serán felices y a todos que acudan a ella con amor y confianza porque es la Madre de cada uno[Notas 121].

Esta relación maternal del pueblo fiel con María Madre es, según Faustino, una creencia tan encarnada en el corazón de la humanidad que no podrá borrar el tiempo[Notas 122]. Es una fe profunda haciendo la felicidad del pueblo[Notas 123]. El Concilio Vaticano II, ha dejado claro cuál es el lugar y la misión de María. Los católicos, a diferencia de otras confesiones cristiana, no sólo veneramos a María como modelo perfecto de fe sino también la invocamos y acudimos a ella como apoyo y auxilio, sin que este culto a la Madre, oscurezca y disminuya la mediación única del Hijo[Notas 124].

Faustino, en sus muchos escritos sobre María, expresa siempre esa subordinación de María a Cristo: La reparación del linaje humano no es efecto de las súplicas de María, sino de su cooperación porque María significa Señora, y lo es en efecto y a su soberanía queda en cierta manera subordinada la soberanía y el poder de Dios[Notas 125]. Es decir, tiene claro que la intercesión de María depende enteramente de la acción redentora del Cristo porque su influjo salvífico sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito[Notas 126], por eso la invistió su divino Hijo de todos los poderes maternales[Notas 127]; María es el mejor legado que podía dejarnos:

Madre, es sin duda la expresión genuina de un vínculo de unión de un canal de beneficencia, de una mediadora de reconciliación, de un medio de defensa y de un motivo de confianza y del amor más tierno, Madre es el título que halló más propio el Redentor del mundo en su partida para designarnos el legado más excelente que imaginarse puede[Notas 128].

Por otra parte, conviene señalar también cómo recoge el verdadero sentido del culto a María, muy en consonancia con lo que expresa la Constitución Lumen Gentium (nº 67), incluye la imitación de sus virtudes. Frente a una corriente de su tiempo contraria al mismo, considera que éste no es excesivo:

Más no creáis cerradamente que la devoción a María consiste en dirigirla, multitud de palabras, en practicar muchos actos exteriores, en rezar innumerables oraciones. Nada menos que eso, la devoción a María consiste en imitarla, y para imitarla es preciso conocer sus virtudes y esforzarse en practicarlas; éste es precisamente el objeto de las flores de mayo, procurar conformar nuestra conducta con la de la Virgen, inflamar nuestros corazones en el amor divino, desechar la tibieza de nuestro pecho, destruir en nosotros el hombre viejo de imperfección y de pecado, y hacer que nazca en nuestro interior el hombre nuevo según Jesucristo, para que robustecido con los auxilios de la gracia podamos emprender una vida pura, sin mancilla y digna de unos fieles imitadores de María[Notas 129].

4. Nació en un pesebre: Misterio de Navidad

Pasemos a otro gran misterio de la vida de Jesús: su nacimiento. Este revela la realidad humana y carnal de Jesús por medio de María[Notas 130]: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Al mismo tiempo, por los signos maravillosos que los acompañan, nos descubre que el que nace no es sólo hijo de María, sino que es verdaderamente el Hijo de Dios. De ahí que el P. Faustino describa el nacimiento, al igual que el evangelista Lucas, según el esquema de la paradoja[Notas 131]. María es el medio para que se de esta paradoja.

Jesús es el Salvador, el Mesías, el Señor (Lc 2, 11), y, sin embargo, su nacimiento se produce en el despojamiento y la pobreza. A los que se revela esta buena noticia son unos simples pastores[Notas 132], marginados de aquel tiempo, como los destinatarios del evangelio (Lc 4, 18). Son éstos los primeros que escucharon la buena nueva de los ángeles[Notas 133].

El nacimiento de Jesús lo entiende el P. Faustino como un gran “signo” de amor y pobreza y, a la vez, la preparación e inició de la salvación de la humanidad: el abatimiento y oscuridad del nacimiento de su divino Hijo preparó la redención del mundo[Notas 134]. Es ciertamente un misterio de pequeñez: Hacerse Dios pequeño, hacerse Dios Niño[Notas 135]que nace en el tiempo, que llora, tiene frío[Notas 136] y se siente pobre y necesitado de cuidados[Notas 137]; abajarse Dios a ser hijo de pobres. Realmente Dios confunde con pequeñas cosas[Notas 138]. No encuentra Faustino otra explicación posible que el amor: siendo rico os hicisteis pobre por mi amor! Y no contento con esto, os anonadasteis: “Se anonadó, tomando la forma de siervo”; por ti nací en un establo[Notas 139].

Faustino nos pone a Jesús como modelo de pobreza en su nacimiento. Sobre todo, por haber asumido libremente la condición existencial de “abajamiento” que llegó a su expresión suprema en la cruz. Así de breve y escuetamente resume y abarca la existencia de Jesús: nació en un pesebre y murió desnudo en una cruz[Notas 140]. Jesús vivió aceptando plenamente nuestra condición humana. Por lo mismo se sometió a nuestras debilidades y soportó igualmente nuestras enfermedades (Mt 8, 17), conoció el hambre (Mc 2, 23-26; Mt 21, 28), la sed (Jn 4, 6-7; 19, 28) y la privación (Lc 9, 58). De este modo en Belén se comienza a marcar el camino de nuestra restauración[Notas 141]: Jesús se despoja de su divinidad para enseñarnos el camino del despojo; Jesús nace pobre y entre los pobres, para enseñarnos que la verdadera riqueza no son las cosas sino las personas, no es el acumular sino el llenarse de amor; Jesús nace pequeño, para enseñarnos a no dominar a los demás o a sentirnos superiores; Jesús nace débil, para enseñarnos que en la debilidad está la fuerza de Dios; Jesús nace desarmado, para enseñarnos a tener confianza en la providencia de Dios. Por eso Belén es el Sí de Dios a los hombres. El sí de Dios al hombre pequeño, débil, pobre, caído, necesitado... Como escribió San Ambrosio: “Él se ha hecho pequeño. Él se ha hecho Niño, para que tú puedas ser hombre perfecto”.

Notas

  1. J. ESTEVEZ Y S. CALDERÓN, Faustino Míguez. Folletos “Con El”, nº 78, p. 4; POSITIO SUPER VIRTUTIBUS, Roma 1984, p. 7.
  2. HPF 149; cf. HPF 59, 64-65, 136; PE 15.
  3. HPF 123; cf. HPF 119, 149; PE 124, 183; MSC 92.
  4. HPF 53.
  5. HPF 118-119.
  6. HPF 119.
  7. HPF 17; cf. HPF 12, 36, 86, 119.
  8. PE 27; cf. MSC 123, 151 (Oculta su divinidad tras el velo de la asunta humanidad).
  9. PE 15; HPF 149, 136; MSC 139, 169, 225, 270, 280.
  10. MSC 280 (cf. 1 Jn 2, 2).
  11. MSC 92 (cf. Hb 5, 8).
  12. MSC 237 (cf. Rm 8, 32).
  13. MSC 254.
  14. Ep 124; PE 97; HPF 26, 29, 34, 37, 70, 106, etc.
  15. MSC 43, 91, 163, 179; Ep 8, 739; PE 181, 182; HPF 11, 120, 123, 147, 150-152, etc.
  16. HPF 35, 58.
  17. MSC 211.
  18. MSC 186; CF XIII, 206.
  19. MSC 132-133, 279.
  20. MSC 252, 262.
  21. MSC 131. Dios es Amor y por eso el amor es el mejor medio de conocer a Dios (cf. 1 Jn 4, 8).
  22. HPF 119, 102, 192; MSC 218, 255 (cf. Lc 12, 49).
  23. MSC 44; cf. Ep 27 (cf. Jn 14, 6).
  24. MSC 43, 73, 177; Ep 84, 124 (cf. Mt 11, 29).
  25. Cf. CATIC 459, 520.
  26. CF XII, 58; Ep 140, 141, 143; MSC 20, 29, 44, 73, 83, 100.
  27. Ep 141, 627; MSC 29, 83, 133, 196, 214; PE 28; HPF 30, 52, 65, 151.
  28. MSC 30, 73, 83; PE 125 (Ejemplar).
  29. MSC 29, 30, 42, 189, 217.
  30. Ep 27.
  31. MSC 30.
  32. MSC 140-141; cf. MSC 101 (cf. Lc 23, 5).
  33. HPF 187; cf. HPF 185, 192s.; RF XII, 17; CF IV, 134; VIII, 174; VIII, 204; III, 210; Ep 112, 172, 495, 581 etc.
  34. HPF 65.
  35. HPF 186.
  36. HPF 192.
  37. HPF 192.
  38. JUAN PABLO II, Catechesi Tradendae, Madrid, nº 9.
  39. MSC 196, 213-214, etc.
  40. Ep 124 (cf. Jn 20, 31). Los cristianos, según San Pablo, están llamados a ser imitadores de Jesucristo como hijos muy amados (HPF 159; cf. Ef 5, 1).
  41. HPF 12.
  42. Cf. CATIC 460
  43. Ep 739.
  44. HPF 130.
  45. HPF 87; cf. HPF 118-119, 134.
  46. HPF 36.
  47. HPF 58.
  48. HPF 100.
  49. HPF 149.
  50. HPF 60, 121; RF XXIII, 23; CF I, 64.
  51. CF IV, 203.
  52. HPF 149.
  53. LG 56.
  54. HPF 149.
  55. JUAN PABLO II: Redemtoris Mater, Madrid 1987, nº 13.
  56. HPF 109, 128, 149.
  57. HPF 102; CF IV, 203.
  58. PE 126, 158; RF XXIII, 23; CF I, 64; HPF 102 (El más grande rasgo de humildad: he aquí la esclava del Señor; cf. Lc 1, 38).
  59. HPF 86, 149, 120, 119.
  60. HPF 119; cf. C. POZO: María en la Obra de la Salvación, Madrid 1990, p. 6-14.
  61. JUAN PABLO II: Redemtoris Mater, nº 13.
  62. LG 60, 62.
  63. HPF 147.
  64. cf. S. FIORES: María, en NDE, Madrid 1983, p. 862.
  65. HPF 58, 120.
  66. HPF 102 (cf. Lc 1, 46-55).
  67. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 181.
  68. HPF 128.
  69. CATIC 489.
  70. HPF 103, 119.
  71. HPF 13, 128.
  72. HPF 110.
  73. HPF 123.
  74. HPF 132, 147.
  75. HPF 120, 121, 124, 147.
  76. CF pp. 49-53. Texto basado en el “Tratado de las Vírgenes” de San Ambrosio.
  77. MSC 42; cf. MSC 44 (Le aplica a María la frase de su Hijo: Aprende de mi y de mi castísimo Esposo la fiel imitación de Jesús; cf Mt 11, 20).
  78. cf. J. ALDAZABAL: María: la primera cristiana. Barcelona 1992, p. 9-13.
  79. HPF 121.
  80. HPF 120.
  81. HPF 147; cf. HPF 115, 118, 126, 146.
  82. HPF 125; cf. HPF 83, 120, 121, 123.
  83. HPF 123, 124, 101 (Mi habitación fue en la plenitud de los santos dice María en el Eclesiástico).
  84. HPF 121, 124 (María fue amada de Dios desde el primer instante de su concepción con un amor de hijo).
  85. HPF 121-122.
  86. HPF 124; cf. LG 55.
  87. HPF 123, 124-125.
  88. HPF 125.
  89. HPF 120-121.
  90. HPF 124, 121.
  91. MSC 21; HPF 69, 76, 83, 101, 120, 121, 123, 124, 142, 147; PE 24.
  92. CF XIII, 94; Ep 51, 61, 67, 70, 112, 136, 138, 143, 152, 219, 238, 239, 299, 358, 372, 384, 387, 399, 443, 501, 523, 627, 663, 664, 678, 736, 750; TE 20; MSC 94; PE 127.
  93. RF XXXIII, 32; Ep 141; HPF 17.
  94. HPF 122.
  95. HPF 121.
  96. HPF 108, 121; cf. F. COLOMER: o.c., p. 72.
  97. HPF 83.
  98. HPF 149.
  99. HPF 113.
  100. PE 24; cf. HPF 109.
  101. HPF 103.
  102. Textos de María como Virgen o Santísima Virgen: CF VII, 89; X, 101; II, 115; IX, 200; IV, 203; XVIII, 217; Ep 5, 20, 56-58, 85, 220, 226, 255, 327, 404, 423, 431, 433, 464, 473, 764; PE 84, 126, 133; MSC 111, 122, 131, 234; HPF 18, 35, 56, 58, 76, 80, 87, 108-111, 119, 122, 126, 128, 129, 139, 142.
  103. HPF 123; cf. HPF 80, 119, 122.
  104. Cf. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 192.
  105. HPF 128.
  106. HPF 18.
  107. MSC 112.
  108. PE 133.
  109. CF 50.
  110. HPF 11-12.
  111. PSV 395.
  112. HPF 12, 27, 83, 88, 101, 152; CF XIV, 87; Ep 56, 58, 255, 431, 546; TE 17-20, 27; MSC 7, 28, 43, 124, 279.
  113. HPF 36; cf. HPF 12, 16.
  114. MSC 229, 233.
  115. HPF 36, 103.
  116. HPF 151; cf. HPF 18-19, 35-36, 88, 150.
  117. HPF 103, 127, 148.
  118. CF IV, 203.
  119. Cf. LG 53.
  120. HPF 12, 16-17, 82.
  121. HPF 151. Son muchos los títulos y advocaciones que el P. Faustino menciona de María. Entre ellos está “Mediadora”, “Corredentora”, “Reina”, “Santa”, “Dispensadora de la gracia” “Abogada”...; cf. LG 62.
  122. HPF 82.
  123. HPF 41.
  124. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., pp. 186-187: “Según la concepción católica, la confianza en la mediación intercesora de María expresa de una manera especial el misterio de que Dios se sirve de determinados hombres para conducir a otros hombres a la salvación”. LG 60.
  125. HPF 149; Ep 143, 70; TE 17.
  126. Cf. LG 60-62.
  127. HPF 36.
  128. HPF 11.
  129. HPF 129; cf. HPF 18 (Copia en ti su vida.).Otras referencias al culto mariano: HPF 14-19, 32, 38-41, 75-76, 86, 88, 100-101, 108, 112-113, 115, 125-130, 139-140, 142-144, 150-151; RF XXXIV, 29; XXXIII, 32; XL, 33; CF IV, 82; VIII, 85; XIV, 87; VII, 89; XIII, 94; IV, 96; X, 101; IX, 200; XVI, 216; II, 227; V, 228; Ep 30, 56, 58, 61, 70, 74, 80, 138, 143, 146, 152, 219, 220, 255, 299, 358, 384, 390, 433, 501, 632, 735, 737; TE 17, 19, 20, 27.
  130. HPF 136; cf. HPF 121 (sentido de la genealogía de Jesús), 175 (Quiso fuese desposada su Madre y tenido su Hijo por hijo de José).
  131. HPF 103.
  132. MSC 73, 100; HPF 160.
  133. HPF 188; cf. L. BOFF: Jesucristo el Libertador, Santander 1980, p. 181: Los pastores son, desde el punto de vista teológico, los representantes de los pobres.
  134. HPF 110.
  135. Ep 124, 239, 667; HPF 160, 147; MSC 24, 100; PE 15.
  136. MSC 100, 244.
  137. HPF 103.
  138. PE 153; HPF 193.
  139. MSC 44, 177.
  140. CF 105; PE 155; HPF 160, 196.
  141. PE 15; HPF 103.