HablaPadreFundador/SERMÓN SOBRE LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA PREDICADO EN LA NOVENA DE S. PEDRO DE ARCHIDONA. 1860

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

SACERDOCIO CATÓLICO
Tema anterior

HablaPadreFundador/SERMÓN SOBRE LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA PREDICADO EN LA NOVENA DE S. PEDRO DE ARCHIDONA. 1860
Índice

SERMÓN A NTRA. SRA. DE LOS SANTOS
Siguiente tema


SERMÓN SOBRE LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA PREDICADO EN LA NOVENA DE S. PEDRO DE ARCHIDONA. 1860

Nos extraña muchísimo que esta disertación hubiera sido pronunciada por nuestro Padre en Archidona, por carecer de noticias sobre su estancia en dicha población; pero la consignación del texto es taxativa: Novena de S. Pedro de 1860, Archidona. El P. Míguez había llegado procedente de Cuba a Madrid el 5 de marzo de 1860, por deficiencias de salud. Parece que estuvo en plan de recuperación hasta que fue incardinado de nuevo al Colegio de S. Fernando el 24 de julio del mismo año y por consiguiente durante este tiempo pudo pasar muy bien una temporada de descanso y rehabilitación en el colegio de Archidona. Por este motivo pudo consecuentemente deleitar a la Comunidad y auditorio de aquella ciudad con esta disertación, que parece indiscutible le pertenece. Contaba el Padre 29 años de edad.

Quodcumque ligaveris super terram erit ligatum et in coelo. (Mt. 16, 19).

Cuanto atares sobre la tierra, será atado en el cielo. Ibid.

Mi reino no es de este mundo: decía el Salvador cuando era arrastrado por los tribunales más inicuos y de la manera más indigna que jamás se ha visto; acusado falsamente por sus más encarnizados enemigos y sentenciado por un juez incompetente que no tiene sobre él más autoridad que la usurpación y la perfidia quisieran confiarle. Y estas palabras proferidas en momentos solemnes, y que forman el consuelo y la esperanza de los cristianos, que sirven de bálsamo suave en la persecución y en las tribulaciones y constituyen el más precioso ornamento de la Iglesia, la más firme garantía de su estabilidad e independencia, las vemos hoy repetidas con aire de triunfo por los más decididos enemigos de la Iglesia: han tropezado en su juicio contra la piedra filosofar y blanden en su mano el talismán precioso que trastorna en un instante todas las cosas, aun aquellas que más han resistido a los embates de la persecución ya la acción lenta y corrosiva a la vez de todos los siglos. Mi reino no es de este mundo: He aquí las palabras que han servido de tema en todos tiempos y ahora más que nunca a cuantos han querido oponerse al rumbo de la barquilla de Pedro, a cuantos han intentado entrar furtivamente en la casa del gran padre de familia y encadenarlo y reducirlo a esclavitud, privándolo de sus más sagrados derechos. Escudados con estas palabras se creen autorizados para desoír la voz de los pastores aún la del pastor universal, y son tenidas como un salvoconducto que exime de toda ley, de todo precepto que emane de la Iglesia, y como una fuerte égida que defiende y protege contra los rayos del vaticano. Cuando se oye la voz de la iglesia que prescribe ordenanzas y estatutos, y lo que es más aún, cuando resuena en nuestros oídos la voz tremenda del pastor universal determinando el objeto de nuestra creencia y amenazando con terribles castigos a los que no se sometan a su fallo, al punto resuena en derredor nuestro una confusa gritería, que repite a coro las palabras con que he comenzado: Mi reino no es de este mundo. ¡Qué error tan lamentable, qué ceguedad tan espantosa!... Si priváis a la Iglesia del Poder legislativo, o caso que se lo concedáis le quitáis toda autoridad para castigar y reprimir a los que no observan sus preceptos, se burlan de sus leyes, y se declaran en guerra abierta contra su autoridad, y su poder, ¿qué suerte le reserváis sobre la tierra?, una vida de persecución y de sufrimientos. Según vosotros puede mandar, más no hacer que se observen sus mandatos; está obligada a velar por la pureza de la fe y de las costumbres, y sin embargo no puede reprimir, ni castigar a los que vician el depósito sagrado, a los que corrompen las costumbres sembrando la cizaña y la corrupción; de suerte que le conceden un poder sin medios adecuados de ponerlo en práctica, le reconocéis una obligación cuyo cumplimiento le es de todo punto imposible. Esto nace de que no comprendéis o aparentáis no comprender, lo que sea la Iglesia y el sentido que debe darse a las citadas palabras del Salvador. La Iglesia es un reino, un pueblo, una familia, si os place, que se distingue de los demás reinos, pueblos y familias en el fin particular de su institución y en el modo de llenar ese fin. Las familias, los pueblos y naciones tienden como a su principal objeto a conseguir la felicidad exterior y temporal de cuantos les pertenecen respectivamente; al paso que la Iglesia, como dijo muy bien S. Optato de Milevi, tiene por fin inmediato la felicidad interior y espiritual de todos sus hijos: He aquí ya desvanecido cual humo en especioso argumento y explicado el sentido que deben tomarse las palabras de Jesucristo cuando nos asegura que su reino no es de este mundo; es decir, que prescinde de las cosas de este mundo, y no atiende a la felicidad exterior y pasajera que ocasionan; sus miras son más elevadas y la sociedad que establece está fundada en la abnegación y desprecio de las cosas terrenas. Sin embargo, toda vez que sus miembros se hallan en este mundo, y que en él y no en otra parte han de merecer la felicidad, que es su fin, Jesucristo establece la Iglesia dotándola de aquellas perfecciones y cualidades, que la faciliten el cumplimiento de sus deberes; la habéis visto en los días precedentes inalterable a los rudos ataques de la impiedad e infalible en sus decisiones, más esto sería inútil si no tuviera una autoridad propia e independiente, capaz de hacer que sus decisiones y sus leyes sean acatadas y obedecidas. El fijar el verdadero sentido de la autoridad de la Iglesia es la materia que me ocupará esta tarde.

Gran Dios, que de las criaturas más despreciables hacéis los más decididos defensores de vuestras glorias, haced que descienda hoy sobre mí, un destello de vuestra gracia, para que enardecido por el celo de vuestra Casa, defiende sus derechos, sostenga sus prerrogativas con el ardor y la energía con que los defendieron los Ambrosios, Crisóstomos y Gregorios. Esta gracia os pido en unión de todos mis oyentes, poniendo por mediadora a vuestra Madre y Madre nuestra, María, a quién saludamos todos reverentes.

Ave María.

Quidcumque ligaveris, etc.

Cuanto atares, etc.

No deja de ser una cosa sorprendente la manera con que el Cristianismo se establece en la tierra. Todo en él es extraordinario, todo llama nuestra atención, pues sus medios de difundirse y establecerse son contrarios a los seguidos por todas las otras religiones. Las demás aparecen a nuestra vista sujetas a las potestades terrenas que empuñan a la vez el cetro del príncipe, y el incensario del Sacerdote, y se hallan circunscritas al estado o nación que les diera origen y podemos llamarlas a todas, nacionales. Más la cristiana no es nacional, no reconoce límites si se halla por consiguiente circunscrita a un estado o reino particular. Esto es una consecuencia del objeto de su institución; ella debe establecer y manifestar las relaciones de la humanidad con Dios, esto es entre aquel Ser universal del que se derivan todos los seres, y los hombres creados por Dios, dotados todos de la misma naturaleza, destinados al mismo fin y por consiguiente las mismas relaciones con su autor. La religión, pues, que sea la verdadera, la que proceda de Dios, la que deba unir al hombre con su Creador, debe ser extensiva a la humanidad entera, por doquiera debe ser la misma en el fondo, en sus dogmas, en sus principios, en sus preceptos y en su moral. Tal es la deducción necesaria de una lógica inflexible, porque una religión nacional por el mero hecho de serio, es una cosa condicional, relativa, limitada por el tiempo y el espacio, y condenada a morir con el pueblo a que pertenece, porque es suya propia y peculiar; como no es una institución que abarque a todos los hombres, le falta la universalidad, que es un carácter esencial de la verdad religiosa.

Las instituciones humanas y los gobiernos, las nacionalidades y las costumbres, los intereses terrestres, y el espíritu de localidad separan a los hombres, los dividen, y aún los ponen en contradicción, por ser cosas temporales y limitadas, por los lugares y los tiempos, sólo la religión los une formando una sola familia, les hace ver que han tenido el mismo principio, y que aspiran al mismo fin; a manera de la savia vital se infiltra en el corazón de las masas y difunde en todos los miembros de la sociedad una cierta e inexplicable simpatía moral, una mancomunidad de existencia superior a la existencia física, que hace que todas las voluntades se unan, se confundan, se amen. Este gran pensamiento se realiza con el establecimiento de la Iglesia.

La palabra de Jesucristo ha fundado en este mundo un poder que no es de este mundo, superior a todas las potestades terrenas, como emanado inmediatamente de Dios, de él solo depende y de él recibirá la misión de enseñar a todas las naciones, de regir a todos los pueblos, en una palabra de realizar el reino de Dios en la tierra. El cumplimiento de esta misión tropezará con obstáculos, lo expondrá a terribles ataques que acaso lo conmuevan, más nunca podrán derribarlo, las fuerzas todas del infierno y del mundo reunidas no prevalecerán contra él.

Este poder ha tomado posesión del mundo no valiéndose de la sangre, ni de los horrores de la guerra, sino sólo con la eficacia de la persuasión y de la palabra, de esa palabra de vida eterna, que le comunicara la autoridad del Hijo de Dios, del Verbo encarnado, de Jesucristo; esta autoridad enteramente nueva y desconocida en la tierra es independiente de los poderes temporales de los cuales no se deriva, y no tienen por consecuencia jurisdicción alguna sobre ella; depende únicamente del Hijo de Dios que la trasmite a sus Apóstoles tal cual él la recibiera de su padre: Data est mihi omnis potestas in caelo et in terra. Euntes ergo, docete omnes gentes.

Desde este momento, presenta el mundo una nueva fase. Hasta esta época en todas partes se halla el poder temporal confundido con el espiritual, y la religión sino esclavizada, al menos dependiente del Estado. Más en virtud de la palabra de Jesucristo alzase el poder espiritual, se emancipa Completamente del yugo de las potestades terrenas, y se coloca en muchas ocasiones frente a frente del poder temporal, cuando éste se sale del círculo de sus atribuciones. Apoyado en su misión divina y defendido con la asistencia constante de su fundador emprende con denuedo la obra que se le confiara, combate al mal do quiera que se presenta, protege la inocencia, proclama el derecho, hace respetar la justicia, persigue el crimen y enseña la virtud. Su autoridad y su poder no reconoce límite, lo mismo se extiende al menesteroso que al potentado, al ignorante que al sabio, al vasallo y al rey; todos son hombres y como tales le han sido confiados, ejerciendo sobre ellos una autoridad omnímoda en la seguridad de que sus decisiones sobre la tierra serán ratificadas en el cielo. Quodcurnque ligaveris, etc.

Esta persuasión hace que S. Ambrosio se manifieste inexorable con el más piadoso de los Emperadores Romanos, y éste humilla su cerviz, tiembla y se viste de saco y cilicio, a la sola voz del ministro de Jesucristo; y esto mismo había hecho antes a S. Pablo amenazar a los de Corinto, que castigaría terriblemente con su presencia a cuantos prevaliéndose de su ausencia habían faltado a los estatutos que estableciera; y en otra parte después de dar varias reglas y ordenanzas relativas al Gobierno y administración de la Iglesia concluye: Caetera autem, cum venero disponam. Lo demás lo dispondré a mi llegada.

Registrad una por una las páginas de la historia y en ella hallaréis documentos sin fin de esta autoridad ejercida por la Iglesia y respetada y apoyada por las potestades terrenas; pero, me diréis, norabuena que esa potestad resida en la Iglesia, norabuena que su autoridad sea independiente de toda autoridad humana, y que todos sin excepción estemos obligados a someternos a sus disposiciones, a obedecer sus preceptos; más, semejante poder ¿dónde reside? ¿no somos todos hermanos, hijos de Dios y redimidos con la sangre de Jesucristo? Por consecuencia ese poder radicará en todos los fieles, todos deberemos concurrir a fijar los puntos de la creencia, ya establecer las ordenanzas de la moral, sin que ninguno en particular tenga derecho a sujetar a los otros a su dictamen, a imponerles su voluntad.

Así pensáis, pues tened entendido que ésa es la doctrina de los reformadores del Siglo XVI, ese es el sistema de Lutero y Calvino y de toda la turba de espíritus corrompidos y superficiales, que ya por depravación, ya por ligereza se dejaron seducir por los falsos destellos de una filosofía nueva; y no contentos con minar los tronos por su base, intentaron también destruir el altar; pero en vano, sus tiros fueron inútiles, sus esfuerzos salieron frustrados; la religión sufrió inalterable sus ataques y vio caer a sus pies desfallecidos y sin aliento a sus crueles perseguidores, cuando ella ceñía la corona de la victoria.

Pero me separo de mi objeto. ¿Quién os ha dicho, que siendo todos hermanos, a fuer de hijos de Dios, todos debemos gobernar igualmente en la Iglesia? ¿Sois acaso vosotros, quien ha de establecer las leyes porque esa sociedad debe regirse? ¿Os abrogáis ya el derecho de fundadores, y queréis quitar a Jesucristo sus atribuciones y su poder? Dejaos de cavilaciones y de espaciosas teorías, vengamos a los hechos, oigamos al autor de la Iglesia y él nos dirá cómo la ha establecido y en quién ha depositado su autoridad y su poder.

Dirigiéndose el Salvador a S. Pedro y manifestándole las persecuciones de que había de ser blanco y el empeño grande que Satanás tenía de apoderarse de su persona, concluye: mas yo he rogado por ti, para que tu fe no falte, y convertido alguna vez, confirmes a tus hermanos. Jesucristo ruega por S. Pedro en particular, olvida a los demás discípulos, porque S. Pedro y no otro ha de confirmar en la fe a sus hermanos; pero donde más clara y terminante revela Jesucristo, quién es el escogido para servir de piedra fundamental en la Iglesia, y en quién deposita la autoridad suprema representada con el símbolo de las llaves del reino de los cielos, es en el cap. 16 de S. Mateo: Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificará mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella; y te daré las llaves del reino de los cielos y cuanto atares sobre la tierra, será atado en el cielo, y cuanto desataras sobre la tierra será desatado en el cielo. ¿Puede darse de una manera más clara y terminante la elección de S. Pedro como jefe y pastor universal de la Iglesia?, pastor cuya autoridad no sólo se extiende a los fieles todos do quiera que se hallen, sino también a los pastores mismos de los diferentes rebaños parciales, según la expresión del mismo Jesucristo, dirigiéndose también a S. Pedro: Pasce agnos meos, pasce oves meas. Y el apóstol viene cumpliendo sin interrupción este precepto del divino Maestro por espacio de diez y nueve siglos, pues aunque materialmente murió, persevera no obstante y vive en sus sucesores en quienes y por quienes apacienta y dirige todo el rebaño, como afirma S. León el Grande y con él todos los Padres de la Iglesia, de suerte que Pedro vive en todos los Obispos de Roma ya cada uno de ellos en particular son dichas las palabras de Jesucristo: Quodcumque ligaveris super terram, erit ligatum et in coeiis; cuanto atares sobre la tierra será atado en el cielo. Sí, católicos, el Pontífice Romano es la piedra fundamental de la Iglesia, y suprimida ella, todo el edificio se desploma, la verdad desaparece, la religión se destruye; observad aunque de paso todos los pueblos que se han emancipado de la autoridad del Padre común de los fieles y decidme qué espectáculo presentan ¿no son en verdad unos pueblos sin culto, sin creencia, sin religión?, seguid más adelante en vuestras investigaciones, estudiad a fondo esos pueblos, sus leyes y sus tendencias y veréis que no sólo han perdido la verdad religiosa, más aún el elemento social se halla de todo punto menoscabado, la ley del más fuerte establecida en su vigor, sin freno que los contenga, caminan de precipicio en precipicio, de abismo en abismo, hasta sepultarse en la anarquía más asombrosa, las pasiones todas desbordadas destruyen cuanto encuentran a su paso y la humanidad presenta una de esas épocas de barbarie y de desenfreno, de crueldad y de despotismo de que la historia trae multiplicados ejemplos. Y esos mismos pueblos que no quieren sujetarse a la voz de la madre común de los fieles, se humillan y se esclavizan a un aventurero que los tiraniza y avasalla, no sólo en el terreno de la política sino también introduciéndose en el sagrado de la conciencia, quiere dominar en el pensamiento y lo consigue, castigando severamente a cuantos no piensan como él.

Tal es la suerte de todos los que desoyen la voz de Dios comunicada por sus pastores y queriendo lanzar de sí el yugo suave y la ligera carga de la ley de Dios, echan sobre sus hombros una carga que los abruma, un yugo que los oprime. No os dejéis vosotros seducir por esas falsas promesas de libertad y de emancipación, y ya que lleváis el nombre de católicos, haced que ese nombre sea una realidad, estad firmemente unidos a la cátedra de Pedro, pues ella es la verdadera arca fuera de la cual no hay salvación. Deponed vuestro orgullo y no queráis dar leyes a la Providencia, sujetando la Iglesia a condiciones que no le impusiera su Fundador.

Notas