HablaPadreFundador/SERMON DE LA INMACULADA CONCEPCION

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SERMON DE LA INMACULADA CONCEPCION

Es de los más bellos panegíricos del P. Faustino, fundamentado en las Sagradas Escrituras y Santos Padres, que maneja con inigualable facilidad de conceptos y expresiones.
Hermosa exégesis del misterio de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios y de los hombres.
Aunque en la mayor parte de estos escritos no es posible localizar las fechas hemos intentado, por la grafía y otros elementos intrínsecos seguir, en lo posible un orden cronológico, que al mismo tiempo, aunque a tientas, nos enmarquen su evolución psicológica y doctrinal. La mayor parte de ellos son frutos de sus primeros escarceos oratorios.

Cadent in retiaculo ejus peccatores, singulariter sum ego, donec transeam. (Ps CXL 10).

Caerán en sus redes los pecadores, solo estoy y hasta que pase (Ps. ib.).

El plan concebido en la mente divina para salvar al hombre es tan lleno de amor, que no es posible estudiarlo sin que el alma quede aprisionada en la red verdaderamente inmensa de caridad que Dios al realizarlo, tendía sobre la tierra. Pero es resorte que parece estaba destinado a mover el gran peso del amor divino, a manifestarlo, a derramarlo, a darlo a conocer a los hombres, es lo que hay más arrobador del espíritu, y más encantador del corazón en este plan admirable de la redención. Este resorte es aquella mujer a quien Dios mismo mandó llamar bendita entre todas las mujeres.

El plan divino en esta obra de la caridad infinita no se limita a redimir al hombre, sino que se extiende a la unificación del cielo y la tierra. Dios quería fundar el reino del amor, en el cual no hubiese sino paz, caridad, amistad, felicidad, unidad por fin, pero unidad tan perfecta, que los hombres fuesen todos una misma cosa en el vínculo del amor, así como el mismo Padre eterno es una misma cosa en la naturaleza con el Hijo y el Espíritu Santo, no obstante que son tres personas realmente distintas. Dios que es Padre de los hombres y los ama con indecible caridad, y veía que éstos no lo conocían, o lo conocían mal, y que estaban alejados de Él, quería hacer de Él y de los hombres una familia en la cual brillase un amor puro, tierno, cariñoso, feliz, desinteresado que atrajese a todos los hombres a su corazón, para que estos lo llamasen con toda la efusión de su alma -Padre-, así como El los llamaba a todos sin distinción -hijos-.

A esto está reducido el plan divino, como nos lo descubre el mismo Jesucristo, porque él bajó del cielo para derramar y extender por la tierra la llama del amor, el fuego de la caridad, que abrasando los corazones los enseñase a todos a llamarse hermanos, hijos todos de un mismo Padre que está en los cielos. Para conseguir este objeto, para remover cualquier obstáculo que encontraron los hombres en el camino que los había de llevar a Dios, para hacer este mismo camino, no sólo suave, sino florido, ameno y deleitable; para que hubiese posibilidad de ver a ese mismo Dios cerca de sí mismo y conocerlo y tratarlo, y convencerse del mucho amor que nos tiene, y que lejos de ser terrible y severo, es un padre benigno, y un amigo cariñoso del hombre, para poder, en fin, fundar un reino de justicia y de paz, y constituir de Dios y de los hombres una gran familia, donde no hubiese más que un padre y muchos hijos, se deja ver en el plan divino de la redención del hombre, la Virgen María, pues Dios tenía determinado manifestar por medio de ella todas las riquezas de su amor a los hombres, lo que se echa de ver desde el momento primero en que Dios habla con los dos seres que han salido de su mano, dotados de inteligencia. La primera vez que la voz divina dirige sus acentos al ángel y al hombre reunidos por desgracia en un mismo paraje, donde cada uno de ellos ha cometido un crimen, es para manifestarles la pureza, la virtud, la santidad y excelencias que había de tener esta Virgen, para ensalzar las victorias y triunfos que ella conseguiría sobre el ángel caído, seductor de la desgraciada Eva y autor de la ruina de Adán y su descendencia, y enseñar al hombre desvalido dónde había de hallar el remedio de su desgracia, quien había de ser un amparo, y cuál había de ser el acueducto de las misericordias del cielo, y cuál la gloria del género humano; dirigiéndose a la serpiente que se solazaba entre el frondoso ramaje del árbol más hermoso y más amargo que han producido las selvas, recreándose en su obra de iniquidad, le dice que se ha engañado, que en medio de tantos muertos, que entre tantos heridos hacinados, había un ser que no sólo estaba sano, sino lleno de vigor para hacer una guerra de exterminio al autor de tanto mal, y magullar su cabeza.

Maldita eres, le dice, entre todos los animales de la tierra, enemistades pondré entre ti y la mujer; entre tu linaje y el suyo; ella quebrantará tu cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar.

¡Qué sentencia tan admirable!, ¡qué misterios tan sublimes se encierran en ella! Descubre Dios a la serpiente, que habrá una mujer a quien no ha tocado su veneno, cuya mano sacará a su propio linaje de la miseria y cuya planta estrellará el orgullo de ese enemigo. Esta es María que en el primer momento de su concepción oyó de los labios de divino Asuero: No temas que esa ley de maldición y exterminio no se ha dictado para ti sino para todos los demás.

Non enim pro te, sed pro omnibus haec lex constituta est, y por eso María desde el primer momento de su concepción pudo decir con más razón que el Salmista: Cadent in retiaculo ejus peccatores, singulariter sum ego, donec transeam.

Los descendientes de Abrahán vienen a la vida envueltos en las redes del pecado, yo sola he pasado sin caer en ellas, experimentando en esta singular prerrogativa el amor extremado de Dios para con la que había de ser madre, lo que voy a manifestar después de implorar los auxilios de la divina gracia y para que nos sea abundantemente concedida supliquemos a María Inmaculada que interceda por nosotros, saludándola reverentes.

Ave María:

Cuatro mil años iban transcurridos desde que Dios maldijo a la serpiente y había prometido al hombre la reparación; y los símbolos y figuras que sin cesar habían venido repitiéndose en tan largo período, empezaron a tener como una animación que descubría su significado; las profecías y vaticinios que delineaban entre grandes rasgos la gloria del Redentor, comenzaban también a rodearse de suaves destellos de luz, y a desenvolverse ante los ojos de la humanidad, que seguía su camino con impaciente expectativa, y una aurora risueña y agradable bañaba los espacios y dividía la oscura noche de la culpa, del día esplendoroso de la gracia, que iba a amanecer entre misterios augustos e inefables, que no se cumplirían jamás, si no les precediera la concepción inmaculada de María; lo pasado y lo futuro, todo converge a este acontecimiento, como al centro de la obra más portentosa de Dios cual es la reparación del hombre, que por su pecado había perdido las relevantes prendas que lo adornaran y se había sumido en la más deplorable degradación.

No se puede negar que Dios manifestó en todo tiempo una predilección especial hacia María, formando de Ella su primogénita entre todas las criaturas. Ella es entre todas aquel vaso santo donde con larga mano derramaría sus tesoros. Ella es la dotada de los privilegios más raros y admirables: y sólo por haber sido destinada a la obra de la redención del mundo, por ser madre del Redentor, fue elevada como nos enseña Sto. Tomás, hasta los límites de la divinidad; y colocada en ellos, despide tantos rayos de luz, que se hace inaccesible aún a los más gigantescos entendimientos de los santos Doctores de la Iglesia. Sería ciertamente una temeridad el derogar algo a esta prerrogativa de María, para darlo a las otras, pues entre los favores que Dios la concedió, éste es, dice S. Bernardo, el que la distingue de todas las demás criaturas, no habiendo tenido semejante en las que le precedieron, ni pudiéndole haber ya en las que se sucedan. Ser Virgen y Madre de Dios es el privilegio exclusivo, la prerrogativa más alta, y la fuente divina de la cual se derivan los otros dones y privilegios. Esto no obstante en la Concepción Inmaculada se deja ver un amor especialísimo de Dios, que no se divisa en la maternidad divina: Atended.

Todo el valor de la maternidad divina se reduce a que María contrae un parentesco estrechísimo que la vincula de dos modos con la Trinidad Augusta; vínculo de afinidad con el Padre y el Espíritu Santo; vínculo de consanguineidad con el Verbo humanado, al cual puede decir, estrechándolo contra su pecho: Este es hueso de mis huesos, y carne de mi carne. Dignidad altísima, exclama S. Agustín, y que ninguna lengua puede explicar. Dignidad inmensa, dice S. Pedro Damiano, donde todo entendimiento se pierde por laborioso y perspicaz que sea. Dignidad suma, según S. Lorenzo Justiniano, por la cual María es tanto más superior a todo lo creado cuanto más se acerca al Creador. Pero consideremos por un momento, que aun siendo María consanguínea del Verbo humanado, no fue ella sola la llamada a suministrar la carne y la sangre a Dios para hacerse Hombre, pues otros muchos tuvieron esta dicha aunque en grados más remotos. La tuvo Abraham, Isaac, Jacob, David; la tuvieron aquellos Reyes poderosos, aquellos capitanes valientes, aquellos Pontífices venerables, y por fin todos aquellos personajes ilustres que según S. Mateo fueron los padres de Jesús según la carne, pues de ellos procedía la Purísima María. Nada menos que esto anunciaba Dios a Abraham cuando le prometió con juramento, que de sus hijos saldría uno en quien serían bendecidas todas las naciones; y esto mismo confirmó al piadoso David, asegurándole que de su estirpe sería Aquel que con toda verdad se llamaría Rey de los Reyes y Señor de los Señores. Sí, la sangre que el Verbo tomó de María era la sangre de David, de Abraham, de Noé, de Adán y por consiguiente todos estos santos Patriarcas y Profetas contrajeron con el Hijo de Dios humanado alianza y consanguineidad; pero en la prerrogativa de venir al mundo exenta de la culpa original, de ser preservada para que no cayese, no, no hay en la larga serie desde Adán hasta el último de sus hijos quien comunique con María; ninguno entra en el mundo sin someterse a la ley original; todos mueren por haber pecado en su primer padre; mas nada de esto comprende a María, porque ella sola es la única paloma digna del Padre; ella es la única perfecta madre del Hijo; ella es la única escogida esposa del Espíritu Santo. Una est columba mea, perfecta mea, una est electa. No tienen parte en esto, ni Abrahán tan fiel, ni el obediente Isaac, ni el tan amado Jacob, ni el piadoso David, ni alguno de los héroes cuya sangre se trasmitió a las venas de Jesús. Todos tuvieron en su concepción el pecado; sola María no tuvo mancha alguna; todos fueron esclavos de Satanás, María sola fue libre; todos aparecieron entre densas tinieblas, María sola empezó a existir toda esplendente y luminosa, Singulariter sum ego donec transeam... Cuanto más desemejante fue María en su concepción a la masa común de los mortales, tanto más se asemejó a su Creador; siendo pues la madre semejante al Hijo, ¿no le demostró que ella fue por gracia lo que Él es por naturaleza, dándole por privilegio lo que tiene por esencia, la blancura de la eterna luz cuyos tersos resplandores no empañan ni un momento las sombras del pecado? Ni podía ser de otro modo, dice el gran Padre S. Agustín, porque era necesario que hubiera en la tierra una semejanza total y completa de la divinidad; así como hay una eterna e increada entre el Padre y el Hijo. Fue escogida María para engendrar en su claustro virginal al que eternamente es engendrado por el Padre en su propio seno, era pues justo que así como por la generación eterna hay sustancialmente en el Hijo todas las perfecciones de la naturaleza divina del Padre, exceptuando las que competen a cada persona por su existencia hipostática, que son incomunicables, así también en la generación temporal la madre tuviese en sí, mediante la generación del Verbo, las mismas perfecciones que éste, excepto aquellas que esencialmente competen al Verbo por la unión de las dos naturalezas divina y humana. ¿Fue siempre santo el Hijo? santa debía ser siempre la madre; ¿siempre inocente el Hijo? siempre inocente la madre; ¿siempre inmaculado el Hijo? inmaculado siempre la madre; ¿apartado siempre el Hijo de los pecadores y elevado más que los cielos?, siempre muy apartada la madre, del pecado y elevada más que todos los cielos. Y ¿podría ser esto así, si por un momento hubiese reinado el pecado en su alma santísima? ¡Ah no! pues solo esto bastaba para hacer desemejantes a la madre y al Hijo; pero no lo permitió Dios continúa S. Agustín, porque así como el Hijo tiene en el cielo un Padre inmortal, tiene en la tierra una madre, pero una madre incorrupto y sin mancha.

Los desventurados mortales todos al entrar en el camino que conduce a la vida, caen en las redes tendidas por el demonio en el paraíso a nuestros primeros padres, que en su caída arrastraron a toda su descendencia y sólo con los méritos de Jesucristo logran desenredarse de ese lazo; todos yacían heridos por los salteadores de los caminos y revivieron por los cuidados del piadoso Samaritano; pero ese mismo Samaritano defiende a su madre para que no sucumba, fueron presa de las garras de la bestia infernal cuantos pasaron de la nada a la existencia. Jesús con su Sangre despojó al fuerte armado, pero despedazó los dientes de la bestia para que no hicieran la más mínima lesión a María. Y qué ¿no tenía Jesús la fuerza suficiente para consumar esta hazaña? ¿En una empresa tan gloriosa para él, creemos que tuvo menos cuidado de su madre, que el que tuviera el joven Sansón para defender a la suya? Bajaba este joven robusto de un país a otro extraño, para desposarse con una joven a quien amaba apasionadamente desde el momento que la vio por primera vez; tras él caminaba su madre, compañera de su viaje, cuando al pisar el terreno de los filisteos empieza a retumbar el bosque con los espantosos rugidos de un león, que encarnizado y avezado con la sangre humana, se preparaba a manchar sus garras en dos víctimas. Nada temeroso por su vida, sólo piensa Sansón en proteger a su madre; jamás usó de sus fuerzas con más heroísmo y gallardía, y adelantándose, mientras el monstruo posesionado del camino abría sus horrendas fauces para tragarlo, se arrojó intrépido sobre él, y tomándolo por las mandíbulas, forcejea con él, lo vence y lo despedaza, no de otro modo que si fuera un corderillo recién nacido. Siendo pues Sansón una de las figuras de Jesucristo, según todos los Padres y Doctores, figuras de que está lleno el Antiguo Testamento y en las cuales Dios fue delineando la vida de su Hijo ¿por qué no diremos nosotros, que así como la primera hazaña del fuerte Sansón, fue librar a su madre de las garras del fiero león, lo fue también en Jesús el preservar a la suya, para que no cayera en las redes del monstruo infernal?

Así es, amados míos, la primera empresa y la más gloriosa del Redentor fue ésta: conducido en alas de su amor a los hombres bajaba desde la elevación de los cielos a desposarse con la naturaleza humana, a la que amaba con un amor infinito desde que la creó; por su bondad inefable quiso unirse para siempre con ella con lazos eternos e indisolubles, y al mismo tiempo que había decretado su bajada del cielo, decretó también la existencia de su madre, de la cual no quiso jamás separarse, aunque podía por sí solo obrar la redención y rehabilitación del hombre. Deseoso de una presa y de presa tan escogida, sale de su cueva el rugiente monstruo, y se levanta el raptor violento de las gentes para apoderarse de la virgen destinada a ser madre de Dios. Esta como hija de padres débiles no tuviera alientos para resistir sola a las impetuosas garras del dragón infernal, pero le salió al encuentro su hijo, y mientras iba a pasar su madre, cuando Dios la iba a sacar de la nada para que empezase a existir, destrozando a la espantosa y horrenda bestia, la arrojó al abismo de donde saliera, para que su madre no tuviera ni aún el disgusto de ver su cadáver ensangrentado y destrozado. ¡Oh redención bellísima, y especialmente cara a los ojos de María! Yo no creo que jamás se inundase su alma de mayores gozos, que cuando pensaba que su pureza original era el fruto suave de la Cruz de su Hijo, y de la Sangre que derramara en el calvario, porque si esa sangre preciosa, lavó los pecados todos del mundo, preservó a su madre de la caída en el pecado, que es una redención más noble y especial exclusivamente de María.

No se contentó el Verbo con preservar a su Madre del pecado original, sino que la adornó con más dones y gracias que a los ángeles, a quienes Dios dio la gracia por partes, y a María se la dio en toda su plenitud, como a cada paso lo vemos en las Santas Escrituras. María es aquel monte cuyas raíces, según Isaías, empiezan en los vértices de las más gigantescas montañas; es aquella ciudad cuyos cimientos están afirmados en los collados eternos, según David; y esta mística Sión es tan agradable a los ojos de la Divinidad, que según se expresa el mismo Profeta Rey, ama Dios su entrada más que el interior de los Tabernáculos de Jacob: Diligit dominus portas Sion, super omnia tabernacula Jacob. De aquí nacen los elogios que de esta Virgen privilegiada hacen los Padres de la Iglesia: S. Pedro Damiano dice, que cuando esta obra salió por primera vez de las manos del Supremo Artífice, no era inferior sino al que la creó; y S. Bernardo y otros aseguran que a todos los demás Santos la gracia les cayó gota a gota, pero a María vino como una lluvia instantánea, o como un caudaloso río, que saliendo de madre inunda los campos, sin que parte alguna de los valles quede sin ser ocupada por las aguas; gracia singular porque el alma de María fue amada de Dios desde el primer instante de su concepción con un amor de hijo, amor el más grande que pueda imaginarse, porque el amor hacia una madre, no tiene semejante ni en su intensidad ni en sus límites: gracia singular porque las que se dan a los santos son gracias dadas a hijos adoptivos; pero la que se dio a María fue como correspondía a aquella, que siendo Madre, se sentaría un día junto al trono de su Hijo, para estar como perdida entre los resplandores de su divinidad. ¡Cuántas y cuán abundantes no serían las gracias de que estuvieron adornados tantos Patriarcas santísimos que existieron antes que María! ¡Cuán ricos y cargados de ellas hemos visto a otros que vivieron después que ella! ¡Un discípulo amado del Señor! ¡Un Pedro, columna y fundamento de la Iglesia! ¡Un Juan Bautista, precursor! ¡Un Francisco de Asís! ¡Tantos portentos que son el asombro de los mismos incrédulos! ¡Tanto ejército de mártires! ¡Tanto número de vírgenes!, y con todo María es superior a todos y cada uno, y desde su primer instante tenía ella más santidad que todos los santos juntos en su consumación.

Pues, desde ese primer instante fue enriquecida no sólo con la gracia santificante sino con todas las demás, tanto teológicas como morales, los dones del Espíritu Santo se aposentaron en su alma; todos los hábitos, que los demás adquieren con el ejercicio de la repetición de actos virtuosos le fueron infundidos, y por eso la Escritura la compara en su concepción a la aurora: quasi aurora consurgens, porque no sólo es como la aurora en su concepción por ser Madre de Jesús que es el Sol de justicia, sino por haber tenido ella sola toda las virtudes de los santos de uno y otro Testamento. Voy a concluir.

Todos sabemos que la aurora participa de dos límites, de los de la noche que pasa y de los del día que llega, recogiendo de una y otra cuanto tienen de más precioso: de la noche, los sueños más apacibles, los céfiros más suaves, los rocíos más fecundos; del día, la parte más florida, los más vivos y deliciosos colores, el período más templado; al ser concebida María pasaba la noche de la Ley escrita y empezaba a alborear el día de la Ley de gracia, recogiendo en sí cuanto había de más precioso en la antigua, y cuanto habría de sobrehumano en la nueva. La esperanza de los Patriarcas y el celo de los Apóstoles; la fe de los Profetas, y la ciencia de los Doctores; el valor de los capitanes y la constancia de los mártires, y por fin, uniendo en sí dos cosas que parecían opuestas, tuvo de un modo nuevo y milagroso la fecundidad de las matronas israelitas y la pureza virginal de las doncellas cristianas.

No lo dudemos pues, hermanos míos, por mucha que sea la elevación de María, por ser Madre de Dios; por grande y extraordinario que sea el amor que Dios la tuvo, no hubiera sido amor de hijo el dejarla caer en la culpa original. ¿Cómo hubiera tenido la gloria de destruir el pecado y vencer al demonio, naciendo de una madre que hubiera sido pecadora por un momento? ¿Cómo hubiera despedazado al dragón infernal, permitiendo que su madre cayera en sus garras horrendas?¿Desterrado éste a los abismos, encadenado entre los fuegos eternos, le hubiera siempre quedado la gloria de que en su misma derrota había tenido la habilidad de no quedar vencido, pues había ensangrentado sus dientes en la Madre de Dios; y esta excelsa criatura destinada a hollar y pulverizar la cabeza de la serpiente, ¿qué desconsolada no se vería al contemplar que la misma serpiente que tiene a sus plantas la había dominado por algunos momentos, la había vencido y encadenado? Siempre vencedora ¿hubiera permitido su Hijo que alguna vez fuese vencida? Siempre hermosa como la luna, ¿habría empañado su tersa y blanca luz con las nubes del pecado? Siempre escogida como el Sol ¿habrían cubierto sus resplandores los vapores de la culpa? Siempre terrible como ejército bien ordenado, ¿hubiera sucumbido a los tiros infernales? ¡Oh!, no, desde su primer momento, María venció al demonio porque en él la demostró su hijo todo su amor y cariño, desde toda la eternidad ella era la única paloma, la única perfecta y la única escogida y nada de esto hubiera sido, si no hubiese aparecido sin mancha desde el primer instante de su concepción.

Por eso María merece desde el primer instante de su ser natural el respeto y veneración de los ángeles y el amor y ternura de los hombres, y por eso todo el que tiene verdadera fe cristiana al considerar ese privilegio de la que es su Madre no puede menos de entonar himnos de gloria y de alabanza diciéndola en el amor de su entusiasmo: Dios te salve, Paloma inmaculada, escogida amiga, querida del Altísimo, hija, madre, esposa del Señor. Dios te salve, esperanza mía, mi gloria, mi consuelo, mi refugio. Dios te salve, alegría de mi corazón, centro de todos mis deseos, y fin de todas mis acciones. Tú has sido como la estrella que miraron fijamente todas las generaciones, que en largo período de cuarenta siglos han caminado por este valle de lágrimas, suspirando siempre por el día de tu aparición; así por tanto que pasaste de la nada a la existencia consiguiendo en el primer instante de tu ser la victoria más completa sobre nuestro enemigo, te saludo llena de gracia, inmune de toda mancha, amiga de Dios, y victoriosa del infierno, y te prometo amarte como a principio de mi dicha en la tierra y consumación de esa misma felicidad en el cielo.

Notas