HablaPadreFundador/SERMÓN DE LA NOVENA DE NTRA. SRA. DEL SUDOR

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MISA NUEVA DEL P. EUSTAQUIO HERNÁNDEZ
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SERMÓN DE LA NOVENA DE NTRA. SRA. DEL SUDOR

En la portada del cuadernillo que lo conserva tenemos los únicos indicios cronológicos. Fue pronunciado el 29 de enero de 1871, durante su primera estancia en Sanlúcar de Barrameda. Constituye otra prueba fehaciente de su acendrado y desbordado amor a la Stma. Virgen, que exige correspondencia como él mismo expone: “Después del divino, no hubo un amor más generoso por sus sacrificios ni más acreedor a nuestra correspondencia que el de `María´.
Imitemos su ejemplo y amemos a María con delirio, según nos aconseja y nos incita a su devoción fervorosa este celoso hijo de S. José de Calasanz.

Hay una verdad sellada en sangre por los pueblos que jamás pudo en algunas de sus páginas desmentir la historia; hay una creencia encarnada en el corazón de la humanidad que jamás pudo el tiempo borrar de su nebulosa existencia; hay un sentimiento en nuestro corazón que jamás pudo contener la envidia, es el valor de la palabra más dulce, más agradable y más grata que mentarse pueda; es la voz que habla al corazón y sólo al corazón, porque sólo revela confianza y no respira más que amor; es el manantial de dulzuras y delicias para la lengua que la pronuncia y el pecho que la siente; es el símbolo del amor más tierno y más enérgico, más firme y afectuoso, contrariado y constante, combatido y generoso; es el emblema de aquel cariño que nunca cede ni se debilita en circunstancia, ni se desalienta por ninguna causa, triunfa solo de todos los obstáculos y se halla a prueba de cualquier evento, saca fuerzas de sus padecimientos propios y cuanto más angustiado se encuentra y afligido tanto más activo se hace y más enérgico: tal es la palabra Madre!

Ella es la primera que pronuncia nuestros labios, aun sin haberla aprendido nunca y expresa en el idioma de los pueblos el primer latido de nuestro corazón. Esta voz “Madre mía” tiene siempre para nuestro corazón un perfume que aspiramos con delicia, un encanto dulcísimo que nunca se disipa. Una madre es la personificación del amor más dulce, si su rostro se anima con la más bella sonrisa, es porque su corazón guarda un riquísimo tesoro. El corazón de la madre es la patria del amor; de ese amor grande y poderoso, que aligera todas las cargas, suaviza las amarguras y se coloca entre el hombre y las dificultades, y hace aceptable todo lo que la naturaleza rechaza, y cuya magia inimitable realiza por encanto lo que la razón y la naturaleza algunas veces declaran imposible.

Porque doquier se encuentra un ministerio difícil, ha colocado Dios un amor generoso para hacerlo aceptable; qué ministerio, empero, más difícil que el de Madre de Dios y de los hombres. ¿Qué amor por consiguiente más generoso que el de María, predestinada como estaba a tamaños sacrificios? ¿Y cuál por lo tanto más acreedor a nuestra correspondencia? Más exacto: Después del divino no hubo un amor más generoso por sus sacrificios, ni más acreedor a nuestra correspondencia que el de María. Tal será el objeto de mi discurso.

Bien conozco lo crítico de mi situación, porque nunca como en estos casos desconfío alcanzar la indulgencia que necesito, una vez que se trata de elogiar a una Madre a quien todos amamos con delirio y nunca nos parece bastante lo que en alabanza suya se nos dices Por eso protesto desde ahora que desearía decir todo lo que nuestro corazón anhela y no alcanzan mis escasas fuerzas y demando benévola atención a mis palabras que, si pobres, tienen pretensiones de sinceras y emanan del afecto puro y desinteresado que nos posee a todos.

Virgen del Sudor, Reina de los encantos, acepta mis palabras que deseara fuesen más puras que vuestro solio de estrellas, más fervientemente amorosas que el inflamado suspiro del arpa de un serafín. Y Vos, Señor, ilustrad mi entendimiento, inflamad mi corazón y purificad mis labios para hablar en loa vuestra como lo es siempre la de vuestra Madre por cuya intercesión os lo pido.

Ave María

La generosidad del amor se aprecia por el tamaño de los sacrificios y la valía de los sacrificios por la estima de los objetos sacrificados y la ternura del que los sacrifica. Pero ¿quién más delicado que una mujer?, ¿quién más tierno que una madre?, ¿qué madre cual María? ¿En dónde tal delicadeza? Ni en la perla en su concha nacarada; ni en la violeta entre alfombras de brillantísimas esmeraldas, porque María es el secreto de todas las armonías que guarda en su seno blanco como una flor de nieve, el áurea llave de todas las hermosuras de la naturaleza y el oculto resorte de las maravillas de los cielos; es el trasunto del amor inefable que puebla los vacíos y alegra los páramos, flota en nubes de ópalo y oro y ahuyenta los huracanes de la vida.

¿En dónde ese temple de alma de una sensibilidad tan fina y de una amabilidad tan embelesante, de un amor con esa vehemencia y de una ternura de tantos quilates? En sola María la delicadeza de las facciones y la perfección de las formas, la excelencia de los órganos y la dulzura de los sentimientos, lejos de haber sido alteradas por el pecado original, fueron embellecidas y perfeccionadas por los atractivos de la gracia y la riqueza de los dones celestiales de que pródigo la colmó el Eterno desde el instante mismo de su Concepción Inmaculada. Bendita seas, Madre mía. ¡Loado el Señor que así te distinguió!

¿Qué ternura cual la de esa querida mitad del hombre y su constante compañera por cuyo corazón es lo que a la tierra planta el rocío de la mañana y el soplo de los céfiros que olvida con él las pasajeras alegrías y las prolongadas miserias de la vida; inflama su genio y dirige su alma hacia cuanto hay de noble y de grande, y con una sonrisa, con un suspiro, con una mirada calma su cólera o enciende su valor y con la magia de sus palabras vierte en su seno una esperanza consoladora y hace centellear sus ojos de placer? ¿Quién, digo, tan delicado y frágil y a pesar de todo más poderoso y fuerte; tan adornado de gracia y de decencia y así rodeado de amor y de respeto?

No obstante la delicadeza de sus órganos, y la movilidad de sus fibras, y la irritabilidad de sus nervios, y la timidez de su carácter y la ligereza de su temperamento, ella reina por su debilidad y encanta por su timidez, impone por su pudor y reúne los elementos más apartados para formar el conjunto de la familia.

Sólo la madre alienta a la debilidad para que busque y abra a la fuerza y doblega a la fuerza para que acoja y estreche a la debilidad. Solo ella inspira o enardece, reanima o renueva la confianza del hijo y el amor del padre. Solo ella excusa y defiende, protege y reduce, alcanza la sumisión e inspira el arrepentimiento al hijo culpable; y calma la indignación, y templa el rigor, y detiene el brazo, y aparta el castigo y obtiene el perdón del padre irritado. Porque sólo ella es la mediadora maternal de la reconciliación, y la mensajera del perdón y el árbitro de la paz; la previsora de las necesidades que expone, y la dispensadora de los remedios que consigue sin valerse de su ascendiente, sino para ayudar, ni de su autoridad sino para proteger, ni de su carácter sino para ser el ministro de la beneficencia y el canal por donde fluye la bondad del padre.

Lo que le falta en fuerza de inteligencia, lo tiene en energía de sentimientos; la débil capacidad de su espíritu se compensa con la grandeza y generosidad de su corazón, su instinto, todo penetración; su comprensión, todo sentimiento; su acción prodigiosa, porque su amor es el más mayor y más flexible, más tierno y más enérgico, más firme y afectuoso, contrariado y constante, combatido y generoso. Jamás cede, jamás se debilita, jamás se desalienta, jamás se cansa. Solo él triunfa de todo, solo él saca fuerzas de sus padecimientos, y él solo, cuanto más angustiado se encuentra y afligido, tanto más activo se hace y más enérgico.

Lo más dulce, lo más agradable, lo más tierno, lo que más habla al corazón y sólo al corazón, porque sólo revela confianza y no respira más que amor; lo que más endelicia la lengua que la pronuncia y el pecho que la siente, es ese imán de los corazones, esa esencia de la ternura, esa dulcísima palabra Madre.

Pero si esto es la miniatura de la naturaleza ¿cuáles serán las dimensiones de la gracia? Si esto es ese vínculo de unión, ese canal de beneficencia, esa mediadora de reconciliación, ese medio de defensa y motivo de confianza y de amor, para con un padre terreno ¿cuál será este lazo de unión, este canal de beneficencia, esta mediadora de reconciliación, este medio de defensa y motivo de confianza y de amor para con el padre celestial? Si tantos dones atesoró el Creador en el corazón de una madre pecadora que debía ejercer su ministerio en la atmósfera de la familia ¿en cuántos no abismaría el de esa Virgen Madre que debía extender su maternal providencia desde el corazón hasta la superficie del universo?

¡Ah! ¡La mente se abisma, el pecho se oprime, la lengua enmudece; ni hay cifra que exprese, ni labio que diga, ni inteligencia que mida la distancia que separa la tierra del cielo, el cuerpo del alma, el tiempo de la eternidad, la criatura del Creador; que es la misma a que se halla, la madre terrena de esa Madre celestial! Porque la terrena da a luz para la tierra y María para el Cielo; aquella para el cuerpo y ésta para el espíritu; la primera para el tiempo, y la segunda para la eternidad; la una a la criatura, y la otra al Creador. No hay, pues, una madre que iguale a María en el cariño que nos profesa, ni en la ternura con que nos acoge en su corazón. María y sólo María es la Madre heroica, la madre magnánima, la madre santa, la madre pura, la madre bendita; Madre llena de ternura, abrasada de celo e inundada de cuidados: madre excelente, madre sublime, madre perfecta.

Ahora bien, si llamaríamos heroica la generosidad de una madre que oyese resignada las futuras desgracias de su hijo por salvar a un pueblo que le persiguiese; si tendríamos por divina la conformidad de esa misma madre, cuando le arrancasen de su seno aquel queridísimo pedazo de sus entrañas para desgarrarlo en un patíbulo en bien de ese pueblo ingrato; si llamaríamos inmensa esa conformidad, esa generosidad, ese sacrificio exigido y hecho por todas las madres habidas y por haber...

Madres de familia, que sois amor y corazón, ayudadme a sentir y decid si puede calificarse la conformidad, la generosidad, el sacrificio de esa Madre de las Madres al oír resignada los más tristes presagios y entregar magnánima aquel Hijo de rostro divino y frente serena, vivísimos ojos y dulces miradas, matiz esplendente y perfectísimas facciones; aquel prodigio de belleza inexplicable y mezcla maravillosa de majestad y dulzura, de santidad y de gracia, que cautivaba todas las miradas, y subyugaba todos los corazones y suspendía las almas en un éxtasis de amor divino y en una fruición misteriosa y celestial?

Pues bien, el jueves hará 1871 años que María oyó ese tristísimo presagio al devolverle Simeón su divino Hijo con estas palabras: ¿Admitís como nodriza este niño que habéis presentado como Madre?, y María le recibe cariñosa. ¿Admitís como víctima consagrada a la salvación del mundo este hijo que ya no os pertenece?, y María lo estrecha amorosísima. ¿Admitís este dulcísimo fruto de vuestras entrañas, como el haz de mirra más amargo?, y María le besa con delirio santo. ¿Le lleváis de mis brazos para las manos de los judíos, y del templo para el calvario, y del altar para la cruz?, y María aplica sus mejillas a las mejillas de su dulcísimo Jesús. ¿Queréis el consuelo de alimentarle para verle morir y recoger el fruto de una herida cruel que traspasará vuestro corazón, y que todos los pueblos vuelvan a la vida por los padecimientos de vuestro dulcísimo Jesús?, y María estrecha contra su corazón aquel divino semblante, aquello miembros delicados que ya ve desgarrados por los azotes, y destrozados por los golpes y manchados con la saliva, y atravesados con los clavos y emponzoñados con la hiel y pendientes del patíbulo... cierra sus ojos, inclina su frente y se conforma con la voluntad del hijo que lo desea y del Padre que lo consiente!!!

¡Y desde entonces el corazón de María repite de antemano los padecimientos de Jesús, como el eco más perfecto las palabras del que habla en frente! Desde entonces todos los tormentos de Jesús se reproducen anticipadamente en el corazón de María, cual vibración simpática y oscilación aérea en dos cítaras acordes. Y la sangrienta escena del Gólgota inunda por 33 años el alma de María, como las aguas del diluvio los valles y las montañas. Y el espíritu de María representa la tragedia del calvario, cual copia fiel un espejo con toda la perfección de la figura, los objetos que tiene en frente.

Treinta y tres años amando!!!, 33 años sufriendo!!!, 33 años ofreciendo!!!, 33 años muriendo!!!, ¡qué amor!, ¡qué dolor!, ¡qué ofrenda!, ¡qué martirio! Amor el más vehemente, ¡dolor, el más intenso!, ¡ofrenda, la más generosa!, ¡martirio, el más cruel!... No siendo el divino, no, no hubo, no hay, no habrá un amor más generoso a prueba de sacrificios, que el amor de María cuyo sudor pudiera alegar como otra prueba de los supremos esfuerzos e imponderables sacrificios que hizo en bien de nuestras almas, pero, ya es hora de tomar aliento en el camino de los favores, si hemos de emprender la senda del reconocimiento.

Ya sabéis que amor con amor se paga; pero ¿cómo podremos volver amor por amor, si no equivale el de mil hijos al de una madre terrena, ni el de todas las madres terrenas a un simple acto de amor de esa madre celestial? Esta sola consideración bastaría a oprimir el pecho, ofuscar la mente y ruborizar el alma si las palabras de Jesús no enseñaran a evitar la ingratitud que sonroja a los hijos bien nacidos. Pero, ánimo, h.m., que todos los que tenemos la dicha de habitar en los tabernáculos de Sem, en el seno de la verdadera Iglesia, formamos con J. una misma cosa, un mismo todo, un mismo cuerpo, un solo hijo; somos miembros de forma distinta, sí, y diverso destino, pero de la misma naturaleza, de la misma esencia, de la misma sustancia.

Animo; que todos los que estamos unidos con J.C., somos hijos de Dios y de María; somos hijos en él y con él, en él y con él formamos un solo hijo de Dios, un solo hijo de María, porque en él y con él formamos una misma cosa, un sólo compuesto físico, un sólo cuerpo místico. Como hombres todos somos hijos de su amor y sus dolores, hijos adoptivos, hijos de gracia, hijos diferentes y distintos de J.C., porque María cooperó con su amor y sus dolores al nacimiento espiritual de todos. Pero en calidad de verdaderos cristianos, de verdaderos discípulos de J.C., incorporados a J.C., y hecho una misma cosa con J.C., no formando más que un mismo cuerpo con J.C., tampoco formamos más que un solo hijo con Jesús, una misma cosa con Jesús. Y María reconoce en nosotros los efectos de la Redención del dulcísimo Jesús, los vestigios de la sangre de J., la comunicación inefable de la gracia de J., y hasta la participación misma de la naturaleza de Jesús, al mismo hijo de su alma, y su dulcísimo Jesús.

Si, pues, queremos ser otro Jesús, dignísimos hijos de María, seamos cristianos verdaderos, verdaderos discípulos de Jesús; negándonos a nosotros mismos, oponiéndonos a la corruptora marcha de la sociedad y a las pretenciosas aspiraciones de sus individuos, que, ingratos a par de despiadados vuelven las espaldas a María y a su dulcísimo Jesús, imponiéndonos nuestra cruz y tomando a pecho sin cejar un punto la trascendental empresa de salvar nuestras almas por María y su dulcísimo Jesús; y siguiendo sus huellas sin volver la cabeza a las modernas Sodomas, echar de menos las marmitas de Egipto, sin perder de vista la protección de María y la presencia de su dulcísimo Jesús.

No fluctuemos, si no deseamos que el orgullo nos conduzca a creer por fuerza en los males que no puede remediar; humillémonos si no queremos doblar la rodilla ante la desgracia que nos causarán nuestros infortunios; boguemos por las saludables aguas de la tribulación si (ilegible) beber a torrentes las emponzoñadas de la desesperación en medio de nuestras miserias; volemos con ánimo sereno por entre las angustias de la vida, si tenemos vivir empotrados en las mazmorras de la debilidad más vergonzosa y de la impotencia más degradante; inspirémonos en fin en los ejemplos de Jesús y de María y miraremos desdeñosos los atractivos del mundo con los frecuentes escollos, que hoy por hoy nos horripilan, y en las calamidades públicas, y en las aficiones privadas, en las necesidades del alma y en las miserias del cuerpo, en tiempo de los azotes de Dios y en el de las persecuciones de los hombres, todos podremos invocar a María; y los que caminan por las tinieblas del pecado la verán asomar en el horizonte como luna, y los que empiezan a nacer a la luz de la gracia, destacar sus rayos en oriente como aurora, y los que caminan en el mediodía de la santidad y de la virtud, brillar como sol en el cenit; y todos campar como la Clemente, la Piadosa, la dulce Virgen de los encantos: la clemente para con los hijos que están necesitados, la buena para los que le piden y la dulce para los que la aman; la clemente para los que entran en el camino de la penitencia, la buena para los que se dirigen por la senda de la perfección y la dulce para las almas elevadas y perfectas; la clemente para venir a nuestro socorro, la buena para enriquecernos con sus gracias y la dulcísima para darse a nuestras almas.

Salgamos, pues, de este mundo de ilusiones y fantasmas; hindamos, cual águila las nubes encumbradas; brinquemos, cual gacela, en pos de ese refugio; arrojémonos, cual peso, a ese divino centro; subamos, cual llama, a la esfera de los amores; lancémonos como luz de este miserable foco, y descansaremos en esas realidades santas y trasportes misteriosos en esas sorpresas celestiales e inefables desahogos. Detestemos las pasiones, desechemos las agitaciones del egoísmo, busquemos el corazón sagrado de María inmaculada, desahoguemos el nuestro en amarle con ternura, recreemos la vista en ese lirio purísimo, tentemos la suavidad de esa rosa de Jericó, embriaguémonos en el piélago inmenso de sus virtudes innarrables, sondeemos el candor de su alma y la ternura de su amor dulcísimo, y presto el cervatillo y la gacela en su rápida carrera serán débiles imágenes de los progresos de nuestra alma.

Copiemos en nosotros la vida de María, reproduzcamos sus virtudes, presentemos a ese mundo descreído una imagen de su fe y su humildad, su pureza y su obediencia, su mansedumbre y resignación; multipliquemos las invenciones de nuestro celo y piedad para más pregonar sus gracias; sea su blanco estandarte nuestra divisa eterna y la devoción más tierna el escudo de nuestro corazón; ensanchemos la atmósfera de sus glorias, difundamos sus bendiciones, elevemos sus alabanzas al trono de sus grandezas y tributémosle todo género de sacrificios interiores y exteriores; interiores en el secreto de nuestro espíritu y exteriores por demostraciones sensibles; interiores, entregándole el corazón con sus afectos, y exteriores, observando los diversos mandamientos, sofocando de continuo las pasiones funestas y no permitiendo se inocule e vicio en nuestros corazones.

A practicarlo, h.m., que esto y más se merece María, esto y más le debemos nosotros, y el cielo será nuestro premio. Valor, que en las empresas gigantes sólo los principios son difíciles para las almas generosas y más cuando cuentan con una protección tan soberana. Valor, y si el ruido de las pasiones nos intimida, nuevo quejido a nuestra Madre; si nos aturde la vista de los precipicios, fijémosla en nuestra Madre; si nos horroriza la frecuencia de los peligros, corramos a nuestra Madre, y aflojará el temor y acabará el aturdimiento, y concluirá el espanto, y pronto gozaremos de las delicias de la paz, y las bendiciones de Aquel que nos la dio por Madre. Ecce Mater tua.

Notas