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FAUSTINO, UN HOMBRE MOVIDO POR EL ESPÍRITU
FAUSTINO, UN HOMBRE MOVIDO POR EL ESPÍRITU

El P. Faustino Míguez nace en Xamirás, una aldea de Acebedo del Río, Celanova, en la provincia de Orense, el día 24 de marzo de 1831. Es el cuarto hijo de una familia cristiana y trabajadora. Crece en un ambiente de fe donde aprende la oración, el amor a María, la solidaridad con los más necesitados y la responsabilidad en el trabajo.

La tierra gallega, su paisaje, los valles entre sus gastadas montañas configuraron su forma de ser, le hicieron callado, observador, amante de la naturaleza, voluntarioso para seguir adelante superando obstáculos, capaz de trabajar con tesón y honradez,...

Estudia Latín y Humanidades en el Santuario de Nuestra Sra. de los Milagros en Orense. Allí siente la llamada de Dios a ser sacerdote y maestro según el espíritu de S. José de Calasanz. En 1850 ingresa en el noviciado de las Escuelas Pías de S. Fernando, en Madrid.

Se siente llamado por Dios y en responder a esta vocación encuentra la razón de ser de su vida, el camino para ser feliz. Hacia esa meta se dirige cada día por encima de las dificultades que pueda encontrar.

Sigue a Jesús en la escuela de Calasanz

Como escolapio fue destinado a los colegios de S. Fernando, Guanabacoa, Getafe, Monforte de Lemos, Celanova, El Escorial y Sanlúcar de Barrameda. Fue profesor de Latín, Historia, Álgebra, Geometría, Retórica, Geografía e Historia, Agricultura, Física y Química, Historia Natural, Higiene, Francés y destacó como profesor de ciencias naturales.

Convencido de que “quien hace voto de enseñar lo hace de aprender”, trabaja incansablemente, estudia con tenacidad y entusiasmo, investiga, preparándose cada día para desempeñar su misión educadora.

En su larga trayectoria escolapia, casi 50 años dedicado a la educación, vive con ilusión y profundidad la pedagogía del amor porque cree en el niño y en el joven.

Dios despertó en el corazón de Faustino un amor especial hacia los niños y jóvenes y le dotó de una sensibilidad que le llevó a acercarse a ellos con amabilidad, respeto y afecto para conocer a cada uno y buscar su mayor bien.

La escuela es para él lugar de encuentro con su Señor servido y amado en los pequeños. En sus clases se las ingenia para que los niños vayan descubriendo a Dios a la vez que amplían su ciencia. Desde la PIEDAD Y LETRAS les abre horizontes de cultura, les anima al esfuerzo, explica, dialoga, corrige... quiere formar a los alumnos en el amor de lo que es verdadero, noble, grande y sublime.

Se siente llamado a ser compañero y amigo, maestro y guía en el camino de la realización plena de “ese ser que encierra en sus pocos años el porvenir de la familia y de la sociedad entera”.

Sus alumnos lo reconocen como un educador cercano, alegre y jovial en los recreos y exigente y amable en las clases. Respeta el ritmo de cada muchacho, lo hace con constancia, con dulzura, siguiendo sus pasos, observando sus movimientos, acomoda sus enseñanzas y lecciones a su edad y de sus capacidades.

Escolapio de todos los niños y para todos los niños, su entrega y cercanía se manifiesta de una manera especial en su inclinación hacia el más necesitado, débil o enfermo.

Para facilitar el aprendizaje y hacer más asequibles los conocimientos de las ciencias a sus alumnos dio una orientación práctica a su enseñanza y escribió libros sencillos en forma de diálogo vivo y ameno: Nociones de Historia Natural, Nociones de Física Terrestre y Diálogo sobre las láminas de Historia Natural. Una metodología activa para mantener la atención de los niños en clase y desarrollar su capacidad de observación.

Faustino, como José de Calasanz, entona un canto a la educación: “La obra más noble, la más grande y la más sublime del mundo porque abraza a todo el hombre tal como Dios lo ha concebido. Es la obra divina, la creación continuada es la altísima misión de la Escuela Pía; misión del mayor interés y de la importancia más decisiva así para la dignidad y dicha del individuo y de la familia como de la sociedad entera”.

Vive su vocación sacerdotal y dedica muchas horas al confesonario. Muchas personas le tuvieron como padre y director de sus conciencias y se admiraban de su amor paciente al escuchar y del acierto de sus consejos. El P. Faustino está convencido: “la voluntad de Dios es que todos nos salvemos, cada uno por su camino que es el trazado por su divina mano.”

Una vida dedicada por entero al amor de Dios y a la ciencia.

Desde niño le gusta contemplar la naturaleza y observar las plantas, siendo profesor en la escuela normal de Guanabacoa, estudia la flora cubana para impartir mejor las clases y observa el uso cotidiano que los habitantes de la isla hacen de las plantas con fines terapéuticos.

Experimenta en sí mismo cuando, debido a una intoxicación, el médico no acierta con el remedio, él se automedica y en poco tiempo recupera la salud.

“En el colegio de los Padres Escolapios hay un excelente químico”, se comenta por Sanlúcar, esto lo sabe el Ayuntamiento y por ello decide encargarle el análisis de las aguas de la población.

El P. Faustino emprende esta tarea por amor tanto a la ciencia como a la humanidad doliente, “pues si a ejemplo de mi Divino Maestro debo mirar por la salud del alma, también estoy en la obligación de atender, según mis fuerzas a la del cuerpo”.

Su investigación científica está unida a su vocación de educador: “como escolapio soy del pueblo y para el pueblo, consagrado a la enseñanza debo amenizarla con la práctica y hacerle palpar las ventajas positivas que de ella pueden reportar el rico y el pobre, el hombre y el niño”.

Debido al éxito que consiguió al analizar las aguas, el Decano de la Facultad de Medicina le pidió estudiara la enfermedad de un catedrático al que los médicos de Sevilla habían desahuciado. Él aceptó y consiguió la curación del enfermo, D. Manuel Bedmar, que después fue rector de la Universidad Hispalense. La resonancia de este nuevo éxito trajo consigo el que acudieran a él para la curación de distintas enfermedades. Se va dedicando a un conocimiento más profundo de la botánica y de las propiedades terapéuticas de las plantas, donde según su opinión “la Providencia ha colocado el remedio de las enfermedades”.

Con las plantas elabora Específicos de los cuales 12 se hallan registrados en la Dirección General de Sanidad desde 1922 y se venden en numerosas farmacias.

Uno de los grandes legados a la sociedad de su época y de todos los tiempos es el Laboratorio Míguez que se encuentra en Getafe. Es fruto de la respuesta a la vocación y aptitudes científicas que Dios le dotó y que él supo aprovechar y utilizar para beneficio de los demás. Él lo asume como un servicio a la humanidad pues contribuye a liberar al hombre del dolor y la enfermedad.

Un profeta que abre nuevos caminos a la mujer

En Sanlúcar de Barrameda los niños son atendidos en el colegio de los Padres Escolapios mientras que algunas niñas sólo pueden recibir una mínima formación en las llamadas “escuelas de amigas”.

Faustino se siente urgido por el Espíritu que le concede corazón de samaritano y ojos de profeta y le hace descubrir la situación de abandono e ignorancia en que vive la mujer y la necesidad que tiene de que alguien la guíe, desde la infancia, por el camino de la promoción humana y cristiana y le abra horizontes de cultura y fe.

Como José de Calasanz, se deja interpelar por la realidad y siente la llamada de Dios a un nuevo servicio. Contando con la aprobación de sus Superiores, funda el Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora el 2 de enero de 1885 con el espíritu y estilo pedagógico de S. José de Calasanz.

Convencido de la importancia de la mujer en la familia y en la sociedad y para “evitar que la inocencia del corazón se pierda entre las tinieblas de la ignorancia”, propone una educación integral que abarque la formación del cuerpo, de la inteligencia y del corazón, una completa promoción de la mujer “para hacerla(s) buena(s) cristianas, buenas hijas, buenas esposas, buenas madres y miembros útiles de la sociedad de la que deben formar un día la parte más interesante”.

Este es el objeto de las Hijas de la Divina Pastora: BUSCAR Y ENCAMINAR al niño y al joven hacia Dios, por todos los medios que estén al alcance de la caridad, aún con exposición de la propia vida.

Pone su obra bajo la protección de María Divina Pastora, el modelo de amor maternal del que deben estar animados quienes desde la educación cooperan a la misión evangelizadora de la Iglesia.

Aquella obra, iniciada hace más de un siglo, sigue presente hoy en distintas partes del mundo a través de quienes con el estilo pedagógico que les legó Faustino Míguez, entregan su vida para que los niños y jóvenes encuentren razones para la construcción de un mundo según el evangelio desde la esperanza y el amor.

Un hombre en camino siempre abierto a Dios y a los hombres

Faustino es un hombre siempre en camino, una vida abierta a la acción del Espíritu que le mantiene atento a lo que ocurre a su alrededor. Nada ni nadie le fue ajeno. Las necesidades de los hombres son para él llamadas de Dios ante las que no pasa de largo.

SOLO DIOS llena su corazón. Ha encontrado el tesoro y se lanza por el camino del seguimiento de Cristo. Como Él quiere pasar por el mundo haciendo el bien y seguir su ejemplo de anonadamiento y humildad. Entiende que todo lo que tiene lo ha recibido y no encuentra otra manera de responder agradecido al Señor de los dones, que siendo él mismo donación para los demás. Aprende a ver el mundo con los ojos de Dios: los pobres, los más desfavorecidos, los más necesitados, son sus preferidos.

En su larga vida rechaza todo tipo de distinciones. No quiso dejar de ser un modesto religioso, un amante de la ciencia y un educador calasancio para poder estar cercano a los más pequeños y dedicarles su atención y cuidado. Quiere vivir oculto para morir ignorado siguiendo a Aquel que pasó por uno de tantos.

Faustino recorre un camino de fe. Se deja labrar y modelar por Dios y por los hermanos. En los momentos de prueba y dolor confía plenamente en el Señor: DEJEMOS OBRAR A DIOS QUE PARA MEJOR SERÁ

Fallece en Getafe a los 94 años de edad el 8 de marzo de 1925. Amó a Dios sobre todas las cosas y olvidándose de sí mismo buscó únicamente su gloria. Sirvió con alegre entrega y perseverancia a la Iglesia y a la sociedad. Amó a la Escuela Pía y aspiró siempre a vivir en plenitud el carisma de la Orden.

Caminando por la senda de la humildad, de la sencillez y la verdad, llegó a la santidad

La Iglesia reconoce la santidad de vida del P. Faustino. El papa Juan Pablo II lo proclama beato el día 25 de octubre de 1998 en Roma.

Notas