MesSagradoCorazon/DÍA SEXTO

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DÍA SEXTO

El alma a Jesús

Prodiit quasi ex adipe iniquitas eorum

Y de qué otra fuente ha surtido mi iniquidad, ¡oh dulcísimo Jesús! ¿No proviene mi iniquidad de lo mal que he usado de la abundancia con que me ha colmado vuestra Providencia y Misericordia?, Si, lo confieso, Jesús mío, vuestra Providencia fue la que me enriqueció en el cuerpo de tantos medios, y comodidades, y reputación, y salud..., y vuestra Misericordia me ha enriquecido en el alma con tantas inspiraciones, y luces, y llamamientos, y gracias... Y así favorecida, he recalcitrado y puedo decir con Isaías: Ingrassatus, impinguatus recalcitravi! He recalcitrado, abusando de los talentos y comodidades, y siempre que me he servido de la salud para ofenderos. He recalcitrado despreciando vuestras inspiraciones y luces, y desatendiendo los amorosos llamamientos de vuestro Corazón. ¡Miserable!, ningún caso hice: ¡así menosprecié las divinas gracias! ¡Oh, cuan cierto es, Señor, que en vez de volveros amor por amor, os he pagado con ofensas! Pero ya me arrepiento con todo mi corazón, y detesto mis ingratitudes. ¿Cómo es posible se atreva a ofenderos de nuevo el que tanto habéis favorecido? Cierto que favorecido y mimado fue David, y se hizo pecador in solario domus regiae; mimado fue el hijo pródigo, y disipó la herencia vivendo luxuriose. Pero así como David se corrigió y lloró sus pecados, y el hijo pródigo volvió confuso a los pies de su padre, para no alejarse más de él, así quiero yo llorar mis ingratitudes, y estar siempre con Vos, dulcísimo Señor mío.

Pero ¿qué puedo yo sin Vos? Ya que conocéis mi flaqueza y me habéis dado tantas pruebas de vuestro amor, ayudadme de modo que pueda llorar mis pecados, como David, y perseverar en el bien. Acogedme como su padre al hijo pródigo arrepentido, y encerradme en vuestro Corazón para que me inflame en la ardentísima llama de vuestro amor. Y si el hijo pródigo fue admitido a un opíparo banquete, admitidme también, Señor, en prueba de lo mucho que me amáis, al banquete de vuestro Amor, visitando sacramentalmente esta pobre alma. Mas, Vos ya me llamáis, Jesús mío, a vuestro banquete, y ¡qué banquete!, ¡qué amoroso banquete! ¿Y cómo no he de esperar yo de Vos todo auxilio, todo don, y la perseverancia final, sí con tanta bondad no os desdeñáis de alimentarme con vuestra sacratísima Carne? Sí, en Vos espero, Dios mío. Haced, ¡ay!, que ya no deba decir de mí: ingrassatus, impinguatus recalcitravi. Haced, finalmente, que sea toda vuestra y me salve. Señor, no miréis mis faltas; salvad esta pobre alma. Amén.

María al alma

Muchas son, hija mía, las almas que profesan la virtud y aman la vida del espíritu; pero ¿cuántas las que merecen la íntima confianza de mi Jesús, y la alegría de sus celestiales consuelos? ¡Oh!, cuan pocas son estas almas. ¿Y por qué gustan tan poco la secreta dulzura del Corazón de mi Jesús y la gratísima suavidad de su divino amor? Óyelo, hija mía, no se te olvide que Jesús no hace gustar las celestiales dulzuras del espíritu y la divina suavidad de su gracia a las almas que pretenden participar a la vez de los consuelos terrenos y divinos: Non dabitur divina consolatio admittentibus alienas. No, Jesús no admite en su Corazón estas almas inmortificadas. Quiere que le amen con todo su corazón, con todas sus fuerzas, con todo su ser. Esto les pide, y con solo esto se contenta. Quid Dominus Deus tuus petit a te, nisi ut diligas eum, et servias in toto corde tuo? ¿No sabes que Jesús no acepta un corazón dividido, sino que lo quiere todo para sí? ¿No oyes cómo, cual celoso amante, te va diciendo: Hijo, dame tu corazón Praebe cor tuum mihi? Dámelo, te dice, pero vacío del amor a las criaturas; dámelo todo entero; ofrécemelo, conságramelo, que yo lo llenaré de mi gracia. Praebe cor tuum mihi. ¿Qué piensas hija?; ¿qué quieres hacer? ¿Quieres satisfacer los ardientes deseos de aquel Corazón divino que te quiere toda suya? ¿Quieres renunciar a tu propia voluntad? Más, ya leo en tu pensamiento y veo que quieres amar de veras a Jesús; quieres amarlo para dar gusto a su Corazón; quieres amarlo para gustar, aun aquí en la tierra, la suavidad de su amor. Sí, hija mía, sí; gústalo y verás: Gustate et videte, quoniam suavis est Dominus.

Ejemplo primero

El Venerable Padre Escolapio Pablo Ottonelli, en el siglo Conde Ottonello Ottonelli, nacido en Fanano del Modonés y adscrito a la milicia desde su juventud, dio muchas pruebas de valor, habilidad y prudencia en todos los cargos que se le confiaron. Fue muy acepto al Duque de Baviera y a los Pontífices Clemente VIII y Paulo V, que se valían de su consejo en los negocios más arduos, sobre todo en la guerra. Habiéndosele muerto su esposa, la Condesa de Montecuculi, se ordenó de sacerdote, dando cumplimiento a lo que algunos años antes le había profetizado San Felipe Neri. Advirtiendo lo poco que hasta entonces había despreciado las pompas y vanidades del siglo, y deseando al mismo tiempo ser despreciado de los prudentes del mundo, abrazó la humildad del estado religioso. Al darle el hábito San José de Calasanz, le dijo: El mundo, a quien hasta ahora habéis servido, no ha sabido daros más que abrojos y espinas; pero el Señor, a cuyo servicio os ponéis, os dará flores y rosas. Bien se conoció desde el primer momento que estaba completamente desengañado del mundo, supuesto que salió un hombre verdaderamente ejemplar entre los penosos sacrificios de la más exacta obediencia, pobreza, mortificación y perfecta abnegación de todo su ser. Sentía tanta alegría y una dulzura tan extraordinaria de santos afectos en seguir de cerca a Jesús crucificado, que daba a conocer eran las flores y rosas con que Jesús le recompensaba tantos sacrificios soportados por su amor. Pero en su última hora fue donde la profecía de Calasanz tuvo su exacto cumplimiento, porque estando para espirar, decía el Venerable Ottonelli a los religiosos que le rodeaban: Padres, ¿no ven los ángeles que me esparcen flores y rosas en el camino del cielo? ¡Alma bienaventurada, que veía el camino de la eternidad sembrado de llores y rosas! Al decir aquellas palabras entregó su alma al Criador, animando su rostro una celestial sonrisa.

Ejemplo segundo

Obligada Jacinta Marescotti por su padre, el Conde Marcoantonio, a vestir el hábito de San Francisco en el monasterio de San Bernardino, en Viterbo, al entrar en el claustro dijo, llena de furor, a una de sus amigas: Ya me tienes monja; pero te aseguro que he de vivir y morir como mis iguales... Y en efecto, con haber vestido el hábito religioso, no despreció su altivez ni su inclinación al fausto, a las delicias y a las vanidades del siglo, y por espacio de diez años observó una vida muy disipada e imperfecta. Llegó un día a confesarla el Padre Bianchetti, Franciscano, y apenas se le acercó Jacinta, le preguntó con tono severo: “¿Sois monja? Sí, contestó Jacinta. Pues ya sabéis, añadió el confesor, que el paraíso no se ha hecho para las monjas vanas y soberbias”. Consternada Jacinta con estas palabras, iba repitiendo: ¿Conque he dejado el mundo para bajar al infierno? Y Bianchetti le añadió: Sí; aquella es la morada eterna que espera a las religiosas que viven tan malamente.

Compungida Jacinta con tan amargo reproche, y tocada de la divina gracia, empezó a servir a Dios con gran fervor de espíritu. Y desde entonces, aquel monasterio, que durante diez años le había parecido un infierno insoportable, se le mudó en dulce paraíso. Con frecuencia se le oía decir: ¿Cómo puedo yo vivir, Dios mío, si no me satisfago ni lleno de vuestro amor? Yo, Señor, ni busco, ni deseo más que amaros de veras. ¡Oh!, ¡cuán felices son los que os han amado desde sus principios!; ¡infeliz de mí! ¡Cuán miserable soy en haberos amado tan poco, Jesús mío! Frecuentemente se ponía a media noche delante de Jesús sacramentado, y postrada en tierra, y llorando, repetía muchas veces: ¡oh Amor!, ¡oh Amor!; venid a mi corazón, ¡oh dulce Amor! Y ¿cómo hubiera podido no sentir los suaves deliquios del casto Amor el corazón generoso, de aquélla, que ya con solemne sacrificio se había desprendido del amor de todas las criaturas por amar sólo a Dios? Y lo amaba tanto, que cualquier cosa bastaba para despertarle su memoria. La sola vista y el olor de las flores traían a su pensamiento los jardines de la florida y verdeante eternidad; la música le recreaba y elevaba su corazón a las armonías celestiales; los pájaros la invitaban y amaestraban para dar gracias y bendecir a su Dios. ¡Oh almas amantes del Corazón de Jesús!, atended y admirad cómo Jesús conforta a las almas que se dan enteramente a Él.

Flor. - Oír la misa con devoción, suplicando a Jesús triunfe de nosotros con su gracia y nos haga en todo según su Corazón.

Jaculatoria.- ¡Oh Señor! ¡Cuán dulces y suaves son los atractivos de vuestro sagrado Corazón!

Notas