HablaPadreFundador/SACERDOCIO CATÓLICO

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CONFERENCIA SOBRE LA CONCIENCIA
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SERMÓN SOBRE LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA PREDICADO EN LA NOVENA DE S. PEDRO DE ARCHIDONA. 1860
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SACERDOCIO CATÓLICO

Esta breve disertación sobre el sacerdocio católico es de los escritos más concisos del P. Faustino; en el texto original solo comprende una hoja de cuaderno. Sin embrago son reflexiones luminosas, que brotan de su inteligencia y fluyen de los gavilanes de su pluma, sin apenas corrección ninguna ni tachones, que lo deformen. El P. Míguez era francamente un pensador profundo, sugestivo y espontaneo, que no dejará de provocar admiración en todos los que lleguen a degustar sus elucubraciones.

Hay en la sociedad un ente misterioso que preside necesariamente y en todas sus fases los destinos de la humanidad. Su influencia por lo mismo abraza inmensas proporciones. La tiene en el hogar doméstico, así en la vida pública como en la privada; la ejerce sin querer en el ánimo del pobre que le fortifica; en el rico que contiene las demasías de su condición; en el del huérfano a quien consuela; en el del menesteroso a quien enjuga sus lágrimas; en el del monarca a quien dicta y aconseja los principios de eterna justicia; en el del vasallo a quien encarece la importancia de su obediencia y sumisión. En una palabra, no hay persona alguna que pueda esquivar la legítima influencia de este ser que parece la propia sombra proyectada. En los prósperos acontecimientos de esta vida, así como en los adversos, se encuentra su respectiva significación, más siempre imprimiendo un sello de moralidad. Pero lo más maravilloso de su acción se encuentra en relación a la individualidad. Apenas un ser viviente abre sus ojos a la luz del tiempo, ya le pertenece; santifica el principio de su existencia, tiende a santificarle por todo el tiempo de su vida y le recoge el postrer aliento en su eterna emigración, exhalado también con el prisma de la santidad.

Veáse aquí el retrato natural del sacerdote católico cuyo carácter ofrece más variedad y grandeza en nuestra religión que el politeísmo, ¿qué cuadros no pueden bosquejarse desde el cura de aldea hasta el pontífice que ciñe la triple corona pastoral; desde el párroco de la ciudad hasta el solitario del peñasco, desde el cartujo y el trapense hasta el docto benedictino; desde misionero y esa multitud de religiosos consagrados al alivio de los males de la humanidad hasta el profeta de la antigua Sion? Un gran sacerdote, un adivino, una vestal, una sibila, he aquí todo lo que la antigüedad suministraba al poeta; y aún estos personajes no entraban sino accidentalmente en el argumento; mientras el sacerdote católico puede representar uno de los principales papeles en la epopeya. M. de La Harpe ha demostrado en su Melanía lo que puede llegar a ser el carácter de un simple pastor de almas, manejado por un buen escritor. Michasson y otros muchos poetas han puesto en escena al sacerdote con más o menos éxito. Nada tiene de extraño que a este hombre se deban esas buenas costumbres que han brillado y brillan aún en la multitud tanto de las ciudades como de los campos. El rústico sin religión es una fiera sin freno de educación ni de respeto; una vida penosa ha exasperado su carácter y la propiedad le ha robado la inocencia del salvaje; es tímido, grosero, desconfiado, avaro y más que todo ingrato, pero merced a un milagro, este hombre naturalmente perverso es recto y benévolo en manos de su párroco depositario de la religión.

Cúlpase a los curas de ciertas preocupaciones de estado o de ignorancia, y aun cuando esto fuese cierto, la sencillez del corazón, la santidad de la vida, la pobreza evangélica y la caridad de Jesucristo les constituye indudablemente en una de las clases más elevadas y respetables de la nación. Vénse felizmente muchos que más que hombres parecen espíritus benéficos bajados del cielo en bien de los desvalidos. ¡Cuántas veces se han privado del sustento para darlo a los indigentes y de sus vestidos para cubrir al desnudo! ¿Y habrá quién ose denostar a estos hombres por alguna severidad en su opinión? ¿Quién de nuestros soberbios filántropos querría que en el rigor del invierno se le despertase a media noche para administrar los sacramentos en lo más distante de los campos al moribundo expirando sobre el heno? ¿Quién de ellos querría sentir continuamente lacerado de dolor su corazón al aspecto de la miseria que no puede socorrer viéndose rodeado de una familia cuyos demacrados semblantes y cianóticos ojos revelan el horror del hombre y de todas sus necesidades? ¿Seríale grato a cualquiera acompañar a los sacerdotes, ángeles de la humanidad, a la mansión horrida del crimen y del dolor para consolar al vicio, bajo las formas más repugnantes y derramar el bálsamo de la esperanza en un corazón desesperado? ¿Seríale fácil a cualquiera el separarse del mundo de los dichosos para vivir eternamente entre los sufrimientos, no recibiendo al morir otra recompensa que la ingratitud del pobre y las calumnias del rico?

Y ¿es posible? hombres que tantos beneficios dispensaría a la sociedad sean motejados por los negros epítetos de oscurantistas, retrógrados, enemigos de las luces y del imperio de la razón, con otras lindezas por el estilo. Los que así se explican ¿dejarán de conocer toda la acepción de la palabra? Y si a este modo de tratar a tan respetable clase se agrega el plan de mezquina, precaria y asalariada asignación, incapaz en lo general de hacer frente a las apremiantes necesidades de la vida y del estado, atendido el exorbitante precio a que han subido, de una década a esta parte, los artículos todos de indispensable necesidad; ¿qué faltará para recargar tan triste cuadro?, dígase de una vez si tanta abnegación y sacrificio de parte de los que tanto bien hacen y pueden hacer a la humanidad, se ha de retomar en ultrajes e injurias, en animadversión y persecuciones, y digan también si se proclama odio a nuestras venerandas exigencias o a las personas para saber claramente a qué atenerse.

Imposible parece que en nuestra católica España se haya llegado a tal extremo. Vosotros novadores enciclopedistas, queríais a la Iglesia pobre, ya la tenéis; pero es desconocer lastimosamente los tiempos y la humanidad. Si antiguamente fue pobre desde el primer hasta el último escalón, atribúyase a que toda la humanidad era tan indigente como ella.

Empero no era justo exigir que el clero subsistiese en la indigencia, cuando la opulencia crecía en su derredor. Hubiera perdido su ascendiente y ciertas clases de la sociedad se hubieran sustraído a su autoridad moral. La cabeza de la Iglesia era príncipe para poder hablar a los príncipes; los obispos iguales a los grandes, se atrevían a instruirles en sus deberes; los sacerdotes secular y regulares, exentos de ciertas necesidades sociales se mezclaban con los ricos y reformaban sus costumbres; y en fin, el simple párroco se acercaba al pobre a quien por su destino debía aliviar con sus beneficios y consolar con su ejemplo.

Nada hay pues más excelente en la historia de las instituciones civiles y religiosas que todo lo concerniente a la autoridad, obligaciones o investidura del prelado entre los cristianos. En ella se descubre la perfecta imagen del pastor de los pueblos y del ministro de los altares. A ninguna clase de hombres ha honrado más la humanidad que a los obispos y en ninguna sería posible hallar más virtudes y grandeza e ingenio. Se va notando y se encuentra ya latente en las sociedades modernas una senectud moral en la que no creería el Sabio Feijoo si se levantase de su tumba y tornase a vivir. Por lo mismo es urgente, urgentísimo que al clero se le dé aquella importancia y prestigio que jamás debió perder, único medio de contener el inminente cataclismo que amenaza tragarse al mundo.

Notas