MesSagradoCorazon/DÍA TERCERO

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DÍA TERCERO

El alma a Jesús

Sto ad ostium et pulso: Praebe cor tuum mihi

[Estoy a la puerta y llamo: dame tu corazón]

¿Es Posible que Jesús esté a la puerta de mi corazón para entrar? ¿Es posible que pida mi amor? Si, lo oigo de su boca, veo que me dice: Heme aquí, llamando a tu puerta para que me des tu corazón. Conque ¿deseas mi amor, Jesús mío? Y ¿quién soy? Quid est homo, quia magnificas cum? aut quid apponis erga cum cor tuum? [¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, para que le ames?] Tal cual soy, aquí me tienes, Corazón sacratísimo de mi Jesús, cual famélica y sedienta que amorosa os mira; ayudadme, no me dejéis morir, conducidme a los pastos de la vida, y dignaos curar mis llagas. Bien merecía, Señor amabilísimo, bien merecía me desechaseis por no haber correspondido a vuestras gracias, a vuestras luces y santas inspiraciones; mías, ¡ay!, compadeceos de mí, piedad os pido. Y si hasta, cual oveja descarriada, me he negado a seguiros y sólo he gustado de los abominables pastos de este mundo miserable, en adelante os prometo no apartarme más de Vos. Y Vos, que sabéis muy bien cuál es mi pasto favorito, ayudadme con vuestra gracia; duplicádmela, que la necesito en gran manera. Ved cuan lánguida estoy, pues el veneno ha penetrado hasta la medula de mis huesos... Ved, Señor, que ya no puedo seguir vuestras huellas, ni sé amaros constantemente, porque apenas comienzo a seguiros, os dejo y me extravío. Otorgadme, pues, esta gracia, amantísimo Jesús mío; duplicadme este favor y curadme del veneno de mis pecados: Sana animan meam. Espero, amabilísimo Jesús mío, de Vos espero esta gracia, porque sois, todo misericordia.

Admitidme, sí, admitidme a vuestra mesa celestial; dadme el pan de los ángeles e identificadme así con Vos. Si, amado Dios mío; Trahe me post te, y no permitáis después que me separe de Vos: Ne permittas me sepaari a te. No, no lo permitáis, a fin de que en Vos halle mis delicias y me una siempre más y más a Vos con los vínculos del amor y de la caridad: In vinculis charitatis. Sólo así os amaré siempre en esta vida, y no cesaré de amaros y gozaros en la otra. Otorgadme, Señor omnipotente, otorgadme pronto la gracia por mí tan deseada. Amén.

María al alma

Bien veo, hija mía, que dócil a las exhortaciones de tu Madre, has resuelto emprender para siempre el camino de la perfección y de la santidad. ¡Oh! Y cuanto gozo al verte con tan buen propósito y disposición de ánimo. Gozo porque ésta es la voluntad de Jesús; éstos son los ardientes de seos de su Corazón enamorado: Haec est voluntas Dei sanctificatio vestra, [Esta la voluntad de Dios vuestra santificación] Pero ¿dónde hallarás, hija mía, dónde hallaras la norma que debes seguir para ser santa? Engañaste si crees poderla encontrar en los libros de los filósofos o en los falsos principios de los sabios de la tierra; en vano la buscaras en los ejemplos y hazañas de los que el mundo idolatra y llama grandes héroes y espíritus fuertes. Si de, veras quieres ser santa y perfecta, mira de continuo al sagrado Corazón de Jesús, y en él hallaras las flores más escogidas de todas las virtudes: éste es el libro y la escuela de la más sublime perfección.

Este Corazón divino, consuelo de todos los corazones, oh cuan humilde es y obediente, manso en las injurias y paciente en las adversidades, afable con todos y benigno hasta con sus mismos enemigos; ¡cuán compasivo y desapegado de todo...!

¿Y qué virtud podía faltar en el Corazón de Jesús, que vino a la tierra para ser el tipo, el maestro de todas las virtudes, el reformador de las costumbres maltrechas y corrompidas? Persuádete, hija, que si deseas tu santificación, Jesús ha de ser tu modelo, sus ejemplos la norma de tus acciones y las virtudes de su Corazón la escuela de tu perfección. Ni creas esto como un simple consejo, sino que es para ti un deber absoluto; porque el Eterno Padre ha dispuesto desde la eternidad que todos aquellos que deseen ser admitidos a la compañía de los santos en el cielo, han de ser en la tierra copias conformes a la imagen de su divino Hijo humanado, tipo de infinita perfección y santidad por esencia.

Ejemplo primero

Séalo el Venerable Glicerio Landriani, de las Escuelas Pías, que honró con las flores fragantísimas de sus eminentes virtudes, y se mostró siempre aventajado discípulo de la escuela del sagrado Corazón. De costumbres angelicales, mereció en su misma infancia un singular favor de la Reina de los ángeles, de quien era devotísimo: Fue el caso, que orando un día ante la imagen de Esta, en prueba de la tierna devoción que le profesaba, se quitó de su dedito un anillo para colocarlo en el de María, que milagrosamente le alargó la mano, aceptando aquella prenda de su amor como arras de los castos esponsales que contraía con aquel Infantito. Desde entonces consiguió éste un don tan perfecto de pureza, que jamás sintió los rebeldes estímulos de la concupiscencia, sin que por eso dejase de velar constantemente por sí mismo, para guardar con celo la virtud más amada del sagrado Corazón de Jesús.

Comprendiendo el humilde discípulo del sagrado Corazón que no podría agradar de lleno sin que arraigasen profundamente en el suyo las raíces de la santa humildad, se dedicó con el mayor afán a humillarse, buscando con especial industria todo medio de ser despreciado. Viendo cierto día que unos nobles le tributaban muchas y honoríficas demostraciones, atravesó un palo sobre otro e invite a su compañero a columpiarse como chiquillos por bastante tiempo. Dentro y fuera de casa se ocupaba en los oficios más humildes, y con frecuencia se confundía con los pobres para pedir limosna a las puertas de las iglesias en los días de mayor concurso.

Una vez, después de cambiar su capa por el vestido de un pobre, remendado de mil colores, entró de esta manera en la iglesia de la Minerva en la fiesta del Rosario, volviéndose a casa por las calles más frecuentadas. Viósele en muchas ocasiones, y sobre todo en Viernes Santo, con una gruesa cuerda al cuello, de la que tiraba como de un cabestro un pobre, a quien pagaba con una buena limosna. En Carnaval siempre discurría algunas estratagemas humillantes para que le tuviesen por fatuo. Tal vez se le vio correr con un jumento del ramal y una calavera en la mano, gritando: ¡Penitencia, penitencia!, empleando cuantos medios le parecían oportunos para refrenar la disolución en los otros y ejercitar la humildad en sí mismo. Aún es más admirable lo que refiere el Dr. Jacobo Jacobelli, y es que, hallándose el último día de Carnaval, en la Plaza Nueva, vio a Glicerio cubierto de fango, con un vestido harapiento, llevando a cuestas una pesadísima cruz de diez a doce pies de larga y con las manos atadas con una gruesa cuerda a modo de facineroso, y que a poco se dejó caer en un lodazal; y así, embadurnado hasta la cara, corrió por las calles más públicas.

Al par que en la humildad, quiso imitar fielmente en la mansedumbre al Corazón mansísimo del Cordero divino, sobre todo en las afrentas e injurias que recibía de los hombres. Hallándose un día de fiesta a la puerta del monasterio de San Silvestre pidiendo limosna para las pobres convertidas, varios señores y caballeros, conocedores de su esclarecido linaje, comenzaron a rodearlo y despreciarlo, llamándole hipócrita, holgazán y extravagante, añadiendo a cada paso: ¿Para esto viniste de Milán a Roma? ¿Así honras la nobleza de tu sangre? ¿No te avergüenzas de envilecerte hasta parecer un mendigo? Pero Glicerio, después de escucharlos con semblante risueño, intentó besarles los pies, y lo hubiera hecho a no indignarse más aquéllos, que se retiraron amargándole con puntapiés y dejándole muy contento de haber sufrido una afrenta tan grande.

Ni sufrió menos ultrajes en las antesalas de los Cardenales, adonde iba a pedir, de la importunidad de los criados, uno de los cuales le llamó loco, y Glicerio le respondió con mucho agrado: No os incomodéis; es la pura verdad. Por el estilo le trató un criado del Cardenal Ginasi que le viera de lejos y mandara pasar, deteniéndole furioso con los insultos y denigrantes apodos de loco, audaz, impostor... No por esto se alteró la serenidad del siervo de Dios; antes bien se disponía a abrazar al ofensor y sólo se lo impidió la salida del Cardenal, que impaciente de su tardanza, le salió al encuentro, diciéndole ¿Qué hacéis aquí, padre Glicerio? ¿Por qué no pasáis sabiendo que os estoy esperando? Él, disimulando lo ocurrido y sin manifestar resentimiento alguno, le contestó sonriendo: Eminencia, me estaba entreteniendo un poco con este amigo mío. ¿Qué no puede hacer la caridad del Corazón sagrado de Jesús, cuando se comunica al corazón de sus amantes?

Esta caridad fue la que hizo a Glicerio celosísimo por la salvación de las almas, por la cual andaba a veces de noche por las calles donde vivía la gente más perdida, gritando con voz espantosa: Temed, temed a Dios, haced penitencia, porque se aproxima el día tremendo del juicio. Ni era menos admirable en las obras corporales de misericordia, creyéndose deudor de cuantos se hallaban necesitados; así es que, cuando no tenía dinero, daba lo primero que le venía a mano. Encontrándose un día cerca del Vaticano con un pobre descalzo que le pidió los zapatos nuevos que llevaba, se los quitó en el acto y se los dio, volviéndose él descalzo a ella y más contento que otras veces. En otra ocasión, por no tener que dar a una multitud de pobres que le pedían, les dio la capa. Lo mismo hizo con un pobre casi desnudo, que estaba a la puerta de la iglesia de Carmelitas, el día de Santa Teresa; y a un sacerdote, que no podía celebrar por falta de traje, le suplicó que esperase un poco, se retiró por un momento a quitarse el suyo y se lo dio, volviéndose él a casa en camisa y calzoncillos. Muchas veces dio sus vestidos interiores y hasta la camisa, y no bastando sus rentas para tanta largueza, salía a pedir por las calles con una alforja al hombro y una caja en la mano.

Aun antes de entrar escolapio tenía dada orden de que a ningún pobre que llamase a su puerta se despidiese sin limosna, siendo la menor de dos reales. Solía dar también su ración al pobre que llegase durante la comida, y si llegaba al principio, se quedaba sin comer, como le sucedió muchas veces, por aprovecharse de este medio un pobre anciano, que descubrió esta manera de asegurar su comida. Su caridad no conocía límites: procuraba médicos y medicinas a los enfermos en las casas más necesitadas; proporcionaba toda clase de consuelos a los pobres en los hospitales y en las cárceles. Así imitaba admirablemente al Corazón beneficentísimo del divino Amante que, como está escrito, transiit benefaciendo.

Mas el principal cuidado de Glicerio consistió en conformarse enteramente con Jesús Crucificado, en quien meditaba de continuo con grande amor y ternura. De aquí procedía aquella total abnegación de todas sus pasiones, aquel extraordinario espíritu de penitencia, ejercitado con ayunos, disciplina, vigilias y cilicios. Comía poco, v rara vez más de un solo plato, contentándose de ordinario con un poco de pan duro; dormía poco, siempre vestido, sobre una tabla cubierta con una estera, o sentado en un banquillo arrimado a la pared, y siempre abrazadito a una imagen de Jesús Crucificado.

En la oración era tan constante, que de su largo ejercicio se le formaron en las rodillas callos como a los camellos.

Finalmente de Jesús obediente hasta la muerte de Cruz, aprendió Glicerio aquella heroica obediencia de que después de haber dado tantas y tan señaladas pruebas durante su vida, aún dio otra mayor a la hora de sui muerte. Pues hallándose gravemente enfermo en la casa del Noviciado, el santo Fundador le visitaba todos los días, y no pudiendo detenerse la última tarde, como lo hubiera deseado, le dijo al despedirse: “P. Glicerio, no se vaya al cielo sin mi licencia”. A las diez de la noche, estando San José de Calasanz escribiendo en su habitación, oyó llamar a la puerta, y después la voz del P. Glicerio, que decía: “Benedicite, Pater; ya estoy de camino para el cielo”. Lleno San José de Calasanz de inmenso júbilo y ternura, se postró en tierra, y llorando de alegría, le dijo: “Dios os bendiga, oh alma bienaventurada, yo os ruego intercedáis por mí en la presencia del Señor”. En seguida se levantó y tocó la campana para reunir la Comunidad en el oratorio y referirle lo ocurrido, y, mientras lo estaba haciendo, llegó el aviso de la muerte del siervo de Dios.

Flor.-Sufrir hoy cualquier trabajo, a ejemplo del Corazón pacientísimo de Jesús.

Jaculatoria.- iOh Corazón amantísimo de mi Jesús, digno de mi infinito amor! ¿Cuándo os amaré como

Vos me habéis amado a mí, que soy vil criatura?

Notas