HablaPadreFundador/DÍA DE SAN ANTONIO DE PADUA

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MISA NUEVA DEL P. EUSTAQUIO HERNÁNDEZ
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EST ENIM IN ILLA SPIRITUS OMNEM HABENS VIRTUTEM...
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DÍA DE SAN ANTONIO DE PADUA

No nos es posible formarnos una conjetura racional del lugar dónde pronunció este panegírico del Santo popular, a quien llama español sin duda por la unidad geográfica y el destino de toda la península, a quién desde la más remota antigüedad ya Avieno Strabón y Ptolomeo llaman Hesperia, Ispania o Iberia. Un santo tan popular y venerado no podía quedar sin las alabanzas y loores de nuestro P. Faustino.

Zelus domus tuae, comedit me Ps 68, 10.

El celo de tu casa me devora (Ut supra).

La memoria del justo se renueva diariamente colmada de bendiciones, pasa de generación en generación y se trasmite como de mano en mano, de padres a hijos y la obscuridad de los tiempos a pesar de la eficacia de su influjo destructor es impotente para ofuscaría, cuanto menos destruirla. Dios y los hombres encuentran su singular placer, una satisfacción grande en que la vida del justo no pase desapercibida, y en que sus hechos aparezcan llenos de esplendor y de gloria: su heroísmo y su piedad no se encuentran grabados en acero, ni esculpidos en bronce, pero se hallan estampados en los corazones, y ora la gratitud por los beneficios recibidos, ora la admiración por lo grandioso de las hazañas ponen sobre la vida de los santos un sello indeleble, sello que la hace atravesar ilesa generaciones sin cuento, sin que las más espinosas circunstancias sean capaces de disminuir la veneración santa, el acatamiento reverente con que los pueblos las recuerdan. En nada se parecen a esos seres que el mundo apellida sus héroes, que pasan extendiendo por doquiera el horror y la desolación: su marcha parecidas la del rayo no deja en pos de sí otras señales que el luto y la desesperación y su huella está marcada también con caracteres indelebles, pues no son otra cosa los montones de ruinas aglomeradas sobre las cuales está fundada su grandeza y heroísmo. Su memoria dura también siglos sin fin, pero cubierta con el negro velo de la execración pública, de la aversión universal; la multitud de víctimas sacrificadas a su orgullo o quizá a una pasión vergonzosa deponen continuamente contra el tirano, que las inmola y que falsamente es apellidado héroe conviniéndole mejor el calificativo de monstruo. La sangre que derramaran a torrentes para satisfacer su ambición y establecer sus dominios baña completamente todas sus acciones y cubre de eterno baldón las mejores cualidades, las más relevantes prendas; y esos seres tan funestos a la humanidad son detestados por todos sus semejantes, apenas desaparecen de la escena de la vida; y aún aquellos mismos que en otro tiempo quemaran con toda profusión el incienso de la adulación más baja en las aras del héroe poderoso; esos son los primeros en desacreditarlo, los primeros que afean sus acciones, los primeros que con severa censura los exponen a la indignación pública. Muy de otra suerte se verifica en la vida del justo; mientras mora entre sus semejantes podrá, si se quiere por algún tiempo, ser objeto de desprecio y de escarnio; podrá ser blanco de la persecución más encarnizada; pero Dios se pone de su parte, y toma por su cuenta engrandecerlo y elevarlo; y por una extraña mudanza hace que el mismo, que era tenido en poco y despreciado de todos, llegue a ser objeto de veneración y de respeto. Dios le ama y hace que los hombres le amen también y de aquí el que su memoria se conserva llena de bendiciones, coronada de esplendor y de gloria como dice el Sabio: Dilectus Deo et hominibus cujus mernoria in benedictione est.

Señores, si esto se verifica en todos los santos que la Iglesia presenta a nuestra veneración, yo lo veo de un modo muy particular en ése cuya festividad celebramos hoy. Dedicado desde su más tierna infancia al servicio del Señor es contado en el número de los escogidos; su humildad profunda y el ardiente celo por las cosas de Dios son recompensados desde muy temprano, siendo tenido universalmente por uno de esos prodigios de virtud que a manera de astros luminosos aparecen en el mundo iluminando con sus destellos y su doctrina a cuantos se hallan en derredor suyo; los beneficios del cielo le obligan más y más a encenderse en ese celo santo que le abrasaba y que era el móvil de todos sus pensamientos, palabras y acciones, pudiendo decir con el Profeta Rey: Zeius domus tuae comedit me, el celo de tu casa me devora.

Este es el punto de vista bajo el cual pienso considerar a nuestro esclarecido patricio, a S. Antonio de Padua. Tamaña empresa bien/ requiere una instrucción más vasta que la con que yo cuento y una elocuencia parecida a la de Crisóstomo, Agustín, Damasceno. Más careciendo de ambas cosas, cuento únicamente con los auxilios de la divina gracia que jamás se niega al que los pide de lo íntimo de su corazón. Ayudadme pues, a implorarlos con todas las veras de vuestra devoción ardiente, y para que nuestra súplica sea atendida pongámosla en manos de la Augusta Reina de los cielos, a quien para interesaría en nuestro favor saludaremos con el Ángel.

Ave María:

Zelus domus tuae, etc...

El celo de tu casa, etc ...

A fines del siglo XII existía en Lisboa un niño distinguido en todas partes por su elevada estirpe y más aún por su acendrada piedad; los adelantos que hacía en las ciencias preconizaban que llegaría a ser un sabio y sus progresos en la virtud anunciaban que más que sabio debería llamarse santo. El doble amor que tenía al estudio y a la virtud le hicieron bien pronto cansarse de las cosas perecederas y de las ocupaciones fútiles que embeben a los espíritus superficiales y frívolos. Busca un asilo en el retiro y en la soledad y a la edad de quince años escribe su nombre entre los canónigos de S. Agustín establecidos en Lisboa. Apenas vestido el hábito regular era dechado y confusión a la vez para los más antiguos, por su fiel observancia de los estatutos y más aún por sus visibles progresos en la perfección y la virtud. El retiro de aquel claustro le parece insuficiente porque sus deudos alguna vez le visitan y queriéndose desprender de todos los lazos terrenos solicita y obtiene de sus Superiores el permiso para retirarse a la soledad en la Abadía de Sta. Cruz de Coímbra. Aquí da rienda suelta Fernando, que éste era su nombre, a su fervor y desprendimiento del mundo, entregándose a Dios enteramente y fortaleciendo su espíritu con la oración, meditación de las Santas Escrituras y estudio de los Santos Padres, llegando en breve a merecer los dos títulos que su niñez preconizaba, de sabio y de santo. Ocho años llevado Fernando en esa vida de abstracción y retraimiento cuando llegaron a Coímbra las reliquias de cinco hijos de S. Francisco, que derramaron su sangre en defensa de la fe, predicando el Evangelio en Marruecos. El valor de aquellos atletas confunde su humildad, y se considera como el siervo inútil, que tiene escondido los talentos que le confiara el gran padre de familia. Pasan como de tropel por su imaginación los insultos y las vejaciones que el nombre de Dios sufre entre los infieles y los herejes, su celo se enardece, y forma el propósito de asociarse a la obra de aquellos ilustres confesores, deseando a imitación suya derramar su sangre por amor a Jesucristo. Su constancia triunfa de cuantos obstáculos se presentan y logra al fin vestir el hábito del Seráfico Padre transformándose completamente en otro del que era, por lo cual no quiso conservar ni aún su antiguo nombre, tomando el de Antonio con el cual le conoce la historia.

Como sus intentos al cambiar el manto por el sayal fueron derramar su sangre en defensa de la fe, ansía el momento de pasar a África, ruega, solicita y hasta importuna el permiso de sus Superiores y al fin llega el momento deseado. Aún no ha salido de España y ya se cuenta entre las fanáticas tribus de Mahoma, arguyéndoles y convenciéndolos en obsequio de la fe.

Mas los decretos de Dios son distintos de los deseos de los hombres y aún para los mismos santos están ocultos muchas veces. Dios no destina a su siervo para recibir la corona del martirio, lo quiere para otra obra más grande y de mayores resultados. Lo destina para sostener con su fervor un Seminario entero de mártires, quiere que su celo sea como un fuego perenne que inflame los corazones de todos sus hermanos, y que no sólo sacrifique su vida en obsequio de la fe, sino que prepare a millares a derramar hasta la última gota de sangre por amor a Jesucristo. Esta es la causa de que embarcándose para las costas de África lo acometa una grave y rebelde enfermedad que le precisa a regresar a su patria, y cuando se halla próximo a tomar tierra, le acomete una fuerte tempestad que le arrojó a las costas de Sicilia. Este es el teatro en que la Providencia quiere a Antonio y aquí le veremos ser un astro luminoso, que con su ciencia destruye la ignorancia y el error y con su celo corta de raíz los abusos.

Llegado a Italia es dedicado al estudio de las ciencias sagradas y los progresos que hizo en ellas lo habilitaron bien pronto para ocupar las primeras cátedras en las más célebres escuelas de aquella época: Bolonia, Montpellier, Tolosa y Padua, recuerdan aún hoy con entusiasmo al célebre doctor español que triunfante del error, enseñara con celo verdaderamente apostólico la ciencia de los Libros Santos y de los Padres Antiguos. Las necesidades de aquellos tiempos no sólo exigían un sabio que destruyera el error, exigían también un misionero celoso, que se opusiera a la licencia y desorden de las costumbres, y Antonio remedió también la segunda necesidad.

Imposible sería enumerar los infinitos lugares donde se oyeron sus apostólicas amonestaciones, ciudades populosas, insignificantes aldeas, en todas partes sembraba con fruto la preciosa semilla, y de todas partes le seguían las turbas pendientes de su palabra. En las Marcas, Provenza, Languedoc, Lemosín, Velay, Berri, Sicilia y Padua, recogió incalculables frutos en pecadores los más empedernidos, y herejes de la mayor obstinación. El cielo veía con gusto los trabajos del nuevo apóstol y premiaba con numerosos prodigios el celo y la constancia de su siervo. Con razón podemos decir de él que era poderoso en palabras y en obras. Su bendición bastaba para recobrar la salud aun en las enfermedades más inveteradas: los muertos abandonaban su tumba a su mandato y los espíritus infernales huyen con sólo oír su nombre.

Su celo por la pureza de la fe lo constituye el más terrible azote de la herejía, y nada halla imposible tratándose de quitar la máscara y el pretexto al error. Que salga a su paso un Sacramentario burlándose del misterio augusto de nuestros altares; que exija un prodigio ridículo, si se quiere, en testimonio de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. La fe de Antonio no vacila, admite gustoso la prueba y verifica una maravilla hasta entonces inaudita, y ved a la naturaleza bruta, a un ser irracional prestar homenaje y doblar su rodilla ante el supremo hacedor, envuelto en las especies sacramentales, antes que atender a sus necesidades naturales, antes que saciar su apetito excitado por el hambre. Si lo acompañáis en sus apostólicas excursiones lo veréis llegar a un pueblo dominado por la herejía y la corrupción y donde sus habitantes huyen de él cómo de un ser contagiado, más no por eso desiste; el ardor de su fe lo conduce a la playa y en medio de la soledad, ante las inconstantes olas de un mar que no conoce el reposo ensalza las grandezas de Dios y su poder y vense las cristalinas aguas de aquel hermoso horizonte cubiertas en un instante de la multitud de vivientes que encierran en su seno escuchando las alabanzas de su Creador y dándole el testimonio de veneración y respeto que la naturaleza racional le niega.

Notas