HablaPadreFundador/SERMON DE LOS DOLORES, 2º DOLOR

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NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA
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SERMON DE LA INMACULADA CONCEPCION
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SERMON DE LOS DOLORES, 2º DOLOR

Sin duda que en algún septenario de los Dolores celebrado en nuestras iglesias tocó a nuestro padre ocupar la cátedra del Espíritu Santo. Muchas veces se hacía por sorteo entre los religiosos más capacitados. De este septenario se nos conserva este panegírico del segundo dolor; existe otro al que le faltan las primeras y últimas páginas que publicaos también aunque se halle truncado en su sentido para completar y recoger todos los fragmentos… Con este, nos es suficiente para comprender la piedad mariana del Siervo de Dios en esta faceta de la meditación de los dolores de la Sma. Virgen María.

Omnes amici spreverunt eam et facti sunt et inimici (Jer. 1, 2).

Todos los amigos la despreciaron, y se convirtieron en enemigos. Ubi supra.

Nada es duradero en la tierra. La felicidad: esa palabra mágica que tanto halaga nuestro oído, que es nuestro sueño continuo se escapa de nuestras manos cuando más segura parece, cuando estamos próximos a asirnos a ella; y si alguna vez dominados y seducidos por la ilusión creemos tocarla y nos abrazamos fuertemente a ella temiendo perderla, un cruel desengaño viene inmediatamente a descubrirnos que era un fantasma lo que estrechábamos a nuestro seno, y cuando contábamos hallarnos en todo el colmo de la felicidad, la triste realidad nos enseña que nos hallamos en el colmo de la miseria y de la desgracia. Veis a uno dominado por la codicia poner en tortura su inteligencia rebuscando medios con que aglomerar riquezas, teniendo su corazón en sus tesoros, y no habiendo para él más dios, ni más felicidad que el interés; un espíritu metalizado no conoce otros goces que el brillo de¡ oro; no descansa, no reposa con el ansia de atesorar; y qué, ¿es feliz?, miserable y desgraciado vive y miserable y desgraciado es su fin; porque cuanto mayores sean sus riquezas tantas más son las espinas que punzan su corazón, y el cuidado de conservarlas. Y la desconfianza de que todos le sean infieles lo atormentan noche y día y viene a constituirse esclavo de sus intereses y enemigo de todos sus semejantes. Observad a otro que fija la felicidad en los placeres y comodidades de la vida, apenas ve un objeto que lo seduce, y pensando en su. posesión se embriaga y un halagüeño éxtasis embarga sus potencias y no ve otra cosa en cuanto le rodea que el objeto de sus ilusiones; no perdona medios para alcanzarlo; y obtenida en posesión, le hastía aquello mismo que antes deseara con ansia¡ su corazón dilacerado busca nuevos objetos que enerven sus padecimientos a la manera que el poseído de un vértigo, no encuentra alivio sino en la eficacia de un narcótico; y ¿habrá quien llame feliz a ese desgraciado, que le es odiosa la vida, y sólo la desea cuando se halla en una completa enajenación? Pero hay más... No hay felicidad en la vida comparable a la que experimenta una madre joven cuando estrecha contra su seno el fruto de su primer amor, en medio de sus trasportes se olvida de sí misma y no ve otra cosa que su hijo, que absorbe todo su cariño y sus más delicados sentimientos, pero pasados esos primeros trasportes ¡cuántas inquietudes rodean su corazón! ¡Qué solicitud tan exquisita no se ve precisada a emplear para librarlo de la multitud de peligros que por todas partes asaltan a su debilidad!, y si elevando la vista penetra en el porvenir y escudriña sus secretos, ¡qué angustias no experimenta por la suerte de aquel cuya existencia, le es más cara que su existencia misma y por cuya felicidad se consagraría gustosa sacrificando la suya propia!... Pues haced saber a esa madre, que su tierno hijo es objeto de la más cruel persecución, que se hacen pesquisas por todas partes para hallarlo, que se quiere verter su inocente sangre, y haced llegar a su oído los gritos desgarradores de otras madres al ver degollado en su regazo sus propios hijos y salpicadas con su propia sangre! ¿Habrá lengua capaz de explicar las angustias de su corazón, la tortura de su alma, y el dolor y la ansiedad que experimentará a cada momento, temiendo que sea el último en que pueda acariciar al hijo de sus entrañas? Esta es precisamente mi misión en esta tarde, manifestar las angustias y tribulaciones del corazón de María, al ver a su hijo perseguido por la crueldad del rey Herodes, teniendo que abandonar su patria, y mendigar un asilo en países extraños y desconocidos; y de esta solicitud de la Madre para salvar a su hijo sacaré algunas consecuencias poniéndola en paragón con la conducta que ordinariamente observan los padres sobre la educación y dirección de sus hijos. Pero antes necesito los auxilios de la divina gracia; ayudadme a implorarlos con vuestras súplicas.

Madre angustiadísima, madre la más afligida de las madres, prestadnos vuestra sensibilidad, vuestro amor; alcanzadme de vuestro Divino Hijo el acierto para tocar en el corazón de este piadoso auditorio las fibras de la sensibilidad y de la compasión, para que acompañándoos en el sentimiento, imiten vuestra solicitud en defensa de sus hijos perseguidos por el torbellino de las pasiones, y por la seducción del mundo. Esta gracia os pedimos por vuestras tribulaciones y padecimientos y apellidándoos madre del dolor, os llamamos también llena de gracia.

Ave María:

Omnes amici spreverunt eam, etc.

Todos los amigos la despreciaron, etc.

Cuando María repasaba en su memoria las terribles palabras de Simeón y cuando su corazón se celaba en la amargura considerando un porvenir sombrío y fecundo en padecimientos para su hijo, consolándose sin embargo con la idea de que estaban lejanos y que mientras tanto gozaría pacíficamente de las dulzuras de la compañía de su amado; un mensajero divino vino a turbar aquella tranquilidad efímera que su imaginación y su maternal amor se forjara; con tono imperioso dice a José: toma sin tardanza al hijo y a su madre y huye a Egipto, porque Herodes lo busca para perderlo, quiere derramar su sangre. Este mensaje la convenció bien pronto de que la felicidad que soñara con su hijo, era una ilusión, y no ve en él otra cosa que el cumplimiento de las palabras del Sacerdote. Su primer movimiento es estrechar fuertemente a su hijo contra su seno exclamando ¡Pobre niño! ¡Desgraciado hijo mío, estás perdido, te persiguen de muerte, pero tu madre te salvará! y sin perder un instante, en alas de su amor, hace los preparativos que su pobreza permite, y sin dar cuenta a amigos, conocidos ni parientes, temiendo que la descubran, emprende precipitada fuga en compañía de su esposo, a las altas horas de una noche fría y oscura llevando en sus brazos su tesoro y cobijándolo con un pobre abrigo para librarlo de la intemperie. La idea de los peligros que amenazan a su hijo se confunde en su espíritu con la angustia que experimenta al abandonar su pobre morada, única que había conocido, y al retirarse de¡ templo y dejando en pos de sí la ciudad, todo parecía que le daba un eterno adiós, pero el amor materna¡ dominaba todo otro sentimiento, y si alguna vez fijaba en ella su hijo su cariñosa mirada como en tono de pregunta por aquella agitación, estrechándolo contra su seno le decía: fuge, a tuis ad extraneos, a templo ad daemonum fana.

Huyamos, hijo mío, huyamos, abandonemos nuestro hogar, nuestros amigos y parientes, porque todos te persiguen y vayamos a buscar protección en los extraños, dejemos el templo de Dios para buscar un asilo en los templos del demonio. Ni una sola lágrima brotaron sus ojos, porque hay momentos que el corazón destila sangre, y el llanto es un desahogo que no sólo templa la amargura, sino que esparce un bálsamo que enerva la energía del alma y embota la sensibilidad. Cuando en la rapidez de su marcha, la tierra congelada rechina bajo su planta vacilante, el ruido de sus pisadas la llena de espanto, una hoja que se mueve, una sombra que cruza delante de su vista hacen refluir toda la sangre a su corazón; teme que ha sido descubierta y que su hijo va a ser sacrificado en sus brazos, y cuando en los primeros albores de la aurora comienzan a delinearse los objetos marcando sus contornos, acrecen sus angustias, la sombra de un árbol, la cree un enemigo puesto en asechanza, el ruido del viento agitando las desnudas ramas de los árboles, suena en sus oídos como el tropel de las turbas que buscan a su hijo, y en cada pasajero que distingue en su camino, no ve más que un satélite de Herodes ansioso de teñir sus manos en sangre inocente; por eso se oculta en las sinuosidades de las rocas, en las hondonadas de los valles, y la espesura de los bosques no ofrecen un lugar bastante seguro a su corazón: a la manera que un gran criminal que huye de sí mismo, que su sombra le asusta, que se oculta de la luz, y si algún rayo del sol lo hiere de frente teme ser descubierto, así María huye y se esconde por las sendas más desusadas, por caminos ásperos y solitarios sin más compañía que un anciano, ni más recursos que su pobreza, y en medio de la estación del invierno, y rodeada de peligros por todas partes, sufriendo el hambre, la sed y el cansancio, y resonando en sus oídos los ayes de mil y mil madres que claman por sus hijos bárbaramente sacrificados por el furor de un monstruo, y viéndose precisada más de una a mendigar su sustento del árabe inhospitalario, y a pedir un asilo a las bandas de malhechores que infestaban el país hasta terminar un viaje de ciento cuarenta leguas... Señores, la naturaleza se resiste a tanto padecimiento y sólo el amor, y el amor de una madre puede soportarlo y sino decidme vosotras que me escucháis, si cuando acariciáis en vuestro regazo un tierno hijo, supierais que estaba firmada su sentencia de muerte, y si vierais en derredor vuestro los verdugos pagados para sacrificarlo, y que no esperaban otra cosa para cumplir su misión que el aparecimiento de la aurora, dormiríais tranquilas en vuestro lecho?¿No aprovecharíais todos los momentos para sustraerlo a la muerte, huiríais a los países más remotos? ¿Qué milagros de valor no obraríais en aquellas pocas horas, al ver a su hijo amamantado a vuestros pechos, al contemplar su cabeza dormida sobre vuestros hombros y al sentir sus delicados brazos tendidos con tanta confianza alrededor de vuestro cuello? ¿Os rendiría el cansancio y entregaríais vuestro tesoro a los sayones sedientos de su sangre? ¡Vuestro corazón grita alarmado que antes perder vuestra existencia que entregar a la muerte al hijo de vuestras entrañas ... !, y la madre más débil y enfermiza se torna fuerte y vigorosa para proteger a su hijo, y olvida sus padecimientos y no halla sacrificio costoso cuando se encamina a atender a la seguridad y al bienestar de su hijo, esto dicta imperiosamente la naturaleza y esto cumplen sin estudio aun los padres más viciosos, movidos por el poderoso impulso del amor, por el instintivo cariño que les obliga a olvidarse de sí mismos, cuando ven a sus hijos débiles en algún peligro demandando los auxilios de otros seres más poderosos. ¿Pero este amor, este ciego cariño que todo padre experimenta hacia su hijo produce siempre los frutos saludables a que la naturaleza aspira, la felicidad y perfección del objeto amado? Esto nos resta examinar; favorecedme un momento más con vuestra atención y entremos desde luego a estudiar la familia en sus más íntimas relaciones, en su vida privada que no por eso es menos importante. Prescindamos en nuestro estudio de las diferencias sociales y extendamos nuestra investigación lo mismo al palacio del potentado que a la humilde choza del labriego. En todas partes encontraremos la naturaleza hablando el mismo lenguaje al corazón de los padres y en todas partes encontraremos también por desgracia, salvo ligeras excepciones, los mismos abusos. En todas partes veremos el cariño de la madre convertirse en frenesí y agotar el diccionario de los epítetos exagerados cuando acaricia a su hijo; y en todas partes veremos que una educación viciosa inocula lentamente en el corazón del niño el veneno de la relajación, que más adelante dará frutos abundantes de desmoralización y de desorden en la familia. Parece que os extraña esta doctrina y acaso la encontraréis exagerada porque un denso velo os cubre la vista y no os permite ver la luz con toda su claridad; la pasión ofusca vuestra inteligencia, pervierte vuestro corazón y no os deja comprender la importancia de ciertos actos, que vosotros juzgáis pequeñeces, cuando son de la mayor importancia; no conocéis que la causa principal de la desgracia de los hijos son ordinariamente los padres, y que los que por un deber sagrado debían ser sus mejores amigos, sus decididos protectores son sus mayores enemigos; los que más trabajan en su ruina; pero me diréis ¿qué padre habrá tan desnaturalizado que tenga complacencia en la perdición y ruina de sus hijos? Antes de contestar a esta pregunta, echad una ojeada a las familias que conocéis indiferentemente y decidme qué es lo que salta a la vista en las primeras investigaciones sobre una familia en que se encuentra un niño inocente, un ángel como os dirán sus padres, y tienen razón, un ángel pero a quien ellos se encargan de pervertir; veréis, sí, un niño inocente que es el ídolo de la casa, el espejo en que todos se miran, y de seguro haríais una ofensa a sus padres si les dierais muestras de cariño; pero ese niño que apenas balbuciente comienza a articular palabras, cuando sus voces no marcan claramente los sonidos, recibe ya las primeras nociones del vicio y sus padres son los encargados de enseñarlo y perfeccionarlo y cuanto más groseras, indecentes y escandalosas son las palabras que sus labios pronuncian, tanto mayores son los aplausos que recibe, con lo que el niño inocente se anima a repetir aquello que excita la risa y cuando su inteligencia aún no está en disposición de distinguir entre la bondad y la malicia, ya su lengua respira toda la hediondez del vicio.

Notas