HablaPadreFundador/OFRECIMIENTO DE FLORES

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FLORES DE MAYO. DIA 15
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ET NOMEN VIRGINIS, MARIA
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OFRECIMIENTO DE FLORES

Una vez más el Siervo de Dios despliega sus mejores galas oratorias para decirnos: ¡Hijos, míos, amad a María! Por medio de juegos de palabras y simbolismos tomados de las distintas flores: la azucena, la violeta, el jazmín, la hortensia, etc., quiere presentar a la Stma. Virgen una guirnalda que sincretice el amor de nuestro corazón. Aunque a primera vista parece fue escrita y pronunciada en los años 1873-75, en los que permaneció nuestro Padre en el Real Monasterio del Escorial, como lo atestigua el membrete incrustado en las hojas que lo contienen; pero al final la fecha en Sanlúcar el 31 de mayo de 1881 está clara y es fehaciente y conclusiva.

Fulcite me floribus, quia amore langueo. Cant. 2,5,

¿Qué voces son esas que de entre las confusiones de la tierra se levantan hoy a los cielos que enmudecen al escuchar los acentos de tanta melodía? ¿Qué acentos son esos que hoy se dilatan por el aire como el aroma de lirio por los campos, y parecen matizados en las flores y repetidos en los murmullos de los céfiros?, ¿qué rumores son esos que suenan más apacibles que la brisa rizando las aguas de los ríos, más gratos que la agitación de las alas de los ángeles, y más armoniosos que las vibraciones de las arpas de los serafines?

¿Y lo mismo desde la ciudad de las pagodas que el opio narcotiza y perfuma el ámbar hasta los juncales donde el rinoceronte pasta, que desde los pantanos donde el caimán del Nilo se revuelca hasta la colonia del cabo de las Tormentas que los leones rondan y el avestruz pisotea; y desde los que destrozan las ballenas de Baffin sobre témpanos de nieve hasta los que ven en el Chimborazo rodar a sus pies el trueno sobre lagos y volcanes, que desde el salvaje de los bosques de Timor que duerme entre serpientes hasta el buceador de perlas de las Carolinas, que sobre el tiburón cabalga; que desde esas playas donde Colón arrojó su genio al mar para que trajese al mundo antiguo un mundo nuevo hasta las tiendas donde los Tártaros saborean la leche de sus yeguas?

¡Ah!, son voces de los hijos bien nacidos que rebosando de alegría al ver tan feliz a su amantísima Madre, bendicen las rosas de los jardines del Eterno que con ella formó las mejillas de su Amada, y el nador (sic) de sus huertos con que dio fragancia a su aliento, y el carmín de su manto con que tiñó sus purísimos labios, y la nieve de sus collados con que dio a su cuerpo esa blancura inefable.

Son los acentos de la inocencia bendiciendo al sol de justicia que así incendió los ojos de la más inocente de las criaturas, y los raudales de gracias que brotan del trono de Dios y así forman los cabellos de la Reina de las gracias; y la inagotable mina de la pureza del Señor que así creó cual purísimo brillante el alma siempre inmaculada de su Madre.

Es la algazara, permitidme la expresión; es la algazara de los hijos en las alegrías de su Madre que corren a sostener con flores en los deliquios de su amor y a presentarle en las doradas copas de sus ofrendas la sangre de vuestras venas y con sus manos de niños a engarzar como perlas nuestros corazones en el hilo de oro que forma la orla de su manto, y aponer a sus plantas en el cendal de su inocencia las guirnaldas que desde ahora ofrecemos tejerle con todas las virtudes. ¡Benditas sean esas voces! ¡Benditos sus acentos! ¡Benditos esos niños! ¡Bendita sea María! ¡Bendito, bendito sea Dios! ¿Quién cómo Dios?, y después de Dios, ¿quién como María que solo halla reparo a los deliquios de su amor en los amores de vuestro corazón? Tal será el objeto de mi discurso si puede hacerlo donde no hay inteligencia para pensar y sólo resta corazón para sentir.

Fulcite me...

Perdonad, Dios mío, si en el frenesí de mi amor a tu Stma. Madre la engrandeciera con el himno de las glorias de tu Omnipotencia que a Ti bendice quien con las palabras la bendice; a Ti adora quien en las huellas de su Virgen imprime las huellas de su adoración. Dame, pues, que diga tus grandezas y ensalce tus maravillas. Pon en mis labios palabras de tu amor; enciende en mi mente con el rayo de tus inspiraciones, y purifica mi corazón con el fuego de tu santidad, y ya que formaste a María una corona de los tesoros de tus gracias, haz que yo la forme otra de los tesoros de tus obras.

Ave María:

Fulcite me floribus, quia amore langueo. Cant...

h.m. ¿A dónde bueno en tanto número? ¿A ver a María? ¡Oh! ¡Bien hayáis!, que verla es amarla y amarla es vivir; que vivir sin amar es morir a toda prisa. ¡Benditos sean los amores que dan vida! Por eso, Madre mía, apenas abrimos los ojos a la luz del día, descubrimos en tus manos diluvios de gracias para nosotros y por una simpatía innata, sentimos en nuestro corazón incendios de amor para Ti, y empezamos a amarte más que al espíritu que agita la lumbre de nuestra existencia, más que al genio que se regocija en nuestro corazón, más que al ángel que vigoriza nuestra inteligencia, más que al relámpago de luz que arde en nuestras pupilas, más que al pebetero de incienso que guardan nuestros labios.

Y ¿cómo no, Madre mía, si tu nombre fue la nenia que los ángeles exhalaron para despertarnos en la cuna, y el 1 º con que nuestras madres halagaron nuestros oídos? ¡Benditas sean las madres que los abrieron a tan celestiales armonías! y tu imagen la primera que nuestros padres presentaron a nuestros ojos. ¡Benditos sean los padres que los iluminaron con tan divinos resplandores! ¡Bendita una y mil veces los que nos dijeron en la infancia: “Hijos míos, amad a María”! y ¡bendito el instante en que grabamos estas palabras que engendraron amores en nuestro corazón y nos convirtieron en ángeles por entonces, y trasladadas al alma, destilaron ambrosía y obraron en ella como la gracia de¡ Señor, y nuestra alma se estremeció de gozo y nuestro corazón latió latidos de alegría!

Pero entonces, Madre mía, te amamos casi por instinto; la fe ilustró después nuestras almas, y hoy la gratitud nos trae gozosos a tus plantas para ofrecerte una guirnalda, no de la rosa de Jericó y el nardo de Judea, ni del azahar del África y las dalias de la América, ni de los tulipanes del Asia y las lises y jazmines de la Europa, sino de lo que más vale, de lo que más aprecias y nunca debe marchitarse, de nuestros corazones que prometemos adornar con todas las virtudes.

Pero, ya que en símbolos te placen las ofrendas, en la rosa te ofrecemos el fuego del sagrado amor de vuestro pecho; y en la anémona, el pudor que encenderá constante nuestros pómulos; y en la azucena, la candidez de nuestras almas y la pureza de nuestra fe; y en la violeta la humildad de nuestras aspiraciones, en el jazmín que luce cual estrella de plata, en árbol de esmeraldas, la luz que alumbra el cielo de nuestras esperanzas, y en el girasol la seguridad de que desde hoy te miraremos como a centro que contuvo la luz de toda luz; en la hortensia una prenda de que siempre te profesaremos un amor constante, probado con la práctica de todas las virtudes y la indefectible huida de todos los vicios.

Sí, h.m., desde hoy la Madre del Amor Hermoso, la bendita entre todas las mujeres, la que es pura como el lirio de los valles, fragante como la rosa de los prados, intacta como el disco de¡ sol; la que ciñe la diadema de todas las virtudes, y se circunda de una aureola de estrellas, y viste el manto deslumbrador de la luz; la que tiene por escabel la tierra, por trono las nubes y por dosel la esfera estrellada de los cielos, será para nosotros lo que el tallo a las flores, lo que la tierra a las raíces, lo que la brisa a los colores, lo que el alma a la vida; luz a los ojos y paz al espíritu, delicias al alma y júbilo al corazón.

Desde hoy, Aquella en quien la Sabiduría edificó su alcázar, y la virtud su modelo, y la santidad su tabernáculo, y la divinidad su templo, y su arca la santificación; Aquella que en los cielos, reina, en la tierra, Madre, en el firmamento, estrella, en los pensiles, flor, y en los mares, perla de deslumbrador Oriente; Aquella cuyos ojos son lucero de la mañana y sus labios rubí partido, y sus mejillas rosas encendidas, y su hálito superior a la fragancia de¡ áloe, su voz eco de las armonías, su corazón puro como el éter de los cielos, y su alma parte de la divinidad: disipará las tinieblas de nuestro espíritu con los resplandores de la gracia, hará suceder en nosotros al dolor la salud, a las tinieblas la claridad, al pecado la gracia, a la confianza el temor, y a la tristeza la alegría; y herirá la cabeza de nuestros enemigos como Judit la de Holofernes, y uncirá al carro de nuestras victorias a los modernos paladines de Moab, y acabará con la raza corrompida de los actuales hijos de Sem. Porque dicho se está que Dios y su cielo, todas las victorias en la tierra y los triunfos todos para el cielo, al que consagre su corazón y derrame una lágrima a las plantas de María que nació para amar y ser amada, como el hombre para amarla y ser por Ella amado, que no hay prenda que a amar nos mueva y en María no se encuentre.

Hedla allí, más hermosa que los celajes de ocaso y risueña que el despuntar del día, más benéfica que la lluvia en el otoño y suave que las brisas, más fragantes que el color de las flores y refulgente que el lucero de la mañana, y más blanca que la flor del almendro, y amorosa que el arrullo de las aves, y graciosa que las alas de los serafines. ¡Bendita sea!, ¿no la veis más pura que el corazón de la inocencia y que el amor de una madre, y que el beso de los hijos, y que la plegaria de los niños, y que el cántico de los ángeles? ¡Bendita sea! La más pura que la rosa del valle de Achor, y la harina de trigo de Minilia, que la plata de Tonis, y el oro de Ophar, que el jacinto de la Tudia, y el perfume de Galaad ¡Bendita sea ahora y siempre! ¡Bendita!

Los que en tanto tenéis y amáis perdidamente las efímeras beldades de la tierra, levantad los ojos y miradla sobresaliendo entre todas como el Tabor entre los otros montes, y el Carmelo sobre el mar, y el lirio entre los abrojos, flotando sobre las delicias del Eterno y encumbrándose sobre el monte santo de su amor, como el aroma sobre el cáliz de las flores; porque ni su corazón fue amasado como el lodo de la culpa, ni su sangre infectada con el hálito de la muerte, ni su alma abatida con la herencia de su sucesión.

Mirad aquellos ojos en que se encienden las almas, oíd aquellos labios que matizan las flores de los campos, besad aquellos pies que huellan las alas de los ángeles, y María os sostendrá con sus manos y os vivificará con su aliento y os enriquecerá con sus dones, y os iluminará en vuestra peregrinación con luces que el aire no mueve, ni apagan los aquilones, y vuestra juventud recobrará su energía, como el lirio de los campos con el rocío de la mañana y vuestra inteligencia se vivificará como el germen que Dios desarrolla con la fuerza de su voluntad, y vuestro corazón latirá al compás de su alegría, y brotarán en vuestros ojos lágrimas de rescate, y por más infortunados que seáis ahora, subiréis al punto a la carroza de la felicidad.

Miradla con afecto de hijos y María os mirará con ternura de madre, y os cubrirá con su manto y siempre estará a vuestro lado y veréis a la más hermosa de las criaturas que os preservará de todas las contaminaciones y hará saboreéis en esta vida las primicias de la bienaventuranza. Poned vuestros ojos en María y María os encenderá en vivos deseos de arder más y más en el delicioso fuego de los suyos, que no destruyen y descomponen como los de esas mentidas beldades que adoráis, sino que dan aliento a la vida, luz al alma, pureza al corazón y elevación a la inteligencia.

Sí, por lejos que estéis de María, acudid a sus llamamientos en alas de la fe, y María vendrá a vosotros con la rapidez de la luz a los llamamientos de la tierra, y los raudales de luz de sus ojos se confundirán con los raudales de lágrimas que el fuego de su amor hará brotar de los vuestros como brota el enebro lágrimas de incienso a la presencia del sol que le ilumina. ¿Lo dudáis? Será que no comprendéis cómo hay delicias en el llanto, felicidad en su fuego y dulzura en la pira de tantos amores. Será que nunca habréis levantado vuestros ojos a María, porque si la vierais, la amaríais, y amándola, lloraríais, y llorando, seríais felices, porque el llanto que produce el amor de María, no es el llanto del hombre en las aflicciones que acibaran su existencia, es un reflejo de la sonrisa de los ángeles.

¿Quién, sino, Madre mía, quién puede amarte sin llorar? Pero en tanto que los ojos lloran, el alma se sonríe y goza y se recrea, porque tus amores son nuestro manjar, porque tus amores son el agua que nos refrigera, porque tus amores son nuestra vida, porque tus amores son nuestra misma alma. Porque amarte, Azucena mía, es como ser flor que se abre para dar salida al perfume, perfume que tú recoges con más suavidad que las brisas. Amarte, perla mía, es como ser concha que se abre para dar salida a la gota de rocío que se cuajó en su seno, perla a que da más quilates la pureza, que tu pureza le comunica. Amarte, Luz de mis ojos, es como ser luz de la lámpara que arde ante tus altares, luz que tu manto rodea para que los aquilones no la agiten ni apaguen. Amarte, paloma mía, es como ser ave que se guarece en el nido de tu seguridad, ave, que tu defiendes con las alas, con las cuales te vistieron. Amarte, Virgen mía, es como ceñir el cíngulo de tu pureza, es vestirse con el manto de tu hermosura, es desprenderse de la tierra, y remontarse y volar con las alas de serafín por las regiones de tu imperio.

Por eso, desde hoy te amaremos Madre mía, más que el ave a los aires, más que el pez a las aguas; más que las abejas a las flores, más que las flores al rocío, más que el rocío a la mañana, más que la mañana a las brisas, más que las brisas a los ríos, más que los ríos a los mares, más que los mares a la luna, más que la luna a la tierra; más que la tierra a los cielos. ¿Se lo prometéis así, h.m.? ¡Ah! ¡Parece os avergonzáis de decirlo! Sin duda tenéis a menos ser hijos de la que es Madre de Dios. Sálganse del templo los que así obren.

Desde hoy, Madre mía de mi alma, en Ti pensaremos en nuestras vigilias y tú serás el pensamiento de nuestros más dulces ensueños, tu nombre será néctar para nuestros labios, y tu imagen luz para nuestros ojos; para eso tu nombre estará siempre en nuestra boca y tu imagen siempre delante de nuestros ojos; tu nombre será el principio de nuestras obras y tu imagen la luz que las ilumine, porque tu amor estará siempre en nuestro corazón, como el aroma en el cáliz de las flores, y en nuestra alma como el sello del Señor en la frente de sus hijos. Desde hoy, Madre mía, en todos los azares de la vida, a Ti extenderemos nuestros brazos, como el labrador a los cielos en los días de esterilidad; en Ti fijaremos nuestros ojos como el moribundo en el costado del Crucificado; a Ti levantaremos nuestro corazón como la llama de tus altares, y Te desearemos como el enfermo la salud, y te besaremos como el niño afligido a la Madre que le acaricia; y te abrazaremos como el náufrago a la tabla de salvación.

Desde hoy, más y más nuestro amor será para Ti como el beso del niño para las mejillas de su Madre; y nuestro pecho para Ti como el aire para nuestro corazón; y nuestro corazón para Ti como nuestra sangre para nuestra vida; y nuestro pensamiento para Ti, como nuestra inteligencia para nuestra alma; y nuestra alma para Ti como nuestras potencias para nuestra alma.

Desde hoy, Madre mía de mi alma, será tanto lo que te amaremos que deseamos aceptes esta consagración y la tengas por renovada en todos y en cada uno de los actos de nuestra vida y de nuestra voluntad, y que nunca, ni por nada de este mundo pueda ser retractada, ni por la muerte que aceptaremos gustosos para más amarte, ni por todas las riquezas que despreciaremos por una sola flor de las que la piedad deposita ante tus altares, ni por toda la ciencia del mundo que cambiaremos por una sola lección de tu amor, ni por la vida de todas las generaciones que valdrá menos para nosotros que una sola mirada tuya; ni por la corona de todos los imperios que pospondremos a la cadena de vuestra esclavitud.

¿No son estos vuestros propósitos, h.m.? Diga la lengua lo que siente el corazón. Callen los que así piensen y a tanto no se comprometan. Respondan solamente los que desde ahora resuelvan vivir como verdaderos hijos de María, cualquiera que haya sido su vida hasta el presente. Hijos de María ¿son éstos, vuestros propósitos? ¿Entregáis a María vuestro corazón? ¡Oh maldito sea el pecado!, y ¡cómo traba la lengua!, y ¡cómo degrada las almas! Hijos pródigos hasta ahora, no os acobardéis ante la fealdad de vuestros pecados. Decid de corazón: Pequé, Dios mío, Misericordia Señor. Piedad, Madre mía, ¡Piedad! Implorémosla en favor de los perplejos mediante las palabras del Arcángel, Dios te salve, Madre. Responded ahora, h.m. ¿Consagráis a María ese corazón que sólo puede ser feliz en los encuentros de su amor?

Ya lo oís, Madre mía, ya son vuestros nuestros corazones, desde hoy, a Vos y a vuestro divino Hijo os pertenecen sin reserva. Acoged también las lágrimas de nuestro amor y de nuestro entusiasmo, que el llanto del amor es la mejor ofrenda de los amantes.

Sólo en el cielo mejor que aquí; pero, nos es forzoso retirarnos. Adiós pues, adiós amantísima Madre. Pero antes, bendecid Madre mía, bendecid a esos niños que os han tejido esas guirnaldas con las flores que la inocencia hizo brotar de sus mejillas. Bendecid a esos que con acento angelical han narrado vuestras misericordias y perfeccionado vuestras alabanzas, y a los que con celestial melodía han cantado diariamente vuestras glorias.

Bendecid a cuantos han tejido coronas para vuestras sienes, tendido alfombras de flores a vuestras plantas, traído ofrendas a vuestro templo y decorado vuestro altar y contribuido a vuestro culto.

Bendecid a cuantos han venido a derramar siquiera una lágrima de arrepentimiento a vuestras plantas, y haced que esa lágrima sea el fuego que marchite la cizaña de su vida y el rocío que fecundice los gérmenes de su verdadera felicidad. Bendecid a cuantos han venido a pedir vuestras misericordias, y haced que su plegaria sea la expresión de su esperanza, y el testimonio de sus creencias, y el bálsamo de su corazón, y el escudo de su virtud. Bendecid a cuantos han venido a ofrecer sus dones y haced que su ofrenda sea la prenda de su rescate, y el premio de su libertad; un homenaje digno de vuestra majestad por la rectitud de sus intenciones y un tributo correspondiente por la generosidad y nobleza de su corazón. Bendecid en fin a esta Comunidad y a todos sus alumnos, a todo este pueblo y todas sus familias, en sus personas e intereses, así espirituales como corporales.

Y Vos, Dios mío, ratificad os ruego por vuestra Stma. Madre, ratificad todas esas bendiciones, derramadlas a manos llenas sobre todos y haced que quedemos benditos para siempre en el alma y en el cuerpo, en la vida y en la muerte, en el tiempo y en la eternidad, y sea prenda de que así lo hacéis, la bendición que en vuestro nombre y autorizado por vuestro Sumo Vicario les doy con la señal de vuestra victoria.

Benedictio Dei Omnipotentis etc... AMEN.

Notas