HablaPadreFundador/SERMÓN DE DESAGRAVIOS

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SERMÓN DE LA NOVENA DE NTRA. SRA. DEL SUDOR
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SERMÓN DE DESAGRAVIOS

Sabemos, porque lo indica claramente la primera página de los folios donde se conserva, que fue predicado en Celanova (Orense) el 13 de junio de 1869. Esta peroración se hace eco en toda su extensión de la etapa subversiva, que precedió y siguió a la revolución de 1868 que destronó a Isabel II. No quiere hacerse cómplice con su mutismo de las ideas revulsivas que emponzoñaban ya aquella sociedad, como gérmenes que emponzoñarían nuestros tiempos y generaciones. No quiere seguir la prudencia de la carne, mostrándose tolerante con las ideas y teorías que ya entonces pretendían subvertir el orden y a sociedad.

Atravesamos unos días demasiado tristes; avanzamos en un siglo harto novelero por desgracia. La mala semilla arrojada en el vasto campo de las creencias y de las modernas sociedades por los espíritus fuertes del pasado siglo, se ha desarrollado con toda la fecundidad de que era susceptible. El corazón humano, ávido de fe, porque es una necesidad de su vida tan relevante virtud, que formó su fondo en el principio; en su necesidad de creer, busca en todas partes con qué saciarse y viciado como lo está por las malas pasiones que hoy le tiranizan, presta un asenso resuelto y decidido a toda noción que le halaga, a toda novedad que le seduce.

Prostituido el corazón, no es extraño marche la razón extraviada; porque si nuestro corazón anhela creencias, nuestra razón desea verdades y siempre se ha dicho que si la voluntad tiende a lo bueno que es su objetivo, el de la inteligencia es lo verdadero.

Triste, señores, pero oportunamente se nos ocurre a cada paso el vaticinio del apóstol sobre los nuevos doctores que nos predican fabulosas teorías y que hayamos de llorar como el profeta de Anathot sobre la Jerusalén de las modernas sociedades; porque nuevos videntes de pésima ralea nos hablan mentiras y nos venden sus sueños como inspiraciones de lo alto. El resultado es el mismo, ya estudiemos nuestro corazón, ya discurramos sobre nuestra inteligencia, siempre hallaremos motivos para concluir que atravesamos una época demasiado triste.

Hoy todo se sujeta al crisol del raciocinio, pero capcioso y sofista; todo cae bajo el escalpelo de la crítica, pero mordaz y epigramático. Hoy la falacia y el sarcasmo son el espíritu de los pretendidos maestros de la sociedad, que atolondrada por la babilónico vocería, discurre aturdida de acá para allá, fluctuando a todo viento de doctrina. Hoy la generación presente es un bajel, que vientos encontrados arrastran sobre las espumosas ondas de un tormentoso océano, sin más norte que la aguja de su razón desorientada y sin otro timón que el carcomido y roto de su corazón, que hiciera astilla el recio torbellino de las pasiones.

Hoy por hoy, las doctrinas corrientes producen más hastío que convicción; nada de verdadero ofrecen, salvo el nombre de sus autoridades; nada de sincero sino un descaro impío; nada de sublime, sino el orgullo; nada de profundo, sino la corrupción; nada de real, sino el vacío; nada de cierto, sino la duda; nada de grande, sino el absurdo. Y cómo no han de ser absurdas y ridículas, cómicas y grotescas, siendo abortos de hombres sin misión y extraños a la verdadera ciencia, no menos que a la verdadera religión; desprovistos a la vez de sentido filosófico y de sentido católico; almas fofas, hombres de inteligencia hueca, de vida disipada, de costumbres a menudo corrompidas; embozados en algunos andrajos de la filosofía exótica, empeñados en referirlo todo a su espíritu grosero, a su creencia ignorante, a sus luces tenebrosas, y a su razón delirante; árboles, en fin, dignos de fruta tan dañada.

Tal es el mundo sin careta, tan relevante sello lleva el siglo XIX, que bien puede llamarse novelero por su ridícula fusión de verdad y de mentira, de superstición y de ateísmo. Sí, novelero en su fe, novelero en sus inventos, novelero en su sabiduría, novelero, en fin, en su modo de regalarnos sus conocimientos. Siglo incauto que se deja seducir por aparatos brillantes, palabras pomposas y bellas teorías.

Siglo inexperto que se deja arrastrar por la mentira, hipócrita y ostentosa, porque es falsa y débil; y desdeña la verdad modesta y confiada, porque es pura y fuerte. Siglo protagonista del error que se atavía y violenta su talle, porque es feo y sin expresión de vida en su semblante, y sin gracia y sin dignidad en sus formas; y antagonista de la verdad que desprecia al afectado aliño porque conoce toda su belleza. Siglo admirador frenético del error, que a guisa de funesto meteoro, fulgura, truena y desaparece, dejando en pos de sí la oscuridad, y la destrucción y la muerte; y miope insensible al astro de la verdad, que despide tranquila su lumbre encantadora y saludable, y fecunda con suave calor la naturaleza entera y derrama por doquiera la vida y la alegría, la hermosura y la riqueza. Siglo empeñado en analizar la esencia de la luz en el laboratorio de las tinieblas; en conocer el secreto de la vida en los funestos estragos de la muerte; en sondear el seno a los abismos con las impotentes alas del mosquito; en registrar las concavidades de los cielos desde el imperceptible punto de la tierra, en medir las infinitas fuerzas del Criador por el impotente dinamómetro de la criatura. Siglo ciego que no ve las fuentes de sus mismas luces; siglo ingrato que se apropia injusto lo que recibió de gracia; siglo impío que blasfema infame, y con frenesí pretende derrocar insano de su eterno solio a su mismo Soberano. Siglo de pésima ralea y felina entraña, que sin pesar y con brutal descaro amancillar intenta a su misma Madre, y rasgar despiadado los piadosos corazones de sus fieles hijos que en desagravio a tantos desacatos costean generosos estos cultos y hacen intérprete de sus sentimientos píos al más indigno esclavo de esa Majestad que lamentamos ultrajada y suya será la honra, suya la alabanza, suya la gloria y nuestro el provecho si me dispensara la que necesito y espero alcanzar por la intercesión poderosa de la dulcísima, de la amantísima, de la purísima Virgen María, que saludaremos postrados, con las palabras del Arcángel.

Ave María...

¡Qué borrón para la naturaleza humana! El hombre que, superior a todas las criaturas terrenas, conserva siempre en su corazón las primeras impresiones de su origen, sin que su orgullo y soberbia puedan caber en el ámbito del mundo; el hombre que, abrigando en su interior unos secretos dictámenes de su propia excelencia, no ha conseguido se borren ni aun con el funesto golpe de su primera caída, y antes bien idólatra de sí mismo todo es engreírse, elevarse y engrandecerse; el hombre que, según Isaías, es un poco del polvo o ceniza, y sobre tan leve fundamento quiere levantar una torre de vanidad para ascender de grado en grado hasta la cumbre de la mayor grandeza; el hombre, en fin, que siendo en el orden de la naturaleza corrupción, y vanidad en el de la fortuna, aspira a ser adorado sobre la tierra y no se permite otro pensamiento que el de su propia excelencia... este hombre, digo que poco más se queda en la misma nada en fase del corifeo de los incrédulos; abriga, sin embargo, tan osadas pretensiones y elevadas miras, que, escalado el cielo con los atrevidos vuelos de su imaginación fantástica, intenta habérselas con el mismo Eterno y derribarle insano de su excelso trono a los reiterados golpes de su elocuencia sagaz, aguda y penetrante, negándole su providencia, condenando su justicia, escarneciendo de su bondad, burlándose de sus amenazas; ridiculizando sus misterios y rebajando los méritos adquiridos por su divina gracia. Tal es la esencia de todas las impiedades desde que el mundo es mundo. ¡Negaron los Nestorianos que la Virgen fuese Madre de Dios; pero estos impíos ni aun la confiesan Virgen! Negaron los Arrianos que Jesucristo fuese un hombre de Dios, pero estos impíos, hasta el haber sido un hombre santo; negaron los Griegos Cismáticos la divinidad del Espíritu Santo, pero estos incrédulos niegan toda la Trinidad Beatísima. Niegan los judíos que sea Jesucristo aquel Mesías prometido en las Escrituras, y esos impíos niegan hasta las escrituras que le prometieron; negaron los paganos la resurrección de los cuerpos después de la muerte, y esos impíos dicen que después de la muerte ni el alma permanece; negaron los Iconoclastas la veneración a las imágenes de los santos; negaron los Calvinistas que Jesucristo existiese en el Sacramento, y esos impíos niegan hasta su existencia en el cielo. Negaron los Luteranos el purgatorio, y esos impíos rechazan el infierno y ponen en duda que exista el cielo. Negaron los socinianos la Confesión y el Bautismo, y esos impíos niegan todos los sacramentos.

Fingieron los gentiles unos dioses manchados con todas las pasiones y vicios de los hombres adúlteros, ladrones y falsos, y nuestros impíos sólo confiesan un Dios que aprueba las pasiones de los hombres, que no ama la pureza, y que detesta la virginidad. Y porque nunca se imita sin pretender exceder en cualquier materia que sea; afirman los incrédulos, lo que jamás pudo imaginar algún pueblo bárbaro, ni hombre civilizado; afirman, digo, que a Dios no se le debe tributar ningún culto externo, siendo así que hasta los bárbaros hacían algunos sacrificios a los que reputaban por sus dioses; afirman que ni del culto interior hace Dios caso alguno, siendo así que hasta el presente no ha habido pueblo que dejase de respetar a sus divinidades y de temer irritar al cielo con sus perversas obras. Que en caso de haber un Dios no se digna volver sus ojos a este imperceptible globo de la tierra, siendo así que la razón le encuentra a cada paso en la natura y nunca se sustrae a su pupila inmensa.

Dicen... y por qué... ¿será por el miedo de las persecuciones como en tiempo de los Dioclecianos? No. ¿Será porque los bárbaros alfanjes amenacen sus cabezas? No. ¿Será porque los esperen las parrillas encendidas y los ardientes y braceados toros? No. ¿Será por el natural horror a la muerte y los tormentos? No; sino por la libertad impía de pensar sin freno y el deseo innato de pecar sin remordimientos; porque en todas las edades fue la religión el ludibrio de las pasiones humanas y siempre el corazón corrompido arrastró al entendimiento ya ofuscado; porque el hombre siempre ha querido plegar a Dios a sus pecados y acomodar la religión a sus apetitos. Recordad si no, qué estragos no hizo en los cristianos de Egipto y Siria la ambición de Arrio; qué horrores no se vieron en las Iglesias de África por la soberbia de los donatistas; qué maldades no cometieron los cristianos de Alemania por sólo un despique de Martin Lutero. De qué escándalos no se ha lamentado Inglaterra por los amores de un Enrique VIII; qué males no han venido sobre los fieles de Francia por la hipocresía y tenacidad de los jansenistas y qué funestos incendios no se experimentan hoy y se lloran por todas partes por el deseo desordenado de discurrir, de leer y de hablar sin freno, no lo que dice la razón ilustrada, sino lo que dicta el corazón corrompido. Y estoy seguro os preguntaréis ¿dónde estamos y en qué país vivimos? ¿Acaso entre los salvajes que nuestra Europa califica de incultos y feroces? Y la historia os responderá que los iroqueses y los caníbales, los cafres y los hotentotes, respetan y veneran a sus ídolos y a los ministros de sus ídolos. ¿Quizás en los estados corroídos por el veneno del protestantismo? Y la historia os dirá que los protestantes, para vergüenza y confusión nuestra, son hasta ridículamente religiosos, en cuanto se roza con su culto frío. ¿Por ventura en Constantinopla o en las tribus paganas de la India? Y la historia os enseña que a la entrada de Sta. Sofía y de la pagoda de Jagrenath se quitan los musulmanes y los indios el calzado y tocan la tierra con sus frentes al ver los unos, el estandarte del Califa y la vaca o el elefante los segundos. Pues, ¿dónde estamos y en qué país vivimos?, insistiréis. La impiedad avanza, el indiferentismo impera, la fe desaparece, y se malea el corazón, y se entibian las almas y se corrompen los pueblos, y se desborda la sociedad, y la España antes hija predilecta del catolicismo, es ya teatro de enormes sacrilegios: tenía templos y son impíamente derruidos; tenía imágenes y son brutalmente profanadas; tiene un Dios y es públicamente blasfemado; tiene a Jesucristo en los altares y es sacrílegamente injuriado. Los libros pestilenciales importan la inmoralidad de todas partes; los pueblos toman, incautos, esas drogas ponzoñosas que sobre comprometer su existencia acibararán un día los momentos de su vida; cual nuevos Atreos y Medeas, vuelan desalados al nuevo jardín de las Espérides para adquirir a toda costa la manzana que ha de sembrar la discordia en el seno de sus familias; cuyos incautos miembros se aproximan a la vez a contemplar curiosos esos nuevos, ogros que tarde o temprano llegarán a devorarlos, y, cándidos Epimeteos, pagarán su ciega curiosidad, experimentando los crueles males de los cautos, pero temerarios Prometeos. Sí, hermanos míos; la razón me lo dicta y; ¿por qué ocultarlo? El corazón lo siente y; ¿a qué disimularlo? Y me lo conciencia el alma, ¿por qué he de callarlo? No, no trabará el miedo mi lengua al paladar, para que no la encadene el Señor con hierros infusibles al fuego del abismo. No, no seguiré los consejos de la prudencia de la carne mostrándome tolerante, para que no se avergüence el Señor de reconocerme por hijo, que ha vindicado su gloria. No, no os dejaré, oyentes míos, entre los espesos humos de esas teas incendiarias, para que el Señor no me castigue severo por haberme ocultado criminal bajo el celemín humilde. Qué: ¿callar, cuando el crimen triunfa? Eso sería ser esclavo del mismo crimen. ¿Callar cuando vemos pervertir a la sociedad? Eso sería hacerse reos de la impiedad. ¿Callar cuando Jesucristo es ultrajado en sus mismos miembros? Eso sería hacer el infame papel de los judíos...

Pues ¿qué hacer? Decir con los profetas: Caiga, caiga la ira de los ojos del Señor sobre los que en todas partes le blasfeman; que el fuego los consuma; que el viento disipe sus cenizas; que nada quede de ellos; ni sus nombres, ni el nombre de sus crímenes. Pero ¡ay!, hermanos míos, que los autores de estas quejas son también hermanos nuestros, ¿Qué hacer? ¿Añadir a voz en cuello: caiga, caiga la mano del Señor con fuerza de exterminio sobre los que indiferentes escuchan tantas profanaciones; que sean su casa y sus bienes presa del pillaje y del saqueo; que su fortuna se desvanezca en su niebla por el soplo de los fieros aquilones? ¡Oh!, no; que son hombres como nosotros y nosotros somos como ellos, ¡hombres miserables! ¿Qué decir?; ¿deprecar con insistencia: caiga, caiga la maldición de Dios sobre los que de cualquier manera favorecen a los que atentan contra su majestad inmensa; que falseen sus pies sobre la tierra y destruyan sus manos cuanto toque; que no vean sus ojos la lumbre de los cielos y sólo hieran sus oídos rumores de confusión; que deseen y nunca consigan, y jamás los asista la esperanza? Lejos de nosotros, hermanos míos; que esos infelices mamaron la misma leche que nosotros, leche en todo conforme a la razón, en frase de San Pedro, leche en que no hay dolo ni ficción; según el mismo, bebieron, bebieron la misma sangre, la sangre del Cordero; pero apostataron, ¡pasmaos cielos!, apostataron; y nosotros temblemos, hermanos míos, podemos apostatar también; porque la fe es un don, no menos en su origen que en su misma conservación. Sí; mudóse para ellos la naturaleza entera, trastornáronse sus leyes invariables, cambióse todo por completo: ya desprecia el hijo las dádivas del padre y rechaza ingrato las caricias de la madre; huye el ciervo de las fuentes de las aguas y rehúsa el corderillo triscar gozoso por la verde grama; miran los peces con indiferencia el cebo, y las sombras huyen de los cuerpos; mustia las flores el vapor del alba, y seca las plantas el agua moderada...

Perdió, perdió la apoteosis su numeroso séquito y los ídolos sus homenajes mil de ignorante aprecio; faltan a Júpiter rebaños coronados, y Neptuno carece de sus toros bravos; no hay machos cabríos para el gran Apolo, ni cabritillas para el crapuloso Baco; asnos para Priapo, ni aves para Esculapio; palomitas para Venus, ni ciervas para Diana. Ya los Amonitas desprecian a Moloc, y los Babilonios a Belos, los caldeos a su Fuego y los persas a su Febo; al cocodrilo el Egipcio y al elefante los indios; a su impostor los mahometanos y a sus Manitús los americanos.

Acabáronse las ideas innatas; acabose el orden: todo se acabó: rechaza el pan el hambriento y el sediento la copa cristalina; rechaza el herido el bálsamo y el enfermo la medicina; rehúsa el débil las fuerzas, ni quiere el triste alegría; detesta la luz el ciego y el fatigado el reposo, el agobiado el alivio y el moribundo la vida. Todo, todo provoca al Eterno, todo concita su ira; todo le arranca estas quejas, al verse tan ultrajado. “Crié hijos y los ensalcé y ellos me han despreciado”. ¡Oh! cuánto le ofende tal desprecio; pero no le irrita menos semejante ingratitud.

La hiedra que destruye y corrompe el árbol que la sostiene; la nube que oscurece el sol que la formara; el mar que sala las aguas que le entran dulces; el bruto que acocea a la madre que le cría; el pobre que emplea la limosna en tósigo para asesinar al mismo que se la diera, y el que arranca el árbol que en el estío le refrigerara; el discípulo que se vuelve contra su maestro, y la cierva que roe los pámpanos que del cazador la guarecieran: y la conducta de los atenienses con Sócrates y con Filipo; y la de Basilio y Justiniano con sus salvadores; y la de Bruto, con su bienhechor; y la de Pompilio con sus defensor y la de Calígula con el más tierno amor, y... Atrás, atrás Saúles y Axchitófeles, Absalones y Jeroboanes, Amasías y Jerusalenes, Sichemitas y Amonitas, Romanos y Colonienses... Atrás, que no bosquejáis siquiera el horroroso cuadro de la ingratitud de esos impíos que así osan insultar a Aquel cuyo ojo todo lo ve, cuya mano todo lo contiene, cuya voz todo lo ordena; que mira, y la vida y la muerte brotan de sus ojos; dicen, y a su voz pululan los mundos y los cielos se extienden; habla, y su palabra agita los vientos y los mares calma: que, si extiende su mano abarca la tierra; si la mira airado, la convierte en polvo; si piadoso, en escabel de su grandeza: cuyo asiento es la paz, su trono la justicia, su abismo es el caos, su soplo la creación; que da luz a la luz, fin a los mundos, a los astros órbitas, jugo a la yerbas y a la mar arenas; cuyo nombre esculpe el rayo, el relámpago lo ilumina, y lo publican los truenos. No, no delineáis siquiera la monstruosa monstruosidad y barbarie de esos modernos Abisinios que, ingratos, escupen blasfemias contra el sol que los alumbra y contra esa Divina Antorcha que los guía por la tenebrosa noche de la vida; contra esa Ciudad donde Dios habita, cielo donde se ensalza, trono donde se siente y nave donde se embarca contra esa voz de amor que amores engendra, palabra de dulzura que ambrosía destila, imán de los corazones que lleva a todo viento y hechiza de las almas que roba sin esfuerzo; contra esa purísima Madre y Virgen criatura y gracia, mujer y amor, cuya pureza en el sol, su misericordia en el mar, su soberanía en el cielo y su humildad en la tierra; y su gracia más suave que el bálsamo, más dulce que la miel, más blanca que la nieve, más estimable que el oro, más preciosa que la plata, más refulgente que el sol, más bella que la luna, más hermosa que los cielos, más pura que las estrellas, más olorosa que el nardo, y más delicada que el néctar.

Sí; horrorizaos, hermanos míos, no contentos con blasfemar, impíos de nuestro Dios y Señor, blasfeman también de su purísima Madre y nuestra, de esa Madre que hace poderoso al pobre, ciñe al triste corona de alegría y sube al infeliz a la carroza de la felicidad, y a cuya mirada cobra aliento la vida, luz el alma, pureza el corazón, y elevación el espíritu; porque María es al hombre lo que el tallo a las plantas, lo que la tierra a la raíces, lo que la brisa a las flores, lo que el sol a los planetas, lo que el alma a la vida, lo que la luz a los colores: luz a los ojos y paz al espíritu delicias al alma y júbilo al corazón, y melodía al oído, y miel a los labios, freno a la carne, y deliquio a la mente y aliento a la vida.

¡Y contra ese Dios ponen en el cielo horrorosos gritos de blasfemia esos emisarios del infierno!; y ¿no exhalaréis vosotros vuestra alma en himnos de desagravio, perfumados con la esencia del amor? Y contra esa Madre, vomitan los impíos mil ultrajes que después de partir de dolor las almas en la tierra, suben al cielo en fulminantes nubes a provocar la venganza de su Hijo, que siempre aplasta con pesada planta a los que amancillar pretenden a su dulce Madre. Y no jadearán de cansancio nuestros pechos por el latir activo de nuestro corazón, transido de dolor por el ultraje hecho a esa Prenda Amada, que a vuestros ruegos lo mismo condensa y precipita en benéficas lluvias los vapores raros que suspende y disipa los importunos y apiñados, y a cuya presencia las afecciones ceden y el funesto genio de la muerte bate sus alas con presteza rara, y mal de su grado abandona vuestro suelo.

¡Ah! No; porque eso sería haceros partidarios de esa doctrina en boga, de ese trasunto de todos los vicios y conspiración perenne contra todas las virtudes, extracto de todas las calamidades que pueden sobrevenir al linaje humano y esencia de todas las herejías e impiedades arrojadas del abismo, carta de pago de todos los crímenes cometidos y alevosamente ejecutados y salvoconducto para todas las violaciones pasadas, presentes y futuras; de esa... pero basta, que vosotros sois discípulos, y, al menos creería injuriaras, pensando lo contrario, amáis esa doctrina, aroma de la obediencia y perfume de la justicia, esencia del amor y ámbar del desinterés, extracto del verdadero patriotismo y néctar de la abnegación, observancia de las leyes, así divinas como humanas, y respeto de todos los derechos tanto sagrados como profanos; porque seguís el principio de los homenajes a Dios y de los hombres entre sí; porque detestáis esa doctrina que da igual valor al vicio que a la virtud y sabéis que Jesucristo sólo aprecia la virtud; aborrecéis esas sectas que hacen igual estima de¡ bien que de¡ mal y amáis a Jesucristo, que sólo aprecia el bien; desconfiáis de esas sirenas sociales que prometen igual protección, la misma salvaguardia e idénticos fueros al error que a la verdad, y estáis persuadidos de que Jesucristo es la verdad, lo teméis todo de esa hidra que entroniza el desorden frente a frente del orden, para que la injusticia oprima con su inmunda planta a la justicia, la impiedad a la religión, y la tiranía a la paternidad y la anarquía a la sociedad entera, y todo lo esperáis de Jesucristo, que proclamó el orden y la justicia, la religión y la paternidad en bien de la sociedad entera. ¡Estáis convencidos!...

Pero ¿a qué más? Si a pesar de la estólida risa que vaga por los labios de algunos soberbios que lanzan una mirada de hipócrita compasión sobre nuestras frentes, os veo resueltos a exponer vuestras vidas por esos infelices que blasfeman de la misma luz que los alumbra y se vuelven furiosos contra la madre que los agasaja; si no os contuviera el convencimiento de que ni a los muertos oyen cuando atraviesan ciegos los inmundos templos de¡ crapuloso Baco para llegar a ofrecer postrados el hediondo incienso del obsceno Priapo y no os constara de que no por eso habrán de quedar impunes, y de que el Señor ha dicho: ¡Ay del pueblo que huelle la ley del Rey de los Reyes y legislador de legisladores de las naciones! ¡Ay del pueblo que permita tantos sacrilegios y no me desagravie de tantos ultrajes! ¡Ay del pueblo que escuche indiferente tantos crímenes y entregado a intereses, no se cuide de mi gloria. Mi silencio, ¡su anatema! Mi paciencia, ¡la horrura de su juicio! Mi sufrimiento, ¡acopio de castigo! ¡Que mía es la venganza! ¡Míos los cielos! ¡Míos los infiernos, que crujen a mi voz en son de devorarlos!

¡Más no sea así Señor!; ya que por un exceso de vuestra bondad permitís os ofrezca indigno esa Divina Hostia de expiación, dispensadme os ofrezca también hoy en desagravio a tamaño desacato y por la conversión de esos infelices extraviados, el sacrificio de nuestros corazones con la mortificación del tumor de su soberbia y del cáncer de su avaricia, de la gangrena de su lujuria y de los arrebatos de su ira, de lo insaciable de su gula y de los pesos y poltronería de su envidia y su pereza, con los perfumes de la humildad y de la largueza, y las esencias de la pureza y de la paciencia y los aromas de la templanza y de la caridad, y el ámbar del corazón y los amores del alma, y los deliquios de la mente y los homenajes de nuestras almas que os aman más que el espíritu que agita la lumbre de nuestra existencia, más que el genio que se regocija en nuestro corazón, más que el ángel que vigoriza nuestra inteligencia, más que el relámpago de luz que arde en nuestras pupilas, más que el pebetero de incienso que guardan nuestros labios, más que la nube de arreboles que vela nuestro sueño...

Notas