HablaPadreFundador/MISA NUEVA DEL P. EUSTAQUIO HERNÁNDEZ

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SERMÓN DE LA NOVENA DE NTRA. SRA. DEL SUDOR
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DÍA DE SAN ANTONIO DE PADUA
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MISA NUEVA DEL P. EUSTAQUIO HERNÁNDEZ

Este Padre nació en Fuensalida (Toledo) el 28 de septiembre de 1848 y murió en el Colegio de S. Fernando de Madrid el 23-VIII-1903 a los 55 años de edad. Nuestro P. Míguez le sobrevivió todavía más de 20 años. Llegó a ser Rector del Colegio de Granada y toda la vida se resintió de salud deficiente. Probablemente lo predicó en el mismo pueblo del misacantano o en la iglesia del Colegio de Getafe adonde fue destinado a su salida a Comunidad. Hay que situarlo alrededor del año 1872, año en el que Siervo de Dios fue destinado al Monasterio del Escorial y el P. Eustaquio habría cumplido los 24 años.

Una manu sua faciebat opus et altera tenebat giadium. Con una mano edificaba la obra y con la otra empuñaba la espada. II Esdr 4, 17.

Los tiempos se suceden con la mayor rapidez y no dejan en pos de sí otra cosa que tristes recuerdos, desengaños palpables, en aquello mismo que nuestra ilusión nos pintara con los más halagüeños colores. Bajo la influencia del tiempo todos los velos se descorren, huyen las apariencias y nos encontramos de frente con una fría realidad, con el lenguaje de los hechos más convincentes que todas teorías, aunque estas sean desarrolladas con todo el vigor de la elocuencia. La historia es el gran argumento de las ciencias prácticas y es en vano establecer principios por más sólidos que parezcan, si los hechos no están en armonía con ellos. Tales principios serán una utopía, un sueño delicioso si se quiere, en el que una imaginación fogosa se deleita, elevándose sobre sí misma, y desprendiéndose de todas las ligaduras que la aprisionan. Pero llega el tiempo de obrar y hed (sic), aquí que se despierta del sueño y no queda otra cosa que un vago recuerdo, que atormenta, lejos de deleitar, viendo que se escapa de nuestras manos la felicidad que creíamos segura; y el placer experimentado al concebir y saborear aquella utopía no iguala al disgusto sentido, al ver que no tiene más consistencia que el humo, y que el vasto edificio que la imaginación forjara se desmorona cual si fuera edificada de movediza arena, tal es la naturaleza de los hechos. Para convencernos que esto es una realidad, consideremos por un momento la faz que presenta la sociedad desde la ciudad más populosa hasta la más insignificante aldea, en el centro del gran mundo y en el seno de la familia más abyecta que mora en los desiertos, o que rodea el reposo a las fieras en la escabrosidad de los montes. Por doquiera encontramos proyectos más o menos atrevidos y monstruosos a que la imaginación da colorido pero que no tienen ejecución, y de ahí nacen ese espíritu de novedad y de vértigo que domina todas las clases, produciendo una ansiedad y un disgusto general que amenaza en su existencia a cuánto hay de más sólido, más consistente y consolador sobre la tierra, porque ese espíritu de novedad no contentándose con introducir mudanzas en la política, procura con reiterado ahínco introducir novedades peligrosas en la religión. Los pueblos todos sienten en sí un movimiento que los precipita, a pesar suyo, en un caos; en su marcha progresiva observan bajo su planta un abismo, y volviendo la vista atrás no descubren otra cosa que desolación y ruinas; el pasado los atormenta con sus errores, el presente los atosiga con su ansiedad y el porvenir los desespera con sus consecuencias. Si asombrados de lo terrible de su situación ensayan un esfuerzo para salir de ella, por el momento parecen desarrollar un principio robusto de fuerza y de energía, pero es la fuerza del frenesí y del despecho; y comenzando a obrar descubren su impotencia y caen desfallecidos en la demanda. Carecen de un centro de unidad y de acción que les sirva de punto de apoyo, y del cual, como de manantial copioso, nazcan otros varios raudales que ramificándose abarquen las diferentes clases de la sociedad, haciendo a todas ellas trabajar de consuno en la obra de la restauración. En vano la Filosofía se ha creído llamada a iniciar tamaña obra porque todos sus esfuerzos sólo han servido para descubrir su impotencia y sumergir más la sociedad en el abismo; sus deslumbradoras teorías lograron ofuscar por algún tiempo, mas traídas al terreno de la práctica hemos visto que no eran más que concepciones de espíritus orgullosos que, para distinguirse de los demás y uncir a sus semejantes en el carro de su soberbia, abandonaron el camino de la razón, para seguir las huellas de su loca fantasía. Pues como dijo el gran Tulio, uno de los Padres de la Filosofía antigua, no hay error por disparatado que parezca, que no haya sido concepción de algún filósofo. La filosofía ha dirigido todos sus esfuerzos a llenar el corazón de las masas de derechos, dejando la conciencia vacía de deberes, y merced a su influjo reina por doquiera la anarquía y la división y lejos de proporcionar con ese medio la felicidad de los pueblos, ocasiona inmediatamente su ruina, y el estado actual de las sociedades todas lo pregona muy alto. La fe se pierde como dice un publicista moderno, la herejía hace en todas partes multitud de prosélitos. En época no muy remota nos lamentábamos de que las cuestiones religiosas eran tratadas por personas incompetentes y aquel abuso ha venido a terminar en otro infinitamente peor y de más trascendencia; ya no se disputa sobre religión, porque reina el indiferentismo, los sacrosantos dogmas de la religión son atacados con el arma del ridículo y se hace un estudio particular en desacreditarlos y hacerlos caer en el desprecio; el catolicismo no experimenta en nuestros días una persecución armada, la sangre de los cristianos no se derrama a torrentes, no se encuentran listas de proscripciones ni sayones pagados para difundir por todas partes el terror y la desolación; pero en cambio los escándalos cunden, se fomenta la desmoralización en todas las clases, y aquellas personas que por su posición social debieran cuidar con más empeño de la conservación del orden y de las creencias, que debieran con su autoridad defender a la esposa del Cordero, tan abatida y humillada en todas partes, son las primeras que, abusando de su poder, la privan de sus más sagrados derechos, y ora con una indolente apatía, ora con una condescendencia imprudente, aquí por efecto de debilidad, allí a causa de su mala fe, contribuyen con sus disposiciones a que los enemigos de la Religión multipliquen contra ella sus tiros y no cesen ni de día, ni de noche de meditar su ruina. Palpable es a los ojos de todo hombre pensador que la situación presente, la más aciaga sin duda de cuantas vieran los siglos, necesita un pronto y eficaz remedio, remedio que no parándose en las consecuencias del mal atienda a su raíz, destruya su causa y de esa manera cortado el árbol desaparezca el fruto, y la sociedad volviendo a su centro podrá llenar cumplidamente sus fines, hacer la felicidad del individuo. ¿Y dónde se encontrará ese remedio? ¿Consistirá acaso en alguna de esas brillantes y deslumbradoras teorías con que la Filosofía moderna aturde a todas horas nuestros oídos parecida a tantas otras, como años ha, se vienen ensayando? Nada de eso, Señores, el mal es práctico y el remedio también, el mal se extiende a todas las clases, sin distinción, y el remedio debe hacer sentir su influencia desde el más elevado alcázar, hasta la choza más despreciable. Ese remedio lo veo yo solamente en la elevada clase del Sacerdocio Católico, cumpliendo fielmente su doble misión de moralizar a los pueblos y oponer con irresistible esfuerzo a las novedades religiosas y sociales.

He indicado el objeto de vuestra atención en estos momentos, pero para llenar cumplidamente mi cometido necesito los auxilios de la divina gracia, y cuento con vuestra benevolencia que me ayudaréis a implorarla, etcétera.

Ave María:

Una manu sua etc...

Con una mano, etc...

Es indudable y la experiencia diaria nos demuestra con sobrada frecuencia que la legislación más sabia, el poder mejor constituido, la autoridad más ilimitada son impotentes para contener a un pueblo desmoralizado en la senda del deber; cuanto más rigor despliega la espada de la justicia en el castigo de los criminales, tanto más se exasperan las pasiones, cuando no están subordinadas, y lejos de disminuirse los delitos por el temor, se aumentan en proporciones colosales. La espada y el medio del castigo podrán por algún tiempo contener el desorden, dominar las masas, a la manera que un poderoso dique detiene las aguas que tienden a despeñarse; pero la calma engendrada por esas causas es tanto más peligrosa, cuanto que los elementos contenidos se hallan con mayor violencia, y llega un día en que mediante el movimiento convulsivo que continuamente la agita rompen la valla y cual impetuoso torrente todo lo inundan en su desbordamiento; el germen de anarquía, de destrucción y desorden, que ocultaban en su seno, se desarrolla rápidamente y en breve la sociedad se ve reducida a un estado de destrucción y aniquilamiento, cuya reparación exige largo tiempo, extraordinarios sacrificios. La historia en cada página nos presenta tronos levantados sobre colosales ruinas, defendidos por el valor que los fundara y sostenidos en el mayor entusiasmo, y sin embargo los hemos visto sumergirse y desaparecer en el mar de sangre que para su establecimiento derramaran. ¡Tanta verdad es que una sociedad no se establece, ni mucho menos se consolida con el derramamiento de sangre, la devastación y el desorden!... Otros son los medios que deben emplearse, otro el resorte infalible, mediante el cual, la sociedad encuentra siempre la tranquilidad y la paz. La moralidad, el cumplimiento del deber, he aquí los medios, pero se necesita reducirlos a la práctica y eso exige un esmerado conato y una incesante vigilancia, y al mismo tiempo es preciso que las personas encargadas de plantearlos sean enteramente independientes y en las cuales no haya, ni puedan suponerse intenciones siniestras, miras particulares. Es preciso que esas personas colocadas en medio de la sociedad representen intereses de más valía, que los que separan y dividen a los hombres, viéndose, al propio tiempo, libres de todos los lazos que aprisionan al hombre y absorben toda su existencia, puedan difundir en torno suyo la abnegación y la caridad. Es preciso que enfrente del egoísmo, fuente y raíz de toda división, pongan el espíritu de sacrificio, manantial copioso de unión y fraternidad; que colocados entre el poderoso y el débil intercedan con el uno para alivio del otro, que sin distinción de clases ni jerarquías los consuelen a todos y a todos los reciban estrechándolos con el dulce lazo de la caridad. Condiciones son éstas, que sólo se encuentran en el Sacerdocio católico, que por su institución separa a sus miembros de los demás hombres y nada tienen de común con ellos, porque, representantes de un reino que no es de este mundo, desprecian las cosas de acá abajo, gozando por lo mismo de gran prestigio y autoridad, y así vemos que pueblos enteros, naciones en masa a quienes nunca pudo dominar la espada están pendientes del labio de un sacerdote, oyen con docilidad su voz, y practican con sumisión cuanto de ellos exige; y se observa que lo que han podido conseguir los más poderosos conquistadores, lo obtiene con suma facilidad y sin el menor obstáculo un ministro de Jesucristo. Y si tropieza con inconvenientes, insta según el consejo del Apóstol, suplica, arguye, reprende oportuna e inoportunamente y llega por último a conseguir la destrucción del desorden, el renacimiento de la moralidad. De esta manera los ministros del Evangelio han hecho que pueblos feroces y de instintos altamente sanguinarios humillen su cerviz ante el yugo de la autoridad, manifestándoles que el que a ésta resiste, se opone abiertamente a las órdenes de Dios, de quien emana toda potestad, y acompañando sus palabras con sus ejemplos han arrastrado a los caracteres más rebeldes en pos de su abnegación y del buen olor de sus obras, según las palabras del Apóstol de las gentes: In omnibus te ipsum praebe exemplum bonorum operum, sirviendo en todas sus acciones de modelo y ejemplos, de donde puedan copiar los demás todas las virtudes, la humildad, la abnegación, la caridad más acendrada, porque haciéndose todo para todos ocurren (sic) a las necesidades todas, sin distinción de grandes, ni pequeños, poderosos y débiles, sino que a medida que las necesidades crecen, su celo se multiplica y poniéndose al lado del débil, lo defienden de las iras del fuerte, al paso que protegen la fortuna del poderoso, de la rapacidad y codicia de los miserables; a todos los estrechan con un vínculo común y de todos hacen una sola familia, porque dominando las conciencias, dirigen sin obstáculo los corazones encaminándolos sin violencia al centro de toda unidad, y al conocimiento de la verdad por excelencia, Cristo Señor nuestro, ante cuya Cruz deponen los poderosos su orgullo y cobran ánimo los débiles. Todo ese poder nace de sus obras porque los pueblos ven en su conducta la práctica constante de aquello mismo que enseñan y sabido es, que el ejemplo es más poderoso que las palabras, para mover las voluntades; como siglos ha, expresara con su armoniosa lira el cantor del Lacio, así como también da una fuerza irresistible a la doctrina y a la represión, según aquello del Apóstol antes citado: Ut potens sit exhortari in doctrina sana, et eos qui contradicunt argüere, y he aquí el segundo deber que impone el ministerio sacerdotal a los miembros que le pertenecen. El Sacerdote no debe contentarse con ser la sal de la tierra, que mediante sus buenas obras libre a los demás de la corrupción, sino que también debe servir de luz que disipe la oscuridad y las tinieblas, combatiendo a los ministros del error y difundiendo por todas partes la claridad de la sana doctrina como dice Isaías: Ecce dedi te in lumen gentium ut sis salus mea usque ad extremun terrae. Desde los primeros tiempos trabaja la impiedad para destruir y hacer desaparecer de la tierra la Religión del Crucificado, las pasiones todas han dirigido siempre sus tiros a la barquilla de Pedro y ésta a pesar de las borrascas que la irreligión y el indiferentismo han levantado contra ella, ha logrado surcar ese mar proceloso a través de la sucesión de los siglos hasta nuestros días; todos los tiros de las infernales máquinas dirigidos contra la ciudad santa, se han estrellado contra esa peña, columna y firmamento de la verdad; ni la espada de la persecución, ni el ardor de las hogueras, ni los tormentos del potro, ni la lobreguez de las mazmorras, han sido bastantes para apagar los radiantes destellos de la fe, ni sofocar la semilla fructífera que germina en los corazones. Un mar de sangre inunda toda la tierra y sobre su densa espuma va flotando la luminosa antorcha de la fe para alumbrar a los que se hallan sumidos en las más densas tinieblas y rodeados de las sombras de la muerte. La sangre de los cristianos derramada a torrentes es una semilla fecunda que produce centuplicados frutos, y el rigor de la persecución sólo sirve para que la fe aparezca más luminosa y extender sus conquistas. En vano se la proscribe con imperiales decretos, pues en la choza del labriego, como en los palacios de los Césares tiene sus prosélitos. La impiedad convencida de que una persecución clara y descubierta sólo servía para dar incremento a la fe y extender su poderoso influjo, y persuadida de que la sangre de los cristianos servía de riego a los nuevos vástagos que diariamente aparecían en la Iglesia, cambia de rumbo sin deponer su impío designio de destrucción; se ha propuesto aniquilarla y toca cuantos resortes le sugiere su depravado intento, ora bajo el especioso pretexto de protección, trata de esclavizaría, ora pone en ridículo sus misterios y máximas sagradas, aquí mira los asuntos de la religión con glacial indiferencia, allí sirve a los fieles de piedra de escándalo poniéndoles delante las comodidades y placeres de que se privan; en todas partes el intento es el mismo, los fines idénticos; sigue caminos distintos según cree sacar más partido en atención a las circunstancias, pero siempre dirigiéndose al mismo fin; más la religión sufre inalterable todos sus ataques, experimenta ilesa todas las pruebas, y en todas las ocasiones se nos presenta pura y sin mancilla, toda llena de esplendor y de gloria aun en medio de las mayores persecuciones; las puertas del infierno podrán sí combatirla, pero nunca vencerla; a pesar de todos sus esfuerzos sin que obsten todas sus maquinaciones, llenará su objeto hasta la consumación de los siglos y nunca prevalecerán contra ella.

El Reino de Jesucristo nada tiene de común con los imperios del mundo; carece de ese aparato exterior que les da la ostentación y el brillo y no está sujeto a las vicisitudes que ellos experimentan: su dominio se extiende a todos los pueblos y para sostenerlo no emplea el tumulto de las armas; su duración alcanza más allá del dominio de los tiempos, y a pesar de todas las tempestades, que el infierno levanta en contra suya, siempre triunfante de sus enemigos, llena fielmente su destino sobre la tierra. Los medios únicos de que se vale consisten en la persuasión y el convencimiento, por eso sus ministros hacen oír por todas partes sus saludables máximas, sirviendo de un muro inexpugnable contra los ataques de la impiedad. El primer paso que han dado los novadores de todos tiempos ha sido difundir sus máximas subversivas embozadamente y atraer hacia sí un considerable número de prosélitos, nunca han comenzado por sus principales aplicaciones y consecuencias, esto sería hacer aparecer el error con toda su deformidad y lejos de. insinuarse insensiblemente sería mirado desde el principio con aversión y con horror; las más veces procurará cubrirse con el velo de alguna persona autorizada y mediante sus aparentes protestas de celo y sumisión, hacer creer a los demás que los anima la mejor buena fe, que tienen los mejores sentimientos, y sólo cuando cuentan con los recursos necesarios, cuando la cizaña mezclada con la buena semilla es capaz de sofocarla, entonces es cuando se quitan la máscara y descubren toda su perversidad y su intención depravada. En este caso el mal ha avanzado demasiado y el remedio es muy difícil; por eso el Sacerdote no debe condescender nunca con la más pequeña variación en la doctrina, según el Apóstol, debe huir siempre las vanas cuestiones y toda novedad, como fiel administrador debe conservar intacto el depósito que se le confiara, y si quiere que su trabajo persevere, aparte sus ovejas de los pastores inficionados sin consideración a la autoridad y cualidad de las personas, y sin dejarse dominar nunca por temor vano llevando con una mano el ejemplo y la práctica de todas las virtudes, empuñe valerosamente con la otra la espada de la revelación y de la sana doctrina para defender su obra de los asaltos del hombre enemigo: Una manu sua faciebat opus, et altera tenebat gladium.

He aquí, nuevo Sacerdote, carísimo hermano mío, la obligación que esa nueva dignidad te impone; no desmayes ante su peso, porque el miedo y la cobardía para nada valen, antes bien, confiado en los auxilios de lo alto, emprende con resolución tu nueva carrera no olvidando la promesa que el Dios de la majestad hace en el Paralipómenos a sus ministros: Viriliter age et confortase et fac; ne timeas et ne paveas, Dominus enim meus tecum erit et non dimittet te, neque derelinquet donec perficias opus ministerii domus Domini. Pórtate con valor y esfuerzo, no temas, ni te acobardes porque el Señor Dios mío, estará contigo y no te dejará, ni abandonará hasta que finalices toda la obra del servicio de la casa del Señor.

Los tiempos son difíciles, las circunstancias aciagas, no hay que dudarlo, te encuentras en medio de una Sociedad sin Dios y sin religión, en la que cada cual puede erigir altares a su arbitrio; en la que el nombre de Dios es públicamente blasfemado y escarnecido, en la que todas las malas pasiones dominan y los adoradores del verdadero Dios se ven ultrajados y perseguidos, en una sociedad en que todos los elementos se conjuran contra el justo y quisieran borrar su nombre de sobre la faz de la tierra. Pero no desconfíes, una gran parte de esa Sociedad, la inmensa mayoría ha comprendido su situación y despojándose de la apatía, que tanto ha envalentonado a los enemigos de Dios, eleva al cielo sus manos suplicantes pidiendo que abrevie los días de la prueba y ponga con su poder término a la persecución. Une a ellos tus súplicas y subiendo a ofrecer el Cordero Inmaculado cuando a la eficacia de tu palabra se abra el cielo, y rasgándose las nubes descienda a tus manos el Unigénito del Padre, pídele que fije su compasiva mirada en el anciano venerable que rige los destinos de su Iglesia.

Notas