HablaPadreFundador/SERMÓN A NTRA. SRA. DE LOS SANTOS

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SERMÓN SOBRE LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA PREDICADO EN LA NOVENA DE S. PEDRO DE ARCHIDONA. 1860
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HablaPadreFundador/SERMÓN A NTRA. SRA. DE LOS SANTOS
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SERMÓN DE MISA NUEVA PREDICADO EN LA IGLESIA DEL COLEGIO DE ESCUELAS PÍAS DE GETAFE, EL 21 DE DICIEMBRE DE 1864
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SERMÓN A NTRA. SRA. DE LOS SANTOS

No tiene nada de particular que la fama del orador sagrado de notable relevancia, adquirida por el Siervo de Dios, traspasara pronto los claustros de nuestro Colegio y requirieran su presencia y palabra cálida y grandilocuente en los pueblos circunvecinos de Getafe, donde residió durante siete años (1861-68).
En el pueblecillo pequeño de Móstoles, famoso en las efemérides nacionales, hoy día una gran ciudad, predicó este sermón el 11 de septiembre de 1864. Otros varios, sin duda se han perdido en el devenir de los tiempos y sus circunstancias. Está firmado por las iniciales de P.F.M., al principio, y al final con el nombre y apellido. Ha sido presentado a Roma al Censor del Proceso Apostólico.

Ecce Matar tua

Aunque bella, como todas las tradiciones religiosas de los pueblos, cuando las narran corazones sencillos y creyentes, cuando las cuentan ancianos venerables por sus años y virtudes; no cumple a mi propósito presentar a vuestros antepasados ocultando afanosos ese tesoro de inestimable valía que amagaban ultrajar los tostados descendientes de Ismael, cuyos pechos enardecidos por los rayos abrasadores del desierto, se embriagaban con el perfume arrobador y templaban su sed con el frescor de las auras, que mecen cariñosas este vergel florido, cuyo azul y riente cielo centellea de alegría eterna.

No, ni cabe en los estrechos límites que la penuria del tiempo me concede el presentar a la tierna infancia desconsolada en sus interrumpidos juegos, sorprendida en su osada empresa a la inesperada vista de aquel tesoro escondido, corriendo desalada a revelarlo y afluyendo a cerciorarse y anegado su corazón en gozo, el clero y el pueblo, gobernantes y gobernados, grandes y chicos, ricos y mendigos.

No; ni alcanzarían mis escasas fuerzas a pintar el entusiasmo con que se aprestan, llenos de un respeto santo, con un corazón contrito y humillado y sencillo, como las avecinas que celebran en el valle tan precioso hallazgo a rendirle con creces los religiosos cultos de que muchos y azarosos lustros le privaran, ni la generosidad con que se desprenden espontáneos de sendas cantidades y le alzan con sus mismos brazos ese monumento eterno de su piedad innata, esa gigantesca mole, a cuya vista todo viajero se despoja su cabeza, cae de rodillas y postrado ante la morada de la Virgen por excelencia, pronuncia enternecido un nombre, un grito espontáneo de amor, parecido al que se lanza en presencia de una madre, de cuyas caricias nos privamos mucho tiempo ¡Nuestra Sra. de los Santos!

No; que el abandono en que dejáis vuestros hogares, el entusiasmo con que acudís a este templo santo, el interés que revelan vuestros semblantes y... aquella misma garza de amor, cuyos labios nunca mancillados de hiel despiden eternamente una risa más dulce que las auras que los besan; me revelan que no os habéis congregado para oír lo que ya sabéis, sino al ministro más indigno del Santuario, al último de vuestros capellanes, al intérprete de vuestros sentimientos, al eco de vuestro corazón, a la personificación de vuestro amor filial hacia la que vela por vosotros, alimenta vuestra risa con el dulzor de sus labios, os envía sus ángeles para guardar vuestro sueño y arrullaros con sus melodías hacia la soberana Reina de los Santos, cuyo nombre vibra en vuestros oídos, como los celestiales acordes del arpa santa.

Pero, ¿qué podrá deciros el más inepto de los hombres, después de tantos y tan virtuosos sabios y elocuentes oradores, como en los precedentes años interpretaron en este lugar sagrado, las tiernas emociones, el entusiasmo santo, las aspiraciones incesantes y el intenso amor de vuestros corazones hacia la primera hermosura que vuestros padres os enseñaron en la cuna, ante aquella imagen que suspendieron de vuestro cuello, besasteis con labios de inocencia y estrechasteis con manos infantiles a vuestro corazón de ángel, hacia nuestra Sra. de los Santos?

¿Qué podrá decir el más indigno hijo de María a un pueblo que dobla su rodilla sobre el césped de los campos, cruza sus brazos sobre el pecho, levanta a los cielos su mirada y descubriendo con su fe el trono de la Excelsa, dice con voz de luz que luces enciende en el firmamento entero, con palabra de suavidad que embalsama el ambiente con su aroma, con armonía misteriosa que el huracán apacigua, calma los mares, impone silencio al trueno y los rayos encadena; Ntra. Sra. de los Santos?

Qué... pero luzcan las galas del ingenio, que no poseo, los bellos hijos de la generación presente; canten los misteriosos de su delirante amor, embalsamen las flores con su aroma su sien calenturienta, brillen sus miradas como el rayo del cenit y cubra su cuerpo la preciosidad de las galas y perfumes orientales, canten las emociones de su alma y el frenesí de sus sentimientos y el fanatismo de su corazón insaciable; mientras mi alma entregada al sentimiento de no poder expresar con palabras lo mucho que siente en este instante solemne en que bogan a beneficio de sus entusiastas aspiraciones en que todo un religioso tiene sus miradas pendientes del que debe resonar la gratitud de su ánimo generoso, os presenta el título de Sra. de los Santos como la rosa más bella, que orna el florón del nombre dulcísimo de María.

Cuento, Sres., con que si logro diseñarlo solamente, porque mi insuficiencia no me permite más me lo perdonaréis en gracia al vehemente deseo que me anima y que prestaréis indulgente atención a mis palabras, que si pobres tienen pretensiones de sinceras y emanan del sentimiento íntimo que en este momento nos conmueve a todos y esperan su unión sagrada de aquellas cristalinas fuentes del amor divino.

Talentos profundos que la encomiasteis, varones ilustres que la servisteis, santos insignes que loasteis sus grandezas, inspirad mi entendimiento moved mi voluntad e inflamad mi corazón para exaltarme como Vos en alabanza de Ntra. Sra. de los Santos con el sentimiento del afecto más profundo y el amor más tierno, con ese entusiasmo que despierta (sic) y esa elocuencia que anima, con esas miras altas y elevados pensamientos, que inspirados por la fe y la razón reciben su unión santa de un amor casto y afectuoso.

Y Vos Reina de los encantos, madre de la sagrada hermosura, santa sin par, recibid mi homenaje que desearía fuese más puro que vuestro solio de estrellas, más fervientemente amoroso que el inflamado suspiro del arpa de un serafín. Palma de Cadés, cinamomo de los celestes pensiles, místico plátano de junto al Jordán milagroso y Rosa de Sarón ¿cómo os ensalzará mi labio, fuerte hechizo de los corazones, si no los perfumáis con el purísimo aliento de vuestras virtudes, si no aspira nuestra alma la dulcísima fragancia de vuestras inspiraciones, si no rasgáis con dulce benevolencia las ilusiones de nuestra fantasía siempre forjadora de pobrezas y nimiedades, ocupadas siempre de culpables idolatrías?, dad, pues, dad, Sra. a mi mente un rasgo de inspiración, despejad mi ardiente fantasía con las auras de vuestro Edém, purificad mis labios calenturientos, refrescad con el agua de vuestra gracia mi frente abrumada y el fuego nefando que enerva mi corazón.

Pero ¡qué digo Sra.! si sólo Tú que diste al lirio la pureza, la luz al sol, a la luna la hermosura y el brillo a las estrellas, Tú que sembraste de flores los prados y esparciste los perfumes en el aire, Tú a quien el tiempo no comprende ni el espacio le contiene, Tú que cuentas las gotas del océano y las aromas del desierto... Tú sólo puedes ilustrar mi entendimiento, purificar mis labios e inflamar mi corazón para dibujar esa bellísima Rosa que forma vuestras delicias. Vos, pues que inspirasteis a los Dionisios y Epifanios, Cirilos y Bernardos, inspirad también al más indigno de vuestros ministros por la intercesión poderosa de esa Soberana Reina de los Santos.

Ave María.

Ninguno como Dios dice el real profeta: siéntase en la paz, se entroniza en la justicia, abismase en el caos y espira creaciones. El da luz a la luz, fin a los mundos, a los astros órbitas, jugo a las yerbas y a la mar arenas. El rayo esculpe su nombre, el relámpago lo ilumina y lo publican los truenos. Él siembra las estrellas y aplana los montes: su asiento es la paz, su trono la justicia. Las melodías de su nombre se pierden en las creaciones, formando eco la eternidad y en la tierra el mosquito zumba y el cóndor grazna y la ballena muge y el hombre exclama: Ninguno como Dios.

Abismado en su inmensidad, al tender el caos sus negras alas sobre el corazón humano y al refugiarse en el cielo el alma esencia por no tener aquí dónde fijar su planta, se levanta y dice: Yo soy (sic), Yo el Señor; y los cielos tiemblan y la naturaleza entera palidece y el abismo cruje, cual buque en medio de un temporal desecho, al cruzar el rayo de las iras del Señor que tronando añade: Una mujer abatirá tu orgullo.

Y al sonar la hora de los siglos dijo abismándose en su Omnipotencia: “SEA” la que me dará su quilo cuando me conciba, cuyos huesos serán médula de los huesos de mi Cristo y su sangre germen de su sangre y sus ojos pupilas de sus ojos y envolviendo con su aliento aquel espíritu recién creado lo infundió en el cuerpo por Ana concebido y comenzó a ser para nosotros la creatura que precediera a todas en la cuenta del Eterno, esbelta como la palma de Cadés fresca como la flor de Jericó, suave como el lirio del Carmelo, intacta como el disco del Sol que oscurece su cerco de diamantes sin el relámpago de su mirada y luciente sobre la luna, que a no ser por sus expensas dejaría reinar en la tierra la diosa de sus tinieblas, con su lóbrega faz y torvo ceño. Su frente corola de azucenas; su aliento fragantísimo jazmín o rosa delicada y sus cabellos, no sé, aureas hebras o raudales luminosos y sus ojos más brillantes que luceros, y sus labios subidísimos rubíes. El azul celeste, albor de su mirada; perlas de su aliento las flores de los valles y las estrellas arrebol de las rosas que forman su corona. Su cuello la nieve, sus mejillas, perlas; en su frente la serenidad de los cielos y en sus manos de alabastro, tendidas a la tierra, los tesoros de la gracia.

Cuando sonríe en los cielos, el sol tiembla de venturas, el espacio reproduce su límpido éter, diáfano como la mirada del Salvador; los serafines se embriagan en éxtasis sublimes, las flores de la tierra alzan sus cándidas corolas, temblorosas de esencias y de bálsamos; los insectos se embelesan robando fragancia a los capullos; las luciérnagas parecen flores luminosas y las mariposas baten sus alas de gasas, como desconocidos espíritus que se regocijan de ventura. A su inspiración la naturaleza exhala esas notas del alma en nubes de armonía; el aura suspira de amor; las aves gorjean en las profusas enramadas, los ángeles agitan sus alas sobre el mundo y los bienaventurados cuidan las flores de las tumbas.

Y no pudiendo expresar el Altísimo en el perfil de esa criatura humana las gracias mil de que la dotara ni satisfecho de haberla formado más hermosa que celajes del Ocaso, más risueña que el despuntar del día, más benéfica que la lluvia en otoño, más suave que las brisas, más fragante que el cáliz de las flores, más refulgente que el lucero de la mañana más fresca, más tierna y más blanca que la flor del Almendro, más amorosa que el arrullo de las aves y más graciosa que las alas de un serafín; compendio sus gracias casi infinitas en el nombre augusto de María, como el del mar comprende las gotas todas que lo constituyen.

Regocijáronse las flores y temblaron de placer las alas de los ángeles, los cielos exhalaron luces de armonías y perfumes, las montañas en que aparentan descansar aquellas, cual manto bordado de azul y plata sobre un tálamo de flores al oír el nombre de esa gota de rocío de la fuente del Eterno, de ese mensajero del bien y de la paz, más armonioso que la lluvia cuando sacude las hojas del sauce melancólico, más suave que el canto del ruiseñor y más blando que las suspirantes auras y la triste vaguedad de los murmurios fluviales; es más dulce que el de las rosas y violetas, sultanas de la tierra, sobre el de la luna y las estrellas que duermen como musas en el lecho azul de las azucenas del cielo y el de los querubines, mensajeros y cantores eternos del Dios omnipotente.

En la hora de su nacimiento los cielos exhalaron torrentes de alegría, brilló el sol con resplandores centelleantes; la luna y las estrellas la saludaron con sus mudas melodías. Los ángeles batieron palmas con delirio santo; los serafines entonaron himnos de gloria; Adam levantó su rostro, hueco y disecado de su lecho de piedra y exclamó: Salve Señora, salud y paz te envío, corredentora de mi culpa, y los patriarcas y justos varones se regocijaron en su seno con férvida alegría, y los pueblos la saludaron como esperanza de los que gemían oprimidos por la culpa, áncora de salvación para todos los miserables proscritos, estrella para todos los que se hallaban sumergidos en las tinieblas del mal y faro luminoso que había de conducir a la descendencia de Adam por la senda del bien a la región de los predestinados.

Modelo de perfección, obra admirable y prodigiosa, tipo sublime y acabado, rosa misteriosa, que encantaba por su estructura y perfumaba al orbe con sus virtudes se atrajo las miradas de la inmensidad, que al sonar la hora de la redención humana a su seno virginal, adornado con el oro de la caridad y la alfombra preciosa de la pureza y atónitos y de rodillas los mundos enmudecieron y los querubines cantaron ¡bendita sea la inmensidad en el seno de una Virgen! ¡Bendita sea la Virgen! ¡Bendita la madre del Señor! Los ecos del corazón humano y del reptil y de los torrentes de la montaña y de las ondas del mar y de la lengua y el corazón del hombre contestaron de mundo en mundo, ¡Bendita! ¡Bendita! ¡Bendita!

Y desde entonces María es el secreto de todas las armonías y guarda en su seno blanco como una flor de nieve, el áurea llave de todas las hermosuras y el oculto resorte de las maravillas todas de los cielos; es la luna del Edén que sólo rinde tributo al divino sol de justicia, el de los espacios, la luna y las estrellas son lacias guirnaldas prendidas a su manto brillantísimo.

Desde entonces María es una sombra de amor inefable, que puebla los vacíos, alegra los páramos y flota en nubes de ópalo, ondea en las rizadas olas del océano, divaga por los arenosos y tostados desiertos y hasta los leones y el ardiente simoun le cantan melodías, besando humildes la nítida fimbria de su ropaje.

Desde entonces María flota en los bosques como invisible hada y los consuela con perfumes, con trinos de aves, con alboradas de rocíos, con armonías melancólicas; con su soplo embalsama las florecillas, con su mirada las matiza de colores y de su seno les envía aromas.

Desde entonces María cuida hasta de los pobres insectos, los da aguas en los cogullos de las madreselvas y los baña en los perfumes de las rosas, cela el hogar del rústico, templa la sed del calenturiento, da pan de amor al que tiene hambre y da justa alegría al que la codicia, lleva a las almas yertas rocíos de luz y guirnaldas de bienandanza, bendice la cabaña de la pobre familia y vela el sueño de sus miembros, convierte la tierra en un pensil de inefables alegrías y abrió para la humanidad los infinitos broches que abeterno (sic) miraba al Señor como preciosas flores en el florón del nombre dulcísimo que le diera.

Desde entonces María armoniza los cielos con la tierra asociándose al Hombre Dios para la generación espiritual, como Eva se había asociado a Adam para la generación carnal; porque no cabía en los límites de la razón humana para que no repugnase a esa Bondad divina que el hombre careciese en el orden espiritual de un vínculo de unión, de un canal de beneficencia, de una mediadora de reconciliación de un medio de defensa y de un motivo de confianza y de amor para con el Padre celestial y lo tuviese en el orden temporal para con su padre terreno. Por eso la invistió su divino Hijo de todos los poderes maternales, cuando desde aquel patíbulo infame, a la par que cátedra sagrada, dijo a S. Juan, indicándole a María: He ahí tu Madre y volviéndose a ésta añadió: He ahí los Hijos adoptivos, que preferiste con el Eterno Padre al único natural.

Desde entonces, María es Madre y Sra. Ntra. Madre por la adopción que de ella nos hizo su divino hijo, y-señora porque esta madre es María y María significa Sra. y Soberana; madre porque lo es de J. C. nuestro hermano y Sra. por el dominio universal que por esto le compete, madre por la adopción que hizo de Juan, que nos representaba a todos y Sra. por los derechos que esta adopción le confirió sobre nosotros, madre, por su generosa conformidad con los sentimientos del Eterno Padre por la salvación del mundo y Sra. por la soberanía, que esta generosidad le conquistó sobre los hijos del Altísimo. Ahora bien, Dios en las escrituras llama Santos a sus hijos y sólo tiene por tales a los que se aprovechan de la Redención obrada por su Hijo, pero, estos santos, estos hijos de Dios lo son también de María; luego María es madre, Señora y Reina de los Santos. La escritura llama hijos de Dios a los que viven según sus leyes, creen como cristianos y abrigan el espíritu de humildad y de pureza, de sinceridad y de amor; pero éstas son las prendas que distinguen a los Santos, luego María es la madre Sra. y Reina de los Santos. Pero los títulos son tanto más nobles cuanto más heroica es la acción que nos recuerdan; ninguna empero tan sublime y generosa como la cesión del mejor de los hijos por la salvación de los esclavos más indignos. Y nada por lo tanto más evidente que mi proposición de que el título de Sra. de los Santos que la reportó aquello, es la flor más preciosa en el florón del nombre augusto de María.

Él es el más honorífico para María y beneficioso para los hombres; él representa a María, ora como el paño de lágrimas caído de la cumbre del Calvario, ora como una centella radiante que iluminó aquel admirable drama; bien como la mágica Reina de Sion, que vuela serena a cortar el hilo de su llanto y señalando un paraíso de alegría, bien cual luminoso iris, que formó el Eterno con los colores de su amor para servir de estela a estos azarosos baldíos, ya escribiendo en el libro de lo futuro las alegrías de los hombres, no acordándose de la justicia que traza la mano irrevocable del Hacedor Supremo, ya borrando con el aliento de sus amores y con los rocíos de su alma los distintivos de los tormentos humanos que en él se encuentran estampados.

Él es el emblema del bien, el perfume de ese bien que tiembla de felicidad con la felicidad del hombre y se le lleva sonriendo con la sonrisa de paz y recoge sus lágrimas con el cendal que abrigó al Salvador y preside los actos de su vida y le sonríe al nacer y le sonríe al morir y le sonríe en los cielos; vela con sus alas de oro su tumba y cuida de los ramos de flores de su sepulcro frío. ¡Bendiciones del corazón, lluvia de los ojos, rocío del alma, besos de los labios, flores de la boca, himnos eternos de loor Sra., para Vos, para vuestro cielo!

Él recuerda a la humanidad que vagaba sobre abrojos y holló a su mirada alfombras floreadas, erraba en la oscuridad e iluminó los caminos de su peregrinación con luces que el aire no mueve ni apagan los aquilones; arrastraba una tristeza que marchitaba su juventud, mataba su inteligencia y destrozaba su corazón y su juventud recobró su energía, como el lirio de los campos con el rocío de la mañana y su inteligencia se vivificó, cual se desarrolla el germen por la voluntad suprema y su corazón latió latido de alegría y brotó lágrimas de rescate en manos de su corredentora, la soberana Reina de los Santos,

La naturaleza entera es el eco de su título soberano. Cuando en vuestras plegarias decís Sra. de los Santos, repitan las flores enviándole sus esencias, con sus caricias, engalanando su frente con sus variados colores y ornando de elegancia sus altares... Cuando el marino exclama en sus azares, Sra. de los Santos, Sra. de los Santos, repiten los mares oprimidos por Eolo, que levantan rugientes borrascas y le piden con gemidos tienda sobre ellos su manto de paz, iris de bonanza que serena los combates de su hondo seno y convierte su crespa superficie en un lago plateado, cuando el navegante en su feliz arribo la invoca Sra. de los Santos, Sra. de los Santos, sigue resonando el piélago, acariciándola con sus azules ondas, enviándole sus templadas auras y presentándole en sus playas las conchas y las perlas, los corales y los preciosos pólipos que vegetan en sus pensiles.

Desde que su Hijo la llamó Madre y por consiguiente Sra. de los Santos, así la llaman en el Asia, desde la ciudad de las pagodas que el opio narcotiza y perfuma el ámbar hasta los juncales donde el rinoceronte pasta, la invocan en África desde los pantanos donde el caimán del Nilo se revuelca hasta las colonias del cabo de las Tormentas, que los leones rondan y la avestruz pisotea; así la bendicen en América los que descuartizan las ballenas de Baffin sobre témpanos de hielo, los que beben en las cataratas del Niágara y los que ven en el Chimborazo rodar a sus pies el trueno sobre lagos y volcanes; así la nombran en Oceanía, al son de la plegaria del Misionero el salvaje de los bosques de Thimor que duerme entre serpientes y el buscador de perlas de las Carolinas que sobre el tiburón cabalga; así la aclaman en Europa desde las playas donde Colón arrojó su genio al mar para que, le trajese al mundo antiguo un nuevo mundo, hasta las tiendas donde los tártaros saborean la leche de sus yeguas.

Y cuando estrella el huracán las águilas y arranca de cuajo las más robustas encinas, el lapón entre el humo y los escombros de su choza, despavorido grita: Sra. de los Santos. Y cuando al furor de Dios hierven los mares y amenazan inundar la tierra, el náufrago en su abismo agonizando murmura: ¡Señora de los Santos! ¡Y la madre que escucha el primer vagido del hijo que sale de sus entrañas, loca de amor y de gratitud prorrumpe!, Sra. de los Santos. Y el huérfano que codicia la ración de los alanos y la viuda que recoge para sus hijos sedientos la lluvia de sus harapos y el que vive y sufre y el que goza y muere arranca el corazón al alma en los delirios de su dolor o en los raptos de su júbilo con el grito de Ntra. Sra. de los Santos. ¡Y... pero a qué más, si cien y cien millones de Católicos esparcidos por el Universo entero y justos apreciadores de las prerrogativas de María a trueque de hacérsela propicia la invocan por todas ellas, alegando en último y más poderoso recurso la de Reina de los Santos!

Madre del Amor, hija del Amor, esposa del Amor, Reina de los Santos que te complacen en escuchar propicias y extender tus brazos cariñosos a este pueblo que postrado te venera y en deliquios se deshace: para ti las flores, para ti las brisas, para ti el arrullo de las aves, las perlas crecidas entre las marinas algas; para ti las galas y las bellezas de la inspiración y las creaciones del artista, para ti ese cielo que sonríe de ventura, ese cielo radiante de Castilla, para ti el ... ? purísimo que difunde en ese trono una vitalidad seductora, un hálito impregna do de esencias y de bálsamos.

¡Bendita seáis, Señora! iBendita! repite este pueblo entusiasmado con tus hechizos y ¡bendita, exclama férvidamente en las plegarias, que te dirige los sábados del año!, ¡bendita, gorjean las aves de la mañana, que anidan cerca de ti sin hacer caso de la alborada, cuyas alas de nácar esparcen rocíos adiamantados, que semejan lluvias de plata!, ¡bendita, dice el viajero cuando te descubre a través de la densa polvareda, que fija los engañosos límites de su senda!, ¡Bendita!, te aclaman estos apasionados hijos en las calamidades públicas y en las aflicciones privadas, en las necesidades del alma y en las miserias del cuerpo, en el tiempo de los azotes de dios y en el de las persecuciones de los hombres.

Como la estrella respecto del Sol, así las amatistas de las Indias, los diamantes de la Etiopía y las esmeraldas de la Escitia y los carbunclos de Garamantos y los topacios de la Arabia y los diaspros del Egipto y las perlas del mar pérsico respecto de la Sra. de los Santos. Como un grano de arena respecto del más grande y elevado monte, así los cedros y los plátanos, los pinos y las rosas, el verdor del junco tan simbólico como encantador y el candor alegórico de la azucena tan peregrino como interesante comparados con la Sra. de los Santos. Como una gota respecto del Océano así el huerto deliciosísimo del Esposo!, las agraciadas tórtolas de Palestina, los collares primorosos del oro de más quilates, los vistosos pabellones de Cedar y las pieles preciosísimas de Salomón en competencia con la Sra. de los Santos.

¡Ntra. Sra. de los Santos! Hed (sic) ahí mostolenses, el talismán de vuestros corazones, la voz de amores que amores engendra, la palabra de dulzura que ambrosía destila, la melodía celestial que en coros de ángeles convierte las orgías de los pecadores. Si la invocarais en la tierra, dulcificará las aguas de los mares y flores y frutos brotarán las piedras vivas. Si la dirigierais a los cielos, el iris la escribirá con sus colores, las estrellas con su luz y los soles con sus lumbres. Si la pronunciarais en la tierra, la veréis matizada en las flores y bordada en las corrientes de los ríos; las aves la repetirán con sus gorjeos y las brisas con sus murmullos. Si la articuláis en plegaria, los cielos enmudecerán al escuchar los encantos de tanta melodía.

El es más precioso que el elogio en boca de la elocuencia, más armonioso que los ecos de la poesía, más entusiasta que un himno, más sublime que una epopeya, más eficaz que todas las plegarias. Es la vida que en transportes se dilata, es el corazón que en suspiros se deshace, es el alma que en amores desfallece, es la mente que en deliquios se extasía, es el amor de María que transforma al hombre en ángel, es la gracia de Dios obrando en el corazón de la criatura, es el Titulo en acción de Corredentora y Reina de los Santos. lnvocadle, pues, y otra vez será el lenguaje de los ángeles y otros llanto, el llanto de los soles; llanto de resplandores que inflaman, lenguaje de amores que santifican. Llevadle siempre por divisa y el mundo os admirará como el más dichoso de los pueblos; sea el norte de vuestras empresas y os conducirá por rutas desconocidas al éxito feliz de vuestras aspiraciones. Decid Mostolenses, decid, Señora de los Santos, cuando el cielo niegue el rocío a vuestros campos, cuando el álito de la muerte emponzoñe vuestro suelo y el cielo se deshará en lluvias de fecundidad y el soplo de Dios purificará el ambiente.

¡Oh! Y ¿cuántas veces no lo ha hecho? ¿Cuántas veces visteis terso y sereno el cielo, clara y ligera la atmósfera, iluminar el sol las próximas colinas humillar las plantas sus capullos y agostarse el campo de sequía al entrar en el templo, y ocultarse el sol al salir del mismo, cargarse la atmósfera, levantar sus copas las plantas con orgullo y beber los campos una abundante y pausada lluvia que se desprendía como un raudal de gracia de la augusta mano de esa celestial Sra.?

¡Oh! y cuántas veces apartó las iras del Sol que fulminaba sus rayos sobre los pueblos comarcanos abandonándolos al poder del fúnebre Rey de la destrucción, que empuñada cual cetro su guadaña, dilataba sus descarnadas facciones con la orgullosa sonrisa del triunfo; sobre esos pueblos en cuyas calles solitarias y triste y sombrío aspecto solo anunciaba su escasa vida el suspiro de la agonía y el ay del moribundo y el gemido del que marcha hacia los dominios de la eternidad y el estertor del que oye rechinar sus puertas bronceadas. ¿Cuántas veces, repito, al eco de Reina de los Santos no tendió sus alas el genio de la muerte y huyó despavorido?

Cuántas veces... pero calla la lengua balbuciente deja narrar a estos mudos, pero elocuentes mudos los favores mil que han recibido los Mostolenses de la augusta Sra. de los Santos.

Cuántas veces... pero no... Levantaos vosotros, Mostolenses, que moráis ya en las regiones del infinito, levantaos y decidlo, ancianos desvalidos, postrados jóvenes, tristes esposas, abatidas madres, desamparados huérfanos, infelices abandonados.

¿Cuántas veces a los horrores de las guerras siguieron las delicias de la paz y lo que fuera en la aflicción plegaria se convirtió también en himno de otra alegría? Decid empero, decidlo Mostolenses, que ya fuisteis; decidlo también Pelayos ilustres y otra vez se levantarán los montes en Covadonga y sepultarán las huestes de la medialuna; decidlo invictos Cides y Fernandos y las vírgenes del Turia y del Guadalquivir romperán sus cadenas de esclavas y volverán a ceñir sus diademas de Reinas; decidlo Colones inmortales en los últimos momentos de vuestra esperanza y los mares se abrirán y brotarán nuevos mundos, decidlo Isabeles y Granada abatirá los pendones de Mahoma y enarbolará las banderas de la Cruz, decidlo Otumba, Lepanto y Bailén y el coloso de las selvas y el coloso de los mares y el coloso de los pueblos serán derrotados más que por el filo de la espada, por la fuerza de esa popular plegaria; decidlo segundas Isabeles al ser levantado el brazo regicida y la punta de¡ acero quedará embotado en los lises que decoran vuestro manto, decidlo Píos en todas las catástrofes y saldréis incólumes de entre los escombros y con irradiaciones prodigiosas aparecerá intacta la imagen de María.

Amados hijos, os dicen vuestros padres medio incorporados en la tumba, respetad sin temor, invocad con cariño ese título como la mayor prenda de amor; él es vuestra herencia, en él está el secreto de vuestro poder y de vuestra ventura. Ea, pues, hijos bien hadados de padres tan virtuosos, gravadle en vuestras almas, pronunciada en vuestros dolores y bálsamo será para vuestra herida y dilataciones recibirá vuestro corazón para nuevas alegrías.

Sra. de los Santos pronuncie la autoridad y el súbdito, el pobre y el rico, el niño y el anciano en la prosperidad y el infortunio y nada os importarán con su maternal amparo los corruptores halagos de la afeminada generación que os rodea, ni las punzantes sátiras, ni los insolentes apodos, ni la venenosa baba de los reptiles que se arrastran sobre las huellas del Satán inmundo.

Téngase feliz el pueblo de Israel con los encantos de una Ester, que más feliz es el de Móstoles con las misericordias del divino Asuero por los de esa Reina de los Santos. Llámense heróicos los que poseyeron genios que cantasen sus hazañas, que más lo es Móstoles al abandonar las sombras del helicón y del Parnaso y volar a este misterioso Líbano para contemplar entre sus cedros a la Sra. de los Santos. Sean dichosos los que aspiran la fragancia de una diosa impura en las sombras del Idalio y más dichoso es Móstoles adorando en este místico Sarón a la Diosa de Amor. Forme un coloso las mentidas glorias de la codiciada Rodas, que las de Móstoles se cifran en esa erguida palma que el viento de las tempestades no pudo columpiar jamás. Blasonen de felices los mortales por honrar a esa celestial Sra. bajo los títulos que imaginarse pudo una piedad sincera, que más podéis felicitaras los Mostolenses que al elegir por protectora a la Reina de los Santos os obligáis a portaros como tales.

Esta es la ley, pero ¡ay!, amados oyentes míos os diría con los Santos PP. si me creyese tan autorizado como ellos: mirad que la más saludable triaca se suele convertir en más mortífero veneno, el antídoto más específico en un tósigo mortal y la más exquisita medicina en la más cruel enfermedad. Mirad, Mostolenses, que una carroza de fuego fue trono del esplendor más brillante para Elías, pero la misma carroza fue el presagio más triste del castigo y de ruina para sus perseguidores. El horno de Babilonia fue un delicioso paraíso para los inocentes; pero el mismo horno fue el más voraz incendio para los Caldeos. El maná fue dulce y sabroso para el verdadero fiel, y desabrido para los ingratos. Una nube misteriosa fue benéfica y luminosa para Israel y terrible y tenebrosa para el obstinado Faraón.

Cuidado, Mostolenses, que la vara prodigiosa de Moisés hace brotar las aguas más refrigerantes de las más ásperas y duras rocas, pero la misma vara forma del caudaloso Nilo un torrente horroroso para los egipcios. La misma Arca de la Alianza fue siempre, el refugio más seguro para el pueblo que lo veneraba en espíritu y en verdad; pero la misma arca fue el azote más cruel y más fatal para los betsamitas y para todos los atrevidos que osaron profanar su augusta presencia con desacato y sin pureza de corazón. Del mismo modo María es tan poderosa para seguir haciendo la felicidad de este pueblo, continuando agradecido, como para labrar su ruina si sus costumbres no correspondieron por desgracia.

Pero no será así, Señora, protesta este pueblo religioso por el más inhábil de sus intérpretes; que como el enebro brota lágrimas de incienso, cuando el sol lo mira, así su alma en tu presencia; porque tus amores son su manjar, su vida, su misma alma; porque tu amor, azucena mía, es como el abrirse de la flor para exhalar su perfume; porque tu amor, perla mía es como el abrirse de la concha para dar salida al rocío, que se cuajó en su seno; porque tu amor, paloma mía, es como guarecerse de¡ ave en el nido de la seguridad, porque amarte, luz de mis ojos, es ceñirse el cíngulo de tu pureza, cubrirse con el manto de tu hermosura, es abandonar la tierra en alas de serafines y volar por las regiones de tu imperio. Por eso te ama, celestial hechizo y prorrumpe en deliquios amorosos. Mi amor para ti, como el beso del niño para las mejillas de su madre, mi pecho para ti, como el aire para mi corazón mi vida para ti, como el corazón para mi vida; mi pensamiento para ti, como mi inteligencia para mi alma.

Y Vos Sra. que sentada en excelso trono veis cual se cimbra (sic) y cruje el universo entero a los reiterados golpes de esas falanges desconocidas, que velan en las sombras, tremolan abominables insignias y dejan escapar terribles acentos; enviad cohortes de ángeles que blandan espadas de fuego contra esos abortos del infierno y no permitan desplegar su bandera en nuestro suelo. Ya veis, Sra. que las costumbres se prostituyen, que todos los vicios nos invaden y que la sociedad coronada de flores, marcha como una sacerdotisa pagana a sacrificar en las aras de sus nuevos dioses el resto de su dignidad, los mínimos girones de su honra. Volved, pues, volved, Sra. los ojos sobre la Iglesia y su cabeza visible, sobre la España y sus Monarcas, sobre esta villa y su venerable párroco, sobre su ilustre Ayuntamiento, y sus subordinados, sobre todas sus familias y cada uno de sus miembros y también sobre este indigno hijo vuestro... y sed Sra. sed para todos lo que el tallo a las plantas lo que la tierra a las raíces, lo que la brisa a las flores, lo que el sol a los planetas, lo que la luz a los colores, lo que el alma a la vida, y nos reclinaremos en tu corazón y nos adormeceremos en tu seno al arrullo de tus amores, a la fragancia de la flor más preciosa, de tu Nombre augusto. Así sea; madre mía, otorgádnoslo Sra.

Faustino Míguez

Notas