HablaPadreFundador/SERMÓN DE MISA NUEVA PREDICADO EN LA IGLESIA DEL COLEGIO DE ESCUELAS PÍAS DE GETAFE, EL 21 DE DICIEMBRE DE 1864

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SERMÓN A NTRA. SRA. DE LOS SANTOS
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FIESTA DE LA INAUGURACIÓN DEL COLEGIO DE ESCUELAS PÍAS DE CELANOVA (ORENSE)
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SERMÓN DE MISA NUEVA PREDICADO EN LA IGLESIA DEL COLEGIO DE ESCUELAS PÍAS DE GETAFE, EL 21 DE DICIEMBRE DE 1864

No tenemos más indicios para satisfacer nuestros legítimos interrogantes que los que nos indica el cuadernillo donde se contiene. Fue predicado en la iglesia de nuestro colegio de Getafe el 21 de diciembre de 1864. ¿Qué Padre fue el privilegiado para quien exalta los honores y prerrogativas del sacerdocio? Lo ignoramos totalmente. Sólo sabemos que el curso 63-64 el Padre Míguez regentó las cátedras de 4º año de 2ª enseñanza y que su primera clase era de Retórica, Poética y Composición; contaba 33 años. Nos ha dejado en esta proclamación un magnífico ejemplo de cómo entendía y practicaba lo que enseñaba a sus alumnos. Por más investigaciones que hemos realizado sobre la persona del religioso agraciado con esta intervención del Siervo de Dios han resultado absolutamente infructuosas.

Dii estis; jam non dicam vos servos, sed amicos

Sobre la grandeza que le proclaman los mundos que al imperio de su voz potente sacudieron la nada y vinieron a constituir esa encantadora armonía que el hombre arrebata; sobre la gloria que en los espacios traza ese conjunto maravilloso de estrellas que tejen en el cielo el manto de su majestad; sobre el sol que enciende su peana y nos ilumina para que le adoremos árbitro de la vida y de la muerte: se ostenta el Señor en las recientes obras de su robusto brazo.

Su poder lo preconizan esas estaciones que matizan con variados colores las plantas y las flores que alfombran la tierra, infundiéndole el aroma de sus suaves fragancias; esas aves que cruzando el espacio en mil opuestas direcciones, los llevan con los suaves ecos de sus armoniosos trinos; esos ríos que lamen la cuna que les trazó su dedo omnipotente, esos mares que se repliegan en sus riberas inmensas.

Pero... más que la creación, más que los cielos extendiéndose, más que la luna brotando, más que los astros produciendo las primeras armonías, más que el sol saliendo rutilante del seno del caos, más que los mares que la luna riela y riza el dulce suspiro del aura, más que las montañas heridas por el rayo humeando el primer vapor en la mañana de la creación, más que los árboles cargados de flores recibiendo el beso inmaculado de las primeras auras, más que el cántico de todos los seres, más que el hosanna que exhalan a su gloria los cielos y los mundos; más que en todas esas cosas, cien veces, ciento más grande, más poderoso y admirable se muestra el Señor en lo que hace con ese nuevo sacerdote, y no porque al dulce soplo de su amor haya abandonado la nada y venido al mundo; no porque su amor haya vaciado sus venas para redimirle con su sangre; no, no porque le haya librado de las garras de la muerte y tornada su alma a la vida; no porque al mágico arrullo de su voz le haya detenido en la carrera del crimen, rindiéndole a sus pies como pasado por un rayo... nada de eso y mucho más que eso ha hecho en él su poder y misericordia... a un simple hombre, a un vil gusanillo de la tierra, le ha levantado del abismo de su nada al trono de su gloria, sobre los solios de los serafines mismos, lo ha hecho Amigo y rival de su poder: Dii estis... como espero demostrarlo mediante los auxilios de la gracia que me ayudaréis a implorar postrados, de esa divina fuente por la intercesión poderosa de la soberana Reina de los Ángeles.

Ave María

En efecto ¿qué son las dignidades de la tierra ante la dignidad de que se halla revestida el sacerdote?, ¿qué son los laureles de las victorias, el oro y el poder que tan afanoso y necio el hombre busca, ante el honor y gloria que hoy ensalzan al menor entre los hijos de los hombres? Mañana el orgullo y vanidad de los mortales será asqueroso polvo y miseria; los parias cubrirán con sus cenizas las cenizas de los reyes que hoy estremecen al mundo con el rumor de sus armas, y sus cetros los quebrará la muerte, y sus coronas habrán rodado arabismo; más el cetro y la corona del sacerdote, más fuerte y más brillante que todas ellas, no las destruirá el tiempo ni la muerte. El reinará sobre las ruinas de los poderes humanos; él sólo verá cruzar a los siglos y a las generaciones en confuso tropel, llevando ceñida la augusta diadema del sacerdocio y flotante la estola, emblema del poder y dignidad de que se halla revestido, porque será sacerdote para siempre y hasta en la eternidad.

Hecho dichoso, sublimado y colmado de gloria, ceñido de la más bella y preciosa faja, vestido rica y magníficamente y coronado con atavíos de gran primor, adornado con una estola santa de oro y de jacinto y hermoseado con una vestidura de hilo de púrpura torcido y variado con piedras preciosas en engaste de oro, Aarón ostentaba en su frente la santidad, el honor y la gloria del Altísimo. Su primor encantaba, suspendía su decoro, su preciosidad arrebataba y llevaban tras sí los ojos cosas tan hermosas. Así sublimó, así distinguió, así ensalzó, así llenó de gloria, así procuró Dios manifestar la dignidad de Aarón al elegirle por sacerdote de la antigua ley; pero todo aquel decoro, toda aquella magnificencia, todo aquel primor, todo aquel cúmulo de preciosidades, aquel aparato de gloria, aquella distinción de carácter tan esclarecido, aquel esplendor de tan sublime ministerio, aquella dignidad de sacrificios que reducían a Dios a mostrarse propicio con su pueblo, eran sombras que nos ocultaban la luz que hoy resplandece a nuestros ojos, una figura de la realidad que hoy poseemos, una señal confusa de lo que hoy admiramos, y un anuncio de lo que hoy dichosamente vemos realizado en ese nuevo sacerdote.

Sí, hermano mío, en clave de tal priváis tanto con el Altísimo que el que no os reverencia, el que no os atiende, el que no os ama, el que no os venera, el que no os honra; ni honra, ni sirve, ni ama, ni teme, ni santifica al Mismo, según lo declara el Eclesiástico. Os tiene en tanto que el mismo Dios se pone en vuestro lugar según el libro de los Números y se une tan íntimamente con vos, que el que murmura de vos, murmura del mismo J.C. Le sois tan apreciable que el que os abate, os ultraja y os deprecia, injuria, se mofa y burla del Mismo, según el libro primero de los Reyes. El Profeta Zacarías os llama niña de los divinos ojos; Oseas, ruina del pueblo que os desprecie; Jeremías, trono del Altísimo; y el Pescador, porción escogida, sacerdote real, representante de Aquel que os dice por su Verbo encarnado: Quién os recibe, a mí me recibe; quién os oye, a mí me oye, quién os obedece, a mí me obedece; quién os sirve, a mí me sirve; quién os ama a mí me ama y el que os injuria, aborrece y desprecia a mí me desprecia, aborrece e injuria. Y si esto no es así, y aún se tiene por ridícula, Católicos, e inútil a la sociedad esa figura que se destaca majestuosa de entre las sombras de los tabernáculos que guía en su peregrinación sobre la tierra a la familia, y que se acoge en su seno la sociedad en la hora de sus desengaños ¿qué tienen sus consejos para que así los busquéis con tanto afán?, ¿qué su persona para impetrarle que os bendiga, y reciba en sus brazos al hijo que ve la luz y rocíe al que ha dormido el sueño de la muerte, para que sus bendiciones os acompañen en la aurora y en la noche de la vida?, ¿por qué al rugir la tempestad en vuestro corazón, os acogéis en las cavidades de su manto, como la nave zozobrante al puerto de refugio?

¡Ah!, porque es un descendiente de la tribu de Leví, un renuevo del ramo sacerdotal, un escogido y santificado para guía y pastor del rebaño de J.C., es un depositario del poder de Dios, un administrador de los tesoros celestiales, un sagrado y valeroso capitán, un ángel del Señor, Dios de los Ejércitos; es un canal por donde corren las saludables fuentes del Salvador, un varón ya divino, un hombre endiosado, según las enfáticas, expresiones de los Ambrosios y Crisóstomos, lsidoros y Aeropagitas. Sí, el mejor y más bello ornamento de la Iglesia, la más firme columna que la sustenta, la maravillosa puerta de la celestial Jerusalén, según el primoroso lenguaje de S. Próspero... Señor... ¿pero qué digo?... es tanto que de la clase de hombre se ha elevado a la de Dios, cuyas funciones desempeña, según el santo Concilio de Trento y por lo mismo, es la mayor gloria del cielo y la mayor felicidad para la tierra.

Cuando habla el sacerdote inspirado, de su boca no sale una voz, rompe un trueno y su palabra es un rayo; es el que enciende y apaga la ira de Dios; es el que toca los montes y humean; es el que enviando su aliento abrasador sobre los imperios de la tierra, los devora, cual arista; quien habla en él es el ser de la pujanza; que manda y es obedecido, a los hombres que se postren, y a los siglos que marche; la inmortalidad, en fin, frente del polvo y de la nada.

El sacerdote a su paso derrama la vida, a su mirada conjura la muerte, a su voz tiembla el impío y se estremecen y caen las cadenas del esclavo, y se abren de par en par las puertas del templo de la gloria y desciende el soberano que en ella mora con toda majestad, y posa humildemente en sus manos y se sacrifica el mismo que en los picos del Sinaí se dejó ver entre el fragor de los rayos, el mismo que en el Tabor se revistió de luz y el mismo que al peso de su mirada, desde las cumbres del Gólgota, hizo crujir el mundo sobre sus quicios.

Nada, nada son, esa portentosa máquina del universo tan superior a nuestros conocimientos, ese mundo tan vasto y admirable, la liberalidad de la tierra que nos sustenta, la abundancia del mar que nos regala, el verdor de los campos que nos recrea, el precioso colorido de tantas flores que nos embelesa, la luz del sol y el reflejo de la luna que nos alumbra, la variedad de astros que nos divierte, la carrera de los planetas en sus respectivas órbitas que tanto nos suspende, la prodigiosa extensión de los cielos que tanto nos admira; en paragón con las prodigiosas y creadoras palabras de un Sacerdote del Altísimo.

Ni aquella hermosa y soberana luz que tanto asombró al hijo de Nun a vista de la tierra de Rahab, ni aquel portento que tanto admiró Josué en Silo; ni aquella maravilla que el hijo de Onías prometió a favor de los Egipcios; ni aquella obra admirable que vio Abel cuando se encendió el altar del sacrificio; ni la que presenció Noé en los montes de la Armenia cuando el perfume de sus puros holocaustos se elevó hasta el trono del Altísimo; ni aquella maravilla que obró un ángel y que tanto admiró a Gedeón; ni todos esos prodigios, todas esas maravillas, todas esas obras portentosas que hizo Dios en presencia de Abrahán y de Aarón, de Elías y de David, de Nehemías y de Salomón, son más que enigmas fríos, cuerpos sin alma, simples que compuestos, sólo forman una sombra de lo que va a ejecutar nuestro Sacerdote.

Sofoca, sofoca ya, respetable Sinaí la prodigiosa llama con que te hizo horrible la mano poderosa de nuestro Dios; disipa, Horeb, las negras nubes con que te presentó terrible la majestad inmensa del Omnipotente; Jordán, sacude tus temores al ver suspenso el mar a la imperiosa voz del Excelso; montañas del Egipto, si aún cae sobre vosotras el prodigioso rocío, desaparezcan ya tan vivos caracteres del poder del Altísimo, porque nuestro Sacerdote va a operar un milagro que excede a todos vuestros prodigios; se apresta a derramar la sangre preciosa del más inocente cordero para quitar los pecados del mundo; a formar la divina nube que nos ha de acompañar hasta la tierra de promisión; a hacer brotar la más cristalina fuente que nos ha de refrigerar en este desierto de la vida; a hacer caer en ese altar el más precioso maná, solo capaz de satisfacer nuestras almas en este miserable destierro, a... a dar nuevo ser al Dios eterno e inmortal, a reducir el Dios grande, cuya inmensidad es incomprensible, al más pequeño punto; a hacer en cierto modo criatura suya al Creador del cielo y de la tierra.

Acercaos, pues amado Sacerdote, acercaos a ofrecer el sacrificio inefable al que no puede resistirse el mismo Dios, el sacrificio incomparable y el que solo puede caracterizar la grandeza de un Dios, la cifra, el compendio y el milagro de las maravillas de la Omnipotencia y el término feliz de todos las sacrificios; subid ya, pero antes observad el espantoso rumor que agita, el ruido que suena a tus oídos como el de las agitadas olas del mar embravecido, como el del huracán que troncha los cedros del Líbano y las encinas de Basán; escuchad la terrible voz del siglo que cansado de esperar la felicidad con que le brindaron los decantados filántropos, se lanzan a vuestros brazos pidiéndoos con lágrimas pan y doctrina, pan para combatir la miseria que le dejaron los que oro le ofrecieran; doctrina para acabar con la duda que le endosa la impiedad en boga; doctrina para desvanecer los remordimientos de su conciencia y doctrina para calmar las tempestades de su corazón.

Subid, pero antes envíale Señor, la gracia que dispensas a tus escogidos y cumplirá la misión que en el siglo le deparas, dale tu brazo y destruirá las preñadas nubes que en tanto torbellino arrastran a los pueblos a la desesperación y a la muerte; dale tu voz y enmudecerán los tribunos que alientan en el corazón humano la rebelión y la venganza; dale tu luz y ahuyentará las tinieblas del error y confundirá el saber de los impíos; dale humildad y derrumbará los tronos de los soberbios y labrará la corona de los sencillos; dale tu amor y abrasará con él a todos los hombres y los reenganchará para el cielo, dale el martirio y sus despojos serán los trofeos de tu victoria, y su sangre brotará cien y cien esforzados combatientes y perseguirá como sombra a los enemigos de tu nombre, y probará otra vez la fuerza de la verdad pura, sellada con tu sangre; acaba Señor la grande obra que has comenzado en tu siervo, envíale cada día como copiosa lluvia, los raudales de tus misericordias para que no defraude los derechos de los pueblos que deben el ejemplo de sus sacerdotes, para que no le quepa oír aquella maldición postrera, más espantosa y terrible que los fuegos que tornarán al mundo a su nada primitiva.

Subid ya, sacerdote del Altísimo, pero, cuidado mirad que la misma arca que hizo la felicidad de Obededón, consumió la desgracia de los Betsamitas; mirad que la misma nube que tanto fertilizó la montaña de Sión, sólo despidió rayos contra la de Jeribac; mirad que lo mismo que favoreció a Gedeón, arruinó a los enemigos de Israel; mirad que vais a consagrar y a comulgar; creed, temed, amad... Adelantaos ya, pero llevad en la mente a la Iglesia y su cabeza visible, a nuestra corporación y sus necesidades, a los españoles y sus monarcas, a este religioso pueblo y sus familias, a este piadoso asilo y a cada uno de sus individuos y sobre todo a tus ancianitos y venerados padres con tus queridos hermanos; y sea tu ministerio para todos lo que el beso del niño para las mejillas de su madre; sean tus ejemplos para el pueblo lo que el aire para el corazón; sean tus virtudes para las fieles lo que las potencias para el alma; sea tu conducta para la sociedad lo que la sal para los alimentos; sea en fin; sea tu vida para todos como el tallo a las plantas, como la tierra a las raíces, la brisa a las flores, el sol a las plantas, la luz a los colores, y el alma a la vida. Esto te piden los fieles, esto reclaman los pueblos, esto exige la sociedad, esto demanda la Iglesia, y sólo para esto te ha hecho el Señor rival de su poder.

Notas