HablaPadreFundador/ET NOMEN VIRGINIS, MARIA

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OFRECIMIENTO DE FLORES
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CONFERENCIA A LOS PADRES Y JOVENES
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ET NOMEN VIRGINIS, MARIA

Aunque estaba extraviada la primera parte y el final de este hermoso panegírico, afortunadamente los hemos encontrado y con gran satisfacción lo presentamos como el colofón de estas loas y alabanzas del Siervo de Dios a la Sma. Virgen María en su advocación del Dulcísimo Nombre, cuya festividad tantas generaciones de escolapios hemos celebrado el día 12 de septiembre de cada año. Ahora la liturgia lo ha trasladado al 8 de mayo, dentro del mes de las flores, para que puedan intervenir y celebrarlo también los alumnos. S. José de Calasanz puso a la Escuela Pía bajo el patronazgo del Dulcísimo nombre de María, como escudo y protección contra las asechanzas de todos los enemigos, para que sus envenenadas flechas rebotaran en este inefable nombre, como ante un broquel y defensa inexpugnables e irrebatibles. Con un elogio elocuentísimo y cargado de razones nos expone las grandezas y virtudes de las madres, insertadas por la misma naturaleza en sus corazones y por consiguiente a imitación del Santo Padre invoquemos la protección de este Dulcísimo NOMBRE porque como canta la Iglesia del nombre de Jesús, también nosotros podemos experimentar que “Nihil canitur suavius, nihil auditur jucundios, nihil cogitatur dulcius” que no hay nada más suave, nada más agradable, nada más delicioso.

Et nomen Virginis, María Lc. 1, 28.

Y el nombre de la Virgen, María.

Decía un personaje que en los fastos de la historia contemporánea se ha hecho célebre por su desmesurada elevación y más aún por su estrepitosa caída que bastaba un nombre para destruir los cimientos en que estribaba la sociedad siglos hace, dar impulso a los elementos de la nueva Europa y cambiar la faz del mundo. Y efectivamente, Señores, protegido por ese nombre, lo hemos visto por espacio de varios lustros ser el árbitro de los destinos de Europa, destruir a su antojo tronos seculares, borrar de una plumada la historia y las tradiciones de los pueblos, disponer de sus destinos y cambiar a su capricho las leyes y los cetros, siendo su voluntad la reguladora de los acontecimientos.

Tal es la importancia que desde la más remota antigüedad se ha dado a los nombres, que en ellos se han visto siempre o se han procurado ver las propiedades de la idea que expresan. Por eso Alejandro reprende a uno de sus soldados, hombre de proceder villano y de bajos sentimientos, diciéndole: aut Alexandri nomen depone; aut Alexandri digna gere. 0 dejas el nombre de Alejandro o emprende hazañas dignas de tal nombre.

Costumbre ha sido en todos los pueblos poner un nombre a cuantos nacen en su seno, llevando siempre alguna significación, pues aunque no sea más que para conservar la memoria de sus ascendientes, cada padre procura dar a su hijo un nombre recordativo de lo pasado, y es el tal el deseo de llevar un nombre que no esté vacío de sentido, que si el hombre pudiera descorrer el velo que cubre el porvenir y leer en él, como lee en el tiempo pasado, buscaría en los secretos de las lenguas las palabras más adecuadas para significar lo que cada uno ha de ser en el nombre que le dan. La ciencia humana no puede llegar a esto y sólo después que un hombre ha pasado por el teatro del mundo, suele darle un sobrenombre que expresa las hazañas que consumó, los beneficios que prestó a sus semejantes y algunas veces las injusticias que cometió.

Pues los nombres, según Filón, son las notas de las cosas; por consecuencia para que un nombre sea adecuado es preciso que lleve en sí, no sólo la naturaleza de la cosa que expresa sino principalmente sus propiedades, sus cualidades y atributos. De aquí nace la dificultad grande de querer dar nombre a una cosa nueva o desconocida; porque se necesita tanta ciencia para dar nombre a una cosa, como para ser el autor de la misma.

Al principio del mundo confió Dios al primer hombre el dar nombre a todas las cosas, que su omnipotencia sacara de la nada y dice el Espíritu Santo que el nombre que puso Adán a cada una de ellas, era su nombre, pues con la ciencia que Dios le infundió juntamente con la justicia original comprendió a fondo toda la naturaleza criada, con sus cualidades y atributos; de aquí que la ciencia de Adán pudo dar nombre a todas las cosas y se lo dio atendida su naturaleza. Pudo dar y dio nombre, según frase de los filósofos a cada una de las especies de la multitud de seres que forman el gran cuadro de la creación; pero cada especie comprende tantos individuos y cada uno de ellos es tan diferente de los otros, en cualidades, propensiones y atributos que al tratar de darles nombre se tropieza con una dificultad inmensamente más grande, que al dar nombre a las especies, dificultad que crece a medida que los seres son más perfectos y sus operaciones más complejas. ¡Es tan difícil compendiar en una sola palabra toda la existencia de un ser grande y perfecto! Por eso Moisés al recibir de Dios la misión de liberar al pueblo de Israel de la esclavitud en que lo tuvieran los Egipcios, confundido ante la grandeza de la obra que se le confiaba, pregunta al Señor qué nombre le he de dar para que el pueblo crea sus palabras: Si dixerint mihi, quod est nomen ejus?, ¿quid dicam eis? Si me preguntan el nombre del que me envía, ¿qué les diré? Demasiado sabía Moisés quién era el que le hablaba y si le hace esa pregunta es porque quiere darlo a conocer a su pueblo con un nombre que no deje duda alguna de su divina misión.

De la misma manera, si Dios mismo no se hubiera dignado manifestarlo no podríamos dar nombre a la primogénita entre todas las criaturas, salida de la boca del Altísimo, a la que con paso firme atravesó sola las olas de la tribulación, sin ser sumergida, a la que a semejanza del lirio, se desarrolla entre las espinas sin perder nada de su fragancia ni de su belleza, a la que ahuyenta las tinieblas y esparce en torno suyo el júbilo y la alegría cual esplendente aurora, a la que con una de las trenzas de su cabello, y con el destello de sus purísimos ojos cautivó al Divino esposo, y lo atrajo a sí, como el matinal rocío, a la que ensalzada sobre todos los coros de los ángeles es apellidada bienaventurada y bendita por todas las generaciones, a la que siglos antes de aparecer en el mundo era llamada la madre del amor hermoso, y de la santa esperanza; a la que sirve de faro luminoso a la humanidad atribulada, para que en medio de las olas de un mar embravecido por las tempestades de las pasiones pueda arribar felizmente a puerto de salvación, a la que para concluir, es a un mismo tiempo madre del Dios omnipotente, y madre del hombre miserable.

El Espíritu Santo nos dice, que el nombre de esa criatura privilegiada es María: et nomen Virginis María. María es sí el nombre que encierra más grandeza y más sublimidad de cuantos nombres sean los mortales sobre la tierra. María es el nombre de que podemos decir con el Apóstol, que le dio un nombre sobre todo nombre, pues aunque San Pablo se refiere al nombre Jesús, el nombre de Jesús carecería de sentido si no conociéramos antes el nombre de María; son dos nombres inseparables y que mutuamente se explican el uno por el otro. María es el nombre de la Madre de ese Dios niño que cariñoso nos bendice y que también es madre de los desgraciados que imploramos su bendición.

Postrémonos ante el divino acatamiento, y pidámosle que nos haga sentir toda la belleza y sublimidad de ese nombre que es grande por lo que significa, y tierno y consolador para quien lo invoca; y para que nuestra súplica sea más favorablemente acogida pongámosla en manos de la que lleva ese Santísimo nombre, y a quien apellidamos llena de gracia y bendita entre todas las mujeres.

Ave María

Et nomen Virginis Maria

y el nombre, etc.

Saldrá un tallo de la raíz de Jesé , nos dice Isaías, y este tallo producirá una flor, y el espíritu del Señor descansará sobre ella, siendo el perfume que despide en torno suyo tan grato, tan aromático, tan excelente que supera a los más gratos perfumes de la... Esta flor tan delicada, y sobre la cual mora el Espíritu de Dios es Jesucristo, y el tallo que produce esta flor la planta escogida, que desarrolla con su savia el germen de ese botón precioso es María. En vano se querrá tener el perfume sin la flor, así como es imposible tener la flor sin la planta; por eso San Buenaventura continuando la... de las palabras de Isaías antes citadas, dice: Los que aspiráis a la gracia del Espíritu Santo, buscad la flor en la planta, porque por esta llegamos nosotros a la flor, y por la flor al espíritu de la divinidad con que ella ha embalsamado la tierra y ésta es la razón que hacía decir al Nacianceno: “que es imposible hallar a Jesús, si no lo buscamos por María” y por consecuencia, añado yo, es imposible participar del aroma de las virtudes de Jesús, es imposible que sus gracias y sus méritos se nos comuniquen, si no los recibimos por María, porque es imposible que tengamos la flor, si prescindimos de la planta, que produce de sí misma esa flor; y somos tan desgraciados y miserables, y necesitamos tanto de los méritos del Redentor, que sin ellos nuestras dolencias se multiplican, nuestros males se agravan; ¿y cómo encontraremos remedio que sane nuestras heridas?

El esposo nos lo dice en los cantares oleum effusum nomen tuum: tu nombre es óleo derramado; ya lo oís, el nombre de María es óleo derramado, óleo que, como dice Casiano, cura todo género de llagas dolencias.

San Lucas al Capítulo X de su Evangelio dice, que un viajero caminaba de Jerusalén a Jericó, y fue asaltado por una cuadrilla de malhechores, que despojándolo de todas sus riquezas, lo dejaron cubierto de heridas y a punto de expirar. Dos judíos, compatriotas suyos, pasaron por el mismo camino, y aunque vieron al herido bañado en sangre, y luchando con la muerte, pasaron de largo sin detenerse; acaeció que pasó después un Samaritano, y movido de compasión, al verlo en tan lastimoso estado, se aproxima, liga sus heridas ungiéndoles con óleo y las lava con vino. Misterio grande hay en este proceder del samaritano; parecía natural, como dice el Cardenal Lugo, que primero lavase las heridas, y después las ungiese con el óleo; pero no, las unge con óleo y después las lava con vino.

No es difícil comprender el sentido de esta parábola del Evangelio, el caminante maltratado y herido en el camino es todo el linaje humano, herido y llagado de los pies a la cabeza, y el comprensivo Samaritano es Cristo Señor nuestro, que en todas nuestras aflicciones nos sale al camino, para ligar nuestras heridas y curar nuestras dolencias, y el vino con que nos lava es su sangre preciosísima con la que según San Juan cura las llagas del linaje humano. Sanguis Jesuchristi emundat nos ab omni peccato, pero antes de lavar las heridas con su sangre preciosa las unge con óleo ¿y cuál es ese óleo? El mismo nos lo dice hablando con la esposa: Oleum effusum nomen tuum. El dulcísimo nombre de María es el óleo derramado que cura las más envejecidas llagas del linaje humano, desde aquella primera falta, que atrajo sobre nosotros la maldición y la muerte.

Salió Eva por el paraíso a distancia entre la frondosidad de las plantas, y sola, separada de su esposo, fue asaltada por el enemigo y le robó la joya preciosa de la inocencia, y dejó su alma herida de muerte, y viéndose desgraciada, quiere envolver en la desgracia a su marino y lo consigue; y he aquí ya a los dos reyes de la creación salteados al principio de su jornada, despojados de todas sus riquezas y heridos mortalmente en su alma. Pero Dios, que en sus eternos decretos tenía resuelta ya la reparación del hombre prevaricador, sale en su busca, lo llama y oyen la voz de Dios que se dirigía a ellos, y cuando avergonzados quieren esconderse y huir de su presencia, los detiene y antes de fulminar contra ellos la sentencia de reprobación y de muerte, a que se habían hecho acreedores con su desobediencia, quiso descubrirles un arcano de su sabiduría y de su misericordia, manifestándoles que en su descendencia habría una mujer que magullaría con su planta la cabeza de la serpiente y por su conducto y con su concurso recibirían el remedio para sí y para todos sus descendientes, de suerte que si nuestros primeros padres obtuvieron el perdón y todos nosotros obtenemos la reparación de las pérdidas ocasionadas por la falta de nuestra primera madre, se lo debemos a María. Oleum effusum nomen tuum.

Notad bien, que la reparación del linaje humano no es efecto de las súplicas de María, sino de su cooperación porque María significa Señora, y lo es en efecto y a su soberanía queda en cierta manera subordinada la soberanía y el poder de Dios. Dios en la creación expresa su voluntad por decretos, un fíat salido de su boca es suficiente para que del caos salga la luz, para que se dividan las aguas, para que la tierra haga salir de su seno las plantas y los animales, para que el firmamento aparezca tachonado de multitud de puntos brillantes, un cántico de alabanza a la sabiduría de su hacedor; y un mandato suyo es suficiente para que las especies se perpetúen: Crescite et multiplicamini. Pero llega un tiempo en que el poder de Dios queda en suspenso, ante la obra más grande de su omnipotencia, más perfecta de su sabiduría y más acabada de su amor, se detiene. El Hijo de Dios va a encarnarse, va a unirse con estrecho vínculo a la naturaleza humana, y Dios pudiera obrar ocultando completamente tan gran misterio, y hacer el segundo Adán de la mujer, como había formado la mujer del primer Adán. Más no, la soberanía de Dios se detiene, consulta a su criatura, responde a sus dificultades y espera su consentimiento. En este misterioso consejo en que es admitida María a deliberar con las tres personas divinas, éstas no tienen más que una voluntad, una voz, porque no son, sino un sólo Dios, y la voluntad de María balancea por sí solo a la Stma. Trinidad, y tiene como suspensos a los cielos y a la tierra esperando su decisión, y apenas pronuncia el fíat mihi secundum verbum tuum, resuena en los cielos un cántico de alegría y los ángeles adoran a su Reina y Señora y el Hijo de Dios baja a unirse a la naturaleza humana en su seno virginal, y le tributa un homenaje de respeto y sumisión filial, como el mejor hijo a la mejor de las madres ¿puede darse un acto de soberanía más grande que aquel que hace que toda la Stma. Trinidad esté pendiente en sus decretos de labio de una criatura? pues ese acto lo verificó María al suspenderse ante el mensaje del Arcángel enviado por Dios, y al prestar su consentimiento al misterio de la Encarnación y la Redención del mundo expresado por aquel fíat, tan grande, tan poderoso, tan eficaz, que digo, más grande, más poderoso, más eficaz que el fíat pronunciado por Dios en la creación. Porque la creación del Verbo es obra más grande que la creación de mil mundos y de resultados más positivos que el pasar del no ser al ser, pues como justamente canta la Iglesia, de nada nos aprovecharía haber sido creados, si no hubiéramos sido redimidos. Con razón clama Santo Tomás al considerar este prodigio: María est miraculorum compendium, et summa ipsa miraculorum. María es el sumario de los milagros, y ella misma es el supremo milagro, y esa grandeza se manifiesta en su poder. Dixit Verbum et omnia facta sunt; dixit María et Verbum caro factum est. Dijo el Verbo y su palabra fue eficaz para crear todas las cosas; dijo María y por su palabra el Verbo se hizo carne.

Y he aquí por qué al buscar Dios a Adán y a Eva pecadores en el paraíso, los buscó por María, porque en ella, en su consentimiento, en su palabra estribaba la redención del linaje humano. Con razón podemos exclamar con el esposo: Oleum effusum nomen tuum. Tu nombre María, es óleo derramado que cura las más hondas e inveteradas heridas. La invocación del nombre de María es remedio eficaz que cura toda clase de males y dolencias: contemplad por un momento las penas y los acervos dolores que padeció en el monte Calvario; cosido a un madero con fuertes clavos y todo su cuerpo llagado. Cuando se aproxima el momento de partirse de este mundo hace su testamento y dirigiéndose a su amantísima Madre le dice: Mulier, ecce filius tuus. Mujer, ése es tu hijo. ¿Pues qué la madre del Redentor no tiene nombre? ¿Tan desconocida es para su hijo que no sabe cómo se llama? Nada de eso, el Redentor había terminado de padecer sin género alguno de consuelo, y por eso no invoca el nombre de su Madre; porque al invocarla, María, dice S. Bernardino se hubieran mitigado sus penas, sus dolores habrían sentido alivio, porque es tanta la eficacia de la invocación del nombre de María, que San Anselmo no duda asegurar que muchas veces es más pronto el socorro y se alcanza más fácilmente el remedio, invocando el nombre de María, que invocando el nombre de Jesús: Velocior est nonnurnquam salus rnemorato nomine Mariae, quam... invocato nomine Jesu.

Y la razón es obvia Jesús es nuestro Redentor y también nuestro Juez y su misericordia está templada y detenida por su justicia; y María es nuestra Madre y una madre no tiene para sus hijos sino entrañas de compasión y misericordia.

Este título de Madre, por sí solo da a María más grandeza y arrastra hacia sí todos los corazones, con más violencia que ningún otro de cuantos encierran en sí tan preciado nombre. La relación entre Madre e Hijo produce los sentimientos más tiernos, los afectos más delicados de que es capaz nuestra naturaleza. Despiértase el hombre a la vida y el primer objeto que entrevén sus ojos en lo vago de su primera mirada es la sonrisa de su madre. Después de haberle llevado en su seno, salido ya a la luz, le abre un nuevo seno con sus cuidados, vigilias, halagos, cariños, alarmas, sacrificios, en una palabra con su calor y sustancia maternal. Cien veces lo reengendra a la vida, se lo disputa a la flaqueza, a los peligros, a la enfermedad, a la muerte, y cuando termina su infancia y con su desarrollo entra en una nueva fase de la existencia, principia a engendrarlo para la verdad, la virtud, la familia, la sociedad y la religión y se constituye otras tantas veces, madre del único objeto de tanto amor y de tantos cuidados. Continuamente lo asiste y se pone por medio en cuantos choques experimenta con la autoridad del padre, la parcialidad de los hermanos y las exigencias de los maestros; contra los escollos de la inexperiencia y de las pasiones, convirtiéndose en puerto de salvación en todas las borrascas. Se puede muy bien no tener esposa, no tener hijos, no tener hermanos, pero ¡Madre! no. Todo hombre ha tenido madre y el recuerdo de su madre se le representa a toda hora y es el último que triunfa. Escondido y atrincherado en el último fondo del corazón más olvidadizo y pervertido por sí solo goza de poder bastante para enternecerlo y purificarlo, y en el peligro o la desgracia sale junto con el de Dios como el recurso supremo y el confidente más instintivo de la naturaleza humana.

Por eso Dios que podía mandar que invocásemos y reconociésemos a María como la reina y Señora del mundo, quiso tocar las fibras del corazón humano en lo más delicado y armonioso que tiene, en el amor maternal, y así manda a su madre que lo sea de los hombres y a éstos que se porten con ella como hijos Ecce filium tuum, ecce mater tua. Y desde este momento comienza a cumplir los deberes que la maternidad le impone. Jesús muere, quedando sus discípulos, dispersos unos, consternados otros y desanimados todos; pero en su lugar queda su madre para que lo sea de los apóstoles. Y en efecto ella recoge a los dispersos, consuela a los afligidos, fortalece a los débiles, instruyéndolos, animándolos. Pedro llora inconsolable por haber negado a su Maestro y apenas se atreve a levantar los ojos por la pusilanimidad. María lo llama como Madre y lo exhorta a la confianza del perdón. Titubean los apóstoles en la fe de la resurrección y María los instruye en las escrituras y los confirma en la verdad. Perseguidos, encarcelados y azotados, María los fortifica, los consuela, los dirige para que la fe se extienda de entre los gentiles y se conviertan los judíos; y estos oficios que desempeña en la Iglesia naciente, no son del momento, sino que se perpetúan en la Iglesia y continuarán hasta la consumación de los siglos. Por eso los fieles la invocan constantemente, llamándola, Consoladora de los afligidos, Refugio de los cristianos, Salud de los enfermos, Puerta del cielo y Madre admirable. Pues Ella socorre al indigente, enjuga las lágrimas del huérfano y de la viuda, aleja los azotes del cielo, apacigua las tempestades, derrota a los enemigos, acompaña al peregrino, guía al navegante; llama con amor a la doncella, atrae cariñosa al niño, anima al anciano, y dice a los monarcas que pongan sus cetros y coronas bajo su protección y estarán salvos; a los pontífices que le confíen sus ovejas y no las arrebatará el lobo, a los padres y madres que acudan a ella con sus hijos y serán felices y a todos que acudan a ella con amor y confianza porque es la Madre de cada uno.

Y como el niño es el ser más débil de la familia y el que más necesita de la protección y cariño de la Madre, de ahí la solicitud de esa madre toda amor y toda cariño por esa porción privilegiada del rebaño de Jesucristo, en la cual brilla, como su propia vestidura, la inocencia y el candor, en la que el fuego abrasador de las pasiones no ha destruido aún el germen, precioso depositado en ella, por las aguas regeneradoras del Bautismo. Y para que ese germen se desarrolle y dé algún día frutos de bendición, animó y confortó a su siervo para que llevara a cabo el pensamiento grande que Dios había hecho nacer en el fondo de su corazón, de consagrarse todo entero a la educación de la juventud.

¡Cuántas lágrimas, cuántos amargos pesares, cuantos dolores crueles se ahorrarían las familias, si los hijos del pobre y del rico oyeran una palabra de fe y de esperanza en la entrada de la vida; si al mismo tiempo que van adquiriendo su desarrollo físico, sus almas se fueran alimentando con las sublimes verdades de la revelación! Este fue el pensamiento del esclarecido Fundador de las Escuelas Pías, que concebido bajo los auspicios de María se desarrolló y tomó incremento con su cariñosa protección, pues desde los principios tomó como suyas a las Escuelas Pías y quiso que su estandarte y su escudo fuese su dulcísimo y poderoso nombre; y para animar a José a que no desmayara ante las dificultades que el infierno le suscitaba constantemente se le aparece una y muchas veces y hace que su Hijo tierno niño, que llevaba en sus brazos, bendiga a Calasanz, bendiga a sus alumnos y bendiga a su institución. De ahí nace la obligación especial que los hijos y alumnos de San José de Calasanz tenemos de honrar y venerar a nuestra Madre y protectora y amarla con todo nuestro corazón, cuando tantas pruebas hemos recibido y estamos recibiendo constantemente de su predilección, pues siendo más que la protectora, la Fundadora de las Escuelas Pías, vela siempre por su obra y mira con especial predilección a todos los que en ella trabajan.

Tenemos por lo tanto una deuda inmensa que satisfacer hacia el amor de María y por mucho que la amemos nunca será ni tanto como ella se merece, ni tanto como estamos obligados. Pero el amor que debemos a María ha de consistir en obras y no en palabras, como exige el discípulo amado. Ella lo sacrificó todo hasta su propio Hijo por nosotros ¡y nosotros no hemos de sacrificar nada en su obsequio! Si no tenemos otra cosa que ofrecerla sino debilidades y miserias ¿a quién con más confianza que a su madre descubrirá un hijo sus flaquezas, sus llagas y sus heridas? Y ella que nos trajo al Redentor del mundo nos alcanzará el arrepentimiento y el perdón de nuestras ofensas, para que purificados con la sangre de Ntro. Señor Jesucristo y revestidos de sus merecimientos podamos lograr la dicha de que en nuestros momentos últimos selle nuestros labios el dulcísimo nombre de María y amparados con su protección vayamos a cantar sus glorias por toda la eternidad.

Notas