MesSagradoCorazon/DÍA DECIMOSEXTO

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DÍA DECIMOSEXTO

El alma a Jesús

¡0 si scires mysterium crucis!

¡Si yo comprendiese los misterios de la cruz! ¡Oh!, si entendiese el amor que movió a Dios a querer morir por mí en un infame patíbulo, de seguro que, abandonados los bienes terrenos y las falsas y lisonjeras esperanzas, no podría por menos de amarlo ¿Cómo podría no amar a aquel Jesús que tuvo a bien morir por mí para con el exceso de sus dolores y la inmensidad de su amor hacerse dueño de mi corazón? ¿Cómo podría no amar a aquel Jesús que quiso ser conducido fuera de la ciudad para ser crucificado? Extra civitatem ductus ut crucifigeretur? Pero ¿de quién quiso ser crucificado? ¿De la pérfida Sinagoga, o de los obstinados judíos? ¡Ah, no, del amor! De aquel amor poderoso que me tuvo, de aquel amor infinito que le hacía suspirar de continuo por el momento de morir por mí. ¡Oh amor de mi Bien amado! ¡Oh amor del adorable Corazón de Jesús! Sí; vuestros suspiros amorosos fueron, Jesús mío, los que movieron al Eterno Padre a permitir que Pilatos pronunciara la sentencia de muerte, y por eso le dijiste: Potestatem nom haberes adversus me ullam nisi data tibi esset desuper. No tendrías poder alguno contra mí si no te hubiese sido dado de los cielos. [Jn 19, 11] ¿Y qué podría hacer Pilatos si hubiese carecido de esa potestad?¿Qué podría hacer tan vil e ingrata criaturas ¿Y quién obtuvo a Pilatos esa potestad? Por ventura, ¿no fue el amor de Jesús? Aquel amor que lo obligaba a decir: Sí; quiero morir por las almas, quiero morir, por, ti. ¡Oh amor de mi amado Bien! ¡Oh! ¡Qué amor! Quisiera, Señor, mil y mil veces decir: ¡Oh! ¡Qué amor! Pero, ¿de qué me serviría vuestro amor si a él no correspondiese? ¿Y he correspondido hasta ahora? ¡Oh ingratitud! ¡Oh crimen horrendo! Todo un Dios me amó hasta morir por mí y no le he correspondido; antes bien, lo he maltratado e injuriado y vendido por el pecado.

¡Ay, Jesús mío! Ensanchad ahora vuestro Corazón divino y perdonadme todas mis ingratitudes y mis pecados todos. Y si vuestro amor me exige, y quiere, y pide más amor, os diré: Da quod jubes, et jube quod vis. Dadme, Señor, lo que me mandes y mándame lo que quieras. Deber es que os ame, y yo siempre os amaré para corresponder cuanto pueda a vuestro amor. Pero Vos, Jesús mío, dadme por piedad lo que me mandáis y mandadme lo que queráis. Sólo Vos podéis inflamar mi corazón en vuestro santo amor; inflamadlo, pues, amorosísimo Bien mío, para que así inflamado, os ame, y amándoos sea santificada de tal manera que pueda gozar del fruto de vuestra muerte, participando en la eternidad de aquel amor con que os ame el que os ve cara a cara, facie ad faciem. ¡Ah Señor, sea así por piedad! Amén.

María al alma

Bien sabes, hija mía, que el Corazón amantísimo de Jesús sólo deseó en la tierra tu salvación eterna. ¡Oh! ¡Cómo deseó en todos los instantes de su vida derramar su sangre por ti! Por eso dijo: Sí; yo debo por amor de mis criaturas ser bautizado con un bautismo de sangre, y ¡cuánto se retarda la hora de mi pasión! Baptismo autem habeo baptizare et quomodo coarctor usque dum perficiatur. La hora se acerca y la noche de la tristeza se aproxima; y Jesús, el amante Jesús, va al huerto de Getsemaní, y, postrado en tierra, ora y se prepara para el gran sacrificio; ora, y al instante le asalta tan profunda y amarga tristeza, que le obliga a exclamar: Tristis est anima mea usque ad mortem! Triste está mi alma hasta la muerte. [Mt 26, 38; Mc 14, 34]

Pero ¿sabes, hija mía, sabes por qué el Corazón de Jesús se aflige tanto? Se aflige al ver desfilar uno por uno, ante su mente, los dolores, los insultos y los ultrajes de su pasión, ya inminente; sin embargo aún gime, agoniza y suda sangre, porque ve de lejos tus ingratitudes; suda sangre, porque ve todos los pecados de los hombres que, a pesar del amor inmenso que les ha manifestado en su Pasión, no cesarán de ofenderlo y ultrajarlo; agoniza y riega la tierra con su propia sangre, porque prevé que un inmenso número de almas se condenará eternamente por no querer aprovecharse de los copiosos frutos de su Redención; por lo que, quejándose tristemente, exclama: Quae utilitas? ¿Quae utilitas in sanguine meo? ¿Qué fruto he sacado con toda mi sangre? Hija mía, consuela tú, con la bondad de tu vida y la santidad de tus costumbres, al Corazón agonizante de Jesús.

Ejemplo primero

El único consuelo del Corazón de Jesús, en su mortal agonía, fue el prever tantas y tantas almas regeneradas con su Sangre, que vivirían en el mundo como flores escogidas del Paraíso. ¡Oh! ¡Cuánto consoló al afligidísimo Redentor el considerar tantos lirios de pureza y de inocencia que en el largo voltear de los siglos formarían sus delicias y su gozo!

Uno de estos lirios olorosos, de angélica pureza e inmaculada inocencia, fue, seguramente, el Venerable Hermano Rodulfo Petrignari, de las Escuelas Pías. Nacido en Roma y educado en las Escuelas Pías, mereció por sus admirables dotes que Calasanz le vistiese el santo hábito de su Religión, en que vivió muy poco, por haber fallecido a los diez y ocho años de edad. Sin embargo, en tan poco tiempo se hizo verdaderamente envidiable y digno de la admiración de todos, como otro Estanislao de Kostka. Merced a sus virtudes y virginal candor, se le apareció muchas veces la Santísima Virgen con su divino Niño en los brazos, de los cuales pasaba a los del dichoso joven, dejándole colmar de las mayores caricias, y recibiendo, en cambio, los más suaves éxtasis de amor. En una de estas apariciones, la Madre y el Hijo le invitaron al cielo, invite que él aceptó en el acto, y espiró, invocando fervorosamente los nombres de Jesús y de María, y voló, cual ángel del cielo, a los brazos de Aquél que tantas veces convirtiera los suyos en pequeño trono.

Ejemplo segundo

Así como los ángeles del cielo hacen mayor fiesta por un pecador que se convierte a la gracia, que por noventa y nueve justos que perseveran en la virtud, así el Corazón de Jesús, en la terrible agonía del Huerto, se complacía más a la vista de los innumerables pecadores, que por los méritos de su Pasión vendrían a la penitencia, y de tantas almas que corresponderían con fidelidad a los dulces llamamientos de su amor.

No fue el menor, entre dichos pecadores, el Beato Poncio. Nacido en Francia, en la aldea de Lazarie, tierra feudal de su noble y rica familia, desde sus primeros años se abandonó al ímpetu de sus pasiones desordenadas, y con preferencia a la de la avaricia y robo, que era la dominante. De aquí es que, ya con fraudes, ya con rodeos, ya con manifiesta violencia, despojaba a los vecinos y oprimía a los pobres, siendo el azote y el terror de los países vecinos. Los ejemplos y las piadosas exhortaciones de su virtuosa consorte no bastaron a contenerlo en la carrera de sus iniquidades, que se multiplicaban de día en día.

Más el Señor se dignó, por último, llenar esta alma de saludable terror y hacerla entrar en sí misma. Horrorizado Poncio a vista de tantos desórdenes y delitos, lloró, humilde y arrepentido, en la presencia de Dios, e imploró y obtuvo la gracia de hacer una digna penitencia. Inspirado a renunciar del todo al mundo, sin darse tregua efectuó en el acto el piadoso pensamiento y, proveyendo con una parte de sus bienes al cómodo sostenimiento de su mujer e hijos, restituyó las tierras que injustamente se habla apropiado, distribuyó todo el resto a los pobres, y él, con otros seis compañeros, movidos de su ejemplo y de sus saludables exhortaciones, se retiró a un bosque, llamado Savanez. Allí, estos santos eremitas unieron a la oración y penitencia el trabajo, y desmontaron y cultivaron aquellos terrenos incultos, para proveer, con el fruto de sus sudores, a las necesidades de los pobres. El Beato Poncio, perseverando en aquel tenor de vida hasta la muerte, llegó a una gran santidad.

Flor.- Hacer un acto de contrición postrados ante una imagen de Jesús, pidiéndole perdón de todos los pecados, y rezar cinco Padrenuestros a su santísimo Corazón para obtener un santo amor.

Jaculatoria.- ¡Oh Corazón dulcísimo de mi Jesús! Por aquella pena amarguísima que por mis culpas sentiste en el Huerto, tened piedad de mí y Perdonadme.

Notas