HablaPadreFundador/EST ENIM IN ILLA SPIRITUS OMNEM HABENS VIRTUTEM...

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DÍA DE SAN ANTONIO DE PADUA
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EST ENIM IN ILLA SPIRITUS OMNEM HABENS VIRTUTEM...

El mismo Siervo de Dios nos expone de una manera escueta dentro del torrente de su desbordada oratoria el objeto o tema de su discurso “un sencillo relato de las virtudes de MARÍA y algunas reflexiones encaminadas a la imitación de esas mismas virtudes y a poner toda nuestra confianza en esa excelsa criatura, que siendo Madre de Dios, lo es también nuestra”.
No tenemos ningún otro indicio de época o población, que pueda desvelarnos otros accidentes coyunturales. Por la grafía es similar a la de otras piezas oratorias de la mitad de su vida.

Est enim in illa spiritus omnem habens virtutem. Sap. 7, 22 - 23.

Y se halla en ella el espíritu que tiene toda virtud. Ubi supra.

Y se vio en el cielo una señal grande, dice el águila de Patmos remontando su vuelo sobre las regiones del aire y penetrando con su perspicaz y escudriñadora mirada los arcanos de la divinidad, una mujer revestida del sol, sirviéndole de escabel la luna y ceñida su frente con luminosas estrellas; el dragón de siete cabezas la persigue arrastrando con su cola la tercera parte de las estrellas del cielo y dispuesto a devorar el fruto de la mujer incomparable; pero la mujer huye a la soledad donde tiene su morada preparada por el Señor, adornada con alas, como el águila vuela al desierto burlando la astucia de la serpiente y pisando con valerosa planta las siete cabezas del monstruo, que revuelve todo su furor contra la descendencia de su vencedora. Y en la soledad del retiro, olvidada del mundo y hasta de sí misma la vemos semejante a la tímida paloma que hace su nido en el hueco de las peñas; su imagen adorable se presenta a nuestra vista con tal suavidad y encanto que deja muy atrás a las alegres y vaporosas deidades que nos describen los orientales con sus fecundas y ardientes imaginaciones. Unas veces la vemos elevarse en medio de las hijas de Judá como un lirio entre las espinas, difundiendo en torno suyo exquisita fragancia, y atrayendo hacia sí todas las miradas y todos los corazones con sus ojos dulces y azulados como los de paloma, con sus labios semejantes a una cinta de escarlata y que destilan con su acento la miel más pura; otras la vemos huir a ocultarse en su escondida estancia con un andar ligero y flexible como el humo de los perfumes, eclipsando con los rayos que despide su rostro el nacarado brillo de la luna que asoma por el horizonte. Su corazón se complace en divagar por sombríos valles no profanados por la huella del hombre, cuando las viñas florecen y la higuera descubre sus frutos devorando con su vista las encarnadas rosas del granado y recreando su oído con el plañidero canto de la tortolilla y entonces su alma se eleva como transparente nube salida de las aguas y va a perderse por las regiones del aire ocultando en su seno los esplendentes rayos del Sol de Justicia, absorbiéndolos todos y uniéndose estrechamente con ellos como la esposa que aspira al aliento de su amado.

Esa mujer ensalzada en medio de su pueblo, y bendecida por todos los elegidos, honrada por la boca del Altísimo como la primogénita entre todas las criaturas, descubrió su seno y nos dio la luz indeficiente que no tiene ocaso, y estableciendo su morada en las alturas recorrió sola el inconmensurable espacio de los cielos y penetrando en la profundidad del abismo caminó con paso firme por las inconstantes olas de la mar, difundiendo en todas partes la tranquilidad y consolidando la herencia del Señor.

Creada desde la eternidad y antes del principio de los siglos echó raíces de adoración y de amor en los pueblos que la honran, extendiendo su protección como las armas de los cedros del Líbano y elevándose al cielo como los elevados cipreses del monte Sión. Esbelta y delicada como la palma de Cadés, es más pura y más graciosa que la rosa de Jericó y desprende un aroma más exquisito y balsámico que el estoraque, la guta y el timiama, llevando en pos de sí todas las generaciones atraídas por sus delicados frutos y por la fragancia de sus flores, y cobijándolas a todas con su amor de Madre del Amor Hermoso, convidándolas con la gracia de la verdad, de la vida y de la virtud, porque en ella se halla el espíritu que tiene toda virtud.

Est enim in illa spiritus omnem habens virtutem

Acabo de indicar el tema de mi discurso y cuento con vuestra benévola atención y al mismo tiempo con vuestras fervientes súplicas para implorar los auxilios de la divina gracia de que tanto necesito para desenvolverlo debidamente. No esperéis de mí grandes rasgos oratorias, ni poéticas imágenes, fruto de erudición vasta y de imaginación vigorosa, oiréis sólo un sencillo relato de las virtudes de María y algunas reflexiones encaminadas a excitarnos a la imitación de esas mismas virtudes, y a poner toda nuestra confianza en esa excelsa criatura que siendo Madre de Dios, lo es también nuestra.

Dios de la sabiduría y de la santidad, que os complacéis en glorificar y honrar a vuestra Madre inmaculada, haced que mis labios profieran hoy palabras de santificación y de vida, y que este piadoso auditorio sienta en su corazón lo que mi lengua no acierta a descubrir, para que comprenda el mérito grande de sus virtudes y sepa amarlas, venerarlas y copiarlas en sí mismo. Gracia que esperamos alcanzar, no por nuestros méritos, sino por la mediación poderosa de María, a la que para interesaría en nuestro favor saludamos todos.

Ave María:

Est enim in illa spiritus, etc.

Y se halla en ella el espíritu, etc

Mi habitación fue en la plenitud de los santos dice María en el Eclesiástico, y en sentir de S. Buenaventura explicando estas palabras según la mente de la Iglesia, María poseyó en su plenitud lo que los otros santos sólo tuvieron en parte. Ella tuvo la primacía en todo pueblo y en toda nación, primacía de las gracias y carismas del cielo, y primacía también en las virtudes y en la santidad. Su alma pura se elevaba como una ligera nube a impulsos de la eficacia de su amor y habitando en el mundo, su conversación, sus aspiraciones y sus tendencias no estaban en el mundo, sino que se encaminaban directamente al trono de la divinidad, semejante a la flor que se desarrolla en el desierto, y crece entre las tempestades, y da sus más sabrosos frutos, olvidada y despreciada de los hombres, así María goza en el bien que hace sin ser vista de ningún mortal y hasta ocultándose de sí misma, sufriendo inalterable toda clase de contradicciones, caminando a paso firme como dice la Escritura sobre las embravecidas olas de la mar. Su santidad forma un raro contraste con lo que en nuestros tiempos se llama moralidad; esta es una delicada planta de nuestros jardines, cuyas raíces son muy poco profundas, no despliega sus capullos más que en público y en presencia del sol de la prosperidad, y se la privase totalmente de esa atmósfera de la opinión y de sus comodidades en que está acostumbrada a vivir, se aislaría en el olvido y caería seca al primer contacto del infortunio, porque desconoce la humildad que es fundamento y guarda de todas las virtudes.

La humildad es la más esplendente piedra de la corona de María; su humildad atrajo sobre sí el celestial rocío y su humildad la hizo Madre del deseado de las naciones como nos dice la misma en su inimitable cántico:

Quia respexit humilitatem ancillae suae, ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes generationes.

El bajo concepto que de sí misma formara la hacía decir con la esposa de los cantares: No reparéis en que sea morena, porque el sol me ha quitado el color, considerando la nada de su ser y de su mérito al lado de la grandeza de la amistad divina. Su humildad la obliga a ocultar los dones que recibiera del cielo, así que ni a su casto esposo participa la gracia de haber sido hecha Madre de Dios, exponiéndose a perder su reputación y a verse abandonada como una mujer adúltera, y lo hubiera sido, si el Ángel del Señor no hubiera tranquilizado a José, y cuando oye las alabanzas que el mensajero divino le prodiga se confunde y contesta a ellas con, el más grande rasgo de humildad: he aquí la esclava del Señor; verificándose en María que cuanto más se humillaba, tanto era más ensalzada y engrandecida por aquel que llenaba toda su existencia, porque el motivo de su humildad era el agradecimiento y especialmente el amor al que hizo en ella grandes cosas, derribando a los poderosos de la cumbre de su elevación y elevando a los humildes a la participación de sus dones. Amor que la hacía exclamar: mi amado se ha entregado todo a mí y yo toda a él; muriendo enteramente a sí misma y viviendo sólo en su amado hasta el extremo que llega a desfallecer, abrasándose en el fuego que estrecha contra su seno cuando abraza a Jesús, que es el fuego que vino a inflamar la tierra, y en sus transportes de amor se identificaba con su amado repitiendo con la esposa: yo duermo, mi cuerpo desfallece, no puedo soportar el incendio que me abrasa, y una dulce languidez se apodera de mí, pero mi corazón vela; y podemos sin exageración asegurar de María que es la única que ha cumplido con el primer precepto de la ley: Amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus potencias y sentidos, pues según S. Bernardo, el amor de Dios de tal suerte penetró el alma y corazón purísimo de María que justamente es comparada a la zarza de Moisés, que siempre ardiendo no se consume, ni disminuye la eficacia de su ardor, comunicando su llama a todos los que se le acercan, y haciéndoles semejantes a sí, que es la propiedad del fuego, y derramando a manos llenas sus beneficios, e iluminando con los destellos de su amor a cuantos esperan en su Dios, e interesándose como madre cariñosa por los más necesitados, no contenta con disfrutar sola las delicias del amor: videte quoniam non soli mihí laboravi. La consecuencia del amor de Dios es el amor al prójimo y tan acendrado era éste en el corazón de María, que S. Buenaventura no duda en aplicarle las palabras del Evangelista: Sic María dilexit mundum ut filium suum unigenitum daret. Y efectivamente, Señores, el sacrificio al ofrecer a su hijo a la muerte es la mayor prueba de amor que pudo dar a los hombres; la compañía de su hijo derramaba sobre su existencia ese delicioso éxtasis que sólo una madre puede comprender, y cuando se entregaba toda entera al objeto de su amor, hiere su mente cual punzante espina la idea de que ha de perderlo y de la manera más cruel, si el hombre ha de conseguir su salvación, y se establece en su corazón la lucha entre estos dos sentimientos tan fuertes, el amor de su Dios y el amor de los hombres que han de ser redimidos con la sangre de Jesús. María quiere como toda madre conservar a su hijo, y quiere también la salvación de los hombres; mas no hay medio, si conserva al hijo de sus entrañas el humano linaje perece y si éste ha de salvarse, la vida de Jesús es su precio; ved aquí la lucha, pero lucha terrible para el corazón de una madre... y al fin venció la caridad, y conformándose con los divinos decretos ofrece en holocausto al hijo que tanto amaba, para que así consiga su salvación el infeliz mortal. 0 sacrificio inmenso, o caridad inapreciable, o María bendita entre todas las mujeres, que como aventajas a los ángeles en pureza, excedes también a los santos en piedad. Tú eres la mujer fiel que has salvado toda la descendencia de Adán infiel, y con un solo acto de abnegación y de fe has reparado el daño ocasionado por la primera mujer con su incredulidad. Eva dando oídos a la serpiente contra lo que Dios ordenara, nos trajo la muerte y vos creyendo las promesas de Dios y su palabra nos habéis dado la vida. Pues María tuvo más fe y creyó con más firmeza que todos los hombres y todos los ángeles, porque cuando veía a su hijo pobre y despreciado de todos en el establo de Belén, lo creía el Creador del mundo; lo veía perseguido por el rey Herodes y a despecho de sus sentidos lo admiraba Rey de Reyes; lo vio nacer y lo creyó eterno; lo vio pobre y necesitado y lo creyó Señor del Universo y proveedor universal de todos los seres; en humildad veía omnipotencia, y en su silencio descubrirá la sabiduría su mi infinita. Su llanto le revelaba, que el sólo formaba la alegría del paraíso y la bienaventuranza de los justos, y en su muerte ignominiosa lo adoraba como a su Dios. Siendo su fe más viva cuanto más encarnizada era la persecución; y cuando más se negaban los sentidos a reconocer grandezas, majestad y divinidad en el que aparecía como el oprobio de los hombres y el desprecio de la plebe, envuelto en las tinieblas que el infierno suscitara, la luz de su fe brilló con nuevo esplendor no sufriendo mengua en toda la noche, como la mujer fuerte de los Proverbios, y tomando de allí nuevo motivo para reanimar su esperanza y ponerla exclusivamente en Dios y en sus promesas, cuando la desconfianza y la duda se apoderaban de todos los corazones aún los más esforzados. Entonces como la fiel esposa sube del desierto abandonado y sombrío, apoyada en el brazo de su amado, reclinando su cabeza sobre su cuello, despidiéndose completamente de los afectos del mundo, y desconfiando de las criaturas, esperando solamente en aquel que la confortaba.

Señores, sería muy prolijo y temería cansar vuestra atención si fuese a enumerar una por una todas las virtudes que forman la corona de María.

Ella fue pura como la azucena que crece entre las espinas, mortificada como la mirra del desierto, pobre como la mariposa que vuela por los aires, obediente como el esclavo más sumiso, paciente y sufrida como los añosos cedros agitados por los vientos, esforzado y prudente como la vid del vallado; en oración ferviente se elevaba al cielo como la columna de humo de un pebetero oriental.

Notas