HablaPadreFundador/NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA

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SERMON DE LOS DOLORES, 2º DOLOR
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NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA

Esta plática fue predicada en la iglesia de su pueblo natal, Acebedo del Río (Orense) adonde no había vuelto, como él mismo indica, desde hacía 23 años. El cuadernillo en el que se halla escrita con letra más clara y reposada que otras veces, lleva incrustado en relieve el título de Colegio de S. Lorenzo del Escorial, lo que nos indica que fue escrita durante su estancia en el Real Sitio, hacia 1873-74.
En efecto, parece que no volvió a visitar sus lares y a sus paisanos desde 1850, en que ingresó a la Escuela Pía. A la súplica de las Hijas de María accede gustoso para enaltecer a la que llama “casi divina”, como S. Agustín que nos dice que MARÍA es la única que toca los “límites de la Divinidad”.

¡Bendito sea el Señor! Pensaba tener la altísima honra de dirigir mi desaliñada palabra a unas cuantas hijas de María, y me hallo favorecido de todo un religioso pueblo que hace 23 años no he visto reunido. ¡Bendito seas, mi amado pueblo, ya que así me pruebas que eres verdadero y amantísimo hijo de María a la vez que deferente y obsequioso con el último de tus hijos! ¡Seas bienvenido a proporcionar gozo a mi pecho y satisfacción a mi alma por verte feliz con ese amor que hace fuertes a los débiles, ricos a los pobres y dichosos a todos los mortales, que venturosos lo conocen, cuidadosos lo fomentan y celosos lo propagan! ¡Cuánto de júbilo y solaz no sentido experimenta el alma mía al ver tu espontánea concurrencia a respirar los primeros y fragantísimos aromas de esa Reina de las flores que hoy se abre en bien de los mortales, a precipitamos sobre ese imán de vuestros corazones como los cuerpos al centro de la tierra a elevarse hacia ese Talismán de vuestras almas, como la llama a los espacios!

Pero... ¿a dónde bueno, h. m.? ¿Venís a honrar con vuestra presencia al más indigno de vuestros amigos, inútil de vuestros servidores, y menos acreedor a vuestras atenciones? En eso, seguís el noble impulso de vuestro corazón generoso que sabrá perdonarme de buen grado el que no alcance a corresponder a vuestras justas cuanto galantes esperanzas. ¿Venís a oír de mis labios frases limadas, delicados conceptos y pensamientos elevados sobre esa Criatura casi divina que hoy aparece en la tierra émulo de los mismos Serafines y forma ya en el cielo el dulcísimo embeleso del Dios de las eternidades? En eso manifestáis vuestra excesiva bondad en suponerme dotado de esa elocuencia que no conozco, y de esa delicadeza que me falta, y de esa elevada inteligencia que no poseo, ¿qué podré deciros que no sepáis, h. m.?, ¿qué podrá deciros de esa Misteriosa recién nacida a quien no hay elogio que no cuadre, ni grandeza que no convenga, ni virtud que no embellezca, ni don celestial que no adorne su preciosísima diadema? ¿Qué de esa Aurora que viene a disipar los tenebrosos horrores de una noche de tantos siglos y henchir con los sonrosados rayos de luz de entusiasmo el pecho y de amor el corazón, de admiración la inteligencia y de fuego la voluntad, de embeleso el alma y al hombre de delicias inefables?

¡Yo encomiaros en la cuna a esa esposa sin ruga ni defecto, que el Señor poseyó desde el principio de sus caminos! ¡Yo elogiaros ese Tabernáculo que santificó el Señor como morada de su descanso y verdadera Madre suya! ¡Tomar yo en mis inmundos labios a la que forma las delicias del mismo Dios desde toda la eternidad, y el hechizo de vuestros corazones desde que latieron a la vida, y el embeleso de vuestras almas desde que unidas a vuestros cuerpos la proclamaron Inmaculada!

Llegaría a tanto mi osadía que probase a presentaros como la realizadora de las misericordias, esperada de los patriarcas, anunciada por los profetas, y latentes y palpitantes en mil símbolos y figuras a esa recién nacida cuyas bellezas cantara Salomón, Isaías su virginidad y los oráculos sagrados su dignidad, su heroísmo, su excelencia, sus grandezas!

¡Ah!, no, que ni mis fuerzas alcanzarían a tamaña empresa, ni pudieran por menos de resentirse vuestros sentimientos religiosos al ver rebajado por su insuficiencia el altísimo concepto que tenéis formado de ese Cúmulo de todas las virtudes. Lejos de mí pretensión tan necia e insensata correspondencia a vuestra consideración; sólo intento aseguraros en vuestro gozo, consolidaras en vuestra alegría, impulsaras en vuestros deseos y afirmamos en vuestros propósitos de alabar, bendecir y glorificar a María, imitando en lo posible todas sus virtudes.

Al dirigir una mirada sobre ese pintoresco valle para evocar los dulcísimos recuerdos de mi infancia y arbitrar estímulos al amor de mi amantísima Madre, parecióme oír una voz que arrobaba mi alma, a la vez que me decía: “Escucha a la tierra y repite sus ecos, levanta tus ojos al cielo e imita su canto”. Cuyas palabras me recordaron las del Salmista, cuando, no sabiendo como engrandecer al Señor, introduce a los cielos cantando su gloria y al firmamento anunciando el prodigio de su obras.

Fijéme un poco más y creí percibir los dulcísimos acordes de un himno sublime que entonaban todos los objetos de ese valle que a su vez los repetía con sus frondosas cañadas, enviando sus ecos al espacio donde se, reforzaban con los que del cielo descendían formando el ¡Hosanna!, de María, que se iba repitiendo hasta perderse en el fonocántico (sic) de la eternidad,

¡Bendita, se decían, bendita sea la recién nacida!, su rostro reflejo de la divinidad, su cuerpo sagrario del Altísimo, su alma tesoro de sus dones! ¡Bendito, bendito el mundo espiritual, cuya tierra es la humildad más profunda, cuyo dilatado mar es una caridad inmensa, cuyo cielo es una contemplación sublime, cuyo sol su divina inteligencia y cuya luna su hermosura y su pureza, y la estrella matutina, el resplandor de su santidad perfecta y los astros sus maravillosas virtudes.

¡Bendito, bendito sea el Señor!, cuya mirada penetra los posibles; a cuya voz pululan los mundos, a cuya voluntad los compendia todos en ese Mimo de su Amor, en esa pupila de sus ojos, en ese objeto de sus complacencias, en ese estudio de sus sabiduría, en ese esfuerzo de su brazo, en ese Hechizo de su corazón, en ese orgullo de su poder cuyo nombre ostenta el cielo, los astros lo iluminan y lo publican los mundos!

¡Bendito, bendito sea el Señor, en los montes que aplana, y en las estrellas que siembra, y en los cielos que extiende o pliega si le place; bendito en esa Niña cuya belleza es el cielo, su poder en lo creado, su misericordia en el mar y su humildad en la tierra. El sol sombra de su luz, el cielo mancha de su pureza, lo creado juguete de su poder, el empíreo humildad de su grandeza, la mar gota de su misericordia, la tierra soberbia de su humildad! Y el sol añade: ¡bendita! la que me da luz para que me sirva de manto, y la luna ¡bendita! la que me ilumina con su claridad para que le haga de alfombra, y las estrellas ¡bendita, la que nos comunica su brillo para que esmaltemos su corona!

Y el océano con sus perlas, y el cielo con sus estrellas, y el firmamento con su luz, y los campos con sus flores, los árboles y sus frutos, la noche y el astro silencioso que la alumbra, el rocío y su aljófar, el aire que respiramos y el blando ruido de las fuentes, el ave que canta y el insecto que zumba, y desde el tenue jazmín hasta el gigantesco baobad y desde la hacendosa hormiga hasta el inteligente elefante, del ruiseñor de estos valles hasta el cóndor de los Alpes, del pintado pececillo al monstruoso cachalote y de la majestuosa faz del hombre a las delicadas facciones de la mujer... repiten como clarines de las glorias de María: ¡Bendita! bendita sea mil veces, bendita la belleza del centro de las armonías de toda la naturaleza.

Así bendicen a María las criaturas en la tierra y allá en el cielo, los patriarcas repiten ¡bendita por la firmeza incomprensible de su fe!, los profetas ¡bendita, por su altísima contemplación en las cosas divinas!, los apóstoles ¡bendita por su caridad, amor al prójimo y celo por la honra de Dios y provecho de las almas!, los mártires ¡bendita por la fortaleza y deseo de padecer por Dios!, los Santos Padres ¡bendita por su sabiduría y celestial doctrina! y los... pero ¿a dónde voy y qué intento?

¿Quizá recordar las alabanzas que tributan a María en su nacimiento los confesores por su futura e invencible paciencia y mansedumbre? ¿Y los sacerdotes por la santidad con que trató las cosas santas, el poderoso fíat que trajo a su seno al Hijo del Altísimo y la perfectísima resignación con que le sacrificó como víctima de nuestra expiación? ¿Y las por su futura e invencible paciencia y mansedumbre? ¿Y los sacerdotes por la santidad con que trató las cosas santas, el poderoso fíat que trajo a su seno al Hijo del Altísimo y la perfectísima resignación con que le sacrificó como víctima de nuestra expiación? ¿Y las vírgenes, por su pureza más que angélica, por su modestia y demás virtudes inseparables de su virginidad? ¿Y las viudas, por la humildad y resignación con que sufrió primero la pérdida de su castísimo esposo y después la del hijo de sus entrañas y Dios de su alma? ¿y los casados, por su fidelidad, por su piadosa solicitud en cuidar de su casa y familia, por su prudencia, discreción y benignidad, y por todas las virtudes propias de su esposa y Madre, puesta por Dios en el mundo para ejemplo y modelo de perfección a los que viven en el estado del santo matrimonio? ¿Y los niños que la miran como a su Reina, Señora y Madre amorosísima por el encanto de los encantos de esa Virgen, amabilísima y dulcísimo hechizo de sus inocentes almas?

¿Quién soy yo para mentar siquiera los elogios que el mismo tributa a esa flor que habría de brotar al Hijo de sus complacencias, cuya aparición en la tierra preparó con una serie de maravillas extraordinarias y de prodigios estupendos, cuya victoria anunció en el paraíso para esperanza del hombre y confusión del infierno, figuró en el área salvadera de Enoc y en la alianza de Abrahán, en la escala de Jacob y en la zarza de Moisés, y en el vellocino de Gedeón, y en la vara de Jesé y en la cítara de David; y cuyas alabanzas simbolizó en las virtudes y hazañas, en las glorias y vicisitudes, en el poder y grandeza, o en la sencillez y oscuridad de la prudente Abigail y de la esforzado Judit, de la intrépida Jael y de la valiente Débora y de la laboriosa Ruth, y de la dulce cuanto simpática Ester?

¿Dónde en mí, ni ternura para mirar, ni cariño para mimar, ni talento para apreciar a esa Niña que los ángeles saludan, y los serafines acompañan, y el Hijo del Altísimo mece y envuelve entre los resplandores de su gloria, mientras que la inteligencia humana, ni aún se apercibe de su nacimiento, porque se lo oculta la sabiduría divina, para que su humildad preceda a su engrandecimiento, como el invierno a la primavera, y su gloria nazca de su oscuridad, y sus triunfos de su pequeñez, como del mayor abatimiento y humillación en la ley de gracia ha de provenir el mayor entronizamiento y elevación?

¡Narrar yo glorias, donde el Señor ha puesto abatimiento y humillaciones! ¡Elogiar yo a la que el Omnipotente confunde al parecer y humilla con empeño! ¡Mentar yo las grandes promesas de su tribu, cuando se halla extinguida y muerta su gloria! ¡Historiar yo su estirpe de patriarcas y profetas, héroes y monarcas, si ya no existen uno de esos reyes y monarcas, patriarcas y profetas! ¡Formar yo la nenia de esa Niña en cuyo nacimiento todo se encuentra degradado y oscurecido!, el esplendor de su sangre con la pobreza de su familia, la grandeza de su nombre con la humillación de su estado y sus virtudes con la miseria en que llora! Sí, h. m., pero si la grandeza es tanto mayor y el esplendor tanto más brillante cuanto son más salientes las virtudes de que emanan, y las virtudes son tanto más heroicas cuanto es más profunda la humildad en que se fundan, y la humildad es tanto más humilde cuanto es mayor el abatimiento y la oscuridad que son como su base; resulta que el nacimiento de María es el más glorioso y esplendente después del de su Hijo, y por su oscuridad y abatimiento preparó la encarnación del Verbo, como el abatimiento y oscuridad del nacimiento de su divino Hijo preparó la redención del mundo.

Después de esto; qué extraño es, h. m., que el Señor como orgulloso de aquella Obra de sus manos, exclama prendado de sus hechizos: ¡Mi Madre!! Tu carne, germen de mi carne; tu sangre, gota de mi sangre; tus huesos, médula de mis huesos! ¡Yo el Señor! ¡Bendita sea la que me dará el quilo cuando me conciba! ¡Bendita la recién nacida! ¡Bendita la pupila de mis ojos! Y los ángeles se postraron y absortos repitieron: ¡bendita la obra del Amor! ¡Bendita la Madre del Señor! Y todos los hombres, desde las llanuras, donde los esquimales saborean la leche de sus yeguas, hasta las playas donde Colón arrojó su genio al mar para que trajese al mundo antiguo un mundo nuevo; y desde los que descuartizan las ballenas de Baffin sobre témpanos de nieve y beben en las cataratas del Niágara, hasta los que ven en el Chimborazo rodar a sus pies el rayo sobre lagos y volcanes; y desde los pantanos donde el caimán del Nilo se revuelca hasta la colonia del cabo de las tormentas que los leones rondan y el avestruz pisotea; y desde la ciudad de las pagodas que el opio narcotiza y perfuma el ámbar hasta los pantanos donde el rinoceronte pasta; y desde el salvaje de los bosques de Timor que duerme entre serpientes hasta el buceador de perlas de las Carolinas que sobre el tiburón cabalga... ¡Bendita! ¡Bendita! ¡Bendita!!!

Y no será justo, h. m., que bendigamos también nosotros al sagrario de la virginidad, a la sublimación de la humildad, al reflejo de la divina caridad; a esa criatura casi divina cuyo cuerpo es el templo de la pureza, y sus ojos el señuelo del Eterno, y su lengua el clarín de sus amores; a ese estudio de la sabiduría en cuyo seno se obró el prodigio de los prodigios, cuyos pechos nutrieron al Creador de lo creado, cuyos brazos estrecharon al que no pueden contener los mundos y cuyo corazón es el volcán de los amores. Porque allí está el amor y preferencia del esposo; allí el corazón y complacencias del Creador; allí los loores y alabanzas de las criaturas, porque allí está la Madre del Amor hermoso y blanco de sus caricias; allí la Obra maestra del Creador y el objeto de sus complacencias, allí el imán de los corazones y el talismán de las almas.

Porque donde está María, se halla la felicidad, la dicha y el placer: felicidad que sentís en los campos, cuando doblando la rodilla sobre el césped de los mismos, cruzando vuestras manos sobre el pecho y alzando al cielo vuestros ojos, prorrumpís en un grito parecido al que lanza un hijo en presencia de la Madre de cuyas caricias se privó por mucho tiempo: ¡Madre mía de mi alma, Madre mía de mi alma!!! dicha que disfrutáis en vuestras casas, cuando al amor del fuego o al fresco de la puerta saludáis como ángeles a María, cuya imagen lleváis colgada a vuestro cuello, la estrecháis con manos de niño a vuestro corazón de ángel y lanzáis al cielo esa expresión de filial cariño que María acoge generosa: ¡Madre mía de mi alma! ¡Madre mía de mi alma!!!

Placer que experimentáis en todas partes, siempre que volvéis en vosotros mismos, ponéis la mano sobre vuestro pecho, desplegáis las telas de vuestro corazón, y no encontrando la ponzoñosa huella del pecado grave, por la protección poderosa de María que vela de continuo por vosotros, como el ángel sobre la cuna del niño, o cual Madre cariñosa junto al lecho de su hijo moribundo, exclamáis agradecidos, ¡Madre mía de mi alma, Madre mía de mi alma!!!

Placer, dicha y felicidad que sentís siempre que articuláis esa celestial plegaria, y por eso la pronunciáis entre el polvo de vuestras casas cuando levanta el huracán su techo y arranca de cuajo las más robustas encinas; y cuando al chocar de las nubes se dispara el rayo, alumbra el relámpago con su brillo fugaz y conmueve el trueno vuestra morada, y siempre que el genio de la muerte se cierne en torno de vuestro lecho, agonizando murmuráis: ¡Madre mía de mi alma, Madre mía de mi alma!!!

En este grito prorrumpen las madres locas de amor al nacer el hijo de sus entrañas. En él los huérfanos que desean la ración de los alanos. En él las viudas que recogen para sus hijos hambrientos la limosna en sus harapos. Porque esta Plegaria es más dulce que la miel a nuestros labios, más suave que el bálsamo a nuestras heridas, más agradable que el néctar a nuestro gusto; más armonioso que los ecos de la poesía, más entusiasta que un himno, más sublime que una epopeya. Porque es el pecho que de júbilo rebosa, es el corazón que en deliquios se extasía, es la lengua que en incienso se evapora, es la vida que en trasportes se deshace, es el alma que de amores desfallece, es el amor de María que transforma al hombre en ángel y le sube a la carroza de la felicidad para entrarle triunfante en la fruición de las delicias celestiales, en la mansión de los amores más puros.

Porque esta plegaria es un desahogo de nuestro corazón, de ese amor que lleva nuestro ser, como la semilla la raíz, como la raíz la planta, como la planta el fruto. De ese amor que hace un serafín del hombre, despliega las telas de su corazón y aleja el horizonte de su inteligencia y fecundiza su fantasía con las imágenes más puras, más bellas, más sublimes, más divinas. De ese amor que nos hace ver a María en la naturaleza entera bajo uh pabellón cuya corona es el trono del Altísimo, su interior tapizado de los astros y por festones los coros de los ángeles y todas las virtudes de los santos.

Porque el amor de María es a nuestro corazón lo que el beso del niño a las mejillas de su madre, lo que la raíz al árbol, como la brisa a las flores, como el sol a los planetas, como el alma a la vida y la luz a los colores; luz a los ojos y paz al espíritu; delicia al alma y júbilo al corazón.

¡Oh bendita sea María! ¡Bendita sea su hermosura! ¡Bendito su amor! ¡Bendita la Madre del Señor!, ¡y quién no la ve cerniéndose amorosa sobre su cabeza, acogiendo sus suspiros, derramando mil favores y conjurando todos los peligros!... ¿No la habéis visto en todas partes? Será, h. m., porque habréis perdido la inocencia y os habréis revolcado en las inmundas cisternas del pecado, a cuyo solo nombre huye María porque lo detesta. Purificad vuestras almas, volved a la inocencia, buscad el nido de la seguridad, y de nuevo experimentaréis sus caricias, y otra vez os adormiréis al amor de sus arrullos, sobre el cendal de sus consuelos, en el seno de la felicidad.

¿No habéis visto a esa divina Mentora que solícita os busca para conduciros por la senda de la vida? Será, h. m., que las pasiones con sus malos hábitos habrán tendido su velo sobre vuestros ojos para que no vean esa mano benéfica, y viéndola la bendigan y bendiciéndola la reconozcan, y reconociéndola se conviertan, y convirtiéndose la amen, y amándola sean felices. Guerra pues a las pasiones; guerra a los malos hábitos, guerra al amor propio, a la tibieza y a cuanto impida la deleitosa vista de ese encanto de los ojos, de esa paz del espíritu, de esa delicia del alma, de ese júbilo del corazón, y otra vez veréis a esa luz de vuestros ojos, a ese imán de vuestros corazones, a ese embeleso de vuestras almas.

Entonces sí que, aunque vuestras lágrimas corran a torrentes, María las enjugará cual precioso paño y las presentará a su divino Hijo para que las engarce como perlas en la corona que os depara. Entonces sí que por grandes que sean vuestras heridas en la lucha de la vida, María las curará como un bálsamo suavísimo y sus cicatrices brillarán como trofeos de §u protección poderosa. Entonces, en fin, vuestra vida y costumbres copiarán fieles como espejos las costumbres y la vida de los santos, y sus destellos anunciarán, como la aurora al día, la felicidad que os espera, sin que le precedan las siniestras sombras que proyectan las pasiones sobre el campo de la vida.

Notas