HablaPadreFundador/CONFERENCIA A LOS PADRES Y JOVENES

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ET NOMEN VIRGINIS, MARIA
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SENTENCIAS ESPIRITUALES
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CONFERENCIA A LOS PADRES Y JOVENES

Con toda probabilidad fue pronunciada por nuestro Padre en S. Pedro de Cardeña (Burgos) a los profesores y jóvenes religiosos que iniciaban el Curso de Física en el año 1889. Sabíamos por algún testigo del Proceso Diocesano de Madrid, que alguna vez había estado en la Casa Central de estudios de Irache (Navarra); no teníamos constancia de que hubiera estado en Cardeña; pero el haberse iniciado ese año el estudio de la Física en aquel famoso Cenobio y el llevar el cuadernillo en que está escrita el sello impostado de la ciudad de Burgos disipa toda duda.
Ilustre y respetable Comunidad:

Jóvenes caros: me abstendría yo ciertamente de dirigimos mi tosco e inculto acento si las circunstancias no fuesen tales que me precisan a ello. La solemne inauguración del curso, empezar en este Establecimiento la enseñanza de la ciencia de Arquímedes y Newton, el estar presentes los alumnos que por primera vez pisan los umbrales de la Filosofía, estos son los motivos que me impelen. Pero acaso creeréis que os he de hablar de las prerrogativas y excelencia de la verdadera Filosofía, exponiendo que ésta se halla muy lejos de eso que los modernos llaman también Filosofía, de esta Filosofía atea que pretende demoler el trono y el altar, que no respeta institución de ninguna clase, que trata de destruir hasta la misma sociedad. Nada menos que eso. Pues además de no ser esta ocasión a propósito, requiere esta empresa más erudición que la que a mí me adorna, y exige una elocuencia muy superior a mis fuerzas. Mi ánimo no es otro al presente que hacer una breve reseña de la filosofía natural o sea de la Física, manifestar su origen y progreso hasta nuestros días.

El hombre es naturalmente observador, examina desde el principio una multitud de fenómenos que le rodean, mas no es dado a su inteligencia elevarse inmediatamente al conocimiento de las causas y de las leyes de que dependen esos mismos fenómenos. Siguiendo la historia del espíritu humano a través de los siglos y corriendo el velo de la antigüedad, que cubre nuestra vista, se nos presentan las ideas singulares y a veces extravagantes que los hombres han formado sucesivamente sobre las propiedades de los cuerpos, los elementos que los constituyen, sobre los principios y causas que agitan y mueven la materia, y mantienen al mundo en equilibrio. ¡Qué confusión de hipótesis y de errores en medio de unas pocas verdades! No hay absurdo, no hay desatino que no lo veamos enseñado en la antigüedad. Esto proviene de que se explicaban las leyes de la naturaleza, no cuales ellas son en realidad sino según las concebía el capricho y la arbitrariedad. Los filósofos en el silencio de su estudio forjaban el mundo a su modo y desdeñándose preguntar a la naturaleza, observándola en sus fenómenos, se contentaban con proponer bellas y relumbrantes teorías, mejor poéticas que expositivas, en las cuales se echa de ver mucho de invención y apariencia y poco o nada de realidad. Este abuso se corrigió con otro a la vez no menos absurdo, se desterró completamente toda teoría, y llegó tiempo en que no se admitiera más que los pura y simplemente experimentos. Sin embargo, si se consideran los resultados, hemos de concluir que esta mudanza fue un gran paso para los adelantos físicos. Se reunió una colección de hechos y experimentos curiosos, inconexos en la realidad, sólo faltaba formar con ellos, un plan de doctrina, darles nueva forma y reducirlos a unidad, valiéndose no tanto de halagüeñas teorías como de la observación y la experiencia, más esto era obra de mucho tiempo y estaba reservada a un genio grande, a un genio creador dar este extraordinario impulso a la filosofía de la naturaleza. Empédocles, Platón, Aristóteles y Arquitas, en el siglo IV antes de Jesucristo redujeron la Física a una colección de juguetes y pueriles entretenimientos. Aristóxeno y Pitágoras en tono magistral enseñaron los mayores disparates, que pasma cómo en inteligencia humana cupiesen tales absurdos; sus discípulos, siguiendo las lecciones del maestro como de un Mentor, explicaron los hechos de una manera tan confusa que justamente llama Walis a las doctrinas Pitagóricas, misterios de la Física. Pero a esta época de tinieblas y oscuridad había de seguir por precisión la era de las luces y de esplendor de la Física. Ya aparece sobre el horizonte científico el gran Arquímedes, la antorcha luminosa de las ciencias exactas, el destinado por la providencia como afirma Pappo, para sentar y afirmar los cimientos de todas ellas. Prodigioso es el número de máquinas que nos ha legado y con dificultad se encontrará en la sucesión de los siglos otro Arquímedes; desde luego podemos asegurar que fue uno de los más grandes ingenios que se han visto. La determinación del centro de gravedad, el movimiento curvilíneo, tornillo sin fin, polipastos, espiral inclinada y otra multitud de ellas de que la historia no nos ha traído más que los nombres sin que nos sea dado encontrar la descripción. Etesibeo, Herón y Filón siguieron las instrucciones de Arquímedes y enriquecieron la ciencia con nuevos inventos dando nuevo giro a su estudio y multiplicando las aplicaciones por lo que tanto les debe la industria de su siglo. Este es el estado de la ciencia cuando aparece el cristianismo, las disputas de religión suceden a las filosóficas y los sabios emplean todo su conato y empeño, unos en impugnar la fe del Crucificado, otros en defenderla y de aquí nace que vengan a olvidarse hasta los principios de la Física; no parece sino que la naturaleza quiso entonces descansar. Siguió este deplorable abandono hasta el siglo Xlll, en que parece quiso despertar de tan profundo letargo, y se comenzó por comentar las cuestiones mecánicas de Aristóteles, añadiendo a sus oscuros razonamientos, otros que lo eran más; entonces apareció la explicación tan peregrina del movimiento de los cuerpos, suponiendo que eran impelidos por el aire que ocupa los lugares que corren sucesivamente y atribuyendo no sé qué propiedad oculta de moverse a la materia. Nemprario y Jordán defendió los más extraños errores sobre el equilibrio. En el siglo XVI, Galileo hizo mudar enteramente de aspecto la ciencia enriqueciéndola con sus descubrimientos y la colocó a una altura que nunca hubiera conseguido. Él fue el primero que enseñó que la subida de los líquidos en las bombas era debido a la falta de aire, principio que por entonces se tuvo por absurdo, pues se creía que era el efecto del horror que la naturaleza tiene al vacío, horror que no es otra cosa que una invención de la ignorancia. Más adelante Torricelli, discípulo de Galileo, demostró el principio de su maestro y determinó las leyes a que están sujetos los diferentes líquidos al elevarse en el vacío. Siendo después Galileo Profesor de la Universidad de Pisa, sostuvo y demostró contra el sentir de todos los demás Profesores que lo que enseña Aristóteles, que la velocidad de los cuerpos eran proporcionales a su peso, es un grave error, y dejó confundidos a presencia de toda Pisa a sus compañeros haciendo caer desde una elevación considerable varias esferas de diferentes sustancias y que todas cayeron a la vez. A los trabajos de Galileo siguieron luego los de Descartes, Fabri, Burelli, Mariotte, Picand y otros, que ilustraron este ramo lo más que les fue posible. Más no había llegado aún la Física a su apogeo, grandes son y muchos merecieron los nombres que se acaban de citar; pero estaba reservado a otro genio superior elevarla hasta la cúspide. Ya se presenta en el campo del saber el gran Newton que con razón es llamado el Padre de la Física moderna. El hace desaparecer todas las puerilidades, no se contenta con las teorías estériles ni tampoco con infructuosos experimentos, busca las aplicaciones, las encuentra y eleva la ciencia hasta donde nadie hubiera creído pudiera nunca llegar. Llamó la atención de Europa entera sobre la importancia de la Física y desde él datan las maravillosas aplicaciones que tanto aún causan admiración en nuestros días. Ya no se disputa sobre los efectos del aire y de la atmósfera, sobre el equilibrio de las aguas alrededor de la tierra, sobre los efectos del calor y de la luz, sobre la causa del rayo, su esencia y efectos, ésas son cosas ya vulgares en estos tiempos. Trátase, sí, de reformar la sociedad, de establecer una nueva civilización; a eso tienden esas comunicaciones tan rápidas que asombran, la trasmisión del pensamiento a los parajes más remotos por medios puramente mecánicos. Bajo este punto de vista debemos considerar la Física en el siglo XIX. Este es el lugar donde la han colocado las observaciones del Volta, Bumen, Wolaston, Savast, Belioni, Biot y otros mil que sería muy prolijo enumerar. Cotejemos la industria de nuestro siglo con la de los anteriores y nos convenceremos de la distancia casi inmensa que los separa, observando de paso que aquellas naciones que más han cultivado las ciencias exactas son tanto más industriosas y de este modo nos persuadiremos de que los adelantos en tales ciencias son la mejor señal del grado de cultura y civilización de un país.

Notas