FeMaestro/IV. LA VIDA QUE NOS AGUARDA

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III. LOS SACRAMENTOS
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FeMaestro/IV. LA VIDA QUE NOS AGUARDA
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IV. LA VIDA QUE NOS AGUARDA

La fe le aportó a Faustino, desde el principio, una perspectiva de conjunto con un horizonte siempre abierto a la esperanza. “Donde hay religión, -decía Ernst Bloch- hay esperanza”. Creer en la vida eterna supuso para él elevar su mirada y consideración continuamente al cielo, nuestra patria celestial, y a lo que nos aguarda[Notas 1], sabiéndose en camino y, en consecuencia, viviendo lo de este mundo no como definitivo. Así pues la perspectiva escatológica es una constante[Notas 2], es un principio, es un anhelo[Notas 3], que le hizo desear y pregustar anticipadamente aquella realidad última[Notas 4]. En una carta a sus padres de 1857, les expone casi toda la doctrina católica sobre nuestro destino:

El ardiente amor que les profeso y encendido deseo que tengo de verlos, si no en esta vida, en la patria celestial, me mueven a recordarles que ya que estamos pisando de continuo los umbrales de la muerte, que no dista mucho de nosotros, procuremos reglar nuestra vida, como deseáremos haberlo hecho en aquella hora decisiva, para así obtener la perseverancia final, que al Sr. pido nos conceda a todos. No desechen les ruego tan buena inspiración; pues de despreciarla o acogerla con todas veras pende nuestra salvación o reprobación eterna. No intento, ni siquiera ser profeta; pero mucho nos pesará de no haberlo hecho así[Notas 5].

A lo largo de su prolongada vida, en más de una ocasión se encontró en trance de muerte y él mismo expresó reiteradamente este deseo de morir por amor a Dios[Notas 6]. Así al final de su vida, con un pie en el andén y otro en el estribo del tren de Ultratumba[Notas 7], se encomendará a las oraciones de sus hijas diciéndoles:

Permitidme os suplique que os empeñéis de modo especial con vuestra Santísima Madre la Divina Pastora, que me alcance de su Divino Hijo una verdadera contrición de mis pecados y una buena muerte y que después de ésta, no ceséis de acelerar con vuestras obras y fervientes sufragios, la más pronta purificación de mi alma para que postrado a los pies de S.D.M., a fin de darle gracias infinitas, se las pida también muy copiosas para vosotras, que así lo promete. Con el tren a la vista os bendice a todas infinitas veces Vuestro Capellán. Getafe, 29-11-1922[Notas 8].

Veamos cómo expresa Faustino las últimas afirmaciones de la profesión de fe: “Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. De este modo termina el Credo cristiano, después de la profesión de fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora, culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna[Notas 9].

1. Muerte y resurrección

El fundamento y el criterio permanente de nuestra esperanza es la resurrección de Jesucristo. Todo lo que como cristianos podemos decir sobre la resurrección a la vida eterna no es sino desarrollo y prolongación de la afirmación fundamental de nuestra fe sobre Jesucristo, su resurrección y su ascensión. Es decir, por la fe y el bautismo nos unimos a Jesucristo y a su muerte y, por esta razón, podemos esperar unirnos en el futuro a su gloriosa resurrección (cf. Rm 6, 5)[Notas 10].

1.1. La muerte, nuestro término

La muerte, en la tradición cristiana, ha sido considerada como el término de nuestra condición de peregrinos[Notas 11]: La muerte pone fin a la vida[Notas 12]. Esto quiere decir que nos señala el final de la vida terrena que no ha de volver[Notas 13] y de la que disponemos para labrar nuestra corona eterna, y así decidir nuestro destino. Por eso hemos de aprovechar cada instante que Dios nos concede de vida, como si fuera un talento que pone en nuestras manos para adquirir un grado más de gloria en el reino de los cielos[Notas 14].

En este partir de la tierra hacia su eterna emigración[Notas 15], el alma se separa del cuerpo, se desaparece de la escena de la vida. En esto consiste la muerte: en la separación del alma[Notas 16].

Basándose en la Sagrada Escritura, la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo por el pecado: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte” (Rm 5, 12)[Notas 17]. No se está refiriendo a una supuesta vida terrenal sin límites (como si Adán y Eva hubieran sido creados inmortales), sino a la experiencia dolorosa que el hombre tiene de la muerte. Esa es la muerte que no ha querido Dios, fruto del pecado y del alejamiento de Él, Sumo Bien y vida del hombre: La mata [el pecado] porque su vida consiste en la posesión de Dios; luego su muerte es su privación[Notas 18].

Pero la muerte fue transformada por Jesús. Desde él la muerte cobra un sentido positivo. El sufrió todo lo propio de nuestra condición humana, de este modo, la presencia de la muerte agotó en él las fuentes de la existencia, y la asumió en un acto de sometimiento a la voluntad del Padre y por amor a los hombres. Por su obediencia la maldición de la muerte se transformó en bendición, fue muerto por matar a nuestra muerte[Notas 19]. Esta obediencia hasta la muerte le hizo glorioso triunfador del pecado y de la muerte[Notas 20] y nos abrió a todos la posibilidad de la salvación[Notas 21]:

Por salvar á nosotros de la muerte eterna, se ofreció voluntariamente a la Justicia divina. Oblatus est quia ipse voluit. Y el Padre Eterno aceptó la oferta de buen grado y le abandonó á la furia de sus más fieros enemigos ¡No perdonó a su propio Hijo![Notas 22].

Los creyentes hemos de darle un sentido cristiano a la muerte. En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí:

Por fin el cielo desciende a la tierra, el médico al enfermo, el esposo a la esposa, Dios a la criatura, que después de una profesión de fe, le adora, le recibe, le estrecha, le abraza, le bendice y unida con su fin: Nunc dimittis, Domine, servum tuum in pace. Quid mihi est in terra[Notas 23].

Para el cristiano la muerte no es tormento, sino principio de felicidad y de eterno gozo[Notas 24]. Por eso no teme la muerte sino que la desea, pues es encuentro definitivo con Cristo (cf. Flp 1, 23):

Y no ve llegado el momento de recibirle en su pecho y exclama, como fuera de sí: Cuando venga y aparezca ante el rostro del Señor. ¿Cuándo le recibiré, y le veré, y seré todo suyo y El todo mío? Como el ciervo desea... Venid, Señor, no tardéis más[Notas 25].

La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de la muerte[Notas 26], a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de la muerte”, y a confiarnos a San José, patrono de la buena muerte[Notas 27]. Una vida de fe vivida con pleno sentido es también la mejor preparación. De ahí que recomendó tanto, y el mismo lo practicara, los petición de perdón a Dios, los actos de contrición y la frecuencia de sacramentos: La fe con las buenas obras hace feliz la vida y dichosa la muerte[Notas 28].

1.2. La venida del Señor y el juicio final

Se distingue el juicio “particular”, después de la muerte, y el juicio “final” al final de los tiempos. La religión nos enseña la espiritualidad e inmortalidad del alma, así como la obligación de dar a Dios razón de su conducta[Notas 29]. En el mismo momento en que muere el hombre, el alma se separa del cuerpo, ésta no muere pues es inmortal, comparece inmediatamente ante el tribunal de Dios[Notas 30]. Se trata de ver la propia situación o actitud ante Dios y la propia conciencia:

Llevaréis, al fin, vuestras obras ante el tribunal de Dios, que os ha de pedir a proporción de lo que os ha dado, y os recompensará según lo que hubiereis hecho[Notas 31].

Según la sentencia del juicio[Notas 32], el alma va al cielo a gozar eternamente de Dios[Notas 33], va al purgatorio, si necesita purificarse, o al infierno, en el caso que haya muerto en pecado mortal:

Mirémonos ahora inscritos todos en esas divinas manos, en esa diestra que llama y en la siniestra que aparta, en la derecha que abre el cielo y en la izquierda que precipita en el infierno; en la una que bendice y corona al justo y en la otra que maldice y reprueba al pecador, y pidamos a ese dulcísimo Jesús que no use con nosotros de la izquierda, instrumento de sus venganzas, sino de la derecha, ministro de sus misericordias[Notas 34].
Lo que sucede una vez puede suceder otra. Y sí te sucede? ¿a dónde irás? al cielo, no; porque tus obras... Luego al infierno y prosigues? Y no tiemblas? Y dilatas? Miserere anima tua. Ten lástima de ti mismo. No hallarás a Dios misericordioso quien no le temiere justo[Notas 35].

El Señor a la par que misericordioso es justo, y si bien no quiere la muerte y la perdición del pecador es muy celoso de su ley y de su voluntad[Notas 36]; y por eso premia o castiga conforme a las obras que el hombre ha realizado durante su vida terrena: Porque el infierno es la pena del desorden, como el cielo es el premio de la virtud[Notas 37]:

Oh! ¡Cómo los atraía con la esperanza del eterno premio y los aterrorizaba con el temor de los suplicios eternos! ¡Cómo los animaba con la grandeza de su misericordia![Notas 38]

Este juicio, que sucede en el momento de la muerte, es el “juicio particular”. El juez será Jesucristo, que es rey de vivos y de muertos: Nuestro Redentor y también nuestro Juez y su misericordia está templada y detenida por su justicia[Notas 39].

El juicio final será la visión del sentido de la historia humana y la consumación del reino de Dios. En la Biblia se hace numerosas referencias al juicio y retribución a cada uno y al juicio de todos los hombres en el Día de Dios[Notas 40] o “Día del Señor”. Lo decisivo en este juicio será la caridad. El juez será Jesús que vendrá para dar a cada uno según sus obras[Notas 41].

1.3. La resurrección de los cuerpos

Creer en la resurrección de los muertos es un elemento esencial de nuestra fe que no puede ser puesto en duda: Negaron los paganos la resurrección de los cuerpos[Notas 42]. Para la Iglesia primitiva la resurrección de Jesús es el fundamento seguro de su fe en la resurrección (cf. Hch 4, 1-2; 17,18-32). Según el evangelio de Juan, existe una clara vinculación entre la eucaristía y la resurrección los muertos: El que come mi carne y bebe mi sangre obtendrá la vida eterna[Notas 43].

Así pues el cristiano cree que, al igual que Cristo resucitó, también él resucitará al final del mundo. Nuestro cuerpo, transformado, resucitará para unirse con el alma y nunca más morir; la unión entre el alma y el cuerpo, cesó desde la muerte hasta la resurrección[Notas 44]. Resucitarán todos los hombres, pero no todos tendrán el mismo destino: los buenos resucitarán para la gloria eterna y los malos para eterna condenación. ¿Cuál será nuestro destino? Dios lo sabe: Si se pierden los más, porque el que peca mortalmente y no hace penitencia se condena; es de fe; así muchos PP. - S. Agustín: Se olvidan de sí en la muerte los que se olvidaron de Dios en la vida[Notas 45].

2. La Gloria eterna

2.1. Nuestra patria es el Cielo

El cielo es nuestra patria[Notas 46], porque hemos sido creados para la vida eterna[Notas 47]; esa es nuestra meta. Faustino habla de la otra vida[Notas 48], nombrándola indistintamente como “vida eterna”[Notas 49], “gloria”[Notas 50], “cielo” o Bienaventuranza eterna[Notas 51]. Todas ellas reflejan la vida feliz del más allá, una situación vital de completo gozo[Notas 52]. El creyente no debe negar la existencia del cielo sino aspirar a vivir ya aquí un preludio o gloria anticipada[Notas 53].

¿Quiénes van al cielo? Los que mueren en gracia y aquí en la tierra han seguido los pasos de Jesús:

El Eterno Padre ha dispuesto desde la eternidad que todos aquellos que deseen ser admitidos á la compañía de los santos en el cielo, han de ser en la tierra copias conformes á la imagen de su divino Hijo humanado, tipo de infinita perfección y santidad por esencia[Notas 54].
Si quieres ser santa ahora y subir al cielo después; porque sólo Él es el camino derecho del cielo; El verdadero modelo de todas las virtudes; el único medio por donde se llega seguro á la vida eterna: por eso dice de sí mismo: yo soy el Camino, la Verdad y la Vida[Notas 55].

¿Qué es el cielo? Nos lo dirá con San Pablo: las riquezas eternas que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni lengua humana puede explicar[Notas 56]. El cielo consiste en ver, amar y gozar de Dios eternamente. En el cielo veremos el rostro del Señor, ésta visión de Dios será cara a cara, por consiguiente el cielo es la unión eterna del hombre con Dios, la identificación con él por el amor:

Y no ve llegado el momento de recibirle en su pecho y exclama, como fuera de sí: Cuando venga y aparezca ante el rostro del Señor. ¿Cuándo le recibiré, y le veré, y seré todo suyo y El todo mío?[Notas 57]
Bien mío, para que así inflamado, os ame, y amándoos sea santificada de tal manera que pueda gozar del fruto de vuestra muerte, participando en la eternidad de aquel amor con que os ame el que os ve cara á cara, facie ad faciem[Notas 58].

2.2. El Purgatorio

Faustino profesa una especial estima a las almas del purgatorio. Fruto de ella es el Voto de Ánimas que hizo en 1866. Sobre él escribió el P. Vilá: “Es sin duda una prueba fehaciente de la madurez espiritual de su alma. Es una nota que repercutió en toda su vida posterior de perfección y ansias de santidad. Es un claro exponente de su ardiente devoción a María y de su preocupación por las almas del Purgatorio, que le acompañará toda su vida”[Notas 59]. Efectivamente profesó una gran fe en que estas almas podían ser ayudadas por los sufragios, oraciones, los méritos de la Iglesia, especialmente el sacrificio de la misa[Notas 60]. Pero Faustino también recibió, como él mismo cuenta, mucha ayuda de estas almas, sobre todo de la cara a la institución por él fundada:

No regateéis, por Dios os lo pido, vuestros sufragios y especial caridad a las benditas almas del purgatorio, que desde el principio de vuestro Instituto vienen siendo dignísimas acreedoras del mismo, por la gran parte que se tomaron en su defensa; y bien sabéis que favores obligan y que a quien mucho se debe y quiere, con frecuencia se recuerda[Notas 61].

El purgatorio es el estado de purificación después de la muerte[Notas 62]. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia y de Trento[Notas 63].

2.3. El Infierno

Afirma Faustino también la existencia del infierno[Notas 64] y la eternidad de sus penas: se condenan por toda la eternidad, están eternamente sepultados[Notas 65]. Menciona el texto de Jesús donde pronuncia la condenación: No te conozco...Id malditos al fuego eterno[Notas 66]. Y en otras ocasiones Jesús habla en términos parecidos. La doctrina de la Iglesia se apoya en este fundamento.

Hay culpas para el infierno[Notas 67]. Así enumera una serie de pecados que son la causa para ir al infierno: justo es también que pasen en el infierno los soberbios, los ingratos, todos los que no quisieron corresponder a vuestros beneficios y misericordias y se rieron de vuestro llamamiento y escandalizaron[Notas 68]. En definitiva, los que eligieron libremente prescindir de Dios en sus vidas[Notas 69]. Por eso las reflexiones sobre el infierno tienen la función de exhortar a tomar una decisión. El infierno es una posibilidad real, juntamente con el ofrecimiento de la conversión y de la vida eterna[Notas 70]. Ni en la Sagrada Escritura ni en la Tradición de la Iglesia se dice con seguridad que ningún hombre esté de hecho en el infierno. El infierno debe recordarnos la seriedad y la dignidad de la libertad humana, que ha de elegir entre la vida y la muerte. Dios respeta la libertad del hombre y a nadie impone su compañía bienaventurada[Notas 71].

Para expresar el horror tan grande del infierno utiliza una serie de imágenes ya clásicas en la actualidad: fuego abrasador, tormentos y dolores, rugidos, crujidos[Notas 72]. Se lo imagina como una especie de calabozo; habla incluso de las puertas del infierno... Define el infierno como pena del desorden[Notas 73]. En la plática que tiene sobre el infierno explica las tres penas del infierno: pena de daño, privación de Dios; Pena de infamia, Verse excluido de la gloría por faltas propias y reprendido de Jesucristo; Pena del lugar, Sentina de todos los males, donde reina un horror eterno[Notas 74].

Lo mismo que Faustino mencionaba la posibilidad de vivir anticipadamente el cielo, también apunta esto respecto al infierno. Éste se puede empezar a vivir en esta vida[Notas 75].

2.4. La más alegre esperanza

La esperanza cristiana es alegre[Notas 76]. Ésta se inició en el paraíso, entre un claro oscuro de pecado y gracia, amistad de Dios y lejanía de él y llegará a su plenitud al final de los tiempos[Notas 77]: ¿No lo es ese “final” que aguarda a la humanidad y al mundo entero: “el cielo nuevo y la tierra nueva”? (cf. P 3, 13; Ap 21, 1). En el “libro de Isaías se encuentra esa gran palabra que anuncia más completamente la consumación, consumación que en ningún caso debe entenderse como divorciada del mundo, enemiga de la materia, despreciativa del cuerpo, sino más bien como ‘nueva creación’ -sea por transformación o nueva configuración del viejo mundo-, es decir, como ‘nueva tierra y nuevo cielo’ y, en consecuencia, como la patria que nos hace felices: «Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva; de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría por lo que voy a crear» (Is 65, 17s.)[Notas 78].

“No obstante la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un esbozo del siglo nuevo... Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal”[Notas 79].

3. Encaminar al cielo

Después de estas reflexiones cobran un nuevo sentido estas palabras de Faustino, expresando cuál es objeto de la Institución por él fundada:

Recabar y conducir almas al cielo en alas de la caridad, con celo apostólico, abnegación sin límites, ni otro móvil que la gloria de Dios y la salvación propia y ajena, es el objeto de las hijas de la Divina Pastora[Notas 80].
Probar con los hechos que en los de la Divina Pastora se reporta una evidente ventaja temporal, capaz de estimular á los padres á que les confíen sus hijas para encaminarlas al cielo, por deformes que lleguen e inclinadas á la tierra[Notas 81].

Tan dentro tenía Faustino estas realidades últimas, -como dijimos es una constante en su vida-, que lo refleja en la nueva institución para que ésta a través de la enseñanza dé ese verdadero sentido a la vida del hombre y renueve la sociedad desde su misma base. De aquí brota su gran celo apostólico, su exhortación continua a ganar almas, atraerlas al redil de la Iglesia para conducirlas por un camino de salvación[Notas 82]. Conducir almas al cielo es encaminarlas a Dios, pues el cielo es Dios mismo[Notas 83].

El cielo es el latir de su corazón[Notas 84], lo que desea entrañablemente a sus padres, a sus amigos y conocidos, a sus hijas queridas, a quienes espera ver en el cielo: ¡Plegue a Dios os vea a todas en el cielo![Notas 85]

Terminemos con el texto que nos ha servido para dar estructura a este trabajo. Es una de sus pláticas, precisamente sobre este apartado que estamos tratando. Está dirigida a sus hermanos escolapios[Notas 86], y quién sabe si no vivió de este modo sus últimos momentos:

Los justos me esperan, los ángeles me aguardan, la Virgen me llama, mi padre José Calasanz me abre los brazos, todos mis hermanos me felicitan, venid, venid. Y a las palabras del que le recomienda: Proficiscere, ánima cristiana de hoc mundo. En el nombre del Padre que te crió y del Hijo que te redimió y del Espíritu Santo que te santificó. Vuela gozosa al seno...[Notas 87]

El Señor le concedió lo que siempre le había pedido: la gracia del martirio que fue un morir día a día por su amor en el servicio a la humanidad que implica el don de la perseverancia final[Notas 88]. Porque se mantuvo fiel hasta la muerte, Dios le dio la corona de la vida (cf. Ap 2, 10), que la Iglesia reconocerá el 25 de Octubre de 1998. ¡Dios sea bendito por todo cuanto... ha pasado![Notas 89]

Notas

  1. PE 196; cf. RF 5 (consideración de los novísimos); Ep 3, 139; HPF 16, 17, 40.
  2. A cualquier acontecimiento le daba un sentido trascendente, conectándolo con lo que es definitivo. Como por ejemplo se expresa en la siguiente carta a una joven: Que esa satisfacción pasajera que has tenido en salir bien de los exámenes y recibir ese Diploma, te anime a vivir y trabajar de manera que puedas salir perfectamente del examen que has de sufrir en el tribunal de Dios y recibir la corona de gloria que nadie te podrá quitar por toda la eternidad (Ep 29; cf. Ep 25; PE 194s).
  3. En varias cartas de los primeros años como escolapio, expresa la finalidad de su vida religiosa. El tono de la expresión corresponde al contexto de denuncia en que está escrita: No vine a la Religión para labrar mi dicha Eterna con miramientos mal entendidos, ni siguiendo el lema favorito de ¡Vivamos! Que con tanto énfasis pronuncian otros (PSV 58); sino para trabajar por los demás y salvar su alma a toda costa (PSV 79).
  4. Harán todas las cosas sólo por Dios, en su presencia y deseando darle por cada una toda la honra y gloria que se merece, para hacerse de esta vida una gloria anticipada (RF XXXIII, 28; cf. CF V, 85; PE 196; Ep 30, 58, 107, 109, 154; HPF 158, 163).
  5. Ep 3; cf. PE 194.
  6. Ep 452. En sus cartas aparece con mucha frecuencia esta posibilidad de morir pronto (Ep 190, 201, 261, 241, 284, 310, 354, 403, etc).
  7. TE 15; Ep 202.
  8. TE 27; cf. Ep 746.
  9. CATIC 988.
  10. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 441.
  11. PE 118; cf. HPF 198 (Somos huéspedes que estamos de paso para el cielo; Mientras vivimos en el mundo, peregrinamos al Señor); 44; cf. Hb 13,14; 2 Co 5.
  12. PE 175; Ep 3, 8, 50, 58, 60, 90, 107, 135, 139, 182, 220, 238, 239, 682 (La muerte es el descanso eterno); 737; HPF 44 (La muerte es la noche de la vida).
  13. Ep 764 (Es un viaje sin vuelta).
  14. Corona es sinónimo de recompensa y retribución. Se trata de la corona de gloria que Dios da al final de la vida (Ep 20, 25, 29, 50, 67, 82, 86, 132, 139, 239, 255, 417, 502; CF XIII-XIV, 161; I, 176; TE 16; HPF 161).
  15. HPF 80; cf. HPF 23.
  16. PE 65, 67, 171; HPF 96.
  17. PE 71; cf. HPF 148.
  18. PE 66; cf. PE 171, 183; HPF 137.
  19. HPF 63.
  20. CF IV, 159; PE 159; Ep 495, 709; MSC 93, 262 (cf. Flp 2, 8).
  21. MSC 160: De tal manera que pueda gozar del fruto de vuestra muerte...
  22. MSC 237.
  23. PE 171-172.
  24. MSC 264.
  25. PE 171-172; Ep 119, 141. En la carta nº 5, que recoge su experiencia de verse ante la muerte, refleja Faustino su postura: Pronto seré víctima y muy gustoso, como soldado que quiero morir al pie del cañón.
  26. Ep 50, 107, 139, 182, 250 (Que en la última hora de la vida reconozca la más vivas influencias del divino Amor para arrepentirse de sus culpas y morir en gracia), 255, 354; cf.; MSC 242, 263; HPF 73 (Si teméis la muerte, es la vida; si deseáis el cielo, es el camino).
  27. Consagración a la Divina Pastora, probablemente compuesta por Faustino: “Te ofrezco... en especial mi muerte, con todo lo que le acompañe”. Ep 209; CATIC 1014.
  28. PE 49.
  29. PE 175; cf. Ep 107, 108, 133, 225, 694, 705; CF VI, 149; VIII, 150; II, 185; TE 25.
  30. Ep 29, 107, 143; TE 16.
  31. Ep 107; HPF 166.
  32. PE 127, 140, 169, 175; HPF 66.
  33. PE 45.
  34. HPF 71-72.
  35. PE 34-35; cf. PE 39, 98, 177-178.
  36. HPF 137.
  37. PE 170; cf. CF IX, 72.
  38. MSC 141; cf. HPF 88; Ep 675 (Entra en la gloria por el tamiz de la Divina Justicia).
  39. HPF 150; MSC 130.
  40. HPF 66.
  41. PE 27.
  42. HPF 76; MSC 186 (Jesús mío, completad la obra comenzada y haced que yo conozca de una vez mi miseria, y desconfiando de mí misma, sólo confíe en Vos, que sois mi Dios. No confiando en mí sino en Dios, que resucita a los muertos); NHN 20 (¿Y qué debéis á un cuerpo que resucitará un día aún más perfecto? - Honrarlo con una conducta intachable ¿Y para qué? -Para que resucite semejante al de nuestro Salvador). CATIC 991.
  43. MSC 152 (cf. Jn 6, 54).
  44. PE 146.
  45. PE 39; cf. PE 12-13, 65, 71, 75, 133, 140, 169, 178; MSC 162, 227, 228; HPF 105.
  46. Ep 139; cf. Ep 306 (Que la bendición de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotras, permanezca siempre y os preserve del pecado en esta vida y abra las puertas del cielo); HPF 169 (Puerto), 198 (El que anda lejos de su patria desea volver a ella... Desterrados en este mundo, debemos desear volver al cielo); NHN 20 (anhelada patria).
  47. MSC 5: Un Dios que, después de haberte creado á su imagen, para hacerte gozar eternamente de su gloria en el cielo.
  48. Ep 5; PE 189; HPF 163; NFT 22.
  49. Ep 5, 19, 23, 25, 34, 29, 30, 50, 143, 238, 310, 322, 502, 746; TE 16; MSC 44; PE 30, 45, 66, 189; HPF 39, 53, 55, 61, 73, 168, etc.
  50. Ep 19, 23, 58, 67, 70, 91, 107, 132, 139, 140, 143, 154, 183, 209, 221, 226, 227; HPF 17; MSC 280, etc.
  51. MSC 205; Ep 14, 20, 30, 34, 45, 55, 62, 70, 89, 107, 109, 137, 139, 140, 143, 144, 153, 220, 221, 255, 306.
  52. Ep 3, 139, 523, 664, 760; RF pp. 8-9; CF 81; XIII, 161; PE 45; HPF 69, etc.
  53. HPF 76; PE 196; RF pp. 8-9; XXXIII, 28-29; CF 85. V; TE 19 (antesala del cielo).
  54. MSC 30; cf. MSC 189; Ep 14, 20, 62; PE 30, 99 (Habla de escalones para ir al cielo; subirlos es ya un modo de asegurar el cielo).
  55. MSC 44 (cf. Jn 14, 6); cf. Ep 140 (Nadie entrará en el cielo que no fuese hallado conforme a J. C. que es nuestro modelo. Es, pues, indispensable parecerse a J. C. en el espíritu, en el corazón y en la lengua; y juzgar de todas las cosas como El juzgó, y despreciar lo que El despreció y estimar lo que El estimó); MSC 280 (No Queráis turbaros; pues voy a preparar vuestros asientos en el cielo; cf. Jn 14, 1-2); HPF 73 (Si deseáis el cielo, es el camino).
  56. PE 171-172 (cf. 1 Co, 2, 9); cf. HPF 53, 73 (Subiréis jubilosos a las mansiones eternas, y entraréis triunfantes en el celeste capitolio, donde tendréis gozo sin aflicción, salud sin dolor, luz sin tinieblas, descanso sin trabajo, y honor sin ignominia y abundancia sin falta, y vida sin muerte y gloria sin término).
  57. PE 171.
  58. MSC 160 (cf. 1 Co 13, 12).
  59. PSV 46; Ep 8.
  60. Un tercio de la venta de los específicos estaba destinado a misas de difuntos.
  61. TE 26-27; cf. Ep 15, 209, 250, 393, 480; CF XVI, 98; PE 40, 75, 86, 93.
  62. TE 27: No ceséis de acelerar con vuestras obras y fervientes sufragios, la más pronta purificación de mi alma para que postrado a los pies de S.D.M., a fin de darle gracias infinitas...
  63. CATIC 1031; cf. DS 1304, 1820, 1580; HPF 76 (Negaron los Luteranos el purgatorio).
  64. Ep 45, 65, 70, 109, 135, 143, 242, 249, 255; PE 39, 40, 41, 83, 98; HPF 13, 42, 69, 71, 76 (Esos impíos rechazan el infierno), 135, 137, 152, 160, 162; NHN 75; etc.
  65. PE 71, 181, 182; Ep 70, 255 (En el infierno no hay redención); NHN 75.
  66. PE 170, 184 (cf. Mt 25,12. 41).
  67. Los que mueren en pecado mortal van al infierno. PE 39: Si se pierden los más, porque el que peca mortalmente y no hace penitencia se condena.
  68. PE 178.
  69. PE 181-182 (¡No quise la bendición, y se apartó de mí! Amé la maldición y vino sobre mí la eterna! Rehusé oír los consejos de vida y de salud, y oigo ahora, su eco eterno! Deprecié a los que me los daban, y ahora los envidio. De todo me reía, y ahora todo me atormenta...); HPF 135 (En vista de esto qué recurso queda al pecador, uno solo, y es elegir entre estas dos cosas: Penitencia o infierno).
  70. HPF 104.
  71. Cf. CONFERENCIA EPISC. ALEMANA: Catecismo..., p. 467.
  72. PE 178, 182, 183, 184; HPF 69, 93, 137 (pues oíd y temblad; un eterno suplicio en el que el pecador jamás expiará su crimen, un fuego abrasador que devorará sus entrañas sin consumirlas, tormentos que durarán por toda una eternidad).
  73. PE 170. Hay una similitud grande entre la descripción del infierno y la que hace del alma que peca mortalmente: el pecado mortal es tan horrible... (HPF 22; PE 65-71).
  74. PE 184; Ep 109, 135, 143, 221.
  75. Ep 189.
  76. MSC 222. Este es el espíritu que Faustino refleja a través del Ladrón moribundo.
  77. HPF 110; HPF 28, 94 (El reino... alcanza más allá del dominio de los tiempos, y a pesar de todas las tempestades, que el infierno levanta en contra suya, siempre triunfante de sus enemigos, llena fielmente su destino sobre la tierra).
  78. H. KÜNG: ¿Vida Eterna?, Madrid 1983, p. 356.
  79. GS 39.
  80. RF I, 11.
  81. RF 7.
  82. CF XIV, 206; II, 210; TE 18-19; Ep 25 (La pasajera satisfacción que sientes y has proporcionado a tus padres... debe estimularte a conducirte siempre de manera que logres al fin aquella que no ha de tener fin por toda la eternidad).
  83. BF 45.
  84. CF V, 71 (Caminarán con rostro humillado, con los ojos en tierra y el corazón en el cielo); cf. RF XXVI, 26.
  85. Ep 667; cf. Ep 5, 19, 23, 25, 34, 29, 30, 322, etc.
  86. En una de sus cartas expresó el deseo de “morir en el colegio”, junto a sus hermanos de congregación y junto a los chavales que tanto amaba: Aunque en todas partes se puede estirar la pata, quisiera no fuese fuera del Colegio, por si Dios me concediera la gracia de recibir entre mis Hermanos todos los Sacramentos. Así se lo pido y espero me lo conceda por sola su misericordia (Ep 691).
  87. PE 172.
  88. Ep 42, 452, 764.
  89. Ep 100.