MesSagradoCorazon/DÍA DÉCIMOOCTAVO

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

DÍA DECIMOSÉPTIMO
Tema anterior

MesSagradoCorazon/DÍA DÉCIMOOCTAVO
Índice

DIA DÉCIMONOVENO
Siguiente tema


DÍA DÉCIMOOCTAVO

El alma a Jesús

¿Quot opera bona ostendi nobis, et propter quod vultis me lapidare?

¿Qué me queréis decir, Jesús mío, con esas palabras? Que me has amado desde toda la eternidad con amor interminable: Charitate perpetua dilexi te. Te he amado con amor perpetuo; y que este amor no ha sido estéril para mí, porque habiéndome criado en el tiempo, me has prodigado tantas y tantas gracias que jamás podré contar, ni aun siquiera pensar. ¡Sin embargo, yo siempre sorda a tus inmensos beneficios! Se presentan ante mi vista, en primer lugar, los bienes temporales, que son tales y tantos que bien puedo decir con el real Profeta: Omnia subjecisti subpedibus meis. Todas las cosas las pusiste bajo sus pies. Reflexiono sobre los bienes eternos y parece que te oigo decir: Quid amplius potui facere vineae meae, et non feci? ¿Qué más pude hacer por la salvación de mis hijos los cristianos y no lo hice? Yo pienso continuamente sobre aquellas tus palabras: Potui et non feci? ¿Pude, acaso, hacer algo más para tu salvación y no lo hice?

Oigo, Jesús mío, qué me dices: ¿Por cuál de tantas obras quieres de nuevo apedrearme, después de haberme tantas veces y tan villanamente ultrajado? ¿Acaso porque, amándote desde toda la eternidad, te creé en el tiempo con los miembros sanos y bien dispuestos, y con las potencias y sentidos bien ordenados? ¿Acaso porque, te hice nacer en el gremio de la Iglesia, y te sostuve con los santos Sacramentos e hice reverberar sobre ti mi luz divina en tantos llamamientos y santas inspiraciones? Di, ¿por qué quieres apedrearme con las piedras de tus pecados? ¿Por ventura, porque quise derramar toda mi preciosa Sangre, muriendo enclavado en una cruz, después que por ti me humillé, tomando la naturaleza humana y sujetándome a las penas y al dolor?

“¡Ah! Recuerda, ingrata, recuerda que por ti nací en un establo, por ti viví treinta años desconocido, perseguido, desterrado; y otros tres en continuas fatigas, sudores y trabajos, vilipendiado, escarnecido, maltratado de todos, no obstante que andaba enseñando el camino del cielo y dispensando gracias! ¿No has oído al Evangelista, que te dice de mí?: Pertransiit benefaciendo et sanando omnes! Pasó por este mundo haciendo bien y dando la salud a los enfermos”.

“¿Cómo, pues, no lloras al considerar que por ti fui arrastrado a los tribunales, abofeteado, reputado por loco, azotado y coronado de espinas? ¿Cómo no se te parte el corazón al pensar que te esperé a penitencia, salvándote tantas veces cuantas me has ofendido? ¿Y por cuál de estas obras me has apedreado y de nuevo quieres apedrearme con tus pecados? Si quieres saber cómo me has apedreado y estás apedreándome, escucha a mi siervo Bernardo, que te dice: Lapidas Dominum dum voluntatem tuam ei non exhibes. Sí, apedreas al Señor cuando no le sometes tu voluntad. He aquí cómo apedreaste y apedreas todavía a un Dios que tanto hizo y está haciendo por ti. ¡Oh!, ¿pude hacer en bien de tu alma más de lo que he hecho? Y sin embargo, ni le has dado, ni le das tu voluntad”.

¡Ah, mi amado Bien!, no más, no más. Estoy muy persuadida de mi negra, ingratitud; y me aflijo al ver que este mi corazón no se parte de dolor ni brotan de mis ojos lágrimas amargas de arrepentimiento. ¿Qué será, pues, de mí, Dios mío, viendo, como veo, que no ha habido ni habrá en el mundo cosa más ingrata y más indigna que yo? ¿Cómo he podido trataros así, mi Dios, después de tantas luces y de tanto conocimiento como me habéis dado de vuestra grandeza y de mi nada? ¡Ah! Piedad, Jesús mío, piedad: pues desde ahora os ofrezco mi voluntad y os prometo no recobrarla más. Sí, en adelante, mi voluntad ya no será mía, sino toda vuestra, supuesto que Deus meus es tu. Tú eres mi Dios. Sí; Vos sois mi Dios y de solo Vos debe ser mi voluntad. Dirigidla, Señor, y salvadme. Amén.

María al alma

No te figures, hija, que los dolores y tormentos que sufrió Jesús en su pasión fueron casuales, sino con infinita Sabiduría, dispuestos por Él mismo y anunciados mucho antes por boca de los Profetas; porque, Jesús, cual amoroso Redentor, con sus diversas penas quiso satisfacer a la divina Justicia por tantas especies de culpas ofendida y ultrajada. Ahora, tú, imagínate que estás viendo a tu amantísimo Jesús atado a una columna... ¡Mira, mira a los verdugos fieros con qué rabia descarnan sus golpes despiadados sobre su Cuerpo inmaculado! Mas ¡ay de mí! Las carnes sacrosantas de Jesús están ya lívidas y rojean ya de sangre viva. ¿Por qué aquellos inhumanos verdugos, después de haber desgarrado por competo el Cuerpo de mi Jesús, siguen sin descanso hiriendo las mismas heridas y añadiendo dolores a dolores? ¡Ah! Oye a Jesús, que exclama: Super dolorem vulnerum meorum addiderunt. Añadieron dolor sobre el dolor de mis heridas.

¿Sabes por qué quiso Jesús tan extraño tormento en su Carne virginal? Entiéndelo bien, hija mía. Jesús, en su cruel flagelación, sufre y calla; pero su Corazón amantísimo habla al Eterno Padre, y una a una ofrece las sangrientas heridas y llagas de su Carne purísima, implorando misericordia para aquellos ciegos lujuriosos que, con los criminales placeres de su carne desordenada, afean en sí mismos la imagen de Dios, haciéndose semejantes a brutos incipientes. Jesús sufre y calla; pero aquellas llagas divinas hablan al corazón de tantos hombres disolutos, y con voz muda, pero persuasiva, les dicen cesen ya de tantas abominaciones... Tú, entre tanto, de las Carnes desgarradas de tu Redentor, aprende, hija, a detestar con odio implacable todo acto que se oponga a la virtud de la santa pureza; ni te asuste el fiero asalto de las tentaciones, sino recurre, animosa, al Corazón de Jesús, a aquel Corazón, que es el asilo seguro de las almas castas; a aquel Corazón, que es la torre de defensa de las almas combatidas; a aquel Corazón, que es el huerto donde germinan y crecen, lozanos, los hijos de la pureza y las rosas de la caridad; a aquel Corazón, en cuyo seno las violetas de la humildad bellamente se entretejen con las flores olorosas de las más selectas virtudes.

Ejemplo primero

El Venerable Padre Alejandro Novari, de las Escuelas Pías, habiendo consagrado desde su infancia a Jesús su castidad, mereció los auxilios especialísimos de María, y conservó siempre intacta esta bella flor, a pesar de su rara hermosura personal y de ser el blanco de las más vivas tentaciones diabólicas. Sólo contaba diez y ocho años cuando le encerraron en una habitación con una mujer perdida con el perverso fin de hacerle perder la virginidad; pero lejos de conseguirlo, le proporcionaron dos triunfos. Fue el primero el de no quemarse entre las llamas, y el segundo el de convertir a la seductora, que ayudada del mismo, entró en una casa de convertidas.

A su vez, deseoso Novari de hallar un asilo seguro a su inocencia, pidió y obtuvo ser admitido en el Orden de las Escuelas Pías, donde con gran ingenio logró santificarse a sí mismo y a los jóvenes confiados a su cuidado. ¡Oh! ¡Cómo se industriaba con las más fervorosas insinuaciones para infundir en aquellos tiernos corazones el amor a la hermosa virtud de la pureza, virtud que sólo germina entre las espinas de la mortificación y a la sombra de la devoción a María!

Ejemplo segundo

Dignábase un día el divino Redentor hablar a la humilde pecadora Santa Margarita de Cortona, y con semblante amable y celestial sonrisa le decía: Consuélate, Margarita, que yo te he preparado en el cielo una gloria grande entre el coro de los serafines, donde brillan las vírgenes que me son más queridas. A estas palabras se turbó la humildísima penitente, y temiendo fuese engaño del enemigo, se santiguó y contestó tímida y resuelta: Vete de aquí, demonio engañador, vete de aquí, que no es posible lo que dices, habiendo yo pisoteado el precioso lirio de mi virginidad. No temas, le replicó Jesús, no temas, Margarita. Yo soy tu Dios y te aseguro que tus continuas lágrimas y rigurosas penitencias han quitado ya de tu corazón toda mancha, y han hecho florecer en ti el lirio de la pureza que antes habías marchitado.

Asegurada Margarita con tales afirmaciones e iluminada su alma, rogó a Jesús que tuviese a bien decirle si Santa María Magdalena, la afortunada penitente, estaba también en el coro de las vírgenes. Jesús le contestó: Sabe Margarita, que Magdalena reina qloriosa en el cielo, y brilla también en la escogida serie de las santas vírgenes. Margarita, después de este celestial coloquio, llena de inefable júbilo, sentía interiormente crecer el deseo de atormentar su cuerpo con penitencias siempre crecientes, para adornar su espíritu con mayores virtudes.

¡Oh feliz penitencia! ¡Oh lágrimas dichosas! Margarita de allí en adelante crecía tanto en el amor de Dios, que su divino Esposo la alentaba muchas veces con frecuentes y amorosas apariciones. Una vez le decía: Tú eres mi pecadora que yo he limpiado por dentro y por fuera, y con quien he pactado plenísima paz. ¡Tú eres mi ovejita vuelta al redil; tú mi sierva santifica y mi amada discípula; tú mi compañera escogida! Otras veces decíale: Margarita, hermanita amada, tú eres mi hija bendita, tú mi esposa, mi alegría, mi tesoro, mi vaso limpísimo, mi tabernáculo, mi templo, mi trono. Mas ¿por qué se manifiesta tan amoroso el Corazón de Jesús con esta afortunada pecadora? ¡Ah! Entendámoslo bien: los pecadores verdaderamente contritos son el triunfo de la misericordia de Dios; son la gloria de su Pasión.

Flor.- Guardar en este día los ojos y todos los sentidos para no manchar nada la santa pureza.

Jaculatoria.- ¡Oh Corazón purísimo de Jesús! Por los méritos de vuestra flagelación santificad mi alma, purificad mi corazón.

Notas