HablaPadreFundador/FLORES DE MAYO. DIA 15

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DIA 2 - FLORES DE MAYO – CONCEPCION DE MARIA
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FLORES DE MAYO. DIA 15

Como hemos indicado anteriormente constituye esta plática, una de las cuatro o cinco que desarrolló nuestro P. Faustino, durante el mes de mayo en Sanlúcar de Barrameda en cuyo Colegio de las Escuelas Pías se había implantado esta santa costumbre de celebrar todos los días del mes de las flores, con asistencia del vecindario y de los colegiales, como hemos conocido hasta nuestros tiempos.
Tiene por tema la penitencia, la sanción de toda trasgresión de la ley y la misericordia del Padre, que con los brazos abiertos aguarda al hijo pródigo.

Necesidad de la penitencia si se ha de evitar el infierno.

Si poenitentiam non egeritis omnes similiter peribitis. Lc. 13, 5.

Si no hacéis penitencia, todos pereceréis.

Complacíase el hacedor supremo considerando todas las cosas que creara su omnipotencia, hallándolas muy buenas según expresión de la Escritura, y complacíase más aún al considerar al hombre imagen y semejanza suya, constituido rey de la creación, señor del Universo y dueño y árbitro absoluto de todos los seres que le poblaran. Complacíase, repito, considerando al hombre llamado una y mil veces el objeto de las complacencias de Dios, la criatura predilecta que saliera de sus manos; porque, si todas las criaturas eran muy buenas, la bondad del hombre excedía a todas: las primeras estaban dotadas de una bondad puramente natural, conforme a su destino, y el hombre a causa de su mismo destino tiene dos bondades, una natural y otra sobrenatural; la primera lo constituye rey de la creación, y la segunda lo hace hijo muy amado de Dios; la primera se le concede según su naturaleza, y la segunda es un efecto especial y privativo de la gracia; la bondad natural coloca al hombre en el lugar que le corresponde entre todos los seres del mundo visible, y la gracia perfeccionando a la naturaleza eleva al hombre a una categoría infinitamente superior, lo coloca en un estado de felicidad indescriptible, haciéndolo la criatura más dichosa del mundo, y dándole una semejanza grande con los habitantes del cielo; es el objeto en quien Dios ha fijado su amor, lo adopta por hijo, y lo declara heredero de su reino y participante de su felicidad inmensa. Tal es el estado en que Dios creara al hombre. Mas este estado tuvo muy poca duración: la debilidad lo arrastra y la ley de los miembros se hace superior a la ley del espíritu; enorgullecido con ese estado y elevándose sobre sí mismo, cual ligero polvo, se olvida del precepto de Dios, lo mira con indiferencia, atiende más a su comodidad que al deber y he aquí la caída; no contento con la desobediencia primera, quebranta a cada paso los divinos preceptos, desoyendo la voz de Dios que continuamente lo llama a sí, y despreciando los estímulos de la conciencia que en todo tiempo y lugar le están purgando. Para no sentir estos estímulos y pasar desapercibidos los avisos continuos de la Providencia se aparta completamente de Dios dando rienda suelta a sus pasiones, y el que poco antes dijera lleno de vanidad: ¡non serviam!, no serviré; para emanciparse del yugo suave de su creador, se esclaviza por su gusto a las pasiones más vergonzosas, practica las acciones más bajas y rinde homenaje a tantos señores duros e implacables cuantas son las pasiones que lo dominan. Su razón ofuscada por el vicio no le deja ver su inconsecuencia y precipitándose de pecado en pecado, de abismo en abismo llega a un punto donde parece imposible volver atrás. Si alguna vez entra dentro de sí mismo y se reconoce, sus propósitos son exhalaciones pasajeras que se desvanecen como humo, siendo imposible determinar dónde comenzaron, qué rumbo siguieron, ni dónde tuvieron fin. Estos propósitos sin efecto no contribuyen a otra cosa que a avivar el fuego de las pasiones a la manera que una rociada de agua aviva y fomenta el incendio lejos de apagarlo. De aquí es que olvidando el pecador completamente su origen y apartando la vista de su fin, exclama con sus compañeros en la maldad y en el crimen, según la expresión del Sabio: venid y coronémonos de rosas antes que se marchiten y no dejemos pasar la flor de la edad, disfrutemos de los bienes que se nos presentan y hagamos que toda criatura sirva a nuestro placer; comamos y bebamos que mañana moriremos: Comedamus et bibamus cras enim moriemur. Insensatos, la malicia y la corrupción han cegado vuestros entendimientos, vuestros ojos no ven la luz que se os pone delante y no consideráis que vuestras palabras son vuestra condenación. Mañana moriréis, ¿y cuál será vuestra suerte?, ignoráis acaso que al crear Dios al hombre le dio un alma que vive para siempre et factus est homo in animan viventem, y si sabéis esto, ¿cuál es el destino que preparáis a esa alma? Si nuestro ser hubiera de concluir con la muerte seríais en alguna manera excusables, pero no siendo así, ¿cómo desarmaréis el brazo de la divina justicia armado contra vosotros y que os espera en ese momento terrible para vengar su honor ofendido, su autoridad vilipendiada y su ley desatendida? Si atesoráis en este mundo indignación e ira, ¿qué recogeréis en el otro sino padecimientos y dolores sin fin?

Es un principio eterno y constante de legislación y equidad que toda ley tenga su sanción, esto es que lleve en sí misma los premios o castigos consiguientes a su observancia o violación; de no ser así, las leyes serían perjudiciales, lejos de ser útiles. También es igualmente cierto que todo pecado es una infracción o quebrantamiento de la ley de Dios, y que establece una verdadera separación entre Dios y el hombre, pues tiende a emancipar la criatura del Creador, a eximirla de su autoridad paterna; la ley de Dios violada y su justicia ofendida exigen una pronta y eficaz reparación, reparación tanto más considerable, cuanto mayor sea la gravedad de la ofensa. Mas la misericordia divina se diferencia de las autoridades terrenas, en que no aplica el castigo absolutamente, sino que deja al delincuente tiempo para corregir su crimen, le previene de mil maneras su desobediencia, le pone delante los castigos que reserva al pecado, le anima a que se aparte de él, y se ofrece a recibirlo con los brazos abiertos; si el pecador se obstina en el mal, lo llama de nuevo presentándolo a la vista desengaños que le hagan entrar dentro de sí, y purificarse mediante una verdadera penitencia; pero si tanta indulgencia no produce efecto, si el pecador sordo a los llamamientos se encenaga cada vez más en el vicio, si en tan lastimoso estado le coge la hora de la muerte, entonces descarga sobre él sin piedad su indignación. En ese momento concluye la misericordia y entra de lleno la justicia; el que hasta entonces fuera un padre cariñoso, se convierte en un juez terrible, y aquellas manos abiertas para recibir a los pecadores, se arman de fulminantes rayos para atormentar a los impíos, y el que día y noche los buscaba por todas partes para atraerlos al verdadero camino, los busca sí, para atormentarles eternamente. En vista de esto qué recurso queda al pecador, uno solo, y es elegir entre estas dos cosas: Penitencia o infierno. He propuesto.

Virgen Santa, Madre de misericordia, refugio de los pecadores y consuelo de los afligidos, prestadme vuestra intercesión para que todos mis oyentes elijan con todo su corazón la penitencia y puedan de ese modo evitar los terribles castigos del infierno; si no os mueven mis súplicas, muévaos vuestra piedad y las plegarias de todo este pueblo que a Vos se acoge y os saluda con toda la efusión de sus corazones.

Ave María:

Si poenitentiam, etc.

Si no hacéis penitencia, etc...

El hombre, es culpable, ¿quién lo duda? Sólo la impiedad puede oponerse a este principio, y su oposición será meramente especulativa, hallaremos que los más ardientes defensores de la bondad y justicia del hombre, reconocen en él muchos defectos que radican en su voluntad y por consecuencia que puede y aún está en el deber de corregirlos. El hombre es culpable, sí, católicos, y os convenceréis de ello, si deponiendo toda teoría, consultáis con cada uno en particular. Examinad su corazón, consultad a los más desalmados, trayéndolos a la soledad y al retiro, y mal que les pese os confesarán que son culpables, que su conciencia no se halla tranquila, que muchas de las acciones que les merecen la consideración y aplausos de sus semejantes atormentan cruelmente su alma, que su espíritu se halla atosigado en medio de las mayores diversiones y festines, y que haciendo lo posible para tranquilizarse, un gusano roedor los barrena interiormente. Esta desazón, este desasosiego nace de que saben que hay una ley que regula sus acciones, ley de que se desentienden cuando llega el caso de obrar, y la pasión que antes le cegara ofuscando su entendimiento lo abandona apenas satisfecha y le hace conocer la gravedad del delito y cuán fácilmente habría podido librarse de él. Pero ya es tarde, el hecho es irremediable y no queda otra cosa que la confusión y la vergüenza unidas a ese torcedor continuo que atormenta día y noche, poniendo a la vista el crimen, y lo que es peor todavía, sus fatales consecuencias. Helas aquí.

El pecado establece una completa separación entre Dios y el hombre, es un acto de insubordinación que la criatura comete contra el Creador. Dios ordena con todo el lleno de su autoridad y oyen una voz que contesta non serviam, no obedeceré: y ¿quién es el osado que se atreve a levantar su frente orgulloso contra todo un Dios?, el hombre; ¿quién el que prorrumpe en blasfemias contra la autoridad soberana del que es poderosa para aniquilar el mundo con una sola indicación de su voluntad?, el hombre; ¿quién es el que con negra ingratitud tremola el estandarte de rebeldía contra el hacedor de todas las cosas? el hombre; sí, el hombre, esa criatura única capaz de conocer a su autor y por lo mismo la más obligada a prestarle homenaje es la que se atreve a habérselas con Dios, la que desobedece sus órdenes y desprecia sus mandatos y es osado a contestarle con la más petulante arrogancia; ya sé que imponéis leyes a la naturaleza y que todos los seres acatan vuestras disposiciones, más yo no quiero obedecemos, me río de vuestras promesas y me burlo de vuestras amenazas; quiero pensar en mi antojo, amar según mi gusto, obrar como me plazca y vivir según mi capricho. Este es el lenguaje del pecador, si no de palabras al menos según sus obras, y ¿qué es esto sino una separación de Dios y una rebelión completa? Seguid aún y veréis en el pecado la más negra ingratitud que puede imaginarse. ¿Qué motivos tiene el hombre para rebelarse contra Dios?, yo os lo diré. El haber recibido de Dios su existencia y todo cuanto tiene, el ser sustentado por su mano próvida, el verse colmado a toda hora y a todo instante de multitud de beneficios que derrama sobre él a manos llenas y lo que es más, el haber sido lavado y purificado con la sangre de su Hijo, que tomó carne y se inmoló con el único objeto de redimir al hombre, ¿y sin que obste nada de esto se rebela contra su Dios? ¡Ingrato, una y mil veces ingrato, tu delito es la ingratitud más horrorosa!

Queréis saber ahora cuáles son los efectos y las consecuencias necesarias del pecado: escuchad: la muerte del alma a todo lo que es Dios y se encamina a la salvación; la pérdida de todas la obras buenas y méritos contraídos anteriormente; esto es poco me diréis con tal que las pasiones estén satisfechas; la pérdida de la herencia al reino de los cielos y el ser borrados del libro de la vida; ¿aún dudáis, y preferís vuestros gustos a esas cosas?, pues oíd y temblad; un eterno suplicio en el que el pecador jamás expiará su crimen, un fuego abrasador que devorará sus entrañas sin consumirlas, tormentos que durarán por toda una eternidad en castigo de unos placeres momentáneos, de unos pasatiempos que no bien se comenzaban cuando ya se habían disipado, de un bienestar aparente y de una felicidad solo en el nombre. Tales son las consecuencias necesarias del pecado, y tal es la suerte que le espera al pecador, porque Dios a la par que misericordioso es justo, y si bien no quiere la muerte y la perdición del pecador es muy celoso de su ley y de su voluntad; continuamente llama al pecador y éste se hace sordo, le comunica sus gracias y las desprecia; lo busca por todas partes y no quiere seguirlo; le invita con el perdón mediante una verdadera penitencia, y ni aún se digna volver la vista. Cansado ya de esperar le amenaza de la manera más terrible: Te he llamado y no has querido venir; cuando tú me busques no me encontrarás; me haré sordo a tus súplicas, despreciaré tus gemidos y me gozaré en tu perdición: in interitu vestra ridebo et subsanaba. Tal es la sentencia que espera el pecador que desoye la voz de la gracia y los estímulos de la conciencia, sentencia que como se decía al principio está formulada en estas palabras: penitencia o infierno, elegid.

No es mi voz la que os llama, es la voz de Dios la que os invita por medio de un profeta: Convertimini ad me ex toto corde vestro. Convertíos a mí de todo vuestro corazón, y por S. Lucas os dice que si no hacéis penitencia todos pereceréis. Ya os veo decidimos por vuestra conversión, ya os veo tomar el partido de la penitencia; queréis convertiros, sí, es cierto, teméis estar en desgracia de Dios a la hora de la muerte; pero se os hace muy pronto dejar vuestros malos hábitos, las costumbres inveteradas; quisierais, según decís, esperar mejor ocasión, esto es abandonar los placeres cuando ya estéis disgustados de ellos y hayan desaparecido la robustez de la edad y el ardor de las pasiones; renunciar a las riquezas cuando ya no podáis disfrutar de ellas; abandonar el mundo cuando él os desprecie; en una palabra queréis ofrecer a Dios una voluntad cansada en el vicio y un cuerpo consumido por la liviandad. ¿Y serán gratos a los ojos de Dios esos sacrificios forzados, esas conversiones tardías? Más claro, ¿hacéis en eso algún sacrificio? ¿No es vuestra conversión en tal caso una medida de recurso, volviéndose a Dios, cuando el mundo no os quiere, os desprecia y desecha de sí? ¿No merecéis en justicia que el Señor no os atienda en castigo de los muchos desprecios que le habéis hecho? Para evitar ese castigo haced que vuestra conversión sea pronto; os llama la gracia, seguid sus inspiraciones. Convertíos a Dios de todo vuestro corazón. Haced que vuestra conversión sea pronta, entera y perfecta, pues no hay conversión verdadera sino es de todo corazón. Extirpad de una vez todos los vicios, purificad vuestras almas y que vuelvan a recobrar los derechos perdidos por la culpa.

Notas