MesSagradoCorazon/DÍA SEGUNDO

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DÍA SEGUNDO

El alma a Jesús

Cum dilexisset suos, in finem dilexit eos

Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo.

¡Pasmaos, ángeles, y admirad eternamente los infatigables excesos del amor de un Dios! No contento el amable Jesús, no contento de haber vivido treinta y tres años con los hombres sobre la tierra, se digna, cual víctima del amor, hacer el mayor de los milagros, é instituyó el Sacramento del amor. ¿Y para qué lo instituyó, sino para estar siempre con nosotros oculto, como en un horno de amor, bajo las especies sacramentales? Y tú, alma mía, exclama aquí con el evangelista San Lucas: “Cum dilexisset suos, ¡ah!, si, cum dilexisset suos, in finem dilexit eos”. ¿Y qué más podía hacerte, si, dándosete a sí mismo, te dio lo más que podía darte? ¿No oyes al doctor San Agustín, que te dice: “Siendo Dios omnipotente, no pudo darte más?” Cum esset omnipotens, plus dare non potuit? Con razón, pues, una Santa Magdalena de Pazzis no se cansaba de repetir: “Jesús sacramentado, mi amor”. ¡Ah!, sí; Jesús sacramentado es el consummatum est del amor.

Pero ¿cómo has correspondido tú, alma mía, cómo has correspondido a tanto amor? ¡Ah!, ¡calla, miserable! y avergüénzate... Y Vos, Dios mío, ¿por qué me llamáis todavía y me invitáis a alimentarme de vuestra Carne inmaculada, dirigiéndome estas amorosas palabras: Venite et comedite: Hoc est Corpus meum? ¿Por qué me repetís aún: Bibite et inebria mini, carisimi; bibite vinum quod miscui vobis? ¡Oh amor! ¡Oh bondad! ¡Oh misericordia de un Dios! Y ¿quién soy yo, Señor? ¡Ah!, bien lo sabéis Vos... Mas ¿por qué, por qué no correspondo yo a vuestro amor? ¿Por qué no cesa ya mi ingratitud? Venid, pues, Señor; venid y embriagadme de vuestro amor, para que ya no piense más que en Vos, mi único Bien. Pero ¿cómo siendo Vos digno, no ya del amor de este miserable corazón, sino de un amor infinito, cómo os contentáis con mi poco amor? Venid, pues, amabilísimo Señor; venid y embriagadme de vuestro amor, que yo estoy resuelta a amaros más y más. Y puesto que dijisteis que el que come vuestra Carne vivirá por virtud de vuestra gracia: Qui manducat me, et ipse vivet propter me; no me neguéis, os ruego, esa gracia. Amén.

María al alma

Escucha, hija mía, escucha la voz de tu Madre piadosa, que te dice el mejor medio de agradar y de satisfacer los ardentísimos deseos del sagrado Corazón de Jesús, por lo mismo que deseas darle gusto y has resuelto consagrártele por completo en este mes. Pero ¿quieres saber lo que principalmente desea de ti este Corazón tan amable y tan suave? ¡Ah!, tu santificación, hija mía, sólo la perfección de tu alma. Para eso quiere que vivas desprendida de todo, desapegada de todo, emulando con la santidad de tu vida la conducta de los ángeles del cielo. Escucha, pues, de buen grado que te repita ahora por mi boca lo que en su vida mortal decía a sus afortunados Apóstoles: Estote ergo vos perfecti sicut et Pater vester, coelestis perfectus est: sed perfectos, como lo es vuestro Padre celestial.

¡Oh altísimo e infinito modelo!... Dirás: ¿y cómo he de mirar tan alto? ¿Cómo subir a tanta altura? Oye, hija; Jesús esta pronto a ayudarte con su gracia y a darte tanto mayores alas, cuanto más firmemente te resuelvas a vivir según su corazón, hasta venir a ser una viva y ardentísima llama de caridad. Sobre esto, yo, que soy tu Madre, jamás dejaré de ayudarte, que es grandísimo el interés que me tomo por las almas que sólo aspiran a ser todas de Jesús.

Ni quiero te desanimes, ni desfallezcas, al recordar tus pecados y los fatales lazos de tus pasiones; mira, si no, a una Magdalena, a una María Egipcíaca, a una Margarita de Cortona; mira a tantas otras, que de grandes pecadoras vinieron a ser grandes santas. Mira cuantas almas, antes tan tibias é irresolutas, inflamadas en un momento en el amor de Dios, se mantuvieron firmes y estables en su servicio, como torres inalterables. Confía en mí, que soy la Madre de Dios, el refugio de los pecadores, el consuelo de los afligidos; confía en mí, que soy tu Madre poderosa; confía, hija, y no temas.

Ejemplo primero

Obligada Sor María Buenaventura a tomar el hábito de religiosa en el monasterio de Torre degli Specchi, vivió por largo tiempo tibia y disipada, sin cuidarse de los amorosos invites del dulcísimo Jesús, que la venía llamando a su Corazón. Tocada, empero, en un instante y vencida por el poder de este Corazón divino, después de la primera meditación de unos ejercicios espirituales corrió ansiosa a los pies de su confesor, y con el corazón enteramente mudado y vivamente conmovida, le dijo: Padre, he conocido lo que Dios quiere de mí. Quiero ser santa, y gran santa. Dicho esto, rompió copioso llanto y se retiró a su celda, donde, humildemente postrada ante Jesús crucificado, escribió la siguiente protesta: “Yo, María Buenaventura, en este primer día de los ejercicios espirituales, me consagro toda a Vos, Dios mío, y os prometo no amar ya más que a Vos. Aceptad, Jesús mío, aceptad, amantísimo Redentor, esta protesta que os presento bañada con mis lágrimas y en prenda de mi amor; y Ia deposito en la llaga de vuestro costado para que por los méritos de vuestra preciosísima Sangre me perdonéis mis pecados y de tal manera me afiancéis en vuestro amor, que ya no sea más mía, sino toda vuestra”.

Tan verdadera y eficaz fue esta promesa, que en el poquísimo tiempo que vivió después de su conversión, sólo trató de santificarse con el continuo ejercicio de la oración y de la penitencia y con los actos de la más sublime perfección. Murió a poco más del año, y murió con tal serenidad y con tanta paz, que daba señales manifiestas de su eterna salvación y de aquella gloria que quizá subiera a gozar en el cielo al instante mismo de salir de esta vida.

Ejemplo segundo

La misma ardentísima llama de caridad, siempre creciente en el corazón del V. P. Bartolomé Guidi, de las Escuelas Pías, le excitaba continuamente a mayores deseos ese adelantar en la perfección evangélica para complacer más y más al sagrado Corazón de Jesús. Al efecto, después de haber vivido como sacerdote ejemplarísimo en el siglo, abrazó la Regla de Calasanz a los sesenta y dos años de edad. Es prueba evidente de la resolución que tomó en este punto la protesta siguiente, que dejó escrita de su puño y letra: Dios mío, ioh!, me avergüenzo de no haber sufrido nada por Vos. Desde ahora propongo morir y sufrir cualquier trabajo para manifestaros mi amor. Sí, desde ahora, con el mayor fervor y frecuencia, repetiré con San Francisco: Deus meus et omnia: Dios mío y todas mis cosas. Y Vos, ioh!, haced que yo viva desprendido de todo lo que no seáis Vos, a imitación de Jesucristo, de modo que cuando me faltare alguna cosa en la Religión me diga al instante: Jesús Niño en el pesebre me enseña a sufrir la privación de las cosas aún más necesarias a la vida. Parecíale haber empezado demasiado tarde a amar a su Dios, y por eso le decía con San Agustín: Tarde te he amado, ¡oh belleza tan antigua y tan nueva!; sí, tarde te he amado. Sero te amari pulchritudo tam antiqua et tam nova. Fomentaba su gran amor a Jesús sacramentado, orando de rodillas, gran parte del día delante del mismo sacramento; y al calor de aquel Corazón divino se enardecían más sus deseos de adelantar en el camino de la perfección, en que sobresalió con el ejercicio de las más heroicas virtudes.

Flor.- Oír la santa Misa y hacer la comunión espiritual, si no se puede Ia sacramental. Un fervoroso acto de amor y otro de contrición.

Jaculatoria.- iCorazón santísimo de Jesús, vivid, ¡ah!, vivid siempre en mi corazón! ¡Sed Vos siempre mi amor, mi gozo, mi todo!

Notas