HablaPadreFundador/FIESTA DE LA INAUGURACIÓN DEL COLEGIO DE ESCUELAS PÍAS DE CELANOVA (ORENSE)

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SERMÓN DE MISA NUEVA PREDICADO EN LA IGLESIA DEL COLEGIO DE ESCUELAS PÍAS DE GETAFE, EL 21 DE DICIEMBRE DE 1864
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SERMÓN DE NTRA. SRA. DE LA ENCARNACIÓN
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FIESTA DE LA INAUGURACIÓN DEL COLEGIO DE ESCUELAS PÍAS DE CELANOVA (ORENSE)

Se hallaron presentes en tan memorable jornada: el Excmo. Sr. Dr. D. José Cuesta, Obispo de Orense; el Sr. Gobernador Civil D. Lucas G. Quiñones; el Ilustre Ayuntamiento de la Villa en pleno, presidido por el Alcalde D. Manuel Valcarce; el Diputado a Cortes por este Distrito y promotor de la fundación D. Cesáreo Fernández Losada; y por parte de la Escuela Pía el Rmo. P. Ramón Valle del Corazón de Jesús, Vicario General de las Escuelas Pías de España; el P. Rector Pedro Álvarez y toda la Comunidad y el P. José Rodríguez Montesinos que, desde su pueblo donde pasaba las vacaciones, vino a asistir a la inauguración.
Gran júbilo, inmensas esperanzas de utilidad y beneficios para el pueblo en todos los aspectos, cantos a la educación y a la moralidad, acciones de gracias a todas las Autoridades. Corporaciones e individuos que había coadyuvado a la implantación de una Institución docente tan acreditada en toda España en el desempeño de su misión. Estos fueron los razonamientos más interesantes de la disertación del P. Rector. Después ofició Misa de Pontifical y solemne Te Deum de acción de gracias el Ilmo. Sr. Obispo e intervino con un discurso grandilocuente que llamó la atención de todos los oyentes el P. Faustino Míguez. Sobre tres puntos sobresalientes centró el entramado de su disertación: la Misión de la Escuela Pía; la educación de la niñez y su repercusión en la vida del individuo; y la regeneración de la sociedad humana por medio de ella.

¡Qué situación la mía en estos instantes solemnes en que todo un auditorio eminentemente ilustrado y religioso tiene sus miradas pendientes de mis labios por el contraste del asunto y la insuficiencia de mis fuerzas! ¡Cuántos recuerdos de mi infancia, pasada en parte bajo estas bóvedas sagradas, se agolpan a mi imaginación y excitan en mi pecho las más fuertes emociones! ¡Qué de objetos caros e imprescindibles circunstancias acrecen mi compromiso de suyo complicado!

Este auditorio a quien por vez primera dirijo las palabras y soy deudo de infinitas atenciones; este ilustre Municipio y su digno Presidente, cuyos títulos a nuestro reconocimiento no alcanza a ponderar mi lengua balbuciente; esta Ilustrísimo Diputación Provincial y Sr. Gobernador Civil, que tanto ha merecido de la Corporación a que pertenezco indigno; esa noble señora de cuya munificencia y piedad hereditaria es un débil rasgo, aquella preciosísima Custodia, construida a sus expensas y cuyas simpatías por este país corren parejas con la de su ilustre esposo; su Excia. Ilma. (se refiere al Sr. Obispo allí presente) que oye por vez primera al ínfimo de sus colaboradores y cuya grata memoria vivirá eternamente en los corazones de los verdaderos hijos de San José de Calasanz... son asuntos dignos de especial encomio y merecían un orador que a la profundidad del talento para apreciarlos en toda su valía y a la sensibilidad del corazón para sentirlos con delicadeza, uniese en alto grado el arte de bien decir y la autoridad que yo no tengo, como parte interesada en calidad de favorecido. Así empieza el exordio de esta pieza oratoria que dejó profunda huella e impresión en todos los espectadores, y continúa la peroración con unos cánticos a la Escuela Pía en su labor de educadora, que por provenir de uno de sus hijos más ilustres y llamado mediante el favor divino quizá a enaltecerle desde la gloria de los altares, algún día me remordería la conciencia silenciarlos. Poblar la tierra de ciudadanos probos e ilustrados y el cielo de ángeles humanos; renovar la sociedad desde su misma base y hacer la felicidad humana, mediante una educación sincera a la par que gratuita, es la divina misión de las Escuelas Pías. Para bien desempeñarla toma a su cargo la educación del niño, que encierra en sus pocos años el porvenir de la familia y la sociedad entera, representa al género humano que renace, a la patria que se perpetúa y a la flor de la humanidad que se renueva. A sus ojos el niño es todo el linaje humano, es toda la Humanidad, es todo el hombre con derecho a los cuidados de todas las Autoridades y a la acción y beneficio de todos los poderes, así divinos como humanos. Para él fueron instituidos los príncipes y los sacerdotes, los pobres y los maestros; para él el magistrado y la familia, la sociedad y la iglesia; y la disciplina y la moral, y la enseñanza y las letras y las ciencias y las artes y la Religión y los cuidados de la Providencia, todos los premios del trabajo y todos los galardones de la virtud son del niño y para el niño; porque él lo es de Dios y para Dios, de cuyo poder es hijo y obra de su mano e imagen de su gloria.

Sobre lo que ansía el mundo, las amatistas de la India y los diamantes de la Etiopía, sobre las esmeraldas de la Escitia, y los carbunclos de Garamantos, más que los topacios de la Arabia y los diaspros del Egipto, las perlas del mar Pérsico y las brillantes piedras de Golconda, la Escuela Pía siempre buscará y cifrará su dicha en perfeccionar ese ser que sólo respira inocencia y gracia, presente en todo su celestial encanto y atrae en su torno la bendición divina, ofrece al mundo los bellos rasgos del candor y de la virtud y campa en todo cual amor del cielo y delicias de la tierra. Ni el oro de Ofir y los perfumes de la Arabia, ni las sedas de la China y los tejidos granas de la Persia, ni las vistosas pieles de Siberia y las viradas plumas de la Lidia y la encendida púrpura de Sidonia y el marfil de la tostada Osiria y las radiosas lunas de Venecia y las bellezas todas de las Artes, tienen para la Escuela Pía los atractivos de la infancia, cuyo excelente corazón y elevado espíritu, cuya alma noble y sus bellos rasgos le encantan y estimulan a despertar sus dormidas facultades y a dar vida, movimiento y acción a su existencia imperfecta todavía.

Reflejo el más admirable de la acción, de la bondad y de la sabiduría divina, la Escuela Pía acepta el fondo y la materia de la primera creación del niño, y se encarga de formarle e imprimirle al propio tiempo la bondad y la dignidad, la cultura y la grandeza, inspirándole por decirlo así, la vida y la fuerza, la gracia y la inteligencia.

Mediante la cultura reconoce y pule, dirige y perfecciona los talentos del niño; con el ejercicio dispone en juego y duplica sus fuerzas y plega a las diferentes circunstancias de la vida así a lo que mira a los intereses temporales, como en lo relativo a los eternos. Mediante la enseñanza desarrolla con el ejemplo todas las afecciones del corazón y remueve los obstáculos, que su inteligencia bisoña supone insuperables; y con el estudio sondea sus facultades, escudriña las materias a que más se prestan y excogita los medios de hacérselos comprender con más facilidad y perfección.

Mediante el beneficio utiliza el bien de la sociedad y en pro del mismo niño hasta sus malas cualidades y saca partido aún de sus peores inclinaciones y por la gratitud obtiene su cooperación activa, la docilidad de su conciencia, su ejercicio personal y espontáneo y generoso; abre su pecho, acrece sus fuerzas, agranda su alma que ya desdeña los obstáculos que se oponen a su marcha, se lanza osada a las tareas más arduas, en alas de entusiasmo vuela en pos de los triunfos más señalados.

La Escuela Pía trabaja en el desarrollo moral e intelectual del niño al compás de la naturaleza en el desenvolvimiento físico con la misma constancia, con la misma dulzura, siguiendo sus pasos, observando sus movimientos, estudiando su tacto y notando sus períodos, hace pasar al niño por diverso grados y acomoda sus enseñanzas y lecciones, su cultura y sus ejercicios a la marcha de la edad, a las fuerzas del individuo y al desarrollo progresivo de su naturaleza.

Por reverencia a los ángeles del Señor, cuyas complacencias descubre y en pro del mismo y de la sociedad cuyos intereses labra, todo lo que dice, todo lo que hace, lo manda y lo prohíbe para hacerles comprender su divina prudencia y excitar en su tierno corazón un profundo renacimiento a tamaño beneficio, para cultivar y revelar en él los dones de la naturaleza y elevar sus facultades a todo su vigor y perfección posible.

A medida que van desarrollándose sus facultades y adquiriendo discernimiento, afirmándose su corazón e ilustrándose su conciencia, robusteciéndose su espíritu y fijándose su carácter; la Escuela Pía corona su inteligencia de una sabiduría más elevada, el carácter de una fuerza más enérgica y la conciencia de luces más claras; abrillantando el candor de la inocencia la ennoblece con el dulcísimo nombre de la virtud, de su combate perenne, de esa resistencia gloriosa, de la victoria sobre todo, del triunfo sobre las pasiones domeñadas por esa educación sólida que robustece a los débiles, como el arroyo a las cañas que se agitan en su orilla y en las mayores tempestades convierte en tiernas a las fuertes como a las robustas encinas los vientos encontrados. Así procura el progreso intelectual; así trabaja el amor el desarrollo humano; así continúa la creación divina; así conduce a esa perfectibilidad indefinida revelada a todos por la Religión: porque todos ora pobres ora ricos, monarcas y vasallos, jóvenes y ancianos, todos deben aspirar, cada uno según la medida de la divina gracia y las fuerzas de las facultades naturales, a esa sabiduría, a esa virtud a la santidad que es su corona; ésta es la vocación cristiana y enseñarla a seguirla la misión de la Escuela Pía. No, no es concreta ni limitada la educación que ofrece; abraza al hombre entero en toda su carrera. Su fin la perfección humana; obtenerla su constante anhelo. Su afán dar a las facultades humanas todo el engrandecimiento de que son capaces: sus conatos utilizan todas las disposiciones, cultivan todos los talentos, conquistan todos los corazones, elevan todos los espíritus en bien del individuo y provecho de toda la sociedad. La Escuela Pía no sólo da esa educación a la juventud como una imperiosa necesidad, como una condición imprescindible de su existencia sino también como un noble e inestimable ornamento, que desbasta, suaviza, adorna y embellece su naturaleza. A guisa del lapidario que toma el diamante en bruto y sin perjudicar su naturaleza primitiva le da esa forma y lustre, ese brillo embelesante y resplandecientes facetas que encantan y deslumbran constituyen un adorno de la belleza humana y un obsequio precioso de la tierra.

La Escuela Pía da a la juventud a la vez que una soltura más fácil y unos movimientos más agraciados una acción más dulce y una vida más delicada y más noble. Pule su espíritu y su corazón, pule su carácter y sus sentimientos y les comunica un no sé qué de dulce y de simple a la vez que de gracioso y encantador que hermosea hasta la virtud y es para el niño el imán de las almas y el talismán de los corazones.

Enemiga de apariencias desprecia esa elegancia frívola que bajo el oropel de las formas más agradables oculta de ordinario una grosería real de costumbres, una molicie violenta por necesidad, un espíritu verdaderamente inculto y un carácter cuyo orgullo insociable sale bien pronto de su quicio; y se esfuerza en dar esa educación viril, esa educación seria, esa educación sincera sin flojedad ni dureza, con gravedad y con dulzura, madrastra del interés e hija del amor; esa educación en fin que forma el carácter y hace germinar en el corazón del niño las inclinaciones virtuosas que aseguran la tranquilidad y la inocencia de su vida ilustra su conciencia con las luces emitidas por los pasados siglos; le fortifica contra los peligros de la pasiones más rudas mediante las primeras impresiones de la virtud y emplea los conocimientos para ensanchar su espíritu, afirmar su juicio y fortificar su razón.

Convencida de que los conocimientos solos no dan al espíritu el vigor, la acción y la vivacidad que necesita ni constituyen de ordinario el desarrollo generoso, la fuerza activa y la flexibilidad enérgica de las facultades; rehúsa almacenarías en el entendimiento del joven y cargar de ellos su memoria a guisa de provisiones, desarrolla sus facultades por la educación y le comunica los conocimientos por la instrucción, eleva su alma por la educación y enriquece su espíritu por la instrucción, le hace hombre por la educación y sabio por la instrucción.

Confiesa de buen grado la influencia de la instrucción, la grandeza de su valor, la fuerza de su acción y la importancia de sus detalles; pero se niega sacrificarle la educación moral y religiosa y aún la intelectual cuando se limita a instruir sin elevar el espíritu y a cargarlo de conocimientos sin aumentar sus fuerzas.

Prefiere esa educación que le hace recibir y digerir los conocimientos de manera que sostengan, le nutran y le eleven y le fortifiquen; que cultiva con cuidado, le ejercita con sabiduría, desata con prudencia y le forma y le eleva sin hastío y aprovechada instrucción como alimento sustancial, cuyos jugos absorba y asimile el niño y se acrezca y agrande a sus expensas.

La Escuela Pía prefiere con el Príncipe de los filósofos una ignorancia absoluta a una indigestión científica y opina con Bossuet que las notabilidades tardías se han de anteponer a las monstruosidades prematuras.

No cree formado al joven mientras no lo esté su razón y su gusto, su imaginación y su juicio y su pensamiento y su sensibilidad y su corazón y acorde con estas convicciones propicia la educación esencial e industrial y mercantil y artística y popular.

Además, fiel a esa bandera, cuyo lema es “Orad por todos y no toméis armas por ningún partido” siempre ha mirado como un deber sagrado, como una segunda Religión que los principios del Evangelio y los ejemplos de J. C. le imponen, el dar a la infancia sin distinción de colores una educación nacional que fomente en sus corazones el amor a la patria y el respeto a las leyes y les inspire celo por sus intereses y sacrificios por su gloria. Mas siguiendo (sic) aquellos principios y sus nobles sentimientos con los hábitos y costumbres sociales siempre limitará su educación política al amor, al respeto y a la obediencia, colocando a sus alumnos en una región literaria, científica, moral y religiosa, tan alta, tan pacífica y tan pura que no lleguen a perturbar su dicha los tristes ecos de las querellas políticas; con el fin de hacerlos unos hombres tan distinguidos por su carácter tan nobles por su espíritu, tan generosos por su corazón e independientes por la elevación de sus principios que al presentarse en el palenque social sean equitativos e indulgentes, veraces y caritativos, justos y sabiamente liberales con todos los partidos porque esto lo impone su maestro J.C., esto le dictan sus deberes, esto reclama el común sentir, esto necesita la sociedad hoy día, esto demanda la infancia que vegeta, éste es el ornamento de su virtud naciente y tal la imperiosa coligación del que haya de fomentarla.

Y como la educación del niño comprende desde la parte más insignificante de su vestidito hasta lo más elevado de su alma y lo más delicado de su espíritu y lo más noble de su corazón y lo más importante de su destino humano y lo más grande de su destino eterno para realizar esta obra de las más vastas proporciones, la Escuela Pía se vale de varios medios cuya unión es tan íntima como de las facultades que desarrolla.

Mediante las unidades físicas en la proporción debida conserva la salud que ha de menester el niño para las letras y las ciencias, las materias más humildes y las profesiones más elevadas. Encantada de la sonrisa, de la mirada, del color, de la palabra y de la gracia que tanto brillan en el rostro del niño y tanto embellecen su fisonomía; prendada, digo, de esa vida que le anima y de esa fuerza que le sostiene y de esa actividad que le transporta, no perdona medio ni fatiga que pueda conservar y perfeccionar la belleza y la originalidad y la pureza y la energía y el garbo y la agilidad de su cuerpo, domicilio de su alma y templo del amor.

Por la educación disciplina inteligente y no material y violenta oportuna, consciente y no caprichosa y casual, celosa y no desabrida y rutinaria protege la fe velando por los deberes religiosos, sostiene la piedad, previniendo la disipación y conservando las costumbres y sus donceles, la belleza, la sensibilidad y la frescura, las ideas más claras, las miras más altas, los sentimientos más nobles, con la claridad y los encantos, las gracias y virtudes de los cielos, el espíritu más vivo, el juicio más seguro y más fiel memoria y más risueña imaginación,

Multiplica el tiempo reprimiendo la ligereza del que lo disipa y el capricho de¡ que lo malgasta y la pereza del que lo pierde; subsana las horas perdidas, reanima los estudios decaídos, tranquiliza los espíritu turbados, reforma las costumbres corrompidas, purifica los corazones pervertidos, refrena las pasiones desbordadas. Amenaza dulce, exige fuerte y reprende firme en obsequio del Reglamento que por sus esfuerzos campa y con él, el orden y el bien, la Religión y las costumbres, las letras y las ciencias y prosperan y son coronadas de felices resultados.

Por la Religión, en fin, purifica el corazón del joven y el corazón, el espíritu que se hace más sensible a las impresiones de lo bello, más dócil a las enseñanzas de lo verdadero y más atento a la voz de la razón que remonta en alas de la fe a las montañas de la eternidad de donde ve en lontananza lo que no llegaron a vislumbrar los sabios más eminentes.

Bajo los auspicios de la Religión inspira al joven una pasión ardiente por esa vida seria y aplicada que produce con el tiempo la gravedad de costumbres y la fidelidad a los deberes; excita el amor al trabajo y el gusto inteligente a las letras y de las ciencias, de la industria y de la agricultura, del comercio y más especialidades , el entusiasmo por todos los conocimientos bellos y los progresos nobles; somete, arregla, dirige las pasiones para que en vez de oponerse al bien sean el instrumento más útil de las mayores empresas, le enseña a ganarse los corazones, no tanto por lo agraciado de sus maneras cuanto por su simplicidad y su respeto, sus costumbres puras y su docilidad generosa, su fe ilustrada y su piedad profunda; establece entre el maestro y el discípulo esos dulces y poderosos lazos que jamás se rompen, ese recuerdo de sacrificio y reconocimiento de afección y de respeto que vienen a ser la más dulce recompensa del maestro y la impresión más agradable para el corazón del discípulo.

Sí, Sres., a la par que la Religión se sirve del incienso más exquisito y de los templos más augustos y de las asambleas más solemnes y de los himnos más sublimes y de las melodías más patéticas y de los ornamentos más preciosos y del exterior más grave de sus ministros para nutrir en el fondo de las almas todas las virtudes que la piedad y el amor inspiran para representarles el augusto sacrificio del Altar y hacerles más sensible la adoración y el reconocimiento a la sumisión sin límites que deben al Moderador Supremo, mi Pío Instituto se vale del preservante y confortante aroma de la virtud para desarrollar sus facultades y ennoblecer los sentimientos del niño, ilustrar su inteligencia y dirigir su voluntad, formar su conciencia y afirmar su carácter robustecer su corazón y llevar su vida temporal hasta las mansiones de la vida eterna.

Sí, la Religión, sola la Religión infunde y graba en el corazón de sus hijos ese misterio de amor, que sin embargo de aplicarse a hijos extraños tiene toda la fuerza del amor paterno y toda la dulzura del materno, toda la ternura que cabe en la tierra y toda la pureza que desciende de los cielos, origen más puro, fines más rectos y miras más altas.

La Religión y sola la Religión es la que le enseña a formar gratuitamente al hombre y prepararlo para las diversas funciones sociales que está llamado a desempeñar sobre la tierra; a formar gratuitamente por esa educación general y especial a esa noble criatura, dotada de inteligencia, de razón y de una voluntad libre hecha para el bien; a formar al hombre inteligente, al hombre honrado, al hombre con sus facultades generales y sus cualidades individuales tal como la sociedad y la Religión lo exigen; al hombre ante todo inteligencia poderosa y pura en un cuerpo vigoroso y sano; al hombre de razón, de juicio y de gusto al hombre de corazón y de carácter; al hombre de imaginación arreglada y fácil y clara elocución, de voluntad firme y recta; al hombre de fe ilustrada y conciencia firme tal como Dios le ha criado, J.C., redimido y la marcha providencial del mundo perfeccionado; al hombre de su siglo y de su país en la verdadera acepción de estas dos palabras; al ser educado, al hombre del Evangelio, al verdadero cristiano.

Esta es la obra más noble, la más grande y la más sublime del mundo porque abraza a todo el hombre tal como Dios le ha concebido, tal como Dios le ha criado en lo que tiene de más alto en la paternidad de las almas. Esta es la obra divina, es la creación continuada, es la altísima misión de la Escuela Pía; misión del mayor interés y de la importancia más decisiva así para la dignidad y dicha del individuo y de la familia como de la misma sociedad entera.

Sí... Mientras haya una imagen de Dios en el mundo, será grande y providencial será sagrada y divina la Misión de la Escuela Pía. Mientras haya una inteligencia capaz de conocimiento y de sabiduría y de verdad y de luz, y de imaginación y de recuerdo y de ciencia y de genio, será bella, será digna, será divina la Misión de mi Instituto. Sí, mientras haya en la tierra, un corazón, una conciencia, un carácter, una voluntad humana; será bello, será digno, será divino el formarlos en el amor de lo que es verdadero y honesto, en el entusiasmo de lo que es noble y generoso, en la santa pasión por lo que es grande y sublime.

Mientras haya en la tierra un hijo del hombre inspirado por ese soplo divino que le hizo el Rey de la Creación y la imagen inmortal del Dios viviente, deberá ser educado en el conocimiento y amor de sus altos destinos y restablecido al efecto en la integridad, en la fuerza, en la plenitud y en el poder de sus incomparables facultades.

En tanto que haya un hombre que por la ciencia y el amor de lo visible e invisible pueda ser el centro de la creación y el contemplador de los cielos será bello enseñarle por qué esfuerzo, por qué estudios y por qué elevación intelectual, moral y religiosa, debe sobreponerse a cuanto Dios someta a sus miradas y a las investigaciones de su inteligencia. Será bueno, será digno, será divino enseñarle por qué ciencias puede llegar desde el punto imperceptible que ocupa sobre la tierra, hasta los confines de su imperio, estudiar los misterios más sublimes de la naturaleza, medir con seguridad la inmensidad de los cielos, penetrar hasta las entrañas de la tierra para robarle sus tesoros y contemplarlo todo, desde la flor de los valles que le revela un día su nombre y sus virtudes hasta el Sol que mide los siglos y recorre a ciegas la inmensidad de los espacios.

Por último, en tanto que haya en la tierra una imagen del Altísimo será bello, será digno enseñarle a elevarse por la noble alianza del saber con la virtud y de las letras con la sabiduría, de la ciencia con la fe y de las artes con la Religión hasta el poder supremo de ese genio que lo mismo se remonta a los cielos que desciende a los abismos, juzga a los siglos pasados que se engolfa en las profundidades insondables de los futuros, reputa baladí la belleza de lo temporal y vuela a unirse con Dios en los esplendores de la eternidad.

Notas