MesSagradoCorazon/DÍA DÉCIMOQUINTO

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DÍA DÉCIMOQUINTO

El alma a Jesús

Panem Angelorum manducavit homo, et cibaria misit eis in abundantia

Que me enseñáis, Jesús mío, en esta parábola de vuestro real Profeta, sino que la Sagrada Eucaristía es este pan de los ángeles, y que se llama así, no porque éstos le coman, sino porque ángeles deben ser en sus acciones los que lo reciban? Si hubiera tenido esto presente siempre que me he acercado a vuestra santa mesa, de seguro que no lo hubiera hecho sino penetrada de temor y reverencia.

¿Y qué simbolizáis también en ese Pan de ángeles sino vuestra divina misericordia? ¡Ah! ¿Cuántas y cuántas veces me habéis dado en este convite celestial vuestra misericordia y cuán poco fruto he sacado de tantas larguezas de vuestro amor? ¡Cuánta, pues, ha sido mi ingratitud! ¿No soy siempre la misma? ¿No soy todavía pecadora tibia e ingrata? ¡Miserable de mí! Si al mismo Lucifer, después de su pecado, se le hubiera dado un poco de este pan celestial, ¿hubiera podido dejar de amar a Dios? Y yo que lo he recibido en tanta abundancia, ¿qué amor he tenido, y tengo, a un Dios tan liberal conmigo? ¿Cuál ha sido mi correspondencia? ¡Ay de mí! No hice más que pecar, y añadiendo pecados a pecados, he abusado de vuestra infinita misericordia. Piedad, Señor, piedad. ¡Cuántos mercenarios abundan en pan en casa de mi Padre, y yo aquí perezco de hambre! [Lc 15, 17] Sí; así podría decir Lucifer: Quot mercenarii in domo Patris mei abundant panibus ego autem hic fame pereo! Sí, mercenarios respecto de él pueden considerarse los hombres, y sin embargo, él no ha tenido un poco de este Pan de la misericordia, y muere de hambre.

¡Oh! ¡De cuánta mayor pena me servirá esta consideración en el infierno, si no me resuelvo ahora a corresponder fielmente al amor de un Dios! Hedme aquí, Corazón sagrado de Jesús, hedme aquí en vuestra presencia pidiéndoos perdón del abuso que hice de vuestra misericordia, en vez de valerme de vuestros dones para más serviros y amaros. Pero ya, Jesús mío, con la ayuda de vuestra gracia, os prometo querer siempre serviros y amaros, y para ello os pido ahora la misericordia que tanto he despreciado. ¿Cómo podría seros fiel sin ella? No, Jesús mío, no me abandonéis, que por grande que sea mi ingratitud, más grande aún, sin comparación, es vuestra misericordia: Plus potes parcere, quam ego peccare; porque vuestra misericordia es Infinita. Esta ayuda, esta gracia, esta misericordia espero y esperaré siempre de Vos, Dios mío, y estoy seguro de que esperando en Vos, no seré jamás confundida. In te Domine sperari non confundar in aeternum. Amén.

María al alma

Hoy te invito, hija mía, a considerar el infinito amor de Jesús en la institución del Santísimo Sacramento del amor. Considera, pues, cómo habiendo Jesús amado a los hombres, quiso, finalmente, mostrarles el exceso de su amor: Cum dilexisset suos, qui erant in mundo, in finem dilexit eos. [Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13, 1) ¡Ah, sí! Faltó ánimo al Corazón amantísimo del divino Esposo para dejarte sola en el mundo, y por eso, al salir de esta vida, halló medio de quedarse siempre contigo, y su infinita Majestad se ocultó en el Sacramento Eucarístico, de suerte que pudo decir: Ecce ego vobiscum sum usque ad consummationem saeculi. He aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos. [Mt 28, 20]

No envidies, pues, la suerte de los Apóstoles y discípulos de Jesús, que, al par que ellos, puedes tú conversar con Él tan a menudo y familiarmente como quieras, y alimentarte de su carne inmaculada. Mira cómo, oculto en el Santísimo Sacramento del amor, te espera y te dice que las delicias de su Corazón amantísimo consisten en morar familiarmente con los hijos de los hombres. Deliciae meae esse cum filiis hominum. Y tú ¿qué haces? ¿No oyes cómo Jesús, cual padre amoroso y amante apasionado, te llama para consolarte en tus necesidades, en tus dificultades y aflicciones? Te llama a ti como a todos: venite ad meomnes qui laboratis et ego refician vos. Venid a mí cuantos estéis atribulados y llenos de pesares, y yo os aliviaré. Venid a mí y alimentaos de mi Carne; venid y tomad en alimento mi sacratísimo Cuerpo: Accipite et manducate; hoc est Corpus meum. [Mt 11, 28]

¿Y podía llegar a más la caridad de Jesús cuando, no contento con haber ocultado su divinidad tras el velo de la asunta humanidad, quiso además ocultar esta humanidad y la misma divinidad bajo la pequeñez de las especies sacramentales para darse en alimento y comida de sus criaturas? Aprecia, pues, hija mía, el gran don que excede a todo don, y aliméntate con frecuencia y suma devoción de este alimento divino. Solamente así te harás fuerte contra los enemigos de tu alma, así crecerás en el divino amor y adelantarás en todas las virtudes hasta conseguir la vida eterna, porque el mismo Jesús te dice: Qui manducat meam carnem et bibit meum sanguinera, habet vitam aeternam. El que come mi carne y bebe mi sangre obtendrá la vida eterna. [Jn 6, 54]

Ejemplo primero

Ninguna lengua basta a declarar la grandeza del amor que el amable Jesús tiene a cada alma que vive en gracia, y por esto no es de maravillar que, debiendo partir de este mundo y queriendo permanecer siempre con nosotros cual víctima de amor hasta la consumación de los siglos, instituyese el Santísimo Sacramento del Amor. ¡Oh! ¡Con cuánto afecto nos llama y exhorta a correr a Él para recibirlo sacramentado e identificarnos con Él mismo!

El Venerable Padre Juan Crisóstomo Salistri, de las Escuelas Pías, recibió muchos favores de Jesús en el Sacramento del Altar, donde le enseñaba la humildad, haciéndole ver cuánto se había anonadado Él mismo en el Santísimo Sacramento por amor al hombre. Por ser Salistri devotísimo de este Sacramento, sucedió le muchas veces que, hallándose enfermo todo el día y toda la noche, al llegar la hora de la misa recobraba las fuerzas suficientes para celebrarla.

Este gran siervo de Dios llegó una vez a Kelina, ciudad de Rusia, y se llenó de inexplicable alegría al encontrar los pueblos muy inclinados a la devoción del Santísimo Sacramento, a pesar de la escasez que tenían de ministros sagrados; lo que le sugirió la idea de quedarse en aquellas tierras, y así lo pretendió con muchas instancias de los superiores, prometiéndose copioso fruto.

Pero nadie mejor que él mismo podrá manifestar la inmensa llama de amor que le abrasaba por Jesús sacramentado. He aquí sus mismas palabras: Hallándome en Handlovia, hospedado en casa de un buen sacerdote, párroco de aquella tierra, ocupada de muchísimos herejes y muy pocos católicos, a quienes se negaba licencia para tener iglesia pública, él me condujo a una oscurísima caverna y me enseñó dónde tenía el Santísimo Sacramento, oculto a la luz del día para salvarlo de las injurias y profanaciones de los sectarios. Al punto me postré, adorando, rostro en tierra, a Jesús sacramentado, y rompiendo en amarguísimos suspiros y abundantes lágrimas, exclamé, más con el corazón que con la lengua: ¡Oh Jesús mío! Vos que estáis tan glorioso en el cielo, ¿habréis de sufrir tal desaire y afrenta en la tierra? ¡Vos encerrado! ¡Vos escondido! ¿Y por temor de quiénes? ¡De aquellos mismos hombres de quienes sois vida y sostén! Y diciendo esto, se sintió animado de tal celo, que en el acto quería salir a predicar por las calles, con vivísimos deseos de dar la vida; y así lo hubiera hecho si no se lo hubieran impedido las súplicas de su huésped, que le hizo ver claramente cómo semejante demostración de amor y de desagravio resultaría en perjuicio de los fieles.

Ejemplo segundo

El glorioso Doctor de la Iglesia, San Alfonso María de Ligorio, hablando de la ventaja que sacan las almas de visitar a Jesús sacramentado, dice: Es cierto que entre todas las prácticas de piedad, después de la Santa Comunión, no hay otra, más grata a Dios y más ventajosa para los hombres que las frecuentes visitas a Jesús sacramentado. Sabed que acaso obtengáis más en un cuarto de hora de oración delante del Santísimo que en todos los ejercicios espirituales del mismo.

Pero más que las palabras del Santo Doctor valen sus ejemplos para encender en nuestro corazón una llama de vivo afecto a Jesús sacramentado y en detenerse en fervorosa oración y contemplación amorosa delante del sagrario. Ya sacerdote y después Obispo, como su creciente amor se lo dictaba, interrumpía frecuentemente sus ocupaciones y aun el mismo reposo de la noche, para satisfacer la pasión que sentía por adorar a Jesús sacramentado. Con los años fue creciendo en él esta piadosa práctica, y era de ver al santo Obispo, a pesar, de su avanzada edad y muchas enfermedades, pasar más de ocho horas al día en oración tan fervorosa delante del Santísimo, que más parecía ángel que hombre. Su alma parecía desprenderse de su cuerpo para lanzarse en brazos de Jesús, y Jesús descorría el velo que le tenía oculto para dejarse ver cara a cara. Por eso no es de admirar se oyese exclamar a San Ligorio con transportes inefables: Hedlo, hedlo; venid a ver qué hermoso es; amadlo con todo vuestro corazón.

Flor.- Comulgar sacramental o al menos espiritualmente, y al comulgar poner en práctica el santo consejo que el mismo Jesucristo dio a Santa Matilde: Cuando comulgues desea tener mayor amor que el que me tuvieron los santos, porque a medida de este tu deseo aceptaré yo tu amor según quisieras que fuese.

Jaculatoria.- iOh! Corazón amabilísimo de mi Jesús, escondido entre la llama de vuestro infinito amor en el Santísimo Sacramento del altar, os adoro, os bendigo, os doy gracias; sólo a Vos quiero amar.

Notas