HablaPadreFundador/SERMÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS A NTRA. SRA. DE LAS MERCEDES

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PRÓLOGO-EXPLICACIÓN
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CONFERENCIA SOBRE LA CONCIENCIA
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SERMÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS A NTRA. SRA. DE LAS MERCEDES

El P: Míguez estuvo en Cuba tres años escasos (1857-60). En este tiempo se le presentó la ocasión de predicar y cantar las glorias y alabanzas de Ntra. Sra. de las Mercedes que se veneraba con singular devoción en Guanabacoa, próximo a la Habana. Es un canto a la madre en general y en particular a María la Madre por excelencia, a la que se le gana el corazón por el agradecimiento. Tenía nuestro Padre 28 o 29 años y será una de las primeras manifestaciones de su estilo oratorio, tan característico e inconfundible.

Ecce mater tua: He aquí a tu Madre (Jn 19, 26)

Hay una verdad sellada en sangre por los pueblos que jamás pudo en algunas de sus páginas desmentir la historia; hay una creencia encarnada en el corazón de la humanidad que jamás pudo el tiempo borrar de su nebulosa existencia; hay un sentimiento en nuestro instituto que jamás pudo contener la envidia: es el valor de la palabra más dulce, más agradable y más grata que mentarse puede; es la voz que habla al corazón, sólo al corazón, porque sólo revela confianza y no respira más que amor; es el manantial de dulzuras y delicias para la lengua que la pronuncia y el pecho que lo siente; es el símbolo de¡ amor más tierno y más enérgico, más firme y afectuoso, más contrariado y constante, combatido y generoso; es el emblema de aquel cariño que nunca cede ni se debilita en circunstancia alguna, ni se desalienta por ninguna causa, triunfa sólo de todos los obstáculos y se halla a prueba de cualquier evento, saca fuerzas de sus padecimientos propios y cuanto más angustiado se encuentra y afligido, tanto más activo se hace y más enérgico: tal es, oyentes míos, la palabra Madre.

Madre, es sin duda la expresión genuina de un vínculo de unión de un canal de beneficencia, de una mediadora de reconciliación, de un medio de defensa y de un motivo de confianza y del amor más tierno, Madre es el Titulo que halló más propio el Redentor del mundo en su partida para designarnos el legado más excelente que imaginarse puede, el remedio en nuestros males y en nuestras aficiones el consuelo, el socorro en nuestras necesidades y en nuestros peligros la asistencia, un apoyo en nuestras empresas y en nuestras flaquezas un auxilio, en estimulo en nuestra pereza y en nuestras disensiones una mediadora: Madre, en fin, es la denominación con que, llevado el dulcísimo Jesús de su generosa caridad y movido de su liberalidad sin límites, nos hace donación del objeto de mayor valía, más alto mérito y sobremanera amado, ya trueque de que nuestra redención fuese, bajo todos los aspectos, abundante, para hacer más íntima y perfecta nuestra unión con Dios; a fin de que la permuta de cuanto él tenía, por todo lo que teníamos nosotros, fuese más completa: nos transmitió también con él sus derechos de hijo, que parecían incomunicables, haciéndonos en él y con él, hijos de un mismo padre y de una misma madre que es María.

Almas deseosas de las mercedes de Dios, llenaos pues, de esperanzas santas; almas inquietas sobre los peligros de la presente vida, sosegaos; descansad almas recelosas de la vaga y oculta certidumbre de lo futuro; poned los ojos todos en aquel altar: los que fluctuáis en el mar borrascoso de la vida, respirad; levantad vuestra cerviz los que lleváis el yugo de ese monstruoso impío que despedaza sin compasión a los que más le sirven, ahoga a los que en la apariencia más dulcemente halaga y sacrifica a los que estrechamente abraza; y vosotros los que padecéis alifafes naturales y experimentáis más de cerca el peso todo de aquella desobediencia fatal, no desesperéis. Recordad que el dulcísimo Jesús, pendiente ya del árbol de la cruz, próximo a morir, lleno de ternura y toda caridad, despidiéndose de su amorosa madre y de su discípulo muy amado, volviéndose a nosotros nos dice en la persona de S. Juan: Ved ahí a vuestra madre, madre amantísima y piadosísima madre, madre que sabe llenar de mercedes a los que de veras la aman y la invocan con ternura.

Tal es, católicos, el objeto que me trae indigno a este lugar sagrado y hace resuenen sonoras las alabanzas de María en este templo santo: una solemne acción de gracias por los beneficios recibidos; un sincero y devoto agradecimiento a Ntra. Sra. de las Mercedes, que dedica una familia piadosa y felizmente cargada y oprimida por las desmedidas de la Virgen que siempre oye como madre al que a ella recurre con afecto de hijo.

Gloriosos Dionisios e Ignacios; lreneos y Epifanios; Cirilos y Bernardos, inspirad mi entendimiento, moved mi voluntad e inflamad mi corazón para exaltarme como vos, en alabanza de María, con el sentimiento de¡ afecto más profundo y el amor más tierno, con ese entusiasmo que despierta y esa elocuencia que anima, con esas miras altas y elevados pensamientos que inspirados por la fe y la razón reciben su unción de un amor afectuoso; con esa ... ; pero me extravío, sólo Tú, Señor, que mandas al aquilón traiga los objetos que te placen de las extremidades de la tierra y al austro que no ponga óbices a tu voluntad; sólo Tú, puedes sugerirme y darme palabras y enviarme un rayo de tu divina gracia que ilustre mi entendimiento y purifique mis labios para desempeñar con fruto mi objeto que es agradecer y por eso debo empezar orando:

Ave María

¡Qué hacinamiento de ideas se aglomera a mi imaginación en este momento! No puedo manifestarlo de otro modo, sino diciéndoos que si alguna vez os habéis hallado en algún ameno y delicioso jardín, si os habéis detenido a reflexionar la multitud diversa de flores que le adornan, si os habéis parado a considerar la ambiciosa curiosidad con que le habéis contemplado ya que vacilantes en la elección no hay flor que deje de agradaros, sin que os sea posible cogerlas todas; me consideráis del mismo modo, porque es muy ameno, es muy hermoso, es de una extensión sin límites el jardín en donde se pasea mi imaginación en este día. Todo cuanto en él registro es grandioso y todo me enseña que es divino el jardinero que lo cultiva y adorna; más cuando quiero alargar mi mano para coger y apropiarme una flor, me las detienen tantas otras bellas y graciosas como se presentan nuevamente disputando la primacía.

¡Ah!, ¿no es jardín florido María Stma.; cuando así embelesa a Adán y Abel, Henoc y Noé; Abraham e Isaac; Jacob y José; Leví y Moisés; Josué y Samuel; David y Salomón; lsaías y todos los Profetas; Job y todos los santos que de lejos la contemplaban y quedaban absortos en su hermosura sin par y en los encantos de su grandeza? ¿No son flores bellas tantos dones y gracias del Espíritu Santo como en ella brillan? ¿No son rosas odoríficas tantas virtudes sublimes como la adornan? ¡O celestial encanto!... Bendígate mil veces el mundo entero. ¡Ah! vomite, muy enhorabuena, el infierno todas sus furias, despida, si le es posible, toda la hediondez de su negro cócito (sic), que nada, nada podrá sofocar de su balsámico aroma, ni mancillar su pureza, ni empecer en lo más mínimo la benéfica influencia de su mediación divina. ¡Oh! portentosa María, Vos sois más fuerte que Débora, más sabia que Sara, más piadosa que Séfora, y más valerosa que Judit; vuestro poder es grande y soberana vuestra protección, inmenso el amor que profesáis a vuestros hijos y general la ternura con que éstos os veneran, insoportables las mercedes con que los llenáis y universal el agradecimiento con que os corresponden.

¡Ah! si pudiera presentar aquí en un bello cuadro, corriendo desalados para arrojarse en vuestros brazos maternales, en las calamidades públicas y en las aflicciones privadas, en las necesidades del alma y en las miserias del cuerpo, en el tiempo de los azotes de Dios, como en el de las persecuciones de los hombres, el clero y el pueblo, los príncipes y los súbditos, las ciudades, las provincias, todas las condiciones y las clases todas de España y Polonia; Francia y Alemania; la Hungría y la Bohemia; el Austria y la Baviera; Irlanda y la Inglaterra católica; Griegos y Latinos; Etíopes y Armenios; el nuevo mundo y el antiguo, los pueblos cristianos de muchos siglos y los nuevamente ilustrados por la fe; el marinero en la tempestad, y en sus dolencias el enfermo; el pobre en la indigencia y en su tribulación el afligido; en la batalla el guerrero y lo que es más el pecador en las miserias de sus hábitos y de su pecado; direlo de una vez, todo cristiano por degenerado y corrompido que esté, en el seno mismo de la licencia de sus pasiones, conserva en el fondo de su corazón un resto de amor, vuélvelos de tiempo en tiempo para implorar su piedad y abriga una confianza secreta en su maternal protección.

Mas empresa semejante exige desde luego superiores fuerzas y no bastan hoy día a pregonar los recientes beneficios, por más que se esfuercen en formar un dilatado discurso para describirlos, nunca será suficiente para expresar los sentimientos de gratitud y devoción con que debemos adorarte y venerarle. ¡Oh Prodigiosa María! La bendición y la alabanza es el justo tributo que rendirte podemos; con ellos acreditamos tu beneficencia y grandeza y daremos un testimonio de nuestra dependencia y gratitud; cíñome, pues, elocuentísima Señora y llego a levantar mi voz indigna en vuestra presencia augusta que inclina mis ojos hacia el polvo de la tierra y no osan dirigirse a tanta majestad por el respeto más profundo. Ministro del Santuario y por esto obligado a rogar por mis hermanos, también por ellos debo rendiros afectuosas gracias; ministro de Dios y vuestro protesto públicamente y delante del mundo entero que una hija vuestra se postra debidamente agradecida ante vuestra piedad inmensa y que confiada implora y espera vuestra protección futura.

Bien sabéis, Señora, que os hablo de esa hija, antes desgraciada que por suerte incalificable saliera a la luz, privada de la vista y para quien el más claro día era noche casi tenebrosa; en cuyo corazón jamás introdujera la luz aquel dulce júbilo que vierte por doquiera; cuyo entendimiento jamás pudiera parangonear los brillantes coloridos que toma en el hermoso esmalte de un jardín florido con el que recibe en el variado plumaje, de las trinantes aves y menos todavía en el espectro solar que nos ofrece las nubes, y en vano dirigía su rostro angelical por las praderas adornadas de un verdor alegre y bañadas al acaso de tortuosos arroyuelos y por ese inmenso Océano e innumerables legiones de celestes astros que eran para ella, cual si no existieran; de esa joven, ahora dichosa, que con una prueba del amor que la tenéis, recibió también por vuestra poderosa mediación ese don precioso que proporcionan al alma percepciones las más prontas y extensas, ese manantial de los más ricos tesoros de la imaginación y origen fecundo de lo bello, del orden y de la unidad del todo, de esa joven, que bajo las alas de vuestra protección soberana puede ya evitar los peligros que la rodean, formarse idea de la magnificencia de los cielos, de las bellezas de la naturaleza y de tantos otros deleitosos objetos de que está llena la tierra, y no sabe regocijarse, ni loaros lo bastante por esa facultad que, como madre cariñosa, lograseis alcanzarle, salvando los peligros mil que acompañar suelan a esa operación intricada y sin duda más difícil.

Abristeis, lo confieso, ambas manos para protegería; la colmasteis de mercedes unas sobre otras, y ella las experimenta aunque su lengua balbuciente no osa publicarlas y su modestia misma las oculta anonadada; propala empero, quiere no se esconda su eterna gratitud, y anhela no se queden tamaños beneficios sin ser reconocidos; por todo os da la gloria y atenta sólo reservarse favores tan marcados, os aclama sin reserva su benéfica protectora, mostráranse sus ojos insensibles a la hermosura de los objetos exteriores, y sólo los mirará para elevarse por ella a la contemplación de vuestras perfecciones; no desplegará sus labios, sino para glorificaros con cánticos de alabanza, ni pronunciará su lengua otra canción que no sea el himno universal que todas las criaturas entonan en vuestro honor.

Se esfuerza su ánimo generoso por mostrarse agradecido y quisiera corresponder con una gratitud proporcionada a tanta liberalidad, más le es imposible: suspira por romper en dignas demostraciones de su reconocimiento, pero la misma abundancia de favores que le hacéis oprima su corazón, le impide por todas partes y no le deja libertad para un justo agradecimiento. ¡Oh! Y ¿cómo se aflige su tierno pecho al verse en la necesidad de parecer ingrata e ingrata a vuestra majestad? En medio de tanto consuelo y alegría, como causan en su alma favores tantos y más aún el amor que le mostrasteis en oír sus ruegos y acoger propicia sus fervientes votos, sólo esta pena le hiere el corazón, sólo este sentimiento penetra lo íntimo de su alma, hasta se queja amorosamente de vuestra misma bondad por haber puesto sobre s alma el peso inmenso de mercedes tantas, viendo la debilidad de sus fuerzas para el agradecimiento, su entendimiento las conoce, y ésta ya es otra nueva; estímalas su voluntad y se esfuerza por agradecerlas, más no puede dignamente.

Aceptad, pues, aceptad Señora, aceptadle al menos, cual testimonio de sus grandes deseos estos elogios que os consagra con la mayor efusión de su alma; recibidlos como obsequios de amante hija, pues sois madre y sabe el amor de madre dar valor aún a las ofrendas menos dignas; recibid puro su tierno corazón, respirando candidez y derretido en amor vuestro y su alma enajenada toda en Vos y ardiendo en las llamas celestiales de este voraz incendio; hedla ahí, Señora, que en presencia de su amado Padre y apenas salida de los cariñosos brazos de su tierna madre, se abalanza hacia Vos en además de asiros para ofrecemos y forzaros con caricias mil a recibirle ese mismo entrañable sentimiento de que le sea imposible un agradecimiento proporcionado a tamaños beneficios recibidos.

Pero no; ya veo en medio de las dulces lágrimas una demostración sincera del más completo regocijo, gloríase y muy mucho de su impotencia misma; porque si así no fuera, no seríais, Vos, tan benigna, liberal y generosa; no sería tan copioso el torrente de vuestra beneficencia, si cupiera y no rebasara siempre de los pequeños vasos de la capacidad humana. ¡Ah! ¿Cómo unos viles gusanillos de la tierra podrán glorificar dignamente a la emperatriz de los cielos? ¿Los favores de la madre del Omnipotente, podrán tener digna recompensa de parte de los miserables hijos de Adán? No, madre mía, no; nos alegramos sí de vuestra grandeza insuperable y de vernos vencidos de vuestros favores, sólo porque se da nuestra inferioridad en gloria vuestra.

Pero ¡Ah! no, me equivoco, madre mía, aún tenemos con qué agradeceros las mercedes que nos hacéis; ese incruento sacrificio iniciado en honra del Altísimo, se consagra en vuestro altar, así, pues, madre piadosísima, ya que en agradecimiento a mercedes tantas, carecemos de recompensa digna, ahí tenéis esa víctima sagrada, miradla, ahí está, es otro hijo: como la pompa toda que inspira alegría tanta, con la decencia y majestad que revelan las sagradas ceremonias, entre numerosos escuadrones de Espíritus celestes que profundamente inclinados tiemblan de puro respeto, se ofrece en vuestra presencia a su Padre Eterno, que le admite propicio, víctima por nosotros; como ya dulcemente satisfechos, esperamos prematuros aceptaréis ese grato homenaje que reendulzó siempre vuestros sinsabores.

Anímate pues, alma favorecida, pide ya dichosa, nuevas mercedes a María y espera su protección en la oscura sucesión de lo futuro; pide, que ya no será poderosa la vaga y furiosa inconstancia con que se inquieta el mar borrascoso de este mundo, para mover aun levemente el áncora de la esperanza, siempre firme en la piedad de María. Y Vos Señora, que sois Madre, amparadla; es hija vuestra, defendedla y bajo vuestra protección salvará los peligros que tal vez se hallasen dibujados en el mapa de su vida; os invoca afectuosa con esa confianza que anima a pedir a un hijo; oídla con ese amor que excita a proteger a una madre; abrid ese corazón ternísimo, todo dulzura y respirando suavidad y celestial fragancia a esa hija que postrada en vuestra presencia excelsa os consagra su alma candorosa y su tierno corazón derretido, y ardiendo en fuego vivo de vuestro amor, suspira con las mayores veras por la fortuna de agradaros en los momentos todos de su presente vida y se acoge humildemente bajo el sagrado manto de vuestra protección soberana para nunca errar un paso ni contrariar jamás vuestra voluntad. Ya que, pues, favorecéis a quien os ofende, no desamparéis a quien os ama; buscáis a quien os huye, no os ausentéis de quien os busca; llenáis de beneficios a los ingratos mismos, favoreced a los agradecidos; que cede en gloria vuestra su protección contante yes causa pública de vuestro nombre lo que antes era sólo interés particular.

Desde ahora, pues, dichosa joven, en tus mayores aflicciones y en tus peligros mayores, en todos los inciertos pasos de tu restante vida y rendida al escabel de María, levanta tus ojos afligidos y llena el corazón de amor, de respeto el alma y el ánimo de esperanzas y no ceses de decir con voz humilde y cariñosa: Madre piadosísima, aquí tenéis a vuestra hija; y Vos, Virgen sacratísima, Señora amorosísima, alargadle sin detención, extendedle apiadada vuestros candorosos brazos, sacadla de los peligros y decidle al corazón: sosiégate hija mía, aquí tienes a tu madre.

Y tú, alma feliz, alma dichosa, permítenos seguirte en medio de tanta felicidad con movimientos de envidia santa; pero ¿a qué, católicos, si todos podemos aspirar a semejante dicha, si con fervientes votos apetecemos felicidad igual? Abrid sino, abrid, extended las alas de vuestro corazón, dejadle que vuele, suspire, anhele acogerse a la sombra de María y veréis cómo amparan todas las frondosas y extendidas ramas de este hermoso árbol y todos se refugian a su sombra; todos somos uno, en la persona de S. Juan: ahí tienes a tu hijo; todos somos uno, en el dulcísimo Corazón de Jesús: para que todos sean uno, Padre mío, como lo somos nosotros. Así pues, los que vivís en gracia, animaos, que todos sois hijos de Dios, reengendrados por el Espíritu Santo, hermanos de Jesucristo e hijos adoptivos de su divina Madre; ¿desesperaréis ya de su protección constante? ¡Ah! no, no; mostradle que sois hijos y Ella se os manifestará como verdadera madre; sean justas vuestras súplicas, sean del agrado del Señor y María gustará de oirías y las recibiréis bien despachadas; repetid vuestras humildes rogativas en presencia de María, pedid con más respeto, instad con más paciencia y volveréis agraciados; implorad con resignación y desead con rendimiento sus determinaciones y seréis muy bien servidos: nunca os arredre lo arriesgado de la empresa, ni os figuréis montañas donde no existen colinas; todo es un átomo en la presencia del Señor; entonces resaltará la protección poderosa de vuestra madre.

Y tú, Débora misteriosa, levántate agradecida, cual hermana de Moisés y dirige por favores tantos la Epopeya más sublime a tu benéfica protectora, aplaude a su libertadora benignísima, tremola el estandarte de la reparación completa que has obtenido de tu suerte adversa, rasga el humillante luto que cubrirte parecía y viste ya el ropaje de púrpura correspondiente a tu gloria, surge de entre las mezquinas maravillas que rodearte suelen, elévate en espíritu al trono de María, implora su favor, estima sus mercedes y entona en honor de tu madre bienhechora un canto a su piedad por el prodigio estupendo que en ti se ha dignado obrar; apropia sus palabras, engrandézcala tu alma, aclámela incesante en su oriente, cual aurora, más que el sol esplendoroso, que la luna aún más bella y que el firmamento más pura; magnífica; alma feliz, engrandécela que el océano con sus perlas, el cielo con sus estrellas, con su luz el firmamento y los campos con sus flores, la noche y astro silencioso que la alumbra, el rocío con su aljófar, el blando ruido de las fuentes, el ave que canta en la enramada, el insecto que zumba, la hierba de las praderas y sus variados colores, desde la flor de los valles hasta los luminares del cielo, te brindan a cantar las grandezas y mercedes de esa Jahel divina, que vadeado el río de las generaciones santas y pasado el borrascoso mar de la presente vida guiará los escogidos a las playas de la eterna gloria, cantando el triunfo de su hijo sobre las diversas legiones de los ángeles rebeldes y la descendencia culpable de los hijos de la impiedad.

Sal, favorecida, sal un instante de este mundo de ilusiones y fantasmas; hiende, cual águila, las nubes encumbradas; brinca, cual gacela hacia tu refugio, precipítale, cual peso, a tu divino centro; sube, cual llama, a tocar en tu esfera; lánzate como luz de este miserable foco, para descansar en esas realidades santas y trasportes misteriosos, en esas sorpresas celestiales, esos pasmos deliciosos e inefables desahogos. Detesta las pasiones, desecha las agitaciones y el egoísmo de la tierra, busca sólo el corazón sagrado de María Inmaculada; desahoga el tuyo en amarle con ternura y verá cuan lleno será de sus riquezas; recréate en ese lirio purísimo, tienta la suavidad de esa rosa de Jericó. más brillante que el fruto del naranjo y dulce sobre la granada; embriágate en el piélago inmenso de sus virtudes innarrables que exhalan el olor de la mirra, del gálbano, del incienso de Arabia y del cinamomo; sondea, si puedes, el candor de su alma santa, profundiza la ternura de su amor dulcísimo, y pronto hallarás que el cervatillo y la gacela en su rápida carrera son débiles imágenes de los progresos de tu alma; y ahora que estás satisfecha por mercedes tan marcadas, inundada de dicha y abrumada de consuelos, refúgiate en el recogimiento y el silencio; mira imparcial, ama agradecida y adora fervorosa el favor que has recibido.

Copia en ti su vida, reproduce sus virtudes, presenta al mundo una imagen viva de su fe y su humildad, su pureza y su obediencia, su mansedumbre y su resignación; multiplica las invenciones de tu celo y tu piedad para más pregonar sus gracias estupendas y mira, como perdido, el día en que no lo hicieres; sea su blanco estandarte tu sola divisa eterna y la devoción más tierna el poderoso patrocinio de tu corazón y tu vida, tu alma y tu salvación; ensancha el imperio de sus glorias, difunde sus bendiciones y eleva sus alabanzas al trono de sus grandezas... Nada puedes hacer mejor que honrar incesantemente a esa Stma. Virgen tributándole sacrificios interiores y exteriores; interiores en el secreto de tu espíritu y exteriores por demostraciones sensibles; interiores, entregándole el corazón con sus afectos, y exteriores, observando los divinos preceptos, sofocando siempre tus pasiones funestas y no permitiendo jamás se inoculen en ti los vicios. Esta es la honra, esta es la alabanza, tal el holocausto que entrando hoyen este templo santo, debes rendir a María.

Desde luego, encontrarás resistencia y dificultades mil, como es indispensable y consiguiente a nuestra fragilidad; advierte, empero, que en las empresas gigantescas sólo los principios se presentan escabrosos para una resolución firme y atrevida que después de pesarlas, las mira y tantea, trepa por encumbrados óbices, se escurre por pasadizos impracticables, se aventura por estrechísimos bordes de espantosos derrumbaderos y sacando fuerzas de su flaqueza misma, encuentra pronto regiones más tranquilas y serenas. Arriésgate pues, anímate y serás feliz; si el ruido de las pasiones te intimida, ecce mater tua; si te aturde la vista de los precipicios, ve a tu madre; si el crujido de los abismos te horroriza, recurre a tu madre amorosa; si te espanta la presencia de los peligros, corre a tu cariñosa madre y aflojará el temor, acabará el aturdimiento, cesará el crujido y concluirá el espanto y pronto fijarás tu morada en las regiones del silencio, en los afueros del cielo donde nada temerás, nada te acobardará porque todo lo vencerás con la protección de María.

Sé, pues, devota y agradecida a tu benéfica protectora, a esa dulce madre, a esa nube benéfica que mitiga los rayos del divino sol de justicia, a ese monte de refugio, donde el desgraciado, el triste y el afligido encuentran el más grato lenitivo, a esa Ester divina que elevó tus ruegos y los de tus amados padres al que todo lo ordena, consiguiéndote por ellos, esa maravillosa merced que ni ponderarse puede. Vos, Virgen purísima e inefable pureza, flor de Jesé, más blanca que la azucena, hermosa que la rosa, encendida que el clavel; reina de los ángeles, superior a los querubes, fragancia de los santos, madre de¡ amor, hija de¡ amor, esposa del amor; tálamo bendito, siempre inmaculado y virgen siempre, siempre resplandeciente y puro, siempre sol sin átomos, luz sin sombra, espejo sin mancha, maestra de la humildad con la decencia, de la paciencia con la constancia, de la pureza con la llaneza, de la majestad con la benignidad, del retiro con la caridad, de la prudencia con la sinceridad; oíd con ternura de madre las súplicas de vuestra hija, dignaos recibir estos cultos y homenajes que en agradecido recuerdo a ese favor inmerecido os tributan sus piadosos padres.

Mártires que sois los claveles, confesores que sois los lirios, vírgenes 40 que sois las azucenas, comunicadnos vuestra fragancia, las flores de vuestros deseos y el fruto de vuestras obras para que postrados ante el acatamiento de María se digne derramar sobre nosotros las bendiciones celestiales de aquel que nos la dio por madre: Ecce mater tua.

Notas