HablaPadreFundador/NON IN SOLO PANE VIVIT HOMO...

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NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA
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NON IN SOLO PANE VIVIT HOMO...

Este sermón, sin duda del tiempo de Cuaresma, es menos ampuloso que otros en conformidad con el tema tratado y el ambiente del ciclo litúrgico. Pudo ser el objeto de una de las predicaciones dominicales, que se tenían en las iglesias de nuestros colegios y por consiguiente constreñidos por el tiempo y las circunstancias. Quizá está truncado e incompleto en el manuscrito que hasta nosotros ha llegado. Nos habla de la penitencia y compunción, del recogimiento y la mortificación para no caer en las seducciones, como nos enseña Ntro. Señor con su propio ejemplo, en las tentaciones del Desierto, que era el tema de la homilía.

Non in solo pone vivit homo, sed in omni verbo quod procedit de ore Dei. Mt. 4, 4.

No vive el hombre, etc ...

Llegado habemos al Tiempo aceptable, estos son los días de salud. De esta manera se expresa el Apóstol escribiendo a los de Corinto. La Iglesia a su vez se vale de las mismas expresiones para anunciarnos la entrada del sagrado Tiempo de la Cuaresma.

Ecce nunc Tempus acceptabile. Ecce nunc dies salutis. He aquí el Tiempo de la gracia. Ahora son los días de salud. La misericordia divina se manifiesta más propicia que nunca y el Juez Supremo se muestra con los brazos abiertos dispuesto a recibir en su gracia al pecador. No hay defensa, no hay pecado, no hay crimen por grande que sea su deformidad y por irritada que se halle contra él la cólera del Cielo, cuyas consecuencias no puedan evitarse en todo tiempo, pero con especialidad en el presente. El brazo de la ira divina está completamente desarmado y su justicia irritada por las prevaricaciones del hombre, ve delante de sí una víctima capaz de expiar superabundantemente las ofensas cometidas y por cometer hasta la consumación de los siglos. Esta es la razón y no otra de que la Iglesia nos anuncie ser este Tiempo aceptable y estos los días de salud. Los grandes misterios de nuestra redención van a reproducirse a nuestra vista y la sangre que en otro tiempo se derramara sobre el Hombre del Gólgota va a caer sobre nuestras cabezas. Es pues preciso e indispensable de todo punto que nos dispongamos según el consejo del Apóstol a no recibir en vano la gracia de Dios; no sea que los mismos medios que la Providencia nos prepara para nuestra salud y felicidad se conviertan por nuestra culpa en motivos de condenación y ruina; no sea que la sangre del Salvador potente y eficaz de suyo para borrar nuestras manchas se haga ineficaz por nuestra culpa y lejos de atraer sobre nosotros una mirada de compasión y misericordia, hará llover sobre nuestras cabezas los terribles castigos de su enojo y de su indignación; no sea que pasado este tiempo de misericordia y de gracia sin hacer frutos dignos de Penitencia llegue el caso en que nuestras súplicas no sean oídas y nuestras lágrimas sean desechadas según la terrible amenaza del Espíritu Santo contra aquellos que desprecian o no siguen el llamamiento divino.

La Iglesia, nuestra Madre, guiada en todo por la inspiración divina, al anunciarnos una nueva tan consoladora se despoja de toda su gloria, de su aparato y esplendor, y aparece vestida de saco y de cilicio, y su cabeza cubierta de ceniza; quiere que a imitación suya depongamos también nosotros toda profanidad, y nos abstengamos al propio tiempo de cuanto pueda atenuar o disminuir las fuerzas del espíritu, y privarnos de los saludables frutos de compunción y de penitencia que en este tiempo con especialidad debemos recoger. Esta es y no otra la intención de la Iglesia al establecer este tiempo de recogimiento y de penitencia; éstos son sus deseos y a esto tiende todo su anhelo y solicitud.

En vano la impiedad ha trabajado en todo tiempo para desprestigiar a esta madre solícita vociferando por todas partes que estas prácticas son efecto del fanatismo y de la superstición. Sus ardientes declamaciones han sido desechadas y sólo un corto número de espíritus superficiales e indóciles han prestado oídos a sus infundados discursos. Más si no ha podido destruir la autoridad de la Iglesia hondamente arraigada en el corazón de los fieles, ha conseguido difundir entre estos la indiferencia. Bien conozco, católicos oyentes, que entre vosotros no se encuentra quizá uno solo que se atreva a proferir la expresión más insignificante en contra de la autoridad de que se halla revestida la Iglesia para establecer leyes y estatutos que afecten a todo el pueblo cristiano, y si alguna vez por ligereza soltáis alguna proposición poco conforme relativamente a este punto, vuestro corazón está muy lejos de emitir lo que la lengua profiere. De esto, repito, estoy persuadido, y creo que os hago justicia en pensar de este modo. Sin embargo ¿cuántos se encuentran entre vosotros que llenan cumplidamente en este sagrado tiempo no ya los deseos, más aún los preceptos eclesiásticos? ¿Cuántos, decidme, observan religiosamente el ayuno, y cuántos asisten con puntualidad a instruirse en las verdades de nuestra creencia? ¿Cuántos estáis dispuestos a abandonar los hábitos viciosos arraigados por una costumbre inveterada, y cuántos queréis emprender una nueva vida como conviene a los seguidores de Cristo? ¿Cuántos?, yo os lo diré, pocos o acaso ninguno os halláis en esas disposiciones; esto nace de que muy pocos o acaso ninguno oís con docilidad la palabra divina; de que cuidáis más de los intereses terrenos que de vuestras almas y de que atendéis con preferencia al bien del cuerpo en perjuicio del espíritu; pues, tened entendido que el hombre no vive de sólo pan, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios: Non in solo pane vivit homo. Os he indicado el objeto de mis palabras, pero antes de desenvolverlo quiero haceros algunas breves reflexiones relativas a la Sta. Cruzada, prestadme atención.

Non in solo pane vivit homo, etc...

El evangelio del presente día nos manifiesta las varias tentaciones con que el seductor de los hombres quiso probar al Salvador pretendiendo derrocar su virtud y echar por tierra la piedra angular sobre que estriba el edificio todo de la Religión; sus esfuerzos fueron inútiles y las respuestas que diera la eterna sabiduría a las sugestiones diabólicas obligaron al seductor a ceder el campo, renunciando para siempre los trofeos de la victoria que en su orgullo se había prometido. No es mi ánimo en la presente ocasión discurrir por todas ellas, pues dispongo de un tiempo muy reducido y temo molestar vuestra atención; y sólo me contentaré con reflexionar sobre aquellas expresiones de Jesucristo: non in solo pane, etc. como las más acomodadas a mi objeto. El pan material no es, digo mal, no debe ser, el único alimento del hombre, pues éste no debe contentarse con vivir una vida puramente animal, confundiéndose así con los irracionales; su espíritu, su alma inteligente y dotada de razón necesita también otro alimento, debe nutrirse también, pero de manera muy diferente que lo hace el cuerpo, y ¿cuál será su manjar?, ¿cuál?, ya nos lo dice el Salvador, toda palabra emanada de la boca de Dios; las máximas evangélicas, la consoladora doctrina de la Religión; éste es el verdadero alimento del cristiano, y éste debe ser su manjar predilecto. Más ¡oh! católicos, cuán pervertido se halla vuestro gusto, y cuán trastornado está vuestro juicio, que lejos de procurar este alimento, lo recibís con hastío y os incita a náuseas si alguna vez se os presenta.

Notas