HablaPadreFundador/SERMÓN DE NTRA. SRA. DE LA ENCARNACIÓN

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FIESTA DE LA INAUGURACIÓN DEL COLEGIO DE ESCUELAS PÍAS DE CELANOVA (ORENSE)
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SERMÓN DEL DESCENDIMIENTO
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SERMÓN DE NTRA. SRA. DE LA ENCARNACIÓN

En vísperas de su salida del Colegio de Celanova, el 8 de agosto de 1869, cuando empezaba a sentir sobre sus espaldas el flagelo de la incomprensión y el resentimiento casi como una despedida, que presentía, pero no comprendía, ocupó la Sda. Cátedra para cantar y enaltecer el misterio de la Encarnación que en aquella iglesia y población se veneraba con singular devoción. Él quiso honrar y honrarse durante toda su vida con el apellido e invocación constante “P. Faustino Míguez de la Encarnación” que allí tuvo su origen y razón de su aceptación protectora para toda su vida.

Aunque bella, como todas las tradiciones religiosas, de los pueblos, cuando las narran corazones sencillos y creyentes, cuando las cuentan ancianos venerables por sus años y virtudes; no cumple ni propósito presentar a vuestros antepasados ocultando afanosos ese tesoro de inestimable valía que amagaban ultrajar los tostados descendientes de Ismael, cuyos pechos enardecidos por los rayos abrasadores del desierto se embriagaban con el perfume arrobador y templaban su sed con el frescor de las auras que mecen cariñosos este vergel florido, cuyo azul y riente cielo centellea de alegría eterna.

No, ni cabe en los estrechos límites que la penuria del tiempo me concede el presentar a la tierna infancia sorprendida en sus interrumpidos juegos a la inesperada vista de ese tesoro escondido corriendo desalada a revelarlo al clero y al pueblo, gobernantes y gobernados, grandes y chicos, ricos y mendigos.

No, ni alcanzarían mis escasas fuerzas a pintar el entusiasmo con que se aprestan, sencillos como las avecinas que celebran en el valle tan precioso hallazgo, a rendirle en creces los religiosos cultos de que muchos y azarosos lustros le privaran, ni la generosidad con que se desprenden espontáneos de sendas cantidades y levantan con sus mismos brazos ese monumento eterno de su piedad innata, a cuya vista todo viajero se descubre con respeto la cabeza, cae de rodillas y postrado ante la morada de la Virgen por excelencia, pronuncia enternecido un nombre, un grito espontáneo de amor, parecido al que se lanza en presencia de una madre de cuyas caricias nos privamos por mucho tiempo: ¡Nuestra Señora de la Encarnación!

No, que el abandono en que dejáis vuestros hogares; el entusiasmo con que acudís a este templo santo; el interés que revelan vuestros semblantes y aquella misma garza de amor cuyos labios despiden una risa más dulce que las auras que los besan: me revelan que no os habéis congregado para oír lo que ya sabéis, sino al ministro más indigno del santuario, al último de vuestros capellanes; al intérprete de vuestros sentimientos; al eco de vuestro corazón; a la personificación de vuestro amor filial hacia la que vela por vosotros, alimenta vuestra risa con el dulzor de sus labios, envía sus ángeles para guardar vuestro sueño... hacia nuestra Sra. de la Encarnación, cuyo nombre vibra en vuestros oídos como los celestiales acordes del arpa de un serafín.

Pero ¿qué podrá deciros el más inepto de los hombres, después de tantos y tan virtuosos sabios y elocuentes oradores como en los precedentes años (y con particularidad en estos días) interpretaron en este lugar sagrado las tiernas emociones, el entusiasmo santo, las aspiraciones incesantes y el intenso amor de vuestros corazones hacia la primera hermosura que vuestros padres os enseñaron en la cuna, hacia aquella imagen que suspendieron de vuestro cuello, besasteis con labios de inocencia y estrechasteis con manos infantiles a vuestro corazón de ángel, hacia Nuestra Señora de la Encarnación?

¿Qué podrá decir el más indigno hijo de María a un pueblo que dobla su rodilla sobre el césped de los campos, cruza sus brazos sobre el pecho, levanta a los cielos su mirada y descubriendo con su fe el trono de la Excelsa, dice con voz de luz que luces enciende en el firmamento entero, con palabras de suavidad que embalsama el ambiente con su aroma, con armonía misteriosa que el huracán apacigua y los mares calma, impone silencio al trueno y los rayos encadena: Nuestra Señora de la Encarnación?

Qué... pero, luzcan las galas del ingenio que no poseo los bellos hijos de la generación presente; canten los misterios de su delirante amor; embalsamen las flores con su aroma su sien calenturienta; brillen sus miradas como el rayo del cenit y cubra su cuerpo la preciosidad de las galas y perfumes orientales, digan, digan las emociones de su alma y el frenesí de sus sentimientos y el fanatismo de su corazón insaciable; mientras mi alma, entregada al sentimiento de no poder expresar lo mucho que siente en este instante solemne en que boga a beneficio de sus entusiastas aspiraciones, en que todo un pueblo eminentemente religioso tiene sus miradas pendientes del que debe repetir mal eco la gratitud de su ánimo generoso.

Al tender el caos sus negras alas sobre el corazón humano y refugiarse en el cielo el alma esencia por no tener aquí donde fijar sus plantas, se levanta Dios y dice: Yo soy, yo el Señor: y abismándose en su omnipotencia añade: sea la que quebrantará el orgullo del precito, y comenzó a ser para nosotros la criatura que precediera a todas en la mente del Eterno; esbelta como la palma de Cadés; fresca, como la flor de Jericó; suave como el lirio del Carmelo; intacta como el disco del sol que oscurece su cerco de diamantes sin el relámpago de su mirada y luciente sobre la luna que a no ser por sus expensas, dejaría reinar sobre la tierra a la diosa de las tinieblas con su lóbrega faz y torvo ceño. Su frente corola de azucenas; sus cabellos raudales luminosos y su aliento fragancia de jazmines: sus ojos más brillantes que luceros y sus labios subidísimos rubíes. El azul del cielo, albor de su mirada, y perlas de su aliento, las flores de los valles; esencia luminosa el brillo de su manto y las estrellas arrebol de las rosas que forman su corona. Su cuello la nieve, sus mejillas perlas y en su frente la serenidad de los cielos, y en sus manos tendidas a la tierra los tesoros de las gracias.

Más hermosa que los celajes del ocaso, más risueña que el despuntar del día, más benéfica que la lluvia en el otoño, más suave que las brisas, más fragante que el cáliz de las flores, más refulgente que el lucero de la mañana, más fresca que la flor del almendro, más amorosa que el arrullo de las aves y más graciosa que las alas de un serafín. Mira a los cielos y tiemblan de ventura; al espacio y reproduce su límpido éter diáfano como la mirada del salvador; mira a los serafines y se embriagan en éxtasis sublimes; a las flores de la tierra y alzan sus cándidas corolas temblorosas de esencias y de bálsamos; a los insectos y se embelesan robando fragancia a los capullos.

En su nacimiento los cielos exhalan torrentes de alegría, brilla el sol con resplandores centelleantes; la luna y las estrellas la saludan con mudas melodías; los ángeles baten sus palmas con delirio santo y los serafines entonan himnos de gloria al son de sus dulces melodías. Adán levanta su rostro hueco y disecado de su lecho frío y exclama alborozado: ¡Salve, Señora!, ¡salud y paz te envío, corredentora de mi culpa!, y los patriarcas y justos varones se regocijaron en su seno con férvida alegría, y los pueblos la saludan como esperanza de los que gemían oprimidos por la culpa, áncora de salvación para todos los miserables proscritos, norte seguro de cuantos se hallaban sumergidos en las tinieblas del mal y faro luminoso que había de conducir a la descendencia de Adán por la senda del bien a la región de los predestinados.

Así llamaba el mundo a ese modelo de perfección, obra admirable y prodigiosa, tipo sublime y acabado, rosa maravillosa que encantaba por su (origen) estructura y perfumaba al orbe por sus virtudes, cuando se atrajo las miradas de la inmensidad que al sonar la hora de la redención humana, se concretó a su seno virginal, adornado con el oro de caridad y la alfombra preciosa de la pureza y atónitos y de rodillas los mundos enmudecieron y los querubines cantaron: ¡Bendita, bendita sea la Inmensidad en el seno de la Virgen! ¡Bendita, bendita sea la Virgen! ¡Bendita la Madre del Señor!, y la razón humana contestó: ¡Bendita!, y el instinto del reptil ¡Bendita! y los torrentes de las montañas: ¡Bendita! y el corazón del hombre ¡Bendita, bendita y amada!

Y desde entonces, María es el secreto de todas las armonías y guarda en su seno blanco como una flor de nieve el áurea llave de todas las hermosuras y el secreto resorte de las maravillas todas de los cielos; es la luna del Edén que solo rinde tributo al divino sol de justicia: el de los espacios, la luna y las estrellas son lacias guirnaldas prendidas a su manto brillantísimo. ,

Desde entonces María flota en los bosques como invisible hada y los consuela con perfumes, con trinos de aves, con alboradas de rocíos, con armonías melancólicas: con su soplo embalsama las florecillas, con su mirada las matiza de colores, y de su seno les envía aromas.

Desde entonces María es una sombra de amor inefable que puebla los vacíos, alegra los páramos y flota en nubes de ópalo; ondea a las rizadas olas del Océano, divaga por los arenosos y tostados desiertos y hasta los leones y el ardiente simún le cantan melodías besando humildes la nítida fimbria de su ropaje.

Desde entonces María cuida hasta de los pobres insectos, les da agua en los cogollos de las madreselvas, y les baña en los perfumes de las rosas, cela el hogar del rústico, templa la sed del calenturiento, da pan de amor al que tiene hambre y de justa alegría al que la codicia, lleva a las almas yertas rocíos de luz y guirnaldas de bienandanza, bendice la cabaña de la pobre familia y vela el sueño de sus miembros; convierte la tierra en un pensil de inefables alegrías y abre para la humanidad los infinitos broches que ab aeterno miraba el Señor como preciosas flores en el florón riquísimo que le diera.

Desde entonces María armoniza los cielos con la tierra, asociándose al hombre Dios para la generación espiritual, como Eva se había asociado a Adán para la generación carnal; porque no cabía en los límites de la razón humana, para que no repugnase a la Bondad divina, que el hombre careciese en el orden espiritual de un vínculo de unión, de un canal de beneficencia, de una mediadora de reconciliación, de un medio de defensa y de un motivo de confianza y de amor para con el Padre celestial y lo tuviese en el orden temporal para con el padre terreno. Por eso la invistió su divino Hijo de todos los poderes maternales cuando, desde aquel patíbulo infame a la par que cátedra sagrada, dijo a S. Juan indicándole a María: He ahí a tu Madre; y volviéndose a ésta añadió: He ahí los hijos que preferiste con el Eterno Padre, al Único natural.

Desde entonces María es Madre y Señora nuestra; Madre por la donación que de ella nos hizo su divino Hijo; y Señora porque esta Madre es María y María significa Señora y soberana; Madre, porque lo es de Jesucristo nuestro hermano, y Señora por el dominio universal que por esto le compete; Madre, por la adopción que hizo de San Juan que nos representaba a todos, y Señora por los derechos que esta adopción le confirió sobre nosotros; Madre, por su generosa conformidad con los sentimientos de¡ Eterno Padre por la salvación de¡ mundo, y Señora por la soberanía que esta generosidad le conquistó sobre los hijos de¡ Altísimo.

Pero los títulos, son tanto más nobles, cuanto más sublime es la acción que nos recuerdan; ninguna empero como la Encarnación del Verbo en las purísimas entrañas de María; luego este título es el más honorífico para María y beneficioso para nosotros: el representa a María bien como la mágica Reina de Sión que vuela serena a cortar el hilo de su llanto señalando un paraíso de alegría; bien cual luminoso iris que formó el Eterno con los colores de su amor para que sirviese de estela en estos azarosos baldíos, ya escribiendo en el libro de lo futuro las alegrías de los hombres salvando la justicia que traza la mano irrevocable del Hacedor supremo, ya borrando con el aliento de sus amores y los rocíos de su alma a los distintivos de los tormentos humanos que en él se encuentran estampados.

Él es el emblema del bien que tiembla de felicidad con la felicidad del hombre y se la lleva sonriendo con su sonrisa de paz, y recoge sus lágrimas con el cendal que abrigó al Salvador, y preside los actos de su vida, y le sonríe al nacer, y le sonríe al morir, y le sonríe en los cielos; vela con sus alas de oro su tumba y cuida los ramos de flores de su sepulcro frío. ¡Oh! Bendiciones del corazón, lluvias de los ojos, rocíos del alma, besos de los labios, flores de la boca, himnos eternos de loor, Señora, para Vos y para vuestro cielo.

Él recuerda a la humanidad que vagaba sobre abrojos y holló a su mirada alfombras floreadas; erraba en la oscuridad e iluminó los caminos de su peregrinación con luces que el aire no mueve, ni apagan los aquilones; arrastraba una tristeza que marchitaba su juventud, mataba su inteligencia y destrozaba, su corazón, y su juventud recobró su energía como el lirio de los campos con el rocío de la mañana, y su inteligencia se vivificó cual se desarrolla el germen por la voluntad suprema, y su corazón latió latido de alegría y brotó lágrimas de rescate en manos de su corredentora, la Señora de la Encarnación.

Sí, la naturaleza entera es el eco de ese título soberano, cuando en nuestras plegarias decimos Señora de la Encarnación; Señora de la Encarnación repiten las flores, enviándole sus esencias con sus caricias, engalanando su frente con sus variados colores y ornando de elegancia sus altares. Cuando el marino exclama en sus azares, Señora de la Encarnación; Señora de la Encarnación repiten los mares oprimidos por Eolo que levantan rugientes borrascas y le piden con gemidos tienda sobre ellos, su manto de paz, iris de bonanza que serena los combates de su hondo seno y convierte su crespa superficie en un largo plateado. Cuando el navegante en su feliz arribo la invoca Señora de la Encarnación; Señora de la Encarnación; Señora de la Encarnación sigue resonando el piélago, acariciándola con sus azules ondas, enviándole sus templadas auras y presentándole en sus playas las conchas y las perlas, los corales y los preciosos pólipos que vegetan en sus pensiles.

Desde que el Señor la eligió por Madre, así la llaman en el Asia, desde la ciudad de las pagodas que el opio narcotiza y perfuma el ámbar, hasta los juncales donde el rinoceronte pasta; así la invocan en el África, desde los pantanos donde el caimán del Nilo se revuelca hasta las colonias del cabo de las tormentas que los leones rondan y el avestruz pisotea; así la apellidan en América desde los que descuartizan las ballenas de Baffín sobre témpanos de nieve hasta los que ven en el Chimborazo rodar a sus pies el trueno sobre lagos y volcanes; así la nombran en la Oceanía el salvaje de los bosques de Timor que duerme entre serpientes y el buceador de perlas de las Carolinas que sobre el tiburón cabalga; así la aclaman en Europa desde las playas donde Colón arrojó su genio al mar para que le trajese al mundo antiguo un mundo nuevo hasta las tiendas donde los tártaros saborean la leche de sus yeguas.

Y cuando estrella el huracán las águilas y arranca de cuajo las más vetustas encinas, el lapón entre humo y los escombros de su choza despavorido grita, ¡Señora de la Encarnación!, y cuando al furor de Dios hierven los mares y amagan inundar la tierra, el náufrago en sus abismos agonizando murmura ¡Señora de la Encarnación!, y la madre que escucha el primer vagido del hijo que sale de sus entrañas, loca de amor y gratitud prorrumpe: ¡Señora de la Encarnación! Y el huérfano que codicia la ración de los alanos, y la viuda que recoge para sus hijos sedientos la lluvia en sus harapos, y el que vive y sufre, y el que goza y muere, arranca el corazón al alma en los delirios de su dolor o en los raptos de su júbilo con el grito de ¡Señora de la Encarnación! ¡Madre del Amor, hija del Amor, Esposa del Amor! Señora de la Encarnación que te complaces en escuchar propicia y en extender tus brazos cariñosos a este pueblo que postrado te venera y en deliquios se deshace; para ti las flores, para ti las brisas, para ti el arrullo de las aves y las perlas crecidas entre las marinas algas; para ti las galas de la inspiración y las bellezas creaciones del artista, para ti el éter purísimo que difunde en ese trono esa vitalidad seductora, ese hálito impregnado de esencias y de bálsamos. ¡Oh, Bendita! ¡Bendita seáis Señora! ¡Bendita!, ¡repite este pueblo entusiasmado con tus hechizos! ¡Bendita exclama férvidamente en las plegarias que eleva de continuo a tu escabel de nácar! ¡Bendita, cantan las aves que se mecen ledas en las profusas enramadas! ¡Bendita, dice el viajero cuando te descubre a través de la densa polvareda que fija los engañosos límites de su senda! ¡Bendita, Bendita!, te aclaman estos apasionados hijos en las calamidades públicas y en las aflicciones privadas, en las necesidades del alma y en las miserias del cuerpo, en el tiempo de los azotes de Dios y en el de las persecuciones de los hombres.

Porque Vos, Madre mía, sois el talismán de nuestros corazones, la voz de amor que amores engendra, la palabra de dulzura que ambrosía destila, la melodía celestial que en coros de ángeles convierte las orgías de los pecadores. Más preciosa que el elogio en la boca de la elocuencia, más armoniosa que los ecos de la poesía, más entusiasta que un himno, más sublime que una epopeya, más eficaz que todas las plegarias.

Por eso os invocamos, y nuestra voz es el lenguaje de los ángeles y nuestro llanto el llanto de los soles; llanto de resplandores que inflaman lenguaje de amores que santifican; os llevamos por divisa y flotamos como ninfas en este amargo piélago de miserias; os seguimos como Norte y llegamos por rutas desconocidas al puerto de nuestras aspiraciones. Acudimos a vuestro amparo cuando el cielo niega el rocío a nuestros campos y el hálito de la muerte emponzoña nuestro suelo, y el cielo se deshace en lluvias de fecundidad y el soplo del Señor purifica el ambiente.

¡Oh! ¿Cuántas veces no semejan los cielos deshacerse en llanto, ocultan su cumbre las próximas colinas, parecen los campos un extenso lago, brama el arroyo en son de cataratas y mueren las plantas cual angustioso náufrago... y a su invocación, descubre su tul riente el cielo, ostentan las montañas sus picachos majestuosos, brindan los campos con su verde alfombra, vuélvese el torrente a murmullante arroyo y asoman las plantas cual ninfas juguetonas?

¿Cuántas veces visteis terso y sereno el cielo, clara y ligera la atmósfera, iluminar el sol las próximas colinas, humillar las plantas con sus capullos y agostarse el campo de sequía al entrar en el templo; y ocultarse el sol al salir del mismo, cargarse la atmósfera, levantar sus copas las plantas con orgullo y beber los campos una abundante lluvia que se desprendía como un raudal de gracia de las augustas manos de esa celestial Señora?

¿Cuántas veces no apartó las iras del Señor que fulminaba sus rayos sobre los pueblos comarcanos, abandonándolos a la saña del fúnebre rey de la destrucción que empuñada, cual cetro, su guadaña, dilataba sus descarnadas facciones con la orgullosa sonrisa del triunfo; sobre esos pueblos en cuyas calles solitarias y triste y sombrío aspecto, solo anunciaba su escasa vida el suspiro de la agonía y el ay del moribundo y el gemido del que marcha hacia los dominios de la eternidad y el estertor del que oye rechinar los quicios del abismo?... ¿Cuántas veces, repito, el eco de esa divina Madre no tendió sus alas al genio de la muerte y huyó despavorido?

¿Cuántas veces...?, pero calla lengua balbuciente, deja narrar a estos mudos pero elocuentes muros los favores mil que recibido han los Celanovenses de esa augusta Señora de la Encarnación. ¿Cuántas veces...? pero no... Levantaos vosotros Celanovenses, que moráis ya en las regiones de lo infinito; levantaos y decidlo, ancianos desvalidos, postrados jóvenes, tristes esposas, abatidas madres, desamparados huérfanos, infelices abandonados; sí, decid si podéis, las veces que a los horrores de la desgracia sucedieron las delicias de la fortuna y lo que fuera en la aflicción plegaria, se convirtió en himno de vuestra alegría.

Notas