MesSagradoCorazon/DÍA PRIMERO

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DÍA PRIMERO

El alma a Jesús

In corde meo abscondi eloquia tua ut non peccem tibi

En mi corazón guardé tu Palabra para no pecar contra ti.

Tal era el remedio de que se servía el real Profeta para no pecar. ¡Ojala hubiera yo guardado también en mi corazón cuanto el Señor me ha hecho sentir continuamente... no me hallaría con tantos pecados! El Corazón de Jesús bien me hablaba y decía a mi corazón: “Si quieres venir en pos de mí, niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme” Y tú, alma mía, ¿por qué te has ido en pos del mundo y de sus vanos placeres? ¿Por qué has idolatrado en tu propia voluntad y te has hecho esclava de ti misma? ¿Por qué en vez de amar el padecer, te has hastiado de llevar la cruz? ¿No has secundado con eso tus malas inclinaciones y fomentado tus pasiones? ¿Y cómo has podido atreverte a herir tan cruelmente con ese tenor de vida el amante Corazón de un Dios que tanto hizo por ti? ¿De un Dios que, después de haberte creado a su imagen, para hacerte gozar eternamente de su gloria en el cielo, te ha redimido a costa de toda su preciosa sangre? ¿De un Dios que, después de morir en la cruz, quiso instituir el Santísimo Sacramento para alimentarte con su sacratísima Carne y para que bebieras su preciosísima Sangre? ¡Ah! ¿Por qué no dices ahora: Vieron mis ojos a quien crucificaron? ¿Qué haré, miserable? ¿Y qué puedo hacer, amado Jesús mío, sino arrojarme en los brazos de vuestra misericordia? Os he ofendido gravemente y confieso que merecía mil infiernos; pero vuestra misericordia es infinita; a ella, pues, me acojo y no la dejaré hasta que me haga oír aquellas tus palabras tan consoladoras: “Perdonados te son tus pecados”. Perdonadme ya, amabilísimo Jesús mío, que prometo no ofendemos más. Desde hoy no apartaré mis ojos de vuestro sacratísimo Corazón, que tantas veces y tan bárbaramente herí, a fin de que, mirándolo y remirándolo, deteste y llore más y más mis culpas. Así, triunfando de mi misma, llevaré con fortaleza mi cruz y os seguiré, sin olvidarme jamás del amable poder de vuestro amor. Y Vos, que tan bien sabéis quien soy yo, asistidme con vuestra gracia eficaz, que bien sé no la merezco, pero la espero de vuestro amantísimo Corazón. Amén.

María al alma

Mira, hija mía, yo soy aquella Madre que verdaderamente has procurado honrar, cuanto has durante el pasado mes; yo la que llena de amor he presentado al Corazón inmaculado de mi amado Jesús las alabanzas y mortificaciones, las plegarias y los obsequios piadosos que me has ofrecido. Mira, le dije, mira las bellas flores que durante un mes me ha ofrecido este corazón; guárdalo en ese tu Corazón, que verdaderamente es Corazón de padre, Corazón de esposo, Corazón de amante... Y tú, hija, que desterrada, gimes en esa tierra de llanto y de dolor, acuérdate de tu Madre; no te olvides de que tu verdadera y segura fortaleza consiste en no apartarte jamás del Corazón de Jesús. Penetra en ese Corazón divino, amalo con sincero afecto, que es sobre dulcísimo, suave en tal extremo, que atrae a sí todos los corazones. ¿Y quién puede no sentirse obligado al amor del Corazón de Jesús; de ese Corazón, candidísimo lirio entre las punzantes espinas y rosa fragante en el árido desierto de este mundo; de ese Corazón origen de las mayores delicias y fuente de aguas siempre límpidas y cristalinas? Entra, hija mía, en este horno siempre encendido de amor, bebe las aguas de este río tan perenne de gracias e inefables dulzuras, penetra en este mar donde se hallan todos los tesoros de las divinas misericordias... Mira, mira, ¡cuán bello y agradable es el Corazón de Jesús! ¡Oh!, ¡cuánto merece y desea ser amado de los hombres! Mas ¿por qué le pagan con tan negra ingratitud? ¿Y por qué no amas tú con mayor afecto el Corazón de tu Jesús?; ¿por qué no amas ese Corazón que anda en busca de almas que le amen, y no las encuentra, porque de ordinario aman al mundo y no a Él? Amale, pues, hija mía, y en El encontraras alivio en tus dolores y fuerza en las tribulaciones: será tu victoria en las tentaciones y suavidad en los padecimientos; El será tu único gozo, si con frecuencia y devoción te acostumbras a recibirlo en el Santísimo Sacramento, en aquella hostia sacrosanta en la que te espera y te llama, para unirse contigo y enriquecerte con sus gracias mientras recibe el homenaje de tus adoraciones.

Ejemplo primero

Oraba, cual nuevo serafín del amor delante del altar de Jesús, Santa Margarita Alacoque, durante la octava del Corpus, cuando se le apareció, hermoso y resplandeciente como el sol, el amorosísimo salvador que, descubriendo el pecho, le manifestó su Corazón enamorado, circundado de una llama, con una cruz encima y ceñido de una corona de espinas.

Mira, le dijo Jesús, mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres; míralo ya reducido a liquidarse y consumirse por su amor. Mira este Corazón amante que en retorno sólo recibe de la mayor parte de los hombres ingratitudes y desprecios, mezclados con las irreverencias que sin cesar cometen delante de este Sacramento del Amor. Pero lo que más me atormenta es el verme tratado con tanta frialdad de los corazones que me están consagrados. Por eso quiero que el primer viernes después de la octava del Sacramento, me sea dedicado con fiesta especial en honor de mi Corazón, para dar tiempo a las almas mis predilectas de reparar en ese día con su enmienda de vida y una comunión general las ofensas y afrentas que se me irrogan durante el acto en que Yo, víctima del amor, estoy expuesto en los altares.

En cambio te prometo, hija mía, que abriré mi Corazón para derramar con abundancia las aguas de la gracia y encender la llama de mi amor todos los corazones que contribuyeron a tan piadosa práctica, dando honor y culto a mi Corazón y procurándoselo de todos modos.

Tal fue el origen de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, por la cual se enciende de nuevo en la tierra el afecto a este Corazón divino, que es todo amor, todo imán poderosísimo que atrae a sí los corazones de las almas castas y amantes.

Ejemplo segundo

Ve ahora, piadoso lector, a la villa de Peralta de la Sal; penetra con el pensamiento en un palacio, en cuyas doradas y espléndidas salas juguetea un niño, que apenas cuenta cinco años y tiene ya su corazón inflamado en amor divino; sólo ama lo que el Corazón de Jesús ama, sólo odia lo que este amantísimo Corazón odia. Enterado de que el demonio, como enemigo de Dios, se esfuerza con el mayor empeño en arrancar las almas del Corazón sacratísimo de Jesús, se enoja tanto contra él, que, sin darse treguas, corre de acá para allá por los salones, provocándole a singular combate, y con pueril simplicidad cree posible, y se propone, matarlo.

Con este pensamiento fijo en su mente, y burlando cierto día la vigilancia de sus domésticos, sale del palacio armado de un cuchillo, reúne a otros niños y los invita a ir con él en busca del enemigo de Dios, para quitarle la vida. Este pequeño tropel de inocentes niños se dirige, audaz, hacia un bosque vecino, donde su caudillo penetra animoso, el primero, cuchillo en mano y llamando y desafiando intrépido al demonio, llamándole vil y cobarde cuando así se esconde. Pero, como el demonio, lleno de soberbia, no pudiese sufrir aquellos retos afrentosos, se apareció al instante sobre la rama de un árbol, a guisa de negra y horrorosa sombra, y en actitud amenazante. A su vista, se detuvo, asustado, aquel ejército infantil, a excepción de su caudillo que, ágil y animoso, corre jadeante al pie del tronco y, con el cuchillo en los dientes, trepa hasta lo alto, empuña el cuchillo, se adelanta..., y cuando ya estaba a punto de acometer al demonio, rompió éste la rama que sostenía al nuevo héroe del Cristianismo, le hizo caer en tierra y desapareció.

No por esto se asustó el animoso niño; corre por el bosque, busca al demonio por una y otra parte, grita con entusiasmo provocándole a nueva lid..., pero en vano: todo había terminado, Dios había recluido en los abismos al enemigo infernal, que se apareciera visible. Esta batalla, tan gloriosamente comenzada por el heroico niño, fue continuada con tanto celo y heroísmo en el largo curso de su vida que el mismo Dios dispuso manifestase el demonio, por medio de un energúmeno, que dicho niño era el mayor enemigo que a la sazón teñía en el mundo.

Pero ¿quién era, piadoso lector, quién era este héroe que desde la más tierna edad con tanto valor miró por la honra y gloria de Dios? Era el futuro fundador de Ias Escuelas Pías, el ínclito José de Calasanz, que en todos los instantes de su vida sólo procuró agradar al sagrado Corazón de Jesús. ¡Oh! ¡Con cuánta frecuencia acostumbraba, aún joven, gustar la dulzura de este manjar divino en el Sacramento del amor! ¡Oh!, ¡cuán infatigable le adoraba escondido bajo los accidentes de las especies eucarísticas!

¿Por qué holló las riquezas, los placeres, la gloria y las esperanzas? ¿Por qué despreció todo, sino por unirse indisolublemente al divino Corazón de su Jesús?

Con cuánto afecto, contemplando de continuo la infinita caridad de este Corazón enamorado, se le veía exclamar a cada instante: ¡Oh Corazón divino! ¡Oh Corazón verdaderamente amable!, ¡oh cuan poco conocido sois!, ¡cuán poco amado de los hombres! Abrasado por esta llama del amor divino, procuraba con todas sus fuerzas ganar almas para Dios, y para secundar estos deseos del Corazón apasionado de Jesús, quiso ser el apóstol de la juventud, porque comprendió muy bien que la mayor parte de los cristianos vive olvidada de Dios, sólo porque no aprendió a amarlo desde sus más tiernos años.

Por eso su principal pensamiento fue infiltrar la piedad en los tiernos corazones de los niños para que, cuando adultos, viniesen a ser fieles imitadores del sagrado Corazón de Jesús. Al efecto instituyó con tan extraordinarias fatigas y sudores la Orden de las Escuelas Pías, cuyos religiosos tienen por especial misión, y se obligan con voto solemne, a instruir la juventud en las letras y en el santo temor de Dios. Cuan agradable fuese esta obra al amable Corazón de Jesús, se comprende por lo que sigue: Estaba el santo fundador arrodillado delante del altar de la Santísima Virgen, y orando humilde y recogido en medio de una multitud de sencillos e inocentes niños, cuando de repente se aparece en el aire, vestida de gloria y rodeada de ángeles, María Santísima, con su divino Niño en los brazos, dirigiendo, tanto a José como a sus devotos niños, así el Hijo como la Madre, miradas de complacencia, y levantando después su divina diestra el dulcísimo Jesús, bendijo a todos, y derramando sobre ellos una especie de mana o rocío celestial, desapareció con su Madre.

Flor para este día.- Orad por un cuarto de hora delante de Jesús sacramentado; adoradle, dadle gracias y suplicad a su divino Corazón tome posesión del vuestro y lo haga enteramente suyo.

Jaculatoria.- Dulce Corazón de mi Jesús, Corazón verdaderamente divino y amantísimo, ¿por qué no soy ya todo vuestro?

Notas