HablaPadreFundador/CONFERENCIA SOBRE LA CONCIENCIA

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CONFERENCIA SOBRE LA CONCIENCIA

Era costumbre inveterada y preceptuada por los cánones y Reglas que cada mes o semana se tuvieran en Comunidad algunas conferencias de moral, liturgia y casos de conciencia. Todos hemos tenido que afrontar varias veces esas obligaciones y sin duda el P. Míguez, como los demás religiosos, se vio precisado a repasar la moral o las rúbricas para cumplir ese cometido. No tenían mérito especial esas disertaciones, sino salir airoso del compromiso. Hemos encontrado esta del Siervo de Dios, que es el único de estos trabajos que están firmados, y presentamos más como una colaboración a la vida comunitaria, que como mérito especial.
Da impresión de que corresponde a los primeros años de su vida sacerdotal, por la grafía.

Conciencia filosóficamente hablando es esa función por la cual el hombre se conoce por sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que experimenta.

Dicha función sirve respecto del hombre por el estilo que la percepción externa (sic) respecto de lo que le rodea; es por lo tanto una especie de sentido no corporal, un sentido interno; por eso se denomina sentido íntimo y se llama conciencia, del latín CUM sciencia, porque en realidad el percibiese el alma a sí mismo, es saber consigo, es scire secum, valdreme de la expresión del día, es ser consciente.

Siendo la conciencia esa capacidad que tiene el hombre de conocerse a sí mismo en todas sus modificaciones o en todos los fenómenos de que es teatro y no pudiendo los de la conciencia pertenecer más que pertenecer a uno u otro de los tres géneros: afectivo, intelectual o volitivo, es verdad que sus operaciones han de ser o efectivas o intelectuales o volitivas; porque el alma solamente puede percibiese o sintiendo o conociendo o queriendo.

Como quiera la conciencia en la primera edad es un estado concreto, en que el hombre no se distingue con claridad de sus operaciones, entonces y posteriormente, siempre que el hombre no aparece distinto de sus modificaciones, la conciencia se llama directa o inmediata, que en nada contribuye a la moralidad subjetiva de sus acciones; todavía no se ha orientado (?), el hombre de lo que es, de su misión sobre la tierra, aún no ha llegado al uso de razón.

Empero, andando el tiempo y una edad que varía según los individuos y las circunstancias, entra en un segundo momento de desarrollo y de simple capacidad pasa a facultad, de directa a refleja; entonces el hombre empieza a distinguirse de sus modificaciones entra en sí o se pone sobre sí, como se dice vulgarmente, asoma la edad de la razón, la edad de la reflexión, orientase el hombre de lo que es y cuál es su misión sobre la tierra, y sus acciones empiezan a adquirir un carácter moral o inmoral, según su conformidad o contrariedad a las leyes.

Entonces la conciencia se convierte en foco de todas las demás capacidades, en elemento esencial y condición subjetiva invariable del ejercicio de todas las funciones: desde entonces y por la conciencia el hombre es hombre y se distingue de todo lo que no es el hombre y empieza a llevar una vida moral; pues resultado necesario de la conciencia es su libertad moral, es libre porque tiene conciencia de sus actos; mejor, es consciente porque debe ser libre.

La conciencia es pues el fundamento inmediato de la moralidad y del derecho, es la regia próxima de las buenas acciones, la norma con que debemos apreciar las cuales y el medio por donde aprendemos a discernir el bien de¡ mal, lo justo de lo injusto y lo lícito de lo ilícito, viene a ser yes la conciencia, en expresión del Dr. Angélico la medida de la moralidad de las acciones: «ratio humana est regula voluntatis humanae ex qua ejus bonitas mensuratur y más explícito» «actus humanus judicatur virtuosus ve¡ vitiosus secundum bonum aprehensum, in quo voluntas fertur, et secundum materiale objectum actus». Así, pues, la conciencia, moralmente hablando, nos dicta en todas las circunstancias lo que debemos hacer u omitir, por eso puede definirse: dictamen rationis, quó judicamus quid, hic et nunc, agendum vel fugiendum; o como Sto. Tomás: judicium intelectos applicans vel determinaras principia universalia practica ad opus singulare proprium, y más breve: dictamen rationis applicatum ad opus.

La conciencia nos trae a la vista las obras, ora buenas ora malas, alabándonos por unas y arguyéndonos por otras; díctanos también el mal que hicimos y el bien que omitimos, remordiéndonos por lo 1º y acusándonos por lo segundo.

Unas veces, nos indica lo que debemos hacer y se llama antecedente; otras, nos acusa, remuerde o alaba por el hecho, y se dice consiguiente; cuando manda o veda una cosa, se denomina preceptiva o consiliativa; si la aconseja, y cuando la juzga indiferente, permisivo; si dicta las cosas como son en sí se apellida recta o buena, y errónea, falsa o mala cuando hace lo contrario.

Esta si no despierta en el corazón del hombre duda alguna ni apariencia o peligro de error, toma el epíteto de invencible y obrando según ella no se comentará pecado, según la opinión más común, adelantando a decir alguno? que otro que se contraerá mérito y se nombra invencible, cuando va acompañada de duda, sospecha o error, pero sin esfuerzo alguno de parte de¡ hombre que así se halla advertido del peligro para sentir sus dudas y encontrar la verdad. El que así obra peca siempre, pues no puede menos de hacerlo en contravención de la ley (?) o a lo menos de su conciencia.

Cuando el hombre se cree equivocadamente obligado a dos deberes opuestos como a no declarar en falso ante la justicia o a salvar la vida del prójimo, se dice que obra con conciencia perpleja. Lo primero que en semejante caso debe hacer es consultar, si puede a quien le desengañe, si esto no pudiere, elegir el mal menor posponiendo siempre los preceptos positivos a los naturales; y si aún no sabe discernir cuál es el menor mal, seguir cualquiera sin temor de pecar, pues le falta la libertad necesaria al efecto.

Por último dícese escrupulosa una conciencia, cuando sin justo motivo y con vana aprensión teme cometer pecado do no puede haberío. El indicar los medios de curar este tormento de algunas almas es más propio de los prácticos en el confesonario que de otro alguno; diré no obstante algo de lo que haría, puesto en su lugar.

Prescindiendo de la oración y otros mil antídotos tanto más recomendables cuanto más sagrados: el exigir del escrupuloso una absoluta obediencia me parece el único verdadero y más eficaz medio para subvenir a sus necesidades y el más aconsejado por S. Bernardo, S. Antonino, S. Fco. de Sales, S. Juan de la Cruz y S. Felipe Neri, quien dijo más de una vez: El que obedece a su confesor está seguro de no tener que responder de sus acciones delante de Dios, advirtiendo que si el penitente se niega a ello manifiesta que no es escrúpulo lo que tiene sino la más refinada soberbia u orgullo cuando menos, y una incredulidad harto reprensible, según se expresa S. Juan de la Cruz con estas palabras: el no sujetarse a lo que el confesor previene prueba sobra de orgullo y falta de fe.

Si el escrúpulo que aqueja al penitente proviene de sus confesiones pasadas y advierte el confesor que es infundado, debe prohibirle volver a ello, desplegando la mayor energía para hacerse obedecer; de lo contrario, nada progresará el pecador en la vida espiritual, amenazándole la demencia, desesperación o cuando menos abatimiento; pero si nota que sus confesiones fueron inexactas por haber omitido alguno o algunos pecados mortales, debe precisarle a que haga una buena (general) para no permitirle después volver a las andadas y tener ya un punto en que apoyarse, si impertinente insistiera en su demanda.

A veces cree el escrupuloso pecados cuantos pensamientos le ocurren; en tal caso se le debe prohibir el confesarlos, pues personas timoratas, cuando manifiestamente no han cometido pecado mortal, tampoco venial, según opinan varios Doctores, porque el pecado mortal es de suyo tan horrible que no puede ocultarse en un alma temerosa de Dios, sin dar manifiestas pruebas de su presencia.

Encuéntranse algunos que consideran pecados todas sus acciones: aquí los esfuerzos del confesor en obligarle a obrar libremente y sobreponerse esforzado a todos sus escrúpulos, mientras no vea manifiesta su malicia; pues este temor excesivo de un espíritu escrupuloso, respecto a ciertas acciones, que nada tienen de reprensible, en realidad no es dictado por la conciencia, al menos cabal, sino por un vano temor y puro escrúpulo; de suerte que no combate a su conciencia sino a este vano temor, que de orden de su confesor está en el deber de rechazar.

A esto se reduce esencialmente hablando el punto señalado para este día y extraído (sic) de la rutina moralista, cuyos casos y dudas resolveré, si me fueren propuestos, según alcance mi insuficiencia. He dicho.

Faustino Míguez de la E.

Notas