HablaPadreFundador/SERMÓN DEL DESCENDIMIENTO

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SERMÓN DE NTRA. SRA. DE LA ENCARNACIÓN
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SERMÓN DEL DESCENDIMIENTO

Con toda probabilidad fue pronunciado este sermón en la Semana Santa de 1869 en la hermosa iglesia del antiguo cenobio benedictino de Celanova (Orense), en aquel entonces Colegio regido por los PP. Escolapios y parroquia de la población, bajo nuestra solicitud y cuidado. Nuestro P. Míguez se hallaba en el zénit de su prestigio, actividad y celo apostólico, con plana popularidad entre sus paisanos y en la vitalidad de sus 38 años.

¿Por qué celajes fúnebres el cielo súbito cubrieron en la mitad del día que el sol perdió su lumbre y en la cumbre del Gólgota vagaron ciegas tinieblas y se enlutó el cielo? ¿Por qué bramaron los vientos a porfía y en roncos torbellinos arrancaron altos cedros, y bajaron los collados sus cervices, y subieron hondos valles, y se rajaron en partes ciento los peñascos duros, y las murallas de Salén de sólida armazón enrojecieron doloridas, y de crespones lúgubres y oscuros agitó el huracán ardientes nubes? ¿Por qué la mar terrífica voceó, y su arenoso marco saltar quiso, y de las rocas firmes movió las bases, y con furor retó a la turbada tierra a la pelea con hirvientes olas que aún los cielos hieren y en horripilante tumbo asordan hasta el fragoso monte de maldición que todavía se cimbra y cruje? ¿Por qué el terror todavía acrece en el calvario la rehilante turba de los mil espectros, que gira a cada paso en torno suyo con siniestro ruido?; ¿por qué lanza fatídicos plañidos el torrente de Cedrón undisonante?; ¿por qué se derriten de miedo las entrañas del Arca y del Bethzeta y del Gihón, y de Sión las airosas cúpulas, y de Jacob las tribus más vecinas, de Jebús a la corte, cual ebrio en sus transportes, oscilan, tremen, lloran y lamentan? ¿Por qué las vírgenes escuálidas se sientan en el polvo y gimen los ancianos suplicantes y el pueblo rey por sobrenombre, con insólitos e insanos vértigos se agita y exclama furibundo?... ¡Horror! ¡Horror! ¿qué miro?...

¡Enarbolada del suelo diviso una cruz!!! Oscuridad y miedo por doquiera la circuye ansioso y quiebra las cárdenas luces del eclipsado sol que descienden apiñadas, y dentro se reflejan dejando ver a trechos suspendido un cadáver en sus brazos y en tres lenguas por cima inscrito un nombre, el lema de Jesús!... y junto a ese lábaro sagrado, do pende el Rey, el Soberano del ángel y del hombre, una mujer más bella que el ensueño del querube, un ser que gime y al trasluz parece sin par más linda que la risa de la autora!!!

¡Oh cielos! ¿Qué esperan vuestras bóvedas? ¿Por qué no se desploman en este instante sobre el hombre culpable?; ¿por qué bajo los pies de los que causa de esto fueron no se abre rebramando ardiente abismo? ¡Oh Rey de las Naciones!... Todos los pechos conturbados y atónitos al verte muerto por matar a nuestra muerte; con piedras de dolor se hieran y desgarren, y con su sangre escriban al pie del árbol donde estás clavado y mientras los elementos se hacen lenguas, letras que acusen su infernal pecado...

¿Dónde, dónde está Dios?... ¿Por qué consiente que esté cosido cual infame reo con tres enormes clavos y herido de los pies a la cabeza penda chorreando sangre de su frente, más pura y más bella que el mejor lucero y taladradas de espinas las sagradas sienes; su hijo verdadero, el que a una mirada mella la espada de su justicia, y arroja el rayo de la ardiente nube, y aterra aún el celeste espíritu con solo el esplendor de su ropaje, y humilla al mar, cuando hinchado sube y al cielo y tierra exige el justo vasallaje?

¡Qué horror! No hay parte sana en el hermoso joven Nazareno; la presencia de la muerte agotó en él las fuentes de la existencia. La lumbre de sus ojos extinguida, y su levantado pecho, y el sudor frío que su rostro baña, y la cabeza que al suelo inclina y su pecho apegado demuestran qué fue... que el ángel de la muerte apagó la llama de su vida, dejando el sacro cuerpo inerte y frío y el mundo todo con tinieblas ciego...

¡Murió Jesús, murió!... cual joven lirio que troncha el vendaval en su furor insano: ¡su fúlgida cabeza plegóse al punto con su pecho amante!... ¡Murió Jesús!... ¡al árbol del martirio partida en dos el alma con dolores, su Madre sin mancilla se abraza desolada! ¡Murió Jesús!... el rayo y ronco trueno lo dicen, y la tierra que de su abierto seno espectros mil y cadáveres arroja, y la turba precita, y fuerte retemblar del terremoto, y el mar ferventísimo se agita y venganza pide de estupendo crimen y el velo del templo en dos parte roto! ¡Murió Jesús!, la máquina del mundo pretende bramadora arrojarse al abismo dislocada; tanto la muerte de su dueño llora! ¡Murió Jesús!, ¿a dónde fue el inmundo, el insensato pueblo y la chusma osada con su cruel alarde de befas inhumanos? ¡Ah vil! huyó cobarde dejando el triste monte solitario...

Álzanse de su lecho fúnebre Adán y Eva dolientes y besan anhelosos la sacrosanta cruz, glorioso timbre del orbe y mesándose el cabello temblorosos, traen su pecado a la memoria y por ti, llorando dice el primero a su infortunada esposa... por ti... grita y los ecos atruenan los montes más lejanos; por ti.... yo... yo, en este momento he dado a mi Señor la muerte más impía!... y toda su descendencia desgreñada y en confuso tropel acude a sus ecos y a esta confesión une sus lamentos y llenos de horror en rehilantes turbas, dicense a voces que el espanto infunden, fieros autores de tan grave ofensa, que será el tema de mi discurso, si puede haberío, donde no hay entendimiento para discurrir y sí solo corazón para sentir y el objeto de la atención que espero me dispensaréis generosos en gracia a lo delicado de¡ asunto y a los mismos obstáculos del sentimiento que en estos instantes nos conmueve a todos.

¡Oh Cruz, gloria del cielo y de la tierra y tesoro del mortal! ¡Piedad! ¡Yo con mis lágrimas te riego y espero que entre tus brazos de dolor mi imaginación se pierda! ¡Salve, cruz preciosa, y que hiera mi mente un rayo del sol que pende de tus brazos!...

Sí, mortales; todos en él pusimos nuestras manos... Nosotros, nosotros fuimos la causa de su dolor y la culpa de su castigo; nosotros el motivo de su muerte y el delito de su pena; pecamos nosotros los inicuos y fue castigado el justo; delinquimos nosotros los reos y sufrió la pena el inocente; y lo que merecimos los malos, lo padeció el bueno; y lo que pecamos los siervos lo pagó el Señor; y lo que cometió la criatura, hubo de sufrirlo el Creador.

Sí, por nosotros le dieron bofetadas, y quiso recibirlas, por nosotros le escupieron en el rostro y dejó se lo afeasen; por nosotros le acusaron falsamente y lo sufrió en silencio; por nosotros le azotaron, y se dignó recibir los azotes; y le coronaron de espinas y dejose penetrar con ellas; y le cargaron con la cruz y no rehusó llevarla sobre sus hombros. ¡Ah! nosotros, nosotros fuimos los que arrancamos tantos gemidos de su corazón; nosotros los que exprimimos tantos lamentos de sus labios; nosotros los que sacamos de sus ojos tantas lágrimas. Nosotros somos los enfermos que abandonamos frenéticos al Médico que curaba nuestras dolencias, y los hijos de ira que repudiamos al padre de las misericordias, y los siervos malvados que arrojamos al Señor de la familia y los herederos inicuos que echamos al dueño fuera de la viña.

Si tan mal le trataron los judíos, nuestros dedos le señalaron; y nuestras manos le asieron; y le azotaron nuestros brazos; y le escupieron nuestras bocas; y le pisaron nuestros pies; siendo él poder que nos creó; la providencia que nos conserva; la caridad que nos redime; la bondad que nos perdona; el llanto en los ojos y el lamento en las manos; el suspiro en la lengua y el sollozo en el pecho; el quebranto en el corazón y el ardor en la voluntad; y la luz en el entendimiento, y la turbación en el espíritu, y el espanto en el ánimo y el asombro en la mente y el estremecimiento en los nervios y el temblor en los miembros y hervor en la sangre; sin cuyo influjo nada hay de gracia en el alma para merecer, nada de vigor en el cuerpo para obrar, nada de vida en el hombre para moverse, porque el ilustrador de los entendimientos, el avivador de la memoria el inflamador de la voluntad, el corroborador del espíritu, el purificador de la conciencia, el renovador de las almas, el que infunde la esperanza e inflama el amor, despierta los sentimientos y arranca las lágrimas, conmueve las fibras y excita la compasión, extrae los suspiros y enciende el fuego sagrado en los corazones...

Por nosotros, sí, por nosotros estuvo triste la alegría, temerosa la fortaleza, pavoroso el valor, y la gloria padeciendo, y la bienaventuranza ofuscándose, y la majestad confundiéndose y oscureciéndose la claridad, y enfermando la salud, y anonadándose la inmensidad y temblando el príncipe de las batallas cuyos soldados vencen los reinos, subyugan los imperios, toleran los suplicios, extinguen el fuego, doman las fieras y arrastran la muerte. Todos, todos le entregamos y yo el primero; el avaro le entregó a Judas para venderle infame; el desenfrenado libertino a las turbas para amarrarle criminales; el iracundo al ministro del pontífice para despiadado darle bofetadas; el envidioso a los príncipes de los sacerdotes para acusarle perjuros; el maldiciente a los soldados para escupirle en su rostro inmaculado; y a Herodes el ambicioso para despreciarle y burlarse con vestidura que a su inocencia cuadraba y a Pilatos el lujurioso para azotarle a mansalva; y a los sayones el soberbio para coronar de espinas su cabeza sacrosanta; y a los romanos en masa nuestro descaro y pertinacia en cometer mil excesos para que todos a una pudiesen crucificarle.

Recorred, recorred todo el orbe y no hallaréis un reino, una provincia, en la provincia una ciudad y en la ciudad una habitación, y en la habitación un hombre que no condene y pida a voz en cuello se persiga a Jesús, porque su vida difiere de la suya; se castigue al bueno porque no es malo; padezca el piadoso porque no es impío; se acusa al inocente porque no es delincuente; se condene al justo porque no es injusto. No, insisten, no nos conviene ese hombre, nosotros nos entregamos a una vida regalada y él a las maceraciones y ayunos; nosotros a la lascivia y él a la continencia; nosotros nos fundamos en la prudencia política y él en la providencia divina; nosotros fingimos y disimulamos, hacemos cualquier papel y lo dejamos y él es varón recto y sencillo; y obró como enseña, en la variedad siempre el mismo, en la multiplicidad siempre uno; nosotros buscamos el favor de los príncipes y magnates, y él no hace diferencia de personas, a todos busca, a todos ama, sin mira ninguna humana.

Fuera, fuera, pues ese censor, ceda la pureza a la impureza y la modestia al descaro, y el rubor a la desvergüenza, y la equidad a la injusticia y la virtud al vicio. Fuera los mandamientos de Dios y los preceptos de la Iglesia, los consejos de Jesús y los dictámenes de la razón. Complazcámonos a nosotros, agrademos a los necios, satisfagamos a los hombres, dejemos a los fantasmas. Corra por los tribunales la honra de los inocentes; tiña las manos de los jueces, la sangre de los justos; rebose con el dinero de los pobres la bolsa de los ricos. No, no se atienda más el mérito de las causas sino al lustre de las personas, no a la conducta, sino a los dones; no a la justicia, sino al interés; no a lo que la razón dicta, sino a lo que la voluntad se inclina; no a lo que la ley prescribe, sino a lo que el ánimo desea, No se incline éste a la justicia, sino la justicia al ánimo; no a que guste lo que es lícito, sino a que sea lícito lo que gusta. En mediando el interés, sacudamos todo escrúpulo, desdeñemos la justicia, despreciemos la religión, echemos a un lado la piedad, en tierra la virtud y en olvido la salvación.

Fuera, dicen, fuera ese hombre a cuyas miradas las cadenas caen, y los lazos se disuelven, y las puertas se abren, y los cautivos se redimen. Fuera ese hombre a cuya voz los perseguidores se hacen apóstoles, y los publicanos, evangelistas; los pecadores, discípulos y las meretrices, esposas; vuelven a su padre los hijos pródigos, y recobran el movimiento los paralíticos; andan y no desfallecen los fatigados y corren por los mandamientos de Dios los que se extravían por las sendas de Satanás; toman plumas de águilas y vuelan por las regiones del cielo los que antes apegaban su rostro y se arrastraban por el polvo de la tierra. Esto dijiste, joven disoluto, que prefieres a las dulces emociones de la gracia los inmundos placeres de la carne y a la encantadora belleza de la inocencia las heces siempre repugnantes de la malicia. Esto dijiste, adulto malaventurado, prefiriendo te devore el cáncer de los vicios a cauterizarlo con la piedra de la penitencia, y ahogando de buen grado los remordimientos de tu conciencia antes que salir del fatal marasmo en que te encuentras y romper las cadenas que te amarran cual vil esclavo del pecado. Esto dijiste, encorvado anciano, cuando ya levantado el pie que va a falsearte en el abismo, te complaces gozoso en tus pasados excesos y te enciendes en deseos de devorarlos de nuevo, tienes por hazañas tus acciones criminales y miras lejano el día del Dios de las venganzas que se apresta a castigarlas. Esto dijisteis, padres infortunados, al mirar con indiferencia criminal la educación religiosa de vuestros hijos, y cuidaros solo de dejarlos bien acomodados; preservar sus cuerpos de los menores contagios y no evitar mancille sus almas el roce de compañeros resabiados. Esto dijisteis, hijos desdichados, que burlando la vigilancia de vuestros padres y frustrando los afanes de vuestros maestros os dejáis llevar de vuestra ligereza y arrojándoos en brazos de vuestra imprudencia, os consideráis tanto más felices, cuanto sois más desgraciados y os creéis en el pleno goce de vuestros fueros cuando habéis renunciado a vuestros derechos sacrosantos; y ¿qué otra cosa dices, tú pecador, que envuelves entre tinieblas cuanto cede en tu ignominia, ocultas entre paredes cuanto deslustre tu nombre, sepultas en el olvido si algo infama tu memoria, y encubres con esmero si algo mancilla tu honra? Y tú, figura de apariencia, ¿no es eso lo que dices, ostentando en todas partes lo ilustre del linaje de que has degenerado; fijando en los frontispicios las humosas imágenes de los mayores que no imitas en tus costumbres; y reparando los timbres que manchas con tus infamias; y trascribiendo los títulos insignes que prostituyes con tu conducta? Sí, todos, todos lo decimos, preconizando con énfasis cuanto cede en nuestra gloria y sepultando en silencio si algo huele a ignominia; propalando nuestras obras, si algo merecen de loa y ocultando aquellos hechos, que sabidos, nos cubrieran tal vez de oprobio. Y si tenéis por exageradas mis palabras por no tener bien conocida la gravedad de la culpa, venid a ver la satisfacción que de ella toma el Eterno en la persona de su amantísimo Hijo: venid y veréis como le hiere por la maldad de su pueblo. Si ignoráis cuál para el alma el pecado, venid a ver cuál paró a nuestro adorable Jesús su satisfacción: venid y veréis a este hijo del cielo harto de oprobios, plagado de heridas, cubierto de sangre y tan desfigurado que apenas es conocido. Si no teméis la soberana indignación que merecen las culpas, venid a ver la demostración que de ellas hace el santísimo Jesús por las ajenas: venid y veréis como prendió el fuego de la ira de Dios en la vara florida de la inocencia de Jesús, para comprender como prenderá en el leño seco de la malicia del pecador. Venid, venid y veréis reunidos los pecados de todos los pueblos y los pecados de todos los reinos; los pecados de todas las edades y los pecados de todos los siglos; los pecados de todos los estados y los pecados de todas las condiciones: y los de los grandes y los de los pequeños; y los de los ricos y los de los pobres; y los de los que viven en las cortes y en las ciudades, y los de los que habitan en las villas y en los lugares: todos los pecados de todas las pasiones, todos los pecados de todos los pecadores.

Venid, venid y veréis a un Dios, sufriendo por ellos los más acerbos dolores. A un Dios reparándolos a todos con los más profundos abatimientos. ¡A un Dios satisfaciendo por ellos según la más rigurosa justicia! ¡A un Dios humillado! ¡A un Dios padeciendo! ¡A un Dios! ¡Ah!¡a un Dios muerto!!!

Venid paganos y judíos, reyes y vasallos, romanos y bárbaros, soldados y ciudadanos, eclesiásticos y legos: venid literatos e indoctos, magistrados y particulares, conocidos y desconocidos, amigos y enemigos: venid y miradle, sin sangre en las venas, ni fortaleza en los huesos, ni movimientos en las arterias, ni lumbre en los ojos, ni expresión en el rostro, ni aliento en el pecho, ni vida en el corazón, ni alma en el cuerpo!

Venid... más ¿quién es aquella cítara acorde que por una vibración simpática y oscilación aérea aún repite con misteriosa concordancia y la más dolorosa armonía los insondables padecimientos de Jesús? ¡Ah! ¡Es su Madre dolorida es la afligidísima María!... ¿quién es aquel eco misterioso que por una triste y dolorosa reciprocidad aun reproduce exactamente los golpes y heridas del dulcísimo Jesús? ¡Ah! ¡Es su Madre acongojada, es la angustiada María! ¿Quién es aquel espejo de grandes dimensiones que así copia con toda la perfección de la figura y los colores y con todas sus circunstancias, toda su intensidad y su barbarie, la sagrada pasión del amantísimo Jesús? ¡Ah! ¡Es su Madre atribulada... es la tristísima María!... ¿Sobre quién rebasa, a quién inunda y sumerge en sus amargas ondas ese mar inmenso de amarguísimas amarguras, después de haber inundado la sacratísima humanidad del mansísimo Jesús? ¡Ah! sobre su Madre apenada, la desconsoladísima María, que, muerta porque no muere, permanece al pie de la cruz cual roca incontrastable y recoge gota a gota la sangre casi helada que aun chorrea del sagrado cuerpo de su santísimo Hijo y eleva al hijo sentidísimos suspiros de lo más hondo de su pecho; fijos sus ojos en su dulcísimo Jesús! tendidas sus manos a su dulcísimo Jesús! ¡Clavada en espíritu con su dulcísimo Jesús! ¡Rebosando amor su corazón con el de su dulcísimo Jesús! ¡¡¡Y partida en dos su alma por su dulcísimo Jesús!!! Anhelando por alcanzarle, deseando descenderle, suspirando por besarle, muriendo por estrecharle. Y no encontrando auxilio ni en los cielos que no han vuelto de su pasmo, ni en los ángeles que de compasión aún lloran; ni en el sol que de horror aún no alumbra; en Juan que de dolor desfallece; en los apóstoles que de pavor huyeron; en los judíos que todavía le blasfeman y en los sacerdotes que no cesan de escarnecerle; en los verdugos que acrecientan su pena y en nosotros que su alma acibaramos.

Vuélvese pues, a los que exaltan de palabra las grandezas de la cruz, y observa que huyen de su amantísimo Jesús! Invoca a los que se hacen lenguas en alabanza de la cruz, y encuentra que repudian del corazón al amantísimo Jesús! ¡Llama a los que decoran su frente con el emblema de la cruz, y halla con dolor que detestan interiormente al amantísimo Jesús! y suplica a los que llevan con aparente estima el peso de la cruz y velos renegando con frecuencia de su dulcísimo Jesús! y acude a los que veneran con respeto el lábaro de la cruz y hállalos ultrajando sin consideración a su dulcísimo Jesús! Conjura a los que se postran reverentes en presencia de la cruz y nota que también crucificaron en ella a su dulcísimo Jesús! Recurra...

Pero... ¿a quién hermanos míos?, ¿quizás al mundo que todavía se agita y treme? No, que le ha vuelto las espaldas. ¿Quizás a los que ensalzan las virtudes a guisa de Jesús? No, que apenas las practican bajo el lábaro de la cruz; ¿Acaso a los que las embellecen con los rasgos de su fantasía? No, ¿por ventura las expresan en el cuadro de sus costumbres? ¿Acaso a los que las recomiendan con la mayor eficacia? No, ¿por ventura se dignan copiarlas en el panorama de su vida? ¿Acaso a los que admiran su belleza con todos sus pormenores? Tampoco. ¿Por ventura se proponen reflejarlas en las acciones de su cuerpo, ni en los actos de su alma?...

Pues, ¿a quién se volverá, hermanos míos? ¿A quién se volverá? A la tierra, no, que de terror se raja y aún confusa treme; a la mar, tampoco, que horrorosa brama y en roncos ecos desbordarse amaga; al cielo... ¡ah! al cielo, que revienta en sangre y a un llanto eterno, sin cejar se entrega... Al Padre Eterno... al Eterno Padre de quien hace poco se quejaba el Hijo, se vuelve sola la más triste Madre y el Padre al punto le depara dos hombres justos que a bajar se presten del altar sagrado el destrozado cuerpo de su amado Hijo.

Salid, pues, elegidos del Eterno, hijos de la prudencia evangélica que ocultasteis la verdad para hacerla triunfar gloriosa, como el sol de las tinieblas y enemigos de la política mundana que traidora la vende y oprime disfrazada. Venid, enviados del Señor con la fe más pura y la piedad más sincera, con la prudencia cristiana y el valor del heroico que infiltra la verdad en nuestras almas y fomenta el amor en vuestros corazones. Venid con la gravedad que a vuestra dignidad compete y autoridad que a vuestro poder corresponde; con el fuero de vuestra edad y el imperio de vuestras funciones, y con el aire intrépido y el corazón resuelto de vuestras virtudes; venid a desempeñar con aquellas el empleo que os merecieron éstas; elegidos por la misma gracia y unidos por la misma religión; movidos por el mismo espíritu e inflamados por la misma caridad: acudid a la más delicada de las vírgenes; sostened a la más abatida de las mujeres; auxiliad a la abandonadísima reina de las criaturas; consolad a la más afligida de la madres.

¡Oh! ¡Cuán tardos, pero qué agradables son vuestros pasos! Los ángeles os ven y lloran, envidian y os animan. El cielo descorre su manto fúnebre y en su tul os muestra la bendita senda que a tanta dicha os lleva. La tierra ceja en su retemblar horrísono y en vez de rajas que en su dolor abriera, ofrece a vuestros pies una mullida alfombra que a treparla os brinda. Los pontífices y sacerdotes braman de coraje al verse desmentidos y con furor no visto rechinan sus dientes los judíos. El infierno cruje y consternado muestra... Pero... adelante, ancianos venerables... consolad un poco a la Afligida... mitigad en algo su quebranto... que, si noble y con valor ostenta su divino rango y de Madre de un Dios no desmerece en nada, al cabo es Madre... pero Madre sin hijo que pende del árbol de la cruz y no tiene quien le baje. Venid, pues, antes que el dolor le acabe; venid a recabarte su linda joya... a su prenda amada... su aliento... su corazón... su vida... en fin, su alma... subid pronto, aprestad escalas. ¿Pero a dónde vais, varones esforzados, a dónde os lleva esa caridad tan denodada? ¿Ignoráis acaso que si tocáis al muerto quedaréis al punto legalmente mancillados? ¿A dónde bueno, a dónde amigos con bizarría tanta? ¿Y vuestra hidalguía?, ¿y esa futura mancha?... Más, no, que esa carne no tizna, que lava; lejos de impurificar, más y más aclara. Arriba, pues, que el dolor no da treguas a la Madre, y la misión del Eterno urge... clama. Compasión, empero y lejos de nosotros el cruel alarde de la turba insana. No toquéis por vuestra vida a esa prenda amada, sin contar de antemano con la venia de su Madre. Pasad a implorarla: derramad en su presencia vuestra alma; poned a sus órdenes vuestros brazos; ofrecedle piedad; depositad vuestro corazón en sus purísimas manos y rogadle le inflame en el ternísimo amor del suyo inmaculado.

Postraos también ante esa cruz que suspende lo largo y lo ancho, lo sublime y lo profundo: lo ancho de la misericordia y lo largo de la justicia; lo sublime del poder y lo profundo del saber; y la fuente de la alegría que hay en los hombres, y de gozo que inunda a los ángeles, y del júbilo que reina en los cielos, y de la dicha que cabe en la tierra. Humillad los primeros la cerviz ante ese lábaro sagrado a cuya sombra pelearán coronados Césares y purpurados reyes, ínclitos príncipes y distinguidos próceres, y se cobijarán espesos escuadrones de guerreros, y multitud de vírgenes amazonas, y muchedumbre incalculable de doctores y millares sin cuento de fieles confesores.

Subid ya a esa Ara elegida por el consistorio de la Trinidad para que en ella ofreciese la cruenta hostia el Pontífice Supremo; para trofeo donde el campeón invicto colgase los despojos de su victoria; para candelabro de oro donde la luz del mundo alumbrase al universo entero, y espada en que el Hijo de Dios triunfase de todos sus enemigos. No, no lo miréis como signo de ignominia; será un día en que los romanos, las más poderosas de las gentes, y los griegos los más sabios de los mortales, y los hebreos, los más religiosos de los pueblos, la cantarán dichosos como emblema de honor y de la gloria, de las luces y de la salud.

Sacad, sacad primero esa inscripción de pretendido sarcasmo; presentad al pueblo ese padrón de aparente ignominia y preguntadle con Cristo ¿de quién es este título?, y la razón, y la letra y la figura y el figurado, os responderán: que la imagen es de un enfermo, pero el título de un Médico; que aquélla es de un mendigo, y éste de un alto potentado; la imagen del más vil de los esclavos, y el título del más poderoso de los señores; la una, del mayor caudillo de ladrones y el otro del rey soberano de las dominaciones; la imagen le pregona en son de malhechor y el título te predica divino salvador; la primera indica que es un hombre, y el otro demuestra que es un Dios. Resume el más ruidoso de los procesos y la más injusta de las causas; la más inicua de las sentencias y la más trágica de las ejecuciones. Representa lo más dulce al paladar y suave a la garganta, lo más grato al oído y jubiloso al corazón. Reproduce el eco que encorva los cielos, y humilla la tierra y consterna el averno, y crujen los goznes del universo entero. Porque representa el precio de nuestra redención, y la canción de nuestra libertad, y la víctima de nuestras culpas y el valor de nuestras almas; el suavísimo, el riquísimo, el gratísimo, el dulcísimo nombre de nuestro amantísimo Jesús; de ese Salvador a quien debíais bendecir con labios de gratitud, y maldecís, pecadores, con esas palabras escandalosas que brotan de vuestros corazones; ese nombre con que debierais condimentar los actos de vuestra vida, y la profanáis en vuestros pensamientos, y lo contamináis en vuestros deseos y la prostituís en vuestras acciones.

Sí, simbolizan lo más bello a los ojos, lo más grato al espíritu, la más lozana de las flores, la más pura de las inocencias y por consiguiente, vuestra envidia al acusarle, y vuestra crueldad al maltratarle, y vuestra perfidia, al negarle, y vuestra impiedad al crucificarle. Aclaman al rey de un pueblo elegido y religioso, al soberano de vuestros corazones, al Señor de vuestras almas, a quien prendisteis come a ladrón; castigasteis como a esclavo; vendasteis en son de profeta falso; acusasteis a guisa de seductor; mofasteis... pero, llevad, llevad a su afligidísima Madre ese heraldo de pésames y plácemes, ese jeroglífico de los excesivos amores de su Stmo. Hijo y de la más negras ingratitudes de todos los mortales, y mientras lo descifra y medita congojada, pasad a esa diadema con que la humanidad ingrata coronó a su apasionado Esposo en el día de sus bodas.

¡Mirad, empero, que la toquéis con respeto, que la saquéis con cuidado, que se conmuevan vuestras entrañas al compás de las dolorosas palpitaciones de las de su Madre! ¡Consideración!, ¡que no se apoya sobre el Arca del Testamento, sino que penetra hasta el cerebro del mismo Testador! ¡Consideración!, ¡que no ciñe el Ara de los holocaustos figurativos, sino las sienes sacratísimas de esa víctima divina que los completa todo como término! ¡Tiento, tiento y consideración!, que no empiecen otra obra las nudosas nubes del incienso de los sacrificios, sino los espesos vapores de la sangre del cordero inmaculado que elevándose majestuosos hasta el trono del Eterno, descienden luego cual fecundísimo rocío sobre los mortales para lavar las abominables manchas de sus almas y hacerlas producir dignos frutos de penitencia saludable.

Mostrad también al pueblo ese espejo de su malicia; erguidlo más, que lo vea, y acorde responda ahora a estos cargos: Pueblo ingrato ¿son ésas las espinas que traspasaron las sienes de Jesús? No, que fueron vuestros malos pensamientos y mil juicios temerarios. ¿Son ésas las espinas que penetraron el cráneo de Jesús? No, que fueron vuestras torpes complacencias y opiniones encontradas. ¿Son ésas las espinas que atormentaron los ojos de Jesús? No, que fueron vuestras miradas lascivas y aquiescencias sensuales. Y esos afeites sin tasa, y esas sardónicas risas, y alicientes criminales, quien afeó su semblante. Y ésas inmundas blasfemias, murmuraciones injustas, conversaciones impías y mil obscenos cantares, quien ha manchado sus labios. Y... pero, basta; que está esperando la Madre se la llevéis para besarla, ya que no puede hasta ahora besar mil veces sus llagas. Ahí la tenéis, Madre mía; mejor quisiera ocultarla, mas son del amor las arras, dignaos, pues aceptarla. Decid, decir por mí a este pueblo: ¿Tan cara vale su alma? Enmienda infeliz, enmienda; procura solo salvarla. Costó un Dios su rescate. ¿Quién otro podrá redimirla si para vuestra desdicha llegáis de nuevo a empeñarla? Pasad ahora a las manos: empezad por la derecha que mil bendiciones derrama; sacad despacio ese clavo; por vuestra vida os suplico que no oiga el martillo la Madre... Piedad, hermanos, piedad, no sea que el dolor la acabe; despacio por esa Antorcha que está a pique de apagarse... ¡despacio!... Tan fuerte clavó la culpa al mismo que la expiara, para que no pueda arrancarse sin rasgar al propio tiempo las entrañas de su Madre!... Seguid empero, que el son de esos (grandes) martillazos suspende las armonías de los coros celestiales, deleita al Eterno, y le aplaca y le mueve a apiadarse. Mostrad al pueblo primero y pasad luego a la Madre esa pluma singular con que el Amor ha sabido inscribirnos en sus manos, empanándola por tinta en torrentes de su sangre.

Sacad también el izquierdo; procurad no ladearle... cuidado, empero, cuidado... dad bajito... más despacio... que de nuevo desgarran las entrañas de esa Madre... Probad a ver con la mano; evitad nuevos dolores al corazón que más le ama. Enseñad ahora al pueblo ese ingenioso candado con que amarró el Amor la justicia que le amagaba, y llevadle al instante y con respeto a su Madre que siente no ser con él mil veces también clavada.

Mirémonos ahora inscritos todos en esas divinas manos, en esa diestra que llama y en la siniestra que aparta, en la derecha que abre el cielo y en la izquierda que precipita en el infierno; en la una que bendice y corona al justo y en la otra que maldice y reprueba al pecador, y pidamos a ese dulcísimo Jesús que no use con nosotros de la izquierda, instrumento de sus venganzas, sino de la derecha, ministro de sus misericordias.

Sacad por último el tercero (más despacio, almas timoratas)... oído al corazón... ¿No se conmueven vuestras entrañas al ver cuál se agitan las fibras de María? ¡Ah! ¡Madre, Madre, que todo contribuye a redoblar tu pena! ¡Bendito, bendito sea el Amor que tanto puede! ¡Maldito, maldito sea el pecado que tanto exige! ¡Ah!, que lo vea, que lo vea el pueblo que traspasó los pies que midieron la distancia que existe entre Dios y el hombre y vinieron a buscar tan lejos a la humanidad extraviada pasando por encima de las alturas de nuestro orgullo y por las profundidades de nuestra corrupción, por las rocas de nuestro endurecimiento y por las espinas de nuestra ingratitud. Llevádselo a su Madre Stma. para que en retorno de ese último recuerdo de la pasión de su Hijo nos alcance la gracia de volver pie atrás en la extraviada senda de nuestros errores y de entrar resueltos y no abandonar jamás los senderos de los divinos mandamientos.

En fin, pasad ese cuerpo despedazado del Hijo a los brazos de la Madre, que suspira por besarle, y muere por abrazarle y tocar su cara y juntar su rostro con su rostro, y teñir las mejillas de la Madre con la sangre del Hijo y regar las del Hijo con las lágrimas de la Madre. ¡Ah! no oís como le dice: ¡oh, vida muerta! ¡Oh, lumbre oscurecida! ¡Oh, hermosura afeada! Dime, dime, vida mía, ¿quién así deformó tus formas? Pecadores, ¿qué mal os hizo esta vida mía?; ¿en qué ha provocado vuestras iras? Pero... ¿qué insignias son estas, Hijo mío? ¿Quién así empañó los cielos? ¿Quién tanto afeó la gracia? ¡Corazón mío! ¿Quién eclipsó estos soles? ¡Luz de mis ojos! ¿Quién traspasó estas manos? ¡Solaz de mi alma! ¿Quién agotó esta fuente? ¡Oh Jesús, hijo mío! ¡Oh hijo mío Jesús! ¡Hijo mío! ¡Sangre mía! ¡Carne mía! ¿Qué tigre ha sido? ¡Quién así te ha parado! ¡Alma mía! ¿Qué haré sin Ti? ¡Corazón mío! ¿A dónde sin Ti? ¿A dónde irá la Madre sin el hijo y la hija sin padre? ¿A dónde la hermana sin el hermano?, ¿y la esclava sin su señor? ¿Pero qué hiciste? ¿Son éstas las gracias de tantos beneficios? ¿Es éste el premio de tantas virtudes? ¿Es ésta la paga de tanta doctrina? ¡Tanto puede el pecado! ¡Tanto lo has aborrecido! ¡Tanto pide la justicia! ¡Tanto vale un alma! ¡Tanta es vuestra crueldad, oh hombres, para que aún sigáis ofendiendo a mi hijo! Tan duras tenéis las entrañas que no reparáis despedazar las mías! ¿Y no renunciaréis a vuestros desórdenes? ¿Y seguiréis entregados a vuestros vicios? ¿Y no romperéis con vuestros hábitos? ¿Y no repudiaréis vuestras pasiones? Y no... pues... aquí me tenéis a mí: cogedme, tiradme, pisadme, clavadme, matadme... pero no atormentéis de nuevo a mi hijo, a mi Jesús, a mi dulcísimo Jesús, a mi... ¡Ah!, tened compasión, retirádselo, hermanos míos, que muere con el muerto, porque vive sin su vida.

Levantad, levantad también ese trofeo del amor que un Dios profesa al hombre. ¡Oh! ¿Quién semejante a él en el dolor del cuerpo y en el amor del corazón? Pues bien, hermanos míos, el uno es obra de nuestras manos y el otro de su bondad infinita. ¿Quién semejante a él en el abatimiento y en la majestad? Pues bien, hermanos míos, se abajó a la una para levantamos y disimuló la otra para no intimidaros. ¿Quién semejante a él en la flaqueza y en el poder? Pues bien, hermanos míos, ¿se sometió a la primera para haceros fuertes y no se despojó de la segunda para haceros cautos? ¿Quién como él en la pobreza y en la riqueza? Sabed, pues, que experimenté los rigores de la una para haceros ricos de bienes celestiales y despreció la otra para que no apeguéis vuestros corazones a los terrenos. ¿Quién como él en la ignominia, quién en la gloria? Sabed, empero, que sufrió la primera para que os penetréis que sólo humillándoos en esta vida podréis conquistar las delicias celestiales que os dejó traslucir en la segunda.

Hedle allí: miradle bien, hermanos míos; dispuestos a miraros; mirando, iluminando, encendemos; encendiendo, convertiros: Miradle también vosotros, y mirándole, conocedle; y conociéndole, veneradle; y venerándole, amadle, con todas vuestras fuerzas, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma... Enfermos, ahí tenéis al Médico; sedientos, ahí tenéis la fuente; inicuos, ahí tenéis la justicia; injustos, ahí tenéis la virtud. Si teméis la muerte, es la vida; si deseáis el cielo, es el camino; si huis de las tinieblas, es la luz; si buscáis comida, es el alimento. Mirad, mirad a la verdad que calla; a la justicia que paga y al poder que cede; esperando vuestros suspiros, deseando vuestras lágrimas, anhelando vuestros pésames y suspirando por abrazaros con un amor más tierno que la Madre al hijo, que el esposo a la esposa, que el amigo al amigo, y Jacob a José, y José a Benjamín, y a Tobías su Madre y Jonatán a David.

Acudid, que os busca; escuchad que os llama: Venid juntos: Volved pecadores: Venid a mí: volved en vosotros. Volved por el camino estrecho; venid por la penitencia; venid por la pureza; venid por la templanza... Venid y no temáis, que soy columna para el firme a quien sustento; mano para el caído a quien levanto; norte para el navegante a quien alumbro; señal para el que pelea a quien animo; refugio para el que peligra a quien sostengo, y estímulo para el que corre, a quien excito.

Convertir, pues, convertid los males de culpa y de pena en hazañas de virtudes; en los males, ejercitando la paciencia y en las adversidades cobrando confianza; en la pérdida de los bienes acudiendo a la divina providencia y después del pecado haciendo penitencia... y al estremecerse la tierra, y al fulminar el cielo, y al temblar de la naturaleza entera, y cuando huyan los precitos, y cuando bramen los réprobos, y cuando palpiten de miedo vuestros enemigos: saludaréis con entusiastas vivas a ese Libertador, y subiréis jubilosos a las mansiones eternas, y entraréis triunfantes en el celeste capitolio, donde tendréis gozo sin aflicción, salud sin dolor, luz sin tinieblas, descanso sin trabajo, y honor sin ignominia y abundancia sin falta, y vida sin muerte y gloria sin término.

Notas